Introducción
Nos vamos de viaje. Nuestro destino es la Italia de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta: dolce vita, glamur y mucho mucho cine. Las imágenes acuden solas a nuestra cabeza: actrices de belleza rotunda, localizaciones cautivadoras, estrenos y fiestas a las que nos moriríamos por haber podido asistir… A mediados del siglo pasado en el Festival Internacional de Cine de Venecia, las playas de Sorrento o el fascinante ambiente nocturno de Roma se daba cita lo más granado del star system internacional. Por allí se paseaban estrellas como Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale, Brigitte Bardot o Cary Grant… Pero ¿sabes quiénes tampoco faltaban? ¡Nuestras divas cañís!
Omnipresentes en el imaginario colectivo y sin embargo frecuentemente confinadas al reino de la peineta y las castañuelas, las estrellas femeninas del cine musical español fueron mucho más de lo que a menudo recordamos de ellas. Algunas brillaron fuera de nuestras fronteras y precisamente en países como Italia encontraron oportunidades de explorar otras facetas de su estrellato, más allá de las restricciones de la dictadura franquista.
Lola Flores lució su bata de cola por la mostra veneciana mientras, con los ojos siempre puestos en el trabajo de directores como Luchino Visconti o Pier Paolo Pasolini, soñaba con convertirse un día en «la Magnani española». Carmen Sevilla tomó el relevo de las explosivas Sophia Loren y Gina Lollobrigida en una de las sagas más populares del neorrealismo rosa y participó en otra «escandalosa» película italiana que en España fue prohibida por la censura. Sara Montiel intentó redimirse de su fama de mujer fatal con una desventurada boda en Roma, la misma ciudad en la que poco después protagonizaría —dentro y fuera de la gran pantalla— un romance clandestino con un guapo galán italiano.
De la mano de estas estas tres actrices y cantantes españolas cuyas trayectorias están repletas de vínculos con Italia recorreremos algunas sorprendentes conexiones culturales entre los dos países. Gracias a una estancia de investigación en la Real Academia de España en Roma he podido seguir durante meses los pasos de Lola Flores, Carmen Sevilla y Sara Montiel por Italia y descubrir —no sin arrobo— cómo los archivos, hemerotecas y localizaciones de ciudades como Roma, Venecia, Nápoles o Turín nos muestran la cara más internacional de estas famosas intérpretes.
Si sobre la importancia de la alianza cinematográfica con Italia para el cine de nuestro país comentaba Checa Godoy que «tal es la cantidad, variedad, significación y, en muchos casos, calidad de las películas realizadas al alimón en nuestro país con el vecino mediterráneo» que «podría escribirse una historia del cine español desde la Guerra Civil hasta nuestros días (…) a partir de las coproducciones hispano-italianas»,[1] también buena parte de la historia artística y vital de estas tres divas puede trazarse a través de sus nexos con Italia. Clásicos como Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955), El verdugo (Luis García Berlanga, 1963) o Marcelino pan y vino (Ladislao Vajda, 1955) fueron efectivamente coproducciones hispano-italianas, pero igualmente lo son La violetera (Luis César Amadori, 1958), con Sara Montiel, o Pan, amor y Andalucía (Javier Setó, 1958), con Carmen Sevilla… Incluso el debut cinematográfico de Lola Flores se dio bajo las órdenes de un director italiano: Fernando Mignoni. Precisamente ese camino plagado de coproducciones, desafíos a la censura y canciones de aquí y allá es el que nos disponemos a transitar: todo un trasvase cultural con aire de tarantela y espíritu de copla.
¡Vamos allá! Andiamo!

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La spagnola che ride
Aeropuerto de Ciampino, Roma
11 de noviembre de 1958
Una mujer baja las escaleras de un avión que acaba de aterrizar. Va elegantemente vestida: abrigo blanco, collar de perlas y un par de guantes negros que agita en un saludo triunfal mientras desciende por los estrechos escalones. Alguien le acerca un ramo de flores, ella sonríe. A pie de pista, varios fotógrafos disparan sus cámaras: no quieren perder detalle de la llegada de la diva. Está claro que se trata de una gran estrella —seguramente extranjera— bien conocida en Italia…, pero no es ni Brigitte Bardot, ni Liz Taylor, ni Ava Gardner: es Carmen Sevilla.
La escena es recogida por las cámaras de La Settimana Incom, el noticiero que solía proyectarse en los cines italianos entre 1946 y 1965. Las horas y horas de metraje de este pariente lejano del NO-DO que en su día sucediera al Giornale Luce, hoy son custodiadas precisamente por el Instituto Luce, otrora centro neurálgico de la propaganda cinematográfica fascista.
El Archivo Histórico del Instituto Luce —vecino de los estudios de Cinecittà y del Centro Sperimentale di Cinematografia, en el que conviven la Scuola Nazionale di Cinema y la Cineteca Nazionale— se encuentra en la zona sureste de Roma: concretamente, en la via Tuscolana. Está bastante lejos de la academia que se ha convertido en mi alucinante lugar de residencia mientras llevo a cabo este proyecto. Fundada en 1873 para permitir a los artistas españoles formarse en esta «ciudad que será eternamente la metrópoli del arte»[1], por aquí han pasado creadores tan apabullantes como Ruperto Chapí, Tomás Bretón o Mariano y José Benlliure. Incluso Valle-Inclán fue director; un busto suyo —¡cráneo previligiado!— es lo último que veo al cruzar el claustro del edificio que habito estos meses junto a otros veintidós investigadores y artistas que pronto se convierten (nos convertimos) en una singular familia. Recorro la sucesión de columnas en un estado de suspensión de la realidad que apenas abandono durante toda la beca. Al salir de la academia, la vista fugaz del Templete de Bramante queda a la derecha; más adelante, la Iglesia de San Pietro in Montorio. Nos encontramos en lo alto del Gianicolo y, bajando por las muchas (muchísimas) escaleras del Via Crucis, la impresionante vista de una Roma repleta de cúpulas y campanarios me recuerda que efectivamente estoy aquí.
Para llegar a la lejana ubicación del Instituto Luce decido andar hasta la piazza della Repubblica —aquí siempre agoto cualquier opción de caminar, por larga que sea— y allí tomar un metro hasta Subaugusta.
Una vez allí, antes de sumergirme en el archivo, aprovecho la visita a esta zona en la que los contornos urbanos de Roma comienzan a desdibujarse para pasear un rato por el cercano Parco degli Acquedotti. No tardo en comprender la fascinación de los viajeros del Grand Tour por este lugar donde el campo se abre paso entre los restos de varios acueductos; no me extraña que aquellos jovencitos de antaño con posibles que emprendían su periplo iniciático-cultural por tierras europeas (y especialmente italianas) en los siglos XVII, XVIII y XIX lo consideraran una parada imprescindible en sus viajes.
Si aquellos prototuristas se dejaron arrobar por la estampa romántica del atardecer recortada en las ruinas de estos acueductos, el mismísimo Federico Fellini eligió también este lugar como escenario del célebre arranque de La Dolce Vita (1960). Seguro que lo recordáis: me refiero a esa escena en la que un helicóptero transporta una escultura de Jesucristo por los aires de una ciudad cambiante donde los arcos ruinosos de los acueductos dan paso a modernos bloques de pisos en construcción. Siempre una Roma que se superpone a otra… Pero la Roma que nos interesa esta vez —asimismo punto de mira habitual de Fellini— es la del celuloide y las estrellas internacionales, la de los paparazzi, las fiestas y el inolvidable glamur de finales de los años cincuenta. Una Roma —una Italia— en la que también algunas estrellas españolas dejaron su huella.
Ese fue el caso de Carmen Sevilla, como nos recuerdan estas imágenes suyas de 1958 conservadas en el Archivo Histórico del Instituto Luce. Acompañando la escena en glorioso blanco y negro de la Sevilla aterrizando en el romano aeropuerto de Ciampino, una voz masculina sobradamente familiar para los espectadores italianos de la época amplía la información:
Inflazione di aeroporti con scalette e dive. La rituale scena si repete per Carmen Sevilla ma questa volta si unisce De Sica come variazione. Carmen Sevilla arriva per il lancio di Pane, amore e Andalusia.
Inflación de aeropuertos con escaleras y divas. La ritual escena se repite para Carmen Sevilla, pero esta vez se une De Sica para variar (…) Carmen Sevilla llega para el lanzamiento de Pan, amor y Andalucía.[2]
Efectivamente, en aquel invierno de 1958 Carmen Sevilla viajaba a Roma con motivo del lanzamiento de la película italo-española Pan, amor y Andalucía (Javier Setó, 1958). Esta coproducción se inscribía en la amplia tradición de colaboración cinematográfica entre ambos países. En ella, la española —españolísima— Carmen Sevilla compartía protagonismo con el polifacético cineasta y actor italiano Vittorio de Sica. Se trataba de la cuarta entrega de la saga iniciada con Pan, amor y fantasía (Luigi Comencini, 1953) y continuada con Pan, amor y celos (Luigi Comencini, 1954) y Pan, amor y… (Dino Risi, 1955).
A lo largo de estas tres exitosas películas, el personaje al que daba vida De Sica —el comandante de carabinieri Antonio Carotenuto— había suspirado sucesivamente por Gina Lollobrigida y Sophia Loren: era el turno de Carmen Sevilla. Junto a ella viajaba, en aquella ocasión recogida por el noticiero, Silvia Pinal. La conocida actriz mexicana visitaba Italia con motivo de su participación en la película Uomini e nobiluomini (Giorgio Bianchi, 1959), también junto a Vittorio de Sica. Sin embargo, la cámara de La Settimana Incom se recrea especialmente en la Sevilla: en el beso en la mejilla con que saluda al actor italiano, en su sonrisa…, incluso en el coqueto y premeditadísimo gesto de peinarse tras bajar del avión: colofón perfecto a la «ritual escena» del descenso escaleril, verdadero alimento para el alma mitómana que anhela observar cada contorno de su diva.
Lo cierto es que Carmen Sevilla, a finales de los años cincuenta, era una diva con todas las letras. Conocemos sobradamente su faceta de «novia de España», pero también cosechó un notable éxito en lugares como México, Francia (gracias, sobre todo, a sus colaboraciones con el asimismo divino Luis Mariano) o Estados Unidos: en 1957 protagonizó Spanish Affair (codirigida por Luis Marquina y Don Siegel) y ya en los sesenta sería la María Magdalena de Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961) y se colaría en los hogares norteamericanos gracias al programa de televisión The Ed Sullivan Show. En lo que a Italia respecta, la cumbre de su fama coincide precisamente con su colaboración con Vittorio de Sica.
Carmen Sevilla a su llegada al aeropuerto de Ciampino. Roma, 1959.
© Archivio Storico Istituto Luce.
Carmen posa en su hotel. Roma, 1959. © Archivio Storico Istituto Luce.
Dispuesta a recorrer las calles de la ciudad. Roma, 1959.
© Archivio Storico Istituto Luce.
También en el archivo del Instituto Luce encontramos una sesión de fotos del año siguiente —de 1959, cuando el público italiano ya había visto Pan, amor y Andalucía— donde no solo se repite la escena del avión,[3] sino que Carmen posa para la prensa en su hotel cumpliendo con todas y cada una de las cláusulas del rol de estrella: gafas de sol y pañuelo anudado a la cabeza incluidos.[4] Después, las cámaras la acompañan en su paseo por las calles de Roma: los flashes se disparan mientras Carmen recorre piazza Navona, se admira por la escultura de Gian Lorenzo Bernini) y se deja tentar por los puestecitos callejeros, donde examina —como una turista más— un belén napolitano.[5]
Aquella no era, ni mucho menos, la primera vez de Carmen Sevilla en Italia. Además de haber participado en varias coproducciones, había visitado el Festival Internacional de Cine de Venecia en más de una ocasión: en sus memorias, escritas por Carlos Herrera, cuenta que llegó a recibir «el premio a la mujer más bella del certamen, la Estrella de Murano».[6]
Paseando por piazza Navona. Roma, 1959.
© Archivio Storico Istituto Luce.
Tentada por los puestecitos navideños. Roma, 1959.
© Archivio Storico Istituto Luce.
En 1953, por ejemplo, también acudió al Festival del Lido. Aquella edición de la mostra, la número catorce, resultó especialmente polémica por haberse declarado desierto el premio del León de Oro. Esta circunstancia coincidió además con el buen resultado de una película española: La guerra de Dios (Rafael Gil, 1952), una historia protagonizada por Paco Rabal sobre un sacerdote destinado a un pueblo minero que obtuvo el premio de la Oficina Católica Internacional del Cine en el festival. Sin embargo, según la prensa española —y, en concreto, según la publicación Cine mundo—, aquella película podría haber optado a mucho más:
La desilusión ha dado la tónica a este festival (…) Naturalmente que en esta desilusión entra nuestro imparcial criterio sobre La guerra de Dios, película que, de no haber sido española y de haber sido nosotros jurado, la verdad es que, imparcialmente hablando de nuevo, hubiese sido la primera merecedora del premio accidentalmente anulado.[7]
Precisamente en la misma página en que encontramos esta amarga reflexión acerca de la participación española en el festival veneciano de ese año, podemos observar una foto de nuestra actriz acompañada de las siguientes palabras: «Un primer plano impresionante de Carmen Sevilla, concurrente principal en Venecia, firmando sus fotografías».
Carmen en el Festival de Venecia: reportajes en la revista Cine Mundo del 12 y el 5 de septiembre de 1953.
En otro número, la misma revista incluye una fotografía grupal en la que posan Emma Penella, Ana Esmeralda, Aurora de Alba, Carmen de Lirio y la propia Carmen Sevilla: las denominan, en conjunto, «la última representación femenina en el famoso festival». Lo cierto es que en 1953 el Festival Internacional de Venecia era mucho más que famoso: se había convertido en una cita de primer orden que reunía cada año a las más fulgurantes estrellas del celuloide global. Pocas cosas dan la medida de su importancia como una visita al Archivo Histórico de la Bienal de Venecia.
Siguiendo la pista italiana de nuestras divas cañís, visité este archivo a finales de un marzo tan lluvioso que me encontré la plaza de San Marcos adornada por las mismas pasarelas que se suelen usar cuando ocurre el fenómeno del acqua alta. Las primeras búsquedas en el archivo —las automatizadas— no arrojaron demasiados resultados. Lo bueno es que ya sabía, por la hemeroteca española, en qué años habían visitado el festival nuestras actrices. En este punto, la única opción era revisar una por una las muchas cajas de documentación de cada uno de esos años y cruzar los dedos para que, entre miles de recortes de prensa de todo el mundo, entre miles de rostros y nombres, aparecieran los de nuestras estrellas.
Actrices españolas asistentes a la mostra de 1953, en la prensa italiana. © Archivio Storico della Biennale di Venezia, ASAC.
El de Carmen fue el primero en hacerlo: la foto —cómo me emocioné al encontrarla— era idéntica al retrato colectivo de Cine mundo, con la Penella, la Lirio y compañía. En el recorte italiano, eso sí, las retratadas aparecían de cuerpo entero y el pie de foto aprovechaba para glosar las bondades de la belleza femenina latina por encima de la americana:
Questa è una Gaia adunata di stelle spagnuole. La fotografia dimostra, senza timore di smentite, la superiorità del fascino latino su quello americano.
Esta es una feliz reunión de estrellas españolas. La fotografía demuestra, sin temor a equivocarnos, la superioridad del encanto latino sobre el americano.[8]

Carmen Sevilla dando cuenta del bufet en el Festival de Venecia de 1953.
© Archivio Arici/Bridgeman Images.
También del mismo año, en el Archivo Arici nos aguarda una fotografía espectacular de Carmen compartiendo una mirada cómplice con un camarero mientras da alegre cuenta del bufet del festival —la mejor parte de los eventos, estaremos de acuerdo— con mucho cuidado de comer sin arruinarse el pintalabios. En la descripción de la imagen, alguien confundió al camarero con el actor Jorge Mistral: The actress Carmen Sevilla with the actor Jorge Mistral at Venice Lido – 1953, reza el título.[9] Si bien no fue en el momento que recoge esta instantánea, Sevilla sí coincidió con Mistral en esa edición del festival. La propia La Settimana Incom los capturó juntos. En su habitual recorrido por las celebridades que inundaban cada año el Lido, el noticiero mostraba —inmediatamente después de un sonriente Errol Flynn posando en la playa— a la pareja de actores españoles. La locución hacía particular énfasis en la sonrisa de Carmen: Jorge Mistral è appena arrivato dalla Spagna. La spagnola che ride è Carmen Sevilla («Jorge Mistral acaba de llegar de España. La española que ríe es Carmen Sevilla»).[10]
Era natural que los dos posaran juntos, ya que acababa de estrenarse con notable éxito una película protagonizada por ambos en la que Carmen Sevilla daba vida a una monja muy risueña que no podía evitar enamorarse de un gallardísimo Jorge Mistral. Me refiero a La hermana San Sulpicio (Luis Lucia, 1952), un remake de las dos versiones anteriores protagonizadas por Imperio Argentina (ambas dirigidas por Florián Rey en 1927 y 1934, respectivamente: la primera, muda; la segunda, sonora) que fue distribuido en Italia con el mucho más sugestivo título de Amore di zingara.
También alcanzaron el mercado italiano otros trabajos de la actriz como La conquistatrice dell’Alhambra/Cuentos de la Alhambra (Florián Rey, 1950), Violette imperiali/Violetas imperiales (Richard Pottier, 1952), La belle de Cadix/La bella de Cádiz (Raymond Bernard y Eusebio Fernández Ardavín, 1953) o La vergine ribelle/La fierecilla domada (Antonio Román, 1955). Sin embargo, como decíamos, el foco mediático italiano se centró en ella fundamentalmente a partir de Pan, amor y Andalucía. Al fin y al cabo, este papel la convertía en la sucesora de Lollobrigida y Loren en el corazón de Carotenuto (De Sica) y el público italiano deseaba conocerla más. Eso, sumado a la intensa campaña publicitaria emprendida para impulsar una película que finalmente no llegó tan lejos como se esperaba, explica la proliferación de reportajes sobre Carmen Sevilla en la prensa italiana de la época.
Tal fue el interés que llegó a ocupar la primera plana de varias publicaciones italianas, algo que revela la dimensión de su estrellato en el país. Algunas de estas portadas las encontré en el habitual rastreo por diferentes hemerotecas y tiendas de antigüedades, tanto físicas como digitales. Otras —las que más me emocionó descubrir— las descubrí por sorpresa en los puestos de Porta Portese, el apabullante mercadillo que desborda cada domingo el barrio romano del Trastévere. Entre ropa de segunda mano, libros y vajillas usadas, de vez en cuando una pila de periódicos viejos me llamaba: toparme con una foto de Carmen Sevilla en la portada de la revista Le Ore del 4 de enero 1958 es lo más parecido a una experiencia religiosa a lo que servidora puede aspirar en esta pía ciudad.
Por ochenta liras, cualquier italiano de la época podía adquirir esta publicación encabezada por una Sevilla retratada por Franco Fedeli que ofrecía una imagen algo menos inocente que la que mostraba en España. Aparece sentada sobre una cama cuyo cabecero intuimos en la parte izquierda de la imagen y viste lo que parece una especie de camisón azul celeste con mínimas pero evocadoras transparencias. Con las manos se sujeta las piernas, que escapan a la tela. Carmen mira directamente al espectador por encima de su hombro desnudo. La publicación la define como la più famosa attrice del cinema spagnolo: «la actriz más famosa del cine español». [11]

Portada de Le Ore, 4 de enero de 1958. © Fotografía de Fedeli.
Portada de Tempo, 17 de enero de 1957. © Fotografía de Fedeli.
Por su parte, la revista milanesa Tempo optó para
