AL LECTOR
El regreso es siempre un instante lejano. El así llamado placer de los proyectos, al que se aferra la vida cotidiana y que en el desplazamiento no existe, aflora lentamente, se sigue enmarañando en la tristeza de ver cómo las vicisitudes que viviste en ese lapso detenido que fue el viaje cuajan en recuerdos; unos recuerdos que nos creeremos capaces de clasificar, de ordenar, de esclarecer u oscurecer mediante nuestra luz íntima y según nuestra propia voluntad. El regreso es el instante en que el viaje llega a su fin, y en realidad nunca llega a su fin.
Por eso la historia empieza hoy. Tengo treinta años y vivo en París. El lugar desde el que acontece el regreso no tiene mayor importancia. El regreso definitivo al que ahora aspiro no depende de él. Mi vida ha sido simple: nunca he hablado, siempre he escrito. Hasta hace unos años, para mí la escritura era el único medio con que aspirar a ser capaz de expresarme. Cada recuerdo, cada pensamiento de esa primera parte de mi existencia conllevaba un sufrimiento que solo menguaba al ser olvidado sobre el papel. Sobrellevaba mis dolores, mis agudos dolores distintos de los dolores de muelas, inventando mi manera singular. Hasta que luego, hace cuatro años —¿debido al cansancio, al tedio?— me pregunté: ¿de verdad los recuerdos se olvidan?, ¿sucede alguna vez que un recuerdo desaparece absolutamente, por completo, de forma irrevocable? ¿Podemos deshacernos para siempre de la paradójica calma de una noche de verano estremecida por una pesadilla? Y en esas dudas, sin realmente decidirlo, dejé de escribir. Pensé que con eso bastaría, estaba ingenuamente convencido de que si dejaba de escribir, si abandonaba ese simulacro siempre insatisfecho de comunicación, entonces aprendería a hablar. ¡Qué fácil habría sido! Vosotros y también yo nos habríamos ahorrado esta escritura nueva, forzada, inodora e incolora. Pero no fue así. Antes escribía sin razón, sin preocuparme nunca de saber si esas palabras que acostaba sobre el papel, como a chicas sobre camas sucias, algún día serían leídas. Se trataba exclusivamente de textos cortos que yo creía que podían decir cosas. Buscaba mi lengua como si esta estuviera fuera de mí, como si no fuese yo el que estaba fuera. Luego, durante cuatro largos años, ni escribí ni hablé: los recuerdos y los pesares continuaron. Así que ahora mi propósito es no volver a mentir, confesar negro sobre blanco cómo la escritura ha anegado mi silencio, cómo me ha alejado del mundo, cómo me ha excluido de mí mismo. De modo que, os advierto, os espera la versión íntegra: la primera pesadilla, la primera carta, el primer exilio, los primeros amores, el segundo exilio, los primeros textos, el primer amor, la primera derrota y, por fin, los otros textos que me han obligado a escribir este, el último, que inútilmente los invoca e inútilmente los olvida.
Aquejado por el abandono nocturno, intentaré hacer de cada letra una simple cifra y deshacerme así de la sucesión indescifrable que une mi existencia con mi muerte, a través de la tinta que fluye de mi mano derecha. Trataré de restituir mi vida, de la primera a la última sílaba. Probaré a trazar el retrato del hombre que soy, y no solo del que fui, escrito exactamente del natural y en toda su verdad, aunque sé que ni es la única que existe ni probablemente existirá para siempre. Como otros, el único fin que me impongo es doméstico y privado: escribo para deshacerme, no para dar. Mis fuerzas no alcanzan para ningún otro propósito. Y si me fuera dado elegir vuestra postura, si tuviera derecho a reemplazar vuestra mirada, preferiría que me leyerais como se leen las confesiones de algunos monjes, conscientes de que escriben para humillarse ante sus hermanos y no para que admiremos su singularidad.
Me gustaría hacer un retrato del artista Mudo; me gustaría reunir las miles de palabras —y los millones de ausencias de palabras— que a lo largo de la vida me han sido entregadas, me han formado, puede que me hayan creado; me gustaría encontrar todos esos fonemas inarticulados que se han convertido en los únicos fenómenos de mi historia y deshacerme de ellos; me gustaría buscar en todos esos textos inacabados las razones de mi silencio, de esa falta de palabra, de cosa dicha, de sonido, de ruido que ha caracterizado mi existencia; quisiera salir a la búsqueda del origen, de los múltiples orígenes, de la indestructib
