El reino y el poder

Gay Talese

Fragmento

Capítulo 1

1

En su mayoría, los periodistas son incansables fisgones que miran las lacras del mundo, las imperfecciones de los pueblos y de los países. El panorama de cordura que ofrece buena parte de la vida, la gran porción del planeta que no guarda señales de extravío no les atraen como los disturbios y las redadas, las naciones que se derrumban y los buques que se hunden, los banqueros que se fugan a Río de Janeiro y los monjes budistas que se queman vivos. Viven del desastre, les apasiona lo espectacular, encuentran en la normalidad su exasperante enemigo.

Los periodistas se mueven en manada con una tensión contagiosa, y apenas si se dan cuenta de que su presencia en grandes cantidades basta para encender la mecha de un incidente, electrizar al público. Conferencias de prensa, noticiarios, cámaras de televisión se han hecho tan consustanciales con los acontecimientos de nuestro tiempo que ya no distinguimos si es el público quien provoca las noticias o si las noticias acaban por crear al público. Así, el general Ky, de Vietnam, sin duda sintiéndose más fuerte por tanto salir en los periódicos, se atreve a dirigir amenazas a la China comunista; o la policía de Nueva York, al hacer una redada en las guaridas de unos jóvenes delincuentes, descubre que sus líderes conservan libros y recortes de prensa donde se relatan sus vidas y milagros; así también estallaba un disturbio racial en la ciudad de Baltimore al día siguiente de la publicación del Informe Huntley-Brinkley, que explicaba cómo se había conseguido pasar todo el verano sin que estallasen disturbios raciales. En ausencia de la prensa, a veces los políticos cancelan sus discursos, los defensores de los derechos civiles posponen sus marchas y los agoreros dejan de proferir sus fatídicos vaticinios. En Berlín las tropas estacionadas ante el «Muro de la Vergüenza», olvidadas desde que la guerra del Vietnam acapara la atención de las agencias informativas, practican la coexistencia mientras miran a las chicas que pasan.

Un suceso no causa impacto si no se cuenta. Es como si no hubiese ocurrido. Por eso el periodista es el aliado más importante de los ambiciosos, de las estrellas de este mundo. Lo invitan a fiestas, lo cortejan y lo alaban, le facilitan números que no figuran en el listín telefónico y le permiten codearse con todo tipo de gente. Puede enviar a Estados Unidos una conmovedora o escandalosa historia sobre la pobreza o sobre las amenazas y provocaciones tribales de África, y al momento siguiente darse un chapuzón en la piscina de un embajador. El periodista ingenuo atribuye semejantes privilegios a su simpatía, no a su utilidad; pero en su mayoría son hombres realistas que comprenden muy bien las reglas del juego. Se aprovechan de las circunstancias y de las personas al mismo tiempo que se dejan utilizar por ellas. Su trabajo, que se publica al instante, también se olvida casi al instante, y así deben buscar siempre la novedad, sin dejarse arrebatar la primicia por algún colega, satisfacer la insaciable voracidad de los periódicos y de las redes de distribución, colmar su afán comercial con nuevas caras, modas, tendencias y enemistades. No tienen que alarmarse cuando las noticias parecen producirse precisamente porque estaban ellos cerca, ni tomar en consideración la posibilidad de que todo cuanto han visto y escrito a lo largo de su vida solo ocupe unas pocas líneas en los plastificados libros de texto del siglo XXI.

Así pues, cada día, al margen de la historia, sumergidos en el instante, los periodistas de todos los credos, cualidades y estilos informan sobre las noticias del mundo tal como las ven, las oyen, las conciben y las entienden. Gran parte de esto se esparce por Estados Unidos, a razón de millones de palabras por minuto, y varios miles de esas palabras penetran en la amplia fábrica de datos que es el piso catorce del edificio de The New York Times, en la esquina de la calle Cuarenta y tres con Broadway. Allí, cada día de la semana a las cuatro de la tarde, antes de condimentarlas para la imprenta, antes de que esas palabras puedan influir en el Departamento de Estado y dejar perplejo al presidente, los redactores jefe del Times, sentados alrededor de una mesa, se las presentan a su director, Clifton Daniel.

Este es un hombre de aspecto muy interesante, aunque difícil de describir, pues las palabras que mejor y más pronto lo captan en un principio parecen por completo inapropiadas para un hombre que sea un hombre. Aun así, la impresión persiste: Clifton Daniel es casi adorable. El motivo es su rostro alargado, pálido y delicado, con grandes ojos oscuros y pestañas largas, así como su cabello plateado exquisitamente cuidado. Viste con el mejor estilo de las sastrerías de Savile Row. Sus manos están inmaculadas, su voz es suave, matizada con un leve acento de Carolina del Norte, en una de cuyas pequeñas ciudades tabaqueras ha nacido, y con algo también de londinense, pues en Inglaterra alcanzó su mayoría de edad periodística y, al mismo tiempo, brilló como caballero galante. Sin duda, Londres, durante la Segunda Guerra Mundial y poco después, era una gran ciudad para los jóvenes periodistas estadounidenses. Reinaba un sentimiento de cordialidad y de causa común con los británicos, un vínculo romántico forjado durante los apagones y los bombardeos. La sociedad británica era democrática en todos los niveles, y si un periodista estadounidense, sobre todo si se trataba de un muchacho soltero y bien vestido como Clifton Daniel, también poseía cierto tono formal y un encanto sutil —junto con modales conservadores que, en el caso de Daniel, obedecían a la timidez de un muchacho de pueblecito sureño—, entonces Londres podía ser una ciudad aún más receptiva, y para Daniel lo fue. Algunas damas londinenses lo introdujeron en los círculos distinguidos y lo eligieron como acompañante para el teatro o el ballet. Él solía evitar los clubes para hombres y prefería los salones, donde, unas veces en compañía de Bea Lillie y de Noël Coward, y otras de Margot Fonteyn y de Clarissa Spencer Churchill —más tarde esposa de Anthony Eden—, podía escuchar los últimos cotilleos sobre política y sobre personajes famosos, al igual que años atrás, cuando trabajaba detrás del mostrador de la droguería de su padre en Zebulon, Carolina del Norte.

Hoy es difícil imaginar a Clifton Daniel, incluso de muchacho, en el entorno de una droguería. Tanto su tranquila elegancia como la cortesía con que conduce los asuntos corporativos en The New York Times, o la soltura con la que en ocasiones rechaza una botella de vino añejo en el Oak Room o en el Plaza, sugiere que se trata de un hombre criado desde siempre en un mundo de privilegio y de poder. Y esta impresión, esa capa externa de Daniel, su capa londinense, es lo único que ven la mayoría de sus subordinados y colegas de The New York Times. Rara vez se relacionan con él fuera de la redacción, por lo que el contacto personal más estrecho que tienen con Daniel es durante la reunión editorial que se celebra en su despacho cada día laborable a las cuatro en punto de la tarde, ni un instante después.

Son ahora las 15.40. El sol brilla suavemente en este principio del verano, y Daniel trabaja en su despacho amplio y silencioso, lejos de la atareada y ruidosa oficina del tercer piso del periódico, a la que van llegando las noticias procedentes de todo el mundo. Ha venido al periódico por la mañana con aspecto de encontrarse descansado y en plena forma. Él y su mujer, Margaret Truman, han alquilado una casita de verano con piscina cerca de Bedford Village, un barrio tranquilo y exclusivo de Nueva York, con muchos árboles y mucho espacio libre entre las calles sin asfaltar por las que se pasean los jinetes a caballo y sin nada del frenético ajetreo de Manhattan, que los Daniel tratan de evitar, no siempre con éxito. Se casaron relativamente tarde. Ella tenía treinta y dos años, él cuarenta y tres y ambos habían gozado de todas las posibilidades de la libertad. Era lógico, pues, que se hallaran preparados para vivir tranquilos y echar raíces. En especial, Margaret quiere proteger su vida privada, de la que tan poco había gozado de niña en Washington, pues más tarde tuvo que soportar rumores de que se había prometido con cada hombre con el que salía dos o tres veces. El descubrimiento, en 1955, de que se había quedado como invitada en la residencia de verano del gobernador de Nueva Jersey, Robert Meyner, por entonces soltero, fue una noticia a la que ni siquiera The New York Times pudo resistirse, aunque aquel mismo año conoció a Clifton Daniel.

Había asistido a una velada particular y, después, su acompañante insistió en que se pasaran por otra reunión en casa de la esposa de George Backer, amigo de Daniel desde los años de la guerra en Londres. Daniel acababa de regresar de un encargo como corresponsal en Moscú, pero en aquella época, en 1955, había abandonado los reportajes y empezaba a ascender el escalafón del Times. La señora Backer le presentó a Margaret esa noche, y hasta el día de hoy recuerda incluso los menores detalles. Recuerda cómo llevaba el pelo Margaret, sus zapatos, el maravilloso tono de su piel —que las fotografías no logran captar— y el vestido azul oscuro Sorelle Fontana de pronunciado escote, al cual no pudo evitar asomarse, quedando impresionado con lo que vio. Conversaron en un rincón durante un buen rato, y Daniel le dijo que si ella, hija de una prominente figura política, se hubiera criado en Rusia, sería casi desconocida, pues allí los políticos rehuían la publicidad por el bien de sus familias. El dato le interesó a Margaret, de modo que Daniel siguió hablando con su tono mundano, y antes de que ella se fuera quedaron para comer. Cinco meses más tarde, durante la primavera de 1956, se casaron en una iglesia episcopalista de Independence, Missouri, en cuyo coro Margaret había cantado años atrás.

Ahora, diez años y cuatro hijos después, Margaret y Clifton Daniel disfrutaban del verano en Bedford. Él, además, comenzaba a saborear la agradable sensación de ser alguien más que el yerno de Harry Truman. Por fin había conseguido ser reconocido como una figura importante en el periodismo. Varias revistas le habían dedicado artículos, acababa de aparecer en la nueva edición de Current Biography y una conferencia que pronunció en el World Press Institute, acerca de una tensa escena vivida en el edificio del Times poco antes de la invasión de la bahía de Cochinos, había merecido los honores de ser reproducida en la primera página del propio Times. La conferencia había sido bastante notable. Hablaba de periodistas del Times furiosos, en desacuerdo unos con otros acerca de cómo debía enfocarse la noticia de la preinvasión en la primera plana de aquella tarde de 1961. Al principio, explicaba Daniel, se había acordado de que la noticia aparecería en la posición más importante en primera página. Pero Orvil Dryfoos, director entonces del Times, aconsejado por su íntimo amigo James Reston, ordenó que, sin sacar el artículo de dicha página, se lo situara de manera que no destacara tanto y que se imprimieran los titulares en tipos de menor tamaño, suprimiendo, además, toda referencia a la inminencia de la invasión. Dryfoos y Reston consideraban que el interés nacional exigía que se ocultaran al público norteamericano algunos hechos vitales, entre ellos la implicación de la CIA en la invasión, pero otros redactores disentían. Uno de estos, según la conferencia de Daniel, estaba tan furioso que temblaba de emoción, se puso «blanco como un cadáver» y exigió que el propio Dryfoos saliera de su despacho para dar personalmente la orden de que el Times se autocensurase. Eso hizo el director, y justificó su decisión apelando a la seguridad nacional y a la de los hombres que estaban a punto de sacrificar sus vidas en las playas de Cuba. Sin embargo, una vez fracasada la invasión, decía Daniel en la conferencia, hasta el presidente Kennedy admitió que tal vez el periódico se había excedido en la defensa de los intereses de Estados Unidos; si el Times hubiera publicado lo que sabía sobre Cuba, se habría cancelado la invasión y evitado aquel sangriento fracaso.

Lo más interesante de la conferencia de Daniel no era la presunción de que solo por publicarse una noticia en el Times pudiera detenerse una operación militar —afirmación aceptable para cuantos creen, y son muchos, que el Times ejerce un poder extraordinario en Washington—, sino el hecho de que descubría algo que nunca habrían imaginado los lectores: la situación interior del periódico, con sus desacuerdos entre los redactores y sus discusiones y disputas en la sala de redacción. Para los lectores, The New York Times había respondido siempre fielmente a la imagen que se habían formado: una catedral de dignidad y serenidad inmutables. Y, posiblemente, así había sido unos años atrás. Pero en los años sesenta había dejado de serlo.

En la superficie, las cosas parecían ir bien: la tirada era más alta que nunca, la publicidad pagaba más, el dinero llovía de todas partes, el poder y el prestigio del periódico aumentaban día a día. Pero, a medida que el periódico crecía, se volvía menos manejable, florecían las intrigas y las camarillas, y en sus oficinas se estaba produciendo una revolución silenciosa con sus tácticas y estrategias de combate, a la que la conferencia de Daniel solo aludía en parte. Se trataba de algo más que una diversidad de opiniones o de la vanidad y los gustos de hombres en la cima del éxito. También había diferencias filosóficas que dividían a los veteranos del Times —los cuales creían que el periódico estaba perdiendo contacto con su tradición— y a los hombres más jóvenes, que se sentían atrapados por la tradición, y además había dudas y reevaluaciones entre los miembros de la familia propietaria del Times, los herederos del gran patriarca Adolph Ochs, que a finales del siglo pasado había llegado a Nueva York, procedente de Chattanooga, había comprado el Times, entonces en declive, y le había insuflado nueva vida. En 1896, cuando Ochs adquirió el periódico, el número de ejemplares en circulación de pago había descendido a nueve mil, menos de los que tenía el Times a los diez días de su fundación, en 1851. A la muerte de Ochs, en 1935, la tirada diaria era de 465.000. Actualmente, la cifra se ha doblado, y se han producido varios cambios para mejor desde la muerte de Adolph Ochs. Pero, en muchos sentidos, el Times sigue siendo el periódico de Ochs, su santuario, y de sus palabras de sabiduría se hacen eco los viejos sabios que aún se encuentran bajo su influencia.

Una fotografía de Ochs, dominante y de cabellos blancos, preside el despacho de Daniel y el de los demás jefes del periódico; una estatua en bronce del fundador destaca en el vestíbulo del edificio, al igual que otra en el piso catorce, donde se reúnen los accionistas y los redactores jefe; y su credo —«Difundir las noticias con imparcialidad, sin temor ni favor»— se puede leer por todo el edificio y en las oficinas que tiene el Times por todo el mundo. Hasta hace relativamente pocos años, los redactores que hicieron carrera dentro de la institución eran quienes más comulgaban con la doctrina de Ochs; y los corresponsales mejor pagados eran los que demostraban mayor objetividad y precisión, con plena conciencia del peso que acarreaba cada palabra en el Times. Esto repercutió en su manera de escribir. En otras publicaciones, los mismos periodistas hubieran podido escribir con más lucidez y libertad, pero en las páginas del Times sentían el peso y sus artículos resultaban cautelosos, rígidos y aburridos. El aburrimiento no se consideraba pecado en la época de Ochs. Mejor ser un poco aburrido que deslumbrar y distorsionar. En aquellos tiempos, los empleados del Times no tenían de qué preocuparse mientras permanecieran fieles a los principios de Ochs y fueran precavidos, respetuosos con la moral al uso. En el Times estaban seguros. Les pagaban bien, los trataban bien y los protegían contra las incertidumbres del mundo exterior: ni las depresiones económicas ni los contratiempos de otro tipo podían afectarles. El edificio del Times, entre el ajetreo y la agitación que lo rodeaban, permanecía sólido e inquebrantable. Si alguna vez el periódico se apartaba un poco de la opinión popular y se mostraba algo brusco, la cosa no pasaba a mayores. Al igual que su director, Ochs, nunca era frívolo ni corría riesgos. Con su suave mezcla de pasado y de presente, resultaba sumamente equilibrado. Sus dirigentes se sentían responsables del bienestar de la nación, pero eran menos propensos al engaño y a la mentira que los políticos y generales que dirigían el destino de esta. Para millares de lectores, el Times era una especie de biblia que aparecía cada mañana ofreciendo la única visión verdadera y auténtica de la vida y relatando los hechos con una veracidad incontrovertible. Esta fe ciega de los lectores convirtió en monjes a muchos periodistas del Times; a muchos, pero no a todos, pues en el periódico había redactores que lo eran todo menos veraces. O veraces a su manera, que no es lo que corresponde al sentido periodístico de la expresión, según la cual una verdad solo es auténtica cuando puede verificarse. Y también los había demasiado veraces, hasta el punto de no que no convenían ni a los intereses del periódico ni a los intereses de la nación, que, aunque no siempre, en muchas ocasiones coincidían. Al fin y al cabo, The New York Times había crecido con la nación durante las dos grandes guerras mundiales, había prosperado con ella, y estaba tan comprometido como la nación con el capitalismo y la democracia. Por tanto, lo que resultaba malo para la nación era igualmente malo para el Times.

Fue esta forma de pensar, el espíritu de prudencia de Ochs, lo que se filtró en la redacción aquella noche de 1961, cuando el Times decidió no publicar todo lo que sabía sobre la invasión de la bahía de Cochinos. La decisión se debatió y se aceptó en una esquina de la redacción, se condenó en otra, pero finalmente se impuso. Orvil Dryfoos, director del Times y marido de la nieta mayor y más guapa de Ochs, y James Reston, redactor estrella y director de la delegación del Times en Washington, se aliaron para atenuar la crónica, y al hacerlo reafirmaron una vez más el vínculo que había entre ellos, una compatibilidad filosófica y personal que constituía la principal fuente de poder de Reston en la redacción de Nueva York.

No era de extrañar que Dryfoos le tuviera tanto cariño a Reston en lo personal y respetara tanto su juicio. Incluso antes de conocerlo, ya admiraba el estilo de sus artículos, brillante e informal, diferente al del Times y, al mismo tiempo, complementario a este. En 1942, poco después de que Dryfoos, a los seis meses de su afortunado matrimonio, dejase Wall Street para comenzar su carrera en el Times, Reston había a su vez abandonado temporalmente el periodismo para convertirse en asistente ejecutivo del suegro de Dryfoos, Arthur Hays Sulzberger, el apuesto caballero que, en 1917, se había casado con la hija y único vástago de Ochs, y, tras la muerte de Ochs en 1935, había asumido la dirección del Times y lo había gobernado durante veintiséis años, hasta que renunció en favor de Dryfoos en 1961, con la particular modestia y timidez que dan haber entrado por matrimonio en la dinastía Ochs para codearse con veteranos periodistas del Times que habían llegado a donde estaban con el sudor de su frente. Pero con su incorporación el periódico prosperó, como lo haría bajo Dryfoos, porque ambos supieron guiar el Times con suavidad y contaban con dinero suficiente para no faltar al decoro, y ambos mantuvieron la justa dosis de atmósfera «ochsiana» para atraer y conservar a los empleados más dedicados y talentosos, entre los que destacaba el ya mencionado James Reston.

Bajo, ágil y vivaracho, con un aire de suficiencia no exenta de gracia, Reston procedía de una modesta y piadosa familia de Clydebank, Escocia, donde había nacido en 1909. A los once años, emigró con sus padres a Estados Unidos y la familia se estableció en Ohio, donde cursó sus primeros estudios, aunque era un estudiante mediocre que abandonaba los libros por el campo de golf. Muy pronto su par se aproximó a setenta, y empezó a ganar torneos. Podría haberse convertido en un jugador profesional, pero su madre, que ejercía una gran influencia sobre él, se opuso: «¡Conviértete en alguien de provecho!», exclamó. Con algo de ayuda económica de un millonario para el que había hecho de caddie, Reston estudió en la Universidad de Illinois. Aunque empezó tarde, pues a sus sueños les faltaba foco, poseía una energía y una ambición tremendas y, cuando por fin se concentró en el periodismo, ascendió más rápido y fácil que cualquier joven de su generación. Sin embargo, a pesar del éxito, que le permitiría conocer a los grandes pensadores de su tiempo y que, con el tiempo, haría que también ellos desearan conocerlo a él, Reston nunca olvidó su humilde pasado ni las circunstancias que lo habilitaron a llegar a donde llegó. Era un muchacho pobre para el que Estados Unidos había sido en verdad la tierra de las oportunidades, y de ello brotó una gratitud, un patriotismo que hicieron de él un mejor converso que un crítico. Era claramente un defensor de Estados Unidos e, incluso al madurar, nunca consiguió tener el alcance universal de un Walter Lippman. Las columnas de Reston sobre asuntos internacionales delataban a menudo el perdonable prejuicio del periodista deportivo que había sido. Se resistía a condenar al equipo local, incluso cuando cometía errores, o a reconocer que a veces también los héroes del propio bando jugaban sucio cuando tenían que ganar. En ocasiones, podía parecer hasta ingenuo al ver solo en la ambición estadounidense rectitud y jamás codicia, y al sugerir que probablemente había más tipos buenos en la CIA que en las filas del espionaje enemigo. Pero al menos nunca era cínico y siempre era entretenido, lo cual lo convertía en un periodista idóneo para The New York Times, donde no se habría tolerado el cinismo —pues Ochs lo había detestado— y donde no abundaban los escritores entretenidos. Y el estilo periodístico de Reston poseía, sobre todo, un elemento mucho más decisivo que su facilidad y su conocimiento del oficio: un tono persuasivo, moralizador e idealista que hacía llegar hasta sus lectores los acentos elevados de un buen sermón dominical. James Reston tenía algo de predicador. Su madre, una estricta presbiteriana escocesa, había querido que lo fuese, y, como periodista del Times, eso es realmente lo que era. Su columna hacía las veces de púlpito desde el que propagaba su visión calvinista del mundo por todo el país, emocionando a miles con su sólida lógica y su claridad, influyendo en estudiantes, educadores y políticos, enfureciendo a veces a presidentes, como Eisenhower, que una vez preguntó: «¿Quién demonios se ha creído que es Reston para decirme cómo debo gobernar el país?». Esperaba grandes cosas de los poderosos, no solo músculo y corazón, sino también algo de piedad y de nobleza de espíritu; y, aun así, cuando lo traicionaban, como solía ocurrir, no los maldecía, sino que empezaba a ver signos de redención y esperanza. Ese era el especial atractivo de Reston: transmitía esperanza. Los titulares de primera plana estaban llenos de pesimismo y fatalismo, pero al leer la columna de Reston el mundo parecía más luminoso. O, si no más luminoso, al menos no tan confuso. De alguna manera, era capaz de dejar atrás los hechos complejos y las cifras, las acusaciones, las mentiras y las ilusiones de la vida diaria, y encontrar un argumento central que de pronto hacía que todo se volviera nítido, claro y comprensible. Había poco negativismo o dudas en su visión, y, así, sus Estados Unidos eran un lugar positivo de gente biempensante, y Dios estaba de nuestra parte. Todo era como había sido durante la Segunda Guerra Mundial.

Por entonces, veinticinco años atrás, Reston había trabajado como un joven reportero de política en la oficina de Washington, y antes de eso había sido corresponsal de guerra durante el Blitz en Londres, donde había vivido con su esposa del Medio Oeste y con el bebé de ambos al borde de la destrucción y los escombros, y donde operaba entre toda una generación de periodistas norteamericanos en los que hizo mella el espíritu de aquel tiempo y lugar. Había existido una forma de pureza en el cometido de los aliados, y los personajes del drama bélico estaban bien definidos: la batalla se libraba entre virtuosos y bárbaros; y existía también una sensación de aventura, peligro y compromiso en el hecho de ser un periodista en aquella época. Londres había dejado una marca indeleble en muchos de aquellos hombres: a Edward R. Murrow le dio una voz; a Clifton Daniel, su particular modo de comportarse y de vestir; a Reston, una convicción tan profunda de que la guerra era una verdadera cruzada que acabó escribiendo sobre ella un libro que constituyó su primer gran paso en el camino de la fama. Titulado Preludio de la victoria y publicado en el verano de 1942, encendió por primera vez la chispa y el patriotismo en la prosa de Reston. El tema del libro era que «no podremos ganar esta guerra hasta que deje de ser una lucha en pos de objetivos personales y bienes materiales y se convierta en una cruzada nacional por el bien de Estados Unidos y del sueño americano». Y la voz de Reston se oía casi como si hablara desde el púlpito en pasajes similares al siguiente: «Debemos desafiar el peligro y aceptar con los brazos abiertos la oportunidad. Debemos fortalecer todo aquello que nos une y desechar todo aquello que nos divide. Debemos mirar hacia el futuro teniendo fe los unos en los otros y fe en la rectitud del sueño americano. Porque ese es el preludio de la victoria». La publicación del libro suscitó reseñas ditirámbicas tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, y el productor cinematográfico Walter Wanger se sintió tan inspirado por su mensaje que dispuso que una librería de Hollywood le devolviera el dinero a cualquier lector que no compartiera su opinión sobre la importancia del volumen. El libro expresaba también una absoluta lealtad al Times, lo cual, unido a su filosofía general y a las críticas favorables, no vino mal en relación con Arthur Hays Sulzberger, el director general del periódico.

Sulzberger se encontraba entonces, en 1942, en la flor de la vida: era un hombre de cincuenta años de edad, delgado y siempre bien vestido, de pelo gris y ojos azules alertas, con arrugas donde tocaba y por fin con la capacidad para tomar grandes decisiones sin tener que consultarlo antes con su suegro. Ochs llevaba siete años muerto, y Sulzberger era el jefe, aunque jamás podría ser el jefe que había sido Ochs. Tampoco es que lo deseara. Sulzberger era por naturaleza un hombre modesto, no un constructor de monumentos, y prefería tomar decisiones de manera discreta, teniendo en cuenta la opinión de sus colegas y después quedándose en segundo plano con los otros guardianes del santuario para rendir homenaje a la memoria del fallecido patriarca. Salvo porque Sulzberger era de origen judío, como Ochs, tenían poco en común. El ascenso de Adolph Ochs había sido una lucha continua contra grandes obstáculos: a los quince años dejó la escuela para comenzar por abajo, como aprendiz de impresor y barriendo suelos en la sala de composición de un pequeño periódico de Tennessee. Sulzberger, en cambio, había sido un privilegiado desde el principio. Nació en una prominente familia neoyorquina que se instaló en las colonias de América en 1695 (un pariente de su madre, Jacob Hays, fue el primer jefe de policía de Nueva York), se educó en buenos colegios y siempre se le consintió que disfrutara de su gusto por las cosas caras. Escribía versos, tenía cierto talento para la pintura y pensó seriamente en convertirse algún día en arquitecto. Sin embargo, tras graduarse en la universidad, se convirtió en importador de telas, como su padre, y, cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, se encontraba de viaje de negocios en Pekín. Volvió rápidamente para completar su entrenamiento como oficial de artillería y, mientras estuvo en el ejército, se encontró de nuevo a sus amigos de Nueva York, entre ellos un sobrino de Ochs. Fue a través de este que Sulzberger retomó su trato con la hija de Ochs, Iphigene, a la que había conocido unos años antes, cuando ambos estudiaban en la Universidad de Columbia.

Cuando comenzó el noviazgo, a Ochs no le gustó. Había formado a su hija según sus gustos, que eran victorianos. Pensaba que no había mucha necesidad de que ella se casara, pues todas sus necesidades se veían satisfechas en el hogar familiar, pero había esperado que, si alguna vez se planteara seriamente el matrimonio, al menos elegiría a alguien relacionado con el periodismo, que pudiera realizar alguna contribución útil al Times y quizá algún día dirigirlo. Sin embargo, su hija se empeñaba en Sulzberger, y Ochs al final consintió, con la condición de que el joven, una vez que se licenciara del ejército, se uniera al Times y aprendiera el negocio de los periódicos. Si tenía alguna capacidad, ascendería en la jerarquía; mientras tanto, Ochs podría mantenerlo vigilado.

En 1918, un año después de la boda, Sulzberger se incorporó al Times. Se le asignó un despacho, una secretaria y muy poco trabajo. Enseguida despertó una curiosidad natural en el edificio, sobre todo entre el personal femenino, que lo encontraba sumamente atractivo. Pocos detalles de su figura y de sus costumbres se libraban de los cotilleos. Le encantaba decorar la oficina con flores y con figuras de animales en miniatura, que reposaban sobre su escritorio y sus estanterías. No se cansaba de cambiar los muebles de lugar, vaciar los ceniceros y desplazar el soporte de un enorme globo terráqueo por la planta hasta hallar el sitio justo donde la luz septentrional caía sobre él en un ángulo interesante. Le apasionaban la música y la poesía, le interesaban la pintura y la arquitectura y, sin duda, habría preferido trabajar en algún puesto del periódico relacionado con la cultura. Pero Ochs lo mantenía alejado de los asuntos más glamurosos de la empresa. Primero le asignó la sección de caridad del Times, titulada «Los cien casos más necesitados», y luego lo envió a diario durante media jornada de trabajo a la fábrica de papel que tenían en el edificio de la Bush Terminal, en Brooklyn, para que se familiarizase con la logística de la imprenta. Sulzberger se convirtió pronto en el mejor técnico del Times en esta materia, y a los pocos años resultaba obvio que poseía una gran capacidad de trabajo y aprendía con rapidez. Parecía siempre ocupado y se quedaba en su despacho hasta tarde, estudiando los complicados informes de los distintos departamentos del edificio. Todos los domingos y días festivos aparecía por el periódico, aunque solo fuese para darse una vuelta y charlar con los empleados «y hacer constar que no estoy jugando al polo con el dinero del jefe», como dijo en cierta ocasión.

A finales de los años veinte, cuando Ochs fue bajando el ritmo a medida que se acercaba a los setenta años, la autoridad de Sulzberger aumentó, aunque nunca llegó a la petulancia. Un día en que se excedió un poco, Ochs le recordó: «Aún no estoy muerto». Y Ochs se enfadó con él en otra ocasión cuando se enteró de que Sulzberger, que se demoró en un taxi a causa del desfile del día de Acción de Gracias organizado por la tienda Macy’s, le sugirió a un redactor del Times que publicara un párrafo o dos sobre el atasco. Aunque Ochs nunca alteraría las noticias para hacer sitio a los anunciantes, no dejaba de ser un hombre práctico, y no veía la necesidad de arriesgarse a ofender a Macy’s solo porque su yerno se había metido en un embotellamiento. Al principio, otras cosas de Sulzberger disgustaron a Ochs, detalles de poca importancia que no eran el resultado del descontento, sino fruto de las diferencias de estilo y del afán de Ochs de dirigir el periódico no ya mientras siguiera vivo, sino incluso después.

Esto explica que, en sus últimos años, Ochs se obsesionara tanto con su testamento y que consultase sin descanso con su abogado a fin de no dejar cabos sueltos sobre su mayor sueño: quería que, después de su muerte, The New York Times siguiera controlado solo por sus parientes más próximos y por los miembros de su descendencia inmediata, a quienes les correspondería dirigirlo a lo largo de su vida con la misma dedicación que él había mostrado en la suya. Pero también sabía que aquel era el lógico deseo final de muchos fundadores de dinastías, y posiblemente había sido el de Joseph Pulitzer, el gran dueño del New York World, muerto en 1911. En 1931, los herederos de Pulitzer vendieron el New York World a Scripps-Howard. Este hecho, que tuvo lugar tan cerca de la muerte del propio Ochs, le causó un especial desánimo, pues el World había sido una notable combinación de escritura, investigación, elegancia e inteligencia, y lo que lo perjudicó no fue tanto un declive editorial como una mala gestión comercial. Ochs sabía que una redacción con talento e ideales no alcanzaría para guiar el Times a través de las décadas futuras. El periódico tendría también que ganar dinero. El genial acierto de Ochs había consistido no solo en crear un periódico como el que había creado, sino en hacer que fuera rentable. Por supuesto, Ochs había trabajado mucho; era un hombre pequeño e indómito sin ningún interés aparte de su periódico y sin ninguna duda de que las noticias, tal como él las ofrecía, eran un producto sólido y valioso. Pero, a pesar de su perspicacia para los negocios, había tenido el instinto de evitar las tentaciones financieras, y esperaba que sus descendientes heredaran ese instinto. Durante sus primeros tiempos en Nueva York, por ejemplo, andaba tan escaso de dinero que, para ahorrar algunos peniques, a veces se paseaba por el periódico apagando las luces de las mesas que no se estaban usando, y, aun así, cuando un prominente neoyorquino y amigo de confianza le ofreció un contrato por 150.000 dólares de publicidad municipal sin condiciones, Ochs lo rechazó. Su teoría era que necesitaba esos ingresos con tanta desesperación que quizá ajustaría el funcionamiento del periódico a ese dinero que le caía del cielo, y no se sentía capaz de confiar en sí mismo y en lo que haría si, por ejemplo, lo amenazaran con cancelar el contrato. Ochs era un hombre muy humano con unas cuantas debilidades y, como él mismo lo sabía, recelaba de cualquier atisbo de tentación en su interior. En cuanto a sus herederos, abrigaba la esperanza de que también fuesen lo bastante sabios para resistirse y de que dirigieran el Times no solo por los beneficios, sino, en cierto sentido, según el modelo de negocio de una gran iglesia: embelleciendo la riqueza mediante la virtud. En la liturgia de un lugar como ese, pensaba Adolph Ochs, podría vivir largo tiempo tras su muerte.

Claro está que ese tiempo dependería de lo bien que se llevasen entre sí sus herederos en las décadas siguientes. Nada derrumbaría tan deprisa los cimientos de su iglesia como las riñas familiares, la ambición egoísta o las metas miopes. Sus sucesores tendrían que ganar dinero sin dejarse seducir por él, tendrían que estar al tanto de las tendencias sin dejarse llevar por ellas, tendrían que contratar a periodistas de talento, pero no tan inteligentes o egocéntricos como para convertirse en escritores demasiado singulares o en redactores insustituibles. Nadie debía ser indispensable en el Times, ni siquiera Ochs. El periódico, pensaba Ochs, continuaría indefinidamente, cobijando a unos empleados que honrarían su recuerdo, y su familia trabajaría unida, reprimiendo las rencillas personales por el bien de todos y, de ser posible, sabiendo elegir en el momento de contraer matrimonio a personas que se casasen también con el Times.

Esto era parte del sueño de Ochs, y, cuando murió en 1935 durante una visita nostálgica al lugar en Tennessee donde todo había comenzado, el cumplimiento de sus deseos pasó a ser la responsabilidad de Sulzberger, el yerno, y de la hija de Ochs, Iphigene.

Iphigene Sulzberger era una mujer seria, de pelo castaño y ojos sombríos; no una gran belleza, pero agradable a la vista, y con una fuerte fibra por debajo de una superficie en apariencia blanda. De niña había sido la princesita de Ochs, y en su juventud en Barnard, donde se graduó en 1914, se había mostrado despierta y brillante, lo cual enorgullecía a su padre, que siempre se sintió muy impresionado por la educación y envidiaba a quienes la tenían. Su madre, el miembro no convencional de la familia, era una mujer diminuta y maravillosamente extraña, con pelo negro azabache, que llevaba largos vestidos oscuros y trasteaba por la casa hasta altas horas de la noche y dormía durante el día. Apreciaba más a sus animales domésticos —incluidos los ratones, para los que solía dejar migas de pan junto a la chimenea— que a las destacadas personalidades que con gran frecuencia tenía por invitados. Era la hija del distinguido rabino Isaac Wise, de Cincinnati, fundador del Colegio de la Unión Hebrea, y Ochs la conoció un día de 1882, cuando visitó la casa del rabino. Se casaron un año más tarde y pasaron la luna de miel en Washington, donde el presidente los invitó a tomar el té. Luego regresaron a Chattanooga, donde Ochs trabajaba como director del Chattanooga Times. El interés de su mujer por el periódico se limitaba casi por completo al suplemento literario. Le gustaba hacer la crítica de libros y, en cambio, no sentía inclinación alguna por la cocina y las labores domésticas. Por fortuna, eso no constituyó problema: las demás mujeres de la familia, incluso la madre de Ochs, que adoraba a su hijo, la reemplazaban de buena gana en los quehaceres de aquel inmenso hogar. Así, ella podía gozar de suficiente libertad para entregarse a caprichos como pasear montada a caballo. El caballo había sido un regalo de Ochs, que, lejos de disgustarse por la conducta de su mujer, estaba cada vez más enamorado de ella, a pesar de que la falta de hijos lo entristeció al comienzo de su matrimonio. Los dos primeros murieron, pero en 1892 tuvieron una hija que sobrevivió, y el eufórico Ochs la llamó Iphigene en honor de su mujer.

La joven Iphigene compartía el gran amor por la literatura de su madre, pero poco de su altivo romanticismo. Sin duda era hija de su padre. Si le hubieran permitido hacerse periodista, seguramente habría tratado enseguida de imponer muchas reformas. Ya de colegiala era muy consciente de los barrios pobres de Nueva York, y durante los viajes a Europa que hizo con su familia vio más de lo mismo. En Barnard College, donde se graduó en Economía, desarrolló lo que entonces se consideraba un punto de vista socialista. Se unió a otros estudiantes para propugnar un mejor sistema de protección social en Nueva York y trabajó como voluntaria en algunas de las casas de asentamiento social de la ciudad. Su padre admiraba su idealismo, pero a veces se sobresaltaba un poco por la brusquedad con que expresaba sus opiniones. Un día le hizo leer un pasaje de la autobiografía de Benjamin Franklin en la que «el pobre Richard», hablando de la inutilidad de ganar discusiones solo mediante la fuerza dogmática, defendía en cambio el uso de expresiones más suaves como «ahora mismo mi opinión es que», o «yo diría», o «según lo entiendo», y este concepto del diálogo, reforzado por el ejemplo del propio Ochs, que jamás levantaba la voz y siempre corregía a Iphigene de manera tolerante («quizá deberías meditar sobre eso un poco más»), poco a poco influyó en la joven hasta que, en su edad adulta, llegó un punto en que la gente quedaba impresionada por su carácter sensato, que a veces confundían con timidez.

Ningún buen directivo del Times, sin embargo, cometía ese error, sobre todo después de la muerte de Ochs. No es que Iphigene Sulzberger se entrometiera en su labor. De hecho, raramente se la veía en la redacción, y sus visitas al Times por lo general se limitaban a entrar un momento en el despacho de su marido o a asistir a las reuniones de los directores. No obstante, todos los veteranos del Times tenían la sensación de que Iphigene, de una manera muy sutil, bajo la apariencia amistosa y complaciente de sus sonrisas y de sus mínimas observaciones, y como continuadora de la obra de Ochs y única heredera de su fortuna, iba ejerciendo una tremenda influencia sobre los tres hombres que sucedieron a su padre en el mando del periódico: su marido, Arthur Hays Sulzberger; su yerno, Orvil Dryfoos; y, por último, en 1964, su hijo, Arthur Ochs Sulzberger. Ella era el vínculo vivo que los mantenía unidos al espíritu de Ochs, y con el correr del siglo la princesita de su padre se convirtió en la gran dama del Times, en la bondadosa señora canosa en cuya presencia redactores y ejecutivos se mostraban corteses y en cuya ausencia eran circunspectos, y algunos de ellos citaban sus anécdotas y observaciones favoritas cuando daban alguna conferencia. Una de ellas era una historia medieval sobre un viajero que un día se encuentra en un camino con tres canteros y le pregunta a cada uno qué está haciendo. El primer cantero dice: «Estoy cortando piedra». El segundo cantero, cuando le repite la pregunta, replica: «Estoy haciendo una esquina de piedra». Pero, cuando le hace la pregunta al tercer cantero, este responde: «Estoy construyendo una catedral». La fuerza de The New York Times, decía siempre Iphigene Sulzberger, reside en que la mayoría de sus empleados son constructores de catedrales, no canteros. Y, de todos los constructores de catedrales que se unieron al Times en los últimos veinticinco años, quizá su favorito era James Reston.

Admiraba su idealismo, su dedicación al Times y a la nación, sus sólidos valores de clase media, que tanto se parecían a los de su padre. Reston y Ochs nunca se conocieron —más de un siglo separaba la generación de uno y otro—, pero ambos se habían abierto camino desde ciudades de provincias hasta la costa este, y a ambos los habían guiado los mismos principios y aspiraciones. Mucho de lo que Ochs había entendido y admirado de Estados Unidos, pero nunca pudo poner en palabras, formaría más tarde parte de los escritos de Reston, y, si Adolph Ochs hubiera vivido lo bastante para leer a este y para conocerlo en persona, sin duda habría compartido el entusiasmo que sentía por él Iphigene. Reston era perfecto para el Times. Sus artículos expresaban fe en el futuro de la nación y eran amables con la clase dirigente; no buscaban problemas. Lo que escribía era interesante, a menudo divertido sin ser en exceso mordaz u ocurrente. Al igual que Ochs, no identificaba el espíritu de Estados Unidos en las grandes ciudades con bloques de viviendas atestados, furiosos manifestantes y tenaces sindicatos, sino en los pueblos pequeños con familias temerosas de Dios, campos de béisbol improvisados y clubes rotarios. Como había salido de esos Estados Unidos y los había aceptado, James Reston reflejaba buena parte de su atmósfera en lo que escribía, y, por tanto, sus Estados Unidos eran un país donde los ciudadanos no estaban tan desencantados, la policía no era tan brutal, sus bombardeos en Vietnam no del todo injustificados, los políticos de Washington no se movían tanto por la codicia y la época de Jefferson no quedaba tan remota o diluida. Las fraternidades de los campus universitarios, a entender de Reston, no perpetuaban prejuicios, sino que enseñaban a los jóvenes pobres —como el que él mismo había sido— a usar el tenedor correcto, y su actitud hacia las mujeres era, como la de Ochs, a la vez romántica y puritana. Reston pensaba que una mujer debía permanecer en el hogar, y, cuando una de las mejores periodistas del país, Mary McGregory, se presentó para un puesto de trabajo como corresponsal en Washington, le dijo que le daba el puesto si consentía en trabajar a tiempo parcial como telefonista, a lo cual ella se negó. Las heroínas del mundo de Reston no trabajaban en oficinas; eran madres y esposas que brillaban en sus tareas asignadas, que inspiraban a sus maridos de la misma manera que su propia esposa siempre lo había inspirado a él. Cuando empezó a trabajar en Washington, se sintió muy triste al darse cuenta de que las mujeres de esa ciudad, las esposas de los congresistas recién llegados, tendrían ahora que mentir para proteger a sus maridos. No podía condenarlas por ello, pues ese era su cometido como esposas, pero la idea lo entristecía.

Había mucho en la actitud idealista de Reston que despertaba un secreto resentimiento en sus compañeros de profesión, pero tanto Iphigene Sulzberger como su marido estaban muy orgullosos de él, y eso era lo único que importaba. A Arthur Hays Sulzberger, desde luego, le gustaba Reston de una manera diferente a la de su mujer. Se sentía impresionado por su talento y lo admiraba personalmente, pues lo había conocido muy bien en los años cuarenta, durante la época en que Reston era su joven asistente administrativo y un ocasional compañero de viaje, aunque hubo momentos en los que los hábitos nada trasnochadores de Reston y la rígida moralidad de su carácter llegaban a aburrir a Sulzberger, un hombre de lo más sofisticado que tenía buen saque para la bebida y mejor ojo para los tobillos femeninos, y que, cuando no estaba trabajando, dominaba el arte de relajarse. Sin embargo, los defectos de Reston no restaban valor a sus maravillosas virtudes. Sulzberger se daba cuenta de que tenía a sueldo a un predicador capaz de llenar la iglesia hasta los topes, y también sabía que Reston era mucho más duro consigo mismo de lo que lo era con los demás. Por ejemplo, durante el primer año de Reston en el Times, en 1939, él y un compañero de la oficina de Londres cometieron una indiscreción que la mayoría de los periodistas habrían olvidado de inmediato o de la que se habrían reído o incluso presumido, pero aquel incidente le remordió la conciencia a Reston durante los siguientes veinticinco años.

Tuvo lugar a finales del otoño de 1939. Un submarino alemán había logrado penetrar las defensas británicas cerca del fiordo de Forth y dañar un crucero británico, y Reston y su colega se las apañaron para que la noticia pasase la censura británica. Lo lograron transmitiendo por cable a los redactores jefe del Times en Nueva York una serie de frases en apariencia anodinas tras haber mandado antes un mensaje en el que les pedían que se fijasen tan solo en la última palabra de cada frase. De esa manera lograron enviar suficientes palabras para componer todo el reportaje. El hecho de que la noticia del ataque del submarino alemán se imprimiese en Nueva York antes que en la prensa británica provocó una gran controversia que condujo a una investigación por parte de Scotland Yard y del Directorio de Inteligencia Militar británico. A los investigadores les llevó ocho semanas descifrar el código de los reporteros del Times, un trabajo detectivesco embarazosamente lento, y, cuando por fin lo resolvieron, el incidente se había desinflado y no se hizo nada al respecto. Los jefes de sección del Times en Nueva York, aunque habían concedido a la noticia un papel muy destacado, expresaron más tarde consternación por que los dos reporteros hubieran arriesgado tanto por tan poco, y el episodio dejó a Reston muy angustiado. No era habitual en él involucrarse en un asunto como aquel. La táctica había sido cuestionable y, aunque Estados Unidos aún no había entrado en la guerra, Reino Unido ya se había establecido como su principal aliado, y saltarse la censura británica se le antojaba irresponsable y antipatriótico. Un Reston más maduro, como aquel que en 1961 se opuso a la publicación del artículo sobre la bahía de Cochinos, jamás se habría permitido practicar ese estilo de periodismo.

Hasta donde sabía el personal del Times, aquel incidente de 1939 fue el único y último signo de que Reston podía ser falible, pues poco después, sobre todo tras la publicación de Preludio a la victoria, Reston ascendió tan verticalmente que sus compañeros del periódico no volvieron a poder tratarlo como un igual. Tras publicar el libro, del que el crítico Clifton Fadiman dijo que situaba a su autor como un «valioso propagandista», Reston dejó por un tiempo The New York Times para ayudar al Gobierno de Estados Unidos a reorganizar la delegación londinense de la Oficina de Información de Guerra. Durante su estancia en Londres, causó una gran impresión al embajador estadounidense, John Winant, que más tarde cantó sus alabanzas ante Sulzberger, y, poco después, Reston regresó a Nueva York como asistente de Sulzberger. Por esta época conoció a Orvil Dryfoos, el futuro director del Times, que entonces estaba comenzando su carrera en el periódico: el yerno del yerno, de treinta y tantos años y más bien tímido. En 1944, Reston se encontraba trabajando de nuevo como reportero, esta vez en la delegación de Washington a las órdenes del incansable Arthur Krock, y pronto se convirtió en la joven estrella del equipo de este, obtuvo el Premio Pulitzer y recibió impresionantes ofertas de otras publicaciones, entre ellas la de convertirse en el responsable de la página editorial del Washington Post. En 1953, a Reston el ofrecimiento le pareció muy tentador, así que se lo comentó a Krock. Este no quería que el Times perdiese a Reston, pero sospechaba que el único puesto que podría retenerlo era el suyo propio. Krock tenía entonces sesenta y seis años y había sido el director de la delegación de Washington durante veintiuno. En ese tiempo, había logrado gran parte del estatus social y profesional con el que soñaba en sus días de juventud en su nativo Kentucky. Había venido por primera vez a Washington en 1910, durante la presidencia de Taft, enviado por el Louisville Times, y, en 1917, por recomendación de Bernard Baruch, fue contratado por Adolph Ochs, el cual le pidió en 1932 que reorganizara la delegación en Washington de The New York Times. Krock lo hizo a regañadientes, pues entonces habría preferido quedarse en Nueva York, pero su disposición a hacerlo le valió carta blanca por parte de Ochs. Como las cosas cambian muy despacio en el Times, mucho después de la muerte de Ochs, Krock seguía dirigiendo su delegación de veinticuatro personas con total autonomía, haciendo oídos sordos a los consejos y, desde luego, a cualquier tontería que proviniese de los editores de Nueva York, incluso de aquellos que lo sobrepasaban en rango: oponerse a él provocaba a una escena, y en The New York Times a nadie le gustan las escenas. Así que Arthur Krock siguió dirigiendo la delegación año tras año, como si fuera su principado privado, y estableció un tipo de relación con la oficina de Nueva York que pervivió hasta los años sesenta, cuando se convirtió en uno de los asuntos más dramáticos y amargos de las luchas de poder internas en el Times. Pero en 1953 las cosas iban como Krock quería y, al haber alcanzado la edad en la que los hombres importantes suelen volverse magnánimos, o, si no magnánimos, realistas, renunció voluntariamente a su puesto en favor de Reston. Él, Krock, no dejaría de escribir su artículo diario ni de ocupar un lugar preferente en la redacción, donde desde entonces se le consideró como la eminencia gris. En Reston, que en aquellos tiempos tenía treinta y tres años, Krock veía a un sucesor con la suficiente talla periodística y con el necesario ascendiente en la familia Sulzberger para preservar la delegación de Washington de los intentos de la de Nueva York para dominarla, y tenía razón.

Suave, discreto, rara vez molesto para nadie, Reston no solo conservó la autonomía de la oficina de Washington, sino que incrementó su prestigio en muy pocos años. A los empleados de Krock añadió otros redactores que, como pronto se hizo patente, poseían características especiales, casi plenamente restonianas: eran delgados y formales, normalmente bastante altos, se habían graduado en las mejores universidades y eran más brillantes de lo que dejaban traslucir al principio. Parecían atentos y relajados, movían despacio la cabeza para asentir y eran tremendos fumadores de pipa, muy educados y, en general, encantadores. La mayoría de ellos habían crecido en el Medio Oeste o en el sur, o al menos fingían las maneras sencillas de las ciudades pequeñas de Estados Unidos, lo que contrastaba notablemente con los numerosos urbanitas palabreros que habían surgido de los atestados barrios metropolitanos y entrado a formar parte del personal del Times en Nueva York, ciudad que, con el tiempo, Reston comenzó a odiar casi tanto como la odiaba Arthur Krock, que, en sus últimos años, veía Nueva York como una urbe agresiva y decadente.

Contrariamente a lo que ocurría en Nueva York, donde los reporteros languidecían en la enorme sala de la redacción en espera de que se produjese algún naufragio tan espectacular como el del Titanic, Reston se propuso, y lo consiguió, conocer uno por uno a todos sus redactores, y pidió a cada cual que cubriera un aspecto concreto de las actividades del Gobierno, de manera que tuviera garantizado un amplio espacio y una firma importante en el Times, lo que a su vez les confirió una identidad en el seno del periódico y les permitió acceder a los círculos de influencia de la capital. Formar parte del equipo de Reston equivalía a ser miembro de un cuerpo de élite entre los periodistas del Times, y Reston aprovechaba su considerable influencia entre los altos mandos de la empresa para que a sus redactores se les pagara bien y se les reconocieran sus cualidades. A cambio solo les exigía que se mantuvieran fieles al Times, que se sintieran orgullosos de la redacción y que lo llamaran por su apodo: Scotty. Y eso hacían hasta los botones. Scotty Reston. Lo idolatraban.

A ojos de los empleados más jóvenes, la grandeza del Times la personificaba Reston, no los sumos sacerdotes de Nueva York, y, cuando a uno de sus reporteros le ofrecían un puesto mucho mejor en otro periódico, tardaba en aceptarlo. Significaba abandonar a Scotty. Algunos reporteros se sentían tan inspirados por la conducta y el talento de Reston que trataban de imitarlo, y uno llegó a vestirse como él, con pajarita y camisas de cuello abotonado, empezó a fumar en pipa como él, a caminar con su característico vigor y su gracia, y a intentar reproducir su forma de hablar —lo cual era una empresa imposible, pues en el timbre de la maravillosa voz distante de Reston, en las palabras que escogía con lentitud, en el modo en que hacía una pausa, había algo que dotaba a casi todo lo que decía de una instantánea resonancia histórica—.

Muchos reporteros de Nueva York, como era de esperar, tenían envidia de la delegación de Reston, y les habría encantado formar parte de ella. En las raras ocasiones en que los reporteros de Nueva York trabajaban con Reston y con algunos de sus hombres en algún encargo fuera de la ciudad —por ejemplo, en un gran lanzamiento espacial desde Cabo Cañaveral, en Florida—, los neoyorquinos se convertían en los benefactores de ciertos detallitos ocasionados por la mera presencia de Reston; por ejemplo, cada mañana podía verse ante la puerta de la habitación de motel de este una flamante pila de veinticinco ejemplares del Times, enviados por avión a Florida a petición suya. Reston entendía el ego de los periodistas: sabía que lo que más echaban de menos cuando trabajaban fuera de la ciudad era el placer de leer durante el desayuno sus propias palabras y su nombre.

Muchos de los redactores de la oficina de Nueva York buscaban que los transfirieran a la redacción de Reston, pero pocos lo conseguían. Reston prefería reclutar postulantes personalmente en las ciudades provincianas, donde se respiraba mejor el ambiente peculiar de Estados Unidos, y Reston también impedía que algunos reporteros de Nueva York se trasladasen al área de Washington para informar desde allí. En 1959 lo hizo incluso con uno de los especialistas de Nueva York, A. H. Raskin, por todos considerado el mejor reportero en materia laboral del país. Raskin había estado cubriendo los acontecimientos diarios de una gran huelga metalúrgica, y fue siguiendo la noticia desde Nueva York a Pittsburg, y después a Washington, donde un comité presidencial iba a celebrar audiencia para tomar una decisión acerca de una posible medida cautelar de emergencia. Sin embargo, cuando Raskin se presentó en la oficina de Washington, Reston le comunicó, de manera cortés pero inamovible, que la huelga la cubriría a partir de ahora uno de los reporteros de Washington. Raskin llamó a la oficina central del periódico para pedir instrucciones. Le dijeron que volviese a Nueva York. Más tarde hubo mucho revuelo en la redacción por este incidente, y un redactor dijo en voz bien alta que la dirección del Times estaba en Nueva York, no en Washington, mientras que otro dijo que, al fin y al cabo, el Times era un solo periódico y no un conjunto de reinos feudales; pero estas cosas se decían por vergüenza o por resentimiento, y ninguno de los editores deseaba entonces enfrentarse abiertamente a Reston, pues todos eran muy conscientes de la cercanía de este a la familia reinante. En cuanto a A. H. Raskin, no se sorprendió demasiado de lo ocurrido; como la mayoría de los veteranos del personal de Nueva York, ya había tenido problemas con la delegación de Washington, la cual se mostraba lenta o reacia a la hora de facilitarle fuentes en Washington o de comprobar datos, y rápida en despreciar cualquier indicio de noticia que él le ofreciese. En cualquier caso, la escena con Reston había sido mucho más cordial de lo que habría esperado si Arthur Krock siguiera siendo el director de la delegación.

Raskin recordaba una experiencia de 1949 con la delegación de Washington tan terrible que llegaba a ser cómica. Ese año —marcado por un periodo de declive económico nacional debido a una importante tasa de desempleo—, Raskin se enteró, a través de un amigo en la Agencia Federal de Seguridad, de que el presidente Truman se estaba preparando para enviar al Congreso un mensaje especial con el objeto de que el Gobierno federal, por primera vez desde la Administración de Progreso Laboral durante la Gran Depresión, destinase fondos para contribuir a que los estados y las ciudades implementaran programas de ayuda laboral de emergencia. Raskin, al sospechar que sería inútil pedirle a nadie del personal de Krock que lo ayudase a confirmar la información, investigó por su cuenta mediante unas llamadas telefónicas y, finalmente, logró confirmar los datos suficientes para escribir un artículo desde Nueva York. Este artículo apareció en la primera plana del Times, en la parte superior de la página y bajo un titular a dos columnas. Cuando lo leyeron en Washington, se desató la furia en la delegación de Krock. Su subdirector, Luther Huston, encargó enseguida a varios reporteros que demostrasen que la información de Raskin era falsa. Huston llegó incluso a hacer que, en una rueda de prensa, el corresponsal del Times en la Casa Blanca, Anthony Leviero, le preguntara al respecto al presidente Truman de forma lo bastante negativa como para provocar, y obtener, una respuesta negativa. Después Huston envió una iracunda carta a la redacción de Nueva York con una lista de altos cargos de Washington que habían negado ante la delegación que hubiese absolutamente nada de cierto en el artículo de Raskin. La carta terminaba con una furiosa reiteración del tema de que tratar de cubrir la información de Washington desde Times Square era algo condenado al fracaso, y se preguntaba cuándo aprendería Nueva York la lección. (El mismo día que la carta de Huston llegó a la redacción del Times, el presidente Truman envió al Capitolio el mensaje de ayuda laboral, y todo coincidió con la predicción de Raskin).

Pero James Reston nunca habría aprobado semejante bajeza, ni habría permitido que su delegación funcionase con aquella altivez y arrogancia, que habría terminado por pasarle factura. Reston se presentaba y presentaba a sus hombres como un equipo unido. Y su habilidad como administrador no podía medirse solo porque en general obtenía lo que proponía; lo más interesante era que aquello que se proponía, según él lo mostraba, parecía diseñado solo para mayor gloria de The New York Times. A fin de cuentas, Reston era un constructor de catedrales, no un cantero, y habría sido sumamente imprudente por parte de cualquier redactor de Nueva York cuestionar sus motivos. Podían enfadarse con él, como cuando Reston impidió que Raskin escribiera el artículo sobre la huelga metalúrgica en Washington, pero nunca podrían sorprenderlo en un acto de arrogancia, de egoísmo o de arribismo. Quizá sí hacía ese tipo de cosas, pero era imposible descubrirlo. Todas sus acciones parecían obedecer a propósitos elevados y firmes principios. Al quitarle a A. H. Raskin la noticia de la huelga, Reston no privaba a los lectores del Times de información experta; él tenía a su propio especialista en materia laboral.

Por otra parte, la posición de Reston estaba tan imbricada con la del Times, y su idealismo tan en armonía con el de los Sulzberger, que poner en entredicho a Reston habría sido poner en entredicho al mismísimo Times. Si alguna vez se le sospechaba involucrado en alguna marrullería interna, como sucedía de vez en cuando, en particular durante la reorganización de los años sesenta, su participación se situaba en un plano moral tan elevado que un redactor de Nueva York por poco no hubiese cometido traición de haberse referido a ello como «intrigas de oficina». Por cuanto se sabía, era probable que Reston hubiera coordinado sus maniobras con el propio Sulzberger o, tras el cese de este en 1961, con Orvil Dryfoos. Reston y Dryfoos se hicieron excelentes amigos en los años cincuenta, y cuando el primero iba a Nueva York se hospedaba en casa del segundo; servía al nuevo director de confidente y asesor, y prestaba servicios dentro de la institución como parte de su conciencia nacional, su representante en la capital, su poeta laureado. Cantaba las loas del periódico y de la familia de propietarios en sus artículos y sus discursos, y, cuando los trabajadores del Times hicieron huelga en 1963, criticó a los líderes sindicales con un lamento indignado: «Ponerse en contra del Times es como pegar a una ancianita».

Así pues, no era de extrañar que, cuando el artículo sobre la bahía de Cochinos exigió que el Times tomara una importante decisión aquella noche de 1961, Orvil Dryfoos, recién nombrado director, le pidiera consejo a Reston y que este, tan sensible al interés nacional y a la parte que al Times le tocaba, recomendase que se redujese la noticia, y así se hizo. Y se habría reducido, publicado y olvidado sin más, junto con cientos de grandes noticias y delicadas decisiones tomadas desde 1961, de no ser por la conferencia de Clifton Daniel en Saint Paul (Minnesota) en la primavera de 1966, que sacó de nuevo el tema a la luz, y por los editores de Nueva York cuya opinión no se había tenido en cuenta cinco años antes, que destacaron la conferencia de Daniel en la edición del 2 de junio de 1966. Colocaron al completo las cuatro mil palabras de la charla en el interior del periódico, en seis columnas, y también imprimieron una fotografía de la invasión de Cuba y un artículo de setecientas palabras escrito por el reportero de Associated Press que cubrió la conferencia de Saint Paul, con el siguiente titular: «Después Kennedy dijo que el Times debió publicar lo que sabía». Aquella cobertura tan exhaustiva del discurso, que sorprendió incluso al propio Daniel cuando regresó de Minnesota, se justificó de manera ostensible porque constituía una importante nota histórica al pie. Pero existían pocas dudas de que había otra importante razón para esa llamativa presentación: que el discurso convertía en héroes a los redactores del Times a los que Dryfoos y Reston habían vetado en 1961; incluso, de manera sutil, señalaba con un dedo a la alianza Dryfoos-Reston, algo que no habría podido ocurrir cinco años antes. Y es que ahora, en 1966, las cosas eran diferentes. Para empezar, Orvil Dryfoos estaba muerto.

2

Por fortuna para Clifton Daniel y para el New York Times, casi todo lo que sucede en el interior de la redacción del periódico jamás atraviesa los gruesos muros de su edificio. Si lo hiciera, si a diario acudieran reporteros y columnistas de otras publicaciones a observar y pedir explicaciones a los responsables del Times, y los siguieran y analizaran sus acciones y registrasen sus errores, si el Times fuese objeto de una cobertura como la que el Times presta al mundo, el amplio despacho de Daniel habría perdido mucho del decoro y la dignidad que ostentaba. Pero Daniel se las arregla muy bien para no dejar traslucir sus pensamientos más íntimos y mantener la calma bajo presión, y el bronceado que lucía a principios del verano de 1966 también ayudaba a ocultar las señales de estrés. Solo en una ocasión se alteró tanto y perdió de tal manera la compostura que hasta las secretarias y los subordinados que trabajaban en el despacho contiguo se dieron cuenta.

El incidente se le quedó grabado a Daniel. Se enfureció tanto con uno de sus directivos más jóvenes, Tom Wicker, flamante jefe de la oficina de Washington, que golpeó la mesa con el puño varias veces, soltó gritos y alaridos, y hasta le tembló el mentón. Aun si hubiese sido cierto que, según las acusaciones, Wicker no había mantenido el contacto necesario con Nueva York y que, además, hubiese descuidado algunos de sus deberes de periodista y de administrador, nada justificaba semejante reacción. El mismo Daniel llegó a lamentar que hubiera ocurrido algo así, y le extrañaba habérselo permitido. Se supone que esas cosas no pasan en The New York Times. Pasan en las malas novelas acerca de grandes empresas, o quizá en algunas de las publicaciones de Nueva York que operan bajo mayor presión, pero no en el Times; no tan abiertamente. Y aquel asunto no se limitaba, ni mucho menos, a un disgusto momentáneo con Tom Wicker. Sin duda, la culpa de Wicker era en parte el resultado de la autonomía de la que habían gozado sus predecesores en el cargo, Krock y Reston. Aun así, lo que acabó de empeorar la situación fue que Wicker, un hombre muy impulsivo, respondió a su vez con furia: declaró que no estaba acostumbrado a que lo trataran de esa forma y que ya vería qué decisión tomaba. Acto seguido, dio media vuelta, salió de la oficina de Daniel y se subió el primer avión que encontró de vuelta a Washington.

Tres o cuatro días después, Daniel se encontraba en Washington cenando con Wicker y el incidente quedó oficialmente zanjado, aunque ninguno de los dos protagonistas llegaría a olvidarlo nunca. La enemistad entre ambos era antigua. A Daniel, desde el principio, Wicker no le agradó ni personal ni profesionalmente. Cuando por primera vez, en 1958, Wicker solicitó trabajar en el Times, Daniel fue uno de quienes se opusieron. Wicker era un sureño alto, huesudo, rubicundo, con una barba rojiza que le recubría parcialmente la fuerte quijada. Tenía entonces treinta y pocos años y no mucha experiencia como periodista, aunque contaba con interesantes credenciales. Había escrito cuatro o cinco novelas donde predominaban la violencia, el sexo y la política en entornos rurales, y, en 1957, Harvard le había concedido una beca Nieman de periodismo tras haber trabajado seis años en la redacción del Winston-Salem Journal, en Carolina del Norte, su estado natal. Wicker era hijo de un trabajador del ferrocarril y creció en medio de la pobreza de la Gran Depresión, en una pequeña aldea llamada Hamlet. Al igual que Clifton Daniel, obtuvo su título de Periodismo en la Universidad de Carolina del Norte, aunque esto no provocó por parte de Daniel ningún tratamiento de favor, y quizá incluso produjo el efecto opuesto, al hacer que este fuera más vigilante y crítico con él, sobre todo cuando Wicker entró en la redacción con aquella barba. Ningún redactor en nómina del Times llevaba barba entonces, a excepción de un corresponsal extranjero que acababa de regresar de Turquía (y al que enseguida transfirieron a Jersey City).

Poco después de completar su beca en Harvard, Wicker ingresó en el Nashville Tennessean, y en 1960, ya sin barba, se presentó de nuevo en el Times, esta vez en la oficina de Reston en Washington, donde fue admitido. Rápidamente se convirtió en uno de los hombres de Reston, y cuatro años más tarde, a los treinta y ocho, en su sucesor como director de la delegación. Fue un ascenso increíblemente rápido, solo posible gracias al gran cambio del Times durante los años sesenta y también al talento de Wicker como periodista. Era un hombre motivado, sensible y duro, y se había resignado sin amargura a la probabilidad de que nunca triunfaría como novelista. Aunque no era capaz de comprender el éxito de algunos de sus contemporáneos, como Updike, Roth y otros, hombres que escribían bien pero que, en opinión de Wicker, sabían muy poco del mundo que los rodeaba.

Pero, cuando se unió al Times, Tom Wicker tenía poco tiempo para meditar sobre los gustos literarios contemporáneos en Estados Unidos. De pronto se vio arrastrado por la marea del periodismo, el opiáceo diario de los inquietos. Viajaba por todo el país siguiendo a los políticos y escribía sus reportajes en aviones y en asientos de autobús. Escribía en la redacción con suma facilidad y rapidez bajo la presión del cierre cotidiano, y le gustaba aquella vida como redactor del Times, que le concedía mucha más fama de la que hubiera conseguido en su larga, solitaria y desconocida tarea de novelista. Como periodista, Wicker podía aprovechar ciertas útiles ventajas, entre ellas unos encantadores modales de chico de campo que nunca intentó modificar. Pues en Washington no solo no eran un obstáculo, sino que, al menos en los comienzos de la legislatura de Lyndon Johnson, sureño como él y en otros tiempos granjero y maestro rural, jugaban en su favor: los artículos de Wicker sobre Johnson en 1964 muestran un grado de comprensión que no había sido tan evidente durante los años de Kennedy.

Además de su gran interés por la política y las personas, Wicker poseía una mente rápida y la capacidad de expresar lo que pensaba. Como muchos periodistas sureños, solía hablar mejor de lo que escribía. Y escribía bien. Es probable que hubiese podido convertirse en un buen comentarista televisivo, y resultaba muy efectivo cuando debatía en tertulias, donde exponía sus argumentos con largas frases faulknerianas mezcladas con ingenio y metáforas regionales, y todo ello envuelto en su acento de Carolina. Una noche, durante una velada particular en Nueva York, Wicker se enzarzó en una discusión con James Baldwin. una vehemente escena en la que Baldwin se puso varias veces en pie para gritarle insultos a Wicker, el demonio blanco del sur, y la velada terminó tan llena de furia que la mujer de Wicker acabó levantándose de la mesa entre lágrimas y muy enfadada. Pero Wicker mantuvo la calma bajo el histérico ataque de Baldwin y de otro tipo negro que estaba sentado a la mesa, debatió punto por punto sus argumentos y, probablemente, llevó ventaja en todas las cuestiones sin nunca recurrir a la rabia.

Pero el rápido éxito de Wicker en el Times no se debió solo a todas estas buenas cualidades; también se debió en buena medida a la suerte de encontrarse en el lugar correcto y en el momento adecuado. Y, aunque ese es el caso de muchos periodistas que han conseguido abrirse paso muy pronto, para Wicker lo fue de manera extraordinaria: ingresó en el Times poco antes de la revolución que se produjo en el periódico; entró a formar parte del equipo de Reston a tiempo de conocer la excitación de la era de Kennedy y la tragedia subsiguiente. Fue, además, el único reportero del periódico que acompañó al malogrado presidente a Dallas. El reportaje de Wicker sobre el asesinato ocupó más de una página del Times del 23 de noviembre de 1963 y fue un modelo de cómo se hace un reportaje y de cómo se escribe para un periódico: recogió hechos claros, reconstruyó fielmente cuanto sucedió aquel día, pintó los sentimientos de desesperación y de amargura de la gente y corrió luego al teléfono para dictar a Nueva York toda la historia con una voz que rara vez se quebraba por la emoción.

Aquel día, Wicker salió sin su cuaderno de notas, por lo que tuvo que garabatear sus observaciones y comentarios en el reverso de un papel con la reproducción ciclostilada del itinerario que seguiría el presidente Kennedy durante los dos días de su visita a Texas. Hoy le resulta imposible leer e interpretar la mayoría de esas notas, pero aquel 22 de noviembre le parecieron más claras que si estuviesen escritas a máquina. Redactó su reportaje junto a otros periodistas, en la sala de prensa del aeropuerto de Dallas, adonde llegaron tras un kilómetro de carrera desenfrenada en la que Wicker no perdió su máquina de escribir ni su cartera de mano, y ni siquiera el salto que tuvo que dar para salvar un seto interpuesto en su camino le hizo cambiar el paso. En el momento de redactar su crónica, recordaba casi todo lo que había visto y oído después de que Kennedy fuera alcanzado por las balas, pero le resultaba difícil acordarse de casi nada de lo que había sucedido antes. Wicker formaba parte de la caravana presidencial e iba en uno de los coches destinados a la prensa, aunque no sabía en cuál de ellos, y no llegó a oír los disparos que hirieron a Kennedy ni se dio cuenta —otro periodista que iba a su lado sí lo hizo— de que el automóvil presidencial, diez vehículos más adelante, se alejaba a toda velocidad.

Los autobuses de la prensa continuaron su marcha hasta el lugar previsto para su estacionamiento, pero todo empezaba ya a cambiar. Wicker vio a un policía motorizado tomar una curva muy deprisa para saltar de su vehículo y echar a correr en un instante; la confusión y el desconcierto se apoderaron de la muchedumbre alineada a lo largo del trayecto que tenía que recorrer el presidente. Una vez detenidos los vehículos de los periodistas en el lugar reservado para ellos junto al estrado desde el que Kennedy debía dirigir la palabra al público, Wicker advirtió que la gente volvía la cabeza y que se apoderaba de ella una rara inquietud a medida que el rumor se iba esparciendo. Estaba viendo correr la noticia literalmente. Le recordó el viento que barre un campo de trigo. En ese momento alguien lo cogió por el brazo y le preguntó: «¿Le han disparado al presidente?». «No lo creo —contestó Wicker—, pero algo pasa».

Wicker y unos treinta periodistas más se dirigieron al lugar del discurso, y fue allí donde otro periodista llegó corriendo con la noticia. Al momento, todos salieron en estampida y se metieron en los coches para dirigirse al Parkland Hospital. Durante las horas siguientes los detalles comenzaron a acumularse: las declaraciones de los testigos, los informes médicos, las palabras de los portavoces de la Casa Blanca, la afirmación de un periodista de que él sí había oído los disparos, la descripción de un operador de la televisión de Dallas que había visto cómo un rifle desaparecía en una de las ventanas del quinto o sexto piso de un almacén de libros de texto. Verdades, medias verdades, rumores, ilusiones, testimonios de segunda mano, etc., pasaron a convertirse con entera libertad en letra impresa o en tema de conversación de todos aquellos periodistas que no tenían tiempo de verificar la exactitud de cuanto oían. Solo podía guiarlos el instinto o la experiencia, ese don especial de penetrar en el interior de las personas y de los acontecimientos que todos los buenos reporteros van adquiriendo a lo largo de su vida y que, inconscientemente, desarrollan al máximo en los momentos de crisis. Y en aquella ocasión Wicker utilizó ese don con entera maestría.

Es indudable que el reportaje que escribió Wicker sobre los sucesos de Dallas, la labor de una tarde, perdurará más tiempo que cualquier novela o pieza de teatro, ensayo o artículo que hubiera escrito o fuese a escribir. Y no porque hubiera escrito un texto clásico, que no lo era. En el pasado había enviado reportajes iguales de buenos y escrito cosas mejores. Pero la prueba de Dallas no era como ninguna otra prueba. Era uno de esos trabajos que pueden crear o deshacer la carrera de un reportero del Times en cuestión de horas. Wicker escribió la historia de aquel día, y su historia ocupó la primera página del periódico, impresa a doble tamaño del normal y con un tipo también superior al corriente, lo mismo que su firma. A las pocas horas de haber aparecido aquella edición, ya se había agotado, y los que habían adquirido un ejemplar lo conservarían cuidadosamente. Miles de ejemplares serían coleccionados o guardados en los armarios y en las bibliotecas, entrando a formar parte del legado familiar, junto con las cajitas con mechones de cabello, los retratos y los relicarios.

De haber errores de bulto en el artículo de Wicker (cosa que no ocurría), también habrían sobrevivido, y habrían degradado a Wicker a ojos de sus colegas, pero habrían degradado aún más el Times a ojos de sus lectores, no solo del aproximado millón de personas que lo leyeron ese día, sino de aquellos que lo leerán dentro de medio siglo, los estudiantes e historiadores que no dejarán de redescubrirlo en microfilm.

Se espera que el Times ofrezca estos reportajes mejor que ningún otro periódico. La expectativa se basa en parte en el compromiso tradicional del Times con ser el periódico de referencia, y en parte en el hecho de que tiene la capacidad de hacerle frente a cualquier emergencia: ahí están su amplio cuerpo de redactores y de suplentes, dispuestos y con el pie en el estribo en todo momento; la multitud de empleados, administrativos, correctores, escribientes y mecanógrafos que hacen viable la posibilidad de preparar en todo momento el necesario número de copias de los artículos que exijan ser publicados, y de recoger el material gráfico o literario suplementario; ahí están sus disponibilidades económicas, gracias a las cuales no supone problema alguno cualquier viaje o desplazamiento imprevisto; sus colaboradores y sus reporteros, que, aunque en ocasiones normales dan a veces la impresión de interferir los unos en la tarea de los otros, en cuanto se presenta alguna noticia importante o anormal se transforman en hombres perfectamente coordinados y unidos, cada cual dedicado a su misión específica, etc. Y, por último, complemento imprescindible de esa mezcolanza, ahí está la invisible fuerza de la familia propietaria de la empresa, la presencia fantasmal de Ochs.

Hace muchos años, después de que los periodistas del Times hubiesen cumplido muy bien su tarea informativa sobre un acontecimiento de importancia, los redactores jefe se reunieron en conferencia al día siguiente para felicitarse mutuamente por el éxito. Pero Adolph Ochs, que guardaba silencio presidiendo la reunión, una vez terminadas las felicitaciones, dijo que había leído en otro periódico un hecho relacionado con aquel asunto y que se les había escapado a los reporteros del Times. Uno de los presentes le contestó que aquel hecho carecía de relieve y añadió que, en cambio, el Times había publicado otros muchos verdaderamente decisivos que los demás periódicos habían omitido. La respuesta de Ochs fue furibunda: «Yo quiero todos los hechos».

Esta manera de pensar, mantenida a ultranza, ha creado una extraña mentalidad y hasta miedo en algunos reporteros del Times, así como tareas extrañas para otros. Durante mucho tiempo, el periódico tuvo empleados dedicados a repasar las noticias y contar cada resultado deportivo, cada aviso fúnebre, para asegurarse de que el Times había incluido la totalidad de ellos o al menos un mayor número que cualquier otro periódico. Y, por la noche, los redactores jefe esperaban con impaciencia la llegada del ordenanza que les traía ejemplares de los demás periódicos para así cotejar si relataban alguna noticia que no figuraba en el Times. Según este orden de cosas, cuando el reportaje de Wicker comenzó a llegar a la redacción del periódico —dos páginas por vez, desde los teléfonos del vestíbulo de la Estación Terminal de Dallas, que de milagro estaban siempre libres—, lo que más preocupaba a todos no era saber si el artículo estaba mejor o peor escrito, sino si se daban en él todos los datos y si estos datos eran exactos, incluso aquellos que en un acontecimiento normal se habrían desechado por triviales: los nombres de ciertas calles del itinerario, los de los testigos y su situación a bordo del avión durante la ceremonia de investidura de Lyndon Johnson, así como el apellido del juez que presidió la ceremonia y los de los sacerdotes que administraron los últimos sacramentos a Kennedy; el hecho de que el almacén de libros de texto fuese un edificio arrendado por el Estado; la identidad de las personas que sostenían haber visto esto o aquello y el momento preciso en que lo vieron; todo, en fin, lo que había sucedido en Dallas, y de lo cual Wicker no vio apenas nada: lo describió todo a ciegas, presintiendo los hechos y dejándose guiar por el instinto. Al día siguiente, había más de 106 párrafos de reportaje, y solamente en uno de ellos se describía lo que Wicker había visto con sus propios ojos: Jacqueline Kennedy abandonando el hospital por la salida de emergencia, junto a la cual él y varios compañeros suyos aguardaban noticias; más tarde Wicker escribió: «Su cara estaba llena de tristeza. Miraba fijamente al suelo y llevaba todavía el traje color frambuesa que se había puesto para saludar a la multitud que les daba la bienvenida en Fort Worth y Dallas. Iba sin sombrero, y el viento alborotaba su cabello, despeinándola. Una de sus manos descansaba, rendida, sobre el féretro de su marido mientras lo llevaban al coche fúnebre, que esperaba cerca».

Con su reportaje sobre el asesinato de Kennedy y la serie de artículos que le siguieron, el caché de Wicker en el Times ascendió de modo espectacular. Contaba con treinta y siete años y formaba parte del equipo de Reston desde hacía solo tres. Sin duda había tenido una suerte extraordinaria al hallarse en el lugar adecuado en el momento oportuno, pero hay que decir que aquella tarde en Dallas también había dado la talla. Porque supo hacer todo cuanto debe hacerse en situaciones semejantes si se ejerce esta extraña profesión que es el periodismo, en la que muchos encuentran la fama y la fortuna. Es lógico, pues, que nadie se sorprendiese cuando, un año después, Reston lo seleccionó para sucederle como jefe de la delegación de Washington; aunque, a decir verdad, esta elección suscitó algunas protestas entre los reporteros de la redacción. En opinión de estos, a Wicker lo habían ascendido demasiado rápido, y uno de los más brillantes hombres de Reston, Anthony Lewis, disgustado por considerarse relegado, solicitó su traslado a la delegación de Londres, de la que lo nombraron director. Otro protegido de Reston, Max Frankel, dimitió como redactor del Times y aceptó un empleo en la revista The Reporter, pero rectificó enseguida y regresó al Times. Así pues, el meteórico ascenso de Wicker, promovido por Reston, ofendió a unos cuantos ambiciosos del Times y disgustó a varios redactores jefe de Nueva York, entre ellos Clifton Daniel.

Este no tuvo conocimiento del nombramiento de Wicker hasta que ya era un hecho, dada la celeridad con que Reston organizó las cosas. Pero durante los dos años siguientes Wicker no lo tuvo fácil. Su cruce con Daniel fue solo el primero de una serie de situaciones desagradables que debió soportar desde su nombramiento, y, ya en la primavera de 1966, en la oficina de Nueva York se instaló el rumor de que a Wicker pronto lo iban a reemplazar. Daniel se mostraba partidario de la sustitución, aunque se daba cuenta de que se trataba de un asunto delicado. Más allá de las diferencias que existan entre los empleados, todos comparten una misma preocupación por la imagen del Times. Los movimientos ejecutivos deben efectuarse con sutileza. No debía parecer que se había tomado una decisión precipitada, porque nada se hace con precipitación en el Times, como tampoco tenía que fomentarse la idea de que el Times había cometido un error interno y ahora intentaba arreglarlo. Todo debía llevarse a cabo bajo cuerda y entre caballeros, sin rencillas patentes ni abiertos desacuerdos que pudieran producir cotilleos de oficina e incluso filtrarse a alguna de las revistas de noticias. Sería muy desafortunado que ocurriera algo así. Se supone que el Times informa sobre las noticias, no que las suscita, en especial las de ese tipo. Con todo, Daniel y sus subordinados de Nueva York, incluido Harrison Salisbury, su estrecho aliado, opinaban que Wicker no era el indicado para el puesto de jefe de la delegación de Washington y que había que trasladarlo, dignamente, a otro sitio.

A dónde en concreto no era un problema menor para Nueva York. No cabía duda de que Wicker tenía talento. Merecía un puesto importante en el periódico y, además, era lo bastante joven para que se pudiese confiar en su capacidad de cargar con gran parte del peso del Times en el futuro. Si Arthur Krock se jubilase, los directivos sabían que Wicker podría sustituirlo en su sección. Sería un lugar ideal para Wicker. Solo faltaba que Krock se jubilase... El hombre tenía setenta y ocho años, pero parecía tan ágil como cuando había entrado a trabajar en el Times en 1927, y Nueva York había fracasado en un intento reciente por conseguir su retiro. Le habían mandado una carta referente a la jubilación a su casa de Washington, pero, según se comentó más tarde en Nueva York, la interceptó la señora Krock sin que su marido lo supiera; la buena mujer le habló del tema a Reston, Reston movió los hilos en la oficina de la dirección, y ahí quedó la cosa. El incombustible Arthur Krock, que había sobrevivido a diez presidentes, cuatro guerras, incontables rebeliones y varios sucesos incómodos, se había salido con la suya una vez más.

Aun así, era preciso encontrarle un puesto a Wicker. Y este era uno de los problemas que preocupaban a Daniel en el recién iniciado verano de 1966, sin excluir inquietudes mayores, siempre numerosas aun cuando no se veían en su rostro o en su tranquilo comportamiento. Daniel parecía tenerlo todo controlado; confiaba en sus capacidades y en la posición que ocupaba. El incidente con Wicker se le antojaba un atípico mal día en que no se había conducido según la idea que tenía de sí mismo. Era por naturaleza un hombre sereno y mesurado; estaba seguro de ello, y el más fiel retrato suyo que podría hacerse lo mostraría con el aspecto que ofrecía aquella tarde de verano. Sentado con calma frente a su mesa de trabajo, en el sillón de cuero negro que siempre utilizaba, quince minutos antes de que comenzase la conferencia convocada para las dieciséis horas con sus redactores, y dictando notas a su secretaria, Patricia Riffe, una joven sumamente bonita de ojos azules que vestía con impecable buen gusto. La había elegido él en persona, y la elección no sorprende.

Cuando la señorita Riffe apareció en el Times pocos años antes, raro fue el miembro de la redacción que no se fijase en ella. La

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