Heterodoxos

Emilia Landaluce
Emilia Landaluce

Fragmento

Atrévete a leer (o el prólogo a un libro a redropelo). Andrés Trapiello

Atrévete a leer

(o el prólogo a un libro a redropelo)

Andrés Trapiello

Este libro está indicado para gentes sin prejuicios. Lo ha leído uno con tanto gusto como interés y provecho.

No conoce nuestra literatura muchos trabajos parecidos (me viene a la cabeza ahora el del historiador Octavio Ruiz-Manjón, Algunos hombres buenos, encontrados por él en la ciénaga de la Guerra Civil con el farol de Diógenes; este de la misma estirpe que aquel).

Responden ambos a la conocida máxima kantiana: «Sapere aude».

Ese enérgico imperativo es en el fondo una suave invitación. Al conocer le sucede como a los nudos fuertemente apretados: solo podrán deshacerse suavemente. Más la maña que la fuerza, diríamos. Y ningún nudo mayor que un prejuicio. Los impacientes que recurren a la historia del nudo gordiano han de saber que los prejuicios no se resuelven a tajos, sino por bien pacientes y calculados pasos.

Dicho esto, deja, lector, lectora, tus prejuicios en la puerta y disponte a transitar por estas páginas con la mente despejada.

Heterodoxos lo han escrito escritores y escritoras liberales en el sentido cervantino. Es decir, capaces de ponerse en el lugar del otro. Los autores de estos trabajos nos invitan a revisitar algunas biografías, conocidas unas, otras a trasmano, pero todas, en fin, con un denominador común: su malditismo.

No un malditismo artístico (el que decora, por ejemplo, a tantos artistas de los siglos XIX y XX, prestigiándolos), sino el que marca a las gentes con el estigma de Caín. Al fin y al cabo, algunos de ellos fueron en algún momento tenidos por los suyos propios como desafectos, cuando no traidores (Julián Besteiro, Francisco Cambó, José Ortega y Gasset, Felipe Sánchez-Román o incluso Federica Montseny y Mercedes Sanz-Bachiller); otros (Demetrio Carceller Segura, José María Albareda, Mercedes Formica o Gonzalo Fernández de la Mora), casi peor: franquistas.

El solo hecho de ocuparse de ellos será para algunas almas bellas escandaloso, cuando no pecaminoso en unos tiempos como los nuestros en los que la congregación sedicentemente progresista reparte cirios por todas partes y a toda clase de adoradores y adoratrices.

Hay algo también común a todos estos personajes: la fuerte personalidad de cada uno de ellos, propia de quienes sobrevivieron (algunos ni eso) en una época del siglo XX caracterizada por su encarnizada voracidad para aquellos que se salían de la secta y buscaban el bien de la comunidad en el sentido común (y de personajes tan disparejos como Besteiro o Carceller podrían escribirse unas vidas paralelas como en cierto modo serían las de José Bergamín y Ernesto Giménez Caballero).

Hablemos ahora de los biógrafos/ensayistas que los han abordado.

También tienen una característica común: pese a las simpatías que sientan por tal o cual aspecto de la figura de la que se ocupan, no se ve en ellos esa identificación propia del hagiógrafo, ni el fanatismo, ni la beatería. Todos ellos se han tomado su trabajo en serio, y parecen haber recordado la cita que Stendhal puso al frente de su Luciano Leuwen: «Solo en los detalles hay originalidad; solo en los detalles hay verdad». Incluso en la mayoría de los personajes más conocidos (Besteiro, Cambó, Ortega, Montseny, Formica) hallará el lector datos, detalles, que le habían pasado inadvertidos. Cuánto más en los orillados o desconocidos, como Sánchez-Román, González de la Mora o Carceller, cuya acción política en un momento decisivo para España (el del final de la Segunda Guerr

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