Gánster
Eligió septiembre, ese mes perfecto, para irse. El monzón se había alejado y Kerala refulgía como una franja esmeralda entre las montañas y el mar. Mientras el avión se inclinaba para aterrizar y la tierra se elevaba para recibirnos, me costaba creer que la topografía pudiera causar un dolor físico tan palpable. Nunca había visto ese paisaje querido, nunca lo había imaginado, nunca lo había evocado sin que ella formara parte de él. No podía pensar en aquellas lomas y aquellos árboles, en los verdes ríos, en los arrozales encogidos y cubiertos ahora de cemento, salpicados de gigantescas vallas publicitarias que anunciaban horrorosos saris de boda y joyería aún más horrorosa, sin pensar en ella. Estaba entretejida en todas estas cosas; era en mis pensamientos más alta que cualquier valla publicitaria, más peligrosa que cualquier río en crecida, más implacable que la lluvia, más real que el propio mar. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Cómo? Murió sin previo aviso. Impredecible como era.
La iglesia no la quería. Ella no quería a la iglesia. (Había una historia brutal ahí, nada que ver con Dios). Y así, por su posición en nuestra ciudad, y por cómo era nuestra ciudad, tuvimos que organizarle un buen funeral. Los periódicos locales se hicieron eco de su fallecimiento en las portadas, y también se mencionaba en la mayoría de los periódicos de tirada nacional. Internet se iluminó con las muestras de cariño de varias generaciones de alumnos del colegio que ella había fundado, cuyas vidas había transformado, y otras personas que conocían la legendaria batalla judicial que libró y ganó por la igualdad de derechos de sucesión para las mujeres cristianas. La avalancha de obituarios nos obligaba aún más a actuar en consecuencia y despedirla como se merecía. Pero ¿qué era lo mejor? Por fortuna, el día de su muerte el colegio estaba cerrado y los niños se habían ido a casa. El campus era nuestro. Fue un alivio inmenso. Tal vez esto también lo hubiera planeado.
Las conversaciones en torno a su muerte y a las consecuencias que tendría para nosotros, para mí en especial, empezaron cuando yo tenía tres años. Por entonces ella tenía treinta, estaba debilitada por el asma, sin un céntimo (su único activo era una licenciatura en Pedagogía) y acababa de dejar a su marido, mi padre, debería decir, aunque por alguna razón eso suena algo extraño. Cuando murió estaba a punto de cumplir los ochenta y nueve, de modo que tuvimos seis décadas para hablar de su muerte inminente y de su última voluntad y testamento, que, dada su preocupación por las herencias y los testamentos, reescribía casi cada dos semanas. La cantidad de falsas alarmas, escapadas por los pelos y fugas espectaculares que llegó a vivir habría dado que pensar a Houdini. Nos adormecieron en una especie de complacencia ante la catástrofe. Yo creía sinceramente que viviría más que yo. Al no ser así me quedé destrozada, hecha trizas. Estoy atónita y algo más que avergonzada por la intensidad de mi reacción.
Mi hermano puso el dedo en esa llaga. «No entiendo tu reacción. A ti te trató peor que a nadie». Quizá estuviera en lo cierto, aunque a mi juicio él se había llevado el premio gordo. Puedo entender que a sus ojos me humillaba al no reconocer lo que nos ocurrió cuando éramos pequeños. Pero yo había dejado atrás todo eso hacía mucho tiempo. He visto —y he escrito sobre— tanto dolor, tanta miseria sistémica, tanta maldad sin paliativos, tan diversas repeticiones del infierno, que solo puedo incluirme entre los más afortunados. He pensado en mi vida como una simple nota a pie de página de las cosas que de verdad importan. Nunca trágica, a menudo muy divertida. O tal vez sea esta la mentira que me cuento. Quizá he montado mi tienda donde el viento sopla más fuerte, con la esperanza de que me arranque el corazón del cuerpo. Quizá lo que estoy a punto de escribir sea la traición a mi yo juvenil por la persona en la que me he convertido. En tal caso, el pecado no es leve. Pero no estoy en posición de juzgarlo.
Me fui de casa —dejé de ir a casa, o a lo que se suponía que era mi casa— al cumplir los dieciocho. Acababa de empezar el tercer curso en la Escuela de Arquitectura de Delhi.
Por aquel entonces terminábamos el bachillerato a los dieciséis años. Esa era la edad que tenía en el verano de 1976, cuando llegué por primera vez a la estación de Nizamuddin, sola, sin siquiera un conocimiento elemental del hindi, para hacer el examen de ingreso en la Escuela de Arquitectura. Estaba muerta de miedo y llevaba un cuchillo en el bolso. Delhi se encontraba a tres días y dos noches en tren de Cochín, que a su vez está a tres horas en coche de nuestra ciudad, Kottayam, que a su vez está a pocos kilómetros de nuestro pueblo, Ayemenem, donde pasé mi primera infancia. Dicho de otro modo, Delhi era para mí un país totalmente distinto. Distinto idioma, distinta comida, distinto clima, distinto todo. La escala de la ciudad me resultaba incomprensible. Yo venía de un pueblo donde todo el mundo sabía dónde vivía todo el mundo. Hice el ridículo preguntándole al conductor de un autorickshaw si podía llevarme a casa de la hermana mayor de mi madre, la señora Joseph. Supuse que sabría dónde vivía. Dio una calada al beedi que estaba fumando y apartó la cabeza con aire hastiado. Dos años después era yo quien fumaba beedis y cultivaba ese aire inigualable de hastío cargado de desdén. Con el tiempo cambié mi cuchillo por unas buenas provisiones de hachís y pinta de urbanita. Había emigrado.
Dejé a mi madre no porque no la quisiera, sino para poder seguir queriéndola. Si me hubiera quedado, eso habría sido imposible. Cuando por fin me fui, pasé varios años sin verla ni hablar con ella. Nunca me buscó. Nunca preguntó por qué me había marchado. No era necesario. Las dos lo sabíamos. Optamos por contarnos una mentira. Una muy buena. La inventé yo: «Me quiso tanto como para dejarme marchar». Esto lo escribí en la portadilla de mi primera novela, El dios de las pequeñas cosas, que está dedicada a ella. Mi madre citaba esta frase a menudo, como si fuera una verdad divina. Mi hermano dice en broma que es el único pasaje de ficción de todo el libro. Hasta el final de sus días, nunca me preguntó cómo salí adelante esos siete años que estuve fugada. Nunca me preguntó dónde vivía, cómo terminé la carrera y conseguí el título. Yo nunca se lo conté. Me las arreglé bastante bien.
Después de un reencuentro tenso y tentativo, volví a acercarme a ella, a visitarla con regularidad a lo largo de los años siendo ya adulta e independiente, arquitecta titulada, diseñadora de producción, escritora, pero sobre todo siendo una mujer que observa a otra con amor y admiración —y una buena dosis de inquietud— no solo por sus grandes cualidades, sino también por lo contrario. En aquel pueblo del sur de la India, sofocante y conservador, donde, en aquella época, a las mujeres solamente les estaba permitido cultivar una virtud empalagosa —o fingirla—, mi madre actuaba con la chulería de un gánster. Yo la veía dar rienda suelta a todo lo que era —su talento, su excentricidad, su bondad radical, su valentía militante, su intolerancia, su generosidad, su crueldad, su agresividad, su cabeza para los negocios y su temperamento impredecible y salvaje— con total abandono, en nuestra diminuta y aislada sociedad cristiana siria que, debido a su educación y su relativa prosperidad, vivía al margen de la espiral de violencia y la pobreza lacerante que asolaban el resto del país. La veía hacer espacio para la totalidad de su ser, de todos sus seres, en ese pequeño mundo. Esto fue nada menos que un milagro: un terror y un prodigio para quien lo contemplaba.
Cuando aprendí a protegerme (más o menos) de la mezquindad de este entorno que aplastaba el espíritu, llegó a fascinarme la ira de mi madre contra la propia maternidad. El descaro con que lo demostraba a veces me hacía reír. No con la risa que se manifiesta a carcajadas sino con la que te asalta en soledad: cuando extirpamos quirúrgicamente un incidente de sus circunstancias y lo observamos con objetividad, fuera de contexto. Como si ella fuera la madre de otra persona y yo no fuera yo sino otra persona que era el blanco de su ira.
De pequeña yo la quería irracional, desesperada, aterradora, totalmente, como quieren los niños. De adulta intenté quererla fría, racionalmente y desde una distancia segura. Fallaba a menudo. A veces de un modo miserable. Escribía distintas versiones de ella en mis libros, pero nunca eran ella. Aun así, a ella le gustaban estas versiones, y recibió con los brazos abiertos el personaje de Ammu en El dios de las pequeñas cosas, al que se refería con «yo» y «mí». Quería ser Ammu porque sabía de sobra que no lo era. Cuando un periodista retorcido le preguntó si de verdad había tenido una historia de amor trágica, como la de Ammu en la novela, ella lo miró a los ojos y dijo: «¿Por qué? ¿No soy lo bastante sexy?». Entonces tenía más de sesenta años y era una diva hecha a sí misma. Podía decir lo que le apeteciera.
Cuando se publicó el libro, le preocupó qué secretos podría revelar. Para evitar riesgos, ingresó en un hospital. Allí lo leyó a todo correr y se quedó muy tranquila al ver que no se aireaba nada íntimo. Al principio dijo que no entendía a qué venía tanto revuelo. Luego lo estudió a fondo. A la tercera o la cuarta lectura —para entonces ya había vuelto a casa—, me convocó al lado de su cama. Era una tarde radiante y la luz que se filtraba a través de las cortinas tenía un color rojo burdel. Mi madre estaba con los ojos cerrados. Dijo que le parecía un buen libro. Bien escrito. Sentía curiosidad por un pasaje en concreto, en el que los gemelos de Ammu, Esthappen y Rahel, de siete años, recordaban a sus padres peleando. Los padres se hacían enormes, como gigantes, y empujaban a los niños hacia el otro a la vez que decían: «Quédatelos tú, yo no los quiero».
—¿Quién te ha contado eso? Eras demasiado pequeña para acordarte.
—Es ficción.
—No, no lo es.
Y se volvió hacia la pared.
Nunca he sentido el peso o la tristeza de este recuerdo. Sinceramente creía que era ficción. Ese día aprendí que la mayoría de nosotros somos un caldo que vive y respira imaginación y memoria, y quizá no seamos los mejores árbitros para determinar qué es qué. Por tanto, lean este libro como si fuera una novela. No tiene mayores pretensiones. Porque no puede haberlas. La ficción es esa cosa extraña, brumosa, que los escritores no poseen del todo, aunque crean que sí. ¿De dónde viene? De nuestro pasado, nuestro presente, nuestras lecturas, nuestra imaginación: sí. Pero ¿quizá también de premoniciones del futuro? De lo contrario, ¿cómo es posible que, al igual que los personajes de mi segunda novela, El ministerio de la felicidad suprema, también yo sea ahora quien cuida de una especie de sepultura en el recinto de una especie de casa de huéspedes? Es rocambolesco. Me hace pasar las noches en vela. Y entonces me pregunto: ¿por qué deberíamos saberlo todo?
En el intento de descifrar a mi madre, de ver las cosas desde su punto de vista, de situarla, de comprender qué le hizo daño, qué la llevó a hacer las cosas que hizo y a predecir lo que podría hacer o no acto seguido, me metí en un dédalo, en un laberinto subterráneo de senderos en zigzag que afloraban a la superficie en lugares extraños, con la esperanza de encontrar un punto de vista que ofreciese una perspectiva distinta de la mía. Mirarla a través de prismas que no estaban teñidos del todo por mi propia experiencia con ella me permitió valorarla como mujer. Me transformó en escritora. En novelista. Porque eso somos los novelistas: laberintos. Y ahora este laberinto tiene que dar sentido a su ser laberíntico sin ella.
Salvar el abismo que separa el legado de amor que dejó en aquellos cuyas vidas rozó de algún modo, y las espinas que clavó en mí, como pequeños flotadores en mi torrente sanguíneo —anzuelos enganchados todavía en el tejido blando, mientras la sangre hace su recorrido hacia y desde mi corazón—, es el motivo por el que escribo estas memorias. Escribirlas me resulta tan difícil como no escribirlas.
Quizá incluso más que como hija que llora el fallecimiento de su madre, lloro como escritora que ha perdido su tema más fascinante. En estas páginas, mi madre, mi gánster, vivirá. Ella fue mi refugio y mi tormenta.
Fugitivos
Maestra era lo que ella siempre quiso ser, para lo que se había preparado. A lo largo de los años que estuvo casada y vivió con nuestro padre, que trabajaba como subdirector de una remota plantación de té en Assam, el sueño de desarrollar una carrera se atrofió y acabó por desvanecerse. Se reavivó (como pesadilla más que como sueño) al ver que su marido, igual que tantos hombres jóvenes empleados en plantaciones de té solitarias, se había vuelto totalmente adicto al alcohol.
Cuando estalló la guerra entre la India y China, en octubre de 1962, evacuaron a las mujeres y los niños de los estados fronterizos. Nos mudamos a Calcuta. Una vez allí, mi madre decidió que no volvería a Assam. De Calcuta fuimos a Ootacamund —Ooty—, una pequeña estación de montaña de Tamil Nadu, un estado del sur de la India. Mi hermano, LKC —Lalith Kumar Christopher Roy—, tenía cuatro años y medio, y a mí me quedaba un mes para cumplir los tres. No volvimos a ver a nuestro padre ni a saber nada de él hasta los veintitantos años.
En Ooty vivíamos en la mitad de una casita de «vacaciones» que había sido de nuestro abuelo materno, que en el momento de su jubilación era un alto funcionario —entomólogo imperial— del gobierno británico en Delhi. Mi abuela y él estaban separados. Él había cortado los lazos con ella y sus hijos hacía años. Murió el año en que yo nací.
No sé cómo acabamos en aquella casa. Quizá la inquilina que vivía en la otra mitad tuviera una llave. Quizá la ocupamos. Mi madre conocía bien esa vivienda. Y la ciudad. Es posible que hubiera estado allí de pequeña, con sus padres. Era una casita húmeda, oscura y fría, con los suelos de cemento resquebrajados y el techo de amianto. Un tabique de madera contrachapada separaba nuestra mitad de la parte ocupada por la inquilina, una anciana inglesa: la señora Patmore. Llevaba unos peinados altos y con mucho volumen que nos hacían preguntarnos si escondería algo dentro. Avispas, pensábamos mi hermano y yo. De noche tenía pesadillas, y la oíamos gritar y gemir. No estoy segura de que pagase un alquiler. No habría sabido a quién pagarlo. Nosotros, desde luego, no pagábamos alquiler. Éramos okupas, intrusos, no inquilinos. Vivíamos como fugitivos entre los enormes baúles de madera llenos hasta los topes de la lujosa ropa del difunto entomólogo imperial: corbatas de seda, camisas de vestir, trajes de tres piezas. Encontramos una lata de galletas vieja repleta de gemelos. (Evidentemente nuestro abuelo era un entusiasta aliado del gobierno colonial que se tomaba muy en serio la parte «imperial» de su puesto). Más adelante, cuando mi hermano y yo tuvimos edad suficiente para entender, nos contaron las leyendas familiares del abuelo: sobre su vanidad (tenía un retrato que le hicieron en un estudio de fotografía de Hollywood) y su violencia (pegaba a sus hijos con un látigo, los echaba de casa con frecuencia y le abrió la cabeza a mi abuela con un jarrón de bronce). Librarse de él, nos contó nuestra madre, fue el motivo que la llevó a casarse con el primer hombre que se lo pidió.
Muy poco después de llegar a Ooty, mi madre consiguió trabajo de maestra en Breeks, un colegio local. Por aquel entonces abundaban en la ciudad los colegios, algunos dirigidos por misioneros británicos que quisieron quedarse en la India después de la Independencia. Mi madre trabó amistad con un grupo de ellos que eran profesores en Lushington, un colegio solo para blancos, donde estudiaban los hijos de los misioneros británicos que trabajaban en la India. Se las ingenió para convencerlos de que le permitiesen asistir a sus clases en los ratos libres que le dejaba su trabajo. Asimiló ávidamente sus innovadores métodos de enseñanza para los niños de primaria (tarjetas para la lectura y la fonética; regletas de madera de colores para las matemáticas) a la vez que se indignaba por su racismo hacia los indios y la India, cargado de amabilidad y buenas intenciones. Mientras se iba a trabajar nos dejaba unas horas con una mujer huraña y a veces con vecinos amables.
A los pocos meses de comenzar esta vida fugitiva, mi abuela (la viuda del entomólogo) y su hijo mayor —G. Isaac, el hermano mayor de mi madre— vinieron de Kerala para desahuciarnos. Yo no los había visto hasta entonces. Le dijeron a mi madre que, según la Ley de Sucesión Cristiana de Travancore, las hijas no tenían ningún derecho sobre las propiedades de sus padres y por tanto debíamos abandonar la casa de inmediato. No pareció importarles que no tuviéramos adónde ir. Mi abuela no habló mucho, pero a mí me asustó. Tenía las córneas cónicas y llevaba unas gafas de sol negras. Recuerdo a mi madre, a mi hermano y a mí cogidos de la mano, muertos de miedo, corriendo por la ciudad en busca de un abogado. En mi memoria era de noche y las calles estaban a oscuras. Pero no podía ser. Porque encontramos a un abogado que nos dijo que la Ley de Travancore se aplicaba únicamente en el estado de Kerala, no en Tamil Nadu, y que hasta los okupas tenían derechos. Dijo que avisáramos a la policía si alguien intentaba desahuciarnos. Volvimos a casa temblando pero triunfantes. Aunque mi hermano y yo éramos demasiado pequeños para entender lo que decían los adultos, entendíamos de sobra las emociones en juego: intimidación, miedo, rabia, pánico, confianza, alivio, triunfo.
Nuestro tío G. Isaac no podía saber que ese intento de desahuciar a su hermana menor de la casa de campo de su padre allanaría el terreno para su propia caída. Pasaron años hasta que mi madre tuvo la posición y los medios necesarios para enfrentarse a la Ley de Sucesión Cristiana de Travancore y reclamar su parte proporcional de las propiedades de su padre en Kerala. Hasta entonces protegió y salvaguardó este recuerdo de su humillación como si se tratara de una valiosa herencia familiar, pues en cierto modo lo era.
Tras esta victoria legal nos pusimos cómodos en la casa, nos dimos un poco de espacio. Mi madre regaló los trajes y los gemelos del Entomólogo Imperial a los taxistas que tenían la parada cerca del mercado, y durante algún tiempo los taxistas de Ooty fueron los mejor vestidos del mundo.
Aunque nos la habíamos ganado a pulso, nuestra sensación de seguridad seguía siendo muy frágil y las cosas no nos iban bien. El clima húmedo y frío de Ooty agravó el asma de mi madre. Se pasaba días enteros postrada debajo de una gruesa colcha de color rosa metalizado, en una cama alta de hierro, jadeando, con enorme dificultad para respirar. Creíamos que iba a morir. No le gustaba que remoloneásemos a su alrededor sin quitarle ojo y nos mandaba a nuestra habitación. Así que mi hermano y yo nos íbamos a buscar otra cosa que mirar. Principalmente nos columpiábamos sobre la verja baja y desvencijada de la esquina del patio triangular, mientras veíamos a las parejas de recién casados en su luna de miel que pasaban por delante de nuestra casa cogidos de la mano para dar un paseo romántico por el famoso jardín botánico de Ooty. A veces se paraban a hablar con nosotros. Nos daban caramelos y cacahuetes. Un hombre nos dio un tirachinas. Pasamos muchos días perfeccionando la puntería. Trabábamos amistad con los desconocidos. Una vez uno de ellos me agarró de la mano y me llevó a casa. Le dijo a mi madre, muy severo, que su hija tenía la varicela. Me pidió que le enseñara a mi madre la ampolla que tenía en la tripa, la que le había enseñado a todo el que quisiera verla. Mi madre montó en cólera. Cuando él se marchó, me dio una bofetada y me ordenó que no volviera a levantarme el vestido ni a enseñar la tripa a los desconocidos. Sobre todo a los hombres.
Quizá fuera por el asma, o por la medicación, pero lo cierto es que acabó teniendo un carácter terrible y nos pegaba muy a menudo. Cuando lo hacía, mi hermano se escapaba y no volvía hasta que caía la noche. Era un niño muy callado. Nunca lloraba. Cuando estaba triste, apoyaba la cabeza en la mesa del comedor y fingía dormir. Cuando estaba contento, cosa no muy frecuente, se ponía a bailar a mi alrededor, lanzando puñetazos al aire, y decía que era Cassius Clay. No sé cómo sabía quién era Cassius Clay. Yo no lo sabía. A lo mejor se lo dijo nuestro padre.
Creo que esos años en Ooty fueron más duros para él que para mí porque él tenía recuerdos. Recordaba una vida mejor. Se acordaba de nuestro padre y de la casa grande en la que vivíamos en la plantación de té. Recordaba ser querido. Afortunadamente, yo no.
Mi hermano empezó a ir al colegio antes que yo. Fue unos meses a Lushington, el colegio para blancos. (Debió de ser un favor que le hicieron los misioneros a mi madre). Pero al ver que empezaba a llamar a los niños de la ciudad como nosotros «esos niños indios», mi madre lo sacó de allí y lo matriculó en Breeks, el colegio en el que trabajaba ella. Cuando cumplí los cinco años me llevó a una guardería (para niños indios) dirigida por una misionera australiana con una pinta aterradora, la señorita Mitten. Nuestra aula era un cobertizo construido en la esquina de un prado donde pastaban unas pocas vacas escuálidas con los huesos de la cadera muy prominentes.
Los días en que se encontraba peor del asma, mi madre hacía una lista de la compra, de verduras y otras provisiones, la ponía en una cesta y nos mandaba a la ciudad. Ooty era entonces una ciudad pequeña y segura, con muy poco tráfico. Los policías nos conocían. Los tenderos siempre eran amables y a veces nos fiaban. La más buena de todos era Kurussammal, una mujer que trabajaba en la tienda de lanas. Nos tejió dos jerséis con el cuello de pico. Verde botella para mi hermano. Cereza para mí.
Cuando mi madre estuvo varias semanas totalmente postrada, Kurussammal se mudó a nuestra casa. Nuestro estilo de vida marginal terminó entonces. Fue ella quien nos enseñó lo que era el amor. Lo que era la confianza. Lo que era un abrazo. Nos preparaba la comida y nos bañaba al aire libre, a pesar de que hacía un frío brutal, hirviendo agua en un caldero enorme con un fuego de leña. Hasta hoy, para bañarnos en condiciones, mi hermano y yo necesitamos que el agua esté casi hirviendo. Antes de bañarnos nos quitaba los piojos con un peine y nos enseñaba a matarlos. A mí me encantaba matarlos. Me gustaba el ruido que hacían cuando los aplastaba con la uña del pulgar. Aparte de tejer a la velocidad del rayo, Kurussammal era una cocinera espléndida. Su especialidad consistía en cocinar casi sin ingredientes. Hasta el arroz hervido con sal y un chile verde sabía mejor cuando nos los servía ella.
El nombre de Kurussammal significaba en tamil «madre de la cruz». Su marido, que venía de visita muy a menudo, se llamaba Yesuratnam («Jesús joya», «joya de joyas»). Tenía bocio y lo escondía con una bufanda de lana. Él, como nosotros, siempre olía a humo de leña.
A la larga, mi madre acabó estando demasiado enferma para conservar su empleo. Ni siquiera las dosis descomunales de cortisona que tomaba surtían efecto. Nos quedamos sin dinero. Mi hermano y yo estábamos desnutridos y contrajimos un principio de tuberculosis.
Al cabo de unos meses durísimos de lucha en todos los frentes, mi madre se dio por vencida. Decidió tragarse el orgullo y volver a Kerala, a Ayemenem, el pueblo de nuestra abuela. Para entonces la llama del enfrentamiento con su madre y su hermano se había apagado. Y aunque no fuera así, no tenía otra elección.
Me dio muchísima pena separarnos de Kurussammal. Pero volví a verla unos años más tarde, cuando se mudó a Kerala para vivir con nosotros.
Los cosmopolitas
Cuando el tren cruzó la frontera de Tamil Nadu y entró en Kerala, la tierra marrón se volvió verde. Todo, hasta los postes del tendido eléctrico, estaba plagado de plantas y lianas. Todo resplandecía. Casi toda la gente que veíamos deslizarse al otro lado de la ventanilla, tanto los hombres como las mujeres, vestían de blanco y llevaban sombrillas negras.
Mi corazón se ensanchó.
Y luego se encogió.
Llegamos a Ayemenem sin ser invitados y quedó claro que no éramos bienvenidos. La puerta de la casa en la que aparecimos con nuestra invisible escudilla de mendigos era la de la hermana mayor de mi abuela, la señorita Kurien. Por aquel entonces ya había cumplido los sesenta años. Tenía el pelo canoso, ondulado y fino, con un corte que por entonces se llamaba «estilo paje». Llevaba unos saris tan almidonados que parecían de papel, con blusas grandes y holgadas. La señorita Kurien era mucho más moderna que la mayoría de las mujeres de su tiempo. Estaba soltera, era licenciada en Literatura Inglesa y había sido profesora en una universidad de Sri Lanka (entonces Ceilán). Tenía casa propia. Tenía ahorros, una pensión, y la perspicacia y la tenacidad de una mujer trabajadora y soltera consciente de la necesidad de hacerse cargo de su vida. Es poco probable que hubiera previsto de cuántas personas tendría que hacerse cargo también.
Mi madre le aseguró que nos quedaríamos con ella solo hasta que pudiera encontrar trabajo. La señorita Kurien, que se preciaba de ser una buena cristiana, dejó que nos quedáramos, pero no hizo el más mínimo esfuerzo para esconder que no le gustábamos ni nosotros ni nuestra situación. Nos lo demostraba ignorándonos y volcando su delicado afecto en los niños de otros parientes que venían de visita. Les hacía regalos, tocaba el piano y les cantaba con voz temblorosa. Aun cuando dejaba muy claro que no sentía ninguna simpatía por nosotros (de ahí que nosotros no sintiéramos ninguna simpatía por ella), fue la persona que nos ayudó y nos ofreció un techo cuando más falta nos hacía.
Mi abuela también vivía con ella. Para entonces sus córneas cónicas se habían deteriorado y estaba casi ciega. Seguía llevando las gafas oscuras. Incluso de noche. Tenía una protuberancia visible en el cuero cabelludo: su famosa cicatriz del jarrón de bronce. A veces me dejaba acariciarla con los dedos. Y a veces me dejaba recogerle el pelo fino en una coleta antes de irse a la cama.
Por las tardes se sentaba en el porche y tocaba el violín.
Era una violinista excelente y había recibido clases de música mientras su marido, el Entomólogo Imperial, estuvo destinado en Viena. El día que el profesor le dijo al entomólogo que su mujer tenía dotes para ser concertista, este le prohibió seguir estudiando y, en un arrebato de celos, destrozó el primer violín que ella había tenido.
Yo era demasiado joven para apreciar lo bien que tocaba, pero cuando caía la oscuridad sobre Ayemenem y el canto de los grillos inundaba el aire, la música de mi abuela daba a las tardes y a las noches oscuras una melancolía aún más profunda que la que ya tenían de por sí.
Mi tío G. Isaac vivía en un anexo adosado a la casa principal. A mí, al principio, me daba pánico. Lo conocía únicamente como el hombre alto, gordo y enfadado que intentó echarnos de nuestra casa en Ooty. Pero en Ayemenem empecé a verlo con otros ojos. Me parecía más interesante y menos intimidante. Llegué a tomarle cariño cuando empezó a llevarnos al río y me enseñó a nadar, haciéndome chapotear en círculos alrededor de su panza.
G. Isaac fue uno de los primeros hombres de la India que obtuvieron la beca Rhodes. Su especialidad era la mitología griega y romana. En la mesa, sin que viniera a cuento, hacía comentarios como: «¿No es maravilloso tener un dios del vino y el éxtasis?». Todo el mundo lo miraba sin decir nada. Y nos hablaba de Dionisos, o del que fuera su Dios del Día.
Estuvo varios años dando clase en una universidad de Madrás antes de abandonar la carrera académica para volver a sus raíces y montar con su madre una fábrica de conservas, mermelada y curri en polvo. Se llamaba The Malabar Coast Products. La instalaron en la casa familiar del Entomólogo Imperial, en Kottayam, que se encontraba a unos minutos en autobús. (Esta casa fue el núcleo de la disputa cuando mi madre reclamó su herencia enfrentándose a la Ley de Sucesión Cristiana de Travancore). A pesar de su hondo interés por el patrimonio y la propiedad privada, G. Isaac era marxista. Aseguraba que había renunciado a su carrera y montado una fábrica para promocionar la pequeña industria y generar empleo local. Harta de sus patrañas, su mujer sueca, Cecilia, a la que había conocido en Oxford, lo dejó y volvió a Suecia con sus tres hijos pequeños.
Fue así, de estos modos tan variopintos y extraños, como esta constelación de personas singulares, excéntricas, cosmopolitas y derrotadas por la vida convergió en el diminuto pueblo de Ayemenem.
El clima húmedo y caluroso le sentaba mejor a mi madre. Su asma, aunque seguía siendo severa y crónica, mejoró un poco. Mientras intentaba decidir qué hacer con su vida, nos daba clases en casa. Todos los demás nos ignoraban, menos G. Isaac cuando estaba de buen humor.
Vivir en Ayemenem era como vivir en una cornisa de la que podías caerte en cualquier momento si alguien te daba un codazo. Hasta Kochu Maria, la cocinera, me decía que no teníamos derecho a vivir allí. Murmuraba y refunfuñaba, decía que era una vergüenza que unos niños sin padre vivieran con personas decentes bajo el mismo techo. Cada equis días los cosmopolitas discutían. Cuando se peleaban hacían temblar la casa entera. Rompían platos; echaban puertas abajo. Era difícil seguir la pauta de la relación entre G. Isaac y mi madre. A veces parecían tan amigos y de pronto, sin previo aviso, se volvían enemigos a muerte. La causa de la mayor parte de las peleas era, cosa nada extraña, el dinero. Porque mi madre no contribuía a los gastos domésticos, no se ganaba el sustento. G. Isaac se cuidaba de no incluirnos a mi hermano y a mí en las peleas.
En cuanto empezaban los gritos, yo me escapaba. El río era mi refugio. Compensaba todo lo malo que había en mi vida. Me pasaba las horas en sus orillas y llegué a tener una profunda intimidad con los peces, las lombrices, los pájaros y las plantas: a todos los llamaba por su nombre. Trabé amistad con otros niños (y algunos adultos) del pueblo. Enseguida pillé el malayalam y no tardé en poder comunicarme con ellos fácilmente. Vivían en un universo distinto del mío. La mayoría de los padres trabajaban en los arrozales y en las plantaciones de caucho de los alrededores, o en las grandes explotaciones de los terratenientes, recolectando cocos o en el servicio doméstico. Vivían en casas de barro y paja. Pasaba muchas horas en su compañía. Muchos pertenecían a castas consideradas «intocables». Yo entonces no sabía mucho de este horror, porque en la casa de Ayemenem todo el mundo estaba demasiado ocupado peleándose y nadie se molestaba en adoctrinarme.
Una de estas personas, un joven que vivía en Ayemenem pero trabajaba en The Malabar Coast Products en Kottayam, llegó a ser mi amigo más querido. Pasamos mucho tiempo juntos. Me hizo una caña de pescar con una vara de bambú y me indicó dónde encontrar las mejores lombrices para usarlas de cebo. Me enseñó a pescar, me enseñó a quedarme quieta y callada. Freía los pececillos que yo pescaba y nos los comíamos juntos, como si celebráramos un banquete. Él fue la inspiración para el personaje de Velutha, el novio de Ammu, en El dios de las pequeñas cosas. Si hubiera tenido yo dieciséis años en vez de seis, quién sabe, con un poco de suerte habría podido ser mi novio. Era el hombre más amable y guapo que había visto en la vida.
A los pocos meses de vivir en Ayemenem me convertí en parte del paisaje: en una niña salvaje, con los pies encallecidos, que conocía hasta el último atajo y camino secreto para ir del pueblo al río. Vivía al aire libre y pasaba en casa el menor tiempo posible. En la categoría no humana, mi mejor compañera era una ardilla de la palma de tres rayas que vivía en mi hombro y me hablaba al oído. Compartíamos secretos. No era mi mascota. Ella tenía su vida, pero decidía compartirla conmigo. Desaparecía a menudo, porque tenía cosas que hacer. Aparecía a las horas de comer, se encaramaba en mi plato y picoteaba mi comida. Le encantaban sobre todo las piñas. Estaba siempre en guardia, eternamente alerta a la más mínima posibilidad de peligro. Me enseñó muchas cosas.
Las estrategias de supervivencia de las ardillas eran muy valiosas para cualquiera que intentase vivir en Ayemenem al filo de la cornisa.
«Te quiero el doble»
Mi madre descargaba en mi hermano y en mí la rabia de sus peleas y la dosis de humillación diaria que se veía obligada a soportar. Éramos su único refugio. Su carácter, que ya era malo antes, se volvió irracional e incontrolable. Me resultaba imposible predecir o calcular qué podía enfadarle y qué gustarle. Tenía que abrirme camino sin mapa a través de ese campo de minas. A veces la explosión me volaba los pies y los dedos, incluso la cabeza, pero después de flotar un rato por ahí sueltos volvían a su sitio por arte de magia.
Cuando se enfadaba conmigo, imitaba mi forma de hablar. Era una buena imitadora y conseguía dejarme en ridículo. Recuerdo claramente los detalles de todas estas ocasiones. Hasta la ropa que llevaba yo puesta. Me sentía como si ella me recortara: como si recortara mi silueta del dibujo de un libro con unas tijeras afiladas para romperme a continuación.
La primera vez que me imitó estábamos volviendo a casa desde Madrás, donde habíamos pasado dos semanas. Su hermana mayor, la señora Joseph, le preguntó si podía quedarse al cuidado de sus tres hijos mientras su marido y ella se iban de vacaciones. (La misma señora Joseph a cuya casa le pedí que me llevara al conductor del autorickshaw de Delhi años más tarde). Mi madre dijo que sí. Debió de pensar que mientras estuviera allí se ganaría el sustento, nominalmente al menos.
A diferencia de los cosmopolitas pendencieros de Ayemenem, la señora Joseph tenía un buen marido, piloto de Indian Airlines, unos buenos hijos y una buena casa con criados. Era muy consciente de haber triunfado en este aspecto, mientras que sus hermanos habían fracasado. Era una mujer guapa, con una voz alta y engreída, a juego con sus saris almidonados y bien planchados y su peinado impecable. Tenía una sonrisa petulante y dura, y siempre daba la sensación de estar haciéndole una confidencia a la persona con la que hablaba. No había ningún parecido, ni físico ni de carácter, entre mi madre y ella.
Cuando la señora Joseph volvió de sus vacaciones, las hermanas tuvieron una bronca monumental por algo. Al día siguiente regresamos a Kerala en avión. El marido piloto de mi tía tenía un cupo de billetes gratis.
Era la primera vez que viajábamos en avión. Una vez sentados, intenté tener una conversación razonable, una conversación adulta, como corresponde a los pasajeros de un avión, y le pregunté a mi madre cómo era posible que, si de verdad era su hermana, la señora Joseph estuviera tan delgada. Me miró llena de rabia y se puso a imitarme. Sentí que encogía por debajo de la piel y me vaciaba, como un remolino de agua por un sumidero, hasta desaparecer. Luego dijo: «Cuando tengas mi edad, estarás tres veces más gorda que yo». Comprendí que había dicho algo terrible, aunque no estaba segura de qué podía ser. (Era demasiado pequeña para entender que «gordo» y «delgado» implicaban juicios de valor). Tardé unos años en darme cuenta, al revivir mentalmente la escena como hago a menudo y ser capaz de analizarla con claridad sin detenerme en mis sentimientos, de lo hiriente que debieron de resultarle mis palabras.
Los corticoides la hicieron engordar de repente. Tenía la típica cara de luna de la cortisona. Los delicados rasgos que antes llamaban la atención por su belleza habían desaparecido detrás de la papada y las mejillas hinchadas. Debió de sentirse muy sola y desesperada después de esta visita al hogar perfecto de su esbelta hermana. Aún tenía por delante una carrera de éxito, pero de momento no había señal alguna de esto. (Con el tiempo aprendió a aceptar su tamaño y su forma, y enseñó a sus alumnas a hacer lo mismo. Con más de cincuenta años diseñó un traje de baño para una exposición de moda en el colegio y enseñó a las niñas a contonearse). Aquella pregunta mía sobre su hermana delgada debió de sentarle como un puñado de sal en una herida abierta. Palabras inconscientes de una niña inconsciente. Por eso se volvió hacia mí y se puso a imitar mi manera de hablar a los seis años. Y yo me replegué. Recuerdo el ambiente dentro del avión: no había aire. Recuerdo el color de mi vestido. Azul cielo con lunares. Una prenda perfecta de segunda mano, heredada de mi prima perfecta, con el pelo liso y ojazos de corza. Vi que el vestido desentonaba con mis rodillas, llenas de cicatrices y arañazos, un registro exhaustivo de mi vida imperfecta y salvaje, sin padre y sin rumbo, en las orillas del río Meenachil, en Ayemenem. Escenifiqué una competición imaginaria con mi prima perfecta y la gané con las manos atadas. Ella tenía un padre piloto. Y un pelo precioso. Pero yo tenía un río verde. (Con peces en el agua, con el cielo y los árboles en el agua, y de noche la luna amarilla y rota). Y una ardilla. Me miré los pies y vi que no pegaban nada con las sandalias que llevaba puestas.
Era un avión horrible lleno de gente horrible en un cielo horrible. Quise que se estrellara para que muriésemos todos. Odiaba más que a nadie a los niños mimados con padres cariñosos. Era totalmente partidaria del castigo colectivo. Pero al cabo de un rato ella dijo: «Yo soy tu madre y tu padre y por eso te quiero el doble».
Y entonces el avión estaba bien. El cielo estaba bien. Pero mis pies seguían siendo extraños para las sandalias que llevaba. Y aún quedaban algunos asuntos por aclarar:
Si yo iba a ser tres veces más gorda que ella, necesitaría tres asientos. O sea, tres billetes gratis.
Doble. Triple. Una clase de matemáticas. Una suma que resolver.
¿Cuánto es el doble de amor dividido por el triple de gorda multiplicado por billetes gratis dividido por palabras inconscientes? Un polilla peluda y fría en un corazón asustado. Esa polilla me acompañaba a todas horas.
Aprendí muy pronto que el lugar más seguro puede ser el más peligroso. Y que, cuando no lo es, yo hago que lo sea.
Muchos años después, ya en la treintena, convertida en una mujer adulta con una novela publicada, fui a visitar a una amiga que acababa de casarse. La feliz pareja se pasaba el día entero arrullándose, se hablaban como si fueran bebés, estaban juntos a todas horas. Al tercer día casi salgo corriendo de su casa y me lanzo al tráfico. No sabía qué me molestaba tanto. Por fin ahora, mientras escribo estas líneas, creo que lo entiendo. Ellos no hacían nada malo: era yo. Mi vieja amiga la polilla fría había venido a hacerme una visita sin anunciarse.
(De todos modos, sería bueno para la gente como yo que los adultos que hablan como bebés llevaran una etiqueta de advertencia legal).
La escuela plegable y portátil
Tras este triste viaje a casa de la señora Joseph en Madrás, volvimos a nuestra vida precaria en la cornisa de Ayemenem.
Pero entonces llegó la Redención.
Se presentó con la severa apariencia de una señora británica de labios finos y mediana edad que llevaba zapatos y vestidos de flores. La señora Mathews era una de las misioneras que habían trabado amistad con mi madre en Ooty. Habían seguido en contacto y urdido un plan.
Juntas, en 1967, crearon una escuela en Kottayam. Yo tenía siete años; mi hermano, ocho y medio.
Alquilaron en el Rotary Club de Kottayam dos salas pequeñas que los miembros del club solo usaban por las tardes. El colegio empezó con siete alumnos, incluidos mi hermano y yo. Parece muy sencillo, pero mi madre no habría podido hacerlo sola. Fue la señora Mathews —la misionera cristiana blanca y virginal— quien se ganó la confianza del puñado de padres que matricularon a sus hijos los primeros en el nuevo colegio. Sin ella, dudo mucho que nadie en la ciudad hubiera confiado la educación de sus hijos a una india tan díscola, que se había casado con un extranjero y luego se había divorciado de él.
Ahora que lo pienso, es probable que fuera G. Isaac quien convenciese al Rotary Club para que le alquilaran las instalaciones a su hermana. Porque él era socio. Este es un ej
