Too Match

Inma Benedito

Fragmento

cap-1

Prólogo

Según un conjunto de libros que podríamos considerar basados, con mayor o menor laxitud, en hechos reales, hace algo más de dos milenios un treintañero judío nacido en Belén murió clavado en una cruz, lo cual era bastante común para los delincuentes en su época —fue considerado como tal tras declararse hijo de Dios—, y al tercer día resucitó de entre los muertos, lo cual era bastante más infrecuente, entonces y ahora. Si expiró a la caída de la luz del Viernes Santo, tal y como conmemoran los cristianos cada Semana Santa, y volvió a la vida la mañana del Domingo de Resurrección, a mí siguen sin cuadrarme los tres días que transcurrieron entre el primer acontecimiento y aquel que sirvió para fundar la religión más mayoritaria del mundo. Pero demos el periodo de tiempo por bueno, en breve me explico. Y no te preocupes, que no me he equivocado. Sé que no estoy prologando la próxima publicación de Ediciones Paulinas, pero todo esto tiene un porqué.

La de Jesucristo, tanto si ocurrió como si no, es la resurrección más famosa de la historia de la humanidad. Pero permíteme que me quede con otra más minoritaria —cuál no lo es, a su lado—. Una que también ocurrió al tercer día y que se cuenta en un libro, para mí, sagrado. Se enuncia tal que así: «El primer día no me pareció divertido. El tercero tampoco lo encontré gracioso, pero logré hacer un chistecito». Estas dos líneas las escribió Nora Ephron en algún momento entre 1979 y 1983. Lo sé porque en 1979, mientras estaba embarazada de su segundo hijo, Ephron descubrió que su esposo, Carl Bernstein, la engañaba, y decidió divorciarse de él, marcharse de Washington y volver a su Nueva York natal, y en 1983 publicó Se acabó el pastel, una novela encabezada por la cita anterior y protagonizada por Rachel Samstat, una mujer, que, ejem, mientras está embarazada de su segundo hijo, descubre que su esposo la engaña y decide divorciarse de él, marcharse de Washington y volver a su Nueva York natal. Samstat, igual que Nora, sabía de la importancia de reírse de las desgraciadas propias. Que cuando logras hacer humor acerca de un revés de la vida, significa que has tomado la distancia suficiente como para adueñarte de tu relato y que a partir de ahí mandas tú. ¿Puedes equivocarte? Por supuesto. Pero desde ese momento cargas con tus propios errores, no con los de nadie más. No es casualidad que otro de los mantras de Ephron fuera «Ante todo, sé la heroína de tu propia vida, no la víctima».

De este y de otros muchos asuntos he hablado con Inma desde que la conozco. Incluso es probable que le soltara esta misma chapa que acabas de leer —proselitista que es una— antes de ponerle cara y desde luego mucho antes de que nos hiciéramos amigas. Porque desde que supe de la existencia de Too match, primero como newsletter anónima y ahora como libro con nombre y apellido, la manera de Inma de enfrentar sus vicisitudes desde el humor me remitió directamente a mis Sagradas Escrituras. No solo porque ambas partieran de un desengaño amoroso en carne propia, sino porque compartían la vocación de ir más allá, de resucitar a través de la comedia. Reírse de uno mismo no quiere decir necesariamente haberlo superado, no quiere decir estar bien, no quiere decir haber recobrado la cordura, si es que uno la perdió, o la estabilidad o la rutina o las certezas que uno tuviera antes de llevarse el palo. Sí quiere decir haber empezado a caminar. Ese camino que a Nora y a Rachel las condujo a Nueva York, a las recetas de cocina y a rememorar cada detalle de su matrimonio desde la óptica de la infidelidad, a Inma la llevó a las citas en cadena. Nadie dijo que quien se ríe de sí mismo haya encontrado la solución a nada salvo a la autocompasión. Por eso nos gusta leer a otros, dar bandazos por su vida, porque los lectores tampoco tenemos ninguna solución a nada, pero nos gusta que alguien nos abra el camino riéndose de sí mismo. El que abre Inma en Too match es divertido, emotivo y real. Inma no se ha inventado una Rachel; es ella, con sus preocupaciones, sus prejuicios, sus penas, sus alegrías y sus dilemas. Y puede que sean también un poco los tuyos.

PALOMA RANDO

Un principio

Mi ex eligió la mañana de Reyes para romper conmigo. Si no fuera porque aquello no tenía gracia, me habría reído. Tenía los ojos llenos de lágrimas, la nariz llena de mocos, la boca llena de nata y una corona de cartón en la cabeza. Terminé de masticar, cogí aire y me metí otro trozo de roscón a la boca. Comía como si no me gustara comer, para no quedarme ahí como una imbécil que solo sabe sorberse los mocos. Como si al arrastrar la cucharilla por el plato pudiera rebañar también la noticia y empujar con ella la pena hasta el fondo.

Ese día despertamos en su casa y ella insistió en bajar a por el desayuno: ¿Roscón o churros? Naturalmente dije que roscón, ¿qué otra cosa iba a ser un 6 de enero? Por eso cuando soltó la bomba yo no podía evitar mortificarme con la idea de que, aunque los churros no habrían impedido la tragedia, por lo menos no estaría siendo boicoteada por un bollo salpicado de trocitos de fruta fluorescente.

Romper una relación es como presentar los Goya: si lo haces bien, nadie le dará importancia, pero como la cagues te recordarán toda la vida. Lo mejor que te puede pasar es caer pronto en el olvido. En cuanto a lo peor… Bueno, puedes terminar apareciendo en un libro. Mi recomendación es que no intentes innovar. Procura simplemente que tu salida a escena no coincida con un festivo, cumpleaños o aniversario. Que no sea en un lugar especial para la otra persona. Elige un martes cualquiera, elige una mesa del VIPS en un centro comercial, pídete un sándwich club con una Coca-Cola y coge suficientes servilletas. Las servilletas del VIPS son perfectas para llorar. Suaves y absorbentes.

El papel higiénico de casa de mi ex también era suave y absorbente. Cuando cumples treinta empiezas a preocuparte por cosas como la calidad de todos los rollos que metes en casa. Café de especialidad, una lámina enmarcada de la tienda de regalos del CaixaForum, iluminación indirecta y velas del Zara Home con aroma a bergamota que solo enciendes en ocasiones especiales porque tendrás treinta años, pero la velita cuesta veinte pavos y tú sigues siendo mileurista. Pequeños detalles, en definitiva, que construyen el confort de cada día.

Tenía el papel higiénico junto al plato. La tele estaba encendida y yo lloraba mientras de fondo unes niñes cantaban villancicos en Telemadrid. Hay algo más triste que escuchar villancicos, y es que se conviertan en tu banda sonora de ruptura. Con mi burrito sabanero voy camino de Belén, cuando las lágrimas se acumulaban y me impedían ver el roscón, con mi burrito sabanero voy camino de Belén, tiraba del rollo, si me ven, cortaba un trozo, si me ven, me lo pasaba por la cara y, voy camino de Belén, seguía comiendo. Las niñas dicen que la vida está llena de instantes de poesía, solo hay que saber verlos, y desde luego en ese instante mi cara era un poema. Aun así, no me reí.

Las niñas son mis mejores amigas. Somos seis, pero nos queremos como si el amor fuera uno (como si el amor en verdad pudiera ser algo distinto de uno). Incondicional e indivisible. Un amor con el que una aprende a entender eso del misterio de la Santísima Trinidad.

Volví a casa a pie. Era un trecho y hacía frío, pero me calmaba sentir el aire helado en las mejillas. Eso, y que un par de días antes mi compi de piso me había dicho que se mudaba sola, lo que significaba por extensión que yo también, así que decidí aprovechar el camino de vuelta para ir mirando portales. ¿Que si estoy obsesionada con la productividad? Puede ser. Pero al menos podía llorar a gusto: no hay nada más natural en Madrid que ver a una joven desconsolada frente a un cartel de SEALQUILA.

Mi compi de piso estaba duchándose cuando entré en casa. Sobre la mesa de la cocina había medio roscón, por si me había quedado con hambre. ¿Holaaa?, dijo, y la saludé al otro lado de la puerta. Me preguntó qué tal y respondí que bien (no me pareció el momento). Hablaba gritando por encima del ruido de la ducha. Preguntó de nuevo que qué tal, respondí más fuerte para que me escuchara y justo entonces cerró el grifo, así que supongo que pensó que realmente estaba muy bien.

No tuve el valor de contárselo, y eso que es una buena amiga. No lo hice mientras cenábamos, ni al día siguiente, ni los que vinieron después. Mi compi se mudó y tardé meses en confesarle que mi exnovia me había dejado. Era más fácil fingir que todo estaba en orden: mi corazón, lo de vivir sola. Aquel piso compartido era el único lugar del mundo en el que me sentía a salvo de una realidad que de repente había dejado de gustarme.

Encendí el ordenador. Me tocaba guardia en el periódico y por una vez me alegré de currar en festivo. Era la excusa perfecta para atrincherarme en la habitación y mantener la cabeza distraída. Eso fue poco antes de que una masa enfurecida liderada por un pavo con gorro de búfalo, tatuajes de Thor y vibes de Braveheart irrumpiera en el Capitolio de Estados Unidos.

La primera señal fue a eso de las seis de la tarde. Ya había anochecido y tuve que molestar por teléfono a mi jefe: Oye, que en Washington hay un grupo de trumpistas yendo al Capitolio. Dale una columnita en la página 7, dijo. Hablaba con el tono relajado de quien disfruta de una apacible Epifanía del Señor en compañía de sus nietes y una copita de sidra El Gaitero. Una hora después llamé de nuevo porque la masa enfurecida había asaltado el Capitolio para, total, hacer lo mismo que hacen les turistas de lunes a sábado de ocho y media de la mañana a cuatro y media de la tarde: echarse selfis por los pasillos simulando que son congresistas. Ahí sí, mi jefe soltó un hum y le dimos la portada. He de reconocer que cuando pensé en mantenerme distraída no me refería precisamente a eso. Para colmo, aquella noche llegó Filomena y, como en casa no teníamos calefacción y mi cama daba a una ventana corredera de aluminio por la que se colaba el aire, empecé a dormir con gorrito. Aun así, no me reí.

Mi psicóloga tampoco se rio. Antes no tenía psicóloga. En realidad nunca había ido a una, pero me pareció un buen momento, por lo que sea. Antiguamente, las parejas solucionaban sus problemas teniendo hijes que daban otros problemas distintos y todas las familias felices se parecían (en que no iban a terapia). Como nosotras no podemos tener hijes, porque para eso haría falta una vivienda y un trabajo estable y bien remunerado, vamos a terapia para aprender a gestionar nuestra precariedad por el módico precio de sesenta euros la hora. Un chollo.

Empecé a ir a la misma psicóloga que las niñas. Supongo que la definición médica más precisa para mi estado emocional en ese momento habría sido: hecha un trapo. No tenía que ver con el roscón, ni siquiera con mi ex. Era una cuestión casi matemática, el lugar que ocupaba esta última ruptura en mi historial de relaciones amorosas. Como si naciéramos con la capacidad de soportar una serie limitada de chascos y, a partir de un número predeterminado, petáramos un cable con la infalible aleatoriedad de una ruleta rusa.

Hay que asumir que en una separación siempre hay cosas que se extravían. Por lo general, camisetas viejas, ropa interior y algún juguete sexual de custodia incierta. En esta ocasión, a mí me tocó renunciar a mi esterilla de yoga, una colección de Mitos del cine en DVD que compré por tres euros en el mercadillo de Navidad del periódico y a una parte de mí. Como si en aquella despedida yo misma me hubiera marchado con mi ex y en su lugar hubiera quedado una adulta con terrores infantiles; un yo desorientado que no era ni sería más yo, que tendría que aprender a ser.

En la primera sesión de terapia, mi psicóloga insistió en que tenía que escribir: te va a ayudar, aseguró. Por aquel entonces, toda mi actividad literaria consistía en redactar artículos sobre cuánto subía el precio de la vivienda o la inflación, y al terminar de currar cada día a las diez de la noche lo único que me apetecía era pasar por el 24 horas, pillar humus con un litro de cerveza y fumarme un piti mirando al techo. Así que pasé de mi psicóloga. En lugar de eso, abrí Tinder.

A Tinder se entra igual que a misa: con la esperanza de que haya algo más allá. La diferencia es que la peña deja de ir a misa pero sigue siendo creyente, mientras que en Tinder una acaba volviéndose atea, pero practicante. Puede que los caminos del Señor sean inescrutables, pero los de Tinder consisten en rentabilizar la angustia existencial a base de explotar bajas pasiones (algo que llevan años haciendo la Iglesia e Idealista).

Tinder era como un juego, una manera de lidiar con eso que se había roto dentro de mí a fuerza de ignorarlo, de fingir que no había duelo y seguir adelante. Era la colección de matches un espejismo de conexión indestructible que me hacía sentir invulnerable, el paradigma reconfortante de que siempre habrá más peces en el mar.

El tema es que empecé a tener citas. Una, dos, diez, veinte. Aquello se convirtió en un ritual cotidiano, como quien se apunta al gimnasio o a clases de cerámica. Estoy segura de que hubo centros de atención primaria en Madrid con más hueco que mi agenda. Pero esto no es Pokémon, cuqui, me dirás. Y es verdad. No conozco a nadie que haya aguantado mucho tiempo usando activamente Tinder. Como cualquier aperitivo con alto contenido en glutamato, al principio puede resultar adictivo, hasta que empiezas a desear un lavado de estómago. Podría haber parado. Solo entonces me puse a escribir.

Too match fue mi manera de sobrevivir a Tinder y a la constante sensación de fracaso, de pasar un duelo embarcándome en otros, de digerir todo ese amor líquido, de sacar algo bueno de cada catástrofe, como Patricia Highsmith. Tener citas no me ayudaba a escribir, pero escribir sí me ayudaba a lidiar con la frustración.

Sé que cuando mi psicóloga me dio el consejo no tenía en mente que abriera una newsletter, la llamara Too match y me pusiera a rajar de mis fracasos amorosos en un abecedario. A lo Rosalía, pero para despechás. No puedo decir que fuera la mejor manera, pero fue la única que encontré para salir adelante y convertirme, si no en la heroína de esta historia, como dijo Nora Ephron, por lo menos en la protagonista de mi novela, como diría Romeo Santos.

Con roscón o sin él, una ruptura nunca es plato de buen gusto. Según se vean, los problemas del amor pueden ser tonterías de jovencita o la peor angustia de la humanidad, escribió Dorothy Parker. Que se lo digan a Tamara Falcó, que por no tener que superarlo terminó volviendo (amiga, ¿quién no ha sido Tamara alguna vez?).

En mi caso, he de reconocer que fue un plato particularmente indigesto. Pero también me di cuenta de que, en cierto modo, tenía su gracia (en cierto modo, todo tiene su gracia). Eso, y que solo al tocar fondo logras descifrar aquella máxima de Rajoy (Cuanto peor, mejor para todos). I feel you, Mariano.

Entonces sí, me reí.

A

Aristocracia, ARCO, Ana Iris Simón

Febrero es el mes en que amor y arte protagonizan el espectáculo apoteósico del capitalismo en Madrid con dos fechas clave: San Valentín y ARCO.

Mientras las enamoradas caminan de la mano por una ciudad tomada por aspirantes a Basquiat y corazones estampados en escaparates, la casta de las solteras vaga por Tinder como si aquello fuera una feria de arte contemporáneo: no entiendes muy bien qué haces ahí, rodeada de piezas sobrevaloradas que jamás meterías en tu casa, así que te limitas a poner cara de interesante y convencerte de que te gusta lo que ves. No te preocupes demasiado si no es así, sabes de sobra que el amor de tu vida es tan inaccesible como el cuadro que tienes delante.

Llevaba algunas semanas en el mercado cuando hice match con A. Hasta entonces no me había animado a tener una primera cita. Mi mayor pretensión consistía en usar Tinder como el resto de la humanidad: en el metro, en la sala de espera del dentista y en el baño. Los matches eran consuelo, no esperanza.

No sé si fue por el cálido tufillo que se escapaba de las cafeterías invitándome a entrar y pedir una carrot cake y una novia, o por las tortolitas envueltas en sus plumas de Uniqlo bajando Fuencarral en perfecta sincronía, pero de repente sentí la necesidad de tener una cita cuanto antes.

Antes de quedar, A. me contó que vivía en una finca perdida en algún lugar de La Mancha con un hijo preadolescente y un perro con ansiedad social. También supe, pero esto fue por medios propios, que tenía un título nobiliario.

Reconozcámoslo, en Tinder todas somos un poco Miss Marple, pero con miedo a terminar como ella: solteras a los ochenta y sacándole partido a las dotes detectivescas adquiridas tras años de experiencia stalkeando para resolver misterios de segunda en algún pueblo de Soria (como el de por qué desde que llegaste a Pinilla del Campo han desaparecido las cajas de Lexatín de todas las farmacias de la comarca).

Gracias a una labor previa de investigación, di con la prueba del ilustre abolengo de A.: su nombre, un rosario de apellidos y un blasón familiar grabados en un árbol genealógico colgado en Google. Este descubrimiento me llevó a bautizar a A. como la Baronesa.

La Baronesa se dejaba caer por Madrid de vez en cuando. Había estudiado Historia del Arte, y la semana del Arte de febrero era la excusa perfecta para quedar.

Lo hicimos un domingo lluvioso por la mañana. Entré en una cafetería cerca de la plaza de Olavide y me pedí un café solo. Quince minutos más tarde apareció la Baronesa. Por sus facciones y forma de moverse entre las mesas, me recordó a un ciervo abriéndose paso en suelo desconocido, con cautela y elegancia.

La Baronesa iba acompañada por su perro, un lebrel afgano con ansiedad social que se pasó temblando toda la cita. Llevaba el pelo suelto en rizos castaños que le caían sobre los hombros, un jersey de cuello vuelto oscuro y unos pantalones grises de tweed a juego con el chaleco acolchado del lebrel. Cuando la vi, suspiré aliviada: A. podría parecer una esnob con aquel uniforme conjuntado, pero desde luego no una aristócrata.

La gran victoria de la nobleza española 2.0. ha sido hacerse con lo mejor de lo mundano sin sufrir las penurias de la vida terrenal. A costa, eso sí, de conformarse con no llamar la atención entre la muchedumbre. Ser noble en el siglo XXI pasa por sustituir la peluca pouf por una gorra de béisbol, unas gafas de sol y vestirte con ropa que parece de Inditex pero cuesta treinta veces más.

Une noble es como un bombón de brandy: por fuera se confunde entre el resto, pero en su interior esconde el mismo néctar rancio de hace cinco siglos. La única manera de desenmascararles es… Abriendo la boca.

La baronesa tenía un gusto exquisito: decía que escuchaba ópera, le gustaba leer a Jane Austen y practicar tiro con arco. Más o menos lo mismo que habría hecho Alejandra de Dinamarca hace ciento cincuenta años, y seguramente la señora Alejandra habría puesto la misma cara con la que me miró A. cuando le hablé del reguetón, un nuevo baile que estaba petándolo fuera de la corte, y del hidalgo Don Omar.

En aquella finca en mitad del campo, la Baronesa podía vivir completamente abstraída de los nuevos placeres profanos. Su día a día consistía en llevar a su hijo al colegio y quedarse sola en casa leyendo, montar a caballo o dar de comer a las gallinas. Lo que viene a ser el arquetipo de una amish manchega, cuyo máximo exponente es Ana Iris Simón.

Del café pasamos a la caña, y me contó que esperaba mudarse a Madrid en verano. Su plan era abrir una galería de arte, y lo haría en un local propiedad de su madre, en pleno centro. Le pregunté si tenía experiencia profesional como para emprender en un sector tan jodido. En ese momento escuché el crac del chocolate y el licor estallándome en la boca:

A sus treinta y tres años, la Baronesa no había trabajado nunca. Era madre soltera y había dedicado los últimos ocho años de su vida a criar a su hijo, al que por cierto tuvo con un conocido músico españ

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