Fantasma

Nerea Pérez de las Heras

Fragmento

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Mi pierna derecha se me adelantó en la muerte. La hélice de un barco nos separó. Parcialmente. En el mar, rodeada del caldo rojo turbio de la sangre arterial, la sujeté con desesperación tratando de no tensar y romper los restos de tejidos que nos mantenían unidas. La sostuve con las dos manos haciendo presa, como una pietà, mientras aleteaba con la otra pierna para mantenerme a flote. Por encima del pánico y el dolor se imponía la prisa. La sensación de que toda la sangre que bombeaba mi corazón frenético por la sorpresa se escapaba hacia el Mediterráneo actuaba como un temporizador. Había que ponerse manos a la obra con la tarea de sobrevivir.

Después de seis cirugías, la brecha se hizo definitiva, los tejidos no aguantaron, el baipás no funcionó. Mi pierna derecha acabó muerta y yo viva.

Ahora es muy difícil entender mi cuerpo como un todo. La medicina occidental, la literatura, el cine y el reguetón ya me habían presentado el cuerpo como una realidad frágil y fragmentaria. Llevaba toda la vida conviviendo con hígados y páncreas que pueden matarte, con rodillas poco fiables y con caderas, cinturitas y booties capaces de sabotear una vida humana en toda su compleja dimensión. Pero tras mi accidente llegó la constatación de que sí, de que las figuras retóricas sobre la independencia de extremidades y órganos no vitales se daban también en la literalidad, de que una parte del cuerpo podía sencillamente perderse, pudrirse, abandonar el plano físico y dejar atrás todo lo demás. Y a veces también un rastro propio.

Hablo de ella en tercera persona, es una difunta. La veo en fotos, me veo a mí entera, dueña de la facilidad, ajena al prodigio de un cuerpo que no duele, y siento el mismo encogimiento del corazón que se siente al ver las caras sonrientes de los muertos.

1. El hospital

Un estado de shock es lo que nos ocurre —como individuos o como sociedad— cuando vivimos un acontecimiento súbito y sin precedentes para el que todavía no tenemos una explicación adecuada. En pocas palabras, un shock es el espacio que se abre entre un acontecimiento y los relatos que lo explican.

NAOMI KLEIN, Doppelganger

Me había pasado algo grave, lo había observado en cada detalle, había gritado una sola vez al ver mis propios huesos y músculos en contacto con el aire, tan descontextualizados flotando a la vista de todo el mundo, recortados contra el paisaje mediterráneo de acantilados y agua turquesa de Menorca. Un fotograma de terror gore montado sobre un folleto turístico.

Luego no volví a levantar la voz, había un enjambre de gente mojada y nerviosa a mi alrededor y yo no quería que se me notara mucho que me estaba muriendo en la cubierta del barco alquilado. No fue difícil disimular. Justo después de ver la herida, inexplicablemente sentí que disponía de mucha calma, tanta que podría haberla rociado como un gas narcótico sobre todos los presentes.

Un ente superior agazapado en mi sistema nervioso esperando su oportunidad vino a salvarme.

Era su momento. Esa fuerza perfectamente enfocada me hizo un torniquete con toallas que sirvieron además para camuflar la carnicería y para que nadie tuviera una idea muy clara de la dimensión del daño; me recomendó que repitiese en voz alta —no demasiado alta— mi grupo sanguíneo, me susurró desde dentro de mis cavernas primitivas «bebe agua, no te duermas, bebe agua». Era una torre de control aletargada que se activó en el momento preciso y de la que empezaron a manar órdenes a borbotones. Me mantuvo despierta hasta la ambulancia, luego hasta el hospital. Apartó mi mirada de las tijeras que cortaban mi bañador de lúrex por la mitad, mi precioso bañador de franjas de colores, y la dirigió suavemente hacia las tranquilizadoras bolsas de sangre nueva que colgaban a un costado, hacia las caras flotantes de sanitarios y luego hacia sus doscientas manos enfundadas en guantes de nitrilo que manipulaban mi cuerpo. Pero sobre todo me salvó del dolor. Esa era su principal misión hasta que llegué al avión que me llevaría a un hospital más grande que el de Menorca: no te duele. No te duele de momento. Recuerdo el avión medicalizado como un tubo metálico lleno a rebosar de dolor. El sufrimiento acoraza la memoria, a veces tanto que es imposible acceder a ella pasado un tiempo. Las bisagras se oxidan, las compuertas se bloquean. Adiós para siempre. Aquello nunca sucedió.

Lo que pasó en el traslado solo es visible por una rendija de la conciencia. La entidad mágica que me había protegido durante horas, que me había presentado el mundo y mi hoja de ruta dentro de él con una nitidez deslumbrante me había abandonado. El daño llegó de golpe y con saña, cobrándose la deuda con un interés altísimo. Los numerosos rostros que flotaban sobre mí se redujeron a uno y las manos cubiertas de nitrilo a dos. Dijo que era médico, que se llamaba Bashir, que llegaríamos al Son Espases de Mallorca en una hora y que si lloraba de miedo o de dolor.

—Aguanta.

Era la voz real de Bashir, mi mando interior se había quedado repentinamente desierto.

No sabía a quién le hablaba, no había ninguna persona en el avión capaz de seguir sus consejos. No había en mí voluntad, recuerdos o identidad, no había ninguna mujer allí. Había una herida gigantesca que ardía, pero la herida no pertenecía a nadie en particular y mucho menos a alguien que pudiera aguantar. La sensación de haber sido completamente sustituida por el sufrimiento y de haber dejado de existir no respondía a un estado alterado de la conciencia, era lo que me estaba esperando al otro lado del shock: era la realidad.

En una situación de emergencia, el cerebro sacrifica la percepción en favor de la supervivencia. Lo que yo había experimentado como un sentido del propósito preciso, casi como una posesión, había sido en realidad un paréntesis concedido por mi cuerpo para dejarme actuar sin distracciones. El dolor es una señal adaptativa muy útil para que quites la mano de la vitrocerámica, pero tiene un mecanismo un poco más complejo que una simple señal de alarma. Hay un proceso de decantado entre el momento en el que, por ejemplo, una hélice de barco te secciona la pantorrilla y el punto en el que tú recibes el aviso a la altura de las circunstancias. Cuando la hélice te atraviesa el cuerpo, se activa el receptor periférico del dolor y la señal sube por la médula, sigue hasta los núcleos del tálamo y llega hasta la corteza cerebral, donde se hace consciente. Esa es la información ascendente, sube desde el lugar del daño al cerebro. El contacto con un motor triturador no es un proceso crónico, como por ejemplo una lumbalgia o una migraña, sino traumático, agudo. En estos choques del sistema simpático con el trauma se activa el sistema fight or flight, lucha o huye. Para cualquiera de las dos opciones hacen falta muchos recursos y sobra la información sobre el dolor. Para frenarla, nuestro sistema nos da una descarga masiva de hormonas adrenérgicas: adrenalina y noradrenalina. Aumentan la frecuencia cardíaca: la presión arterial y la cantidad de sangre y oxígeno que llega a los músculos son las responsables de muchas estupideces, pero también de perfectos momentos de iluminación. La señal ascendente de dolor pone en marcha los endocannabinoides y los opioides propios; la sensación es que nuestro cuerpo nos droga, básicamente porque eso es lo que hace liberando estos neurotransmisores: drogarnos. No todos los filtros de la señal ascendente de dolor son químicos, también están en el sustrato genético, son psicológicos y culturales. Cuánto nos duele algo dependerá de cómo se exprese en nuestro país o en nuestra familia, de lo que hayamos aprendido sobre él, de las consecuencias que hayamos registrado que tiene ese daño o de si estamos tristes. La señal descendente es la traducción de todo este proceso complejo en un «me pica», un «me escuece» o un «me muero». Y resulta que es increíblemente personal.

En el avión ya no estaba en peligro, se me habían retirado los dones del estado de emergencia. Bashir me miraba gimotear, sin poder hacer nada. Quizá estaba angustiado, era difícil juzgar la situación a través de la humareda espesa de dolor que lo llenaba todo. Su nombre es el único que recuerdo del enjambre de personas que me atendieron. El sufrimiento físico intenso es un gran organizador de prioridades; hace que nada, excepto su fin, merezca la pena; reconfigura el mundo y sus valores poniéndole un filtro de cobardía extrema.

El día de mi accidente se celebraban elecciones generales en España, así que hasta el instante en que el motor me destrozó la pierna mi mayor preocupación era casi patriótica; estaba viendo a mi país y a medio mundo sucumbir a tendencias ultraconservadoras que hacían pasar el racismo, la privatización de los servicios públicos y la vuelta a roles de género arcaicos por sentido común. Cuando sentí que la camilla a la que estaba atada era arrastrada fuera del avión, tuve un breve momento de conexión con la versión de mí misma anterior al accidente y balbuceé una pregunta al aire.

—¿Se sabe algo de las elecciones?

Un enfermero que en algún momento le había tomado el relevo a Bashir me contestó que no había acabado el escrutinio. La cámara de mis recuerdos está casi completamente acorazada, otra hermosa astucia del cerebro. Solo sobrevive esta pequeña escena y la conciencia de que el dolor duró mil años, me hizo menguar poco a poco hasta que desaparecí en la anestesia de la primera cirugía.

Desperté en un corte abrupto, como si alguien hubiera hecho una mala edición de vídeo. Estaba rodando por un pasillo, cegada por una luz brutal y lo primero que escuché fue la voz del enfermero:

—Hemos ganado.

No supe a qué se refería, no entendí la primera persona del plural. Pero reparé en que estaba entera, no sentía ningún dolor. Ignoraba cuál era la victoria, para quién. Sí fui consciente de que, al menos aquella noche, yo no había perdido.

¿Cómo te despides de una parte de tu cuerpo? Tras seis días en la unidad de reanimación y tantas entradas al quirófano que apenas me daba tiempo a recuperar la consciencia entre una y otra, un médico me dijo que no había nada más que hacer por mi pierna derecha.

Mi habitación de la REA, la unidad de reanimación del hospital, era una nevera blanca. No se me permitía beber, pero desde el cuello hacia abajo mi cuerpo era solo una zona de tránsito de líquidos: sangre, medicamentos, suero y orina entraban y salían de los tubos que me atravesaban por todas partes y acababan en bolsas borboteantes y aparatos ruidosos. Las cirugías sucesivas, como el vampirismo, suponen una condena a la sed eterna y al frío. Apenas pude moverme para mirar al cirujano vascular cuando me tocó el hombro y apretó los labios en un gesto de decepción, como si el equipo contrario acabara de meter un gol. Pasaba de los cincuenta y llevaba unas gafas pequeñas y modernas con montura gruesa de carey, las clásicas gafas que dan mucha información sobre una persona.

Las zonas de los hospitales en las que se encuentran los pacientes graves siempre son las más solitarias, para evitar las infecciones y el barullo emocional que traen los seres queridos. Los protocolos médicos de urgencias no contemplan la posibilidad de acolchar las malas noticias con compañía, supuestamente esta es una manera de reconocer la agencia de la paciente consciente, de concederle la última palabra sobre con quién compartir la información y cómo. Según el criterio clínico, esa baba narcotizada y temblorosa, muerta de sed y de miedo, ese saco de transfusiones que era yo tenía capacidad psicoemocional para recibir cualquier información y tomar decisiones, aunque algunas ya habían sido tomadas por mí.

—El tobillo estaba muy dañado y te tuvimos que hacer una artrodesis.

El tono del cirujano, que había sido fugazmente empático para darme la mala noticia, se volvió neutro. Me tragué un par de sollozos para intentar adaptarme a la aridez del intercambio de información.

—¿Qué es una artrodesis?

—Es algo así como fundir los huesos de la articulación, de manera que se impide el movimiento.

—O sea, el tobillo estaría bloqueado.

—Sí.

—O sea que en caso de conservar la pierna iba a cojear siempre.

—Sí, también puede ser doloroso.

—Ah. Esta información es nueva.

En realidad la información no era nueva. Era la primera vez que escuchaba la palabra «artrodesis», eso sí, pero llevaba días observando mi pierna derecha y sabía que estaban tratando de sacarla de entre los muertos. La pantorrilla estaba deshecha, las piezas que quedaban de ella se mantenían unidas por unos tornillos gruesos que atravesaban carne y hueso brutalmente. Más allá de ese amasijo de metal y tejidos, podía ver el pie. Era de un morado pálido. Parecía algo putrefacto y abandonado en el fondo del mar, lo sentía ajeno y durante todos aquellos días no había obedecido ninguna de mis órdenes.

La tradición de relatos de terror, desde Frankenstein hasta Cementerio de animales, es muy clara respecto a las consecuencias de tratar de hacer volver lo que se ha ido, ¿acaso los médicos no estaban familiarizados con ella? ¿No sabían que forzar el regreso de un muerto con artes científicas o brujería jamás sale bien? El novio o el gato nunca son los mismos después de resucitados, cuanto más se ama y se necesita aquello que se va, mayor es la decepción cuando vuelve irreconocible. Yo sí lo sabía, pero nadie me preguntó si prefería arrastrar un pie zombi o vivir mutilada y, llegado el momento, protetizarme.

En mi cama de la unidad de reanimación, descubrí que era una «mujer joven». Les oía referirse a mí como parte de esa categoría una y otra vez, había algo importante en ese sintagma que me costaba interpretar en el embotamiento de la morfina, algo que hacía de la amputación un fracaso mayor, un desenlace absurdo, medieval, inconcebible para una «mujer joven». Aunque la alternativa fuera mucho más dolorosa y menos funcional, sospeché que les parecía menos fea, porque el del tobillo zombi y bloqueado al menos era un escenario en el que la mujer joven permanecía completa.

—Con una prótesis tu vida va a ser un 95 por ciento normal. Como es ahora.

El cirujano había vuelto al tono compasivo. Él había estado presente cuando una residente me buscó el latido en el pie tras el último intento de baipás, había asentido cuando ella dijo que aquello era tan emocionante como buscar el latido del feto en una ecografía. Mi rabia logró atravesar la bruma de los calmantes para contestarle que la diferencia era que no se podía parir un pie nuevo. No había latido, claro. Me pregunté a qué parte de mi «vida normal como es ahora» correspondía ese 5 por ciento de merma. También si ese porcentaje tan concreto se refería a mi vida con o sin la rodilla derecha, porque el doctor de las gafas originales no podía asegurarme que la fuera a conservar. Cualquiera que haya tratado con médicos sabe que tienen una relación complicada con las certezas. Parte de su trabajo —del de todos los sanitarios— consiste en mantener las expectativas muy bajas para convertir los mínimos avances en grandes noticias, así que no insistí demasiado en preguntar cuán coja me iba a quedar al día siguiente. Estaba demasiado cansada y demasiado drogada para procesar más porcentajes.

¿Cómo te despides de una parte de tu cuerpo? Cuando el cirujano vascular me dejó sola lloré brevemente y sin fuerzas, la morfina afortunadamente encoge y aleja las emociones, hace que todo parezca un chiste escuchado a medias. Para decir adiós a mi pierna habría bailado, habría buscado una cuesta muy larga para bajarla corriendo y habría chapoteado en la orilla del mar, porque intuía que esas eran las actividades comprendidas dentro del 5 por ciento. Todo aquello era imposible, y por lo tanto quedó probado que una parte de mí ya estaba muerta, así que lo único que hice fue mirar mi pie lila desde lejos y hacer un par de últimos intentos de moverlo que fueron inútiles. Adiós para siempre. Lo siento. La morfina también facilita un estado de calma y contemplación ante las peores catástrofes, así que solo me puse los enormes cascos con cancelación de ruido que Ana, mi novia, me había traído para evitarme los pitidos constantes de las máquinas que me rodeaban y me quedé mirando mi propia simetría a punto de extinguirse, con el alma encogida, hasta que me dormí.

Las visitas de los familiares a la REA estaban restringidas a una hora al día, media hora a la una y media hora a las siete de la tarde. Ana venía cada día vestida con una bata desechable, gorro y mascarilla; nos besábamos, hablábamos atropelladamente y nos acariciábamos como amantes, porque la prisa impuesta siempre es un poco romántica. Nada hasta ese momento, ni siquiera mi cuerpo lleno de tornillos y tubos, el olor a desinfectante o el frío había conseguido reducir la alegría de vernos y tocarnos.

Cuando me anunciaron que iba a perder la pierna, mi hermana Belén voló hasta la isla para encargarse del papeleo, acribillar a los médicos a preguntas y sostener a Ana durante las horas entre cada turno de visita. Para ella, los días estaban embotados de una espera densa. Mi hermana y ella me contaron que, después del anuncio de mi amputación, habían ido a comer pizza a un sitio muy bueno donde Ana probó el Orfidal por primera vez, que la dejó arrastrando las palabras hasta que cayó a plomo en la cama de la habitación de hotel que compartían, y que le hizo entender de golpe muchas cosas sobre las adicciones. Como mandaba nuestra tradición familiar, Belén escondía la pena y el miedo tras un pragmatismo alegre, cosa que agradecí porque nada me hacía sentir más en casa y protegida que reconocer aquel ejercicio de generosidad. Convertir cualquier desastre en una serie de gestiones por resolver y hacerlo con energía siempre había sido el estilo familiar de supervivencia. Mi hermana había llegado justo a tiempo para recordarme que las dos estábamos hechas de un material recio y flexible, así que entré en el quirófano pensando en mi pierna como en una de las tantas cosas que se pierden en el transcurso de la vida —porque aquí hemos venido a perder—, y en mí misma como un organismo infinitamente adaptable.

El enfermero que me recibió al bajar del avión medicalizado, el que nos había incluido a los dos en un plural entiendo que sobre todo antifascista y homosexual, venía a tratarme con frecuencia. Parecía contento de tener afinidad ideológica con aquel desastre sanguinolento que había llegado de Menorca.

Después de la cirugía, oí su voz a través de la anestesia. No hablaba conmigo; quería hacerle preguntas, pero la voz no me respondía. Me costaba fijar la mirada, recorrí muy despacio el paisaje blanco de la sábana hasta su horizonte. Había un hueco inverosímil al final de mi cuerpo. Moví los dedos del pie izquierdo, pero la orden para repetir el movimiento en el otro lado cayó en un vacío profundo. Ya no había nada, pero ¿hasta dónde?

Las voces seguían en sus asuntos prácticos, ya estaba acostumbrada a aquello; en pocos días mi cuerpo se había convertido en una zona de obras y las trabajadoras y trabajadores lo manipulaban como si yo no estuviera ahí. No les culpaba: era cierto que a veces no estaba, pero justo en ese instante lo intentaba con fuerza, zumbaba en un enjambre de órdenes para estar presente, poner el cuerpo en marcha y hacer balance de daños. La figura del enfermero apareció al pie de la cama y me miró a los ojos.

—Ha ido todo bien. Se ha salvado la rodilla.

No encontré las fuerzas para contestarle: «Hemos ganado».

El enfermero se convirtió en un portador de buenas noticias. En una misma semana me había dicho que a la derecha y la ultraderecha no les daban los números para gobernar y que había conservado mi rodilla. Me alivió ver que era él quien venía a buscarme a la unidad de reanimación para sacarme de allí. Me liberaba, por fin, de aquella especie de terrario helado, de la sed previa a las cirugías y del lugar liminal donde todas las emergencias eran posibles. Antes de irse me dio la última buena noticia: la habitación que se había quedado libre para mí era individual; Ana y yo íbamos a estar solas para poder familiarizarnos con mi nuevo cuerpo.

La habitación estaba llena de sol, y aunque solo había pasado una semana sin ver la luz natural, la había echado mucho de menos. Bajo el ventanal había otro elemento familiar, una vieja conocida mía: la butaca de hospital. Una monstruosidad con estructura de metal macizo, pesada como un trono, con un reposapiés dotado de voluntad propia y una palanca en teoría destinada a inclinar el respaldo, pero igualmente temperamental. No me hizo falta manipularla para saber que sus mecanismos funcionarían solo a veces. También sabía, sin tocarla, que su recubrimiento de escay era durísimo y agresivo: a los tres minutos de contacto la piel empezaría a sudar e irritarse. Cualquier intento de cubrirla con una sábana de algodón era inútil, resbalaría y acabaría en el suelo como si el mueble fuera una serpiente marina.

Ver aquella butaca me reconfortó. Era como toparse con una vecina irritante en la cárcel o en una inundación. Cualquier elemento reconocible, por pobre que sea, siempre sirve de consuelo en una situación de caos. En la REA no había ningún lugar para sentarse a mi lado, así que su presencia indicaba el fin de la soledad. Yo la conocía profundamente, en forma y esencia; se trataba de un elemento permanente en el sistema hospitalario español, destinado al descanso relativo de quienes acompañan a las pacientes. Durante los ingresos de mis padres en varias ciudades había pasado cientos de horas en butacas exactamente iguales, dormitando, trabajando, jugando a las cartas, llorando, viendo capítulos viejos de Sexo en Nueva York con auriculares. Las había visto en una variedad de colores otoñales que iban del marrón grisáceo al verde acelga, pero la que tenía delan

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