Rezagados

Paul Collier

Fragmento

1. En la cúspide

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En la cúspide

Este libro presenta un recorrido por regiones del mundo que en su día se consideraron prósperas, pero que hoy han quedado rezagadas. De hecho, incluso dentro de los países ricos también hay regiones pobres. Así, por ejemplo, pese a que Yorkshire del Sur contaba con una potente industria siderúrgica que duraba siglos, en la década de 1980 esta se vino abajo y ahora es la región más pobre de Inglaterra. Lo mismo ocurre en países de renta media. La antes próspera costa atlántica caribeña de Colombia hoy es mucho más pobre que la pujante región que rodea a Bogotá, la capital del país. En ocasiones, son países enteros los que retroceden. Zambia fue en su día más rica que Chile —su competidor en la exportación de cobre—, pero en la actualidad la renta media de los zambianos es inferior a la décima parte de la de los chilenos. Zambia no solo se ha convertido en un país en franco retroceso, sino que en él hay territorios aún más afectados, como el cinturón de cobre, que se han quedado atrás con respecto a la capital, Lusaka, que es más próspera. Este último es, pues, un ejemplo de una región rezagada dentro de un país rezagado. He trabajado en todos esos lugares y siempre he escuchado estas dos preguntas candentes: «¿Por qué nos hemos quedado atrás?» y «¿Qué podemos hacer para ponernos al día?».

En mi condición de economista con una estricta formación en la principal escuela de Economía de Estados Unidos sé que existen respuestas oficiales a la pregunta de cómo aplicar políticas adecuadas en lugares afectados por una crisis. Su germen intelectual se encuentra en Chicago, donde Milton Friedman visualizó una compleja teoría sobre por qué se debía confiar en que las fuerzas del mercado acababan equilibrando las cosas mediante la imagen de un arpa de cuerdas bien tensadas. Los golpes adversos, como el colapso de una industria minera, eran análogos a pulsar las cuerdas del arpa: oscilaban durante un rato, pero volvían a su posición inicial. La crisis hacía bajar los salarios y los precios de la propiedad, pero eso creaba oportunidades, y, como el mercado está ávido de ellas, el dinero entraba de nuevo a raudales, provocando que los salarios y los precios volvieran a subir.

Una certeza precoz que resultó ser errónea. Sin embargo, rápidamente se consolidó como una verdad canónica. En el Departamento de Economía de Oxford, yo mismo solía enseñar esas teorías. En la década de 1980, esas ideas se consideraban parte de los axiomas indudables de la ortodoxia económica. Su aceptación era la piedra angular de la sensatez.

El Tesoro británico las aplicó de forma mucho más dogmática que cualquier otra economía importante. Otros departamentos de finanzas de Europa o Estados Unidos recibieron la influencia de distintas escuelas de pensamiento o respondieron a la realidad de una manera pragmática (aunque Friedman y Chicago dominaron económicamente el panorama durante la presidencia de Ronald Reagan, en Estados Unidos jamás se puso en duda el monetarismo). Por otra parte, el Tesoro era excepcionalmente poderoso y las regiones rezagadas de Gran Bretaña quedaron desprovistas de autoridad. Su historia es un ejemplo de la implacable búsqueda de una doctrina económica enmarcada en una relación de fuerzas políticas muy desiguales, lo que le confiere un valor global. Explica lo ocurrido en muchos otros países pobres muy centralizados, como Zambia y Colombia, en los que ciertas regiones están sumamente rezagadas.

La certeza siempre es peligrosa: condujo al desastre de la guerra de Vietnam. El ensayo La marcha de la locura —la devastadora crítica de la historiadora estadounidense Barbara Tuchman a Robert McNamara— culmina con una frase mordaz: «Tenía el don de la certeza». La presuntuosa autoconfianza de McNamara se basaba en una fe absoluta en el poder de la cuantificación y en su propia capacidad de gestión. Estaba seguro de que Estados Unidos vencería en Vietnam y amedrentó a los presidentes para que aceptaran su tesis.[*] El Tesoro británico también posee el don de la certeza. Con independencia de lo que ocurra en una región en crisis, jamás se cuestionan sus ideas.

En mi adolescencia leí el clásico satírico Cándido de Voltaire, un libro protagonizado por el doctor Pangloss, que cree que todo lo que ocurre es siempre para bien, que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El objeto de la burla de Voltaire era la Iglesia católica prerrevolucionaria y sus certezas sobre la benevolencia divina. Al permanecer pasivo en situaciones en las que su acción podría haber cambiado el curso de los acontecimientos, el doctor Pangloss se convierte una y otra vez en responsable de muchas catástrofes, aunque jamás duda de haber actuado correctamente.

Las certezas de Friedman de la Escuela de Chicago y del Tesoro británico han sido dignas de la sátira de Voltaire: sus propuestas parecen la receta económica del doctor Pangloss. Somos los guardianes del dinero de los contribuyentes. Nuestro deber es resistirnos a cualquier alegato o intento de entorpecer las fuerzas del mercado. Como expertos, sabemos más que nadie, por lo que debemos ejercer nuestra autoridad: ningún lugar merece un tratamiento excepcional. El mercado tiene la razón. El dinero público debe ser ajeno a la particularidad de los territorios. El mercado es el que sabe, por lo que el dinero público debe ir adonde lo lleve la inversión privada.

Ese tipo de lógica ha creado catástrofes canónicas.

Los únicos países de renta alta del mundo en los que se aplicó religiosamente este peligroso disparate fueron Inglaterra y Gales.[**]

A partir de mediados de la década de 1970, el Tesoro siguió reforzando su control sobre los gobiernos locales, con el previsible efecto de que, a medida que el dinero público corría tras la inversión privada en el sudeste de Inglaterra, todas aquellas regiones inglesas y galesas quedaron rezagadas con respecto a Londres y su entorno. Los territorios sometidos a un control cada vez más estricto del Tesoro se convirtieron rápidamente en los más desiguales del mundo occidental, mientras que este adquiría poderes centralizados únicos.

La respuesta a esa diferenciación del resto del sudeste de Inglaterra se tradujo en un creciente malestar político. En 2022 la presión política de las regiones fue in crescendo. En una explícita admisión de que el mercado no había repartido los beneficios de forma equitativa, un conservador Gobierno laissez-faire creó un nuevo Departamento para la Nivelación. Si el mercado hubiera funcionado, no habría sido necesario nivelar nada. El departamento tenía su propio ministro de Gabinete, que anunció el detallado programa trienal con el que coordinaría el nuevo gasto regional de otros ministerios. El ministro era inteligente y capaz, y tenía un programa impresionante. Gracias a su aparición en los medios de comunicación, logró sensibilizar a la opinión pública de las brutales consecuencias de las anteriores políticas del Tesoro. Pero la nueva iniciativa no fue estrategia suficiente para lograr un cambio en Whitehall. El Tesoro consideró al nuevo departamento como otro ejemplo de interferencia local y regional.

La última baza del Tesoro consistió en controlar el presupuesto del nuevo departamento. A pesar de haber sido presentado como el programa estrella del Gobierno, el presupuesto que le concedió el Tesoro fue, aunque parezca increíble, cero. La única fuente de ingresos que consiguió fueron fondos transferidos del presupuesto ya aprobado por el Tesoro al Ministerio del Interior, de los cuales «Nivelación» recibió una pequeña parte. Pero incluso esos fondos enfurecieron al Tesoro, por lo que intensificó su control fiscalizando cada céntimo concedido a los gobiernos locales. Así, consiguió impedir el gasto de manera tan eficaz que al final del primer año solo se había gastado el 5 por ciento del (modestísimo) presupuesto para Nivelación: el buque insignia no pudo abandonar el puerto por falta de combustible.

Sin embargo, el mantra de que «el dinero público debe ser ajeno a las particularidades de los territorios», empleado para justificar el trato a las regiones rezagadas, no se aplicó en lo relativo a Londres, donde el Tesoro tiene su sede. Mientras no se podían encontrar fondos para el nuevo departamento gubernamental, se financiaba discretamente un sobrecoste de cinco mil millones de libras en la ostentosa Elizabeth Line de Londres. Tan solo esta cifra ya superaba con creces el dinero no gastado en Nivelación. Como mínimo, la cultura organizativa del Tesoro reflejaba un doble rasero: un exceso de confianza que se transformaba en autoindulgencia hacia su propio núcleo exitoso y una arrogante indiferencia hacia las regiones desatendidas que se habían quedado rezagadas.

Esa ortodoxia precoz aplicada al territorio es errónea. No solo ha tenido trágicas consecuencias para millones de personas, sino que incluso, según los criterios económicos más tradicionales, se trata de un modelo equivocado que falla de manera recurrente en sus predicciones. Antes de empezar a trabajar en este libro, ya me había cuestionado algunos aspectos del modelo, pero a medida que escribía me fui dando cuenta de hasta qué punto era erróneo. Lejos de precisar un mismo planteamiento para todos los territorios, necesitamos políticas que varíen en función del contexto local. Y, lejos de que esos chicos listos de Chicago o del Tesoro nos digan lo que hay que hacer en todas partes, la responsabilidad debe recaer en la población local, que es la que está en mejores condiciones de juzgar lo que puede funcionar en su entorno. Por lo general, nadie sabe lo que va a funcionar hasta que no surgen patrones según las variantes locales, por eso, lejos de un estilo de liderazgo por imposición, necesitamos líderes de perfil bajo que se ganen la confianza sacrificando su propio interés.

Durante años me he sumergido en campos pioneros de investigación distintos de la economía. Sin esa reeducación, no habría llegado al estimulante momento en que por fin vemos la luz —una recompensa que impulsa a la investigación académica—. He experimentado una gran sensación de libertad y regocijo al liberarme de dogmas cuyas repercusiones han resultado tan arrogantes como nefastas. La economía tampoco ha permanecido inmóvil; la subversiva investigación en economía regional nos ha permitido entender que esas fuerzas del mercado que Friedman consideraba benignas son, en realidad, perversas y profundizan los colapsos. Pero los avances más importantes en la comprensión del comportamiento humano se han producido sobre todo en otras disciplinas.

Algunos notables avances recientes en psicología evolutiva social han confirmado que los seres humanos somos mamíferos excepcionalmente sociales. Hemos evolucionado para aprender unos de otros, y elaboramos pensamientos colectivos que guían nuestras acciones. Formamos comunidades de lugar con un cerebro colectivo que educa a nuestros hijos. Pasamos la mayor parte del día en comunidades de trabajo cuyo cerebro colectivo instruye a los nuevos empleados. Nos unimos a cada una de esas comunidades para alcanzar propósitos compartidos que nos resultaría imposibles de alcanzar de forma individual. Sin embargo, a medida que cada comunidad avanza, sus caminos pueden ser divergentes. Ciertos lugares y organizaciones quedan atrapados en falsas ideas que provocan su retraso, mientras que otros transitan por senderos que conducen a la prosperidad. En principio, las comunidades rezagadas pueden aprender de las que tienen más éxito, pero las ideas no necesariamente se traspasan de una a otra con facilidad. La divergencia entre comunidades que surge de las diferencias entre sus ideas refuerza el argumento de los nuevos conocimientos de la economía regional: los lugares rezagados pueden quedar atrapados en una trayectoria más lenta que los lugares exitosos debido a los efectos perversos de las fuerzas del mercado y a la mala interpretación que la comunidad hace de ellas.

La psicología social también ofrece pistas sobre cómo una comunidad rezagada puede recuperar el terreno perdido forjándose nuevos objetivos comunes. Su esperanzador mensaje se ve reforzado por una brillante y disruptiva quiebra de la ortodoxia biológica. Del mismo modo que los árboles de un bosque se unen gracias a una inteligencia descentralizada para lograr objetivos comunes, como defenderse de un parásito, los humanos hacemos lo mismo: muchas acciones de nuestro cuerpo logran objetivos comunes gracias al piloto automático de nuestra inteligencia descentralizada. Los avances tanto en psicología social como en biología demuestran la enorme influencia de la comunidad en nuestras acciones.

Todo ello contrasta de manera radical con el aún generalizado principio económico de que nuestras acciones son el resultado de los cálculos racionales de unos individuos fundamentalmente egoístas. A pesar de que sigue presente en los modelos económicos basados en el lugar, esa idea se fundamenta en una burda teoría de la evolución de la década de 1950, cuando se suponía que los supervivientes sobrevivían gracias a su egoísmo. Otros modelos económicos han abandonado esa insostenible creencia en favor de una psicología individualista, denominada «teoría de la decisión», que menosprecia nuestra capacidad para tomar decisiones: describe nuestros cerebros como torpes ordenadores propensos a errores que deben ser corregidos por quienes más saben. Pocos economistas conocen aún la reciente crítica de la psicología social a esa teoría de la toma de decisiones. La psicología social minimiza las supuestas limitaciones del cerebro individual en favor de los extraordinarios poderes cognitivos de los seres humanos en una comunidad interconectada: tendemos a confiar en nuestra mente colectiva y lo hacemos por una buena razón.

Eso nos muestra la importancia de las relaciones dentro de las comunidades. Los recientes progresos de la filosofía moral han complementado los de la psicología social liberándonos de cuatro décadas de utilitarismo en las que las relaciones de bondad y confianza dentro de las comunidades se ignoraban como si fueran moralmente irrelevantes.[1]

Hoy, las ciencias políticas esclarecen con mayor nitidez el papel irreductible del Estado: todas sus funciones que no solo son útiles, sino vitales —los músculos del Estado. Ninguna sociedad nace con esos músculos; hay que desarrollarlos. Algunas sociedades, como la haitiana, han sido incapaces de hacerlo, por lo que se encuentran al borde de la anarquía. Otras, como Rusia, tienen un Estado poderoso pero abusivo en el que su fuerza no está restringida. Las ciencias políticas han empezado a explicar esas variaciones y a conectarlas con la filosofía moral del buen liderazgo—.

Por último, el reciente ámbito de la toma de decisiones complejas en contextos de incertidumbre radical constituye un apoyo intelectual a la importancia de aprender rápidamente de los experimentos. Explica el extraordinario poder de algunos líderes para superar los momentos de incertidumbre y recomponer la sociedad en torno a un objetivo común. Ese poder puede tener un buen uso, como en el caso del presidente Zelenski, o un uso perverso, como en el de Jair Bolsonaro y Kim Jong-un. Sea como sea, esos progresos se relacionan directamente con otras disciplinas que también ofrecen nuevas perspectivas sobre el liderazgo.

Las nuevas investigaciones se basan en descubrimientos anteriores. Las críticas a la ortodoxia económica —como las políticas públicas que no tienen en cuenta el territorio, el mercado es el que sabe y el Tesoro el que sabe más— no dejan a los lugares rezagados sin auténticos fundamentos económicos. Estos lugares no pueden ponerse al día apoyándose en la nostalgia y el localismo. Sus futuras economías se podrán desarrollar si poco a poco descubren cómo hacer que sus trabajadores sean más productivos.

A medida que las ciencias humanas avanzan, se vuelven más complejas: demuestran que muchos fenómenos que antes se consideraban dominio exclusivo de disciplinas concretas se deben a interacciones que trascienden los límites de cada materia. Todo ello abre la lejana perspectiva de una ciencia humana integrada capaz de aportar el potencial predictivo y normativo de unos modelos perfeccionados, que abarquen la miríada de problemas humanos complejos, algunos de los cuales solo se han advertido recientemente, tras explorar patrones antes desatendidos.

Hasta que llegue ese momento, nos tendremos que conformar con algo más modesto: respuestas provisionales, que intenten integrar los nuevos avances, pero centrándose en cuestiones mucho más concretas de urgente necesidad. En vez de modelos provenientes de una única disciplina que ofrezcan respuestas precisas pero erróneas, necesitamos modelos integrados que reconozcan su imprecisión, pero que acierten a grandes rasgos. Las dos preguntas a las que debemos responder son las que plantean los rezagados: «¿Por qué nos hemos quedado atrás?» y «¿Cómo podemos ponernos al día?». Los rezagados necesitan algo que les permita superar las ortodoxias económicas que los han mantenido cautivos.

EL ENSAYO DE UNA NUEVA IDEA

En respuesta a un tema que me interesaba, acepté pronunciar el discurso de apertura de un seminario sobre conflictos en el Departamento de Estudios de Guerra del King’s College.[*] Dos semanas antes de mi intervención, Vladímir Putin ordenó la invasión de Ucrania. Inevitablemente, aquello se convirtió en el tema de mi intervención, y comparé las previsiones realizadas por los modeladores de conflictos: eran unánimes al pronosticar, y con una confianza cercana a la certeza, que el presidente Putin aplastaría Ucrania en un abrir y cerrar de ojos. Mi inmersión en los pioneros avances de las ciencias humanas me bastó para darme cuenta de que las predicciones eran equivocadas, pues, a pesar de ser precisas, se basaban en modelos erróneos. Me arriesgué profesionalmente y dije a un público sorprendido que Putin no iba a triunfar.

No solo me sentía capaz de predecir que Putin no obtendría la rápida victoria que se esperaba, sino que había motivos para creer que el presidente ucraniano Zelenski conseguiría algo más que sobrevivir, su país podría incluso ganar la guerra. Zelenski es un excelente comunicador y ya había logrado varias proezas tácticas: la primera de ellas, su heroico compromiso de permanecer en Kiev le había otorgado autoridad moral. Su siguiente go

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