Discute menos, habla más

Jefferson Fisher
Jefferson Fisher

Fragmento

cap-2

Prólogo

Notaba en las piernas el tacto rasposo de la gastada alfombra bereber de la vieja casa del rancho. Vestido con una camiseta demasiado grande y mis calzoncillos de Spider-Man, me hice un ovillo en un rincón de la estancia principal. Tenía el pelo y la piel aún húmedos después de haberme duchado a toda prisa con agua fría. Tiritaba. También sonreía de oreja a oreja.

Mi yo de ocho años no tenía intención de perderse ni una palabra.

Todo el mundo se encontraba en la estancia principal. Mi bisabuelo, juez federal, era el patriarca de la familia. Tanto mi abuelo como mi padre, mis primos y mis tíos abuelos —no se salvaba ni uno— eran juristas y trabajaban en los tribunales. Todos los años, los hombres Fisher se reunían durante un fin de semana para inaugurar la temporada de caza en Hill Country, la zona montañosa del oeste de Texas. Eran un total de trece y aquel año por primera vez éramos catorce, contándome a mí. Me sentía como si me hubieran llamado a participar en la gran liga. Por fin era lo bastante mayor para hacer un viaje de ocho horas con mi padre, escuchando a James Taylor, Jim Croce y Jerry Jeff Walker. Por fin era lo bastante mayor para estar con los adultos. También es verdad que apenas pronuncié palabra, pero no me importó. Bebí zarzaparrilla IBC y comí más cecina de la que me habría permitido mi madre.

La primera noche fue una experiencia que se me grabó para siempre en la memoria.

Al terminar de cenar, mi abuelo empujó un poco el plato, cambió de postura en el sofá, acercándose más al borde, y empezó a relatar una historia sobre su trabajo, un juez y un juzgado. La reconocí inmediatamente porque se la había contado a mi padre ese mismo día mientras reparábamos un espiadero de ciervos, aunque en ese momento la anécdota había resultado más prosaica, relatada con una voz plana a la vez que buscaba pintura verde en la caja de la camioneta.

Sin embargo, en el rancho se convirtió en algo especial. Las palabras eran las mismas, pero la historia resultaba muy diferente.

Yo miraba fascinado al abuelo, que se puso de pie para escenificar la anécdota. Usaba las manos y la cara para dar textura a la voz, que aumentaba de volumen en las partes más emocionantes y se hacía más lenta y grave en las más intensas. Hasta el tono le cambiaba. ¿Cómo podía tratarse de la misma historia? El abuelo cautivó a todos los presentes durante casi diez minutos. Tras una larga pausa, remató con una frase graciosa, y todo el mundo prorrumpió en carcajadas. Me sentí como si hubiera visto un número de magia.

El final del relato dio pie a una sucesión de anécdotas de juicios que fueron contando por turnos cada uno de mis primos, mi padre y hasta mi bisabuelo. Por su trabajo en los tribunales, a todos se les daba estupendamente bien contar historias. Las risas continuaron varias horas hasta entrada la noche.

Sentado en aquel rincón, con las rodillas metidas dentro de mi camiseta de dormir, yo escuchaba embelesado cada historia, cada palabra, y lo iba absorbiendo todo. Al final me quedé dormido. Era tarde. Mi padre me llevó a la cama con un trozo de cecina aún en la mano.

La velada entera había supuesto un descubrimiento para mí, a la vez que me había resultado extrañamente familiar, como si fuera algo que ya había visto antes. Recuerdo que inmediatamente todo hizo clic, como cuando un zapato te entra como un guante la primera vez que te lo calzas.

Esa noche, y los siguientes fines de semana de inauguración a lo largo de diez años, recibí la herencia familiar: una identidad de dedicación a la abogacía que me fueron transmitiendo mediante la narración de historias. Cada año me daba más cuenta de que lo de las leyes era solamente la profesión de mi familia, pues su verdadera pasión era la comunicación.

Nadie se sorprendió cuando quise estudiar Derecho y trabajar en los tribunales.

Y, después de dedicarme a la abogacía durante diez años, aún no conozco una profesión semejante a esta. Me contratan para gestionar problemas ajenos a mí, es decir, los que tienen mis clientes con otra gente. La parte contraria también cuenta con su propio abogado, a quien paga para tener problemas conmigo. Todos los días me enfrento a personas cuya principal tarea es asegurarse de que yo pierda. En un juicio, el riesgo no puede ser mayor. El modo en que yo me comunique y enseñe a mi cliente a comunicarse puede suponer la diferencia entre que él o ella recuperen su sustento o lo pierdan para siempre. Cada caso es una nueva lección, tanto si se trata de recusar testigos como de hacer repreguntas o presentar alegaciones ante el juez o el jurado. Mi propósito constante es afrontar el conflicto.

Si el lector supone que aprendí mis dotes de comunicación en la facultad de Derecho, se equivoca. En la facultad te enseñan a aplicar la ley: los derechos y las obligaciones de los contratos, los daños y perjuicios, el derecho constitucional, las normas procesales que rigen las distintas instancias estatales y federales. Todo muy importante. Pero no te dan clases sobre cómo dirigirte a los demás con empatía. No hay ninguna parte del temario que trate sobre cómo apaciguar los ánimos durante una discusión acalorada. En la facultad de Derecho aprendes a interpretar las leyes, no a interpretar a las personas.

Esta última parte tuve que aprenderla yo solo.

—¡¿Che gushta?! —chillaba mi hermana Sarah con el chupete en la boca mientras me traía la quinta ronda de crepes invisibles. Yo era el mayor de cuatro hermanos, y me encantaba serlo.

Con trece años, mis lazos con mis hermanos eran tan fuertes que casi me obedecían a mí más que a nuestros padres. Fuéramos a donde fuésemos, yo era como la mamá gallina. Al cumplir dieciséis, era yo quien los llevaba en coche al colegio a la vez que repasaba ortografía con ellos.

Quiero dejar claro que mis padres son fantásticos y nos quieren mucho. Yo salí así de bien precisamente por todo lo que se volcaron conmigo durante los cuatro primeros años de mi existencia, antes de que naciera mi hermana. Además, lo cierto es que disfrutaba con la responsabilidad de ser el hermano mayor.

Se supone que ser el mayor conduce a más estabilidad emocional, iniciativa y cosas por el estilo. En mi caso, me enseñó a mejorar mis habilidades básicas de comunicación desde muy pequeño.

Enseguida aprendí a prestar atención a Sarah fingiendo que me tragaba su comida invisible a la vez que sonreía y decía: «Mmm, qué rico». Me di cuenta de que me hacía más caso si empleaba palabras amables que si me enfadaba. Mi hermano Jonathan repetía muchas veces mi nombre, tartamudeaba y le costaba mucho acabar las frases. Averigüé que si esperaba pacientemente y repetía las palabras que él iba diciendo, al tiempo que asentía con la cabeza, él se sentía comprendido. Jonathan tardó mucho en aprender a pronunciar las consonantes y al principio solo hablaba con vocales. Yo me convertí de manera natural en su intérprete; identificaba peculiaridades no verbales y preveía situaciones que podían frustrarlo antes de que ocurrieran. Jacob, el pequeño de los hermanos, era el más intenso de los tres. Sentía las emociones con mucha fuerza y perdía rápidamente los estribos. Descubrí que si le hablaba despacio y bajaba la voz, él hacía lo mismo. Comprendí que podía dejarle sentir sus emociones sin tomármelo como algo personal. Que a veces un abrazo decía más que cualquier palabra. Cada hermano tenía una personalidad única que requería una forma distinta de abordarla, un toque especial que permitía conectar a un nivel más profundo.

Una de las habilidades más importantes que desarrollé siendo hermano mayor fue la capacidad de mediar en conflictos y resolverlos. Si dos de mis hermanos empezaban a discutir sobre algún juguete, yo enseguida paraba los gritos, les hacía a cada uno explicar su versión de los hechos y luego decidía a quién le tocaba tenerlo y en qué tenía que ceder cada uno. Y funcionaba. Me volví un experto en enseñar a mis hermanos cómo comunicar sus necesidades y cómo entender las de los demás. Ser para ellos el modelo a imitar al comunicarse era mi pan de cada día.

Algo que me sigue ocurriendo hoy, casado y con dos hijos. En todas las etapas de mi vida, en todas las relaciones y en todos los grupos de amigos, yo he sido el comunicador. Quizá el lector crea que todo se debe a que se me da bien hablar. Pero hay algo más. Cuando era pequeño, mi padre se sentaba todas las noches al borde de mi cama, se inclinaba y susurraba: «Querido Dios, dale a Jefferson sabiduría y sé siempre su amigo». Creo en el poder de la oración. Y creo que, sin la oración de mis padres, este libro no existiría.

En 2020, me convertí en socio de un bufete de abogados prestigioso. Sin embargo, a pesar de este logro, me sentía deprimido en el ámbito profesional. Era como si algo me estuviera lastrando. Facturaba y sacaba casos adelante, sí, pero en lo creativo no estaba yendo a ningún sitio.

Que mi padre trabajara en el mismo bufete ponía las cosas más difíciles. La primera vez que le conté que estaba pensando establecerme por mi cuenta, digamos que la cosa no fue muy bien. Y la verdad es que no mejoró mucho las siguientes veinte veces que lo hablamos, incluido el día en que lo anuncié al bufete. Mi padre peleó para que me quedara. Fueron conversaciones muy difíciles.

En enero de 2022 hice dos cosas que lo cambiarían todo.

En primer lugar, abrí mi propio bufete, Fisher Firm, para llevar casos de responsabilidad civil por daños personales.

No tenía ni oficina ni empleado alguno. Por no tener, no tenía ni impresora. Trabajaba con el portátil en cafeterías y usaba los despachos vacíos de amigos. Pero enseguida conseguí clientes y me sentí increíblemente bien. Estaba ayudando a gente real con problemas reales. Había soltado el lastre y por fin notaba un avance.

En segundo lugar, colgué mi primera publicación en las redes sociales asesorando sobre comunicación.

En un primer momento lo que pretendía era conseguir clientes. Había muchos abogados que publicaban en las redes sociales para hacer lo único que sabían hacer: vender. Para ellos, las redes eran el nuevo medio publicitario en el que poder decirle a la gente qué hacer y a quién llamar después de sufrir un accidente. Yo también intenté algo así. Pero no me gustó. Me recordaba a esos carteles con fotos de abogados empuñando martillos, lanzallamas o guantes de boxeo, con frases estrafalarias como: «¿Has sufrido daños y perjuicios? ¡Tengo el mejor derechazo de todo Texas! ¡Llámame y los dejaré KO!». Uf. Me daban escalofríos. No puedo soportar ese tipo de cosas. Y, sobre todo, no es mi estilo.

Elegí un camino diferente. En lugar de venderme a mí mismo, aportaría algo gratuitamente, y no sería para beneficiarme a mí, sino a los demás. Y lo haría siendo auténticamente yo, la persona que siempre he sido. Jefferson.

¿Cómo podía ayudar de verdad?

Tenía que ser algo con lo que la gente pudiera identificarse, un mensaje positivo y luminoso que penetrase en los hogares y los lugares de trabajo. Recordé entonces la pregunta que me hacían mis padres cada vez que yo no sabía qué decirle a alguien: «A ver, ¿tú qué quieres que sepan?». La respuesta fue una auténtica revelación. Haría lo que mejor se me da: ayudaría a la gente a aprender a comunicarse.

No contaba con un despacho bien dispuesto o un estudio donde pudiera grabar con una cámara sofisticada, pero tenía mi coche y mi móvil. Me apañaría con eso. Puse el modo selfi de la cámara y le di a grabar. Decidí sobre la marcha que el tema sería «Argumentar como un abogado, parte 1» y que lo resumiría en tres puntos sencillos. En el asiento delantero del coche, le hablé a la pantalla del móvil sobre qué hacer para no alargar mucho las preguntas, cómo se puede ser menos reactivo emocionalmente y de que usar tacos al hablar es lo mismo que condimentar demasiado la comida. En algún momento había leído u oído decir que los vídeos debían ser «llamadas a la acción», así que al final de la grabación me dio por decir: «Pruébalo y sígueme». Por la razón que fuera, no sabría decir cuál, me llevé la mano a la boca en el último segundo al decir esa frase. Y decidí que el gesto se quedaba. Respiré hondo y subí el vídeo, de cuarenta y siete segundos.

No pensé que ocurriría nada especial. Hasta ese momento, todos mis vídeos tenían cero visualizaciones. De hecho, hasta había buscado en Google cosas como: «¿Por qué tengo cero visualizaciones en mis vídeos?» o «¿Cómo hago un reel?».

No estaba preparado para lo que sucedió a continuación. Al cabo de una hora, mi vídeo «Argumentar como un abogado» empezó a acumular visitas y en poco tiempo llegó a varios miles. Al día siguiente eran millones. Por supuesto, tampoco me di cuenta de que eso quería decir que millones de personas verían, al fondo de la imagen, el asiento rosa de mi hija y el vasito con boquilla de mi hijo, así como el vestuario nada pensado que llevaba ese día (una chaqueta de traje con un polo que me hacía arrugas). ¿Quién se viste pensando que ese día van a verlo millones de personas?

A la gente no pareció importarle. Resultaba natural.

Era como si estuviera hablándoles directamente, sin tratar de venderles nada, sin trucos. Era real.

—¿Y ahora qué hago? —le pregunté a una amiga.

—Grabar más —me respondió.

Y eso hice.

Ese año conseguí más de cinco millones de seguidores en las redes sociales, incluidos cientos de famosos y figuras públicas, y lo único que hice fue usar el iPhone en el asiento del conductor de mi coche para dar consejos sobre cómo comunicarse. Todos los vídeos siguen el mismo formato: estoy yo solo en mi coche; aparco donde puedo al salir del despacho de camino a casa; no preparo ningún guion, y subo el material siempre el mismo día de la grabación, sin editar ni añadir gráficos o textos sofisticados. Nada más que yo sujetando el móvil y siendo yo mismo.

Y, a pesar de hacerlo todo solo en mi coche, en poco tiempo me encontré dando charlas inaugurales de conferencias ante miles de personas reales, y hablando con organizaciones que querían aprender mis técnicas de comunicación. Hasta me contactó la NASA. Y, cada vez que me ponía a hablar en público, no podía por menos que pensar: «¿Qué hace ahí toda esa gente?». Coseché 250.000 suscriptores que querían mi consejo semanal sobre comunicación y firmé un contrato con Penguin Random House para empezar a escribir el libro que tienes en las manos. Estrené el Jefferson Fisher Podcast, que ha llegado a lo más alto de las listas y es número uno mundial en el tema de la comunicación. He desarrollado también una comunidad online fantástica, llena de recursos y clases que aportan a la gente herramientas prácticas para mejorar su manera de comunicarse. Los vídeos que he ido colgando en las distintas plataformas han recibido más de quinientos millones de visualizaciones. Tengo la suerte de haber recibido diariamente mensajes llenos de amabilidad, gratitud y valiosas reflexiones. No puedo creerme que esté ayudando así a la gente y, mucho menos, que me encuentre tecleando estas palabras.

No he dejado de trabajar en la abogacía y ahora ayudo a clientes por todo Estados Unidos con demandas por daños personales y los pongo en contacto con abogados en los que confío. Sigo grabando vídeos cortos a diario. Y sigo diciendo: «Pruébalo y sígueme». Millones de personas han hecho las dos cosas. Y cuento todo esto sintiendo una enorme gratitud.

Nunca soñé con llegar a este punto.

Pero eso no es todo.

Cinco meses después de abrir Fisher Firm, mi padre abandonó el bufete donde había trabajado durante treinta y cinco años para unirse a mí, su hijo, por la única razón de que practicásemos juntos la abogacía. «¿Tienes sitio para este viejecito?», me preguntó con una sonrisa. Yo me quedé sin palabras. No había nada que me hubiera gustado más. Aún me asoman a los ojos lágrimas de felicidad mientras escribo esto.

Introducción

Poco después de mi primer vídeo, empecé a recibir mensajes, miles de ellos. Tantos que no había manera de que pudiera leerlos todos, ni mucho menos responderlos. Los mensajes eran de seguidores de mi contenido pidiéndome consejo.

No me planteaban grandes interrogantes filosóficos sobre religión o política, ni siquiera me consultaban acerca de problemas legales. Querían consejo sobre cuestiones diarias, sobre momentos pequeños de cosas reales que tiene que afrontar la gente real, desde asuntos prosaicos hasta historias que parten el corazón.

• ¿Qué le digo a un superior que siempre desecha mis ideas?

• ¿Qué le digo a mi hija adulta a la que llevo años sin ver?

• ¿Qué le digo a mi pareja, que siempre quiere tener la razón?

Tras miles de mensajes como estos, una cosa que he aprendido es que, con independencia de lo que pregunten quienes me piden consejo, el problema que tienen no es qué decir, sino cómo decirlo.

Cada vez que recibo este tipo de consultas, lo primero que hago es formularles la pregunta que siempre me planteaban mis padres a mí: «A ver, ¿tú qué quieres que sepan?». Hasta ahora nunca me han respondido: «No lo sé». Siempre me dan una contestación rápida. La gente ya sabe qué es lo que quiere decir porque es un reflejo de lo que sienten por dentro: «Quiero que sepa que me duele», «Quiero que sepa que necesito espacio», «Quiero que sepa que estoy enfadado». Los sentimientos se nos muestran de forma natural. Lo que no resulta tan fácil es articularlos para comunicárselos a la otra persona.

Desde luego, desmoraliza bastante que algo tan sencillo parezca tan fuera de nuestro alcance.

Si has escogido este libro, hay muchas probabilidades de que estés buscando lo mismo: soluciones reales para problemas reales. No necesitas el qué, sino el cómo. ¿Cómo te expresas de un modo que respete tanto tu perspectiva como la de la otra persona? ¿Cómo te defiendes sin dar al traste con una relación? ¿Cómo das a conocer lo que piensas con autenticidad y empatía, a la vez que demuestras que tienes agallas?

La respuesta fácil que estás buscando es: conexión.

La respuesta más sincera que mereces está en las páginas que siguen.

Por qué he escrito este libro

He escrito este libro por tres razones:

1. Porque me lo pidieron mis seguidores en las redes sociales. Para mí, es su libro.

2. Para que, como lector, aprendas lo que sé que mejorará la próxima conversación que tengas.

3. Porque me gustaría preservar este material, que es parte de mí, para mis hijos y mi familia.

Antes de ponerte manos a la obra con la lectura, necesito que comprendas algo importante. Las habilidades de comunicación de este libro no son principios que haya extraído de ningún sitio. Aparte de unos pocos estudios y comenta

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos