Isabel Preysler, reina de corazones (actualizado)

Paloma Barrientos

Fragmento

Nota introductoria de la autora

Nota introductoria de la autora al prólogo de Francisco Umbral

Han pasado más de treinta años desde que Francisco Umbral escribió el prólogo de Reina de corazones, una biografía de Isabel Preysler que ahora he actualizado con las peripecias y trayectoria de la protagonista y de los colaterales que han formado parte del organigrama de su vida. Muchas veces la dama formó parte de las llamadas «negritas» de sus ácidas columnas diarias en El País. Unas veces eran favorables y en otras mostraba la cara B, que podía ser descarnada. Lo hacía con los personajes del mundo social, del político, del empresarial y de todo lo que se moviera. Tenía debilidades y fobias. Isabel no entraba en la segunda categoría, sino que estaba en el término medio; no fue el caso de alguno de sus maridos, como Miguel Boyer, que sí fueron objeto de su afilada pluma. Trato muy diferente le dispensó al marqués de Griñón, por el que siempre sintió cariño.

Se preguntarán qué razón hay para dedicar algunas páginas de este libro a ese gran prólogo. Esta es, ni más ni menos, que su lectura puede resultar chocante para el lector del siglo XXI: lo que en 1991 no suponía ningún escándalo ahora puede causar extrañeza, sobre todo algunas frases sacadas de contexto. ¿Se podían haber eliminado estas páginas al contener expresiones políticamente incorrectas en 2024? La respuesta es claramente «no». He preferido que se pueda leer sin censura y sin prejuicios. Así lo hizo Isabel Preysler en su momento y no recriminó al escritor ninguno de sus adjetivos; es más, cuando se encontraban se saludaban.

Umbral era Umbral y no tenía que pedir perdón por lo que escribía y decía públicamente. Su famosa frase «He venido a hablar de mi libro», pronunciada en un programa de Mercedes Milà cuando esta, en vez de preguntarle acerca de su último trabajo, le preguntaba por otras cuestiones, es hoy un clásico. Desde el año 1993 en que la pronunció, se utiliza para encarrilar el tema de las conversaciones, tanto en el mundo público como en el doméstico. ¡La cantidad de veces que he escuchado a personajillos televisivos soltar esa frase sin saber de qué boca salieron…!

A quien esté leyendo estas líneas y no haya tecleado ya «Francisco Umbral» en el buscador de su ordenador, he de decirle que fue una de las figuras más relevantes de la literatura española del siglo XX. Recibió algunos de los galardones más prestigiosos de España, entre ellos el Premio Cervantes y el Premio Príncipe de Asturias.

Siempre fue un outsider, un verso suelto que no se dejaba engatusar por nadie, ni se dejaba impresionar por exclusivas tardes de café y pastas o cenas con servilletas de hilo bordadas. Nunca acudió ni al chalet de la calle Arga ni a la mansión de Puerta de Hierro. Prefería su dacha, como él llamaba al chalet de Majadahonda donde escribía y recibía a sus amigos. Cuando no le gustaba alguna de las muchas obras que le enviaban desde todas las editoriales, las tiraba a la piscina. La buena de María España, su mujer, y el jardinero se dedicaban a pescar esa literatura que Umbral desdeñaba y consideraba delictiva. María España era una fotógrafa espléndida con la que trabajé muchos años para la revista Tiempo. Con ella y con Queca Campillo. Gracias a esa relación conocí más de cerca a Francisco Umbral, que siempre fue afable, generoso e, incluso, maestro y corrector. Al leer el manuscrito me dio varios consejos que seguí al pie de la letra. Lo dije en cada entrevista que se me hizo y lo repito ahora.

Como decía al principio, han pasado tres décadas desde que le pedí a Umbral que prologara esta biografía que escribí por encargo de Ediciones B. Antes de convertirse en libro fue un cuadernillo de «Lecturas de verano» de la revista Tiempo.

En aquellos años de esplendor del Grupo Zeta que fundó Antonio Asensio, uno de los hombres más visionarios del mundo de los medios, los periodistas nos desplazábamos donde estuviera la noticia. En este caso a Manila (Filipinas), donde Isabel Preysler nació. Y hasta allí viajamos para descubrir sus orígenes que, como no puede ser de otra forma, marcaron su infancia y juventud. A los dieciocho años viajó a España para no volver y se convirtió en la reina de corazones. En su haber afectivo cuenta con tres maridos y un novio Nobel de Literatura. Su futuro amoroso por ahora está sin escribir. El tiempo será quien nos dirá si su corazón volverá a estar ocupado o no.

Por mi parte, solo deseo que los lectores de ahora y de siempre puedan adentrarse en la fascinante vida de la reina de corazones. La edición original que se publicó hace tres décadas ha sido revisada y mínimamente modificada (solo en aquellos casos en que la información estaba obsoleta o era necesario contextualizarla) para que pueda entenderse desde el presente. A su vez, también se han actualizado los datos de la vida de Isabel Preysler, de sus amores y sus hijos y, asimismo, se han resaltado algunos de los momentos más icónicos de los treinta años que han transcurrido desde que se publicara el libro por primera vez, en el ya lejano 1991. De ahí los tres capítulos finales, que complementan, enriquecen y renuevan esta historia que, quizá, nunca pase de moda.

Prólogo

por Francisco Umbral (1991)

El conato sociológico de Isabel Preysler es algo que no se ha estudiado despacio, porque los periodistas tienen que hacer sociología urgente de periódico y los sociólogos de cátedra siguen dándole vueltas a la incidencia de la criminalidad en la democracia o de la democracia en la criminalidad, que tampoco se sabe.

En cualquier caso, uno hubiera querido siempre escribir despacio sobre la Preysler, pero he aquí que se nos anticipa Paloma Barrientos, una de las más gentiles «comadres» de nuestra jet, y lo hace con femenina bizarría y primor puntual en la sintaxis, que es como deben escribirse estos libros para que peguen. Isabel Preysler, hoy señora de Boyer, irrumpe en la sociedad española por arriba gracias a sus matrimonios, y ha llegado a ser el personaje más codiciado por la prensa del corazón, y por todo el marujeo nacional que consume esa prensa, contra la que yo no tengo nada, y que quizá quede como crónica fiel de estos años, que ya me decía una vez mi entrañable Carlos Saura que el franquismo no se estudiaría en el futuro por sus películas en clave, sino por el landismo y la comedia cinematográfica madrileña: por el costumbrismo, en fin.

¿Qué elementos favorecen la irrupción de IP en las altas clases españolas? Tres en principio, a saber:

- exotismo,

- hermetismo y

- poliandria.

«Exotismo» es una palabra pariente de «erotismo», y no solo fonéticamente. La persona extranjera, extraña, exótica, alcanza mayor fascinación sobre nosotros que la usadera y cotidiana. A la persona Isabel Preysler la han llamado la China (dice Paloma Barrientos que por iniciativa de su primera suegra, madre de Julio Iglesias). Sea como fuere, quiere decirse que estamos necesitados de exotismo, de novedad, de sorpresa, y potenciamos lo poco que nos llega, llamando «china» a una mujer que solo es filipina, o sea que sus antepasados fueron «españoles». En este Madrid de marquesas marchitas y galanes ambiguos, la China se instala como un biombo, pues ya dijo alguien que si a un chino se le encarga un biombo, le saldrá un biombo chino.

Nuestra jet provinciana se fascina con IP. La conocí en una fiesta de Pitita Ridruejo, y ya en la presentación comprendí que, más que los intelectuales españoles, le interesaban los ministros españoles. No me estimulan eróticamente las razas chinoides (todos somos racistas en la cama, aunque no lo sepamos); mis preferencias van hacia las musas rubias y transparentes del norte de Europa o de Estados Unidos. Por eso me resulta difícil de entender, personalmente, el tornado «Isabel», que ha sido un verdadero tornado amoroso entre los nacionales.

Este libro de Paloma Barrientos (Palomita, a quien he visto saltar audazmente al periodismo de primera línea, a la trinchera de la actualidad crítica) me ha ayudado mucho a entender el caso IP, el tornado Isabel. Libro tejido de anécdotas, como una alfombra de nudos, nos da como sin querer las claves: IP es la mujer diferente, «lo esencialmente otro», que es como don Antonio Machado definía ese oscuro objeto del deseo.

Hermetismo: el hermetismo de IP, que habla poco y discreto en sociedad, resulta sedante y atractivo para cualquier español acostumbrado a las lenguaraces mujeres nacionales, que en una cena de gala te cuentan su operación de apendicitis, sus partos y sus problemas con el alicatado de los baños. Comprendo que los cantantes/aristócratas/ministros/políticos que han tenido la fortuna de compartir una cena con IP, hayan conocido al fin la relajación de una mujer que sabe escuchar (o hace como que), porque a los hombres nos gusta que nos escuchen.

El hermetismo es una consecuencia del exotismo/orientalismo de IP, y consiste en practicar la fascinante elocuencia del silencio. Escribió alguien que nadie es capaz de resistir la terrible interrogación del silencio. Y menos un hombre español important

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