Un barbero en la guerra

María Herreros
María Herreros

Fragmento

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Primera edición: marzo de 2024© María Herreros, por el texto y las ilustraciones© 2024, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 BarcelonaPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright. El copyrightestimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyrightal no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproduciralgún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-264-2468-6Compuesto por Fernando de SantiagoComposición digital: www.acatia.es
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A mi abuelo, Domingo Evangelio Guaita
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Tendría unos siete años la primera vez que me llamaron roja. Estaba pasando el verano en Víllora, como todos los años. Es un pueblo pe-queño de la Serranía Baja conquense que pasa de cincuenta a qui-nientos habitantes en una semana, y durante julio y agosto ve invadi-das sus calles de piedra, el lavadero, la fuente, el río, el castillo, la plaza y las casas con corral de nuestros abuelos, como un meteorito que cayera de pronto sobre sus vidas tranquilas.
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Niñas de ciudad dispuestas a asalvajarse, estampar la bici cuesta aba-jo, beber de la acequia, pelarse las rodillas, hacer playbacks, probar sus primeros cubatas, fumar ramitas y vivir amores de verano. Atavia-das con mallas de ciclista, camisetas gigantes de publicidad, zapatillasParedes y anillos del humor. Aceptábamos con resignación que losprimeros días del verano repetiríamos la misma conversación una yotra vez con los viejos: «¿Pos no ves los guachos? Venid pacá que vealo grandes que estáis. Si ya no os conozco. ¿Tú de quién eres?».
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Un día, estaba jugando en la fuente cuando me topé con otra señora que me preguntó que de quién era. Contesté como siempre: «De la María Jesús de Domingo». Pero su reacción no fue la habitual. Abrió mucho los ojos, se echó una mano a la frente y empezó a gritar:
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Aquella no era la reacción de siempre. No entendía. Cuando lo con-téencasa,ami madre le cambió un poco la cara, pero no dijo nada.Otra niña me explicó qué significaba ser rojo, porque hasta enton-ces igual solo habíamos sido rojas en el parchís o en los Power Rangers.12
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También meenterédequeesaseñoraeraLAALCALDESA.Asíllama-ba todo el pueblo a la mujer del alcalde. Llevaban mandando desde la posguerra. A partir de aquel día, para mis amigas y para mí fueron el alcalde y la alcaldesa fachas. Ya habíamos aprendido que la bandera españo-la era propiedad de ellos y que podían decirte lo que quisieran. De la alcaldesa facha recuerdo sus rizos grandes como de peluque-ría, un peinado que no lucía ninguna otra señora del pueblo, y unos zapatos finos que parecían incómodos, sobre todo para caminar por unas calles pedregosas que todos transitaban en alpargatas de goma. Recuerdo también unos calcetines bordados muy elaborados, ya bas-tante raídos. Era anciana y caminaba con difi cultad, apoyándose en un bastón lacado y con detalles dorados que me llamaba mucho la atención, acostumbrada a la simple garrota de pino de mi abuelo. Las fuerzas todavía le daban para moverse con arrogancia.
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Del alcalde facha recuerdo el bigotito, la nariz puntiaguda y la tezgrisácea. Sonreía con labios finos y se le veían muchos dientes peque-ñitos. Caminaban orgullosos por el pueblo. Pero noté algo en su formade andar: les faltaba ese cansancio y esa postura encorvada que teníanel resto de los abuelos de Víllora. A mí me molestaba ver cómo todo elmundo cambiaba su actitud ante ellos. Les hablaban diferente, másserios, con más atención. Y se ponían más rectos y alerta. Cuando ya habíanpasado,serelajaban.¿Cómopodíaserquelatensión,lapostu-ra y el tono de voz de los demás les pertenecieran? Todos los vecinos los respetaban, pero, como yo acababa de comprobar, ellos no les co-rrespondían de la misma manera. Esta injusticia no podía quedar así.16
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