Vuelan los cisnes salvajes

Jung Chang

Fragmento

cap-1

Algunas fechas clave

Dinastía manchú (el Gran Qing)

1644-1911

Proclamación de la República de China

1912

El Kuomintang liderado por Chiang Kai-shek gobierna China

1928-1949

Guerra contra la invasión japonesa

1937-1945

Guerra civil entre el Kuomintang y los comunistas

1945-1949

Mao funda la China comunista

1949

La Gran Hambruna

1958-1961

La Revolución Cultural

1966-1976

Mao muere

1976

Empiezan las reformas de Deng Xiaoping

1978

Xi Jinping asume el poder

2012

Xi se convierte en líder supremo vitalicio

2018

Imagen de un mapa de china

Silueta en negro de la ilustración de tres cisnes volando

Prólogo

Este libro trata de mi madre y de mí, e inevitablemente también de mi abuela y de mi padre. Nuestras historias son dramáticas, en parte porque han tenido lugar en la China de los últimos ciento veinte años, durante los cuales distintos cambios turbulentos han transformado el país varias veces. Pero, además, tanto mis padres como mi abuela fueron personas extraordinarias que nadaron a contracorriente, de modo que las olas a las que se enfrentaron fueron aún mayores. Como nací en esa familia, la vida a la que me vi arrojada ha sido intensa.

Hace muchos años conté nuestras historias en Cisnes salvajes. Tres hijas de China. El libro empieza con el nacimiento de mi abuela —y el vendaje de sus pies cuando era niña— en 1909, momento en el que gobernaba el último emperador de China, pasa por el mandato de Mao Zedong (1949-1976), sobre todo la última década, la espantosa Revolución Cultural, en la que mis padres fueron sometidos a experiencias muy dolorosas, y termina en 1978, cuando Deng Xiaoping pone oficialmente fin a la era de Mao e inicia las «reformas». Y yo, en esa propicia coyuntura, me convierto en una de las primeras personas chinas que salen de la China comunista para vivir en Occidente.

El año 1978 supuso un punto de inflexión. Desde entonces, ha pasado ya casi otro medio siglo y China ha dejado de ser un país decrépito y aislado para convertirse en una potencia mundial, que desafía la hegemonía de Estados Unidos. En esas décadas, aunque he vivido en Londres, mi vida se ha entrelazado con mi tierra natal. Mi madre vive allí y hasta hace poco, cuando el clima político lo ha imposibilitado, la visitaba casi todos los años. Viajé por todo el país para llevar a cabo la investigación de varios de mis libros, entre ellos Cisnes salvajes, una biografía de Mao (escrita junto con mi esposo, Jon Halliday) y otro sobre la emperatriz viuda Cixí (1835-1908), la última gran monarca imperial, que llevó una China medieval a la edad moderna. Realicé la mayoría de esas investigaciones a pesar de que mis libros estaban (y están) prohibidos. En esos años, en mi trato con el régimen, tuve numerosas y reveladoras experiencias.

China se encuentra ahora en otro punto de inflexión: el presidente Xi Jinping venera a Mao y su objetivo es crear un Estado maoísta con rasgos capitalistas. Esta nueva era de Xi está teniendo una influencia notable en mi vida y la de mi madre. Siento que ha llegado el momento de escribir la continuación de Cisnes salvajes, para retomar el relato donde lo dejé y poner al día la historia de mi familia, y la de China.

Mi padre y mi abuela murieron trágicamente durante la Revolución Cultural, algo sobre lo que escribí en Cisnes salvajes. Sigo pensando en ellos y por eso los recuerdo a menudo en este libro. De hecho, en mi vida posterior el pasado siempre ha estado muy presente. No solo ha tenido una enorme influencia en mí, sino que también ha determinado la China actual. Y más aún, parece presagiar el futuro.

El título de este libro, Vuelan los cisnes salvajes, es un homenaje a mi madre, a quien no puedo acompañar en su lecho de muerte. Ella me ha dado alas para alcanzar el cielo y ser libre. Gracias a ella hoy puedo vivir y escribir con libertad.

1
Infancia en la China de Mao
(1952-1966)

«Eres un buen comunista, pero un pésimo marido», dijo mi madre con lágrimas en los ojos, mientras se acariciaba con las manos el vientre redondeado que sobresalía de una camisa de áspero algodón producido en su región. Bajo sus manos, dentro de su vientre, yo pataleaba y me estiraba, lista para salir. Era marzo de 1952 y habían pasado más de dos años desde que, a finales de 1949, el Partido Comunista arrebatara China al Kuomintang (el partido nacionalista). Mis padres eran comunistas, mi madre era bastante nueva en el Partido y mi padre, un veterano. De hecho, era el gobernador de la región donde vivían, Yibin, una prefectura de la provincia de Sichuan, ubicada en el suroeste de China, que abarca más de trece mil kilómetros cuadrados.

Mi padre nació en 1921 en la capital de la región, que también se llama Yibin, una ciudad con dos mil años de historia construida sobre colinas y enclavada entre montañas verdes y brumosas en las que se cultiva té. A sus pies, dos ríos, el Min Jiang, de aguas cristalinas, y el Jinsha, cargado de arena, se unen para formar el río más largo de China, el Yangtsé.

Puede que nacer en una colina, junto al gran río y en una ciudad antigua suene romántico, pero fue el origen de los amargos sentimientos de mi madre hacia mi padre. Los médicos habían dicho que mi nacimiento sería muy complicado, que existía una alta probabilidad de que se produjera una hemorragia y que yo podía morir durante el parto y arrastrar conmigo al otro mundo a mi madre. Aconsejaron su traslado al hospital de una ciudad más grande, en el que hubiera instalaciones adecuadas y obstetras especializados. Aun así, mi padre se negó a seguir esa recomendación.

El traslado de Yibin a una ciudad más grande no era algo rutinario ni sencillo, pero tampoco imposible. Como era gobernador, si mi padre lo pedía, llevarían a mi madre al mejor hospital de la región. Pero se negó a dar la orden. Dijo que no podía autorizar un trato especial para su esposa, porque los comunistas habían prometido acabar con el nepotismo.

Mi padre se había unido a la resistencia comunista de Yibin en 1938, cuando tenía diecisiete años y trabajaba como ayudante en una librería. Había pasado hambre y sufrido injusticias, y los libros de izquierdas que leía le convencieron fácilmente de que los comunistas serían mejores que el Kuomintang. En concreto, mi padre se comprometió, y muy en serio, a eliminar la corrupción, que según él era la raíz de todos los males de la vieja China. Así, tras convertirse en gobernador se empeñó en negar «favores» a su propia familia: su madre, sus hermanas y hermanos y otros parientes. Uno de sus primos, Tío Mayor, pidió una recomendación para un trabajo en la taquilla de un cine local. Mi padre le dijo que siguiera los cauces oficiales. En otra ocasión, propusieron ascender a director a uno de sus hermanos mayores, que trabajaba para un corredor de té (Yibin es una de las principales zonas productoras de té de China). La aprobación del ascenso recayó en mi padre, que lo vetó, argumentando que su hermano no era lo bastante capaz y que no lo habrían propuesto si no fuera hermano del gobernador. Toda la familia de mi padre se indignó; mi madre explotó: «¡No tienes que ayudarle, pero tampoco tienes que perjudicarle!». Su hermano no volvió a hablarle.

Mi madre estaba desolada por la negativa de mi padre a trasladarla a un hospital debidamente equipado. Al principio pensó que a él le daba igual si ella o el bebé vivían o morían. Con el tiempo, se convenció de que mi padre no había tenido elección. Si hubiera ordenado su traslado, en Yibin la gente habría dicho que los comunistas no eran diferentes de los antiguos gobiernos y que solo estaban en el poder para beneficiar a sus familias. Pero su estado de ánimo solo se transformó en alegría cuando, rodeada de médicos nerviosos, yo salí milagrosamente de su cuerpo, una bebé sana que pesaba más de tres kilos, y ella no sufrió daños.

Mi madre también creía en el Partido. Tenía diez años menos que mi padre y antes de cumplir los dieciséis ya era miembro de la resistencia comunista. Su ciudad, Jinzhou, se encontraba en Manchuria, en el noreste de China, a más de dos mil cuatrocientos kilómetros de Yibin. Había estado bajo ocupación japonesa hasta 1945, cuando Japón se rindió al final de la Segunda Guerra Mundial. Luego el Gobierno del Kuomintang de Chiang Kai-shek asumió el poder, pero mi madre enseguida se decepcionó, cuando sus agentes de inteligencia mataron a algunos de sus amigos de la escuela. A uno de ellos, por introducir en la ciudad un panfleto escrito por Mao. Después de que su entonces novio fuera detenido y torturado, decidió buscar a la resistencia comunista. Una de las cosas que hizo para los comunistas fue sacar ilegalmente de Jinzhou información militar para el ejército de Mao, que estaba apostado a las afueras de la ciudad. En aquella época, Mao luchaba con Chiang Kai-shek por el control de China.

Mi padre pertenecía al ejército que sitiaba Jinzhou y había oído hablar mucho de mi madre, «esa extraordinaria chica de diecisiete años». Se la imaginaba como una especie de dragón que escupía fuego, así que quedó gratamente sorprendido cuando por fin se conocieron después de que los comunistas tomaran Jinzhou en 1948 y mi madre se le presentara. Frente a él, con un sencillo vestido azul apagado, se hallaba una joven alta, esbelta y elegante, guapa y de voz suave. En su mundo, los modales groseros y los gritos eran sinónimo de ser «revolucionario», así que mi madre parecía un soplo de aire fresco. Mi padre se dio cuenta de que, si bien se mostraba amable, nunca era dócil; daba órdenes con firmeza aunque no levantara la voz y hablaba de una manera clara y precisa, sin divagar. Se quedó prendado. A mi madre también le gustaba él. No tenía porte de soldado, era delgado y más bajo que ella, y el uniforme verde del ejército le quedaba holgado. Pero ella se sintió atraída de inmediato por sus ojos inusualmente grandes y soñadores, y pensó que parecía un poeta. Se enamoraron, se casaron y marcharon hacia el sur con el ejército comunista, desde Manchuria hasta Yibin, donde, mientras mi padre era gobernador, mi madre se convirtió en la jefa de la Liga Juvenil de la ciudad.

Mi madre era popular entre los jóvenes con los que trabajaba. Y la numerosa familia de mi padre la adoraba. El día que le presentaron a su suegra, la tradición exigía que mi madre se postrara ante ella. Mi padre dijo que arrodillarse era una costumbre degradante que los comunistas habían prometido abolir y que él no se humillaría ante nadie. Mi madre le dijo que lo haría, que así los comunistas parecerían más humanos. Quería complacer a su suegra, y además tenía talento para la interpretación. Se arrodilló y apoyó tres veces la cabeza en el suelo, tras lo cual todo el mundo se echó a reír. Mi madre se puso a hacer reverencias sin parar y siguió a la tía Junying, la hermana soltera de mi padre, hasta el hermoso y grande jardín trasero de la familia para hacer reverencias a los árboles y los arbustos. Las mujeres de la familia de mi padre eran budistas devotas y creían que todas las plantas tenían alma y agradecían los gestos de amistad. Aunque no había sido educada en el budismo, mi madre estaba encantada con este ritual. Había crecido en la farmacia de su padrastro, el doctor Xia, un reconocido practicante de la medicina china, que se basaba sobre todo en las plantas. Mi madre conocía todo tipo de plantas y creía en sus poderes curativos. Para ella eran como tesoros familiares. En ese primer encuentro, al hablar de ellas con afecto y conocimiento con la familia de mi padre, que amaba la naturaleza, mi madre se ganó sus corazones.

Así que cuando nací, todos los adultos de la familia quisieron que fuera como mi madre y me pusieron de nombre Er-hong —«Segundo Cisne Salvaje»—, porque el nombre de mi madre, Xia De-hong, contiene hong, el carácter de «cisne salvaje». Este carácter evoca la imagen de un ave grande, fuerte y hermosa que vuela largas distancias por el cielo sobre grandes montañas y ríos. A mi padre le encantaba esa imagen asociada al carácter, y en las cartas que le escribía se dirigía a mi madre como «Mi querido Cisne Salvaje».

Mi madre sabía que mi padre la quería. Un año después de que yo naciera, cuando estaba de nuevo en el hospital dando a luz a mi hermano Jinming, su jefa y amiga, una tal señora Ting (Zhang Xiting), una mujer de figura esbelta y conversación ingeniosa y coqueta, trató de seducir a mi padre, que la rechazó de manera tajante. Él sabía que la señora Ting era tenaz y podía volver a intentarlo, pero su mayor preocupación era que se trataba de una persona vengativa que, con la ayuda de su esposo, que era el jefe de personal de Yibin, podía llegar a extremos increíbles para perseguir a quienes la hacían enfadarse. Aterrado ante la posibilidad de que ella perjudicara a mi madre, que trabajaba a sus órdenes, mi padre cogió el primer tren disponible a Chengdu, la capital de Sichuan, y, tras un día de viaje hacia el norte, fue a ver directamente al gobernador de la provincia y pidió que le diera otro trabajo. No mencionó a la señora Ting, pero citó las dificultades de trabajar en su ciudad natal, en la que vivían demasiados parientes. Luego esperó en Chengdu y envió telegramas a mi madre instándola a marcharse cuanto antes. Esa es la razón por la que en junio de 1953, con un año, me mudé a Chengdu, cuando mi hermano Jinming tenía un mes y mi madre había terminado el tradicional periodo de convalecencia posnatal obligatorio. Nos llevó a mí y a mi hermana mayor, Xiaohong, con ella, y dejó a Jinming con la familia de mi padre, porque se consideró que era demasiado pequeño para viajar.

Durante los siguientes veinticinco años, Chengdu, la capital de varios reinos antiguos, se convirtió en mi hogar. La ciudad está situada en una llanura fértil que, gracias a un gran sistema de riego construido hacia el 256 a. C., es conocida en toda China como la Tierra de la Abundancia (Tian-fu-zhi-guo). Era culturalmente rica y durante siglos había sido un centro importante para varias creencias religiosas: el taoísmo, el budismo y el confucianismo. En los numerosos patios que bordeaban sus callejuelas crecían hibiscos con grandes flores rosas gracias al clima templado, que convirtieron Chengdu en la «Ciudad del Hibisco». En su centro se alzaba el antiguo palacio, que tenía la forma de la Ciudad Prohibida de Pekín y una magnífica torre similar a la Puerta de Tiananmén. A menudo se la llamaba la Pequeña Pekín. Marco Polo pasó por allí en el siglo XIII y escribió sobre su prosperidad y su producción de seda. Chengdu es conocida como la Ciudad de la Seda y el río que la cruza es el río de la Seda, el Jinjiang, en cuyos numerosos y serpenteantes afluentes la gente solía lavar los instrumentos para hilar. Fabricar seda era una forma de vida, de la que yo también participé siendo una niña. En uno de mis primeros recuerdos, yo recogía brazadas de hojas de morera, sentía su suave envés y varias veces al día alimentaba con ellas a gusanos de seda colocados en grandes cestas planas. Veía cómo las pequeñas orugas comían hambrientas, engordaban rápidamente. En poco tiempo, de cada una de sus regordetas boquitas empezaba a salir un hilo apenas visible que giraba alrededor de la propia oruga, hasta que en nada se formaba un capullo. Del interior del capullo se extraía una larga y fina hebra de seda que se enrollaba en una hiladora manual. Me acuerdo de que intenté sacar un hilo con mis torpes dedos y solo conseguí romperlo.

Chengdu también era famosa por su cocina. Había numerosos restaurantes y muchos ofrecían especialidades propias y tenían nombres extravagantes. De niña me fascinaban esos nombres, pero rara vez iba a alguno de ellos. A los funcionarios comunistas se les desaconsejaba encarecidamente que fueran a restaurantes, porque el Partido los identificaba con un estilo de vida hedonista. Eso suponía un sacrificio para mi madre, a quien le encantaba la comida y tenía ganas de probar platos que ella, que era de Manchuria, nunca había comido.

Mi padre fue nombrado subdirector de un importante departamento del Comité Provincial del Partido en Sichuan, el Departamento de Asuntos Públicos, que gestionaba la educación, la sanidad, el deporte, las publicaciones y las instituciones artísticas de la provincia (Sichuan tenía el tamaño de Francia y una población de sesenta millones de habitantes). Mi madre se convirtió en directora del Departamento de Asuntos Públicos del distrito oriental de Chengdu, que se ocupaba de cuestiones similares, pero a nivel local. Nos mudamos a «el complejo», un gran recinto que abarcaba varias calles y el que había sido el club del ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los funcionarios de alto rango trabajaban y vivían allí con sus familias. Había guardias en la entrada, jardineros que mantenían los espacios verdes, excelentes cocineros y una flota de coches con conductor.

Mi madre no tenía derecho a un coche y todos los días iba al trabajo en bicicleta. Con la salvedad de los domingos, mi padre y ella rara vez estaban en casa antes de que los niños nos fuéramos a la cama. En realidad, quien nos crio fue mi abuela materna, Yang Yufang, que había venido de Manchuria para vivir con nosotros. Entonces tenía unos cuarenta años y su aspecto era muy diferente al de mi madre. Mientras que mi madre llevaba esa especie de uniforme comunista propio de las funcionarias de la época, la llamada «chaqueta Lenin», de doble botonadura y ajustada en la cintura —un estilo extranjero—, mi abuela siempre vestía un cuerpo tradicional de algodón con botones de nudo a un lado, todo hecho por ella. También se hacía los zapatos de algodón para sus «pies vendados», que parecían muy pequeños, estrechos y puntiagudos, y con los que cojeaba en lugar de caminar como mi madre. De vez en cuando fruncía el ceño mientras intentaba guardar el equilibrio al andar, pero sus ojos, muy brillantes, siempre parecían sonreír.

Mi abuela hizo que nuestra vida familiar fuera tranquila y afectuosa. Prohibió a mis padres que nos regañaran durante las comidas («Nada de críticas cuando están comiendo. No podrán digerir bien el alimento») y se aseguraba de que, si discutían, no fuera delante de nosotros. Solo recuerdo una pelea entre mis padres, una noche, cuando yo tenía unos nueve años. No sabía cuál era el motivo. Oí a mi padre gritar y a mi madre desafiarle con vehemencia, con su habitual tono de voz suave pero llorando, lo que no era habitual en ella. Me asusté tanto que cerré la mosquitera de la cama para intentar esconderme. Sin embargo, la mosquitera era demasiado endeble y estallé, pero no me puse a llorar, sino que me entró una extraña e intensa risita nerviosa. «¡Er-hong se está riendo!», gritó mi padre, estupefacto, al pasar por delante de mi cama, y creo que eso puso fin a la discusión, ya que mi madre corrió hacia mí y me abrazó. Durante mi niñez lo único que recibí de mis padres fue amor, nunca me dirigieron una mala palabra. Incluso sus escasos reproches los expresaban con cuidado y delicadeza, como si yo fuera una adulta cuyos sentimientos no debían herir.

Empecé el colegio a los seis años, en 1958. Caminaba veinte minutos de ida y veinte de vuelta para ir a comer, siempre con amigos, y lo mismo por la tarde. El camino discurría sobre todo por callejuelas, en cuyas estrechas aceras se extendían hojas de coles y otras verduras para que se secasen y hacer con ellas conservas de vegetales (que me encantaban). El tramo que más me gustaba bordeaba el Canal Imperial, un foso de dos mil metros que rodeaba el antiguo palacio. Aunque cuando empecé el colegio la mayor parte del palacio había desaparecido, todavía quedaban algunas ruinas y el foso estaba intacto. Su agua verde, fresca y clara fluía junto a los sauces y los alcanforeros de las orillas.

La fe de mis padres en su Partido se hizo añicos durante la Gran Hambruna, que tuvo lugar entre 1958 y 1961, periodo en el que unos cuarenta millones de personas murieron de hambre. Aunque desconocían la magnitud de la hambruna y la causa de la catástrofe, sabían lo suficiente para darse cuenta de que no se trataba de un desastre natural y que era responsabilidad de su Partido. A diferencia de otras ocasiones del pasado, en las que habían encontrado razones para justificar al Partido, esta vez el Partido era inexcusable. Recuerdo que en una ocasión mi padre me dij

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