La idea de empezar una nueva novela comenzó a rondarme en algún momento de las primeras semanas de 2013, mientras estaba atascado en el tráfico de entrada a Hollywood por la I-10 después de pasar una semana en Palm Springs con una amiga con la que había ido a la universidad en los años ochenta y que ahora estaba perdiendo la cabeza. (Se había derrumbado delante de mí varias veces en los días que pasé en su casa de Azure Court, antes de adelantar su partida hacia un retiro con Deepak Chopra en San Diego. Y sí, sé cómo suena.) En Palm Springs me paralizaron oleadas inesperadas de ansiedad que me postraron en cama durante horas con la vista clavada en el móvil, vagas y no obstante vastas tomas de conciencia de la mortalidad que la fragilidad de mi amiga habían activado y potenciado mientras que, al mismo tiempo, de manera absurda, repasaba frenéticamente la última versión de un borrador para un episodio piloto que estaba escribiendo para la cadena CW. Entre los ataques de pánico y las interminables llamadas de la productora y las revisiones, la idea de que tal vez no volviera a escribir otra novela apareció con más fuerza de lo que lo había hecho en años (y había terminado mi última novela en 2009). No sabría decir por qué esta idea se hizo fuerte en ese momento en particular. El deseo de escribir prosa latía tímidamente en mí desde hacía años, pero no en el marco de lo que ahora consideraba el falso ámbito de la novela. De hecho, había estado tratando de alejarme de la idea de «la novela» desde hacía más de una década, tal como evidenciaban los dos últimos libros que había publicado: uno eran unas memorias falsas insertadas en una novela de terror y el otro la condensación de una novela negra autobiográfica que había sacado dolorosamente adelante en plena crisis de la mediana edad, una historia sobre los tres primeros años desde mi regreso a Los Ángeles, trabajando inútilmente en el cine, después de casi dos décadas residiendo en Nueva York.
Durante ese último lustro no había sentido el menor deseo de escribir una novela y me había convencido de que no quería sentirme constreñido por un esquema que ya no me interesaba. (Y, sin embargo, estaba dispuesto a dejarme constreñir por las convenciones de un guion de cien páginas que nunca se filmaría y de un piloto en cinco actos para la televisión que nunca se rodaría.) Todo eso lo había reiterado con firmeza en las entrevistas que concedí durante ese período, en el curso de la gira mundial para la última novela que había publicado, en ruedas de prensa en España, en Copenhague, en Melbourne. Pero en el desierto esa sensación se evaporó, y entre las llamadas de la productora y el miedo amortiguado por el Xanax y el tequila, mientras las montañas que rodeaban la casa se oscurecían bajo los cielos vespertinos del invierno, el primer párrafo de una novela comenzó a tomar forma. Empezaba con una imagen de una valla publicitaria de color blanco hueso de Emser Tile instalada en un tejado del cruce del Santa Mónica Boulevard con Holloway Drive: era lo que se veía desde el parabrisas de un coche robado, un violento accidente, un misterio que iba desvelándose, detalles del pasado, el último año de instituto, pistas sobre un asesinato que se hace pasar por suicidio, alguien que finge ser quien no era, un actor.
Nunca he forzado una novela, algo que mi agente, editores y lectores quizá consideren parte de mi problema como escritor, o como marca, en concreto porque he dejado transcurrir cinco, siete u ocho años entre un libro y el siguiente cuando la mayoría de la gente sigue esperando que un novelista reconocido publique año sí, año no, como un reloj. Era lo que esperaba de mí mi editorial en la década de los ochenta tras el éxito de mi primera novela, y todavía recuerdo la impresión que me causó cuando me lo dijeron. Al final nunca trabajé así, lo que, no obstante, no implicaba que no estuviera escribiendo. Solo significaba, simplemente, que escribía de la manera que mejor me funcionaba. Cuando escribía no pensaba en nadie más, no tenía conciencia de un público esperándome ahí fuera y en el fondo nunca me importó lo que mi agente, editor o editorial esperasen de mí. Con la editorial me aseguraba de que las fechas de entrega (si las había) fueran flexibles (y lo eran), y a cambio me comprometía a promocionar los libros todo lo que me pidieran. Y nunca sucumbí a la tentación de darle al público lo que yo creía que quería: el público era yo y estaba escribiendo para contentarme a mí y para mitigar mi dolor. Rara vez concedía entrevistas entre publicaciones porque parte del proceso seguía siendo un misterio para los lectores, con una suerte de glamur secreto que se sumaba a las expectativas, con las que antes se recibían mis libros, ya fuera positiva o negativamente.
Pero las novelas ya no conectan con el público de esa manera. Yo me había percatado con añoranza de la falta de entusiasmo por las grandes novelas literarias americanas el otoño antes de reunirme con mi amiga en Palm Springs, pero también sabía que no había razón para preocuparse. Es solo un hecho, del mismo modo que la idea de la gran película americana o el gran grupo musical americano ha empequeñecido, se ha estrechado. Todo se ha degradado por la sobrecarga sensorial y la supuesta libertad de elección que nos ha traído la tecnología y, en resumen, por la democratización de las artes. Comencé a sentir la necesidad de abrirme camino en esa transición, de pasar del mundo analógico en el que acostumbraba a escribir y publicar novelas al mundo digital en el que vivimos ahora (mediante podcasts, series para internet y comentarios en las redes sociales), a pesar de que nunca me pareció que existiera ninguna correlación entre ambos mundos. Tras la semana en el desierto con mi amiga que conocía desde hacía treinta años, tras haber visto cómo la vida la enloquecía mientras yo soportaba revisiones infinitas de un piloto de ciencia ficción que nunca llegaría a nada, algo en mí por fin se quebró, y la última semana de enero empecé a tomar notas para una novela. Pero tampoco se ha materializado aún.
IMPERIO
Durante mi infancia en el Valle de San Fernando en la década de los setenta me atraían extraordinariamente las películas de terror, me llegaban de un modo que nada más conseguía hacerlo. Puede que conociera a uno o dos aficionados tan adeptos como yo, pero para la mayoría de mis amigos de aquella década loca por el cine el terror era solo un género más, sin mayor importancia que las comedias de sexo adolescente o los musicales con banda sonora discotequera. Pero ¿qué tenían las películas de terror —y las novelas y cómics de terror— que me atrapaban como ninguna otra cosa? En apariencia, el hogar donde me crié era el de una familia de clase media acomodada como tantas otras, que residía a los pies de las colinas de Sherman Oaks, pero bajo la superficie se escondía una inmensa y disfuncional zona gris. Percibí esa disfunción a edad muy temprana, miré alrededor y descubrí que estaba solo. Los niños de los setenta no teníamos padres helicóptero: te movías por el mundo más a menos solo, explorando sin la ayuda de la autoridad paterna o materna. En retrospectiva mis padres, como los padres de los amigos con los que crecí, parecían despreocuparse increíblemente de nosotros, no como los padres de hoy en día, que documentan cada movimiento de sus hijos en Facebook y los muestran en Instagram y los limitan a espacios seguros y exigen solo positividad al tiempo que parecen intentar protegerlos de todo. Si creciste en los setenta, tu infancia no fue así. El mundo todavía no giraba en torno a los niños.
Recuerdo largas temporadas en las que no veía a mi padre salvo en algún desayuno entre semana o en la comida del domingo, porque de lunes a viernes salía a trabajar en una inmobiliaria del centro antes de que yo me despertara y no regresaba a nuestra casa de Sherman Oaks hasta que ya habíamos terminado de cenar y estábamos pensando en ir a hacer los deberes delante del televisor cada uno a su cuarto. A los cinco, seis y siete años, íbamos andando solos al colegio (ahora detienen a los padres que lo permiten) y nos entreteníamos con juegos de guerra y monstruos y espionaje por las calles del barrio y los desfiladeros que partían las colinas de Sherman Oaks y Studio City y Encino. Volvíamos a casa también solos, comíamos cualquier cosa en la cocina vacía y luego nos acercábamos en bici a otra casa donde también se diría que solo vivían niños. Si por casualidad veíamos o llegábamos a saludar a la madre de alguien, la conversación era fugaz y nos moríamos de ganas de terminarla, de ir a nuestro rollo, de salir a descubrir el mundo nosotros solos, lejos de nuestros prácticamente inexistentes padres.
Parecíamos siempre activos, en movimiento, ya fuera en parques o plazas o chapoteando en la piscina de un amigo o en la playa adentrándonos en el Pacífico o simplemente vagando por el salón recreativo de Westwood Village mientras de fondo sonaban Blue Oyster Cult y ELO. La televisión consistía solo en un par de docenas de programas que emitían en tres cadenas, entre las ocho y las once de la noche, y desde las siete de la mañana hasta el mediodía los sábados … y nada más. Comparadas con las opciones actuales, las nuestras eran sumamente escasas, de modo que la mayor parte del tiempo lo pasábamos en las calles del vecindario y en salones recreativos y centros comerciales y en la playa y en las sesiones dobles y triples de las matinales de los sábados, sin nadie que nos acompañara, representando papeles de personas adultas nosotros solos, abriéndonos camino hacia la madurez sexual de la adolescencia. De manera excepcional, alguna tarde de entre semana me quedaba en casa y me tumbaba en la gran alfombra verde del salón, o en la cama de agua que durante una breve temporada tuvimos en la casa de Valley Vista, si estaba enfrascado en un cómic o una novela que no podía dejar. A esa edad era capaz de leerme una novela en un día, absolutamente concentrado; así fue como lo devoré todo, desde Harriet la espía a los libros de La casa de la pradera. Pero normalmente leía de noche, a altas horas, y así experimenté por primera vez Carrie, las novelas de James Herbert y los cómics de Warren que me obsesionaron durante esos años: Eerie, Creepy, Vampirella. Como niño que campaba a sus anchas, todas esas novelas de terror, igual que las películas que veía, me ratificaban en mi modo de vida.
Fui un niño de los setenta que a los siete años leyó la famosa novela de terror El otro, de Thomas Tryon, apoyando en el regazo el ejemplar de tapa dura que mi madre había sacado de la biblioteca pública de Sherman Oaks mientras esperaba a la siguiente clase de natación en Ventura Boulevard. La muerte en la horca de uno de los niños al final de la primera parte de la novela me impactó —se convirtió en un infausto recuerdo— porque era la única ejecución detallada que me había topado por escrito, y me persigue desde entonces. Quería saber cómo se las había apañado el autor con la escena desde el punto de vista técnico, así que la leí una y otra vez, atento a los párrafos, cautivado, deduciendo cómo el autor unía las palabras para transmitir toda su intensidad a la escena. Los libros que leía y las películas que veía insistían en que el mundo era un lugar cruel y azaroso, que el peligro y la muerte acechaban por doquier, que los adultos podían ayudarte solo hasta cierto punto, que existía otro mundo: un mundo secreto por debajo de la imaginaria y falsa seguridad de la vida cotidiana. Las películas y la literatura de terror me ayudaron a comprenderlo desde la más tierna infancia. Para cuando, en 1978, leí El umbral de la noche de Stephen King, su primera colección de cuentos —habiéndome leído varias veces ya Carrie, El misterio de Salem’s Lot y El resplandor—, pocas ilusiones me quedaban todavía sobre la supuesta inocencia neutral de mi infancia o de la de los demás.
Nuestros padres eran indulgentes con el entretenimiento. Las películas para adultos o menores acompañados casi siempre les parecían bien y rara vez censuraban lo que leíamos o escuchábamos. Recuerdo ver Desmadre a la americana con mi padre un sábado por la mañana del verano de 1978 en el Avco Theater de Westwood cuando yo tenía catorce años y reírnos los dos sin parar. A mi padre no le planteaban ningún problema la desnudez, el sexo con un menor, el humor picante (incluido el consolador que sostiene Otter), las pajas y las peleas de almohadas en topless, ni la actitud general antisistema de la película, de la que parecía disfrutar enormemente a pesar de que él era, evidentemente, un miembro del sistema. (Parte de la diversión tenía que ver con el hecho de que mi padre también había estudiado en la universidad a principios de la década de los sesenta, en la misma época que los personajes de la película.) Recuerdo a mi madre llevándome a escondidas a un cine de Studio City para un pase nocturno de Fiebre del sábado noche en enero de 1978, cuando yo tenía trece años, porque le gustaba Travolta y llevábamos casi dos meses escuchando la banda sonora en el coche cuando pasaba a recogernos por el colegio para ir a la peluquería o a clases de piano. (Sí, fue una infancia de clase media acomodada blanca en el apogeo del Imperio.) La película contenía emociones fuertes y estaba clasificada para adultos: los hombres con la actitud de Tony Manero me parecían tan poderosamente masculinos que se convirtieron en parte fundamental de mis fantasías hasta más o menos un año después, cuando Richard Gere me encaminó en otra dirección.
En aquella época los padres decidían qué películas veían los niños y nosotros íbamos con ellos y punto. En 1975 vi Shampoo de Hal Ashby una noche de Pascua en Palm Springs con mi tía, dos primos de mi edad y mis padres, a quienes no les importó que la viéramos pero les avergonzó que resultáramos ser los únicos niños de la sesión de las ocho en un cine atestado de gente. Hijos del baby-boom, pensaban que daban mala imagen. Shampoo era arriesgada de modos que mis padres no se esperaban —quizá habían imaginado algo más banal, más ligero—, y me senté solo en una de las escasas filas vacías de delante, lejos del resto de la sala repleta, rojo hasta las orejas. («Quiero chuparle la polla», decía borracha Julie Christie, señalando a Warren Beatty en una cena en el Bistro de Beverly Hills antes de colarse debajo de la mesa y hacerle una mamada.) Mi placer se multiplicaba porque sabía que a mi padre le daría un ataque en cuanto terminara la película, repito, no por el contenido de la misma, sino por la vergüenza de haber llevado a su hijo a verla delante de un montón de desconocidos. Y efectivamente le dio un ataque, a pesar de que fingió que no reconocía a esos tres niños que caminaban detrás de él, mi madre y mi tía, mientras los adultos apretaban el paso en dirección al coche estacionado en el aparcamiento del cine, junto a North Palm Canyon Drive.
Esta permisividad respecto al contenido no resultaría aceptable para la mayoría de los padres actuales, pero en el verano de 1976 no era extraño tener once o doce años y sentarse a ver varias sesiones seguidas de La profecía en un cine inmenso con una pantalla gigante (acompañado por los hermanos mayores de otros amigos a causa de la clasificación de la película, y disfrutando la decapitación a cámara lenta de David Warner) o escuchar la grabación del reparto original de A Chorus Line en ocho pistas a la misma edad mientras te llevaban en coche a alguna parte. Mis hermanas y yo nos reíamos por lo bajo con «Dance: Ten; Looks: Three» («Tetas y culo / dadme un par bueno / bien prieto el trasero») mientras nuestros padres iban sentados delante —mi padre al volante, mi madre en el asiento del copiloto—, ambos consternados y desconcertados. Hojeábamos los libros de Jacqueline Susann y Harold Robbins de la librería de mi abuela y veíamos El exorcista en el canal Z (la primera cadena de pago por cable del país, que se estrenó en Los Ángeles a mediados de los setenta) después de que nuestros padres nos prohibieran seriamente que no la viéramos, pero, por supuesto, la vimos de todos modos y, como era de esperar, alucinamos. Veíamos sketches de gente metiéndose cocaína en Saturday Night Live y nos sentíamos atraídos por la cultura disco y las películas de terror sin ironía. Consumíamos todo eso y nada nos afectó, nunca nos perjudicó porque la oscuridad y el mal humor de la época estaban por todas partes y reinaba el pesimismo, que se consideraba un atributo de lo moderno y enrollado. Todo era un timo, todo el mundo era corrupto y a todos nos criaban con comida poco saludable. Podría argumentarse que todo eso nos jodió, o quizá, desde otro punto de vista, que nos curtió. Visto con casi cuarenta años de distancia, probablemente nos hizo menos miedosos. Sí, éramos alumnos de sexto o séptimo en una sociedad donde no existían los filtros de protección paterna. No teníamos a nuestro alcance Tube8.com, ni vídeos de fisting en el móvil, ni Cincuenta sombras de Grey ni rap gangsta ni videojuegos violentos y el terrorismo todavía no había arribado a nuestras costas, pero éramos niños que vagaban por un mundo pensado prácticamente solo para los adultos. A nadie le importaba lo que viéramos o dejáramos de ver, cómo nos sentíamos ni lo que queríamos y todavía no nos había cautivado la cultura del victimismo. Comparado con lo que se considera aceptable hoy día, cuando se mima a los niños hasta convertirlos en inútiles, fue una edad de inocencia.
Durante aquellos años pasé una cantidad de tiempo inaudita mirando a una pantalla en la oscuridad de una sala de cine, y gran parte de ese tiempo lo llenaban muertes íntimas, realistas y sanguinarias. Compárese y contrástese con las masacres sin gota de sangre de las películas actuales de Marvel: lo que entonces se clasificaba como apto pero recomendando supervisión adulta hoy probablemente se prohibiría a los menores. Solo en un año de mediados de los setenta recuerdo haber presenciado lo siguiente: Jill Clayburgh asesinada a puñaladas por George Segal en El hombre terminal, una adaptación de Michael Crichton que vi varias veces y que ahora me parece insoportable; Yul Brynner persiguiendo a Richard Benjamin y James Brolin en Almas de metal, los planos llenos de brillantes salpicaduras rojas de la sangre a cubos que cruzaba las pantallas a mediados de la década; la sangre que manaba de la garganta rajada de Donald Sutherland al final de Amenaza en la sombra era del mismo color espantoso. Pamela Franklin tentada sexualmente y luego asesinada por espíritus en La leyenda de la casa d
