Introducción
Por supuesto que llevaba las gafas de sol.
Anna entró a la reunión de personal de Vogue y miró al grupo congregado alrededor de la mesa cerca de las diez y media esa mañana. Muchos habían estado trabajando hasta entrada la noche, buscando historias que trataran de explicar un hecho sin precedentes. Otros habían estado despiertos llorando, asustados, en shock.[1] Anna tenía una influencia extraordinaria en muchas cosas, pero el resultado de esas elecciones no era una de ellas.
Era 9 de noviembre de 2016. A pesar de la derrota de Hillary Clinton, tras el apoyo a toda máquina de Vogue, incluso con una declaración expresa —la primera de ese tipo en los ciento veinticuatro años de historia de la revista—, Anna empezó su día como de costumbre. Se levantó a las cinco de la mañana, hizo ejercicio a las cinco y media o a las seis (dependiendo de si jugaba al tenis, que practicaba dos veces por semana, o si entrenaba con su preparador personal), se sentó para los treinta minutos de peluquería y maquillaje profesional y luego el chofer la llevó a su oficina en el edificio One World Trade Center, donde la esperaban sus tres asistentes y su desayuno habitual:[2] un latte de leche entera y un muffin de arándanos de Starbucks, que quedaría prácticamente intacto.
Cuando llegó esa mañana, con botas altas de pitón y un vestido rojo estampado,[3] Anna le dijo a su primera asistente que convocara una reunión de todo el personal. Las peticiones a sus asistentes eran constantes: día y noche, entre semana y el fin de semana, y siempre en correos electrónicos sin asunto. Su agenda estaba meticulosamente planificada, pero esta reunión fue improvisada, y les pidió a sus asistentes que acudieran, lo cual era inusual. Nadie sabía el propósito de la reunión, pero sabían que, cuando Anna convocaba a una, si no llegabas pronto, habías llegado tarde.[4]
Phillip Picardi, director editorial de la página web de Teen Vogue,[5] en principio había dado permiso a su equipo para trabajar desde casa ese día. Habían cubierto las elecciones en vivo por primera vez en la historia de la revista, todos habían trabajado hasta tarde tratando de explicar la victoria de Donald Trump a millones de chicas adolescentes que esperaban la prueba de que ellas también podían convertirse en lo que quisieran, igual que había hecho Anna.
A las siete y media de aquella mañana, solo tres horas después de que Picardi hubiera dado por terminada la noche, su asistente le llamó para informarle de la reunión general de Anna. Él llamó a su equipo exhausto y agotado emocionalmente y les dijo que fueran a la oficina.
Las sillas de la mesa de la sala de reuniones blanca se llenaron, y el personal se apretó en el sitio que quedaba detrás esperando la llegada de Anna.[6] La elegancia asociada a los empleados de Vogue es legendaria, pero esa mañana todo el mundo —excepto Anna— tenía un aspecto terrible, recordó Phillip.
Una de las mayores fortalezas de Anna como mujer de negocios y líder ha sido no permitir que nada aminore su velocidad o se interponga en su camino —ni dar a luz, ni las emociones, ni las tonterías corporativas, ni una derrota—, y había percibido correctamente que su equipo necesitaba un hilo de esa fibra resistente en ese momento.
«Hoy ha salido un artículo que me acusa de haber ido demasiado lejos apoyando a Hillary Clinton, la primera mujer que ha ganado unas primarias presidenciales demócratas»,[7] dijo de pie delante de la sala. Se refería a un artículo publicado esa mañana en el periódico de la industria de la moda Women’s Wear Daily (conocido en general como WWD) con el titular «¿Fue demasiado lejos la defensa de Hillary Clinton de Anna Wintour y Vogue?».
«Ahora que las amargas elecciones han quedado atrás, surgen muchas preguntas para Vogue, las revistas femeninas y la industria de la moda»,[8] proseguía el artículo. «Por mencionar unas cuantas: ¿Ha perdido Vogue la credibilidad frente a sus lectoras? ¿Las revistas femeninas deben cubrir las noticias como los medios de comunicación? ¿Se ha extralimitado Anna en su papel de editora?».
Se creía que Anna aspiraba a una embajada, lo cual habría puesto fin a su reinado en Vogue. Si bien Clinton pensaba que Anna podría ser una embajadora excelente,[9] y nombrarla era una posibilidad, ella no había comenzado un proceso formal para ocupar esas posiciones, dijo un consejero. No estaba claro ni para la campaña ni para el jefe de Anna que tuviera un interés serio en ello. Su novio de por entonces, Shelby Bryan, dijo: «Si le hubieran ofrecido la embajada del Reino Unido, creo que se lo habría tenido que pensar de verdad».[10]
Escrutando a su equipo en la sala de reuniones, Anna continuó: «Solo quiero deciros a todos los presentes aquí hoy, que trabajáis para mí, que si apoyar los derechos LGBTQ, los derechos de las mujeres, a las mujeres candidatas a la presidencia, a los inmigrantes y la igualdad de todas las personas de todo el país significa ir demasiado lejos, entonces espero que todos vayáis demasiado lejos cada día».[11]
Al hablar, se le quebraba la voz.[12] Era algo que rara vez sucedía,[13] y era lo suficientemente perceptible para que una antigua empleada, Stephanie Winston Wolkoff, le hubiera puesto un nombre: «la interferencia». El equipo de Vogue sabía que tenía que dolerle la derrota de Clinton, pero nunca se hubieran esperado que lo confirmara la propia Anna, una mujer que casi nunca mostraba sus emociones en el trabajo y que, de hecho, era tan reacia a hacerlo que habitualmente había puesto las gafas de sol entre cualquier insinuación de sentimientos y el resto del mundo durante la mayor parte de su vida. Una vez las describió en una entrevista para la CNN como «increíblemente útiles» cuando quiere ocultar lo que está pensando o sintiendo de veras: «Una muleta».[14] Pero en aquel momento, la armadura había caído y Anna hizo algo que no había hecho la noche anterior.[15]
Se echó a llorar.[16]
El estilo de Anna siempre había sido seguir adelante en lugar de darle vueltas a lo que podía haber sido, y ese patrón se mantuvo. «Pero es el presidente», dijo Anna. «Tenemos que encontrar la manera de seguir adelante».[17]
Hecha su declaración, se marchó.[18] El equipo aplaudió, y luego escribieron a cualquiera que, por la razón que fuera —una sesión de fotos, un viaje, los asuntos habituales del día—, no estuviera en la oficina: «Dios mío, Anna acaba de llorar delante de todo el mundo».[19]
Antes de la toma de posesión de Trump y mientras el equipo seguía tratando de procesar sus sentimientos por su victoria, Anna le llamó a regañadientes.[20] Trump había sido un invitado bienvenido a muchos de sus eventos en el pasado, al parecer tan interesado en su influencia y aprobación como ella lo estaba en su talonario. Organizó una reunión con él en la Trump Tower a través de su hija Ivanka, que era conocida suya desde hacía mucho. Donald le contó a su mujer Melania que Anna iba a ir a verle.
De acuerdo con la por entonces amiga de Melania, Stephanie Winston Wolkoff, ella no se había enterado de la visita por Anna, y estaba tan ofendida que ni siquiera la saludó cuando apareció. Melania no entendía que, si la invitaban a los eventos de Anna, no era porque fuera una amiga, sino porque había aparecido en la portada de febrero de 2005 de Vogue.[21]
Anna quedó en llevar a Donald al edificio One World Trade Center para que se reuniera con los otros editores jefe de Condé Nast. Como bien sabían los que la rodeaban, aunque las razones de Anna no siempre fueran claras en el momento, siempre tenía una agenda. «¿Quién no querría una audiencia con el presidente electo?»,[22] suponía la gente de la reunión que era el razonamiento de ella. Su equipo intentó en dos ocasiones,[23] una antes de la toma de posesión y otra después, fotografiar a Melania para Vogue. Pero en parte porque no le garantizaban la portada, Melanie se negó. «No me importa una mierda Vogue ni ninguna otra revista», dijo.
Pero Winston Wolkoff creía que sí le importaba una mierda Vogue.[24] Quería la portada una vez más.
Anna Wintour ha sido la editora jefe de Vogue desde 1988 y una de las figuras más poderosas de los medios de comunicación. «No sé qué tiene exactamente Anna», dijo Laurie Schechter, una asistente de los primeros tiempos, «pero si pudiera embotellarlo ganaría billones de dólares porque es como la materia de la que están hechos los cuentos de hadas».[25] Sin embargo, a mucha de la gente entrevistada para este libro le costó sobremanera explicar por qué es tan poderosa y cuál es su poder.
A lo largo de más de tres décadas de ejemplares de Vogue y sus spinoffs, Anna no solo ha definido las tendencias de la moda, sino también los estándares de belleza. Ella decide a qué celebridades y modelos fotografiar y con qué prendas vestirlas. Si quiere que un diseñador tenga más influencia, lo recomienda para dirigir firmas más grandes, y tiene ese poder porque los dueños de esas firmas más grandes buscan —y siguen— su consejo. Grace Coddington, antigua directora creativa de Anna, dijo sobre el poder de sus preferencias: «Lo deja muy claro. Así que evidentemente no es una buena idea seguir por un camino que sabes que no le gusta, porque entonces probablemente no le gustarán las fotos, y si no le gustan las fotos, puede que salgan, pero habrá muchas menos».[26]
«Yo nunca la he oído decir: “No hagas esto, haz esto otro”. Tú sabes que a alguien le encanta algo con solo mirarle, y sabes si alguien es indiferente con solo mirarle»,[27] contaba Tonne Goodman, editora de moda que ha trabajado para Anna desde 1999 y ha asistido a muchos avances de colecciones con ella. Sally Singer, que trabajó para Anna durante casi veinte años, desarrolló el tema: «Nunca se pensó que Vogue fuera solo un proyecto editorial. Era una intervención en el mundo de la moda».[28]
Esa intervención ha sido en gran medida un éxito gracias al efecto de su autoridad.[29] Tom Ford, un gigante de la industria de la moda y uno de los amigos más íntimos de Anna, ha disfrutado durante mucho tiempo de la distinción de ser una «marca de Vogue». Favoritos como él mantienen relaciones privilegiadas con Anna y su equipo de editores; ella y su equipo les aconsejan no solo sobre sus prendas, sino también sobre cómo dirigir sus negocios. A cambio, las marcas de Vogue son recompensadas con cobertura en la revista y, lo más importante, con el apoyo personal y el consejo de Anna. Además, Anna no espera a que emerja la siguiente generación de diseñadores: los apoya financieramente a través del Council of Fashion Designers of America (CFDA)/Vogue Fashion Fund. De ese apoyo puede depender tener un éxito inimaginable o la ruina. «Si yo estuviera del lado bueno, estaría asustado», dijo André Leon Talley, en su día uno de los colaboradores más cercanos a Anna, sobre el peligro de perder su favor. «Así como adora a la gente con talento, si no te quiere, tienes un problema».[30]
Esta clase de estrategia intervencionista no se limita al mundo de la moda. Anna ha usado los nombres de sus poderosos aliados a fin de recaudar dinero para iniciativas benéficas, la más notoria el Costume Institute del Museo Metropolitano de Arte, que conserva y expone objetos de moda como piezas de arte, para la cual ha recabado más de 250 millones de dólares.[31] También ha coordinado los esfuerzos de la industria en la recaudación de dinero para candidatos demócratas, con lo cual ha politizado de forma visible el negocio.
Su influencia se extiende a Broadway, a la industria del entretenimiento y a los deportes, entre otras áreas. (El director novel Bradley Cooper, que le pidió consejo repetidamente, le envió una copia del guion de su versión de Ha nacido una estrella para que le diera su opinión de a quién fichar para el papel de protagonista, que acabó llevándose Lady Gaga).[32]
Los editores de Vogue eran poderosos antes de que Anna consiguiera el puesto, pero ella ha expandido ese poder de forma notable, haciendo de la revista, y de sí misma, una marca tan poderosa que la gente quiere estar asociada a ella. «Lo asombroso de Anna es que una persona corriente sabe quién es», dijo Ford. «Enseñas una foto y dicen: “Esa es Anna Wintour de Vogue”».[33] Especialmente gracias a la novela y la película El diablo viste de Prada, cómo habla, contrata y despide, come y compra Anna son asuntos de escrutinio y obsesión. En general se la percibe como «fría» y «glacial», dotada de la inusual habilidad de apagar y encender vínculos —ya sea con otras personas o con las consecuencias de sus propios actos— como si de un interruptor se tratara. Cuando camina por los pasillos de Condé Nast, el personal, aterrorizado, se pega a las paredes para apartarse de su camino y comprobar qué hay en las pantallas de sus ordenadores.[34] Y a la vez son devotos de Anna; de hecho, muchos antiguos empleados sienten la necesidad de protegerla, porque trabajar para ella podía ser tan extraordinario como agotador. Y sin duda ella no se lo ponía fácil. Las responsabilidades de los empleados van más allá de hacer Vogue, dijo Mark Holgate, que entró como redactor sénior de moda a finales de 2003. «También es: “Escribe una lista de diseñadores para que una persona los valore para contratar a su nuevo director creativo” o: “¿Puedes echar un vistazo a este guion?, porque no sé quién le ha presentado a Anna una idea…”. Cada día llegan un montón de cosas a Vogue».[35] Y cuando Anna pide algo, normalmente quiere que se haga de inmediato. A pesar de los correos de trabajo enviados a los empleados antes de las seis de la mañana, añadió Holgate, «también es adictivo». Otros alaban lo directa que es; siempre sabes dónde estás con ella, y eso es mejor que trabajar para alguien que te pregunta por el cumpleaños de tu hijo pero no es capaz de decidirse sobre un titular.
Aquellos que han trabajado para Anna a menudo se preguntan por qué tiene que estar involucrada en todo, y cómo se las arregla para compaginarlo. Anna controla todo lo que puede, hasta los ingredientes de la comida de la Met Gala. Sin embargo, a pesar de su perfeccionismo, ha cometido un número considerable de errores. Para ser alguien que defiende los principios progresistas que mencionaba en la reunión de empleados después de las elecciones, su trayectoria es inconsistente. La han señalado en repetidas ocasiones por publicar fotos y artículos cultural y racialmente insensibles, y por no ser capaz de abrazar la diversidad. Durante los noventa, pasaban los años y solo aparecían mujeres blancas en la portada de Vogue. Defender la piel fue en su día su cause célèbre. Ha criticado cuerpos en público. Su equipo ha sido en su mayoría blanco, aparentemente escogido tanto por su estilo, apariencia y pedigrí como por sus habilidades y credenciales.
Para muchos, Anna ha sido una fuente de admiración y envidia. (Como concluía una de sus viejas amigas, Annabel Hodin, «lo que de verdad querías era ser ella»).[36] No obstante, probablemente es su temible reputación lo que primero viene a la mente cuando se menciona su nombre. Tan pocas mujeres han alcanzado el nivel de Anna que no hay un modelo de referencia, pero sí prevalece la sensación de que tal poder se debería ejercer con un toque más cálido del que ella posee de forma natural. (Aunque si un hombre hiciera su trabajo así y fuera igual de afectado que ella, probablemente se alabarían su disciplina y compromiso).
Se dice que Anna es diferente fuera de la oficina. Que le gustan los perros. Sus amigas dicen que se dedica con pasión a sus hijos y nietos (sí, les ha cambiado los pañales).[37] En su casa de fin de semana en Mastic, Long Island, añaden, está relajada. Le encanta recibir a su familia y organizar comidas para más de cincuenta personas. «Es muy familiar», dijo Emma Soames, una amiga de toda la vida. «Se ha convertido en una matriarca».[38] En palabras de la organizadora de la Met Gala de muchos años, Stephanie Winston Wolkoff: «Ahí hay una persona».[39]
Dentro de la oficina, algunos empleados la ven de forma parecida. Jill Demling, que se ocupó de organizar las portadas de celebridades durante veinte años, afirmó: «Anna tuvo un papel importante en mi vida, no solo como mentora, sino casi como una figura materna».[40] Sin embargo, sigue estando llena de contradicciones. Anna no aprecia la charla superficial, aunque sí le gusta la gente que no teme asomarse a su oficina para hacerle una pregunta. Es mortalmente seria con el trabajo, pero le encanta hacer bromas con su equipo. Lo que de verdad quiere, a lo que responde mejor que nada, es a que la traten como a un ser humano. Como las famosas gafas de sol, su estatus de icono ha sido a la vez un barniz que la ennoblece y un obstáculo.
Existe el debate sobre cuán creativa es Anna como editora. Algunas personas que han trabajado estrechamente con ella opinan que sus puntos fuertes son en realidad dos: el primero, gestionar personas creativas y el proceso creativo, y el segundo, establecer inteligentes alianzas políticas para incrementar su poder. Sus amigas más cercanas dicen que ama totalmente la moda, pero eso no siempre ha sido evidente para otras personas que han trabajado cerca de ella.[41] Se preguntan si la moda no habrá sido simplemente un modo de conseguir una posición de poder real, siendo una mujer que entró en el mundo laboral en la época en que lo hizo.[42]
Durante su reinado en Vogue su dimisión o su despido han sido un tema habitual de especulación. Pero, a pesar de las avalanchas de críticas serias del público, su poder no hace más que expandirse con el tiempo, porque Anna conoce el ecosistema en el que opera mejor que nadie. Se podría decir que ella lo inventó.
1
Orígenes
Nacida en 1917 con el nombre de Eleanor Baker,[43] en el seno de una familia cuáquera rica, en Harrisburg, Pennsylvania, la futura Nonie Wintour era una joven de sociedad. Su padre, Ralph Baker, era un abogado que había dejado el ejercicio privado para convertirse en profesor en la facultad de Derecho de Harvard. Se especializó en fideicomisos[44] y, antes de su muerte, creó un sustancioso fondo que mantendría a sus descendientes, incluida su nieta Anna, durante el transcurso de muchas décadas.[45]
Tras graduarse en Radcliffe, en 1938, Nonie se inscribió en el Newnham College para mujeres de la Universidad de Cambridge. También en Cambridge, un amigo común, Arthur M. Schlesinger, Jr., le presentó a su futuro marido, Charles Wintour.[46] Hijo de un general mayor, Charles nació en 1917, en Dorset, al suroeste de Inglaterra.[47] Menuda y delgada, Nonie llevaba el pelo en ondas cortas y oscuras recogidas hacia atrás para apartárselo de la cara.[48] Charles usaba gafas y tenía una expresión melancólica, e irradiaba un aire profesional.[49]
Ambos compartían el interés por el periodismo y la escritura. En Cambridge, Charles era coeditor de Granta, la prestigiosa revista literaria universitaria.[50] Nonie había pasado el verano posterior al college trabajando como reportera para el periódico The Daily Republican en Phoenixville, Pennsylvania.[51] Es posible que el laconismo que requería la prensa escrita fomentara su uso directo y sobrio del lenguaje,[52] lo cual en ocasiones, cuando estaban saliendo, volvía loco a Charles, ya que a menudo no sabía, en especial cuando se escribían, qué pensaba ella verdaderamente.
Tras graduarse el primero de su promoción por sus logros académicos,[53] el mayor reconocimiento de la universidad, Charles se trasladó a Londres para empezar a trabajar en la agencia de publicidad J. Walter Thompson, mientras que Nonie regresó al otro lado del océano: su amor era seguro, pero su futuro, todo lo contrario.
Entre las más insignificantes consecuencias de la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939[54] se cuenta que despidieran a Charles de J. Walter Thompson[55] apenas dos meses después de llegar.[56] Como muchos de sus colegas, Charles se alistó de inmediato. Antes de conocer su destino,[57] le envió una carta a Nonie pidiéndole que fuera a Londres para casarse con él cuanto antes. Semanas más tarde comenzó la formación de cadete oficial y poco después recibió la respuesta afirmativa de Nonie, quien iría en febrero.
Nonie llegó el mismo día que fue derribado el primer avión enemigo en el Reino Unido.[58] Charles estaba tan eufórico de verla que estuvo a punto de desmayarse.[59] Con un poco menos de euforia, Nonie se sintió aliviada al comprobar que se seguían llevando tan bien.[60]
Se casaron el 13 de febrero de 1940 en una iglesia en Cambridge[61] y lo celebraron con amigos.[62] A pesar del entusiasmo por estar juntos, la guerra era desalentadora y ninguno de los dos sabía adónde enviarían a Charles. Pronto embarazada, Nonie se quedó unos cuantos meses en Londres antes de regresar a Boston.
Una vez solo, Charles sucumbió a la depresión. Aterrorizado por la posible invasión de Gran Bretaña, se preguntaba si un romance sería el antídoto. Esto no era tan chocante como parecía. Charles sentía que estar con una mujer era una «necesidad» para él, y desde las primeras semanas que estuvieron juntos, Nonie se había dado cuenta de que él no era del tipo fiel.[63] Convencido de que se había establecido y aceptado una norma fundamental,[64] dio por hecho que Nonie estaría de acuerdo en que una relación extramarital le beneficiaría. (Las aventuras de Charles continuarían a lo largo de todo su matrimonio, y serían dolorosamente patentes para Anna cuando era una adolescente).[65] Nonie —por entonces embarazada de seis meses— consintió en la aventura desde Boston. Aunque le preocupaba si aquello molestaba de verdad a Nonie, Charles empezó a pasar las noches con una divorciada de veintitrés años cuyo nuevo prometido estaba convenientemente en Rodesia.[66]
A finales de noviembre,[67] cuarenta semanas y un día después de su boda, Charles recibió un telegrama de Schlesinger anunciándole el nacimiento de su hijo Gerald, llamado así en honor al padre de Charles. Pasaría media década antes de que conociera a su hijo.[68]
Para Anna, uno de los periodos más difíciles de su vida personal y profesional estuvo relacionado con tener un bebé recién nacido y vivir al otro lado del océano respecto a su marido. Sus padres se enfrentaron a ese mismo desafío en medio de una guerra, con la intensa preocupación de que podían matar a Charles cualquier día.
A los pocos meses de tener a Gerald,[69] Nonie —después de que Charles se enfrentara con su suegro por ese motivo— regresó en barco a Europa para estar con su marido, dejando a su hijo al cuidado de sus padres. Charles era consciente de que Nonie volvía en contra de su voluntad. La había presionado para que lo hiciera, a pesar del profundo dolor que a ella le producía abandonar a Gerald. No obstante, también era consciente de que ningún proceder los haría felices a ambos y de que, si no se veían hasta después de la guerra, ya no serían jóvenes… y eso siempre que él sobreviviera.[70]
Aunque al principio sentía nostalgia y estaba enfadada, Nonie se quedó con Charles durante muchos años; eligió estar presente en su matrimonio, aun cuando eso significara permanecer alejada de su hijo. Se trasladó por el Reino Unido siguiendo a Charles allá donde lo destinaron a medida que ascendía de rango; los dos agradecieron que le asignaran trabajo administrativo después de acabar un curso en Staff College.[71] Nonie finalmente regresó a casa en barco a mediados de 1944,[72] ya convertida en una extraña para su hijo. Con su mujer al otro lado del Atlántico, Charles tuvo una nueva aventura.[73] Nonie había abandonado a su hijo por su marido durante muchos años; ahora Charles estaba dispuesto a abandonar a su mujer a favor de las infidelidades. Aunque las circunstancias de la guerra eran excepcionales, el uno y la otra parecían compartir la capacidad de desestimar el bienestar de otros cuando podía interponerse en sus deseos más inmediatos.
En invierno, Charles estaba destacado en el hotel Trianon Palace en Versalles,[74] un lugar resplandeciente con lámparas de araña, suelos ajedrezados y columnas blancas. Sentados en una buhardilla, él y sus compañeros, también oficiales subalternos, discutían sobre lo que harían después de la guerra.[75] Charles dijo que quería ser periodista. Arthur Granard, un ayudante del mariscal en jefe del aire Arthur Tedder, respondió: «Si alguna vez estás interesado en que te presente a lord Beaverbrook, házmelo saber».
Lord Beaverbrook era un canadiense rico que se hizo millonario a los veintisiete años fusionando empresas cementeras antes de trasladarse a Londres en busca de oportunidades de negocios, además de influencia política y cultural.[76] Fue consejero de Winston Churchill durante la guerra[77] y editor de una cartera de periódicos (que justo después de la Segunda Guerra Mundial tenía la mayor tirada combinada de todos los editores del mundo),[78] que incluía entre otros Daily Express y Evening Standard. Al no lograr convertirse en primer ministro,[79] Beaverbrook utilizó sus periódicos para promocionar a sus amigos, atacar a sus enemigos y presionar en favor de una Gran Bretaña aislacionista.
Cuando la guerra terminó, Charles escribió a Granard para pedirle una reunión con Beaverbrook. Para su sorpresa, Granard cumplió su promesa y los presentó.
Beaverbrook tenía fama de excéntrico, pero a Charles le resultó encantadoramente cálido cuando se conocieron en su apartamento de la suntuosa calle Park Lane de Londres[80] el lunes 1 de octubre de 1945.[81] Beaverbrook le pidió a Charles que escribiera un artículo sobre las diferencias entre los estilos de trabajo británico y estadounidense.[82] Luego de entregar la pieza, Charles recibió una oferta para trabajar como asistente de redacción editorial en el Evening Standard, con un contrato de prueba por catorce libras a la semana, un trabajo que le cambiaría la vida.
Con la carrera aparentemente resuelta, ahora Charles tenía que sentar la cabeza. Salió una última noche como soltero con su amante y luego encontró una casa de alquiler para su familia el barrio de Hampstead de Londres.[83] No tenía ni idea de lo breve que sería su felicidad y la de Nonie.
Gerald tenía cinco años cuando Nonie lo llevó a Londres, a principios de 1946.[84] Casi de inmediato, Charles sintió que sería beneficioso para el niño vivir con él, tras haber sido criado en un «ambiente predominantemente femenino».
El matrimonio tuvo a su segundo hijo,[85] James (conocido como Jimmie),[86] en mayo de 1947, y dos años después Nonie se quedó embarazada de nuevo. El 3 de noviembre de 1949, dio a luz a su primera hija, la niñita que esperaba cuando nació Jimmie, llamada Anna.[87] Aparte del brote de tos ferina que Anna presentó la primavera posterior,[88] los niños Wintour prosperaban.
Así fue hasta el martes 3 de julio de 1951, cuatro meses antes del segundo cumpleaños de Anna.[89] Gerald se puso el uniforme y se fue al colegio. A los diez, llevaba años montando en bicicleta. Por desgracia, un coche lo atropelló cuando volvía a casa y le fracturó el cráneo. Le llevaron al hospital New End en Hampstead, pero no pudieron salvarle la vida. A las seis de la tarde, veinte minutos después del ingreso, se dictaminó la muerte de Gerald Wintour.[90]
La historia que persistiría en los círculos periodísticos británicos es que esta tragedia personal impulsó el ascenso profesional de Charles.[91] Estaba aburrido y deseaba dejar el periódico por un trabajo en una revista.[92] Sin embargo, cuando, durante una reunión con Beaverbrook, le notificaron que Gerald había tenido un accidente,[93] en lugar de salir corriendo a casa, se dice que regresó a la reunión y continuó con el trabajo sin mencionar a su hijo. Esa dedicación ante una de las peores tragedias de la vida causó una impresión indeleble en su jefe.
No obstante, Charles compartía el profundo dolor de Nonie,[94] tan grande que su médico le recetó medicación para ayudarla a superar los peores días iniciales. A ambos padres les mortificaba la culpa; para empeorar la situación, ocho días después del accidente el hombre que estaba al volante no fue acusado de homicidio, sino de conducción temeraria. A pesar de enfrentarse a una sentencia máxima de cárcel de dos años, apenas lo condenaron a pagar una multa de diez libras.[95]
Más tarde ese mes, los Wintour hicieron las maletas y zarparon a Estados Unidos en el Queen Elizabeth para visitar a la familia de Nonie.[96] Charles, la clase de hombre que nunca se tomaba todas sus vacaciones, se marchó antes de Estados Unidos para volver al trabajo.[97] Hasta el otoño no se volvería a reunir la familia. Por supuesto, el viaje no podía cambiar su dolor.
Aunque Anna tenía veinte meses al ocurrir la muerte de Gerald —era demasiado pequeña para recordar el suceso o comprender la pérdida—, la tragedia obsesionó a la familia los años venideros. No había fotos de su hermano en casa y la angustia de Nonie llegó a ser tal que puso rejas en las ventanas por miedo a que de alguna manera sus otros dos hijos se cayeran.[98]
A pesar de que tal vez tenía el espíritu destrozado, al año siguiente Charles fue ascendido a editor de la sección de política del Evening Standard. Una semblanza de Beaverbrook en Newsweek que mencionaba el ascenso de Charles lo calificaba de «brillante».[99] A pesar de que Nonie estaba orgullosa del éxito de su marido, parecía resentirse de que este obedeciera a la devoción de Charles por Beaverbrook, que en ocasiones parecía mayor que su dedicación a ella y sus hijos.[100] Nonie aborrecía especialmente las ideas conservadoras de Beaverbrook.[101]
El matrimonio Wintour tuvo dos hijos más después de Anna: Patrick y Nora. Aburrida en casa criando a sus cuatro hijos, todos menores de diez años, Nonie aceptó algunos trabajos freelance como crítica de programas de televisión, leyendo guiones para Columbia Pictures y finalmente haciendo críticas de cine.[102] Cuando volvió a estar lista para trabajar a tiempo completo, «decidió que quería trabajar en temas sociales», contó Anna más adelante, y comenzó una nueva carrera como trabajadora social ayudando a adolescentes embarazadas a encontrar padres adoptivos para sus hijos, tarea a la que se dedicó tanto como Charles al periódico. «Era un trabajo muy importante para ella y creo que fue muy inspirador para todos nosotros».[103] A lo largo de toda su carrera, en las entrevistas, Anna a menudo hablaba de su padre como fuente de inspiración, pero casi nunca mencionó a su madre, pese a lo unidas que estaban. Incluso en privado, con amigas, eran raras las ocasiones en las que hablaba de su madre.[104] Sin embargo, su carácter se parece mucho al de Nonie. Es posible que Anna sea más extrovertida,(1) pero, al igual que su madre, tiene una fuerza de voluntad increíble y una tendencia a adoptar férreas convicciones políticas.
Por otro lado, la ambición profesional y el carácter implacable de Anna parecen venir de su padre,[105] cuyo poder en el seno del grupo de escritores de Beaverbrook aumentó con cada ascenso: de editor de la sección de política de Evening Standard pasó a redactor adjunto en Sunday Express, a editor jefe adjunto de Evening Standard, a director editorial de Daily Express, y luego, en 1959, para su alivio, volvió al más exclusivo Evening Standard.[106]
Ser jefe de redacción de Evening Standard no solo otorgaba un prestigio: también parecía conveniente desde el punto de vista financiero. Los Wintour compraron una enorme casa de dos plantas en la campiña inglesa,[107] y uno de los entretenimientos preferidos de Anna, cuando no montaba a caballo o jugaba al tenis, era acurrucarse en la tapicería de cretona de rosas repollo quintaesencialmente inglesa con un libro. (Sus amigos y colegas más adelante se asombrarían de la voracidad lectora de Anna).[108] Las vacaciones de los Wintour, que normalmente tenían lugar en verano, transcurrían en el Mediterráneo, en Italia o España.[109]
Charles cumplía un estricto horario profesional.[110] Se levantaba a las siete y llegaba a la oficina a las ocho, donde tenía la responsabilidad de sacar cada día al menos cinco ediciones distintas del periódico. Si estallaba una noticia durante su ausencia, dejaba lo que estuviera haciendo y se apresuraba a volver al trabajo, incluso si la familia se encontraba de vacaciones fuera del país. «Todos en la familia sabíamos que le importábamos muchísimo, pero también sabíamos que le importaba muchísimo el periódico. No teníamos en absoluto sensación de que fuera un padre ausente; por otro lado, nos enseñó qué es la ética de trabajo y lo importante que es amar lo que haces en la vida», le contó Anna a un periodista.[111] Cuando iba a visitarle a la oficina, veía con sus propios ojos la pasión que sentía por su trabajo: por reunirse con los redactores y ver cómo imprimían los periódicos, el olor a tinta fresca que emanaban las imprentas.
«Siempre existía esa sensación de que se acercaba la entrega», le contó Anna a otro periodista. «La emoción en torno a las noticias».[112] A menudo las comidas de los domingos estaban tomadas por las conversaciones familiares sobre lo que salía en los periódicos.[113] «El evangelio en nuestra casa era el periódico», recordó Anna.[114]
A pesar de que Nonie había crecido muy unida a sus padres y disfrutaba de pasar tiempo con ellos,[115] Anna más adelante contó que su padre «provenía de una crianza bastante victoriana. No estoy segura de que su madre le hablara jamás». Pero Nonie y Charles querían criar a sus hijos de una manera más estadounidense, lo cual significaba implicarse en sus vidas. En los hogares británicos de profesionales liberales, los niños a menudo no comen con sus padres. En el hogar de los Wintour, Anna y sus hermanos estaban incluidos en las cenas y reuniones sociales de sus padres, lo cual dio acceso a Anna al mundo de Charles. Aquel entorno glamuroso e intelectual, los excesos de aquellas fiestas, eran algo normal para Anna desde una edad muy temprana. Y cuando no acudían a cenar periodistas famosos, la familia entablaba sus propias conversaciones de alto nivel alrededor de la mesa.[116]
Bajo la dirección de Charles, la influencia de Evening Standard demostró que un tabloide podía ser a la vez populista y sofisticado; era conocido como el mejor periódico vespertino de Londres. («En la primera página quieres el cadáver decapitado que han hallado al lado del río», dijo, «pero en el interior debe haber al menos un artículo que el subsecretario permanente del Tesoro no se puede permitir perderse»).[117] Contrató corresponsales extranjeros y dirigía una cobertura política de tendencia liberal, a la que le daba el mismo peso que las artes y la cultura. Su objetivo principal era atraer a un público joven al periódico. Cuando un colega le preguntó por el secreto de su éxito, él contestó: «Simplemente he contratado jóvenes».[118] Valoraba las aportaciones de sus empleados sin experiencia[119] y no era raro que atravesara la redacción solo para preguntarle a un joven redactor qué foto prefería para la primera página. No es ninguna sorpresa que tantos periodistas quisieran trabajar para él.
Para un editor de Fleet Street de la época, Charles valoraba inusualmente el talento femenino. «Era el comienzo de la segunda ola feminista, así que los derechos de las mujeres estaban un poco de moda, pero seguían siendo algo poco común», dijo Celia Brayfield, que finalmente consiguió un trabajo de redactora después de presentarse unas cuatro veces. Brayfield se dio cuenta cuando empezó en el Evening Standard, después de haber trabajado en el Daily Mail, de que no le silbaban ni le decían piropos cuando caminaba por la oficina: una cultura de restricción que solo podía haberse originado desde la dirección. Cuando Anna se quedó embarazada siendo freelance, Charles insistió en que tomara la misma baja de maternidad que una empleada, a pesar de que técnicamente no le correspondían los mismos beneficios. Huelga decir que era más barato contratar a mujeres, pero a diferencia de sus colegas, Charles valoraba su talento.
Aunque Charles apoyaba a su equipo y contaba con su respeto, no era fácil en absoluto estar cerca de él. Sus empleados sabían que no debían molestarle antes de que la primera edición estuviera compuesta por la mañana.[120] En las interacciones cotidianas era callado, frío y exigente.[121] Debía tomar decisiones constantemente y por tanto debía hacerlo rápido. Cuando una vez al año invitaba a sus empleados a comer,[122] llevaba un cuaderno para consultar la lista de temas de conversación que tenía planificada. Hablaba de una forma indicativa de la clase alta británica, entrecortada, como si hubiera puntos en todas las frases: «Ahora vamos. A tener. Una conversación. Sobre. Ese. Asunto».[123] (La excepción era su frase característica, gruñida como una sola palabra, cuando alguien cometía un error: «¡Porelamordedioslapróximavezhazlobien!»). Cuando un redactor entraba en su enorme oficina para enseñarle un borrador, lo hacía sentarse a cierta distancia de su escritorio, luego dejaba el artículo en la mesa, apoyaba la frente en la mano y leía el texto completo sin decir palabra, haciendo que la persona en cuestión estuviera tan nerviosa e incómoda como fuera posible. Los hombres de mediana edad del equipo, que se dirigían a Charles como «sir», se estremecían de miedo en las reuniones diarias en las que Charles destrozaba los ejemplares del día anterior, exigiendo saber por qué una historia terminaba abruptamente y otra estaba enterrada. Cuando pasaba al lado de una mesa, contó Brayfield, «daba tanto miedo que la gente se inclinaba como un campo de trigo con el viento. Se hundían sobre sus máquinas de escribir, únicamente por el efecto de su autoridad». Los empleados se emocionaban cuando escribía una palabra de alabanza —«Excelente»— al pie de su copia.
Y a pesar de lo terrorífico que era, inspiraba respeto, y todo el mundo estaba deseoso de complacerle. «Era fascinante y todos nos sentíamos cautivados por él», dijo Valerie Grove, que escribía para él.[124] Aunque otros lo percibían de modo distinto,[125] Anna veía a su padre como un hombre «cálido y maravilloso» y no comprendía por qué en el trabajo lo habían apodado Chilly Charlie [Charlie «el Frío»]. En una entrevista de 1999 lo defendió así: «No parecía tener nada que ver con la persona que era». Más adelante muchos tendrían la misma sensación respecto a ella.
Fuera del trabajo, Charles era mucho menos intimidante, en especial en las cenas.[126] Le encantaban los cotilleos, y de vez en cuando estallaba en carcajadas sorprendentemente exageradas y encantadoras al oír historias sobre algún conocido. Muchas noches, él y Nonie dejaban a los niños con una niñera e iban a fiestas, obras de teatro o la ópera, convencidos de que las apariencias eran una parte obligatoria de su trabajo.[127] Él pensaba que un editor de éxito debía «aceptar más invitaciones de las que quiere y conocer a más gente de la que le gustaría».[128] Al final, la asistencia de Nonie menguó y Charles salía sin ella.[129]
Si bien el personal de Charles pensaba que su éxito era completamente merecido, no dejó de circular la idea de que su ascenso era en parte una recompensa por su estoicismo, un nivel de disciplina marcial que sus trabajadores identificaban como exclusivamente wintouriana: contener las lágrimas, reprimir la conmoción y continuar trabajando como si la pesadilla más impensable de cualquier padre no acabara de ocurrir. Los empleados de Charles percibirían esa misma disciplina a prueba de balas en su hija mayor.[130]
No obstante, sería un error afirmar que el método de Anna era enteramente producto de la influencia de su padre. Arthur Schlesinger describió a Nonie como «brillante, ingeniosa y crítica», con «un ojo de lince para las debilidades de los demás»; consideraba su cinismo una forma de «autoprotección, porque yo creo que era extremadamente vulnerable». Sin embargo, añadió, «también era muy divertido estar con ella, siempre y cuando uno no fuera su objetivo».[131] Otros amigos y colegas de Anna dirían lo mismo de ella.
2
Más allá de los uniformes escolares
Durante los años sesenta, si algo era cool, venía de Londres. Para cuando Anna era una adolescente, la ciudad estaba experimentando los estertores de un terremoto juvenil: el racionamiento y la tristeza habían sido reemplazados por el hedonismo, la alegría y la beatlemanía. Anna vivía a las puertas de todo ello en el barrio londinense de St. John’s Wood, donde se hallaban los estudios Abbey Road. «Era imposible no enterarse y no estar entusiasmado, no sentir que el mundo le pertenecía a la juventud», dijo Anna.[132]
La moda estaba en el centro de esta transformación cultural. En las tiendas, que abrían por todas partes, al fin había ropa para mujeres que no querían llevar rígidas faldas a media pantorrilla y chaquetas como sus madres.[133] Nada simbolizaba más rotundamente ese cambio que la minifalda, considerada escandalosa a pesar de que en sus primeras iteraciones quedaba pocos centímetros por encima de la rodilla.[134] (El Daily Mail afirmó que «el mejor amigo de una modelo es un buen par de rodillas», luego de que la diseñadora Mary Quant empezara a vender faldas a la escandalosa altura de «casi 7,5 centímetros sobre la rodilla»).
Barbara Hulanicki, ilustradora de moda de formación, vio de primera mano la desesperación que había por los nuevos estilos cuando, en 1964, diseñó un minivestido a cuadros rosa y blanco y lo puso en venta por veinticinco chelines a través de un anuncio en el periódico.[135] Recibió diecisiete mil pedidos del vestido, que se anunciaba solo en tallas pequeña y mediana. Hulanicki abrió una boutique pionera, que llamó Biba, para aumentar la venta de sus diseños asequibles.[136] Nunca hizo más de quinientas unidades de cada pieza,[137] y las chicas guardaban cola en la calle cada sábado por la mañana para comprar antes de que se agotaran. Anna tenía poca paciencia para las colas, pero se las arreglaba para llegar allí cuando aún no había abierto la tienda y pillar cosas antes de que desaparecieran.[138]
Anna sentía fascinación por la moda, no así por el colegio. A pesar de que «probablemente podría convertirse en una velocista olímpica»,[139] decía su padre, ella hacía lo que quería, y no era correr.[140]
En 1960[141] había hecho las pruebas de acceso para uno de los mejores colegios privados de Londres.[142] «Queens College era una escuela para chicas como Anna y yo que no querían ir a la universidad, pero cuyos padres sí que querían que fueran»,[143] dijo Emma Soames, una amiga que asistió por separado de Anna. El colegio tenía un currículo riguroso (Anna sobresalía en lengua) y era exigente en cuanto a la disciplina. Entre las muchas cosas que no estaban permitidas, no se podía hablar con las amigas en el pasillo, ni hablar sin que te lo pidieran, hacer demasiadas preguntas y llevar algo que no formara parte del uniforme para abrigarse. «Hacía tanto frío en el vestíbulo de la entrada donde rezábamos cada mañana que las chicas se desmayaban. De pequeña tuve una congelación en el pie del frío que pasaba», contó Stacey Lee, antigua compañera de clase que se hizo amiga de Anna. Anna no tardó en tomar la decisión de cambiarse a un nuevo colegio, al parecer sin preocuparse por las amigas que dejaba. «Simplemente pasó página», dijo Lee. «No dependía de la gente, no se vinculaba a las personas».[144]
En 1963 Anna ingresó al excelente North London Collegiate School.[145] No fue bien recibida por sus nuevas compañeras, casi todas habían asistido desde primero de primaria, y fueron tan frías que ni siquiera le daban indicaciones para moverse por el colegio.[146]
Otra chica nueva que tuvo un problema parecido era Vivienne Lasky. Lasky se había mudado a Londres desde Berlín, donde su padre Melvin, nacido en Nueva York, editaba la influyente revista proestadounidense Encounter (financiada por la CIA, como se descubriría más tarde). Para Lasky, Anna era reservada en un sentido muy «británico»; su forma de hablar, como la de su padre, era entrecortada. Pero también percibía que Anna quería que la gente se fijara en ella en sus propios términos: su postura corporal era la de una modelo en un reportaje de moda, con la espalda redondeada y los hombros levantados, haciendo gala de una elegante confianza en sí misma.
Aunque Lasky se hizo amiga suya, Anna podía ser brusca. Le hacía comentarios despiadados sobre el aspecto de otras personas —especialmente sobre los rizos naturales y encrespados, que detestaba— y de sus compañeras, quienes, concluyó Anna, tras haber pasado toda su infancia en uniformes marrones, no tenían ni la más remota «idea sobre color o estilo».
Sin embargo, esas críticas no alcanzaban a la familia de Anna. Su padre iba a trabajar cada día con el típico uniforme masculino de Fleet Street, consistente en una camisa blanca, mangas remangadas hasta el codo y corbata.[147] Su hermana, Nora, no tenía el pelo perfectamente liso como Anna, ni se esforzaba tanto en cuidárselo.[148] La ropa de su madre probablemente era de tiendas de gama media. (Más tarde, cuando Anna empezó a trabajar, le compró a su madre una falda azul marino de Browns, una tienda de diseñador del exclusivo barrio londinense Mayfair. Nonie no supo que la falda mal cortada costaba más de cien libras hasta que fue a la tienda a devolverla).
Anna, atrapada en su uniforme escolar durante la mayor parte de las horas que estaba despierta, se mantenía al día de todo lo nuevo y de moda leyendo vorazmente: libros, periódicos (hasta ocho los domingos), revistas, publicaciones literarias. Le gustaba especialmente Seventeen,[149] que la madre de Nonie le enviaba desde Estados Unidos, en cuya portada siempre aparecía una chica guapa, a menudo con melena con las puntas hacia arriba, con un vestido estampado o rompedor. Los titulares de la portada anunciaban temas de moda y belleza, pero los números incluían más, desde consejos de alimentación a corresponsales adolescentes entrevistando al por entonces fiscal general Robert F. Kennedy. «[Seventeen] era simple y llanamente mi sueño», confesó Anna años más tarde. «No veía la hora de que llegara cada mes».
Para Anna no era suficiente tener buen aspecto; quería ser admirada como la persona mejor vestida de la sala, dijo Lasky. Ese interés era esencial para ella, y traslucía una contradicción. Su vida en casa era acomodada y elitista desde el punto de vista cultural y, a través de Charles, un centro de poder. Cuando Anna entró en la adolescencia, allá donde fuera en Londres era conocida como la hija del celebrado editor de periódicos Charles Wintour. No obstante, fuera de casa se sentía invisible, ignorada por sus compañeros; su individualidad se veía asfixiada por la homogeneidad del uniforme: no se trataba solo de las prendas horribles que tenía que llevar al colegio, sino del «meh» general que caracterizaba la mayoría de la indumentaria británica. Destacar era más que una táctica para ganarse la atención inmediata: era una afirmación de que una podía escapar no solo del beige y el marrón, sino también, en su caso, de lo que significaba ser una Wintour. Sus cuidados de belleza incluían tomar pastillas de levadura de cerveza del mismo tricólogo, Philip Kingsley, que visitaba su padre para prevenir la caída de pelo, no importa que su pelo ya fuera perfecto; visitas al dermatólogo, aunque su piel fuera prácticamente inmaculada, y comprar crema de la marca de alta gama Charles of the Ritz para tratar alguna imperfección ocasional, aunque nunca se maquillaba mucho. Mientras asistía al North London Collegiate, Anna iba a Vidal Sasson, donde se había originado el bob, que se convertiría en el emblema de una época. Le cortaron más corto el grueso pelo castaño liso natural y le hicieron un flequillo recto tan largo que le rozaba las pestañas. El quid de la cuestión de ese look era tener las puntas y el flequillo perfectamente cortados, lo cual requería de recortes frecuentes, pero ella no tenía problema en mantenerlo gracias a visitas regulares a Leonard of Mayfair, la peluquería a la que desertaban los estilistas de Sasson. Ese corte, aunque se convirtió en su sello distintivo, pasaba completamente desapercibido en Londres, donde todas las jóvenes lo llevaban.
Anna normalmente no le decía a la gente cuando no estaba de acuerdo con sus elecciones —de qué ponerse o comer, o cómo comportarse—, pero tenía un modo de hacer sentir que se debía ser de cierta manera, más como ella, en realidad. El look de la época era estar delgada. «Queríamos estar delgadas como Twiggy», dijo Lasky, es decir, verdaderamente delgadas. Anna y Lasky comían poco más que una manzana Granny Smith durante un día de colegio. Anna invitaba a Lasky a su casa para cocinar sus comidas preferidas, como la tarta de queso, pero luego ella no lo probaba. Sus restricciones empezaron a hacer que Lasky sintiera que estaba haciendo algo mal —cosa que las personas cercanas a Anna experimentan a menudo— y que tenía que esforzarse no tanto para mantener su look como la aprobación de Anna.[150] Cuando salió en 1964,[151] Anna se sumó a The Drinking Man’s Diet: How to Lose Weight with a Minimum of Willpower [«La dieta del bebedor: cómo perder peso con un mínimo de fuerza de voluntad»], que presumía de ser una dieta de una sola frase: «Coma menos de sesenta gramos de carbohidratos al día».
A Anna le encantaba ir a casa de Lasky y hablar con sus padres. Su madre era una hermosa y esbelta exbailarina que llevaba ropa de diseñador y les daba comida gourmet a las chicas. «Nonie era terriblemente consciente de lo mucho que le gustaba a Anna mi madre», recordó Lasky. «Eran opuestas. Mi madre nunca salía de casa sin llevar un traje de alta costura. Llevaba más y más collares de perlas. Nunca pesó más de cuarenta kilos».
Aunque los juicios de Anna sobre los demás eran despiadados, probablemente con quien más dura fuera era consigo misma. En una ocasión compró un outfit caro para la boda de una prima; consistía en una falda rosa y un chaqueta floreada. Cuando llegaron las fotos, cayó presa de la angustia. «Bueno, no sé qué pensar de mis piernas», dijo. Buscó una cinta métrica y comprobó la anchura de sus rodillas y las de Lasky y descubrió horrorizada que las de Lasky eran más pequeñas. Era como si se sintiera condenada para siempre por una diferencia minúscula. Lasky comentó que el peso de Anna no parecía haber variado desde que tenía dieciocho años.
Incluso después de haberse hecho al colegio, Anna nunca encontró un círculo social más allá de Lasky.[152] En las entrevistas se ha descrito como una niña tímida,[153] pero sus amistades están divididas al respecto de si lo es o no. Al menos todas coinciden en que era callada.[154] Lasky no veía Anna como una chica tímida. «Ella no quería ser parte de un grupo que existía. Ella quería estar en su propia atmósfera enrarecida», dijo, y añadió: «No se salía de su camino para entablar relación con este o con aquel a menos que fuera verdaderamente necesario. Eso forma parte de esa mística».[155]
Durante la adolescencia de Anna, el matrimonio de Charles y Nonie se echó a perder, probablemente en parte a causa de las aventuras de Charles y por el daño irreparable que produjeron en la relación los efectos colaterales de la muerte de Gerald. Las cenas se volvieron cada vez más tensas,[156] sus invitados temblaban ante la perspectiva de que la pareja discutiera. Mary Kenny, quien trabajaba para Charles en esa época, dijo que, al presenciar la seriedad de las riñas, tuvo la clara impresión de que Charlie y Nonie intentaban avergonzarse el uno al otro. «Era terrible, de verdad, estar con ellos», dijo.
Pero al menos la exposición de los invitados a su tortuosa relación era limitada. Anna tenía que vivir con ella. Lasky y Anna adoraban a sus padres y se horrorizaron al descubrir que no eran fieles a sus madres.[157] ¿Cómo podían sus padres —sus maravillosos padres, a los que idolatraban— ser capaces de engañar? Además, sin duda Anna notaba que la gente que más impresionaba a su venerado padre no era la clase de personas dedicadas, pongamos, a ayudar desinteresadamente a adolescentes embarazadas, sino mujeres prominentes en el mundo de la edición, como él.[158]
Cuando Anna tenía cerca de quince años,[159] los Wintour se mudaron a una casa más grande en Kensington, donde a ella le tocó el apartamento del sótano con entrada propia, totalmente separado del resto de la casa. Una de las largas paredes del apartamento tenía una estantería blanca (parte de los muebles que sus padres habían comprado en Habitat, una tienda de muebles y decoración de moda) llena de libros. Su enorme y austero dormitorio estaba decorado en lino, azul y blanco. El apartamento no era solo un santuario de su propio buen gusto; probablemente también le ahorraba oír a sus padres.
La falta de interés académico de Anna se hizo más clara durante su segundo año en North London. Empezó a estudiar con Peggy Angus,[160] una artista famosa con dos obras en la National Portrait Gallery,[161] que le inspiró un interés en el arte que influiría en Anna cuando era una joven editora de moda y que, en última instancia, la ayudaría a conseguir una reunión con Vogue. Pero la mayor parte del currículo la aburría.[162] De vez en cuando, y sin ninguna consecuencia,[163] ella y Lasky falsificaban notas diciendo que estaban enfermas o que tenían que ir al médico y se iban de compras a Leicester Square. (Se cambiaban los uniformes, que detestaban, en baños públicos). Al final de la semana lectiva, Anna estaba impaciente por vestirse para salir. Ella y Lasky tomaban el metro a casa, se duchaban y se ponían sus looks de noche (normalmente minifaldas), y veían el programa de música en vivo Ready Steady Go! (cuyo eslogan era «El fin de semana comienza aquí»).[164] A las once de la noche, las dos amigas llamaban un taxi para ir a alguno de sus clubes favoritos.[165] Como Anna describió en un artículo de la revista estudiantil de North London Collegiate, la gente que iba al Garrison eran rubias tratando de impresionar a hombres de negocios (aburrido); el Scotch of St. James tenía una clientela mejor y más mezclada, pero estaba demasiado lleno (incómodo); Dolly’s, donde «los ricos y nobles charlan amistosamente con los famosos y notables y las debutantes y los duques bailan codo con codo con las estrellas del pop y sus fans acérrimos», tenía «los outfits más modernos» y «la ropa más estrafalaria… a lo que se sumaba un Beatle, algún que otro Stone y Cathy McGowan [la presentadora de Ready Steady Go!], ¿qué más se podía pedir?».[166]
Los porteros no comprobaban los documentos de identidad, pero Anna y Lasky no intentaban emborracharse: tomaban un Shirley Temple o una Coca-Cola y se marchaban en una hora o menos, el tiempo suficiente para ver y dejarse ver y para dormir lo necesario antes de ir a Biba temprano a la mañana siguiente. «Nuestras familias eran muy confiadas. No éramos chicas promiscuas. No éramos chicas alocadas», dijo Lasky. Y para Anna salir nunca tuvo que ver con perder la cabeza.[167] Ir de clubes era más una misión de reconocimiento que de excesos. En medio de una multitud de gente a la moda, ella estaba estudiando.
3
Despedida y contratada
La educación formal de Anna terminó cuando tenía dieciséis años y se marchó del North London Collegiate antes de acabar el último año.(2)[168] La universidad había sido una parte importante de la vida de sus padres, pero ella no tenía ninguna razón para ir a Oxford o Cambridge (el único objetivo de cursar el cuarto año en North London) si aspiraba a trabajar en la industria de la moda.[169] Años después, Anna le contó a su amigo íntimo, el dramaturgo David Hare, que «estaba completamente desesperada por salir al mundo y hacer cosas».[170] Ella quería trabajar.[171]
En la época, no era inusual que las adolescentes británicas abandonaran los estudios pronto;[172] algunas mujeres dejaban el colegio a fin de prepararse para la vida doméstica o ir a la escuela de secretariado.(3) Como era de esperar, Nonie y Charles no estaban en absoluto contentos con la decisión de Anna.[173] «No creo que fuera tanto por esnobismo como porque los Wintour sencillamente pensaban que la educación era… una herramienta que te podía cambiar la vida por completo», dijo Lasky. Pero hasta donde Lasky sabía, los padres de Anna aceptaron su decisión. «Nunca se lo echaron en cara».
Por otra parte, sus hermanos compartían el interés de sus padres por los asuntos políticos y sociales, y todos asistieron a prestigiosas universidades.[174] Anna se sentía como la oveja negra de su familia. «Ante los logros académicos de mis hermanos y mi hermana, yo sentía que era una fracasada. Ellos eran superinteligentes, así que supongo que me esforcé en ser decorativa. La mayor parte del tiempo me escondía detrás de mi pelo y era terriblemente tímida. Yo siempre he sido objeto de bromas en mi familia. Siempre han pensado que soy muy poco seria. Mi hermana siempre llamaba y decía: “¿Dónde está Anna, está en la peluquería o en la tintorería?”. No es su mundo», contó más adelante. Pero mientras que sus hermanos no entendían su interés en la moda, Charles parecía apreciarlo.[175] La moda era parte de la cultura que cubría el Evening Standard, así que hasta cierto punto él tenía que estar al día. Pero también le importaba que a Anna, para muchos su hija preferida, le entusiasmara la moda.[176]
Charles negó haber empujado jamás a Anna a hacer carrera en los medios de comunicación —«Anna consideraba emocionante lo que yo hacía…»,[177] dijo—, pero de hecho ella sabía que su padre la quería en el periodismo.[178] (A veces le preguntaba si había leído determinados artículos y le pedía su opinión sobre ellos, como si la estuviera formando para sus futuras responsabilidades).[179]
Sin embargo, ella era recelosa, mitad dentro y mitad fuera. «Sin duda crecí sabiendo que quería estar en los medios», le contó al periodista George Wayne, pero «elegí entrar en las revistas porque no era del todo su mundo».[180] No obstante, cuando llevaba veinte años de dirección editorial de Vogue, afirmó que Charles al final había sido su principal influencia. «Creo que en realidad mi padre decidió por mí que debía trabajar en moda. No recuerdo qué formulario tenía que rellenar, quizá era una solicitud de admisión, y al final decía “objetivos laborales”. Y yo dije: “¿Qué debo hacer, cómo relleno esto?”. Y él dijo: “Bueno, puedes poner que quieres ser editora de Vogue, por supuesto”».[181] Y eso fue todo, estaba decidido.
Su determinación prendió como una cerilla.
Unos meses después de que Anna abandonara los estudios, su abuelo Ralph Baker murió. Dejó una herencia para su mujer, Anna Baker; cuando ella falleció en septiembre de 1970,[182] el fideicomiso estaba valorado en 2,28 millones de dólares. Empezaron a llegarles los pagos a Nonie, a su hermana, y a Anna y sus hermanos. Muchos eran para fines específicos, como la matrícula de Harvard de Patrick y la sirvienta de la hermana de Nonie. Anna, que no necesitaba dinero para la universidad, comenzó a recibir cantidades fijas sin fines específicos. Durante los seis primeros años de carrera en el mundo de las revistas, recibió más de 19.000 dólares, que en 2021 corresponderían a 120.000 dólares.[183] Ese dinero le permitió entrar en el mal pagado campo de la prensa y correr los riesgos que la llevaron a prosperar. También pudo comprar cosas bonitas, como el Mini que conducía en Londres.[184] No obstante, si Anna quería una vida de ropa de firma y lujo, el fideicomiso solo era una ayuda: el éxito profesional tendría que pagárselo.
Por supuesto, al principio su padre estaba en posición de echarle una mano. Un día en el trabajo, Charles llamó a su oficina a Barbara Griggs, la editora de moda del Evening Standard.
—Quiero pedirte un favor —dijo él.
—Claro, Charles. ¿Qué puedo hacer por ti? —respondió ella.
—Te estaría muy agradecido si fueras a comer con mi hija Anna. Yo pago, por supuesto. Creo que está muy decidida a hacer una carrera en moda. Quizá podrías orientarla un poco.
Griggs llevó a Anna a comer y se quedó impresionada inmediatamente por lo segura, estilosa y compuesta que era. Esa chica no era más que una niña, pero con la pose, el acicalamiento y la decisión de un adulto.
«Todo lo que quería de mí era un poco de información, tampoco información muy importante. Lo que no quería en absoluto era orientación o consejos sobre cómo gestionar su carrera», recordó Griggs, quien concluyó que ante la adolescente que tenía enfrente se abría un futuro brillante en el mundo de la moda, y que lograría hacer lo que quisiera.[185]
Entonces Griggs llamó a Barbara Hulanicki y le preguntó si Anna podía adquirir algo de experiencia trabajando en la tienda.[186] Hulanicki no conocía a Charles Wintour, pero sabía que su periódico era muy influyente y tenía una gran tirada. Además, Griggs había escrito positivamente sobre Biba en el periódico. Por supuesto que contrataría a la hija de Charles.
Como era hija de Charles Wintour, Anna consiguió el trabajo sin una entrevista formal. En un sentido, no era demasiado sorprendente: trabajar en Biba no requería ninguna cualificación aparte de ser guapa e ir a la moda. Las jóvenes que trabajaban en las tiendas en los años sesenta eran las «it girls» de Londres. Eran estilosas y presuntuosas, aparecían en los periódicos y las revistas y eran tan cool como se podía ser. Pero Anna nunca se convirtió en una de ellas. «Ella no era escandalosamente guapa. Era muy normal y corriente así que, siendo realistas, no hubiera sido la típica chica que habríamos contratado»,[187] dijo la subgerente Kim Willott. En cuanto a personalidad, era lo opuesto de los extrovertidos empleados, callada y dulce. «Estoy segura de que estaba aterrorizada»,[188] dijo Hulanicki. A los empleados se les pidió, según contaron,[189] que la trataran con delicadeza ya que era la hija del influyente Charles Wintour, así que no se le podía dar ninguna tarea difícil.
Biba era un hervidero, como el backstage de un concierto. Celebridades como Brigitte Bardot y Barbra Streisand entraban y salían junto a clientas que buscaban las faldas lo más cortas posible. Si no había cola fuera, había que limpiar las marcas de narices del escaparate cada día. A pesar de que Hulanicki utilizaba a su personal como modelos para el catálogo de Biba (que hacían fotógrafos de moda famosos, como Helmut Newton), nunca le pidió a Anna que posara, porque parecía demasiado reservada.[190]
Parte de la locura de Biba era el desenfreno de los robos.[191] La ausencia de un sistema de seguridad, junto con la escasa iluminación y el ajetreo del probador comunitario, hacían fácil robar prendas, y las clientas lo hacían. En un artículo de The Independent de 2002,[192] Alexandra Shulman, por entonces editora de Vogue, estrechó lazos con la entrevistadora al recordar la cantidad de robos que tenían lugar en Biba. Shulman recordó que cuando la policía fue a su colegio a hablar de ello, «estábamos todas sentadas escuchando con nuestras bufandas Biba robadas».
Anna llevaba trabajando allí solo unas semanas cuando Rosie Young, una de las gerentes, recordó las órdenes que había recibido de arriba: despedirla, porque creían que Anna también había robado prendas.[193] Robar era tan habitual que probablemente Anna no le había dado importancia.
A Young no le pareció en absoluto que a Anna le importase su despido,[194] pero ahora tenía que encontrar otra cosa a la que dedicarse. En el verano de 1967, con la esperanza de capitalizar el movimiento que había en las boutiques, Harrods había abierto un departamento de cerca de dos mil metros cuadrados en la cuarta planta llamado «Way In». Pintado de azul oscuro, con luces tenues y el suelo a rayas azules y negras, el departamento contaba con un DJ y parecía un club nocturno.[195] Todas las empleadas llevaban una minifalda blanca.[196]
El ambiente encajaba con Anna y consiguió un trabajo de vendedora de planta.[197] Entre sus compañeras había debutantes y actrices sin trabajo.[198] Para Lasky, Anna nunca sintió que trabajar en ventas estuviera por debajo de ella. No es lo mismo que decir que a Anna le emocionara empezar desde abajo. «Debido a nuestros orígenes en North London, creo que todas pensábamos que no tendríamos que trabajar duro en cosas que no eran tan cool, sino que iríamos directamente a la cima», dijo Lasky.[199] Pero estar abajo también creaba oportunidades.
En la época que Anna estaba trabajando en Harrods, Lasky consiguió unas prácticas en Petticoat, una revista semanal para adolescentes fundada por Audrey Slaughter, que ya había lanzado con éxito Honey, dirigida a un público algo mayor.[200] El trabajo de Lasky consistía en pedir prestadas prendas y accesorios de diseñadores y minoristas para sesiones fotográficas de moda, que luego embalaba y devolvía. No obstante, en un momento dado, a los editores les faltaban modelos. «Vivienne, hazlo tú», le dijo su jefa. «Trae una amiga». Lasky se lo pidió a Anna.
Casualmente, Anna estaba disponible aquel día. Como era de esperar, ella no tenía ni idea de qué hacía un editor de moda, y quizá el aprendizaje más importante de la sesión fue el trabajo que conllevaba organizarlo.
Posó junto a otras cuantas chicas con una microminifalda rosa y vestido, abrigos grises y zapatos de muestra demasiado grandes que se les salían por detrás. Las fotografías fueron publicadas en una excitante doble página: el debut de Anna Wintour en un mundo que acabaría gobernando. Las dos amigas tenían el aspecto de dos chicas que juegan a disfrazarse en el armario de una mujer adulta.
Para alguien como Anna, que más adelante estaría tan relacionada con personas influyentes en la política y líderes internacionales, los disturbios sociales de los años sesenta no parecían la principal preocupación. Su obsesión era la moda. En una ocasión tuvo una cita en una gran protesta contra la guerra de Vietnam en Londres, en la que ocho mil personas, mayoritariamente jóvenes, recorrieron los dos kilómetros y medio que van de Trafalgar Square a Grosvenor Square. Pero la causa antibelicista no fue necesariamente la atracción: la manifestación era lo que la gente joven hacía en Londres ese día, así que por supuesto ella quería estar allí. Su gran dilema había sido qué ponerse. (Después de probarse incontables outfits se decidió por llevar algo de piel).[201]
En una entrevista conjunta cerca de veinte años después, Charles le tomó el pelo a su hija sobre ese día. «Después de pasarse dos horas preguntándose qué se ponía una para una manifestación, la oí bajar las escaleras, se dio media vuelta y regresó a la carrera. Abrí la puerta y me dijo: “Papi, ¿estoy en contra o a favor de Camboya?”. Creo que las cosas han cambiado. Estoy convencido de que sabe que hay dos partidos en la política estadounidense», dijo.[202]
Es posible que Anna, el único miembro apolítico de la familia, se tomara los comentarios de su padre como un reto. Durante toda su carrera trabajaría para demostrar que podía ser la mejor editora de moda del mundo, así como una persona con planteamientos serios. Después de empezar a dirigir Vogue insistió en publicar artículos sobre política en cada número, con la firme convicción de que el amor por la ropa
