El método Luis Enrique (edición actualizada)

Lluís Lainz Bech
Lluís Lainz Bech

Fragmento

Prólogo de Martí Perarnau

Prólogo

Para comprender al Luis Enrique triunfal del PSG es imprescindible conocer al Luis Enrique triunfal del Barça.

En 2015, poco antes de que Luis Enrique llevase al Barça a un nuevo triplete histórico, Lluís Lainz publicó El método Luis Enrique, un retrato del entrenador que todavía no tenía cara de entrenador. Ya poseía experiencia en los banquillos, pero su rostro aún era el del jugador recién retirado o el del triatleta salido de la ducha. El entrenador todavía no había crecido en su interior con esa energía que pocos años después envejecerá sus facciones y teñirá de blanco su pelo.

Hace una década, Luis Enrique era un entrenador en construcción. Había dirigido con éxito al Barça B, con sufrimiento a la Roma y con placer al Celta, antes de regresar al Camp Nou para liderar un comando de ataque, con Messi, Neymar y Luis Suárez como tripleta ofensiva.

En este punto es donde Lluís Lainz arranca su retrato, que desmenuza la filosofía que el técnico iba diseñando junto a un staff que, diez años después, se mantiene a su lado. Lainz nos regala en estas páginas un relato preciso sobre el hombre que hay detrás del entrenador. No existe un Luis Enrique unívoco, de una sola pieza, perfecto y hercúleo. Lo que hay es un hombre con muchas aristas, con una sensibilidad aguda, que duerme mal en los días negros y aparece radiante en los días de gloria, al fin y al cabo, uno más entre nosotros.

Por debajo del método, del entrenamiento, del estilo de juego y del afán de victoria, el libro nos presenta a una persona perfectible y a un entrenador en construcción. Lainz relata de modo intenso la evolución que observa en el Barça que dirige Luis Enrique y su buen olfato le conduce a pronosticar un éxito superlativo a final de temporada, lo que acabó siendo cierto, pues el equipo se coronó con un triplete de leyenda. Nadie olvidará jamás cómo Luis Enrique y su hija Xana clavaron una bandera del club en el centro del estadio olímpico de Berlín, símbolo de la mayúscula conquista.

El fútbol y especialmente la vida curtieron hasta el límite a aquel joven técnico que a partir de su 2015 glorioso comenzó a tener cara de entrenador. 

En especial la vida, que le arrebató a Xana con una crueldad ciclópea.

Dinámico, intenso, sensible, bondadoso, duro, escéptico. Podemos añadir muchos más adjetivos que nos acerquen a este tipo que se hace querer, mucho más que admirar. El Luis Enrique del PSG es hoy una estrella mundial, pero sigue siendo el mismo hombre que Lluís Lainz descubre en el libro, solo que con otro triplete histórico en su palmarés. El método se mantiene impertérrito: esfuerzo, tenacidad, compromiso, solidaridad…, conceptos que en el mundo actual parecen haber perdido una parte de su sentido, pero que en Luis Enrique adquieren cuerpo y volumen propios. 

Su rostro ya es el del entrenador. Su corazón continúa siendo el de un león.

Martí Perarnau

Introducción

La ocasión hay que crearla,

no esperar a que llegue.

Sir Francis Bacon[1]

No soy capaz de recordar con exactitud cuándo fue. Solo sé que habían transcurrido unos días, pocos, del mes de julio de 2014. Tampo­co sé dónde estaba ni qué hacía en aquel preciso momento. A media mañana, me sonó el móvil. Era Carlos Ramos, el director de Córner. Mi primer pensamiento fue que quería preguntarme por el libro que estaba escribiendo para la editorial. Tras los saludos de rigor, se interesó por el estado en que se encontraba nuestro tercer proyecto en común. Pensé que la intuición, ese sexto sentido que se atribuye a las mujeres, pero que, en realidad, no tiene sexo, me había funcionado correctamente. Pero me equivoqué.

Carlos es un tipo poco común. Es un mexicano que, en los años 90, decidió hacerse del Real Madrid por culpa de un compatriota suyo que se llama Hugo Sánchez. Es un tipo repleto de virtudes personales y profesionales. También tiene defectos. Como todos. Faltaría más. En cualquier caso, el hecho es que tiene un extraordinario olfato y una cabeza, tirando a grande, por la que circulan las ideas a una velocidad de vértigo. Eso sí, olfato y cabeza no empiezan a funcionarle a pleno rendimiento hasta que se toma el tercer café de la mañana.

Estoy seguro de que aquella mañana ya había ingerido su dosis vital de cafeína y había ojeado los periódicos en una de las terrazas de la avenida Marquès de l’Argentera, a cincuenta metros escasos de su despacho y frente al majestuoso edificio de la Estación de Francia. Sea como fuere, lo cierto es que me llamó para tantear la posibilidad de aparcar el proyecto que teníamos entre manos y, en función de la reacción que yo tuviera, proponerme otra de sus apuestas literarias. Y lo hizo de tal manera que, cuando quise darme cuenta, yo ya estaba dispuesto a cambiar de tercio y dejar nuestro anterior proyecto para más adelante.

Le pedí solo un par de días para desmenuzar la idea, construir un guion mínimamente coherente, calibrar las posibilidades reales de elaborar un producto riguroso y, sobre todo, tener la certeza de que podría cumplir con el plazo de entrega que me había planteado. Carlos estaba muy seguro de que era posible, pero yo no las tenía todas conmigo. Me atraía mucho la propuesta y estaba convencido de que podría contar con la colaboración de entrenadores, jugadores, periodistas y, sobre todo, amigos que me ayudarían a hacerlo posible, bien aportando datos importantes, bien haciendo declaraciones atractivas con las que enriquecer el libro. Pero siempre me ha obsesionado la idea de llegar puntual a las citas, y quería estar seguro de que la editorial tampoco llegaría tarde a la suya.

Apenas cuarenta y ocho horas después, le llamé para decirle que aceptaba el reto. No le sorprendió lo más mínimo. Y eso solo podía ser por dos razones. O bien tiene una desmesurada confianza en mis capacidades, o bien tiene ese mismo punto de inconsciencia que tan a menudo me caracteriza. Personalmente, me inclino por la segunda. En fin, que la conversación telefónica de primeros de julio y la posterior tormenta de ideas que se desencadenó dentro de mi cabeza durante los días siguientes, con sus correspondientes noches medio en vela, acabaron por dar origen a El método Luis Enrique.

Reconozco que el título no es demasiado original. Pero después de barajar diferentes opciones, incluidas algunas más comerciales, coincidimos en que otros nombres como «filosofía» («conjunto de reflexiones sobre la esencia de las cosas»), «proyecto» («idea de una cosa que se piensa hacer y para la cual se establece un modo determinado y un conjunto de medios necesarios»), «modelo» («cosa que sirve como pauta para ser imitada, reproducida o copiada»), «estilo» («conjunto de rasgos peculiares que caracterizan una cosa, una persona, un grupo o un modo de actuación») o «efecto» («cosas producidas por una causa») no se ajustaban del todo a la idea que pretendíamos desarrollar.

Más allá de los matices que se establecen entre unos y otros, los términos «filosofía, modelo y estilo» ya formaban parte de un vocabulario utilizado a lo largo de los últimos cuarenta años de la historia del FC Barcelona y, por tanto, estaban incorporados al imaginario colectivo de los culés. Respecto al sustantivo «efecto», tiene que ver con los logros alcanzados, por mucho que estos sean la consecuencia directa de una determinada forma de hacer las cosas. Y es evidente que Luis Enrique no había tenido tiempo de conseguir que su personalísima forma de hacer las cosas hubiera arrojado resultados concretos en solo unos meses.

Por el contrario, la palabra «método» tenía y tiene un significado que concuerda plenamente con la idea originaria de este libro y con el desarrollo y los logros no solamente del proyecto que iniciaba en aquellos momentos, sino también de otros que pudiera llevar a cabo en diferentes etapas y clubs. De origen griego y en su acepción original, «método» significa «camino». Pero, por extensión, también es el medio utilizado para llegar a un fin. En aquellos momentos, apenas siete meses después de acceder al puesto de entrenador de uno de los clubs más grandes de la historia del fútbol, Luis Enrique empezaba a gestar su propia obra y aún no había podido demostrar que su método, tan peculiar como intransferible, fuera a permitirle alcanzar la meta para la que fue propuesto y con la que él mismo decidió comprometerse.

Es obvio que los objetivos del FC Barcelona, de los grandes equipos del planeta y de todos los entrenadores que han estado al frente de sus respectivos proyectos en las últimas décadas son comunes. Los tres —clubs, jugadores y técnicos— centran todos sus esfuerzos en ganar partidos, en hacerlo por el mayor número posible de goles y en que las victorias y los títulos lleguen mediante un fútbol lo más atractivo posible a los ojos de socios y seguidores. Pero también es evidente que el camino, entendido como el conjunto de medios o actuaciones que se proponen para conseguir los éxitos, no es único. Nadie puede negar que, en el caso del club azulgrana, Johan Cruyff, Louis van Gaal, Frank Rijkaard o Pep Guardiola partieron de una filosofía, un proyecto y un estilo comunes. Pero todos ellos introdujeron variaciones en el modelo y en la metodología utilizada para su aplicación.

La personalidad de cada cual, las experiencias que vivieron a lo largo de su etapa como futbolistas de alto nivel competitivo, las influencias que ejercieron en ellos sus entrenadores y profesores, las características de los jugadores que tuvieron o tienen a sus órdenes y algo tan simple como el momento por el que atraviesen sus principales adversarios han hecho y siguen haciendo que, sin apartarse de un guion común, los entrenadores le otorguen a su trabajo un sello personal muy reconocible a los ojos de los expertos en fútbol.

Entre unas cosas y otras, este libro —ampliado en su versión japonesa y reeditado tras los grandes éxitos de Luis Enrique en el Paris Saint-Germain— nunca pretendió ser un compendio de historia, ni una biografía de Luis Enrique, ni un tratado para entrenadores, aunque necesariamente contenga elementos narrativos, hechos de la vida de su protagonista y aspectos técnico-tácticos del juego que propone. Y eso tiene que ser así, porque es muy difícil, por no decir imposible, disociar los tres elementos que confluyen en esta obra. Primero, el FC Barcelona, entendido como el club en el que se imbuyó —como jugador (1996-2004), como entrenador del equipo filial (2008-2011) y como responsable del primer equipo (2014-2017)— de una filosofía, un sistema y un modelo de juego característicos. Segundo, la personalidad de Luis Enrique, forjada a lo largo de muchos años de esfuerzos, sacrificios, alegrías y sinsabores dentro y fuera de los terrenos de juego. El tercero y último, las experiencias a partir de las cuales ha sido capaz de forjar un sello personal y convertirse en ­entrenador de éxito.

Luis Enrique ha llegado al zenit de una carrera que inició durante la década de los 70 en el patio del colegio Elisburu de Gijón y que ha desarrollado mediante el aprendizaje y la adaptación de una vieja idea, consistente en dominar el juego a través de un cóctel de elementos tan variados como la posesión, el juego de posición, la búsqueda del tercer hombre, la velocidad en los movimientos de los jugadores y la circulación del balón, la generación y ocupación de espacios, la capacidad de presionar tras pérdida con el objetivo de recuperar el balón lo más cerca posible del área rival, el dominio de las fases de transición (ofensiva, para hacerle daño al contrario sin darle tiempo a organizarse, y defensiva, para evitar que te cojan la espalda en inferioridad), el control de las áreas en las acciones de estrategia y, por supuestísimo, una intensidad que en ningún caso puede ser inferior a la de sus rivales. Y todo ello, para ser dominador en los duelos y minimizar el riesgo de que alguien pueda enviar al garete los objetivos del colectivo y aniquilar los sueños de grandeza de presidentes, directivos, técnicos, jugadores y aficionados.

1

El modelo del FCB

La victoria tiene cien padres,

la derrota es huérfana.

Napoleón Bonaparte[2]

El modelo de éxito del Fútbol Club Barcelona ha sido objeto de numerosos libros, conferencias, coloquios, artículos de prensa, reportajes de radio y televisión, debates, trabajos de curso de entrenadores, proyectos de fin de carrera e, incluso, estudios científicos. Sin embargo, todos esos comentarios, análisis y ensayos han obviado frecuentemente que todo viaje de 10.000 kilómetros comienza siempre por el primer paso. En este sentido, se olvida con frecuencia que la filosofía y el sistema de juego que han llevado al equipo de fútbol profesional barcelonista hasta la cima del fútbol mundial en diferentes momentos de los últimos veinticinco años tuvo un antes que hizo posible su brillante después.

Todo el mundo sabe que hay una conexión entre la fórmula que convirtió al Ajax de Ámsterdam en el mejor equipo del mundo, durante la primera mitad de la década de los 70, y el Barcelona que se subió al Everest del fútbol con entrenadores como Johan Cruyff, Louis van Gaal, Frank Rijkaard o Pep Guardiola. Poca gente recuerda, sin embargo, que a finales de la década de los años 50 y hasta el ecuador de los años 60, un técnico británico llamado Victor Frederic Buckingham, Vic para el común de los mortales, se hizo cargo de la dirección técnica del Ajax en dos ocasiones distintas. Primero fue entrenador del equipo entre julio de 1959 y junio de 1961 y luego regresó para dirigir a la plantilla ajaccied en la temporada 1964-65. Ese año fue reemplazado por el neerlandés Marinus Jacobus Hendricus Michels. Tanto Buckingham como Rinus Michels, que así se le conocía coloquialmente, asumieron la responsabilidad de entrenar al primer equipo azulgrana un tiempo más tarde, también por el mismo orden en que habían entrenado al Ajax.

La historia refiere que Vic Buckingham, que había sido centrocampista defensivo del Tottenham Hotspur durante quince temporadas, entre 1935 y 1949, fue uno de los precursores del denominado fútbol total. Entre otros, suyo fue el honor de hacer debutar a Johan Cruyff como jugador del club en el que se había formado, en parte gracias a que sus padres habían trabajado cuidando las instalaciones y lavando la ropa de sus diferentes equipos. Pero más allá de entrar en los anales del fútbol por dar la alternativa a uno de los más grandes futbolistas de la historia, Buckingham sentó las bases sobre las que Marinus Michels construyó uno de los mejores equipos de todos los tiempos y edificó los cimientos del modelo con el que el Barcelona ganaría sus cinco Champions League.

Michels tomó el mando del Ajax a comienzos del año 1965. Hombre de un carácter muy adusto y de una disciplina férrea —la prensa española de la época le bautizó como «míster Mármol»—, está considerado como el padre de los automatismos en el fútbol. Entendidos como el encadenamiento de movimientos y de acciones técnicas que permiten sorprender y superar al adversario mediante el dominio del tiempo y del espacio, tardó un año y medio en obtener sus primeros frutos. Entonces y hasta 1971, el Ajax había conquistado cuatro Ligas, tres Copas de Holanda y la primera de las tres Copas de Europa consecutivas que convirtieron al equipo en uno de los más grandes de la historia, junto al Real Madrid de Di Stéfano, al Santos de Pelé, la selección brasileña que conquistó el Mundial de 1970 o la AC Milan de Arrigo Sacchi, Marco van Basten, Ruud Gullit y Frank Rijkaard.

Aquel Ajax, del que Buckingham había puesto la primera piedra y al que Michels dio la forma de equipo invencible, siguió cosechando éxitos bajo la batuta del rumano Ștefan Kovács, con el que logró las Copas de Europa de 1972 y 1973. Además, ese trabajo de club tuvo una notable incidencia en la selección holandesa de la época (la denominada «naranja mecánica») que, aunque no conquistó ningún título europeo ni mundial, fue finalista en Alemania 74 y en Argentina 78, en ambos casos frente a los organizadores de la cita y, por lo tanto, en unos campos y en unos ambientes poco o nada favorables.

A finales del año 1969, el Barcelona vivió una apasionante pugna por la presidencia del club. La dimisión irrevocable de Narcís de Carreras, que no quiso someter su prestigio personal y profesional a los caprichos del juego del fútbol, dio paso a un proceso electoral tenso y plagado de incidencias. Agustí Montal i Costa, hijo del que fuera presidente del club en los años 50, resultaría elegido para el cargo en una votación muy polémica frente al también empresario Pedro Baret. Más allá de que el recuento levantara algo más que la sospecha de haber sido manipulado, que eso no es objeto de esta historia, el hecho es que el cambio de presidente significó la inmediata destitución de Josep Seguer y la incorporación al puesto de mánager de un Vic Buckingham que no venía, precisamente, de vivir una grata experiencia con el Ethnikos Piraeus de Atenas.

El 18 de diciembre de ese 1969, nada más conocerse el resultado de las elecciones presidenciales, Agustí Montal confirmó lo que había prometido durante la campaña. Es decir, que Buckingham se hacía cargo del primer equipo barcelonista, junto a su ayudante Edward Joseph Drake, coloquialmente conocido como Ted. Y aquí, como había sucedido en el Ajax de Ámsterdam, el entrenador británico empezó a definir las líneas maestras a partir de las que Marinus Michels desarrollaría el actual modelo de juego del FC Barcelona.

Buckingham trabajó siempre sobre la fórmula táctica del 1-4-3-3, entendiendo que ese sistema de juego era el que permitía una mejor ocupación del terreno, tanto en defensa como en ataque. En fase de posesión, este dibujo facilita el control del juego y de los partidos, mediante triangulaciones y paredes simples o compuestas. Y ya se sabe que cuando los jugadores están situados sobre el campo de un modo racional, y se establecen las conexiones de pase más adecuadas, se consigue superar a los adversarios, generar espacios y ocuparlos en situación favorable para disfrutar de ocasiones de gol. Y lo mismo sucede en fase de pérdida, porque la figura geométrica del triángulo facilita las coberturas, las permutas y las ayudas con las que se impide al contrario que pueda generar superioridades, crear espacios y, en consecuencia, hacerte daño a golpe de goles.

A pesar de su excelente trabajo táctico, Vic Buckingham solo pudo conseguir un cuarto puesto en la Liga 1969-70, mejorando, eso sí, la clasificación obtenida por Josep Seguer. Esa temporada, en los cuartos de final de la Copa del Generalísimo, se produjo el famoso arbitraje de José Emilio Guruceta, que frustró las esperanzas del equipo de conseguir un título con el que cerrar el año. El árbitro guipuzcoano señaló penalti por un derribo de Rifé a Velázquez que se había producido claramente fuera del área. Al año siguiente, el club, el equipo y Buckingham se resarcieron de ese mal recuerdo con la conquista de la Copa, al vencer al Valencia por 4-3, en una final llena de alternativas y por tanto de emociones. Aunque introdujo las bases del modelo que todavía hoy persiste, una inmensa mayoría de barcelonistas no sabe quién fue Vic Buckingham o solamente recuerda al técnico británico por aquellos dos episodios coperos… y por su magnífico aspecto de gentleman inglés.

Por aquel entonces, Agustín Montal y los miembros de su consejo habían sufrido varias pañoladas en el Camp Nou y los medios de comunicación, aun siendo menos trágicos en la derrota de lo que suelen serlo hoy en día, se hacían eco de las quejas de los aficionados y le echaban un poco de pimienta a un caldo de cultivo que se extendía por las gradas del estadio barcelonista. Y ya se sabe que los presidentes y los directivos suelen resolver las situaciones críticas de la misma manera: cambiando de entrenador. Así que en el verano de 1971, recién proclamado campeón de la Copa de Europa con el Ajax, Marinus Michels fue invitado a convertirse en entrenador del Barcelona, donde estaría hasta junio de 1975 y a donde regresaría en julio de 1976, tras un año de transición en el que Hennes Weisweiler sería víctima del extraordinario poder de Johan Cruyff.

Cruyff fue la joya de la corona sobre la que Michels quiso construir su proyecto en el Camp Nou. Pero tardó dos años en conseguirlo. El delantero no pudo llegar hasta octubre de 1973, cuando el equipo figuraba en mitad de la tabla y con un negativo: entonces se sumaban y restaban los puntos perdidos en casa y ganados fuera y se tomaban como referencia para entender si la trayectoria de los equipos era buena o mala. Michels había trabajado muchos conceptos del 1-4-3-3, pero necesitaba a un tipo capaz de catalizar aquel bagaje táctico. Y vaya si lo hizo. Actuando como falso delantero centro —una figura que reaparecería muchos años después— llevó al equipo hasta el título a cinco jornadas del final.

Pero la eclosión del delantero holandés fue como un castillo de fuegos artificiales. Mucho ruido y mucho colorido, pero la fiesta se acabó enseguida. Así que en 1975 el club despidió a Michels y contrató al entrenador de mayor éxito de ese momento. Hennes Weisweiler venía de fabricar al gran Borussia Moenchengladbach de la época, al que había cogido en la quinta división alemana y al que había coronado campeón de la Copa de la UEFA con una idea futbolística similar a la de Michels, pero apoyada en unas dosis de trabajo y disciplina que su antecesor no fue capaz de mantener cuando más necesario resultaba imponerlas.

Entre la rápida y tempestuosa salida de Weisweiler y el retorno de Michels, el primer equipo barcelonista fue dirigido durante apenas unas semanas por Laureano Ruiz. Este técnico santanderino de nacimiento, que se había incorporado al fútbol formativo del club en 1972, participó de un modo notable en la puesta en marcha de un proyecto que resultaría decisivo para el futuro del fútbol azulgrana. Aunque otros se llevaron la fama, Laureano fue el responsable de que los equipos de las categorías inferiores llevaran a cabo su proceso formativo a partir de la idea de que aprendieran todo lo que podía convertirles en futuros jugadores del primer equipo, con todo lo que eso iba a significar años después.

El método de trabajo que Laureano Ruiz aplicó para el desarrollo del fútbol base del club —dominio de la técnica, juego de posiciones, trabajo diario a base de rondos, etcétera— es imprescindible para entender cómo y por qué el Barcelona ha alcanzado una gran parte de sus éxitos más recientes con la participación en el juego de un importante número de jugadores formados en su propia cantera. Y eso también es de aplicación a la selección española que se adjudicó la Eurocopa de Naciones de 2008, bajo la dirección de Luis Aragonés, y el Mundial de 2010 y la Eurocopa de Naciones de 2012, con Vicente del Bosque como responsable del equipo.

Laureano abandonó voluntariamente el puesto de coordinador del fútbol formativo azulgrana en 1978, cuando Josep Lluís Núñez fue proclamado presidente del club. Pero a nadie que conozca la historia se le puede olvidar que, gracias al trabajo que cuarenta años antes había puesto en marcha ese innovador técnico cántabro, Tito Vilanova pudo convertirse en el primer entrenador —y hasta ahora único— que hizo coincidir en un partido oficial a once futbolistas formados en la Masia. Fue el 25 de noviembre de 2012. Sobre el césped del estadio Ciutat de València se enfrentaban el Levante UD y el Barcelona. Dani Alves se lesionó cuando apenas se había jugado el primer cuarto de hora del encuentro y Montoya salió en su lugar. En aquel momento y durante más de una hora, el equipo estuvo integrado por Valdés; Montoya, Piqué, Puyol, Jordi Alba; Xavi, Busquets, Cesc; Pedro, Messi e Iniesta. Los azulgrana golearon (0-4) y siguieron su camino hacia la conquista del título, igualando además el récord histórico de los cien puntos.

La llegada de Núñez a la presidencia del club abrió un paréntesis, relativo pero paréntesis a fin de cuentas, en el desarrollo de la filosofía de juego del Barcelona. De hecho, el modelo apenas evolucionó durante una década. Lucien Muller, Joaquim Rifé, Helenio Herrera, Ladislao Kubala, Udo Lattek, César Luis Menotti, Terry Venables y Luis Aragonés mantuvieron el dibujo táctico, pero apenas aportaron cosas significativas para la mejora del modelo. Unos porque no gozaron de las condiciones adecuadas para hacerlo, otros porque no dispusieron del tiempo que se requería para desarrollar el método y alguno porque carecía de la capacidad y del conocimiento necesarios para enriquecer una idea de éxito.

El aterrizaje forzoso de Johan Cruyff resultó providencial. Josep Lluís Núñez estaba contra las cuerdas. Los escándalos que se habían sucedido desde la primavera de 1982 (Migueli fue apartado del equipo por el capricho de un vicepresidente; Maradona llegó para comerse el mundo y acabó enloqueciendo por la nariz; Venables dilapidó su fortuna y la del club en la trágica final de Sevilla; Schuster y la directiva se enzarzaron en una batalla judicial sin precedentes, y la plantilla en pleno se amotinó contra el presidente por un problema fiscal) provocaron la aparición de diversas asociaciones de carácter opositor.

La más organizada de esas facciones fue el Grup d’Opinió Barcelonista, al que se integraron personas vinculadas con directivas anteriores, empresarios y miembros de la llamada sociedad civil. Sus manifiestos, declaraciones y propuestas tuvieron un gran impacto mediático. Entre estas últimas estuvo lanzar la idea de que Cruyff debía liderar su futuro proyecto deportivo. Probablemente a ninguno de esos opositores se le pasó por la cabeza que Núñez se planteara ganarles por la mano ni que el entrenador holandés, al que sentían muy próximo, pudiera aceptar una oferta del hombre al que estaban combatiendo con tanta contundencia.

Quien más quien menos pensó que dos personalidades tan fuertes como las de Núñez y Cruyff no serían capaces de convivir durante demasiado tiempo. Sobre todo si los éxitos deportivos tardaban en llegar. Y los barcelonistas ya no se conformaban con paladear un título de vez en cuando. La Quinta del Buitre había encadenado tres Ligas consecutivas y la promesa de acabar con la hegemonía blanca, a golpe de ciclos ganadores, había que cumplirla sí o sí.

El grado de dificultad era demasiado alto. Porque poner en marcha un nuevo proyecto siempre requiere tiempo y porque la dificultad aumenta de forma directamente proporcional al número de cambios que se producen en una plantilla. En este caso, el equipo había sido objeto de una profunda remodelación como consecuencia de que la junta directiva había decidido represaliar a muchos de los jugadores que participaron en el Motín del Hesperia. De hecho, abandonaron el club un total de dieciocho futbolistas y llegaron diecisés nuevos. Cruyff quería jugadores técnicos, rápidos e inteligentes para interpretar una partitura tan atractiva por sus características ofensivas (control del juego, triangulaciones, movilidad y ataque constantes) como arriesgada por las innovaciones defensivas que planteaba: una línea defensiva de tres muy adelantada y con marcaje zonal.

Eran demasiados cambios, tácticos y de jugadores, como para pensar que los títulos podían llegar de inmediato. El Barcelona volvió a competir con el Real Madrid, pero no pudo impedir que lograra su cuarta Liga consecutiva, otra vez con Hugo Sánchez como máximo goleador del campeonato, y que también conquistara la Copa del Rey. Es cierto que los azulgrana ganaron la Recopa, pero ese título fue poco valorado frente al doblete que había logrado el eterno rival.

Las críticas arreciaron tan pronto como comenzó la nueva temporada. Los resultados seguían siendo irregulares, en consonancia con un equipo que todavía estaba en fase de construcción. Así que los aficionados, poco preparados para aceptar que los grandes proyectos necesitan mucho tiempo para consolidarse, empezaron a pedir la dimisión del entrenador y del presidente. Lo fácil para Núñez habría sido rescindir el contrato de Cruyff y darles la razón a los que le auguraban una corta vida al que fue considerado un matrimonio de conveniencia.

La sorpresa se produjo cuando el presidente hizo todo lo contrario de lo que esperaba la gente y se convirtió en el único valedor del entrenador holandés. Es posible que Núñez actuara así porque si prescindía de ese inmenso paraguas acabaría por ahogarse bajo la tormenta. Fuera lo que fuera, la realidad es que el presidente se quedó solo en la asamblea de compromisarios del 13 de febrero de 1990, cuando una inmensa mayoría de los asistentes, entre la que se contaba una parte importante de su junta directiva, le exigió la cabeza de Cruyff.

Después de la tempestad, que aún continuó hasta finales de marzo, el equipo llegó a su punto de inflexión. El día 4 de abril, el Barcelona se impuso (2-0) al Real Madrid en la final de la Copa del Rey. Más allá de que Amor y Julio Salinas consiguieran los goles del triunfo, el hecho fue que el equipo azulgrana se mostró como un conjunto capaz de desarrollar el fútbol por y para el que se había contratado a Johan Cruyff. El holandés había conseguido, por fin, que sus jugadores interpretaran una partitura que escondía muchos matices detrás de manifestaciones tan llamativas y aparentemente tan simples como que «hay que poner un defensa más que los delanteros que tenga el contrario», «correr es de cobardes», «si nosotros tenemos la pelota, ellos no pueden marcar ningún gol», «prefiero ganar por 5-4 que por 1-0» o «el dinero debe estar en el campo y no en el banco».

Entre unas cosas y otras, ese Barcelona que representaba mejor que nunca la vieja idea del «fútbol total» acabó con el ciclo ganador del Real Madrid y se convirtió durante los cuatro años siguientes en un auténtico espectáculo. Los títulos se sucedieron uno tras otro y no de forma aislada como había ocurrido desde 1978. Cuatro Ligas consecutivas (aunque tres de ellas fueran en el último minuto de la última jornada) y la primera Copa de Europa de la historia del club fueron los éxitos más significativos de esa etapa. Éxitos todos ellos que fueron el reflejo de la adquisición de futbolistas técnicamente muy buenos, físicamente muy rápidos y mentalmente muy imaginativos. Jugadores que representaban las esencias del modelo y que confirmaban las teorías, muchas veces calificadas de peregrinas, que el entrenador holandés exponía en las ruedas de prensa y por supuestísimo en las charlas técnicas con sus futbolistas. Esa fue la consecuencia directa de aplicar los mismos conceptos que Johan Cruyff había aprendido de Vic Buckingham, Rinus Michels y Ștefan Kovács durante su etapa de jugador.

A todo el mundo le sorprendía que pudiera alcanzarse el éxito con un equipo en el que dos de los tres defensas, Ferrer y Sergi, fueran pequeños y en el que el verdadero central, Koeman, fuera lento y no tuviera cintura. Mas aún, parecía imposible que una plantilla que se entrenaba a base de rondos tuviera tanto recorrido. Pero si se escuchaban las declaraciones de Cruyff, todo adquiría un extraordinario sentido: «Mis delanteros solo tienen que correr quince metros, a no ser que sean estúpidos, estén mal colocados o estén durmiendo», «todo el mundo sabe jugar al fútbol si le dejas cinco metros de espacio», «los entrenadores hablan de movimiento, de correr mucho. Yo digo que no es necesario correr tanto. Debes estar en el lugar adecuado y en el momento preciso; ni demasiado pronto ni demasiado tarde», «quiero jugadores que puedan hacer buenos movimientos en espacios pequeños, quiero que ahorren energías para cuando lleguen los momentos decisivos», «la velocidad se confunde con la inteligencia; cuando empiezas a correr antes que otros pareces más rápido» o «si juegas a un toque, eres muy bueno, y si haces dos toques, juegas bien, pero si tocas tres veces, eres malo».

Cruyff decía siempre que «en el reino de los ciegos, el bizco es el rey… pero sigue siendo bizco». Él, por supuesto, no era bizco. Al contrario, tenía una vista de lince. Pero es evidente que en 1994 al genio se le nubló la visión. Los jugadores que incorporó a la plantilla para suceder a los que habían hecho posible tanta felicidad no respondían a los perfiles que se necesitaban para mantener en el tiempo un ciclo ganador. Una mala planificación —¿o fue simplemente un desafío?— llevó al Barcelona a desaparecer de la escena de los campeones. Y como sin títulos no hay paraíso que valga, el holandés tuvo que hacer las maletas.

La transición cayó en manos de Bobby Robson y José Mourinho. A los dos les tocó cubrir el tiempo de espera hasta la llegada de Louis van Gaal, que con contrato en vigor con el Ajax —otra vez el Ajax— se negó a romper su compromiso con el club holandés. Núñez accedió a posponer su incorporación a la dirección técnica y el banquillo azulgrana, aun a riesgo de que el entrenador-puente no tuviera la misma filosofía ni defendiera el mismo modelo que se pretendía evolucionar. Con un sistema distinto, el 1-4-2-3-1, y con un fútbol de menos toque, mucho más directo, basado en la solidez de la defensa y en la rapidez de las transiciones defensa-ataque, Robson ganó tres de los cuatro títulos por los que competía el equipo. Y pudo ganar también la Liga si las lesiones y los compromisos internacionales de «el Gordo» Ronaldo no hubieran condicionado las últimas jornadas.

Llegar Van Gaal y que el FC Barcelona retornara al 1-4-3-3 fue todo uno. Pero el libro del hombre que había conduci

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