Los secretos de la infanta ¿Quién es realmente Cristina de Borbón?

Paloma Barrientos

Fragmento

El libro La infanta invisible fue publicado en junio de 2014 y tuvo mucha repercusión. Sin embargo, han pasado suficientes sucesos desde entonces que me han convencido de continuar esta fascinante historia sobre Cristina de Borbón y su entorno. Por eso, parafraseando a fray Luis de León, retomo este relato donde lo dejé hace ocho años para invitarles a entrar ahora en la reedición actualizada y con nuevos capítulos que he titulado, por razones que me parecen obvias, Los secretos de la infanta. En ese tiempo se han producido situaciones inimaginables en la familia real, como el hecho de que la propia protagonista de este libro dejara de pertenecer al núcleo duro, formado en la actualidad por Felipe VI, su consorte, sus hijas y la reina Sofía, que aún tiene agenda institucional. Cristina de Borbón y Grecia se quedó sin ducado y pasó a formar parte de la familia del rey, un conglomerado de personas con un único nexo en común: el apellido Borbón.

En la primera parte de este libro se recorre la trayectoria vital de la segunda hija de los reyes, que recibió los nombres de Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad; el primero por la madre de Alfonso XIII, los dos siguientes por la abuela materna y la bisabuela paterna. El cuarto obedece al santo del día, y el resto forma parte de la tradición de los Borbones, que de esa manera honran a la corte celestial

Como he mencionado anteriormente, su nacimiento supuso una decepción para el rey don Juan Carlos, que esperaba al heredero. De hecho, cuando nació el príncipe Felipe, las relaciones conyugales de los padres comenzaron un camino de no retorno. Cristina, la hija mediana, fue tan querida como sus hermanos, pero tal vez recibió menos atención que ellos por parte de los padres, en especial de doña Sofía, que estuvo más implicada en la crianza de sus otros dos hijos. Ello se debió simplemente a una cuestión de organigrama familiar, pero esta circunstancia le confirió cierta «invisibilidad».

Como hemos visto, esta «independencia» marcó su vida, tanto en el ámbito académico como en el amoroso y matrimonial. Estudió una carrera universitaria muy diferente a la que hubiesen elegido los reyes. La Facultad de Ciencias Políticas y Sociología era un centro mayoritariamente republicano, en el que con frecuencia aparecían pintadas contra la familia Borbón. En esa etapa, que relataré en el capítulo «Una infanta en la universidad», incluso hubo profesores que la suspendían por ser quien era, y la ciudadana Cristina de Borbón y Grecia se plantó con varios de ellos. Los reyes nunca supieron de esa decisión reivindicativa, pero sí de la posibilidad de que ETA la secuestrara. La hija real volvió a plantarse, esta vez ante sus padres, que por seguridad no querían que volviera a las aulas.

Por entonces ya se intuía lo que sería su trayectoria de libertad. En el palacio de la Zarzuela no se vivía un buen ambiente familiar; la relación conyugal de los reyes comenzaba a ser inexistente y ella decidió escapar de ese entorno. En esa época la prensa empezó a colgarle novios de las casas reinantes europeas, cuando en realidad Cristina prefería a ciudadanos sin corona, como Juanjo Puigcorbé, José Luis Doreste y Alvaro Bultó. Así, con la excusa de que en Madrid no hay mar, se fue a Barcelona, donde vivía el aventurero. En el capítulo «Los novios de Cristina» analizaré sus amores, que fueron relativamente secretos. O mejor dicho, al vivir en la Ciudad Condal, la prensa estaba menos pendiente de ella: de nuevo esa invisibilidad, de la que disfrutó también años después, cuando conoció a Iñaki Urdangarin. En los capítulos antes mencionados explicaré que al principio su historia de amor se debió a un descarte, porque en realidad a Cristina le atraía Jesús Rollán, pero el jugador de waterpolo prefirió no unir su vida a la de la hija del jefe del Estado por diferentes razones.

Sin estos capítulos de su vida previos al de Urdangarin no se entendería la independencia que ha marcado la trayectoria de Cristina y que le ha conferido ese aire chulesco. Uno de los rasgos de su carácter ha sido y es la voluntad de buscarse la vida e independizarse de la corte de Madrid

El «rubio» (como llamaba a Iñaki) le entró por los ojos, y poco importaba que tuviera novia. De hecho, el que luego se convertiría en su marido no le contó su relación hasta un mes después. Toda esa evolución amorosa se detallará en el capítulo correspondiente, igual que el punto de inflexión que supuso la compra de la torre (o palacete) de Pedralbes. Ese fue el principio del fin que, años después, acabó con la imputación de los exduques de Palma por el Caso Nóos. La infanta nunca imaginó que podría sentarse en el banquillo de los acusados. Ella era hija del jefe del Estado y una infanta de España no podía ir a prisión, como sí acabó sucediéndole al padre de sus hijos.

La primera parte de lo que fue la primera edición de este libro, La infanta invisible, acaba precisamente con la comparecencia de Cristina de Borbón y Grecia ante el juez instructor Castro.

Nuestra protagonista dejó de ser invisible mediáticamente cuando estalló el Caso Nóos y, por primera vez, una infanta se vio involucrada en un proceso judicial, imputada por delito fiscal y blanqueo de capitales. En aquel momento la maquinaria legal se puso en marcha y de nada sirvió que fuera la hija del jefe del Estado y la sexta en la línea de sucesión al trono, por detrás de la princesa de Asturias, la infanta Sofía, la duquesa de Lugo y los dos hijos de esta.

El juez Castro, instructor del Caso Nóos, en el que el marido de Cristina estaba involucrado hasta las cejas, consideró que con la información y la investigación que obraba en su poder cabía considerar a la infanta cooperadora por contribuir a defraudar dinero a la Hacienda pública y tener «conocimiento» o «representación» del fraude. El 27 de abril de 2013, la aún duquesa de Palma fue imputada. A partir de ese momento se desencadenó un alud de escritos de los abogados, autos, más escritos, declaraciones del entorno de los interesados y movimientos del engranaje del poder (en todos los sentidos) para que no sucediera lo irreparable.

Como al soldado Ryan, había que salvar a la infanta. La hija de Juan Carlos I, el monarca que había sabido navegar entre la herencia franquista y el golpe de los militares del 23 de febrero para enarbolar el estandarte de la victoria democrática en España, no podía entrar en prisión. Bajo ningún concepto la duquesa de Palma (pues aún lo era) podía equipararse a los condenados por la Operación Malaya, Isabel Pantoja y Julián Muñoz, las caras visibles de lo que fue el desfalco de una Marbella, ciudad sin ley. La cantante entró en la prisión de Alcalá de Guadaira el 21 de noviembre de 2014. Días antes, el 7 de ese mismo mes, una infanta de España no se libraba de su imputación al considerar la Audiencia de Palma que era protagonista de dos delitos fiscales, aunque retiró la acusación de blanqueo de capitales

El 7 de noviembre de 2014, la hija lista e independiente de doña Sofía debía sentarse en el banquillo de los acusados, y así lo hizo. El privilegio de que disfrutó fue no hacer el paseíllo, tal como había solicitado su abogado. Su marido, en cambio, sí lo hizo, estirado, mirando al frente y acercándose a los periodistas para decirles que iba a demostrar su honorabilidad. Todo lo que sucedió durante el juicio de ambos ya está contado en los capítulos que escribí en 2014. Pero ahora, al pasar el tiempo, las vivencias de aquellos días marcan la actualidad en la vida de la protagonista. Y, colateralmente, la de su marido, que pasó los años de prisión con el amparo y apoyo de su amantísima esposa. Sin embargo, se ignora cuántas veces visitó la infanta a su marido en la cárcel sin que trascendieran esos encuentros.

Iñaki Urdangarin ingresó en la prisión de Brieva el 18 de junio de 2018. El 2 de marzo de 2022 obtuvo la libertad condicional y decidió iniciar un nuevo capítulo de su vida, en el que la infanta abandonaba su papel protagónico. La aparición de Ainhoa Armentia ha cambiado la agenda sentimental, afectiva y familiar de Cristina de Borbón y Grecia, como se verá en los nuevos capítulos.

Si nadie imaginaba que la infanta fuera a acabar en una celda por su implicación en el Caso Nóos, mucho menos que su vida matrimonial sucumbiría a la infidelidad, como desveló la revista Lecturas con pruebas gráficas. En las fotos que se publicaron aparece Urdangarin paseando de la mano por una playa cercana a Bidart con la que es su pareja, aunque sea temporal. Una de las primeras explicaciones que Iñaki dio a la infanta para esa deslealtad manifiesta fue la enajenación transitoria, una justificación pretendidamente científica para unos cuernos que, cabe señalar, no eran los primeros.

Para Cristina de Borbón, el refrán «ojos que no ven, corazón que no sienten» ha formado parte de una etapa de su vida matrimonial, siguiendo el ejemplo de doña Sofía. Por cierto, en esta segunda parte del libro se destaca el trato desigual que recibieron las dos hermanas por parte de su madre, la reina emérita. Cuando la infanta Elena decidió separarse de Jaime Marichalar (en su caso no por infidelidad), doña Sofía le pidió que aguantara. Algo así como lo que le dijo el presidente del PP Mariano Rajoy a su tesorero Luis Bárcenas con todo el lío de la financiación ilegal del partido: «Luis, sé fuerte». El rey Juan Carlos en cambio le dio todo su apoyo para que el «cese temporal» (eufemismo utilizado por la Zarzuela) fuera definitivo. En el caso de Cristina, a raíz de las fotos de Urdangarin con Armentia, la reacción fue diferente. Más o menos le vino a decir que los hijos ya eran mayores y, por lo tanto, las humillaciones públicas debían tener consecuencias, de modo que el divorcio era lo mejor. Los detalles de este episodio se desarrollan en el capítulo correspondiente a la relación de Cristina con sus padres, que en su caso siempre ha sido más distante que en los de sus hermanos.

Txiki, como llaman familiarmente a Iñaki, repetía una historia que ya había aparecido en los correos que envió a la mujer de su mejor amigo y que se hicieron visibles con el Caso Nóos. Después de tantos años de matrimonio, la pareja sabía cuál era la debilidad de cada uno y la infanta lo asumía. Conocía los defectos de su marido, uno de los cuales tenía que ver con esa tendencia a enamorarse estacionalmente. Como hemos visto en uno de los anteriores capítulos, el rey emérito y el rey Felipe le pidieron en varias ocasiones a Cristina que se separase para no dañar la institución. La infanta, que tiene un carácter duro y fuerte, no se cortó ni un pelo: «Ni de broma me voy a separar —respondió—. ¿Estáis locos? ¿Y que le digo a mis hijos?». Y así quedó la cosa.

Sin embargo, tantos años después, ha tenido que explicarles que «papá se ha enamorado», que «papá va a hacer su vida» y que «papá os va a seguir queriendo». Quizá lo más importante del capítulo en que cuento el desastre emocional de la infanta sea el encuentro con su padre en Abu Dabi. En 2014 era impensable la situación del monarca viviendo en su retiro de oro en los Emiratos Árabes. Corina aún no había destapado la caja de los truenos.

A pesar de que en diferentes medios se comentó que ese viaje fue para recibir el consejo afectivo de su padre y tomar la decisión de romper o seguir con su marido, la realidad fue otra. Y esa realidad se puede resumir en un concepto tan fácil como la voluntad de que no se produjera una segunda edición del «Corinagate» —en este caso, «Iñakigate»— por un tema económico. Al final los cuernos se olvidan, no así la merma del patrimonio.

Como se cuenta en ese capítulo, Urdangarin considera que la familia Borbón lo dejó tirado y ya no quiere saber nada de ellos. Parece olvidar que uno de los mandamientos es «no robar», y más aún cuando el exdeportista viene de una tradición de católicos practicantes. Unas creencias que él mismo ha puesto de manifiesto, al igual que su por ahora esposa, Cristina de Borbón y Grecia.

El dinero que en su día Urdangarin y su socio Diego Torres cobraron a instituciones públicas nunca se devolvió. ¿Dónde está?, ¿en algún lugar del mundo? La respuesta está en el viento, como cantaba Bob Dylan, o en la mente de los protagonistas de este libro. Durante el tiempo que su marido permaneció en prisión, la exduquesa de Palma (que podría volver a serlo, como desvelo en el capítulo correspondiente) se hizo cargo de todos los gastos e incluso pagó el máster en la UNED del interno Urdangarin, que eligió Psicología del Coaching, con una duración de 19 meses. Oficialmente, y como contaba su abogado Pascual Vives, «Iñaki es mileurista». Una descripción que, tomada con humor, puede resultar hasta graciosa, si no fuera por la situación que vive realmente mucha gente de su edad, con oficio pero sin beneficio laboral.

Lo que no consiguieron las exhortaciones de don Juan Carlos y el cariño del hermano-rey que fue compañero de ocio, de regatas y de secretos cuando comenzaba su idilio con el medallista olímpico —divorciarse de cara a la galería para salvar la institución— lo ha hecho un amor de colegial. Ainhoa Armentia, una mujer de cuarenta y tres años de Vitoria, casada y con dos hijos, es ahora el espejo afectivo del marido de la infanta. La madre y los cinco hermanos de Txiki, el pequeño de la familia Urdangarin, lo apoyan como siempre han hecho.

El daño colateral de esta nueva vida no solo implica un futuro divorcio. Va más allá, como descubriré en esta segunda parte con anotaciones e informaciones desconocidas. Cuando el rey Felipe estableció un cordón sanitario sobre su hermana, su cuñado y más tarde también sobre su padre, la infanta recibió todo el cariño y apoyo de los Urdangarin: vacaciones conjuntas en Bidart, Navidades en Vitoria, visitas a Ginebra. Sin embargo, ahora Cristina ha visto como la compañera de trabajo entra y sale del domicilio de la madre de Iñaki, donde él vive, como Pedro por su casa. Los secretos de la infanta es una muestra de que el destino va a su aire y no tiene por qué coincidir con los planes de las personas, ni siquiera con los de una infanta de España.

1. Una infanta de España en el juzgado

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Una infanta de España en el juzgado

El 8 de febrero de 2014, aún de madrugada, sonó el despertador de su iPhone. No hubiera hecho falta, porque prácticamente no había dormido. Desde muy joven, siempre que se enfrentaba a una situación no habitual, o inesperada se le alteraba el sueño. Daba igual que fuera la noche de Reyes o la víspera de un examen oral de los que tuvo tanto en los últimos cursos del colegio Santa María del Camino como en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, donde los profesores Torregrosa y Mesa preferían el cara a cara con sus alumnos.

Cristina de Borbón y Grecia se preparó para uno de los días más complicados de su vida: su comparecencia como imputada por dos delitos ante el juez Castro, que instruía el Caso Nóos. Amaneció sola en el dormitorio de los apartamentos Victoria del hotel AC de la avenida de Pedralbes. Esa soledad no era impuesta, sino pactada con su marido. Desde que nacieron los niños, el matrimonio había decidido que, salvo casos excepcionales, procurarían que uno de los dos se quedara siempre en casa si el otro tenía obligaciones que cumplir. El día 8 sin duda era excepcional, pero quizá valoraron más la estabilidad emocional de sus cuatro hijos —a los que ya les habían explicado cuál era la situación—, de modo que Iñaki había regresado el día anterior a Ginebra.

Además, Cristina no había dado el visto bueno a su hermana Elena para que viajara a Barcelona como esta quería, ni estuvo con ella la princesa Alexia —prima, amiga, confidente, consejera y encubridora de su relación con el deportista Urdangarin en los inicios de su romance... y de muchos otros secretos—. La hija del exrey de Grecia ha sido y es una persona de su absoluta confianza, mucho más que sus propios hermanos o su madre. «En general Cristina es muy recelosa con la gente que se le acerca y las amistades nuevas son escasas. Mientras que Iñaki es todo lo contrario y le gusta socializar. Alexia y [su marido] Carlos son un buen soporte de fidelidad para el matrimonio», cuenta Alejandro Morales, relaciones públicas y una de las personas que organizaba los encuentros empresariales de Urdangarin en Lanzarote en el hotel Princesa Yaiza. Morales llevaba la comunicación externa de este establecimiento cinco estrellas. Los periodistas coincidíamos con el duque de Palma en las instalaciones cuando nadie imaginaba que acabaría en prisión.

El hotel donde se alojaba se encuentra muy cerca de la calle Elisenda de Pinós, donde está la casa que hasta hacía muy poco había sido su domicilio familiar y donde, junto a Iñaki, había sido muy feliz. El palacete de las desgracias, de los despropósitos, de los seis millones de euros, de la prepotencia, como describió la prensa esa torre que luego permaneció cerrada, sin pretendiente, cuando poco antes quizá se la hubieran quitado de las manos, por eso de vivir en los mismos metros cuadrados que la hija del rey. Inicialmente la pusieron a la venta por nueve millones y medio de euros, pero aunque más tarde bajaron el precio, no consiguieron venderla. El juez Castro, el látigo justiciero y quien alteró el sueño de la infanta la noche del 7 de febrero de 2014, lo había impedido, ya que en diciembre de 2013 había dictado un auto por el que se embargaba la mitad del inmueble al ser propietarios la infanta y su marido al cincuenta por ciento.

Otro varapalo antes de que ocurriera lo que parecía inevitable, pero que Cristina nunca pensó que llegaría a suceder: acudir a un juzgado en calidad de imputada mientras toda la prensa nacional e internacional se hacía eco de los delitos de blanqueo y fraude fiscal que supuestamente habría podido cometer. Era la segunda vez que se solicitaba su presencia. Había logrado evitar la primera comparecencia debido a la oposición del ministerio fiscal. Sin embargo, esta vez los asesores de la Zarzuela decidieron cambiar de estrategia y no marear más la perdiz: sugirieron a la infanta aplicar a su vida el teorema de Thomas, que en esencia afirma que «las cosas no son como son, sino como se perciben». Y, a esas alturas, lo que percibían los ciudadanos era que no se cumplía la frase pronunciada por el rey sobre que «la justicia es igual para todos».

Lo que seguramente acudiría a la mente de la infanta es el recuerdo de aquellos años en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, cuando algunos empezaron a llamarla la «infanta lista» y la «infanta de naranja, infanta de limón», como atestiguaban las pintadas que aparecían a menudo en la universidad y que el rector mandaba eliminar, hasta que un buen día la propia protagonista le dijo que le daba igual y que, además, creía «que [esta medida] es contraproducente». Y efectivamente tenía razón, porque el sol y la lluvia se encargaron de suavizar las pintadas, que, en comparación con otras del tipo «abajo la monarquía» o «fuera el Borbón» aparecidas en otros lugares, eran casi de guardería.

Desde que había emigrado a su exilio dorado en Ginebra, nunca había vuelto a introducir la llave en la cerradura de su casa de Pedralbes, en la llamada zona alta de Barcelona, donde había vivido su cuento de amor y felicidad. Para ella había sido su Xanadú privado; para Iñaki Urdangarin, en cambio, más bien había parecido ser una demostración pública de adónde había conseguido llegar, de su escalada al Olimpo de los poderosos. Desde que enamoró a la hija menor del jefe del Estado, su anhelo había sido triunfar a toda costa, sirviéndose de las prebendas que se le presentaban en el camino por ser el yerno real. Sin embargo, esta actitud no debió de extrañar a Cristina, que seguramente estaba acostumbrada a verla en el caso de determinadas amistades influyentes y a veces peligrosas que rondaban la Zarzuela y Marivent.

Pero como Cristina es pragmática, fría e incluso calculadora, tal como la describen quienes la han tratado, esa mañana tenía muy claro cómo sería su aparición ante el juez Castro. El día anterior pasó por la peluquería para un brushing rápido. No hizo falta que le dieran el baño de color, porque las mechas le duraban desde la última vez que se las habían hecho en Llongueras, su sitio de siempre. Melena al viento, que es lo que mejor le sienta, sabedora de que su imagen iba a recorrer el mundo. En cuanto al estilismo, ya lo había decidido cuando hizo la maleta en Ginebra: tenía que ser de perfil bajo. Chaqueta de terciopelo azul, pantalón gris, camisa blanca y unos botines, seguramente comprados en la tienda de su amiga Cristina Castañer, en la calle Mestre Nicolau. Casualidades de la vida, la sede del Instituto Nóos se ubicaba en el número 19 de la misma calle. Todo a tiro de piedra, incluso el restaurante japonés donde Urdangarin y Torres acudían al mediodía, a veces en compañía de sus mujeres. La cocina japonesa es una de las preferidas del matrimonio y fue el menú que eligió Cristina para festejar el cuarenta cumpleaños de su marido con una fiesta sorpresa a la que asistieron más de noventa invitados, entre los que se encontraban la reina, los príncipes de Asturias y, por supuesto, el matrimonio Torres. Las facturas de la soirée corrieron a cargo de Nóos, fundación sin ánimo de lucro, como figura en la instrucción del juez Castro.

Perfil bajo y austeridad pero sin pasarse, porque el trámite era exclusivamente legal, y el convencimiento de no haber cometido ningún fraude le daba seguridad. Como decían sus amigos: «De haber hecho algo inapropiado, se podría calificar de irregularidad, nunca como delito. Van a por ella y el juicio mediático ya la ha condenado». Cada uno es libre de hacer sus juicios de valor y, aunque muchos de los que se arrimaron a los UrdangarinBorbón para presumir luego les dieron de lado con los desmanes de Nóos, hubo otros que permanecieron fieles. Entre estos últimos se contaban el presidente del Grupo Planeta y su mujer, que invitaron a la infanta y a su marido a la boda de su hijo Pablo con Anna Brufau, hija de uno de los directivos de Indra en Cataluña, celebrada el 25 de octubre de 2013. Los duques prefirieron no hacer el paseíllo previo al enlace y, en cambio, sí se dejaron ver en la fiesta. «Te los encontrabas nada más entrar, juntos y pendientes de las reacciones de la gente. Hubo invitados que pasaron de saludarlos, no por falta de educación, sino porque les parecía una provocación la presencia de Urdangarin», contaron en su día testigos presenciales.

Todo aquello ya es humo, debió de pensar Cristina de Borbón mientras se preparaba para tomar el vuelo de la compañía Vueling de las ocho y veinte que la conduciría del aeropuerto de El Prat en Barcelona al Son Sant Joan en Palma, ciudad cuyo nombre aparecía en su título de duquesa.

Mallorca era la isla de sus veranos, de sus primeras salidas independientes, de esos amores adolescentes que, en su caso y a diferencia de sus hermanos, no fueron muchos, pero pasaron a formar parte del historial emocional de la infanta. Disfrutaron del palacio de Marivent Fernando León, medalla de oro en Seúl, que pasó de profesor de vela a algo más; Álvaro Bultó e Iñaki Urdangarin, antes de formalizar el noviazgo. La estancia de este último en la residencia de verano de los Borbón nunca fue oficial, pero la pareja vio anochecer y amanecer cuando los reyes aún desconocían que la menor de sus hijas se moría de amor por un jugador de balonmano.

Muchos años después, don Juan Carlos se quejaría de las malas bodas que habían hecho sus descendientes, comparándolas con las de los Orleans españoles o la de su sobrino Luis Alfonso de Borbón con la joven Margarita Vargas, que, además de una inmensa fortuna familiar, tenía estudios internacionales, idiomas y una excelente formación. Al rey le desesperaba «tener que apoquinar con todo», frase que han oído decir al monarca en más de una ocasión en reuniones no demasiado íntimas.

Hacia Palma volaba Cristina en un viaje en solitario, excepto por la compañía de dos escoltas visibles y otros tantos disimulados entre el pasaje. Por supuesto, la seguridad era primordial, pero lo llamativo del caso es que los agentes estaban más pendientes de los reporteros de Antena 3 que habían conseguido plaza en ese vuelo, que de cualquier ciudadano indignado que pudiera increpar a la infanta. A pesar del madrugón y de haber do

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