Quienes hemos tenido la suerte de asistir en persona a desfiles de moda sabemos que tras el carrusel —ese pase final en el que todas las modelos recorren juntas la pasarela, mostrando la colección al completo— siempre se produce la escena más emotiva: el diseñador sale del backstage y saluda a los compradores, invitados de postín y prensa, quienes le dedican aplausos desde sus asientos. Algunos creadores solo se asoman unos segundos y agitan la mano en el aire con timidez antes de volver a ocultarse rápidamente de los focos, mientras que otros caminan exultantes a lo largo de toda la plataforma, ya sea en soledad o cogidos de la mano de su maniquí estrella.
Pero siempre es posible encontrar excepciones, sobre todo cuando buceamos en esos desfiles de principios y mediados del siglo pasado, por lo general mucho más sobrios que los actuales. Cuentan que Cristóbal Balenciaga jamás se dejaba ver en la presentación de sus colecciones, que nunca salía a saludar. Si hacemos caso a la leyenda, el diseñador vasco seguía los desfiles a través de un agujero practicado en la cortina de terciopelo que decoraba su maison parisina de la avenue George V, o bien oculto tras un biombo si la exhibición tenía lugar en su salón de la capital española. Tampoco se tomaba la molestia de presentarse ante la mayoría de sus clientas cuando estas acudían a comprar a sus establecimientos de San Sebastián, Madrid, Barcelona o París, ni se prodigaba en los eventos que reunían a la flor y nata de aquella Francia en la que se instaló en 1936, huyendo de la guerra civil española. «No malgastes tu tiempo en sociedad», le dijo en cierta ocasión a su amigo el comerciante de tejidos suizo Gustav Zumsteg. Una actitud que certificaron las crónicas periodísticas de la época, como aquella que publicó el diario La Nueva España en 1965 en la cual podía leerse: «Hombre huraño, o al menos desdeñoso de las mundanidades, Cristóbal Balenciaga no asiste nunca a los estrenos, ni a las reuniones de gala. Todavía menos suele encontrársele en los restaurantes y boîtes».
Su comportamiento le valió el sobrenombre de el monje de la alta costura. Otros se referían a él con el título de el hombre invisible de la alta costura, e incluso le apodaron como el fantasma de la moda. La editora de Vogue Bettina Ballard aludió en sus memorias al mito de the man-who-is-never-seen, o sea, el hombre que nunca ha sido visto, mientras que la revista Women’s Wear Daily le etiquetó como el equivalente masculino a Greta Garbo, pues es bien sabido que la actriz fue otra adicta al aislamiento social. El hermetismo de Cristóbal era de tal calibre que llegó a calar el rumor de que su persona no era más que una invención, una estrategia para avivar la llama del misterio que impregnaba su firma. Hubo quien se atrevió a sostener que tras la marca Balenciaga no había un solo creador, sino varios diseñadores que trabajaban en equipo. «Es curioso que casi nadie sepa nada de él», escribió Carmel Snow, la legendaria directora de la revista Harper’s Bazaar, que junto a sus colegas Diana Vreeland y la citada Ballard contribuyó a engrandecer la estela del modista español en Estados Unidos. Emanuel Ungaro, que fue discípulo suyo, declaró en un documental acerca del maestro que «él mismo era un misterio», mientras que su colega Paco Rabanne —cuya madre había trabajado para la casa de San Sebastián— comentó con sorna que «era más fácil acercarse a Dios que a Balenciaga».
Si el creador viviera en la actualidad, probablemente se escandalizaría ante la idea de contar con una de esas ruidosas cuentas de Instagram que pueblan el fashion system; no digamos ya de protagonizar su propio reality. Recordemos que el guipuzcoano huía de la prensa y de cualquier tipo de exposición pública como de la peste, y que llevaba por bandera esa creencia de que lo que importaba no era su persona, sino su obra. Dicho de otra forma: quería que se hablara de su moda, no de él. Además, no sentía el deseo de trascender; de hecho, aspiraba a que su nombre se evaporara tras su muerte, algo que obviamente nunca ha llegado a cumplirse. Solo concedió dos entrevistas en su vida, cuando ya estaba retirado: a la revista francesa Paris Match, en 1968, y al periódico inglés The Times, en 1971. Antes, otros quisieron capturarle con más o menos acierto; resultan casi cómicas las fotos al más puro estilo paparazzi que publicó Women’s Wear Daily en los años sesenta, en las cuales se ve al diseñador, ataviado con abrigo y sombrero, dirigiéndose tranquilamente a su trabajo, ajeno a las cámaras que le perseguían como si se tratara de una estrella de rock.
Y si en lo público era un personaje ausente, en lo privado tenía un círculo de confianza reducido que tampoco daba pie a conocerlo de manera global. Su clienta Sonsoles de Icaza, marquesa de Llanzol, y el diseñador Hubert de Givenchy fueron dos de sus grandes amigos, de los pocos a quienes, al parecer, hacía confidencias. También tuvo, que se sepa, dos compañeros sentimentales: el franco-polaco Wladzio Jaworowski D’Attainville[1] y, tras la muerte de este, el navarro Ramón Esparza. Y aquí viene otra de las grandes nebulosas que rodean a Balenciaga, porque en lo que respecta a su vida íntima se mostraba extremadamente discreto. «Era todo un señor», me cuenta a modo de resumen Sonsoles Díez de Rivera, hija de la marquesa de Llanzol y actual patrona de la Fundación Cristóbal Balenciaga, quien recuerda cómo aún siendo niña acompañaba a su madre y al diseñador a descubrir tesoros en el Rastro de Madrid, o aquellas escapadas que ella misma hacía, ya de casada, desde su casa de Zarauz hasta San Sebastián para pasar la tarde charlando con su adorado Cristóbal.
Pese al misterio que vela su figura, podemos aproximarnos a él gracias a los testimonios de esos pocos allegados que aún viven, como la propia Sonsoles. También contamos con los estudios que en torno a su trayectoria profesional han realizado expertos de la talla de Miren Arzalluz, Marie-Andrée Jouve, Pamela Golbin, Hamish Bowles o Lesley Ellis Miller; los ensayos de tintes biográficos como el de la periodista Mary Blume; las novelas inspiradas en su persona del estilo a la incluida en la colección francesa Les Petites Histoires de la Mode o las memorias familiares que firma Mariu Emilas (nieta de Juan Emilas e hija de Juan Mari Emilas, ambos sastres de profesión, que trabajaron codo con codo con Balenciaga), amén de catálogos de exposiciones, tesis doctorales, artículos de prensa, reportajes de televisión, documentales…
Este libro no es nada de eso. No se trata de una biografía al uso ni de un ensayo especializado en moda. Y tampoco es una novela, aunque me haya servido de técnicas narrativas. Mi objetivo ha consistido en recrear ocho escenas de la vida del maestro —ocho momentos que marcaron un punto de inflexión, ya fuera a nivel artístico o humano— para entender de un vistazo su evolución profesional y tratar de aprehender su dimensión personal. Para ello me he basado en hechos reales, pero también me he dejado llevar por la imaginación, aprovechando la magia de la escritura para rellenar los huecos de los archivos. Por ejemplo, he situado a Cristóbal en su caserío del Monte Igueldo, su refugio, para pasar el duelo por la muerte de Wladzio, pero ninguna fuente confirma que eso sucediera exactamente así. Lo único que queda claro de ese episodio vital es que a Balenciaga aquella pérdida le dejó devastado, pero ¿qué hacía, decía o pensaba durante esos días oscuros? Quién lo sabe. También es imposible concluir con exactitud lo que hablaron Gabrielle Chanel y Cristóbal Balenciaga cuando supuestamente se encontraron por primera vez en el casino de San Sebastián, de modo que he tenido que pergeñar una conversación imaginada entre ambos a partir de las citas que nos han llegado de uno —escasas— y de la otra —infinitas.
Realidad y ficción se mezclan, pues, en las páginas que siguen, y además he tratado de enriquecer el texto con un análisis periodístico de aspectos tales como los orígenes, la técnica o el legado de este hombre inigualable cuyas enseñanzas siguen vigentes hoy en día. Pero en última instancia corresponde al lector la tarea de forjarse su propia imagen sobre el mejor diseñador de todos los tiempos, un título que, este sí, es indiscutible, porque así lo reconocieron tanto Christian Dior como Coco Chanel, que junto al propio Balenciaga conformaron en los años cuarenta la tríada de modistas mejor pagados de aquella época. Dior se refería a él como «el maestro de todos nosotros», mientras que Mademoiselle —quien reconocía sin sonrojarse que ella no sabía ni dónde había que prender los alfileres— afirmaba que su colega español era «el único auténtico couturier», ya que, a diferencia de todos los demás, él era capaz de diseñar, cortar, montar y coser una prenda de principio a fin.
Para abordar este libro me he acercado a la figura de Cristóbal Balenciaga con curiosidad y desde el máximo respeto. Navegar por su biografía no solo me ha permitido valorar aún más su exquisito e innovador trabajo, sino que de algún modo también he llegado a sentir afecto por su persona. Creo que, de haber tenido la fortuna de conocerle —o aún mejor: ¡de entrevistarle!—, habría simpatizado con ese hombre al que se le ha adjudicado a lo largo de los años una serie de calificativos que ayudan a construir un retrato poliédrico: solitario, auténtico, emprendedor, religioso, temperamental, educado, íntegro, susceptible, callado, perfeccionista, riguroso, exigente, maniático, detallista, tenaz, generoso, honrado, metódico, ambicioso, tímido, humilde, elegante…
Balenciaga era todo eso, sí. Pero, por encima de todo, era un enigma.
Los buenos diseñadores no viven dentro de la moda. Apenas es su punto de partida. Para ellos resulta un mero vehículo para hablar de lo verdaderamente importante: la filosofía, el arte, la naturaleza, la política. Los buenos diseñadores se fijan en las personas, y con su trabajo cuentan historias honestas acerca del ser humano: lo que necesitamos, lo que queremos ser.
MARTA D. RIEZU,
Agua y jabón. Apuntes sobre elegancia involuntaria

Puerto de Guetaria a principios del siglo XX © Xanti Iruretagoiena / Zarauzko Udala
1
UN TRAJE PARA LA MARQUESA DE CASA TORRES
GUETARIA, 1906
«Creo que puedo».
Algo ocurre. En esta casa humilde con paredes de mampostería, insertada entre una callejuela estrecha y la inmensidad del mar, flota un ambiente de tristeza y alarma. Hay gente entrando y saliendo, vecinos que hablan en susurros y abrazan a Martina Eizaguirre, la madre, que tiene los ojos enrojecidos. Agustina y Juan Martín, los hermanos adolescentes de Cristóbal, se muestran circunspectos, sentados una al lado del otro en sendas sillas de enea, con los brazos cruzados sobre el regazo y el gesto congelado. Él los observa a todos desde un rincón, sin atreverse a preguntar. Es un niño de apenas once años.
Ese 21 de abril de 1906 quedará grabado para siempre en su memoria. Nadie olvida la fecha en la que pierde a un padre. Al suyo, según le explicarán más tarde, se lo ha llevado un derrame cerebral. José Balenciaga ya nunca podrá salir de nuevo a la mar para dedicarse a la pesca ni para ejercer como patrón de esa embarcación con la que a menudo trasladaba a la reina María Cristina y su corte durante los veraneos de esta en San Sebastián. Atrás quedan también las cuitas para defender los intereses de sus paisanos como alcalde del pueblo.[2] Todo eso es de pronto relegado al capítulo de los recuerdos. José ya no está y al pequeño Cristóbal le va a tocar crecer sin una figura paterna que guíe sus pasos.
Nos encontramos en Guetaria, villa marinera de la costa guipuzcoana. Son tiempos prósperos para la industria pesquera. Los vecinos viven de cara al puerto y cada día pasan por delante de la escultura dedicada a su antepasado más ilustre, Juan Sebastián Elcano, famoso por lograr la hazaña de dar la vuelta al mundo a bordo de la nave Victoria. En la iglesia de San Salvador, ese templo de piedra con los bancos colocados en cuesta ascendente hacia el altar, un monolito recuerda asimismo el coraje de Elcano.
Coraje es lo que tampoco le falta a Martina, que tras la pérdida repentina de su marido no emplea demasiado tiempo en llorar. No puede permitírselo: ahora es una viuda con tres hijos a su cargo —aunque por suerte los dos mayores, que tienen dieciocho y diecisiete años, ya empiezan a contribuir a la economía familiar— y debe tomar las riendas de la situación. Al fin y al cabo, ella es una mujer bregada en los problemas de la vida que, entre otras penalidades, ha tenido que enterrar a dos niñas poco después de alumbrarlas. Por eso, aunque deja que el negro cubra su ropaje tal y como mandan las convenciones sociales, no permite que el luto se instale en su actitud, sino que enseguida vuelve a ajustarse las gafas de cristales redondos y montura gruesa para impartir clases de costura a las chicas del pueblo en el pequeño taller que ha instalado en su domicilio. Le alivia saber que, con el buen tiempo, regresarán las señoras de clase alta que veranean en la zona y que siempre suponen una garantía de ingresos extra, pues suelen encargarle todo tipo de arreglos y pagan con generosidad. Martina suspira y se sienta ante la máquina de coser, el símbolo de su supervivencia, la herramienta que la hace independiente. Se detiene un segundo para acariciar la cabeza del pequeño Cristóbal, que está sentado en un taburete a su lado, atento a cada una de sus puntadas, obnubilado por esa capacidad que tiene la ama de domar las telas. Cada vez pasan más tiempo los dos solos y ella, ante el inusitado interés del niño por su labor, le va transmitiendo todo lo que sabe de costura.
Quince meses más tarde, Martina y Cristóbal caminan juntos por las calles empedradas de Guetaria, donde se ha atrincherado el verano. Se trata de uno de esos veranos cantábricos en los que el ambiente es húmedo y sopla la brisa del mar, lo cual conforma un clima agradable que atrae a los madrileños más pudientes, deseosos de huir del calor sofocante de la capital. Desde que la reina María Cristina tomó la costumbre de instalarse durante el estío en el Palacio de Miramar, en San Sebastián, esa ciudad y los pueblos próximos a ella acogen a lo largo de los meses de julio, agosto y septiembre a miembros destacados de la aristocracia, la cultura y la política. Es lo que se ha dado en llamar el veraneo regio.
—¡Vamos, Cristóbal, apúrate!
Martina tira al niño del brazo, instándole a que acelere el paso. Tiene cita en el Palacio de Aldamar, la residencia de verano de los marqueses de Casa Torres, y no quiere retrasarse. Madre e hijo avanzan dejando el mar a su izquierda. Cristóbal gira la cabeza y sus ojos se inundan del azul cobalto del agua, el verde ceniza de las montañas, el rojo del casco de las embarcaciones. Al fondo se vislumbran las casas de la localidad vecina de Zarauz.
La cuesta que finalmente les conduce al palacio es empinada. En el pueblo se refieren a este edificio como Bista Ona —Buena Vista, en euskera—, porque desde sus ventanas se domina toda la belleza del paisaje. A Cristóbal, que ya ha cumplido los doce años, le impone esa construcción tan próxima a su propia casa en términos espaciales pero tan distante en lo estético: la fachada de ladrillo rojo sobre la que unos cuantos azulejos de color añil forman dibujos geométricos, los balcones de madera tallada, las escaleras de piedra… Cuenta incluso con una cancha de tenis en la parte trasera, todo un lujo y una modernidad, así como con un gran jardín donde los marqueses acostumbran a organizar sus festejos familiares.
Llaman a la puerta, entran. Una persona del servicio acompaña a Martina y a su hijo al piso superior. Y él, que nunca ha visto estancias semejantes, se queda ensimismado ante la colección de armaduras, los libros por doquier y, sobre todo, frente a la majestuosidad de los cuadros que decoran las paredes, obra de algunos de los más importantes pintores españoles. Aunque el pequeño Cristóbal todavía no conozca sus nombres,[3] está dotado con la sensibilidad suficiente para apreciar el valor de esas pinceladas.
—¿Quieres darte
