Introducción
Durante muchos años, mi vida ha sido contada por los demás.
Periodistas, jueces, tertulianos, desconocidos… Todos parecen saber quién soy yo, qué pienso, qué hago, por qué lo hago. Y yo, hasta ahora, he optado por el silencio. Por prudencia, por respeto, por miedo… por muchas razones. Algunas buenas. Otras, no tanto.
Hoy, por primera vez, quiero contar mi historia con mi propia voz. No para justificarme ni para buscar compasión ni para maquillar errores. Al contrario: escribo este libro porque necesito mirar de frente todo lo que he vivido —las cumbres, pero también los valles—, compartirlo con honestidad y cerrar etapas.
Y cuando miro hacia atrás, la verdad es que he vivido cosas extraordinarias. Desde una infancia sencilla y feliz, hasta alcanzar lo más alto del deporte profesional, con cinco Copas de Europa consecutivas junto a un equipo al que aún considero mi segunda familia.
El deporte marcó profundamente mi vida. Me educó en valores que hoy reconozco como esenciales: la cultura del esfuerzo, la disciplina diaria, la humildad ante la derrota y la responsabilidad que conlleva la victoria.
Aprendí que nada se consigue sin trabajo, que los grandes logros no se improvisan y que todo sacrificio, si tiene sentido, merece la pena. Esa mentalidad me enseñó a superar límites y, sin duda, me sostuvo también en los momentos más oscuros, cuando parecía que todo se venía abajo.
El deporte me formó para caer… y volver a levantarme
Me casé por amor, tuve cuatro hijos maravillosos, formé parte de la familia real, viví entre palacios, recepciones y despachos, en un mundo muy alejado de las canchas de entrenamiento o del amado pueblo de mi infancia.
Y luego cometí errores. Me equivoqué, y esas decisiones me llevaron a perderlo todo. Fui juzgado, condenado y pasé más de mil días y mil noches en prisión. No hay forma suave de decirlo. Fue así. Y, aunque duele, es parte de lo que soy.
Pero también es cierto que, en medio de esa caída, encontré algo que nunca había tenido: silencio. Tiempo. Introspección. Y, sobre todo, verdad. Tuve que mirarme sin excusas. Sin títulos, sin protecciones. Tuve que desnudarme ante mí mismo.
Este libro nace de ese proceso. No es un ajuste de cuentas. Es una búsqueda de sentido. He decidido escribirlo porque creo que los aprendizajes —especialmente los que vienen del dolor— no deberían guardarse en una caja fuerte. Sirven si se comparten. Y como he dicho, yo quiero poner los míos al servicio de quien los pueda utilizar.
Muy especialmente, al de mis hijos. Para que todo lo sufrido tenga un retorno positivo. Para que ellos encuentren, en estas páginas, un gesto de gratitud por su fortaleza silenciosa, por su amor incondicional.
Quiero hablar de caídas, sí, pero también de cómo se levanta uno. De lo que significa de verdad la palabra «reinventarse». De lo que cuesta pedir perdón y de lo que vale perdonarse a uno mismo. De lo que significa renunciar a la imagen pública para recuperar a la persona que fui y que ahora vuelvo a ser.
De cómo se vuelve a empezar desde cero
Hoy vivo en Vitoria. Llevo una vida sencilla, casi monástica, sin cámaras ni titulares. Intento ser el mejor padre para mis hijos, mejor hijo, mejor pareja, mejor amigo. Me he formado —y sigo formándome— como coach, porque creo sinceramente que todo lo que he vivido y aprendido puede tener valor para otras personas que también estén atravesando momentos difíciles en su vida, en su trabajo, en sus relaciones, reinvenciones forzadas o voluntarias. La palabra «evolución» se ha vuelto clave en esta nueva etapa, en mi forma de estar en el mundo; trabajo para evolucionar en cada uno de mis roles, como persona y como profesional.
Tras alcanzar la gloria y bajar a los abismos, encontré finalmente el mayor de los tesoros para cualquier ser humano: un propósito. El mío, crear un espacio donde acompañar a todos aquellos que están en la búsqueda del suyo, que necesitan hacer esa parada en boxes para definir una mejor ruta en su vida, para enfrentarse a nuevos retos desde un lugar más consciente.
No tengo grandes aspiraciones. Solo quiero ser útil. Estar presente. Escuchar. Aportar algo bueno.
Ya no necesito demostrar nada. Hoy, mi ambición se resume en tres cosas: paz interior, vínculos verdaderos y honestidad. He aprendido que menos es más. Y que, a veces, solo cuando lo has perdido todo, descubres quién eres en realidad.
Esta es mi historia. No es perfecta. No pretende ser ejemplar. Pero es sincera. Y, si al leerla, alguien se siente acompañado, comprendido o inspirado para dar un paso adelante en su propia vida… entonces habrá merecido la pena.
Iñaki Urdangarin
PRIMERA PARTE
Infancia, valores y deporte
Lo que parecía un final…
Lunes, 18 de junio de 2018, Brieva, Ávila,
cárcel de mujeres
Las puertas se cierran detrás de mí. Y sé, con una certeza que me atraviesa como un afilado cuchillo, que no se volverán a abrir pronto. En ese instante, empieza para mí una pesadilla que nunca imaginé.
Entrego mi teléfono móvil —mi único vínculo con el exterior— y, junto con él, todo lo que me quedaba de control sobre mi mundo. Los funcionarios inspeccionan mi ropa. Me cachean. Me hacen preguntas. A cada paso, nuevas puertas se van cerrando. La del despacho, la de acceso al módulo, la de mi celda… la de mi vida.
Un médico, una psicóloga y la subdirectora me interrogan:
—¿Toma alguna medicación?
—¿Tiene alergias?
—¿Es aprensivo?
—¿Prefiere menú normal o vegetariano?
Respondo como puedo, sin voz, sin energía. Mi cuerpo está ahí, pero yo no. Siento que he caído por un agujero, un pozo sin fondo por el que voy a seguir cayendo durante mucho tiempo, sin atisbar el final.
Me permiten una última llamada. Llamo a casa. La voz al otro lado del teléfono me sostiene durante unos segundos… hasta que me conducen a mi celda.
Es un módulo especial. Allí, antiguamente, las reclusas daban a luz. La celda tiene un pequeño baño —algo insólito en una prisión—, una cama, un escritorio, una salita contigua con televisión y acceso a un patio reducido. Me informan de que solo podré hacer diez llamadas a la semana. Como todos los presos.
Y, entonces, se cierra la puerta.
En ese preciso momento, me viene un único pensamiento.
No voy a poder soportarlo.
Quiero desaparecer. Quiero que me trague la tierra. Soy un hombre acostumbrado a la gente, vengo de una familia numerosa, siempre he trabajado en equipo, en contacto constante con los demás. He vivido toda mi vida rodeado de personas. Y, de pronto, estoy solo. Absolutamente solo. Y sé, con una certeza desoladora, que esta soledad no durará días ni semanas: durará mil noches.
Lloré todo el verano. Los tres primeros meses fueron de lágrimas calladas, de desesperación contenida, de días que no pasaban y de noches que no terminaban.
Despojado de mi familia, de mis vínculos, de mis objetos, de mi nombre.
Era solo un interno más, con un número, en una habitación de 8 metros cuadrados. Un hombre reducido al silencio, con el eco de su propia conciencia como única compañía.
Y, sin embargo, poco podía sospechar en aquellos primeros momentos de desesperación que lo que parecía un final… iba a ser un nuevo comienzo.
Porque entre aquellas paredes desnudas comenzó algo distinto. Algo inesperado. Algo que no fue inmediato ni heroico ni lineal… pero que, con el tiempo, se convertiría en el motor de una transformación profunda.
Pero para llegar hasta ese lugar —al momento más oscuro de mi anterior vida y el comienzo de una nueva—, tuvieron que pasar muchas cosas antes.
Empecemos la historia por su verdadero principio.
En la mente del principiante hay muchas posibilidades; en la del experto hay pocas.
Shunryu Suzuki
Mente zen, mente de principiante
Capítulo 1
No dejes de entrenar
Soy el sexto de siete hermanos.
De padre vasco y madre belga, crecí en una familia católica, numerosa, donde las palabras «respeto», «trabajo» y «ayuda al prójimo» no eran lemas abstractos, sino valores simples y firmes, parte de nuestro día a día.
Mis padres se conocieron siendo muy jóvenes, en Madrid. Mi madre, Claire, había venido desde Bélgica para aprender español. Vivía con su hermana Janine en uno de esos pisos de estudiantes con más ruido que metros cuadrados.
Mi padre, Juan Mari, estaba preparándose para el examen de acceso a ingeniería. Vivía con unos amigos en la misma pensión, justo enfrente. Las ventanas de ambos pisos se miraban y, como suele pasar cuando hay juventud de por medio, alguien siempre mira un poco más de la cuenta.
Fue Janine quien hizo de puente. Coincidió una tarde con mi padre y sus amigos, intercambiaron alguna broma y acabaron charlando. Días después, al cruzarse de nuevo, Janine les dijo que su hermana no se encontraba bien y que se había quedado en casa, descansando.
Mi padre, que ya le había echado el ojo, no se lo pensó.
—Pues vamos a hacerle compañía, ¿no?
Así, con esa naturalidad que siempre le había caracterizado, se presentó en el piso de las dos belgas y, cuando mi madre le abrió la puerta, se miraron como si ya se conocieran de antes.
—Hemos venido para ver cómo estás —saludó él, sonriendo.
—Ahora un poco mejor… —respondió ella, con ese suave acento que, según asegura mi padre, le pellizcó el corazón.
Sería romántico decir que fue un flechazo instantáneo. Pero no lo fue. Mi madre ya había tenido suficientes experiencias con chicos locales que se acercaban a las extranjeras con la excusa de practicar inglés o el idioma que fuera. Siempre había un interés detrás. Por eso, cuando conoció a mi padre, al principio puede que estuviera un poco a la defensiva. Pero le sorprendió su forma de ser, tan honesta y clara. Le transmitía una sensación de calma, de alguien que no tenía prisas ni dobleces. Y lo que realmente marcó la diferencia fue lo que vino después.
Todas las mañanas, a las ocho en punto, mi padre la acompañaba a pie hasta la oficina donde trabajaba. No había promesas ni galanteos. Solo un interés genuino en conocerla. Un cuidado sincero.
Así, sin ruido, la fue enamorando.
Pero, como suele ocurrir, el amor no siempre llega en el mejor momento. Mi padre tenía una relación en su pueblo y unos padres que esperaban que estudiara en Bilbao, se casara con «una chica de allí» y mantuviera la tradición familiar. Mi madre rompía todos esos esquemas. Y aun así, él no dudó sobre qué era lo que tenía que hacer. En un giro un poco más radical de lo que nadie se esperaba, se marchó a Londres con mi madre para cursar su carrera en una universidad británica y, un poco más tarde, Claire y Juan Mari se casaron en París. Fue un golpe duro para la familia.
Pero como veremos más adelante, cuando mi padre tenía claro que algo era lo correcto, no valía la pena ponerse a discutir.
Mis padres siempre han recordado con cariño los tiempos de Londres, aunque reconocen que no fueron lo que se dice fáciles. Vivían prácticamente con lo justo. Por suerte, el idioma nunca fue un problema para mi madre, que era políglota, hablaba a la perfección francés, flamenco, inglés y ya manejaba bastante bien el español. Se puso a dar clases de idiomas, mientras mi padre estudiaba, trabajaba por las tardes dando clases de matemáticas y a veces atendía en una tienda.
Con pequeños ingresos y algo de ayuda familiar, tiraron adelante. Una señora mayor que vivía sola les alquiló una parte de su casa por muy poco dinero. Se habían hecho amigos, y aquella mujer encontraba en los recién casados una compañía casi familiar. Así pasaron sus primeros años de matrimonio en Inglaterra, donde tuvieron a sus tres primeras hijas: la mayor de mis hermanas, Ana, nació en 1958. Un año después llegó Clara (a la que siempre se la llamaría Baby en familia). Y, por último, Cristina, en 1962.
Mi abuelo materno, empresario con negocios por toda Europa, aprovechó para tenderles una mano y traerlos de vuelta a España. Tenía en marcha una explotación de minas de feldespato de flúor en Viladrau, un pequeño pueblo del Montseny, y le propuso a mi padre ser el director de la operación. No era una oferta cualquiera: suponía mejorar sus condiciones de vida y acercarse a la familia.
Y así fue como mis padres dejaron atrás las calles grises de Londres para instalarse en una casa humilde, rodeada de naturaleza, en lo profundo de ese hermoso valle catalán.
Allí empezó otra etapa.
Allí empezó, también, mi historia.
Un niño de campo
Viladrau, en la década de los sesenta y setenta, era un pequeño pueblo rodeado de bosques densos, caminos de tierra, prados abiertos y cielos limpios. Apenas vivían allí mil personas. Un sitio donde todos se conocían, y donde la vida se medía por el ritmo de las estaciones, no por el reloj. Las calles eran estrechas, las tardes de invierno olían a chimenea y las noches te arropaban con un silencio que la ciudad no conoce.
Cuando mis padres llegaron al pueblo, era pleno mes de julio y muchas de las casas ya estaban alquiladas a familias que iban a pasar allí el verano. Al no encontrar alojamiento, pasaron las primeras semanas viviendo en un pequeño hostal, hasta que en septiembre pudieron instalarse en una casa en la entrada del pueblo.
Era una casa estrecha, de techos altos, agradable pero de distribución algo incómoda. En el salón de la planta baja, mi padre montó su despacho: una mesa grande, planos, papeles, muestras de minerales… y, para sorpresa de cualquiera que lo oyera hoy, también guardaba allí los enseres de las minas, incluida la dinamita que usaban para abrir túneles. Así eran las cosas entonces.
Mi madre, por su parte, encontró pronto la manera de integrarse en la comunidad: empezó a dar clases de inglés y francés a los vecinos del pueblo. Era muy cercana, y pronto se ganó el cariño de la gente.
Mi padre y su inseparable amigo Ramón Crivillé se movían entre la casa y la mina montados en un Fiat Campagnola, un jeep italiano, robusto, pensado para los caminos de tierra. En los trayectos más cotidianos, usaba un DKW. Eran prácticamente los únicos coches que se veían durante el año por aquellos lares. Mis padres eran también de los pocos forasteros que se quedaban durante el invierno, y eso provocó que pronto se hicieran un lugar dentro de la comunidad. Aquella experiencia de arraigo marcó nuestra relación con Viladrau para siempre.
Un año después del nacimiento de Cristina, llegó el cuarto de mis hermanos, y el único chico, además de mí: Miguel, Mitch para todos nosotros. No nació en el pueblo por muy poco. Eran las fiestas, y la comadrona estaba «indispuesta», así que cuando mi madre se puso de parto tuvieron que correr a Vic, y en el hospital de esa localidad fue donde vino al mundo. Después llegó mi hermana Laura, que nació en el País Vasco, durante las vacaciones navideñas de 1965 con los abuelos. Y en enero de 1968, también como regalo de Navidad y también en Zumarraga, Euskadi, llegué yo al mundo. Durante cuatro años fui el pequeño de la casa, y de ahí se me quedó el mote de Txiki, aunque luego, ya en Barcelona, llegaría la última de mis hermanas, Cuca.
Fue justo por las fechas de mi nacimiento que mis padres decidieron dejar atrás el negocio de las minas y mudarse a la Ciudad Condal, donde mi padre empezó a trabajar en una multinacional americana. Pero, aunque cambiamos la vida rural por la urbana, Viladrau nunca quedó atrás. Conservamos la casa y seguíamos yendo todos los fines de semana, y también buena parte de los veranos, aunque no siempre completos: a veces mis hermanos mayores viajaban al extranjero para mejorar su inglés, y los pequeños recorríamos Europa en coche con mis padres.
Pero Viladrau siempre era el refugio. El hogar emocional.
Allí estaban las raíces. La conexión con la tierra, con el monte, con la naturaleza. Los días que pasábamos en el pueblo brillan en mi memoria con una fuerza especial.
Por eso, aunque crecí en Barcelona, siempre me he sentido un chico de pueblo.
Mi infancia está tejida con recuerdos de aquel hermoso valle.
Uno de los primeros que conservo es subiendo el Matagalls a hombros de mi padre. Pero son tantos y tan felices… Me acuerdo especialmente de mi amigo Carlos Masvidal: nuestros padres se reunían el fin de semana y nosotros nos íbamos a pescar o montábamos en moto o andábamos por el monte.
En casa éramos muchos, una auténtica familia numerosa, que amábamos hacer excursiones en grupo. Cierro los ojos, y todo vuelve a mí como si aquellos tiempos no se hubieran ido. Naturaleza, planes al aire libre, risas, deporte, juegos, carreras de motos, bocatas envueltos en papel de aluminio… cosas pequeñas, que ahora reconozco como enormes.
Ya he dicho que nunca llegué a identificarme plenamente como un niño de ciudad, quizá solo en apariencia. Y es que, en cuanto llegábamos a Viladrau, algo cambiaba en mí. Era como si mi cuerpo respirara distinto. El campo, la montaña, el aire puro… El Iñaki de los fines de semana y los veranos era todo movimiento, zapatos destrozados y llenos de barro, costras en las rodillas, rugir de motos y olor a gasolina… libertad.
Allí era feliz. No puedo describirlo de otra manera. Así, sin más.
Debo reconocer que, como niño, tenía una energía difícil de gestionar. Mi madre solía definirme (sigue haciéndolo) como intenso en todos los sentidos. Mis padres —ahora entiendo que buscando un poco de descanso— me animaban a estar ocupado durante el verano. Algo a lo que yo no ponía ningún reparo, porque necesitaba estar siempre en movimiento. Recuerdo esos días de siesta, cuando la casa entera se apagaba por un par de horas, y yo, en lugar de dormir, me escapaba al colmado Can Portet. Me encantaba presentarme allí para ayudar a los dueños en lo que necesitaran.
Se trataba de la típica tienda de pueblo donde se vendía de todo: desde patatas y verduras hasta grano para animales. Se ofrecían productos básicos, algunos a granel, otros al por menor, y los estantes de madera estaban abarrotados de botes y latas alineados como soldados; al fondo, había una trastienda enorme que servía tanto de almacén como de trastero. Allí se amontonaban sacas de avena, maíz, legumbres secas… que los vecinos compraban para alimentar a sus animales o para abastecer la despensa.
La fruta y la verdura fresca se exponían en cajas en la entrada, de cara a la calle. Todo lo que uno necesitaba para comer bien. Lo esencial.
El local era pequeño y estaba conectado con la vivienda familiar a través de una larga escalera que subía hasta el piso superior, donde vivían los Portet. Se trataba de un matrimonio entrañable, personas generosas, sencillas, siempre con una palabra amable. El señor Portet poseía un Land Rover Pickup que cuidaba como un tesoro y que usaba para ir a por los suministros a Vic y al resto de la comarca.
Era, sin exagerar, su mayor orgullo.
Nada más entrar, te recibía el olor: una mezcla de cítricos, semillas y café molido. El aroma cambiaba con las estaciones, pero siempre tenía ese fondo terroso y cálido de pueblo. Allí olía a vida.
Las mujeres del pueblo llegaban con bolsas de tela o capazos de mimbre. Se quedaban un rato más de lo necesario, charlando entre ellas mientras el dueño pesaba unos tomates en la balanza, preguntaba por los hijos, comentaba el tiempo o alguna noticia local. Me gustaba escucharlas, impaciente, cambiando el peso de un pie a otro, a la espera de que me dijeran qué podía hacer yo.
La balanza tenía dos platos metálicos, y detrás estaba el dueño, siempre con alguna orden que darme, pues sabía que la esperaba con ansia de ayudar. El señor Portet me hablaba siempre en catalán, y eso también me ayudaba a practicarlo. Y me llamaba Txiki, como en casa; en Viladrau todo el mundo me conocía por ese mote.
—Txiki, ves a buscar un quilo de patates al magatzem.
—Txiki, porta aquest paquet a ca la Montserrat, si us plau.
—Txiki, desa aquestes ampolles, però compte no et caiguin, eh?
A mí me encantaba obedecerle. Me hacía sentir mayor, responsable. Me hacía sentir que valía. Nadie me obligaba a hacerlo. A cambio, recibía una moneda o dos para comprarme alguna chuchería.
Podría decir que Can Portet fue mi primer trabajo, pero también mi primera escuela de muchas cosas: del trato con la gente, del amor por el trabajo bien hecho, del cuidado de los detalles. Aprendí también lo que significa tener un lugar, aunque sea pequeño, donde alguien te da una tarea que importa. Que de verdad te hace sentir útil. Algo que perdí mucho tiempo después… Pero ya llegaremos a eso.
Otro verano trabajé en la granja Mas el Pujolà, propiedad de una familia amiga de mis padres. Allí ordeñaba vacas, alimentaba a los animales, ayudaba en el huerto… tareas sencillas, pero que a mis ojos eran casi una misión. A veces, volvía a casa con un cántaro de leche fresca o una bolsa de patatas como paga. Me sentía el niño más afortunado del mundo. De hecho, cuando alguien me preguntaba en aquella época qué quería ser de mayor, siempre respondía lo mismo:
—Granjero.
Con el tiempo entendí que en esa sencillez estaba todo lo esencial.
Esa infancia no es solo un recuerdo feliz. Me marcó. Me sostuvo más adelante.
En los años duros que vendrían después, en los momentos de soledad, en los espacios cerrados donde la vida se te achica… solía regresar con la memoria al Viladrau de mi infancia. A sus olores, a las voces del pasado, al tacto de las cosas simples. Y ese recuerdo, ese paisaje interior, fue muchas veces mi faro en la oscuridad.
Un niño de ciudad
En paralelo, mi vida también se desarrollaba en Barcelona, en plena ciudad. Allí, entre las calles rectas y los bloques simétricos del Eixample, transcurría el otro lado de mi niñez.
Vivíamos en la calle de Consell de Cent, una vía larga, ruidosa, con sus árboles, sus fachadas clásicas y balcones de hierro forjado. En los años setenta, Barcelona era una ciudad en transición: aún conservaba el pulso pausado de los barrios, pero ya empezaba a sentirse el ajetreo moderno de una urbe que miraba hacia el futuro.
Mi padre trabajaba en el mundo de la empresa desde que llegamos. Siempre estuvo vinculado a compañías extranjeras con sede en España. Empezó en una multinacional del cemento, luego pasó a otra de derivados del petróleo y terminó su carrera profesional en Fuchs Lubricantes, una empresa alemana. Trabajaba mucho y tenía grandes responsabilidades, pero nunca lo vi quejarse.
Mi madre era el corazón de la casa. A veces parecía que podía con todo: siete hijos, la comida, los deberes, las enfermedades, los cumpleaños, las vacaciones… y aún le quedaba tiempo para trabajar en una tienda de lanas y confección con su vecina Rosa. Si faltaba algo, lo resolvía. Si uno caía, lo levantaba. Tenía una firmeza dulce y una paciencia a prueba de sobresaltos. Aunque también debo decir que dominaba el arte de lanzar unas miradas que se te quitaban las ganas de repetir la trastada que la había suscitado.
Crecí en ese entorno: un hogar donde se nos inculcaba cada día los valores importantes. Trabajo. Esfuerzo. Familia. Respeto. Nada se regalaba. Todo se ganaba. Nos enseñaron a arremangarnos, a ocuparnos de los demás, a ayudarnos entre hermanos, aunque a veces también discutiéramos como fieras. Éramos muchos, y eso nos obligaba a aprender a convivir. A ceder, a esperar, a compartir.
Pero siempre nos apoyábamos unos a otros.
La figura de mi padre, vista ahora con ojos de adulto y desde la actualidad, tenía mucho del modelo clásico de entonces, y supongo que podría leerse
