El linaje de Pierre

Anne Berest

Fragmento

cap-2

 

Cada verano, dejábamos nuestro barrio de la periferia parisina para ir a Bretaña, la tierra de mi padre, donde nació, al igual que su padre y el padre de su padre antes que él.

El viaje comenzaba en la Gare Montparnasse, bajo los murales de Vasarely, con sus formas repetitivas, sus motivos cinéticos y sus colores saturados que se oscurecían bajo una capa negra de contaminación.

Mis dos hermanas y yo fuimos las primeras de una estirpe para la que la Gare Montparnasse ya no era un destino, sino un punto de partida. Las primeras Bérest —aunque nos llamábamos Berest— que nacieron fuera del departamento de Finistère. Y ese simple cambio de sentido imprimió en nosotras una diferencia que las generaciones anteriores no habrían podido concebir. Por esa razón, me sentía imperceptiblemente distinta de mi padre.

En el andén de la estación, nuestras maletas con asa, llenas de libros de nuestros padres, pesaban como fardos de leña. Mi madre, Lélia, trabajaba entonces en su tesis doctoral, titulada sobriamente Anaphore et détermination («Anáfora y determinación»), mientras que mi padre, Pierre, también investigador, proseguía la redacción de su obra Calcul des variations: Applications à la mécanique et à la physique («Cálculo de variaciones: aplicaciones a la mecánica y la física»). Llevábamos la máquina de escribir, una Robotron Cella de un naranja deslumbrante, grande y sólida, que ocupaba tanto espacio como mi hermana pequeña, pero se movía menos. La máquina de escribir tenía su propia bolsa de cuero y, colmo de la modernidad, una cinta de tinta bicolor, negra y roja.

El tren Corail al que nos encaramábamos, literalmente, era un acrónimo que evocaba «confort y raíl», símbolo de un medio de transporte colectivo agradable, familiar y funcional.

Como una hazaña sin precedentes, solo tardábamos siete horas en llegar a Brest. Nuestros padres nos recordaban lo afortunadas que éramos por pertenecer a la generación de una época rápida, de una época moderna en la que todos los viajeros tenían acceso al aire acondicionado. Se habían acabado el olor a huevo duro y salami, el sudor de las axilas, los mareos de las mujeres embarazadas y los bebés sonrojados por el calor. Aquel tren de diseño industrial pop, con sus colores vivos y su vagón cafetería verde ácido, llegó a nuestras vidas como un milagro, al mismo tiempo que François Mitterrand.

En los vagones para fumadores, tras cuatro o cinco horas de viaje, el ambiente se volvía tan denso como la niebla de una película, y ya no se distinguía el otro extremo del coche. Para llegar al baño, había que atravesar los fuelles de conexión entre vagones. Me parecía estar dentro de un acordeón inmenso. El ruido ensordecedor y la sensación de los raíles vibrando bajo mis pies me daban miedo.

También temía a esos hombres del tren, que observaban fijamente a las niñas con mirada penetrante. Durante todo el trayecto, nos perseguían sus deseos, invisibles a los ojos de los adultos. Notábamos su persistencia, inmediata, palpable. Yo me escondía detrás de las cortinas plisadas de color mostaza, de lana áspera, que absorbían tranquilamente el olor a cigarrillo.

El tren llegaba a Morlaix dominando la ciudad desde arriba. En el viaducto, yo aguardaba la repentina aparición de un mar de tejados de pizarra azul noche, escalonados, semejantes a una extensión de olas petrificadas. Solo quedaba una hora de viaje hasta Brest, el fin del fin, el fin de la tierra. Imposible ir más lejos. Después, estaba América.

Al llegar al término del trayecto, teníamos que arrastrar nuestras maletas-biblioteca, que el cansancio del viaje hacía aún más pesadas. Íbamos a pie a casa de mis abuelos, que vivían a solo unos cientos de metros de la estación de tren. Yo los llamaba «Yayo» y «Yaya», y no se me ocurría que tuvieran otros nombres. Para mí, tenían una función: ser mis abuelos de Bretaña, seres a la vez reales y lejanos, por los que sentía un respeto no exento de cierta aprensión.

El padre de mi padre era un hombre carismático que desempeñaba «funciones». Había sido alcalde de Brest antes de que yo naciera, elegido bajo el lema «Bérest para Brest», un aptónimo perfecto, como el del futbolista Jérémy Pied o el del humorista Thierry Le Luron, tan bromista como indicaba su apellido. No había hecho una «carrera» política, era profesor de Clásicas, de latín y griego. Esa fue su baza cuando se presentó a la alcaldía. Más tarde, se le conoció como «el alcalde profesor de Letras».

Nunca me sentía relajada con mi abuelo. En su presencia, no podía evitar comportarme como una niña modelo —actitud que más tarde reproduciría en otras situaciones—. Reajustaba mi forma de ser, sonriendo tontamente, cediendo para agradar. No entendía que esa actitud me convertía en una niña con gestos afectados, poco natural y sin encanto.

Eugène Bérest murió en 1994. Aquel verano de mis quince años, encontré unos viejos pantalones de campana de mi madre en el fondo de sus cajones. Solo me vestía con ropa de segunda mano comprada en mercadillos, en la Fiesta de la Vendimia de Bagneux, prendas vetustas que me ponía como andrajos y que me parecían impregnadas de la memoria de quienes las habían llevado en tiempos más difíciles, más auténticos. Tenía ese gusto por el pasado y la impresión de haber nacido demasiado tarde, en una época que no era la mía. Me parecía que todo lo que importaba, todo lo que merecía la pena vivir, ya había sucedido antes, sin mí. Sentía nostalgia por amistades que no había conocido, cuya posibilidad buscaba en los libros. Recorría los cineclubes para ver películas antiguas. Al salir del cine, me invadía siempre cierta melancolía, encontraba mi vida banal y sosa.

En los días posteriores a la muerte de Eugène, mi abuela Odile le entregó unos cuadernos a mi madre, su nuera, Lélia. Eran cuatro cuadernos escolares de la marca Oxford en los que mi abuelo había escrito algunos de sus recuerdos antes de morir. No sé por qué, cuando vi esos cuadernos, me asaltó una especie de memoria del futuro, como a veces ocurre en la infancia y la adolescencia. Sabía que algún día acabarían en mi poder.

Y así fue, treinta años después. Yo acababa de publicar una novela que narraba la historia de mi familia materna, los Rabinovitch, judíos de Rusia y Polonia. La historia real de una postal anónima enviada a mi madre, Lélia. Fue ella, archivo inagotable, siempre con el cigarrillo en los labios, quien sacó de un cajón los cuatro cuadernos Oxford con motivos escoceses de mi abuelo. Los reconocí inmediatamente.

—¿Sabes?, creo que a tu padre le gustaría que les echases un vistazo —dijo Lélia.

Como mi padre no era un hombre muy hablador, solía ser mi madre quien nos hacía de intérprete a nosotras, sus hijas.

Ese día recibí un correo electrónico suyo. Era muy raro que hiciera aquello. Acababa de terminar de leer el libro que yo había escrito sobre mi familia materna y concluía sus comentarios así: «Cuando tu madre me dijo, hace mucho tiempo, que sentía la necesidad de reconstruir la historia de su familia —tú supiste darte cuenta—, le contesté que me parecía muy bien, pero que también estaba la vida, vosotras tres, lo que aún nos quedaba por hacer. Nunca he tenido nada que temer en ese sentido. Te digo lo mismo, sin verdadera preocupación. Por las apariencias, eres más la Dama del Lago o Isolda que Esther o Judit. No hay por qué lamentarse. De Gaulle escribió que Francia moldea a los pueblos hasta convertirlos en una sola nación. Mis raíces son las de un pueblo de gente sencilla, campesinos y marineros, sufridores, fieles hasta el exceso».

Esa noche, en mi cama, sentí que los cuadernos me llamaban. Contenían fragmentos de la vida de mi abuelo, su infancia en Finistère, en Saint-Pol-de-Léon. Y tuve la esperanza de encontrar en ellos, sin atreverme a admitirlo, material para una novela. Sin duda, áspero, austero y taciturno. Pero descubriría una estirpe de hombres con un pudor, una reserva y una timidez que siempre habían sido un misterio para mí.

LIBRO I
(1909-1939)

Los dos Eugène

1
Turistas en la comarca de Léon

A principios del siglo XX, Francia vivió dos grandes modas: el sombrero canotier y la alcachofa bretona, un cardo del tamaño de una manzana al que primero hay que quitarle las hojas y el peludo vello de su barba antes de poder llevárselo a la boca. De repente, la «camus» se impuso en las mesas de los restaurantes parisinos y en las cocinas de las amas de casa, eclipsando a su principal competidora, más pequeña y también más precoz: la pobre violeta provenzal.

A partir de entonces, Bretaña tuvo que abastecer a las grandes ciudades francesas, que demandaban esta hortaliza. Por la mañana, a mediodía y por la noche, las nubes algodonosas del amplio cielo bretón se confundían con el vapor de las locomotoras, que transportaban la reina de las verduras, la alcachofa de nuestro Finistère, así como coliflores, espárragos, ajos, chalotas, cebollas y patatas. Así, Saint-Pol-de-Léon, antigua ciudad episcopal de Finistère, se convirtió en uno de los mercados de verduras más importantes de Bretaña. Cada día, su modesta estación enviaba trenes llenos como cestas de Navidad hacia París y el resto de Francia.

La nueva línea ferroviaria no solo transportaba verduras, sino que también había que trasladar a los artistas. Primero fueron los escritores quienes realizaron su «gira por Bretaña». Luego llegaron los pintores, Gauguin a Pont-Aven, Monet a Belle-Île, Maurice Denis a Ploumanac’h, Eugène Boudin a Camaret, que encontraron en los paisajes vibraciones fauvistas, una naturaleza caótica, primitiva. Tras los pintores llegaron los turistas, que querían ver «en vivo» los paisajes que admiraban en las paredes de las exposiciones.

Para acoger a toda aquella gente distinguida, la ciudad de Saint-Pol-de-Léon ofrecía hoteles cómodos y coquetos, donde se podía jugar al billar, disfrutar de un filete con patatas y beber una cerveza irlandesa amarga, espesa y negra como el alquitrán.

Esos hoteles permitían a los viajeros hacer un alto antes de llegar a Roscoff y a la isla de Batz. Aprovechaban para visitar los pintorescos monumentos de la comarca de Léon: la catedral gótica y sus macabras «cajas de cráneos», la escalera de caracol de la iglesia de Le Kreisker, las callejuelas medievales del casco antiguo.

La visita a los dólmenes de Keravel, vestigios celtas y enigmáticos, era muy apreciada. Y si había algo que encantaba a los turistas era la trashumancia de los Johnnies, los comerciantes de cebollas, que partían a vender sus alliums a Inglaterra, al otro lado del canal de la Mancha. Todos embarcaban en Roscoff, en goletas o balandras, con destino a Plymouth, con montañas de cebollas sobre los hombros. Y no regresaban a Finistère hasta haber vendido el último manojo.

Pero lo que siempre sorprendía a los viajeros, durante la tradicional visita al mercado de verduras de Saint-Pol-de-Léon, era la calma que reinaba en la lonja. No se oían ni los gritos o las arengas de la subasta, ni ningún estruendo procedente de los puestos. En vano se buscaba el ruido ensordecedor de los charlatanes y los vendedores ambulantes. Nadie levantaba la voz. Los «leonardos» —los habitantes de Léon— tenían fama de ser personas mesuradas, de una compasiva tranquilidad. Eran capaces de soportar muchas cosas en silencio.

Hasta cierto punto.

Lo que ocurrió el 23 de mayo de 1909 fue, según el Courrier du Finistère, que describió los acontecimientos, «la gota que colmó el vaso».

2
La gota de agua

El 23 de mayo de 1909, el pregonero de Saint-Pol-de-Léon tocó su tambor en lo alto de las escaleras del mercado para anunciar que los mayoristas habían decidido cambiar el modo de venta de las patatas nuevas.

—En adelante, los negociantes ya no irán de granja en granja. Esperarán aquí mismo, en la plaza del ayuntamiento, para celebrar un mercado semanal de patatas tempranas.

—Pelec’h emañ ar razhed o deus divized kement se? ¿Dónde están las ratas que han decidido eso? ¿A nuestras espaldas y sin consultarnos? —preguntaron los campesinos en bretón.

El pregonero, tembloroso, respondió que habían regresado a París el día anterior y que ya no estaban en la ciudad.

—¡Cobardes!

—¿Y el señor alcalde? ¡Nos ha traicionado!

Cuando el señor alcalde, Alain Budes de Guébriant, oyó gritos en su ayuntamiento, y puertas forzadas, no se sorprendió.

—Señores, hablen, pero uno tras otro, que no entiendo nada.

El alcalde sabía que los mayoristas ya habían hecho tragar más de un sapo a esos tipos, o más bien, según la expresión típica bretona, los habían obligado a tragar más de un tronco de árbol haciéndoles creer que eran ramas. Las semanas anteriores, se había impuesto a los labriegos de Saint-Pol-de-Léon el precio de nueve francos los cincuenta kilos de patatas, para revenderlas a un precio de entre veinticinco y treinta y seis francos en los mercados centrales de París. ¿Acaso pensaban que los bretones nunca cogían el tren? ¿Que no veían nada? No conocían bien a este pueblo de viajeros, que lo sabían todo, aunque no dijeran nada.

—Señor alcalde, quieren que vengamos a negociar nuestras patatas debajo de estas ventanas, pero el desplazamiento tiene un coste: hay que alimentar a los animales que tiran de los carros.

—A los animales les va a cansar mucho traer nuestras patatas hasta aquí.

—Además, señor De Guébriant, usted sabe muy bien que quien se desplaza es el menos fuerte a la hora de negociar. Nadie quiere volver a casa con el carro lleno.

—Lo que va a pasar es que, al final del mercado, vamos a aceptar sus precios vergonzosos, solo para ahorrarles a los animales el cansancio del regreso.

—Sin contar con que los desplazamientos estropean las verduras, señor alcalde. Así que las que no hayamos vendido, será imposible intentar venderlas después.

Alain de Guébriant, que notaba que los hombres sospechaban de él, cortó por lo sano:

—Señores, no se trata de una ordenanza municipal. No es lo que piensan, yo no soy en absoluto responsable de esta decisión tomada por los negociantes.

Hubo un movimiento de protesta en el despacho del alcalde.

—Sin embargo, puedo darles un consejo. Escúchenme bien. Esos tipos son más fuertes que ustedes porque están unidos. Y ustedes no lo están. Ese es el fondo del problema.

Los campesinos se miraron entre sí.

—¿Cree que debemos unirnos?

—Eso es algo que deben pensar ustedes. No soy yo quien debe decírselo. Pero quiero que sepan que, si toman esa decisión, los apoyaré.

3
Donde el agua está tranquila es porque es profunda

En cuanto salió de la oficina del alcalde, la noticia se extendió por la ciudad de Saint-Pol-de-Léon, cruzó la plaza a toda velocidad, se adentró por las callejuelas, penetró en el campo, llegó a la playa de Sainte-Anne, pasó por encima de sembrados y setos, saltó por los caminos hundidos y por esos pequeños prados que llaman flourennoù, escaló los taludes y los senderos, se arremangó los pantalones para cruzar los arroyos y se detuvo en cada granja que encontró a su paso.

De modo que, a la mañana siguiente, cuando los habitantes de la comarca del Haut Léon se despertaron, todos sabían que se celebraría una reunión de campesinos en el mercado nuevo, a la hora en que todos terminan la jornada.

No se conocía ningún precedente en la región.

Poco antes de las vísperas, se congregó una densa multitud. Los hombres lucían sombreros de ala ancha, chaquetas bordadas con motivos de colores vivos y pantalones bombachos. Las mujeres iban detrás, ataviadas con sus cofias de encaje y sus blusas ajustadas que realzaban sus esbeltas siluetas.

Dos mil personas llegaron desde la Rue du Colombier al norte, desde la Grand-Rue al sur, desde la Rue Verderel al este y desde la Rue au Lin al oeste, en medio de un silencio solemne. Los habitantes de Saint-Pol nunca habían visto nada semejante.

Delante de las verjas del mercado, dos jóvenes se encargaron de recibir a la multitud que avanzaba muy seria. Uno era alto y fuerte, se llamaba Hirrien, y el otro era bajo y enérgico, era Bérest.

—Por supuesto que las mujeres son bienvenidas —decían a la entrada—. Cualquier persona que trabaje la tierra es bienvenida.

—¿Y yo? ¡Soy propietario de tierras!

—Ser propietario es una cosa. Ser trabajador es otra muy distinta. Solo se acepta a los propietarios que cultiven personalmente sus campos.

—Sin embargo, si quiere enviarnos a sus peones, serán bienvenidos.

Los campesinos entraron en el pabellón desierto del mercado, mientras los dos jóvenes se subían a unos toneles. Cuando se irguieron para que la gente pudiera oírlos, tuvieron la extraña sensación de flotar sobre un mar de ojos fijos en ellos.

—¡Los campesinos deben ser defendidos por los campesinos! —exclamó Eugène Bérest en francés.

—Nadie nos defenderá mejor que nosotros mismos —añadió Hirrien en bretón.

—Si nos organizamos, podemos imponer nuestras leyes, y no al revés —propuso Bérest.

—¡Creen que en Bretaña pueden subir y bajar los precios a su antojo!

—¡Nos toman por idiotas!

—¿Qué proponéis? —preguntó un hombre desde la lonja.

—Proponemos la creación de un sindicato rural profesional.

Algunos aplaudieron y luego se produjo un discreto murmullo entre unos y otros. Después volvió el silencio. Eugène continuó con su discurso.

—El sindicato estará abierto a todo el mundo, sin distinción de edad ni de sexo, siempre y cuando los miembros trabajen con sus manos, sean propietarios de sus tierras o aparceros.

—¿De qué servirá?

—Para hacer huelga: estableceremos indemnizaciones, lo que nos hará más fuertes en las negociaciones con los intermediarios.

A continuación, Hirrien y Bérest respondieron metódicamente a cada una de las preguntas planteadas. Ambos se sentían identificados con las ideas del movimiento Le Sillon, que estaban decididos a difundir. Llegó el final de la reunión.

—¿Quién firma por la creación del sindicato de campesinos de Saint-Pol-de-Léon? —preguntó Eugène, febril.

Nadie contestó. El joven pensó que quizá no había hablado lo bastante fuerte. Repitió, en voz más alta:

—Que levanten la mano quienes quieran unirse por la solidaridad, la emancipación y la dignidad. Se les informará de la próxima reunión.

Nadie levantó la mano. Bérest se sintió sorprendido y decepcionado.

—No te desanimes, Bérest —dijo Hirrien—, ya verás, es un comienzo.

—¿Crees que alguno de ellos vendrá a nuestra reunión? —preguntó Eugène.

—Aquí, los marinos dicen: «Donde el agua está tranquila es porque es profunda».

4
Pero ¿quién es Eugène Bérest, ese forastero venido de Saint-Malo?

De espaldas, la silueta de Eugène se confundía con la de un adolescente. Pero, de frente, su rostro juvenil contrastaba con un bigote tupido cuidadosamente recortado y unas gafas redondas colocadas en la punta de la nariz, que enmarcaban una mirada inteligente. Y, sobre todo, estaba esa amplia frente, una frente como una gran mesa de trabajo, donde se desplegaban ideas demasiado grandes para el modesto envoltorio de su fino rostro.

Ese autodidacta se apasionó enseguida por un movimiento político e ideológico llamado Le Sillon, fundado por una izquierda cristiana preocupada por casar las ideas de la República y la fe católica con los obreros agrícolas.

Aunque era muy simpático, Eugène presentaba un obstáculo importante: procedía de Saint-Malo, esa otra región bretona donde se hablaba galo, una lengua romance derivada del latín, tan alejada del bretón como una costa puede estarlo de otra. Y el Haut Léon no se dejaba seducir fácilmente. Aquí, los campesinos no ofrecían ni su confianza ni su palabra a quien venía de fuera.

Eugène tendría que demostrar su valía.

Junto con Hirrien, organizaron una nueva reunión, el lunes 31 de mayo de 1909, que comenzó muy mal. El señor Du Penhoat, propietario de la casa solariega de Tronjoly en Cléder, subió los pocos escalones de la tribuna improvisada. Con voz ronca y firme, declaró:

—¡No veo el interés de un sindicato rural en Léon!

Luego se marchó, dejando flotar tras de sí una estela de desprecio.

Al final de la reunión, se anotaron treinta nombres en el registro del recién creado Sindicato Rural de Agricultores de Léon. Entonces Hirrien, que venía de Tréflaouénan, le dijo a Bérest, procedente de Saint-Malo:

—Ya verás, Eugène. Treinta chicos de Finistère valen por cien de Côtes-du-Nord. Y nosotros seremos la levadura que hará crecer el pan.

5
La balanza de la discordia

Las noches de vigilia, o los domingos justo después de la misa, Eugène se colaba entre los grupos, agarraba a alguien del codo y lo llevaba aparte para tener una conversación cara a cara. Hacía preguntas y luego escuchaba atentamente las respuestas, que anotaba en una pequeña libreta. Los habitantes de Léon ya estaban acostumbrados a verlo pasear por las calles hablando solo, como si conversara con voces invisibles.

—¿Con quién hablas, Eugène?

—Dinik! —respondía él en un bretón que resultaba a veces vacilante, con un marcado acento galo—. ¡Con nadie! ¡Estoy pensando! D’am soñ!

Aprendió el brezounecq, esa lengua celta, en el momento en que estaba prohibida por la ley, considerada un «instrumento bárbaro», un dialecto de ignorantes y una enemiga de la República.

Después de visitar las granjas, sondear las opiniones y escuchar atentamente a los habitantes, Eugène comenzó a reflexionar, sopesando cuidadosamente los argumentos de cada uno y buscando soluciones que conciliaran los intereses de todos. Poco a poco, se impuso. Y lo que había percibido como una debilidad se convirtió en su fuerza. Nadie podía sospechar que favoreciera a un primo ni que beneficiara los intereses de un antiguo compañero de la escuela. Eugène era un hombre libre de lealtades pasadas. Ahora, cuando llegaba el momento de las decisiones colectivas, todas las miradas se volvían hacia él:

—Entonces, Eugène, ¿qué hacemos?

Poco a poco, el sindicato rural de Léon fue ganando nuevos afiliados. De treinta pasaron a sesenta y pronto llegaron a ciento cincuenta. A raíz de aquello, los trabajadores de la construcción de Saint-Pol-de-Léon pidieron a Eugène que elaborara los estatutos de un sindicato específico para ellos. Luego, Eugène creó An Harder, que significa «El Sembrador», un boletín mensual bilingüe, escrito en francés y en bretón, en el que se explicaba a los productores el interés de un sindicato.

Todo eso estaba muy bien, pero no era suficiente. Había que dar un golpe de efecto. Entonces, a Eugène se le ocurrió una idea.

Para llevarla a cabo, solicitó una cita con el alcalde, Alain Budes de Guébriant.

—El sindicato rural de agricultores de Saint-Pol-de-Léon le solicita que instale una balanza pública.

—¿Perdón?

—Sí. Nosotros no podemos confiar ya más en las balanzas de los mayoristas. A menudo están mal ajustadas. ¿Malicia o desgaste?

—¿Acusa a los hombres?

—No, no acuso a los hombres, señor alcalde, sino a las máquinas que, casualmente, se inclinan sistemáticamente a favor de los negociantes. Queremos que el ayuntamiento nos ayude, tal y como se comprometió a hacer unos meses atrás.

—Pero ¿cómo?

—Regalándonos una balanza, que estaría ajustada y mantenida por empleados municipales. Hay que velar por la ética del mercado.

El señor alcalde se comprometió a proporcionarles esa balanza, y Eugène fue felicitado por ello.

 

La inmersión en la lectura de los cuadernos de Eugène me enseñó muchas cosas que ignoraba. A diferencia de mi historia materna, voluntariamente enterrada en el silencio, esa historia bretona simplemente se había desvanecido en los meandros de la memoria. No se trataba de un rechazo a transmitirla, sino de la obra natural del tiempo. Para que el pasado se convierta en objeto de deseo, a veces se necesitan varias décadas, sobre todo en familias como la mía, donde se prefiere soñar con un futuro prometedor que glorificar el pasado. Tenía muchas preguntas que hacerle a mi padre. Por suerte, habíamos quedado para almorzar con mis hermanas y mis padres antes de que se marcharan de vacaciones cada uno por su lado.

Ese día, en el RER que nos llevaba a las afueras de París, mis hijas y yo nos entretuvimos con un juego tonto que consistía en hacer preguntas a Siri, la voz del teléfono. Recuerdo que le pregunté:

—Oye, Siri, ¿cuál es el sentido de la vida?

—Más bien horizontal —contestó la máquina.

Luego nos apeamos en la estación de Bourg-la-Reine. Mi madre, Lélia, nos esperaba fumando, apoyada en el capó de su cochecito. Nos llevó a la casa donde yo había crecido, esa casa que fue «mi casa» antes de convertirse un día en «la casa de mis padres», sin que yo pudiera decir exactamente cuándo.

Desde el comienzo de la comida, noté el nerviosismo de mi madre, aunque estaba sentada lejos de mí, al otro extremo de la mesa. Al principio, no me preocupé. Era 1 de julio y a Lélia nunca le había gustado el momento de irse de vacaciones, le daba miedo ese instante en que toda la familia se dispersaba por las cuatro esquinas de Francia. En nuestra casa, los peligros solían cernirse sobre nosotros en verano. Tanto es así que, de generación en generación, se fue transmitiendo la idea de que el sol y la muerte viajan juntos.

Cuando llegó la hora del postre, mi hermana pequeña se levantó para sacar los dulces de la nevera, mi hermana mayor puso Nescafé liofilizado en tazas de mazagrán y agua a calentar —nuestros padres se habían resistido a la invasión planetaria de las cápsulas—. Nuestras hijas reclamaron su terrón de azúcar mojado en café. Mi padre fue a buscarles la vieja caja de hojalata, una caja de azúcar azul, antediluviana y oxidada, con personajes vestidos con trajes bretones casi borrados en la tapa. Hasta entonces, todo era normal. Todo el mundo interpretaba su papel.

Lélia salió al jardín a fumar un cigarrillo y me pidió que la acompañara. Después de inhalar la primera calada, exhaló el humo por la nariz y me preguntó si había visto las tabletas de chocolate en la cocina.

—Sí —le respondí, porque, efectivamente, al abrir un cajón, me había topado con decenas de tabletas de Milka moradas. Había el equivalente a una estantería de supermercado.

—A tu padre le duele el estómago.

—Si se zampa todo ese chocolate…

—No, no lo entiendes. El chocolate es lo único que no le sienta mal a su estómago. No le entra nada más.

Efectivamente, me había dado cuenta de que mi padre casi no había probado bocado durante el almuerzo. Pero esa historia de las tabletas de chocolate no me preocupó. Estaba acostumbrada. Mi padre era un hombre que nunca hacía nada como los demás. Le costaba lidiar con el lado práctico de las cosas, con la vida material en general.

En cambio, podía pasar días enteros contemplando la elegancia de ciertos cálculos. Era un hombre que vivía en un mundo paralelo, matemático, el único en el que parecía sentirse plenamente feliz, meditando interiormente sobre las relaciones de igualdad entre los valores.

Hablaba poco, pero pasaba sin esfuerzo de las ecuaciones aritméticas al relato de los grandes partidos de fútbol, evocando la fulgurante elegancia de un gesto deportivo, la forma en que un cuerpo se lanza al espacio o al terreno de juego, como una línea perfecta, impulsado por una intención más grande que él.

—Las vacaciones le vendrán bien —dije a mi madre, intentando tranquilizarla.

Pierre y Lélia se preparaban para partir a Bretaña al día siguiente de aquella comida familiar.

—Ya verás, después de unos cuantos chapuzones en el mar, papá recuperará el apetito —añadí.

En ese preciso momento, mis hijas bajaron corriendo las escaleras del porche como bolas de flipper. Mi padre les abrió la red de la cama elástica instalada al fondo del jardín, y aprovechó para fumarse un Marlboro bajo la pajiza luz de ese mes de julio. Las niñas empezaron a saltar sobre la lona tensada. Sus risas estridentes, como chillidos de periquitos, resonaban en las calles de nuestro barrio residencial.

Y todo era perfecto en ese momento de paz.

La idea de una felicidad sólida flotaba en el aire del entorno. Nada había cambiado en la casa de mi infancia, donde mis padres llevaban una vida idéntica a la que yo había conocido con ellos en el pasado.

Sentía que Pierre y Lélia seguirían viviendo esa vida tranquila por toda la eternidad, con el lejano y reconfortante ruido de una cortadora de césped.

Y llegó la hora de partir.

Cogí a mis dos hijas, una de cada mano. Me colgué al hombro unas pesadas bolsas con meriendas y briks de zumo de naranja. Mis padres nos acompañaron a la puerta y, en la acera, hicieron grandes gestos con los brazos, como si ya estuviéramos en el andén de la estación. Se me había olvidado por completo preguntarle a mi padre por su abuelo Eugène, el que creó el primer sindicato agrícola de los campesinos de Léon. Pero teníamos todo el tiempo del mundo.

Ese verano, me fui dos meses con mis hijas. Quería disfrutar de ellas, porque al final del periodo estival iba a publicar un libro que me alejaría de mi familia. Durante aquellos dos meses, no pensé mucho en mis padres. No los llamé por teléfono a menudo. No pregunté por ellos. Porque en el fondo estaba segura de que los encontraría tal y como los había dejado, idénticos, sin cambios, como los muebles de mi habitación infantil, que estaban en el mismo lugar cuando volvía de vacaciones.

Me pregunto si es una locura, o simplemente una estupidez, creer que nada cambia.

6
La Bretonne

En octubre de 1909, el ayuntamiento de Saint-Pol-de-Léon instaló una balanza impresionante en la Place de l’Évêché, toda de metal y madera, con una plataforma ancha y plana, diseñada para soportar carros enteros. Un complejo sistema de poleas y palancas permitía una precisión impresionante en el pesaje.

Los mayoristas se asustaron de la influencia que Eugène Bérest parecía ejercer ahora en la región. Su consigna fue «¡Boicoteemos a los sindicalistas!». Así, la semana siguiente a la instalación de la balanza, las alcachofas y las patatas de los que se habían afiliado al sindicato de Eugène permanecieron en sus carros, en los puestos del mercado.

Para contrarrestar esas dificultades, Eugène decidió fundar una cooperativa agrícola, a la que bautizó como La Bretonne.

—¿De qué nos servirá, Eugène?

El joven les habló del «poder de la solidaridad». La cooperativa les permitiría mejorar las condiciones de trabajo y de producción. Su primera propuesta fue implementar un sistema de envasado de verduras. Cajas de madera, bien limpias, que quedarían menos «terrosas» y menos «pueblerinas» en los puestos. Pero —y ahí estaba todo el ingenio— con etiquetas «auténticas» que encantaban a los parisinos.

—El embalaje permite que se os distinga en los mercados. Los compradores os reconocerán fácilmente. La presentación lo cambia todo, aunque la verdura sea exactamente la misma —explicaba Eugène, retomando el dicho bretón Gouzout penaos eo an hanter eus an emgann: «Saber cómo hacerlo es ya la mitad de la batalla»—. O, dicho de otra manera, saber es tener la batalla ganada.

La Bretonne también permitía a los agricultores comprar y compartir máquinas que mejoraban las condiciones de trabajo.

—Con la mecánica, todo va más rápido —decía Eugène—. Un escardador moderno, tirado por un caballo, es un verdadero avance técnico. Un hombre guía al animal mientras otro maneja la máquina entre las hileras.

Los campesinos de la cooperativa agrícola podían así unir sus fuerzas, comprar forraje al por mayor y fertilizantes modernos para sustituir la recolección de algas, organizar el calendario de cosechas y de trabajos de henificación, e ir a trabajar los unos a las tierras de los otros.

En la comarca de Léon, los aldeanos solían ayudarse entre sí. Pero ahora se organizaban.

Eugène estaba en todas partes a la vez, preparando discursos, artículos de periódico, panfletos que difundir, siempre con los productores, en sus casas, en el mercado, en el café, para explicarles, incansablemente, uno por uno, que les interesaba apuntarse a la cooperativa. La Bretonne se convirtió en toda su vida.

Nunca se le veía acercarse al grupo de chicas, ni los días del perdón, ni las noches de baile. Aparte de por la simbólica bretona, La Bretonne, no se le conocía ningún interés por las mujeres.

7
El Bazh-valan

En Bretaña, la profesión de «casamentero» recaía en un hombre conocido como el «Bazh-valan», es decir, «el portador del bastón de retama». Ese celestino oficial tenía un papel importante y decisivo, que requería ciertas cualidades: paciencia, delicadeza, persuasión y, también a veces, inventiva.

El de Saint-Pol-de-Léon era sastre de profesión, iba de granja en granja y conocía a todo el mundo. Sabía lo que se susurraba en la intimidad de cada casa, pero también conocía la fortuna de unos y la miseria de otros, de modo que, en esas tierras caracterizadas por la discreción, se podía contar con él para evitar uniones morganáticas.

Y lo que era aún más indispensable: conocía los secretos de alcoba, que su propio padre, el antiguo Bazh-valan, le había confiado al morir:

—Verás, hijo mío, que a menudo ocurre que un hermano y una hermana se enamoran sin saber que tienen la misma sangre. Y en estos casos no te quedará otra opción: tendrás que desbaratar esos tristes enlaces…

El Bazh-valan nunca expresaba abiertamente una petición de matrimonio, para evitar ofender a la familia del joven en caso de que la muchacha rechazara la propuesta. Un buen día, se presentaba ante una puerta con un bastón de retama en la mano, lo que significaba que, excepcionalmente, no venía en calidad de sastre, sino de casamentero.

Entonces, la familia de la joven lo invitaba a sentarse a la mesa, donde se iniciaba una conversación, al principio totalmente insignificante y ordinaria. Pero, al cabo de un rato, el Bazh-valan llevaba sutilmente la charla hacia un chico de las cercanías que estaba hecho un hombre, poseía muchas cualidades y era muy apuesto.

En ese preciso instante, si se ponía una sartén en el fuego y se rompían huevos en ella, significaba que la petición había sido aceptada. Por el contrario, si se daba la vuelta a la sartén para colgarla de su clavo, indicaba un rechazo. El Bazh-valan solo tenía que recoger su bastón de retama y marcharse para anunciar la mala noticia.

Gracias a este ritual, a ese pollice verso, a ese pulgar al revés silencioso, se atenuaba el sentimiento de humillación del joven rechazado.

Eugène encontraba ridículo ese ceremonial, esas prácticas dignas del siglo XIX, y huía de todo lo que consideraba folclore, como, por ejemplo, las vendedoras de cucharas y las fumadoras de pipa a lo largo de los caminos.

Pero, desde que la balanza pública se inclinara a su favor, Eugène Bérest era considerado un partido prometedor. No era rico, pero no le faltaba de nada. Ciertamente, era pequeño para ser bretón, pero su voz, cuando se dirigía a las multitudes, parecía elevarlo por encima de sí mismo, dándole unos centímetros adicionales. Tanto es así que un día el Bazh-valan le preguntó:

—¿La urraca no te pellizca la oreja, Eugène?

Eugène agitó la mano en el aire, como si espantara moscas invisibles a su alrededor, y gritó:

—¡En absoluto! ¡Más te valdría ir a cortar pantalones!

Unos meses más tarde, el Bazh-valan insistió en incluirlo en su lista de jóvenes casaderos.

—Déjalo —contestó Eugène—, por desgracia, no sería un buen partido para una mujer. No se mezclan las sábanas de lino con las de seda.

—Eugène —dijo sonriendo el Bazh-valan—, la modestia es la máscara de la arrogancia.

El joven se sintió ofendido, dio media vuelta y le espetó al sastre de Saint-Pol-de-Léon:

—De todos modos, no tengo tiempo, me dedico a La Bretonne.

Efectivamente, Eugène no paraba. Todas las noches, en su casa, en el número 19 de la Rue Cadiou, se hablaba de la reforma de la ley de arrendamientos rústicos, se hablaba del espíritu cooperativo, se hablaba de comprar un local, se hablaba de la pérdida en el transporte de mercancías, se hablaba de exportar a Inglaterra para acabar con el monopolio de los mayoristas franceses, se hablaba de ir a estudiar los métodos comerciales de los Países Bajos, se hablaba de crear una asociación de ayuda mutua contra la enfermedad.

Pero el Bazh-valan era paciente, así que volvió a la carga:

—Eugène, te estás haciendo mayor… Ya sabes, por la mañana la garza desprecia el pescado, y al anochecer el caracol le parece un bocado.

—¡No te preocupes por mí, sastrecillo! No tengo prisa. Y, aunque así fuera, por muy arrugada que esté, una buena manzana no pierde su buen olor.

El Bazh-valan se alejó riendo.

Así estaban las cosas. Todo el mundo en Saint-Pol-de-Léon se hizo a la idea de que la mujer de Eugène era la cooperativa La Bretonne. Y que acabaría solterón.

8
La boda de Eugène

En su infancia, a Eugène le impactó un episodio familiar que le provocó una aversión por los pichones, los guisantes y el matrimonio.

Su abuelo paterno formaba parte de una modesta banda de música local en Saint-Malo. Una noche le entraron ganas de tocar el violín y pidió a su esposa que acudiera al salón a escucharlo. Pero en medio de un movimiento, mientras los arcos rozaban las cuerdas, ella recordó que tenía un pichón con guisantes en el fuego. Así que salió apresuradamente de la habitación, en medio de la pieza, para evitar que se le quemara la cena. Cuando regresó, su marido se había ido. Para siempre. Ofendido y orgulloso como un Bérest. Ella no volvió a verlo nunca más.

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