Las 48 reglas de la disciplina

Joan Gallardo

Fragmento

cap-1

Prólogo

 

 

 

Tengo el privilegio de contar con Joan como mentor personal desde hace casi dos años. En este tiempo se ha convertido en mi confidente y guía, pero también en un referente magnífico para desarrollar e integrar en mí esas herramientas que, de manera inexorable, conducen al desarrollo de la disciplina como arte. El perfeccionamiento de dichas pautas es similar al trabajo que realizo habitualmente como médico con mis pacientes, a los cuales aconsejo muchas herramientas que deben integrar en su salud (fármacos, nutrición, sueño, deporte, etcétera).

En esta guía, Joan te conduce de forma magistral a entender que la disciplina, al igual que otras virtudes del alma —el amor, la enseñanza, el cuidado de los demás…—, es un arte que se desarrolla, se moldea y se entrena.

La consecuencia final del arte de la disciplina es la paz y la libertad que anhela todo ser humano. La libertad de estudiarte y conocerte; la libertad de cuestionar los paradigmas sociales, familiares y personales; la libertad y la valentía de atravesar tus propias creencias y dejar de procrastinar para entender que el respeto por ti mismo y por los que te rodean requiere orden, honestidad y coraje para ser coherente, para saber cuándo decir «no», pero también para elevar tu vida a través del sacrificio con el fin de obtener un orden mayor.

A lo largo de las siguientes páginas encontrarás reglas no solo para desarrollar la disciplina, sino también para aprender quién eres y actuar de acuerdo con tus emociones. Y es que en una época en la que abusamos de las convenciones, Joan te invita a no autoengañarte, a hacerte responsable de lo que te ocurre, y a no juzgar a los demás y caer en el agotador victimismo.

La disciplina, lejos de ser una herramienta pesada que priva de libertad y felicidad, irá generando poco a poco un espacio emocional coherente contigo y con lo que te rodea que te permitirá vivir de forma armónica. Se trata de que aprendas a ser más disciplinado, ordenado, congruente y equilibrado pero, al mismo tiempo, no sientas la presión del perfeccionismo y sepas disculparte a ti mismo.

Te animo a que leas este libro con la mente abierta, sin prejuicios, con humildad y con confianza en los cambios que completarán tu vida.

 

Dr. ANTONIO HERNÁNDEZ

Introducción

 

 

 

Siempre que me dispongo a leer un ensayo pienso lo mismo: «A ver cuánto tarda el autor en ir al grano».

Y no es que no me gusten las introducciones largas, es que me disgustan los rodeos innecesarios. Y lo que no quiero que me hagan como lector, no lo hago yo como escritor.

Así que aquí va la breve introducción a esta obra.

He escrito este libro con dos objetivos: reconciliarte con la disciplina y enseñarte a ser más disciplinado.

Tienes a tu alcance 48 reglas para que las estudies, las comprendas y las pongas en práctica con el fin de que alcances tu máximo potencial y, con él, tu mejor vida posible.

Pero antes de estudiar y poner en práctica las reglas tienes que conocer la respuesta a la gran pregunta: ¿qué es exactamente la disciplina?

Mi mejor definición, la que siempre uso, es esta: la disciplina es hacer lo que es debido cuando es debido y en la forma debida. Te cueste o no, te guste o no, te apetezca o no. Punto.

Con esta explicación, te pregunto: ¿cómo sería tu vida si fueras capaz de obrar así? ¿Te lo puedes imaginar? ¿Qué no intentarías? ¿Qué dificultad no podrías superar? ¿Cómo sería tener ese autocontrol? ¿Cómo te haría sentir?

La respuesta a estas cuestiones está ya en camino. Solo tienes que leer este libro, aplicarlo y pronto lo descubrirás.

Cada regla es autoconclusiva. He abordado la problemática de la indisciplina desde todos los ángulos posibles para ofrecerte una probabilidad de éxito prácticamente segura a poco que des lo mejor de ti.

Verás que las reglas están divididas en dos partes. La primera, más corta, va dedicada a destruir los prejuicios que la mayoría de las personas tienen contra la disciplina. Y en la segunda pongo a tu disposición todas las estrategias, recursos, consejos prácticos y acciones que conozco para ayudarte a ser más disciplinado.

Primero intentaré convencerte de que ser disciplinado es bueno e imprescindible y después te enseñaré a serlo.

No es una promesa pequeña, lo sé, pero es la promesa que me atrevo a hacerte.

Y yo nunca juego con las promesas.

Como hice en mi primer libro, Nunca renuncies a ser feliz, iré al grano, seré muy directo y muy claro. Respeto demasiado tu tiempo y tu inteligencia para escribir de otra forma.

Y ahora, adelante. La disciplina te espera.

Buen viaje.

PRIMERA PARTE

MITOS Y PREJUICIOS SOBRE LA DISCIPLINA

Regla n.º 1

Disciplina es igual a paz de espíritu

 

 

 

«Te falta disciplina» es una de las críticas que más oí en mis primeros veinticinco años de vida: en boca de mi padre, de mi maestra de dibujo, de la mayoría de mis profesores del colegio y del instituto, y de los entrenadores que tuve cuando de chaval jugaba al fútbol. «Tienes talento, pero te falta disciplina; acabarás contando batallitas en un bar de mala muerte sobre el genio que eras», me decían. Me parecían exageraciones, críticas de personas resentidas por su falta de talento. De hecho, yo solía decir que la disciplina era el recurso de la gente sin talento.

En el colegio tenía una manía tremenda a los alumnos que siempre hacían los deberes y entregaban los trabajos a tiempo. ¡No podía concebir que hubiese compañeros que incluso pasaban los apuntes a limpio! Creo que no estudié para un examen hasta que oposité para la Policía Local a los veintiún años. No sabía ni cómo se hacía. Uno de mis mejores amigos en primaria era un empollón, y cuando llegaba la época de los exámenes no podía quedar conmigo porque tenía que estudiar. «No me fastidies, tío, ¿en serio?», le decía. Él me respondía que en estudiar radica la diferencia entre sacar un siete y sacar un nueve o más. Yo a eso le contestaba que prefería sacar un siete sin estudiar que un nueve estudiando. Así era yo; estaba convencido de que era el único que entendía todo ese carnaval al que llamamos «vida».

Con el fútbol pasaba lo mismo. Yo era de los buenos, de los muy buenos, pero tenía una mentalidad lamentable. Por ejemplo, solía llegar tarde a entrenar para así saltarme el calentamiento, correr y hacer ejercicios de preparación física. O fingía alguna molestia que desaparecía en cuanto pasábamos a los ejercicios con el balón. «Correr es de cobardes», solía decir tronchándome de risa. «Soy el mejor del equipo; el entrenador no me dejará sin jugar solo por no hacer estos puñeteros ejercicios». Un entrenador al que llegué a querer de verdad me dijo que tenía el talento de un jugador de primera división y la disciplina de un alcohólico en paro de ciento treinta kilos de peso. Escuché a escondidas a ese mismo entrenador decirle a mi padre: «Tu hijo podría llegar a ser profesional, pero sin disciplina no jugará ni con aficionados». Se quedó corto, a los dieciocho años dejé de jugar. Ya lo decía Robert de Niro en Una historia del Bronx: «No hay cosa más triste que el talento malgastado; ya puedes tener todo el talento del mundo, que si no haces lo que debes no consigues nada».

La verdad es que no sé si habría llegado lejos en el fútbol o en los estudios, pero sí sé que la disciplina era la única forma de averiguarlo. Y yo no tenía ninguna. No es que piense demasiado en ello; me encanta mi vida actual y no cambiaría nada de lo sucedido en el pasado, pues todo ha sido necesario para llegar hasta aquí, hasta este momento en que estoy escribiendo nada más y nada menos que mi segundo libro, pero a veces me pregunto: «¿Qué habría pasado con mi vida si hubiese aprendido antes a ser tan disciplinado como lo soy ahora?». Y siempre termino encontrando la respuesta. La respuesta es que no me estaría haciendo esa pregunta porque lo habría descubierto.

 

La disciplina es la fuerza de los humildes de corazón.

 

La disciplina aporta mucha paz interior porque sientes que has hecho todo lo que podías hacer. Echas la vista atrás, a algún fracaso, y no te dices que lo podrías haber hecho mejor o que podrías haber hecho más. No, al contrario, te dices que lo diste todo y que no lo conseguiste porque sencillamente no tenía que ser. Punto. Y eso, con los años, se convierte en un gran tesoro porque te reconcilia con el pasado, con los fracasos y con las derrotas. Mis únicas lamentaciones son de mi época predisciplina. Si no me martirizan ni me pesan es porque al final comprendí la lección y me lancé en brazos de la disciplina. Y hasta el día de hoy no hay un solo momento en mi vida en que me pregunte apenado: «¿Qué habría pasado si hubiese sido más…?». No. Gracias a la disciplina que me acompaña desde hace casi quince años no tengo ningún asunto pendiente. Ha habido derrotas en mi currículum desde entonces, claro que sí, pero no me duelen porque lo di todo, no pude hacer más. Si alguna vez las recuerdo, siempre acabo diciéndome una de mis frases favoritas: «No debía convenir, no tenía que ser».

Mi madre me exhortaba una y otra vez a que lo diera todo y aceptara el resultado, fuera el que fuese: «Tú haz todo lo que puedas y, aunque no te alcance, te quedarás en paz». Jamás me exigió sacar sobresalientes ni cosas así; en el fondo solo me pedía que fuese disciplinado. Nada más. Pero yo no le hacía caso; creía que eso no servía para nada. Está claro que la arrogancia y la disciplina no casan. La disciplina es la fuerza de los humildes de corazón; es el poder de aquellos que son conscientes de sus limitaciones; es la voluntad de los que saben que la vida es dura y hay que darlo todo. Fin.

Solo entonces podrás descansar sobre tu pasado, tumbarte en el sofá o en la cama y sentirte con derecho a hacerlo. Recuerdo que cuando era más joven e indisciplinado me sentía culpable por no estar haciendo algo con mi vida. Eso no pasa nunca con la disciplina. Descansas y te sientes a gusto porque sabes que has hecho lo que tenías que hacer. A mis clientes deportistas profesionales, aunque hayan perdido, si lo han dado todo y se han entregado por completo, les digo: «Ahora te toca descansar, te lo has ganado. Puedes estar tranquilo». Yo creía que la disciplina no servía para nada, pero como mínimo sirve para descansar y mantener a raya los remordimientos. Siento que su mejor premio es ese: contribuir enormemente a la paz de espíritu.

La frase «Si haces lo debido conseguirás lo que te propongas» es mentira. La disciplina no te hace esa promesa, no te asegura la victoria, pero sí te garantiza descubrir si era posible o no. Y te permite quedarte en paz con ello para el resto de tu vida.

Regla n.º 2

Uno no nace disciplinado, uno se hace disciplinado

 

 

«Joan, para ti es fácil porque tienes mucha disciplina», suelen decirme. Tiene gracia porque me lo dicen como si la disciplina fuese algo innato. Ojalá hubiera sido así. Pero no, uno no nace disciplinado, uno se hace disciplinado, aprende la habilidad de la disciplina. Y, como toda habilidad, al principio cuesta mucho aplicarla, pero cuanto más se practica más se mejora. Así de sencillo, que no fácil.

«Si yo pude, tú también puedes» es una frase que no me gusta nada porque suele usarse mal. Pero, por una vez, recordando mi falta absoluta de disciplina durante más de la primera mitad de mi vida, voy a utilizarla y te voy a decir muy alto y claro: si yo pude volverme disciplinado, tú también puedes.

Mira, en mi primer año de instituto tenía todos los exámenes aprobados con notables o excelentes y, sin embargo, me hicieron repetir curso porque no entregué nunca ningún trabajo ni hacía los deberes. Repetí curso, sí, y perdí un año entero por mi indisciplina; en el primer trimestre suspendí nueve de las doce asignaturas, incluida educación física.

En verdad, creo que nadie nace siendo disciplinado o indisciplinado, uno simplemente aprende a ser una cosa o la otra.

Aun así, es cierto que hay cosas con las que uno nace. Por ejemplo, yo no hice nada para ser introvertido o solitario y no podría cambiarlo ni queriendo. No hice nada para tener el pelo moreno o nacer en Mallorca. Y tampoco es mérito mío la curiosidad por buscar y acumular conocimiento o el amor por la lectura.

No eres culpable de no tener aquello que no puedes aprender, pero sí de no tener aquello que podrías aprender y que, además, mejoraría enormemente tu vida.

Y en esta categoría de cosas está, entre las mejores, la disciplina.

Recuerdo un caso muy especial con un cliente, hará un par de años a lo sumo. Se parecía a mí cuando yo era más joven. Tenía veinticuatro años y era un indisciplinado de manual. Comenzó las sesiones conmigo porque su padre se las pagó y le dio un ultimátum: «Si no te arregla Joan Gallardo, te saco de casa, me tienes hasta los co…». No era mal chaval, pero sí un desastre. Todo lo hacía mal. Llegó diez minutos tarde a nuestra primera sesión y apenas tardó unos minutos en decir: «Perdona, es que soy así». No me enfadé porque era como ver al Joan del pasado pero en directo, más bien me hizo mucha gracia. En un momento de nuestra primera sesión le pregunté a qué hora se iba a dormir y, para sorpresa de nadie, me dijo que no lo sabía, que algunos días a las dos de la madrugada, otros a las tres, algunos días «más temprano, a eso de la una», etcétera. Le pregunté a qué hora se levantaba por la mañana y me dio dos respuestas: «Cuando termino el sueño, a eso de las once o las doce, o cuando mi padre se cabrea y viene él en persona a despertarme». También le pregunté si eso le hacía sentirse bien consigo mismo. Me contestó que no, pero que qué se le iba a hacer, él era así. Entonces le propuse que se fuera a la cama, sin televisor ni teléfono móvil, a las doce de la noche y que se levantara, sí o sí, a las ocho para salir a buscar trabajo. A él le pareció que casi le estaba pidiendo un riñón, y medio pulmón, pero al final accedió cuando le recordé que debía escoger entre hacerme caso a mí o consentir que su padre lo echara de casa.

—¿Y si no encuentro trabajo? —me dijo.

—No depende completamente de ti que te den trabajo, pero sí depende de ti irte a dormir y despertarte a una hora más adecuada. Estoy siendo bastante benevolente, las doce de la noche es muy tarde y las ocho de la mañana no es demasiado pronto, así que no te quejes. O quéjate, pero haz lo debido. Al levantarte, te duchas, te peinas, te vistes bien y te vas a dejar currículums por la ciudad. Si haces eso, yo estaré satisfecho aunque no consigas trabajo, y daré la cara por ti ante tu padre si hace falta. Al menos, de momento.

Para qué engañarnos, le costó mucho. El primer día lo llamé por teléfono a las ocho y cuarto, y seguía durmiendo. Otro día le envié un mensaje a la misma hora y me dijo que estaba en la calle, buscando trabajo. No me lo creí, de modo que le hice una videollamada, sin obtener respuesta. Llamé a su madre, le pedí que fuese a su habitación y me dijera si estaba aún en la cama. Y sí, allí estaba. Tremendo. Pero, poco a poco, fue mejorando su actitud y comenzó a seguir mis consejos. Sus padres no podían creérselo. El joven no encontraba trabajo, pero lo intentaba todos los días. El padre, al comprobar aquella nueva disciplina en su hijo, decidió apostar por él y le pidió a un conocido que le diese una oportunidad ofreciéndole un trabajo. Este le dijo que lo tendría a prueba un mes y que, si no le convencía, no le daría el puesto. Hoy, el chico sigue en ese trabajo, y ya es encargado.

 

No eres culpable de no tener aquello que no puedes aprender, pero sí de no tener aquello que podrías aprender.

 

Ese joven aún es cliente mío y de vez en cuando recordamos aquellos primeros días. En sus propias palabras: «Todo empezó ahí, con esa primera pizca de disciplina que me obligaste a asumir, todo lo demás, todo lo conseguido, llegó desde ese punto. Al principio te odiaba, Joan. Pero cuando comencé a sentirme mejor conmigo mismo y vi que podía llegar a ser una persona disciplinada entendí el porqué de todo aquello».

Quizá no hayas nacido con el don de la disciplina pero seguro que no has nacido privado de la posibilidad de llegar a aprender tal virtud.

Te lo digo alto y claro: si yo pude, tú también puedes.

Regla n.º 3

La disciplina no es autoexplotación

 

 

Escribía Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio, que «ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose». Es una buena observación que me sirve para explicarte lo que no es la disciplina.

La disciplina no es autoexplotarse. La disciplina no es someterse a una vida de constantes obligaciones y compromisos. La disciplina no es organizarse el día como si fuese un castigo. La disciplina no es imponerse una vida de sufrimiento.

Todo ello es solo una pésima concepción promovida por aquellos que piensan que «disciplina» es igual a «sufrimiento», a pasarlo mal o a no vivir. Y que es contraria incluso a la alegría, el placer y el disfrute de la vida.

Sin embargo, es cierto que la disciplina llevada al extremo puede convertirse en una especie de autotiranía y hacer sufrir mucho a la persona que la vive de ese modo. Y creo que gran parte de su mala fama proviene de ahí.

En este sentido, tengo dos cosas muy importantes que decirte.

La primera es que la disciplina cuesta. Es evidente. Si no fuese así, todo el mundo sería disciplinado. Incluso quienes dicen que la disciplina no sirve para nada. Piénsalo. Imagina que en la farmacia vendiesen pastillas de disciplina. Unas pastillas económicas y sin efectos secundarios, y que, al tomarte una, lograras tener disciplina para un mes. ¿No te la tomarías? Seguro que sí. Tú y cualquiera. Y bien que harían. Con toda probabilidad, sería uno de los medicamentos más vendidos del mundo. Pero como ese medicamento no existe ni existirá nunca, la disciplina hay que desarrollarla. Y cuesta, como casi todo lo que merece la pena en la vida. No obstante, hay una diferencia entre que algo cueste y el hecho de tener que sufrir para conseguir ese algo. Por ejemplo, mantener un matrimonio cuesta, pero no debería ser «algo que sufrir». Ahorrar cuesta, pero sería una exageración decir que es un sufrimiento. Hacer ejercicio cuesta, pero no debería ser un martirio. Se sufre debido a un ataque de hemorroides o por la muerte de un ser querido, circunstancias por las que no pasaríamos de forma voluntaria. En consecuencia, pensar que «disciplina» es igual a «sufrimiento» supone levantar, de entrada, una barrera que nunca querremos superar.

Y la segunda cosa que tengo que decirte es que, para mí, una garantía de sufrimiento es adentrarse en la vida adulta sin un mínimo de disciplina. ¿Te da miedo que la disciplina cueste demasiado? No te haces una idea de lo que cuesta una vida sin disciplina. Decía Jordan Peterson que «la vida es sufrimiento, eso está claro»; en cambio, yo pienso que no solo es sufrimiento, aunque desde luego, en general, la vida es costosa, difícil y en ocasiones muy sufrida… Sin embargo, precisamente por eso merece tanto la pena pasar por el coste de la disciplina, para que la vida te cueste menos, te pese menos, te duela menos y la sufras menos (o, como mínimo, la sufras mejor).

No te imaginas lo penosa que era mi vida cuando no era disciplinado. Tomaba malas decisiones, tenía malas amistades y malas relaciones sentimentales, despilfarraba dinero, mi piso estaba siempre hecho un desastre, tenía muy malos hábitos, etcétera.

 

La disciplina está para que sufras menos, no para que sufras más.

 

Una consecuencia inequívoca de la buena disciplina es la disipación del sufrimiento y la llegada del orden y la paz de quien sabe que está haciendo lo debido, aunque a veces no le apetezca o prefiera hacer lo contrario.

Yo no sufro en absoluto por mi disciplina, jamás. Y no compro ese discurso de que para ser disciplinado tienes que pasarlo mal. Antes he dicho que la vida es costosa y difícil, y lo es, pero también es un lugar maravilloso para disfrutar, relajarse y no hacer muchas más cosas, salvo vivir tranquilo y en paz. Bastantes dificultades entraña la vida para añadirle más nosotros.

Veo mucha vanidad en este mensaje: «Si no sufres es que no te estás esforzando de verdad». Lo dice claro este revelador y bellísimo versículo del Eclesiastés 4:6: «Más vale un puño lleno con descanso, que ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu». La disciplina está ahí para hacer de tu vida algo mejor, mucho mejor. Si no es así, lo siento, pero lo estás enfocando mal. Te estás autoexplotando o pretendes hacerlo.

Deja de lado estos discursos que te dicen, por ejemplo, que si quieres tener éxito en los negocios debes vivir por y para los negocios veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Menuda locura.

Ignora a los que te dicen aquello de «ya descansaré cuando me muera» o «trabaja día y noche porque Esparta esto y el lobo de Wall-Street lo otro…».

Eso no es disciplina ni nada que se le parezca. Eso es exhibicionismo y autodestrucción. Y el que se llena de esas consignas termina terriblemente vacío.

La disciplina está para que sufras menos, no para que sufras más. Tenlo claro. Yo he visto a muchas personas autoexplotarse para conseguir cosas que un día llegaron a detestar, por todo lo que habían entregado a cambio, por todo lo que habían sacrificado. Si me apuras, te diría que la disciplina también sirve para no caer en esto. En mi caso, cada dos por tres recibo ofertas para embarcarme en proyectos profesionales que podrían suponer unos ingresos extras nada desdeñables. Si no fuese por mi disciplina y porque me señala claramente lo que debo hacer (y lo que no debo hacer), terminaría malgastando un tiempo y una energía que tanto yo como los míos acabaríamos echando en falta. Y si esto sucediese, el arrepentimiento y los remordimientos harían acto de presencia por no haber elegido bien, y entonces sí que sufriría. Como decía mi abuela, que Dios la tenga en su gloria: «Cuando toca, toca; y cuando no, no». Eso es disciplina. Si toca remar, remas con toda tu alma. Y si toca dejar los remos, los dejas y punto. No, la disciplina no es autoexplotación. Y cuando lo parece, es porque no es disciplina.

Regla n.º 4

La disciplina no cansa, al contrario: descansa

 

 

Cuando era pequeño tenía una bicicleta. Era de color amarillo, sin marchas y sin luz delantera, frenaba bastante mal y llevaba un sillín sin espuma. Todos mis amigos tenían mountain bikes con mil florituras, pero, para mí, mi bicicleta era la mejor, porque era mía. Era mi compañera de muchas excursiones

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