El cerebro necesita abrazos

Dra. Ana Asensio

Fragmento

Introducción

Introducción

No vivimos para estar solos

No hay nada más humano que necesitar a otro ser humano.

Llevo años observando, tanto en mi vida personal como en la profesional, el carácter contradictorio de los vínculos: personas que se aman y se odian, personas que anhelan amistades y sufren por ellas, personas que son desdichadas por no sentirse queridas o aceptadas, malentendidos, decepciones… Experiencias vitales transformadas en sufrimientos y quebraderos de cabeza. Pero también he observado la felicidad suprema al enamorarse, o al recibir un detalle de los hijos, o ese reconocimiento profesional tan trabajado.

Años observando esta paradoja de que aquello que más necesitas, buscas y ocupa tu energía vital te puede llevar de la felicidad al sufrimiento en un tris.

Años observando en consulta que la demanda del sufrimiento viene acompañada de algún tipo de vínculo con alguien o con uno mismo.

Años entendiendo el código de amar de cada persona, el código de cuidar, de acoger, de convivir, de estar en el mundo… El ADN vinculador es algo que me ha fascinado y que ha solucionado muchos problemas de mis pacientes en el día a día.

Hace unos años, preparando el libro Neurofelicidad, cayó en mis manos un estudio de Harvard que confirmaba que el mayor predictor de nuestra felicidad y nuestro bienestar emocional, además de ser un factor preventivo de enfermedades, es la calidad de nuestros vínculos. Desde entonces he confirmado algo que ya intuía y veía en consulta año tras año y en cada persona: la importancia de aprender a vincularnos, a conectarnos, a comunicarnos, a querernos, a elegirnos, a respetarnos y a aceptarnos.

El duelo existe porque hay un vínculo con el objeto de la pérdida, sea una persona, un trabajo, un lugar, un animal…, y este duelo es proporcional al amor que se sintió.

Las crisis emocionales, la ansiedad, el estrés y la depresión suceden sobre una base de desconexión del vínculo con nosotros mismos que nos impide gestionar lo que acontece en nuestra vida.

El odio, el rencor o el rechazo existen porque hay algún vínculo, de una manera u otra.

Si de repente te dieras cuenta de que podrías prevenir muchas enfermedades cuidando la calidad de tus vínculos, comenzando por ti mismo, ¿qué harías?

¿Qué crees que debería hacer Sanidad ante esta afirmación de Harvard, después de ochenta y cinco años de estudio, que confirma algo que es eminentemente humano: que somos una especie social y que nos necesitamos para sobrevivir?

¿Qué harías si te dijeran que de tu perdón, de tu capacidad de tener lo que se entiende por mala memoria, de tu neuroplasticidad, de tu capacidad para crear nuevas memorias y experiencias va a depender en gran medida tu salud física y psíquica?

Yo lo tengo claro, haría todo lo posible por cultivar buenos vínculos, de calidad, por sentirme querida, cuidada, por formar parte de un grupo, por ser vista y digna de amor.

Y uno de los caballos de batalla de los vínculos y las relaciones es la conexión. Me da tremenda pena decir esto, pero, aunque todos podemos conectar, no todos podemos hacerlo de la misma manera: hay un ADN vincular.

Y es que no todo el mundo tiene las mismas neuronas espejo, que son las responsables de empatizar para ponerte en el lugar del otro, de conectar con la compasión. No todo el mundo ha tenido una educación basada en escuchar sus emociones y las de los demás, no todo el mundo ha aprendido que confiar en el vínculo podría ser no solo necesario sino medicinal.

Pero no es una trágica noticia porque, aunque no podemos conectar de la misma manera, todos contamos con esa capacidad, y podemos aprender a hacerlo mejor.

La conexión no es un lujo emocional: es una necesidad biológica, tan vital como el oxígeno o el sueño.

Por eso debemos desterrar algunas creencias y mitos, entender por qué es importante establecer conexiones y buenos vínculos, por qué es importante ensayar aunque a veces haya decepciones, por qué es necesario aprender a vincularnos aunque no lo viésemos en casa.

Es importante saber que los vínculos no se aprenden en la teoría; se aprenden en la práctica, con ensayo y error, como cuando aprendemos a andar, a montar en bicicleta o a bailar.

Los mitos sobre el vínculo son como piedras en la mochila que nos pesan, nos limitan, pero no son parte de nuestro cuerpo. Podemos soltarlos, elegir nuevas creencias y entrenarnos en la conexión con las personas. Ensayar y atreverse, aunque a veces duela, es la única manera de descubrir la música de la vida compartida.

Las preguntas que nos podemos empezar a hacer son muchas y seguro que son preguntas que te has hecho muchas veces o te gustaría descifrar:

  • ¿Cómo saber en quién puedo confiar?
  • ¿Cómo saber que la conexión es recíproca?
  • ¿Cómo entender bien al otro y no equivocarme?
  • ¿Cuándo abandonar una relación?
  • ¿Cómo aprender a soltar y a perdonar?
  • ¿Son las relaciones para siempre?
  • ¿Para qué necesito criticar a los otros?
  • ¿Podré sanar mi ADN vincular?

El origen

Recuerda que, aunque esté muy de moda ser autosuficiente y superindependiente, no estás loco por desear una conexión con los demás, ya que tu cerebro fue diseñado para amar.

Hace unos cuatro millones de años, el amor salvó a nuestra especie cuando, en algún rincón del continente africano, ocurrió algo que cambió para siempre la historia del ser humano: nuestros antepasados comenzaron a andar erguidos. Este simple y al mismo tiempo revolucionario gesto, conocido como bipedestación, liberó las manos, amplió el campo visual y permitió explorar el mundo desde otra perspectiva. Pero también tuvo una consecuencia inesperada: el canal del parto se estrechó, y esto tuvo unas repercusiones que todavía observamos hoy.

Paralelamente, el cerebro humano comenzó una expansión evolutiva impresionante. El resultado fue una paradoja biológica: el cerebro necesitaba más espacio para crecer, pero el cuerpo de las mujeres no podía sostener un embarazo más largo sin comprometer su propia vida. La solución no vino desde fuera, sino desde dentro, y los bebés comenzaron a nacer antes de tiempo.

Comparado con otras especies, el ser humano nace extraordinariamente inmaduro, muy dependiente y vulnerable. Un cachorro animal puede ponerse en pie y seguir a su madre a las pocas horas de nacer; sin embargo, un bebé humano necesita años de cuidado constante, de protección, de alimento, de contacto, de contención emocional… y de mucho amor.

Y aquí es donde aparece el vínculo como estrategia de supervivencia. La antropóloga biológica Helen Fisher, una de las mayores expertas mundiales en el estudio del amor, lo explica de forma magistral. Cuando el canal del parto se estrechó y los bebés comenzaron a nacer inmaduros, fue necesario que dos adultos cooperaran para cuidarlos. La hembra ya no podía hacerlo sola.

Entonces se observó que el amor, ese misterioso fuego que arde en el pecho cuando sentimos que alguien nos importa mucho, surgió como una solución adaptativa, y no como un capricho romántico.

El amor nos da la vida.

Al hablar de amor en este caso, no nos referimos al amor romántico, ni a la dependencia eterna, ni a la fidelidad para siempre. Lo que la evolución necesitaba era una conexión suficientemente estable como para asegurar los primeros años de crianza. Fisher lo llama el vínculo de pareja temporal, un tipo de apego que aumentaba las probabilidades de que el bebé sobreviviera porque aseguraba recursos, protección y la presencia de al menos dos adultos implicados en su cuidado.

Este es el nacimiento ancestral del amor de pareja no como ideal, sino como herramienta necesaria para cuidar la vida. Desde entonces —fíjate qué curioso y qué diferente a lo que hemos creído—, amar se volvió necesario, útil, deseable y muy humano porque, ante todo, asegura nuestra supervivencia.

Además, como ocurre con toda solución biológica eficaz, el cerebro se adaptó para favorecer el amor y la supervivencia.

El que ama vivir ama el vínculo y ama el amor.

Así nació el vínculo humano; una vez más, de la necesidad. Pero no solo de la necesidad biológica de sobrevivir tras nacer antes de tiempo y, por tanto, ser vulnerables y dependientes de ese vínculo y cuidado, sino que en nuestra evolución y para nuestro desarrollo humano también nos encontramos con la necesidad emocional, y esta implica ser vistos, sostenidos y sentidos. Porque el vínculo humano no solo se hizo necesario para sobrevivir, sino que terminó realizándonos como personas, como especie, ya que se anclaba en el amor y en la conexión real.

Así, aquellos primeros vínculos entre los progenitores no solo garantizaban la supervivencia del bebé, también dejaron huella en nuestros genes, en nuestros neurotransmisores, en nuestras heridas, en nuestros anhelos y sueños.

Desde entonces, todo ser humano nace con una impronta y un anhelo de conexión, una brújula emocional que lo empuja a buscar la mirada del otro, la mano del otro, el calor de otro cuerpo. Y cuando no lo tenemos, la vida nos cuesta más y nos apagamos; literalmente nos apagamos en vida si sufrimos una soledad continuada.

Amar no es una debilidad. Es una estrategia de la vida para perpetuarse.

Muchos de los conflictos contemporáneos con el amor surgen de olvidar esto, de no entender que vincularnos no es una debilidad, es una memoria evolutiva, es una necesidad vital.

No queremos estar con alguien por una necesidad emocional exagerada, sino porque nuestro cerebro fue diseñado para conectar, para cuidar, para cooperar y, sobre todo, para amar.

Detrás del deseo de compartir la vida hay millones de años de ensayo, error y adaptación. El amor humano es, quizá, la obra maestra de la evolución; es una alquimia de química, emoción y sentido vital que nos hace más fuertes, más creativos, más resilientes y, por qué no decirlo, más felices.

PRIMERA PARTE

La necesidad
de conectar

1

La conexión nos da la vida

Normalicemos esto, por favor: no es debilidad necesitar al otro. Es humanidad en esencia pura.

Durante mucho tiempo nos contaron que el más fuerte es el que sobrevive y el que llega más lejos. Que hay que competir, destacar, pisar si hace falta. Que quien da demasiado pierde. Pero la ciencia ha venido a contarnos otra historia: la bondad también es una ventaja evolutiva y un factor decisivo en la mejora de nuestra salud y bienestar; al igual que la cooperación, que no solo nos ha salvado como especie, sino que nos sana como personas al producir oxitocina (neuroquímica del vínculo que favorece la salud general).

El neurocientífico Dacher Keltner, de la Universidad de Berkeley, ha demostrado que los actos de bondad y cooperación activan el nervio vago, lo que mejora la salud cardiaca, fortalece el sistema inmune y nos protege frente al estrés. Según sus investigaciones, el altruismo tiene efectos fisiológicos reales, medibles y tangibles en la mejora de nuestra salud y felicidad.

La conexión es medicina biológica y emocional. Por eso siempre digo que la medicina de la vida es el amor.

También la neurociencia social ha encontrado que el cerebro humano está cableado y diseñado para conectar. La oxitocina, llamada hormona del vínculo, se libera en actos tan cotidianos como ayudar en gestos sencillos a cualquier persona —cediendo el asiento o el paso con una actitud amable y una sonrisa, dando un abrazo de corazón a corazón—, o simplemente escuchar con presencia y sin juicio, lo que contribuye tanto a tu salud general que si lo supiéramos como sociedad, en lugar de aislarnos y desconectarnos, iríamos buscando vínculos de calidad y ofreceríamos el amor que somos: es más, lo incluiríamos como una asignatura escolar.

Al contrario de lo que se pensaba no hace tanto, nuestro sistema nervioso no solo busca sobrevivir, sino vincularse. Como diría el neurólogo Stephen Porges, «la seguridad relacional es una necesidad biológica, no un lujo emocional».

¿Por qué vincularnos es una necesidad biológica?

«La conexión nos da la vida» no es solo una frase hecha, es una realidad. Somos fruto de la unión de dos células que se conectan para crear un ser humano. La conexión es una parte esencial en nuestra biología; sin vínculos, el ser humano, hoy en día, no puede existir.

Desde que nacemos, nuestro cuerpo lo pide, lo llora desde que es un bebé y lo grita antes de tener incluso lenguaje: necesitamos al otro.

Nuestra supervivencia depende de que nos cuiden. El bebé humano, el más indefenso de toda la naturaleza, no puede sobrevivir él solo ni unas horas. Y eso no cambia del todo al crecer. Porque veremos cómo cambian las formas y los tipos de necesidad, pero no la esencia de necesitar al otro; como adultos somos seres interdependientes, algunas cosas las podemos hacer solos y de manera autosuficiente, pero para otras necesitamos a un otro que esté a nuestro lado, con el que sintamos un vínculo cercano.

Como especie, el ser humano sigue necesitando ese sostén más allá de la infancia, aunque después sea en forma de palabra, abrazo, mirada o reconocimiento. Recuerda una vez más: atención y amor, eso es lo que necesitamos.

Y de ahí la importancia de este libro, de volver a algo que hemos perdido o estamos perdiendo a gran velocidad y que está creando una sociedad enferma, aislada, sin rumbo ni sentido; sencillamente es falta de amor, solo es falta de vínculo, solo hay que atreverse a amar, dejarse amar y arriesgarse al duelo que ello puede implicar.

Se nos ha olvidado que tan solo era necesario no desvincularnos, reaprender a conectarnos, volver a nuestra esencia de estar vinculados, establecer relaciones sanas en nuestras familias, en nuestros trabajos y en nuestra sociedad. Porque la mayor parte de la energía que perdemos a diario se debe a conflictos interpersonales que se pueden subsanar más fácilmente que las enfermedades que pueden aparecer fruto del resentimiento, el rencor, la discordia y el desamor.

Vincularnos no es un lujo emocional ni un extra opcional para personas sensibles. Es una necesidad biológica básica, como el agua o el oxígeno. Nuestro cerebro está cableado para la relación. No solo tiene áreas sociales específicas, como el córtex prefrontal medial o las neuronas espejo, que nos ayudan a la empatía, sino que además nuestro sistema nervioso se regula a través de la conexión con otro sistema nervioso. Literalmente: nos calmamos en presencia del otro, por eso es tan importante el vínculo humano.

La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby, fue pionera en esto, y demostró que el vínculo seguro con una figura de apego no solo ofrece consuelo emocional; también regula el estrés, favorece la exploración con seguridad en los niños y configura la estructura del cerebro infantil. Y lo más interesante es que esta importancia del apego no se limita a la infancia, ni se queda anclado en ella, sino que se sigue desarrollando el resto de nuestra vida.

Hoy sabemos que los adultos también necesitamos figuras de apego estables y seguras: parejas, amigos, terapeutas…, personas que nos ofrezcan una base segura.

Y también sabemos que el contacto humano reduce la producción de cortisol, que es la hormona del estrés y aumenta la oxitocina, que es la hormona del vínculo y activa redes cerebrales de calma y seguridad.

¿Qué tiene que ver la soledad, la salud mental y la inmunidad emocional?

La soledad no deseada no solo duele: enferma y mata.

La neurociencia ha demostrado que el aislamiento social crónico activa las mismas regiones cerebrales que el dolor físico: la corteza cingulada anterior y la ínsula. Estar solo duele, literalmente, y no, no es un dolor metafórico, sino que produce cambios físicos internos evidentes: genera inflamación cerebral y física, eleva el cortisol y disminuye la inmunidad, con la consiguiente alteración y destrucción de nuestras células sanas. Rechazo, abandono, desconexión… no son solo palabras, son experiencias que dejan una huella cerebral y corporal.

Una curiosidad acerca del dolor físico y emocional y de cómo ambos están conectados se obtuvo a través de un experimento que se realizó con paracetamol —sí, el analgésico—, y mostró que quienes lo tomaban sentían menos dolor emocional tras ser excluidos en un juego virtual llamado Cyberball. ¿Por qué? Porque se atenuaba la misma red neural relacionada con el dolor físico. Increíble, ¿verdad? Hasta la ciencia confirma que el desamor y el desafecto duelen físicamente.

La conexión no es un capricho emocional, es una necesidad fisiológica real.

En un metaanálisis que analizó a más de trescientas mil personas durante décadas, se encontró que la falta de relaciones sociales se asocia con un aumento del 50 por ciento en el riesgo de muerte prematura. Sí, has leído bien, la soledad mata más que la obesidad o el tabaquismo.

Además, cuando no tenemos espacios donde ser vistos, escuchados o amados, nuestra inmunidad emocional se debilita. Y esto de la disminución emocional significa que nos volvemos más reactivos, más ansiosos y más desconectados de nosotros mismos, y como consecuencia, recelosos, desconfiados, miedosos y más desconectados de los demás.

¿Te suena esa sensación de no poder parar la mente, de no saber quién eres o qué sientes? Pues te diré que muchas veces no es un problema interno, es la ausencia de un espejo humano en el que reflejarte y de un vínculo con el que conectarte.

El contacto afectivo nos conecta al amor, pero también a la calma, al sentido de pertenencia y a la salud general.

¿Qué tienen que ver las relaciones con la longevidad y el bienestar general?

Ya vimos en la introducción que el predictor más potente de una vida larga y feliz no es el dinero, ni la fama, ni la genética, sino la calidad de tus relaciones. Lo demuestra el Estudio de Harvard sobre el Desarrollo de Adultos (Harvard Study of Adult Development), uno de los más largos de la historia, que ha seguido a cientos de personas durante más de ochenta años.

«Las buenas relaciones nos hacen más felices y saludables».
Robert Waldinger, psiquiatra y director del Estudio de Harvard sobre el Desarrollo de Adultos

Del estudio se obtuvieron conclusiones muy impactantes —pero de puro sentido común si pensamos en nuestra especie—: quienes se sintieron queridos a lo largo de su vida, y no solo en la infancia, comprendidos y conectados, no solo vivieron más, también vivieron mejor. Tuvieron menos enfermedades, más resiliencia, mejor memoria y mayor satisfacción vital. ¿Cómo te quedas?

Y esto entonces, ¿cómo lo explicamos desde la biología? Sabemos que la conexión social regula el sistema nervioso autónomo, mejora la inmunidad y protege el corazón literal y metafóricamente. El afecto sostenido baja la presión arterial, disminuye la inflamación y activa genes que nos protegen frente al envejecimiento celular.

Y no solo eso, el afecto recibido modifica la expresión genética de los receptores del estrés, lo que significa que ayuda al cuerpo a adaptarse con mayor serenidad a los desafíos.

Somos wifis emocionales

Imagina que cada persona tiene un rúter interno. Cuando está encendido y conectado, emite señales emocionales de amor, calma, escucha. Pero si ese wifi interno se apaga por desconfianza, trauma o abandono, dejamos de emitir esas señales de conexión, y también dejamos de recibirlas. La buena noticia es que la señal se puede reactivar. Solo necesitamos entornos seguros donde volver a confiar, donde no ser juzgados por estar rotos, sino sostenidos mientras sanamos.

Conectarnos como acto de resistencia al individualismo, y como acto de amor propio con inteligencia

En un mundo que nos enseña a decir «Yo puedo solo», y que tiende a que queramos ser autosuficientes e independientes, conectarse se convierte en un acto revolucionario.

En las últimas décadas, el modelo neoliberal ha promovido un ideal de independencia que se parece demasiado al aislamiento. Se nos enseña que pedir ayuda es una debilidad y una derrota, que mostrar vulnerabilidad es una debilidad, y además, qué bochorno si, encima de humillarte para pedir o decir que necesitas algo, te dicen que no; a saber la herida que toca esto en cada interior.

Y sin embargo, te diré que al ser humano no le extraña ver a otro humano que pide, llora, necesita y abre su vulnerabilidad y corazón.

Además, la salud mental florece cuando nos sentimos sostenidos, acompañados, y no cuando nos sentimos autosuficientes.

En consulta, lo veo cada semana: personas cansadas de fingir que pueden con todo, agotadas de sostener la fachada de éxito, pero hambrientas de un abrazo real, una escucha sin juicio, un «Te comprendo, yo también he estado ahí». Personas con un profundo sentimiento de soledad, tan letal que igual no se mueren mañana, pero sí van muriendo de pena un poco cada día.

Abrirse a otros es exponerse a ser tocado, visto y afectado. Pero también es recordar que no estamos solos en esta experiencia humana y que podemos ser muy felices y ganar salud y vida en el vínculo.

Me vienen a la cabeza muchos casos, pero tengo más reciente el ejemplo de una madre que llega con ansiedad a mi consulta y, en el fondo, lo que tiene es hambre de tribu (de familia unida), de grupo, de sentirse parte de algo, de encontrar un sentido a todo lo creado, de tener alguien con quien compartir las cargas invisibles de su día a día. Ella no se siente nada vista, y cada día está más triste y con más ansiedad. También recuerdo a un superejecutivo que no duerme bien, y no es solo por el trabajo, es porque no se siente querido si no rinde, produce o sostiene todo en una soledad emocional, y lleva una carga tan fuerte que su cuerpo le avisa con amagos de arritmias y anomalías cardiacas.

Conectarnos es resistir y eliminar la cultura del «Yo valgo solo si produzco». Conectarnos es volver al valor de ser, no solo de hacer, valgo por lo que soy. Y esto, en sí mismo, es un acto revolucionario y lleno de amor puro, por ti y por todos tus compañeros y por toda la sociedad.

EJERCICIO
MI CONTRATO VINCULANTE

Escribe tu compromiso contigo y con los demás. Algunas ideas:

— «Me abro a recibir apoyo sin sentirme débil».

— «Reconozco que mis relaciones son parte de mi crecimiento».

— «Elijo relaciones que me ayudan a ser más yo, no menos».

Las relaciones como vía de crecimiento y transformación

Las relaciones son un espejo y un taller. Nos muestran lo que aún no sabemos de nosotros, nos confrontan, nos alientan, nos desgastan, nos duelen y también nos reconstruyen y nos llenan.

No hay crecimiento humano sin vínculo. Como seres sociales, nos conocemos y reconocemos en la mirada del otro. Y cuando la relación es segura, sincera y presente, se convierte en una plataforma de transformación profunda.

El vínculo seguro permite que emerja el yo auténtico. Según el psicólogo Dan Siegel, las relaciones que nos ofrecen «presencia, resonancia y regulación emocional» ayudan a reorganizar incluso cerebros con historia de trauma. Por eso, conectar no solo es bonito y romántico, además es terapéutico, es necesario y es transformador.

Cada vínculo es una oportunidad de vernos, de decidir qué hacer con lo que sucede, una oportunidad de sanar o de alejarnos, pero siempre con amor por nosotros mismos.

La conexión, entonces, es un laboratorio humano. En ella se entrenan la empatía, la compasión, la autorregulación, la humildad, la escucha activa. Cualidades que no solo mejoran nuestra vida personal, sino que tienen el poder de cambiar la sociedad.

Fíjate si es importante la sintonía y la conexión emocional que existe un concepto que se llama sincronía relacional, que es cuando dos personas respiran al mismo ritmo o sus pupilas se dilatan en sintonía. Ha sido medida en estudios con escáner cerebral y se ha visto que, cuando dos personas se sienten conectadas, sus ondas cerebrales tienden a sincronizarse. Literalmente, conectar a nivel emocional es conectar a nivel cerebral.

EJERCICIO
CADENA DE CUIDADOS

Piensa en tres personas a las que hoy podrías hacerles un gesto de conexión:

— Una palabra amable a alguien que esté luchando.

— Un mensaje a esa amistad que se ha enfriado.

— Un «Te escucho sin juicio» a alguien que lo necesite.

Importante: la consigna es clara: conectar sin esperar nada a cambio. Solo sembrar.

RECUERDA

En tiempos de soledad global, volver a mirar, tocar, abrazar y sentir juntos es un acto revolucionario de responsabilidad social y también un acto de salud pública. Porque la conexión no solo nos reconforta, nos salva la vida.

Conectar es volver a casa. A esa parte nuestra que no quiere más likes digitales, ni más mensajes de teléfono, sino miradas reales y presencia pura. Conectar no nace de buscar más perfección, sino presencia. Conectar no necesita más éxito, sino sentirse suficiente y amado.

La conexión es nuestra forma de resistir en un mundo que aísla, consume y disocia nuestras partes más esenciales y humanas, y así nos enferma, por ir contra nuestra naturaleza.

Conectarse es nuestra manera de decir: «No estás solo, y yo tampoco».

Y esa frase tan sencilla puede cambiar una vida entera.

2

El cerebro social

No hay nada más terapéutico que sentirnos seguros en presencia de otro. Porque el vínculo no solo nos calma, nos repara desde lo más profundo de nuestro ser.

Desde el primer aliento, somos mamíferos sociales. No traemos instrucciones, pero sí una necesidad impresa en la piel: vincularnos para vivir. Lo que nos sostiene no es solo el alimento, es la mirada de otro que nos reconoce. Eso que parece tan simple hace que existamos, que seamos vistos, empezando por las primeras necesidades fisiológicas de hambre, sed, cuidados y atenciones físicas, y siguiendo por las emocionales de afecto, cariño y reconocimiento.

Por eso es tan importante una sencilla caricia, y hoy ya la ciencia ha confirmado que una voz es capaz de calmarnos.

Construimos nuestro mundo a través de un vínculo.

Y esta no es solo una metáfora bonita. Es neurociencia, biología y pura esencia humana.

Tenemos un cerebro hecho para relacionarse

Si aislamos un cerebro humano y lo observamos en imágenes de resonancia magnética funcional, veremos algo curioso: muchas de sus redes más activas no están diseñadas para tareas mecánicas ni operaciones abstractas, sino que están sobre todo hechas para comprender y predecir a los demás.

No nacemos con un cerebro individualista, y esto nos vuelve a confirmar que somos una especie profundamente social y necesitamos a los otros.

En palabras de Matthew Lieberman: «El cerebro humano está tan hambriento de conexión como de comida».

Lieberman, psicólogo y neurocientífico estadounidense, profesor en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), es uno de los fundadores de la neurociencia cognitiva social, disciplina que estudia cómo procesa el cerebro la información social y cómo esto influye en nuestros pensamientos, emociones y relaciones. Es tan importante que el ser humano esté conectado por muchas razones:

  1. Conexión como necesidad primaria. Lieberman sostiene que no somos individuos aislados, sino seres sociales cuyo cerebro está configurado para buscar y mantener conexiones con otros. Esta predisposición está integrada en nuestro sistema nervioso.
  2. La conexión social es recompensada por el cerebro. El cerebro responde a interacciones sociales positivas de forma similar a las recompensas físicas o placenteras.
  3. El aislamiento o rechazo activa sistemas de alerta en el cerebro. Cuando nos sentimos socialmente rechazados o aislados, se activan redes neuronales que se superponen con las zonas que procesan dolor físico.
  4. Incluso cuando parece inactivo, el cerebro piensa en otros. Querer saber cómo piensan otras personas, sentir empatía o anticipar interacciones sociales consume gran parte de la actividad de nuestro cerebro, incluso cuando estamos descansando.

La neuroquímica del vínculo

El apego no es una invención romántica, es una estructura cerebral. Gracias al trabajo de investigadores como John Bowlby y Mary Ainsworth, sabemos que el ser humano necesita un «otro significativo» como base segura para explorar el mundo. Pero lo que ellos intuyeron y luego observaron en estudios de conducta desde la psicología hoy se confirma desde la neurociencia.

Cuando una madre responde al llanto de su bebé, se activa el núcleo accumbens, que es una región del cerebro implicada en el sistema de recompensa. El contacto piel con piel, el olor y la voz activan en ambos, madre y bebé, la liberación de oxitocina, también llamada popularmente la hormona del amor o de la confianza. La oxitocina no solo promueve el vínculo, también reduce el estrés, disminuye la presión arterial y favorece la conducta prosocial, aquella que beneficia a otros y que tiene consecuencias sociales positivas.

Fíjate si es importante la oxitocina y si estamos diseñados para conectarnos entre nosotros y establecer buenos vínculos que esta aparece cuando hay esa conexión que tanto hemos olvidado y necesitamos recuperar, y además nos premia por

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