La sombra de Suárez

Eduardo Navarro

Fragmento

cap-1

Prólogo

1

Eduardo Navarro Álvarez es hoy una persona desconocida para la mayoría de los españoles. Sin embargo, su vida e historia, así como su paso por la política española en la segunda mitad del siglo pasado, corren parejas a la vida e historia de la España de la época: un país que evolucionó, de la mano de figuras como Juan Carlos I y Adolfo Suárez, de la dictadura franquista a una democracia moderna, casi sin darse cuenta.

Eduardo Navarro fue testigo excepcional de esos acontecimientos, pues estuvo junto a Adolfo Suárez desde sus inicios políticos, y sus vidas se fueron entrecruzando, hasta el final, con diversa intensidad. Navarro plasmó esa vida y esa transformación en multitud de escritos. Lo que ofrecemos a continuación es el texto que dejó manuscrito a lo largo de 193 folios de letra menuda, entre cuyas apretadas líneas se desgranan los principales acontecimientos ocurridos en España en los últimos años del franquismo y primeros de la Transición.

Pero antes de analizar brevemente la singular personalidad de Eduardo Navarro, y cómo fue la colaboración entre aquellos hombres extraordinarios, me gustaría explicar algunas vicisitudes con las que nos hemos encontrado para publicar la transcripción del manuscrito. El texto original, es decir, el manuscrito de su puño y letra, parece que ha desaparecido; o, al menos, después de haber revuelto todos los papeles y archivos de Eduardo Navarro, no lo he encontrado. Lo que se conserva en mi poder es la fotocopia del manuscrito con sus correcciones originales —éstas sí—, que Eduardo me entregó personalmente, y que me han servido para fijar el texto que termina de forma abrupta el día 25 de febrero de 1981 y que fue escrito en 1992. Hay otro aspecto del manuscrito de Eduardo Navarro que conviene resaltar, y es que a diferencia de lo que sucede en el género memorialístico, no existe en él esa tendencia, lógica y natural, de justificar los actos de quien lo escribe, por fortuna para el lector. Estos papeles ni siquiera son una historia de una etapa política concreta. Son el testimonio, o mejor dicho «los testimonios», que había escrito una persona —Eduardo Navarro— sobre otra —Adolfo Suárez— con el fin de que sirviese de guión para construir las memorias del duque, si finalmente se decidía a ello. He aquí, pues, la importancia capital de este texto. No era ningún secreto que Adolfo Suárez escribía poco, a lo sumo notas o comentarios en papelitos o a pie de página. Escribía tan poco, que incluso el prólogo del libro que su hija Mariam publicó en la editorial Galaxia Gutenberg en el año 2000, Diagnóstico cáncer, mi lucha por la vida, lo escribió Eduardo Navarro. Y fue esa complicidad entre Eduardo Navarro y Mariam Suárez Illana, madre de la actual duquesa de Suárez, la que les llevó a trabajar en los últimos años de sus vidas en un proyecto que nunca se terminó. Tienen estos papeles ese valor añadido de la sinceridad desde la que fueron escritos. Al final de este prólogo reproduzco el «Plan de Memorias», los «Hitos en la biografía de Adolfo Suárez» y el índice de documentos de las carpetas «Presidente-ENA», conservadas por Navarro. Un cúmulo de calamidades impidió completar ese trabajo.

Los dos primeros capítulos, que Eduardo denominó «testimonios», fueron titulados por él mismo. Los tres siguientes han sido titulados por mí, de acuerdo con la editorial, pues Navarro no llegó siquiera a revisarlos. Y así como los dejó, los publicamos. A pesar de ello, tal era su precisión, que en el texto que ahora se ofrece no ha sido necesario corregir datos ni fechas. Solamente le falla el subconsciente en una ocasión cuando cita al presidente de Estados Unidos Gerald Ford, pues se equivoca y, como, buen cinéfilo que era, lo llama como el actor: Glenn Ford. Corrección que sí hacemos en estas páginas que siguen.

El proyecto de «Memorias» quedó incompleto, arrinconado, mal guardados muchos papeles, amontonados a veces importantes documentos en bolsas de plástico o en cajas de zapatos en la última sede del despacho que tuvo Adolfo Suárez al lado de la plaza de España. Se han conservado aquellos que Eduardo logró rescatar, escritos de su puño y letra. Pero el rayo de la fatalidad fulminó a Navarro. El duque de Suárez ya había perdido la memoria de las cosas; y como si quisiera Eduardo acompañarle de la mano hacia la última morada, también sufrió un deterioro neuronal rápido y progresivo.

Eduardo donó el grueso de documentos sobre su actividad política al Archivo General de la Universidad de Navarra, y este manuscrito, conocido como «los papeles de Suárez», me lo entregó en la Semana Santa de 2007, un año y medio antes de su muerte. Me entregó una fotocopia con correcciones a mano. Eduardo tenía ya sus facultades físicas y mentales bastante deterioradas y, consciente todavía de sus actos, por ese motivo me lo confió. No me dio ninguna instrucción especial sobre qué hacer con el mismo. Simplemente me entregó estos papeles, que algunas personas, como su fiel amigo José Luis Graullera, ya conocían.

Así pues, a falta de unas memorias oficiales de quien fue el primer presidente elegido de la democracia, podríamos bucear en los discursos, conferencias, artículos y entrevistas que concedió hasta que quedó recluido en su casa de La Florida, en busca de la historia y del pensamiento de Suárez. Sin embargo, ¿sería de Suárez o de Navarro? Nos encontramos ante un caso insólito en la historiografía política moderna, pues como solía decirme Eduardo con esa ironía ácida que le caracterizaba, «mi destino será siempre haber escrito con un seudónimo que se llama Adolfo Suárez». Así lo reconoce también el profesor Juan Francisco Fuentes en su documentada Adolfo Suárez. Biografía política (2005): «No era raro que Eduardo Navarro, hombre de una ilimitada curiosidad intelectual, amplios conocimientos históricos y excelente formación jurídica, pusiera en boca de Suárez autores y citas —incluso en latín— que a los más versados en la adolfología les costaría asociar con el nombre del ex presidente».

Eduardo Navarro murió el 17 de marzo de 2009, es decir, cinco años, casi día por día, del mismo mes en el que falleció su admirado amigo Adolfo, a quien por fortuna logró ver homenajeado —con el premio Príncipe de Asturias, con la entrega del Toisón de Oro— y la memoria de su labor restablecida, tras los durísimos ataques recibidos en aquellos últimos años de gobierno que vivieron juntos.

A diferencia de Adolfo Suárez, Eduardo gustaba de escribir. Y a lo largo de toda su vida plasmó por escrito los recuerdos de su niñez y la historia de España con la extraordinaria lucidez que muestran estos testimonios. La República, la Guerra Civil o el franquismo se mezclaban con su vida personal y política en unas cuartillas que iba rellenando, a modo de terapia, con la esperanza de entender lo que había pasado en España y, también, para interpretarse a sí mismo. Eduardo vivió todos estos cambios desde primera línea pues, entre otros cargos, fue consejero nacional del Movimiento y vicesecretario de su ministerio, procurador en Cortes y subsecretario del Ministerio de la Gobernación ya en la Transición. Su trabajo, eficaz y silencioso, ayudó a sacar adelante cuestiones fundamentales como la Ley para la Reforma Política que posibilitó el salto «de la ley a la ley», de la dictadura a la democracia.

Le conocí cuando mi padre, Carlos Trias Bertrán, entonces comisario general para la Ordenación Urbana de Madrid (1959-1965), se dio cuenta de su brillante inteligencia y decidió rescatarlo de la oscuridad en la que se encontraba y convertirlo en su más íntimo colaborador. Mi padre fue uno de los primeros «protectores» de Eduardo, pues Navarro siempre necesitó estar envuelto afectivamente por alguien y en alguien.

Eduardo, además, era prolijo en su correspondencia. En ella ya apuntaba a finales de los años sesenta lo que pensaban muchas personas encuadradas en ese conglomerado que se llamó «Movimiento Nacional». Mantuve con él una larga relación epistolar hasta 1977, cuando me instalé a vivir en Madrid para trabajar en el Ministerio de Justicia y se hizo innecesaria. Aún conservo sus cartas, y en ellas muestra un sentido orteguiano del análisis político. En enero de 1969 me escribía sobre las generaciones que se encontrarían con la herencia del franquismo según su relación con la Guerra Civil. Hablaba de la suya, que no fue a la guerra pero que la vio y que de niños entonaba los himnos al advenimiento del Imperio Sindical, mientras en España se asentaba el capitalismo; que predicaba la Revolución «por encima de las izquierdas y las derechas» mientras se formaban en Ortega, Marañón y Zubiri; y pretendían algo tan imposible como «libertad y autoridad, justicia y mantenimiento del statu quo, camisa azul y europeísmo, todo al mismo tiempo».

La vida de hombres como Eduardo ilustra a la perfección la idea de que la Transición de la dictadura a la democracia no se produjo por un salto en el vacío, sino más bien a través de un puente que se tendió de una orilla a otra. En sus cartas también hacía referencia a la difícil hora que iba a vivir España, y defendía sinceramente su creencia de que todos juntos, cada uno con sus ideas y temperamento, tendríamos que organizar el futuro: «Yo por más que pienso sobre todo esto no encuentro más camino que el de la reforma desde el sistema. Allí donde se abre un portillo hay que estar, allí donde no se abre hay que forzarlo», decía en 1969. Y ése fue el camino que eligieron las mentes más lúcidas del franquismo, apoyados y empujados por don Juan Carlos, designado sucesor a título de Rey a los pocos meses de escrita esa carta. Personas como Torcuato Fernández-Miranda o Adolfo Suárez llevaron a nuestro país por el camino de la legalidad —una legalidad, ciertamente, con pecado original— sin rupturas traumáticas, con enorme sacrificio y, sobre todo, con muchos sacrificados, «de la ley a la ley», hacia la libertad.

Pero ¿quién fue Eduardo Navarro? Lo que cuento a continuación, tomado de multitud de papeles y notas suyas, de testimonios verbales y escritos, es un pequeño esbozo de una fecunda vida dedicada al servicio de España. Murió dejando apenas algo a sus herederos, machadianamente, ligero de equipaje.

2

Eduardo Navarro Álvarez nació en Cádiz el 14 de agosto de 1929, hijo del capitán de infantería Eduardo Navarro Chacón y de Carmen Álvarez Álvarez, también de familia militar. Su madre murió como consecuencia del parto al mes de su nacimiento, y su niñez transcurrió junto a sus abuelos y tías en un ambiente de exaltación monárquica frente a la recién instaurada República, de catolicismo conservador, y rodeado de militares.

El capitán Navarro Chacón, su padre, que se encontraba en Cádiz cuando él nació, fue destinado al batallón de ametralladoras de Almería y encomendó el cuidado del niño a la familia de la madre. Era una casa en la que se respiraba un ambiente típico de la clase media española de origen militar: mucha religiosidad, mucho patriotismo y el dinero justo para sobrevivir con dignidad. Pero esa familia tenía un fondo cultural que la hacía diferente de otras familias militares.

Eduardo era un niño de físico un poco enclenque que empezó a mostrar tempranamente aptitudes intelectuales excepcionales. Era un muchacho curioso que se cuestionaba todo lo que oía y veía, y que no aceptaba con docilidad las explicaciones que le daban, como cuando su tía repetía que El Retiro albergaba un monumento al Ángel Caído por la influencia perniciosa de los masones.

Los primeros años de la República transcurrieron plácidamente para las familias Navarro y Álvarez. Y para España. Entre helados y barquillos, zarzuelas, el palco del cine Argüelles y las películas de Charlot. Era ésa una España pobre pero ilusionada, «pese a todo», con el nuevo régimen republicano. Hasta 1934, con la proclamación del Estado catalán y la revolución de Asturias, la República prometía un futuro esperanzador para los españoles.

La niñez de Eduardo transcurrió entre Madrid y Almería, entre los brazos de sus abuelos maternos en Madrid y los de su tía Concha, y los de su padre, «alto, joven, de voz fuerte y cara sonriente», en Almería.

Su abuelo materno, el coronel Mariano Álvarez Mayor, fue un militar muy condecorado por sus acciones de guerra y la sensatez que demostró en las trágicas guerras de Cuba y Marruecos. De él aprendió que las vidas de los soldados no debían tratarse con frivolidad, y que una retirada a tiempo era más honrosa que una victoria bañada de sangre. A su abuela, profesora de piano, la recordaba como un destello de luz. La música en el salón familiar sería el origen de la melomanía de Eduardo, que llegó a ser presidente de la Fundación Guerrero. No menos importantes fueron sus tías, con las que compartió educación y juegos, y que le protegieron y acompañaron durante toda su existencia.

Su padre, el capitán Navarro Chacón, era militar como casi todos los miembros de la familia, pero no compartía la visión del resto sobre la caída de la monarquía. Eduardo vivía escuchando versiones contrapuestas. De un lado estaba su tía Concha, hermana del padre, defendiendo que tras la caída de Primo de Rivera y la monarquía todo se había vuelto caos y confusión, mientras que intuía que su padre abrazaba con agrado la República, pues recordaba haberle escuchado decirle a su abuelo que «la República era una gran posibilidad para España y que los Borbones estaban todos medio enfermos y no se enteraban de nada». Además, había estudiado en la academia con Galán y García Hernández y siempre les defendió, pues los tenía por patriotas y mártires de la República.

Entre un padre abierto y una tía cariñosa pero retrógrada, Eduardo guardó siempre ese recuerdo imborrable de Almería, «una ciudad pequeña, luminosa y bella», aunque las diferencias sociales fuesen insoportables. Cuando llovía, por ejemplo, unos hombres cruzaban a «la gente bien» en andas las calles encharcadas. Así pues, el pequeño Eduardo, observador como era, no tardó en comprender desde muy niño que había varias Españas. Por lo menos dos: una, la de su familia, y otra, la de «esos señores» a los que su tía Concha nombraba con desprecio.

El desgaste de la República, que había comenzado en 1934 con la revolución de Asturias y de Cataluña, hizo que su padre se fuera aproximando a los postulados sociales de la Falange en las elecciones de 1936, mientras su hermana Concha se aferraba, como tanta gente inculta, a las supersticiosas profecías de la madre Ràfols, una monja que anunció a principios del siglo XX grandes catástrofes para España por haber abandonado la religión católica y caído en las manos de la masonería y el ateísmo.

El padre volvió a llevarse al niño a Almería junto con su hermana Concha para pasar las vacaciones veraniegas de 1936, con la oposición de la familia materna. A los abuelos Álvarez les parecía una imprudencia moverse en esa situación. Toda la familia estaba «en el secreto» —ese secreto a voces— de que un día u otro se iba a producir un pronunciamiento militar, no tanto para derrocar a la República como para poner orden. Estaban convencidos de que la situación de España no tenía solución.

Finalmente, la familia del capitán Navarro se instaló a pasar el verano en un pueblecito de la sierra de Andratx, Fondón, pensando que en aquel lugar remoto con apenas mil habitantes nada sucedería, y que pasarían un agradable verano de paseos y noches a la fresca, fumando pitillos y bebiendo vinos.

El verano se desarrollaba con la placidez esperada, hasta que de pronto, una noche, sucedió algo extraño que Eduardo no olvidaría jamás. El capitán Navarro volvió de Almería, entró en el cuarto de su hijo y le abrazó de un modo muy especial. Asustada, la tía Concha preguntó: «¿Pasa algo, Eduardo?». Y éste, dejando al niño, se levantó, encendió un cigarrillo y mirando fijamente a su hermana le contestó: «Acaban de matar a Calvo Sotelo». Concha se tapó la boca con expresión de horror. El padre volvió a sentarse en la cama del niño, le abrazó nuevamente y le besó. Años más tarde, Eduardo, al ver el Guernica de Picasso, recordaría esta escena y la bombilla que alumbraba el techo de su cuarto la última vez que vio a su padre.

A los pocos días llegó una persona que les informó de la sublevación de Franco en Marruecos, de la actuación de Mola en Navarra y de la de Queipo en Sevilla. Aún no sabían nada de la suerte del capitán, pero presentían lo peor. Tras los primeros días de inestabilidad, asalto a iglesias y quema de imágenes, se llegó a un acuerdo para que no se molestara ni a las mujeres ni a los niños. En Fondón gobernaba una especie de comité, que declaró a Concha y Eduardo «acogidos al amparo de la República». Poco tiempo después se confirmaron sus peores temores al respecto del padre de Eduardo y de su amigo el también capitán José María Cueto.

La sublevación se conoció en Almería el 17 de julio, y el 18 se supo que Franco había declarado el estado de guerra en Canarias y que se había trasladado a Tetuán. El resto de las noticias eran muy confusas. Estaba previsto que el alzamiento lo encabezase el teniente coronel Huertas Topete, pero tuvo muchas dudas. El capitán Navarro tomó Radio Almería, desde donde se emitió un bando instando a la población a unirse al alzamiento que terminaba con un rotundo «¡Viva la República!» y los sones del himno de Riego. Sin embargo, las dudas de Huertas Topete, ante la amenaza de ver la ciudad destrozada por las bombas del destructor Lepanto, en manos de los leales a la República, que estaba fondeado en el puerto, ordenó izar bandera blanca en el alcázar, cogiendo por sorpresa al resto de sublevados. La rebelión fracasó en Almería y se pactaron las condiciones de la entrega de armas que pasó por la irresponsabilidad de individuos y clase de tropa, así como la detención de los oficiales que serían llevados a bordo del buque Lepanto, a la espera de consejo de guerra.

Almería se convirtió en un aquelarre en manos de las milicias, dedicadas a la quema de iglesias: Santo Domingo, Santiago, San Pedro, San Sebastián, el convento de las Claras y las iglesias de los barrios extremos fueron pasto de las llamas y de la ira popular. Se dinamitó el monumento al Sagrado Corazón situado en el Cerro de San Cristóbal, y la Virgen del Carmen, patrona de los marinos, desapareció bajo las llamas. Poco a poco, entre cuchicheos y espanto, Eduardo y su tía Concha comenzaron a tener noticias de los horrores de Almería. «Habían explotado siglos de injusticia y todas las malas pasiones del hombre», escribiría Eduardo Navarro en su madurez.

Cueto y Navarro se encontraban todavía con vida, presos en el barco España n.º 3 en Cartagena, adonde les habían llevado junto con otros sublevados entre los que también estaba el teniente coronel Huertas. Carlos Cueto, hermano de José María, que era comunista y miembro activo del Frente Popular, fue a Cartagena y visitó a ambos capitanes, a los que ofreció la posibilidad de volver con él a Almería. Pudieron escoger la libertad, pero decidieron correr la suerte de sus compañeros de armas. Fueron asesinados por la marinería a bordo del España n.º 3 junto con ciento cincuenta militares más. Sus cuerpos, arrojados al mar, desaparecieron para siempre.

Eduardo se trasladó a Almería con su tía Concha. La guerra se recrudecía y nadie sabía cómo podría terminar. En el mismo edificio vivía otra familia cuyo padre era el cónsul de Gran Bretaña. Los pisos estaban comunicados por una escalera de servicio en la parte trasera y siempre que se organizaba algún registro todos se apiñaban en torno al cónsul, que con la bandera de la Union Jack y el retrato de Jorge VI bien visible, les protegía. Gracias a este hombre bueno que oficiaba de diplomático, contaron los Navarro con pan, aceite, harina y garbanzos y, sobre todo, gozaron de una relativa seguridad. Un día se enteraron de la caída de Málaga en manos de los nacionales por la avalancha de mujeres y niños que venían huyendo, con el terror en los ojos, de la represión franquista, que dejaba a todos espeluznados. Esas situaciones fueron creando en Eduardo un fondo de relativismo político por un lado, y de temor por otro, que le acompañaría toda su vida.

Decidieron regresar otra vez a Fondón, donde les habían dicho que los ánimos estaban más calmados. En la sierra de Andarax, al fin y al cabo, la guerra entre unos y otros parecía estabilizada y como nadie sabía el final de la historia se llegó a una especie de entendimiento. A las pocas semanas, Eduardo enfermó de sarampión y tuvieron que volver a Almería, aunque advertidos por Carlos Cueto de que poco podría hacer por ellos pues estaban fichados y la intención de las autoridades era encarcelar a Concha y enviar a Eduardo a Rusia. Tía y sobrino pudieron esconderse en casa de unos caritativos desconocidos donde el niño pasó la enfermedad. Concha no podía soportar los constantes y despiadados bombardeos franquistas sobre Almería, hasta el punto de que repetía sin cesar: «Si esto hacen los nuestros, ¿qué no harán los otros?».

La caída de Madrid puso término a una guerra civil que pasó a llamarse «cruzada». La ciudad de Almería estaba en paz, pero en ruinas y llena de curas y de iglesias abiertas donde al final de los oficios religiosos se gritaba «¡Viva Franco!» y «¡Arriba España!» con el brazo en alto, los curas incluidos. Eduardo vivió allí el desfile de la Victoria, vestido de «pelayo».

3

De vuelta a Madrid, le costó adaptarse al nuevo orden familiar. Madrid ya no era esa ciudad alegre y bullanguera de la República sino una capital llena de tristeza, miseria y edificios en ruinas. Eduardo, que contaba diez años, fue escolarizado en los Hermanos Maristas. A los pocos meses de iniciado el curso, este niño enclenque y mal alimentado tuvo que ser internado aquejado de una pulmonía. Estaba tan bajo de defensas que la pulmonía se convirtió en neumonía, y acabó en una gravísima pleuresía que le retuvo en cama durante siete meses y casi terminó con su vida.

Mientras tanto, la Guerra Mundial cada vez era más virulenta. Todo el entorno de Eduardo era germanófilo a excepción de esa tía malhumorada, reaccionaria y católica a machamartillo que había salvado la vida del niño durante la Guerra Civil y que, como persona agradecida, consideraba a los ingleses muy superiores moralmente a los alemanes. Concha no podía olvidar al cónsul de Almería, los continuos registros, la mirada protectora del rey Jorge VI y la bandera de la Union Jack. «Sí, serían protestantes —pensaba—, pero salvaron a los indefensos y a los oprimidos, mientras que ahora los curas se dedicaban a saludar brazo en alto a los vencedores.»

Eduardo regresó al colegio de los Maristas y terminó el bachillerato con extraordinarios resultados. En la universidad se afilió a Falange y, dentro del SEU, comenzó a hacer política. Posteriormente, terminados cum laude los estudios universitarios, fue ayudante de Derecho Internacional Privado y de Derecho Administrativo en la Universidad Complutense. Pero le tiraba más la vida política que ese mundo universitario que Eduardo encontraba muy anquilosado, aunque todos le augurasen brillantes resultados en la vida académica.

Esos años universitarios fueron decisivos, también, para la vida de España. Eduardo sentía, por un lado, que el Régimen del 18 de julio era algo suyo, algo que le pertenecía, pero por otro lado, se sentía atraído por el fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, que Eduardo había estudiado una y otra vez, y a través de cuyas obras había comprendido que la tan denostada República había sido una gran posibilidad para España, aunque echada a perder por unos y otros; que el socialismo había tenido serias razones para nacer, y que no se podía tolerar un hogar sin lumbre o una familia sin pan. Mientras tanto, España seguía llena de hogares sin luz y familias hambrientas.

Por un lado estaba el Régimen, y Franco como su cabeza visible, y por otro estaba el magisterio de Ortega, las obras de José Antonio, o la filosofía de Zubiri. Todo eso, sumado a las noticias del extranjero que traían los que podían viajar, fue creando un caldo de cultivo que explotó en el curso 1955-1956, y que Eduardo Navarro vivió muy intensamente desde su militancia falangista y su pertenencia a la Centuria XX «Alejandro Salazar», de la Guardia de Franco. A partir de entonces nada fue igual, no sólo en la universidad, sino en España. Se había puesto de manifiesto una profunda división, una nueva fractura, que perduró hasta la muerte de Franco, el inicio de la reconciliación y la llamada Transición, nada menos que veinte años más tarde.

Después de esos años convulsos, Eduardo Navarro había caído en el ostracismo en que, por diversos y oscuros motivos, le había colocado el Régimen. A pesar de ello, se encontraba cómodo en su cargo de secretario general de la Comisaría para la Ordenación Urbana de Madrid para el que había sido designado por el nuevo ministro del recién creado Ministerio de la Vivienda, José Luis de Arrese.

Además, era rector del colegio mayor Francisco Franco. Fue en esos años, concretamente en el curso 1959-1960, cuando José Luis Herrero Tejedor, hermano de Fernando, le presentó a Adolfo Suárez, un joven prometedor que quería hacer política. Enseguida congeniaron. La vida política de España, según gráfica expresión de Navarro, era «chata y triste». Y cualquier joven que quisiera hacer política debía optar entre las organizaciones subversivas o las juveniles que le brindaba el propio Régimen. Los colegios mayores eran, pues, un buen camino de iniciación y sus directivos los teñían de falangismo o no, según sus ideas, por lo que se convirtieron en caladero de futuros dirigentes.

El Adolfo Suárez que conoció Eduardo Navarro era un chico alegre, un tanto taciturno, de difícil clasificación política y con ganas de abrirse camino y de triunfar. Navarro no le tuvo nunca por falangista y decía de él que trabajó en el Movimiento como podía haberlo hecho en el Ministerio de Agricultura, y que si lo hizo ahí fue por su estrecha relación con Fernando Herrero Tejedor que entonces era vicesecretario general. Suárez, entre sus íntimos amigos, siempre hablaba del republicanismo de su padre, aunque no tenía muy buena relación con él, entre otras razones por las firmes creencias religiosas inculcadas por su madre, tan distintas a las del padre.

En el año 1969 se produjeron importantes cambios ministeriales que dieron el poder a los tecnócratas, capitaneados por López Rodó y Carrero Blanco. Eduardo Navarro fue designado inspector nacional del Ministerio de la Vivienda por el nuevo ministro Vicente Mortes. Su antiguo jefe político y protector, Trias Bertrán, había muerto prematuramente dos meses antes de ese relevo ministerial, a los cincuenta y cuatro años. Ese mismo año, Adolfo Suárez fue designado director general de RTVE, lo que le dio acceso directo a las más altas instancias de la nación.

El Príncipe cultivaba la relación con estos jóvenes políticos que procedían del Movimiento, pues no pasaba por alto el hecho de que serían ellos y no los hombres de la generación de su padre quienes podrían ayudarle a transformar España en un Estado moderno si al final accedía al trono. A partir de entonces la carrera política de Suárez fue meteórica, saltando de cargo en cargo, como en el juego de la oca, y las «caídas», en contra de lo que tantos le auguraban, le sirvieron al futuro duque de tiempos de reflexión para asegurar lo avanzado. Suárez, al contrario de tantos jóvenes políticos del régimen franquista, como fue el caso de Eduardo Navarro, procuraba mantenerse al margen de estériles luchas políticas entre «familias», que le habrían apartado de su objetivo final.

Con la llegada de Suárez a la Secretaría General del Movimiento en el primer Gobierno de la monarquía presidido por Arias, comenzó la liquidación de Régimen. Y una de las personas que en la sombra tuvo que materializar ese derribo fue Eduardo Navarro, como se comprueba a lo largo del pormenorizado relato que ofrezco al lector.

La relación entre Navarro y Suárez se fue estrechando, pero también fueron más frecuentes los roces entre ambos. Suárez era un hombre de acción, esencialmente optimista, y Navarro, por el contrario, era reflexivo, tenía un carácter ciclotímico y a veces caía en un desánimo profundo. Pero siempre prevaleció entre ambos un profundo respeto y cariño.

Con los calores del verano de 1976, Madrid se convirtió en un hervidero de rumores. Que Arias era visto como un serio obstáculo para la hoja de ruta que había trazado el Rey con un guión diseñado por Fernández-Miranda, resultaba evidente. Recuerdo por esas fechas haber visitado a don Juan en su casa de Estoril en varias ocasiones, unas veces acompañando a Joaquín Garrigues, Antonio Fontán y Muñoz Peirats, y otras solo. En una audiencia, el comentario que me hizo el conde de Barcelona fue rotundo: «El Rey lo que tendría que hacer es ponerse las botas de montar y darle una patada en el culo a Arias. Cuanto más tarde lo haga, será peor».

Lo que sucedió en aquellos días está de sobra explicado: Suárez fue elegido en la terna preparada por Torcuato Fernández-Miranda y nombrado presidente del Gobierno. Eduardo se había vuelto con los años más y más pesimista, con tendencia a colocarse siempre en el peor de los escenarios. Nunca había estado más cerca del poder y de hacer realidad sus aspiraciones, pero siempre se quedó a las puertas de ellas. Por aquellos días, el domingo siguiente a su designación, Eduardo se acercó a su casa a felicitarle junto a Ignacio García López y José Luis Graullera. Entonces, escribe en sus cuartillas, comenzó a ver cierto desapego del presidente hacia él. «Guarda para mí una cordialidad distante», anota. Lo cierto es que Adolfo cuenta con él y le pide que vaya pensando en sus primeras declaraciones, y que una vez escritas se las entregue a Rafael Anson.

Naturalmente, la preocupación principal del nuevo presidente es formar Gobierno y comienza a hablar de nombres con Alfonso Osorio. Hay una anécdota que la cuentan de distinto modo, aunque con idéntico fondo, tanto Navarro como Osorio. Cuando Suárez y Osorio estaban hablando de nombres, el presidente le comentó: «Yo conozco gente como Ortí Bordás y Eduardo Navarro, pero ésos me parecen impresentables». Sin embargo, Alfonso Osorio lo cuenta de modo más suave: «Éstos son mis amigos políticos —y me enseñó una lista de jóvenes falangistas como Noel Zapico, Enrique Sánchez de León, José Miguel Ortí Bordás, Jesús Sancho Rof o Eduardo Navarro—, pero ninguno, salvo Fernando Abril, va a ser ministro. No tienen, desgraciadamente, imagen para este momento; sí la tienen, por el contrario, los tuyos».

El nombramiento de Suárez cogió a casi todos por sorpresa y a contrapié. Molestos, los grupos más ultras del franquismo comenzaron pronto a mover sus fichas intentando encender viejas fidelidades. Eduardo comprendió enseguida que en los nuevos tiempos su trabajo sería duro y en la sombra. A pesar de todo, era plenamente consciente de sus contradicciones e hipotecas políticas. Sabía que lo que querían de él, unos y otros, era su enorme capacidad de trabajo. Sus comentarios así lo traslucen, con una buena dosis de tristeza y de amargura. El lector podrá juzgar por sí mismo cuánto de cierto hay en esta afirmación.

Todos los augurios con respecto a sí mismo se cumplieron. Recién nombrado Ignacio García López ministro secretario general del Movimiento le llamó a su despacho y le ofreció la Vicesecretaría General del Movimiento pues el presidente, le dijo, no contaba con él en la Presidencia del Gobierno. Ésa era la situación y Eduardo aceptó el envite. En la Secretaría General comenzaban a hablar de cómo desmontar el Movimiento, y a medida que pasaban las semanas, Eduardo formó un tándem muy eficaz con García López. Consiguieron hacer una obra política maestra, deshaciendo el Movimiento Nacional y su estructura, y lo que es más importante, con la colaboración de todos aquellos que estaban siendo «desmontados».

4

A partir de la dimisión de Suárez, Eduardo Navarro estuvo a su lado hasta que, primero el duque y luego Eduardo, enfermaron gravemente. Durante esos años, y sobre todo después de dejar el CDS, todo lo que dijo y escribió Adolfo Suárez salió de la cabeza de Eduardo, hasta el punto de que las ideas que destiló desde que dejó Suárez la presidencia, sus opiniones sobre cualquier cosa: autonomías, familia, política exterior, historia, economía, Iberoamérica, religión o lo que fuese, salieron de la pluma de Eduardo Navarro.

Eduardo Navarro seguía a Suárez ahí donde iba, sobre todo en sus excursiones oratorias. Por un real decreto de 4 de agosto de 1982 se asignaron dos funcionarios del máximo nivel al servicio del ex presidente del Gobierno y uno de ellos fue Eduardo Navarro. Pero Suárez volvió a la política y dejó el despacho desarbolado. Esta etapa duró hasta 1991.

Eduardo Navarro, desde 1991 hasta poco antes de su muerte, se dedicó a fabricar un discurso político e ideológico que diera sentido a todo lo que había hecho Suárez. En esta última etapa de sus vidas Suárez sufrió mucho, atenazado por las desgracias familiares que se fueron sucediendo. Eduardo también, pues el año 2001 murió su última tía, María Luisa, con la que había vivido toda su vida, y se quedó solo. Además, las desgracias por las que pasó Suárez las interiorizó Navarro como propias. Pero también pasaron ambos muy buenos y relajados momentos. Hay anécdotas divertidas, como esa nota de puño y letra de Suárez con la que le remite a Eduardo una conferencia de José Luis Álvarez, ex ministro y ex alcalde de Madrid, con la siguiente anotación: «Eduardo, sufre un rato y mira esto».

Adolfo Suárez no era persona que guardara papeles. Por el contrario, Eduardo Navarro lo guardaba y recordaba todo. Recordaba hasta el color de las corbatas. Con su archivo, estudiado concienzudamente, se podría reconstruir la historia de la Transición en sus más expresivos y mínimos detalles.

Mucho se ha especulado sobre si hay o no unas memorias de Adolfo Suárez. Si las hay, desde luego, las escribió en secreto, lo cual no resulta verosímil. Eduardo Navarro hizo un «Plan de Memorias» que comenzó a construir con la ayuda de Mariam, la hija primogénita y adorada del duque de Suárez, de bondad e inteligencia grandes, con quien Eduardo llegó a trabar una estrecha relación como si fuesen de la misma familia. Y es que Eduardo, para algunos miembros de la familia de Adolfo, sobre todo para su mujer y su hija Mariam, era como un miembro más de la familia. Pero todo quedó sólo esbozado debido a la enfermedad del presidente primero, a la de Mariam más tarde y, por último, a la de Eduardo. Hoy todos han atravesado ya la laguna Estigia y están en manos de Dios.

Mi antigua y privilegiada relación con Eduardo Navarro, con sus sobrinos y con alguna de las personas del entorno de Suárez con quienes trabajé cuando fundaron el despacho, como fue José Luis Graullera, es la razón por la que estos excepcionales documentos han llegado a mis manos.

Reproducimos a continuación el «Plan de Memorias»:

I. Índice de hechos o acontecimientos por etapas.

1. Infancia, juventud, carrera política hasta 1974 en que A.S. es nombrado vicesecretario general del Movimiento.

1.2. Vicesecretario y ministro.

1.3. Presidente del Gobierno.

1.3.1. La reforma política hasta las elecciones.

1.3.2. La etapa de elecciones a la Constitución.

1.3.3. De la Constitución a la dimisión.

1.4. Fin de UCD a CDS.

1.5. Fuera de la política.

II. Referencias de lo que se ha dicho de A.S. en libros publicados.

III. Documentación acumulada en los hechos y las etapas.

IV. A.S. dicta desde el recuerdo y los documentos y las referencias.

                                          

Plazo = 1 año (mínimo).

Equipos: Índices.

Referencias.

Documentación.

Recoger sus recuerdos.

Y también hay un resumen de los «Hitos en la biografía de Adolfo Suárez», que son los siguientes:

1. Trayectoria personal y humana. Sus padres, hermanos. Amparo y sus hijos.

2. Trayectoria política hasta 1976. Gobernador civil de Segovia, director general de Televisión, ministro secretario general del Movimiento.

3. Adolfo Suárez el Tapado. Presidente del Gobierno 1976-1981.

Suárez renovador. Proyecto reforma política. Referéndum, apropiación del centro político y elecciones generales 15-J-1977.

Suárez «rey del cambio». Pactos de la Moncloa. Creación de UCD y elaboración de la Constitución. Referéndum 1978 y elecciones generales 1979.

Suárez, presidente constitucional. Y ahora ¡a gobernar! 1980, UCD como partido: las familias, los barones. El problema militar. Manda Fernando Abril. Se van Bustelo y García Díez.

Suárez censurado. El poder del PSOE. El principio del fin. Todos contra Suárez: poderes fácticos —Iglesia, ejército, CEOE y la prensa—. UCD se suicida.

El final de Suárez. Un líder a la defensiva. Los barones vuelven al Gobierno. Moción de confianza. Surgen los críticos y Lavilla es su mesías. Leopoldo, vicepresidente económico.

Suárez dimite. 1981. Viaje a Euskadi de los Reyes. Las claves de una marcha. «Me voy sin que nadie me lo pida…» El fracaso del Congreso de Palma de Mallorca. Leopoldo elegido sucesor y Rodríguez Sahagún delfín.

El 23-F. Suárez construye su leyenda y salva su honor. Armada, Milans del Bosch y Tejero contra la democracia y contra el Rey. Don Juan Carlos se gana la Corona. Leopoldo solo contra todos.

1982, Suárez contra UCD. Leopoldo gobierna: OTAN, LOAPA, Juicio 23-F y Acuerdo de Empleo, pero demasiado tarde. PSOE y Felipe por la democracia. Colza, críticos y… Suárez acaban con UCD que se hunde.

4. Nace el duque de Suárez. 1982-1986. Hegemonía socialista y Fraga con su mayoría natural, pero en la oposición. El duque no se fía de nadie y rechaza encabezar la Operación Roca. El techo de la derecha, Felipe ocupa el centro y el PSOE la izquierda. ¿Votó Suárez NO en el referéndum de la OTAN?

5. Suárez sale del desierto. El CDS, opción de centro, toca poder, comunidades autónomas, ayuntamientos y televisión. El PSOE empieza a corromperse. Boyer se va, gana Guerra. Elecciones de 1989 y el CDS se rompe por la derecha. Aznar vence a Miguel Herrero y releva a Fraga. Suárez se retira por segunda vez de la política y el PP ocupa el centro. Guerra cae y Felipe se queda solo.

6. El prestigio de Suárez. Quince años después, Suárez obtiene un tardío reconocimiento, en plena degradación política. Primera victoria del PP, en las elecciones europeas de 1993. ¿Acuerdo Suárez-Mario Conde? ¿Suárez mediador, intermediario o estadista en la sombra? Su drama familiar.

7. El futuro de Adolfo Suárez.

Este esqueleto sin cuerpo se complementa con un sinfín de anotaciones manuscritas que llevo tiempo desbrozando. Son tres archivadores de plástico color dulce de leche que están señalizados como «Documentos Presidente-ENA», y se componen de veinte índices cargados de notas, recortes y documentos.

En resumen, los índices son los siguientes:

N.º 1. Notas y recortes de prensa. Actividades diversas de Adolfo Suárez.

N.º 2. Recortes de prensa. Proyectos notas sobre no autorización pago rescate de Javier Rupérez. Nota contestando al general Sáenz de Santamaría. Borrador sobre un trabajo titulado «La edad dorada». Notas para Suárez sobre: universidad, Tarancón, sucesos de Vitoria, educación y borrador conferencia sobre Transición.

N.º 3. Notas sobre Pactos de la Moncloa, Tarancón, Transición, víctimas del terrorismo y su Patronato, medalla Castilla-León, 25 aniversario Constitución, Premio Fundación por la Justicia de Valencia de 1995, presentación libro Isabel San Sebastián, doctorado honoris causa Universidad Politécnica de Madrid.

N.º 4. Exposición Terrorismo y Libertad. Víctimas.

N.º 5. Sobre el Estado de las Autonomías. Premio Grupo Correo a los Valores Humanos. Entrega de medalla póstuma a Gutiérrez Mellado.

N.º 6. Borradores y conferencias. Liberalismo y democracia. Contestación a un cuestionario de Diario16.

N.º 7. Reflexiones políticas. Homenaje a Helmut Schmidt. Discurso en la Internacional Liberal. Conferencia: De la dignidad política. CDS: Un proyecto político necesario.

N.º 8. Notas varias. Prólogo libro de su hija Mariam. Separata de El País sobre el golpe de Estado. Homenaje a Julián Marías.

N.º 9. Notas sobre Pactos de la Moncloa. Sobre España. Medalla de reconocimiento de la Asamblea Regional de Cantabria.

N.º 10. Más de lo mismo.

N.º 11. Cronología. Suárez-Transición desde el 22-XI-1975.

N.º 12. Prensa y borradores.

N.º 13. Cronologías. Se puede descender hasta el detalle. Doctorado honoris causa de la Universidad Complutense junto a Mário Soares.

N.º 14. Memoria gráfica de la Transición. 25 años.

N.º 15. Notas varias. También sobre Herrera Oria, Pujol, Ibarretxe, el Rey, etc.

N.º 16. Recortes de prensa.

N.º 17. Recortes de prensa.

N.º 18. Recortes de prensa.

N.º 19. Carta José Luis Álvarez y nota. Coloquio Lisboa sobre Transición.

N.º 20. Prensa.

Juan Francisco Fuentes, en su biografía sobre Adolfo Suárez, resume a la perfección la relación de ambos, no sin cierta ironía: «Adolfo Suárez y Eduardo Navarro se habían vuelto imprescindibles el uno para el otro. Adolfo se nos muestra, en los ensayos, discursos y conferencias que le escribe Eduardo, como un humanista en toda la extensión de la palabra, con una erudición histórica y literaria sólo comparable con la hondura jurídica de su pensamiento. Claro que le venía de familia, porque, como recuerda al recibir el premio de la Fundación por la Justicia, tanto su abuelo como su padre habían tenido un trato frecuente con los tribunales».

Sin embargo, todo estaba demasiado reciente todavía y el ex presidente sabía que habría muchas cosas que no podría contar, o mejor dicho, que no debía contar aún. Yo hablaba mucho con Eduardo Navarro, y de las memorias del duque nunca me dijo nada más de lo que he dicho. Sólo al final de su vida, y cuando todavía su cabeza coordinaba, me dejó leer sus «testimonios» entregándomelos al fin. Algunos de los papeles que encontré cuando recibí el resto de los archivos fueron una auténtica sorpresa.

Mucho podría contar de Eduardo Navarro. Las últimas conversaciones coherentes que tuve con él hablábamos de filosofía, de Dios, de algunos párrafos del Génesis, de mis hermanos, de sus tías y sobrinos a los que repasaba cariñosamente uno por uno y, al final, para darme su emocionado pésame cuando se enteró de que mi hermano Carlos había muerto. Pocos años más tarde también moriría Eugenio, mi hermano filósofo, pero eso fue después del fallecimiento de Eduardo. Luego ya sólo escuché de él algún sonido más o menos inconexo cuando esa terrible enfermedad neurológica se lo llevó por delante el 17 de marzo de 2009.

Murió rodeado de sus sobrinos y de su inseparable amigo José Luis Graullera. Se había ido aquel hombre de la Transición, transición cuya sombra se ha ido alargando y oscureciendo por momentos, año tras año. Esa Transición que, como un sueño, nos hizo pensar que otra España era posible. O como reza en la lápida de la tumba en la que reposan los restos de los duques de Suárez en el claustro de la catedral de Ávila: «La concordia fue posible».

cap-1

 

 

Conocí a Adolfo Suárez, hace ya más de treinta años, en el curso académico 1959-1960. Era yo entonces rector del colegio mayor Francisco Franco, de la Universidad Central, dependiente de la jefatura nacional del SEU.

Se trataba de un colegio mayor hispano-árabe, destinado a la convivencia entre estudiantes españoles y marroquíes. Eran pocos, sin embargo, los marroquíes que estudiaban en Madrid y el colegio —que abrió en 1959— se formó con los residentes del colegio mayor Santa María de Europa, también dependiente del SEU —que se cerró por el mal estado de sus instalaciones—, y una docena

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