Capítulo I
Salí de la ducha con la emoción de afrontar otra abominable semana. Me envolví con la toalla y, frente al espejo, cepillé mi melena. Al levantar el brazo, la toalla se deslizó, cayendo involuntariamente al suelo, y el reflejo de mi cuerpo, desnudo, quedó expuesto ante mis ojos. Hacía mucho tiempo que no lo examinaba, y la imagen que se dejaba ver bajo el vaho del cristal me impresionó. Era más desagradable de lo que recordaba.
Mis firmes pechos de antaño se habían descolgado, en caída libre, hacia el abdomen, desafiando la elasticidad de mi piel. Con las dos manos agarré mi flotador de lorzas mientras me acercaba para apreciar su volumen con mayor precisión. Sin duda, había aumentado.
La báscula podría darme la confirmación, pero ¿realmente hacía falta? No era necesario pesarme para saber que, años atrás, apenas podía pellizcar un minúsculo pliegue.
¿En qué momento me abandoné? No conseguía acordarme de cómo empezó. Supongo que fue algo gradual, nunca dije «a partir de hoy voy a pasar de todo». Sería una evolución lenta en la que dejaría de valorarme, y el resto vendría solo: comer compulsivamente, fumar, beber y vivir en el sofá.
Al principio todavía era consciente del declive, sin embargo no lo detuve y permití que avanzara. Pensaba que era joven y poco importaba, que ya tendría tiempo para cuidarme más adelante.
Preferí eludir la evidencia y justificar mis excesos creyendo que no existía solución. Seguramente estimé que era tarde para enmendarlo y seguí haciendo lo que me dio la gana, con el pretexto de que la vida son cuatro días, hasta llegar a la penosa situación en la que, sin haberme enterado del proceso, me encontraba frente al espejo contemplando mi horrible aspecto y preguntándome en qué momento me abandoné.
Sí, creo que ocurrió de esa manera.
Me vestí con celeridad, porque una vez más iba con el tiempo justo. Cogí del armario los vaqueros azules, que se habían convertido en habituales, y la blusa negra, que era una de las pocas que todavía me servía; apretada, pero entraba.
Si desayunaba llegaría tarde, pero no podía ir a trabajar con el estómago vacío. Llené un tazón de leche, volqué sobre este el bote de cereales y le añadí un par de magdalenas, desmigándolas con los dedos. Después de engullir el cóctel, partí un pedazo de bizcocho para el camino.
Trabajaba de camarera, cocinera o lo que se terciara, en un bar próximo, a diez minutos andando, y esa caminata era todo el ejercicio que realizaba, más por la falta de aparcamiento que por voluntad propia. Parecía una travesía cercana, no obstante, cuando llegaba, antes de entrar, tenía que sentarme en el umbral del portal de al lado a reponerme. Como solía, encendí un cigarro con la ingenua creencia de que me ayudaría a aliviar el cansancio.
Era el último cigarro, y eso sí me preocupó; de nuevo tendría que comprar. Con el precio al que se había puesto el tabaco, no me podía permitir dos cajetillas diarias, tenía que reducir el consumo si quería llegar a fin de mes.
Apagué con mi pie derecho la colilla. Había llegado el peor momento del día o, mejor dicho, de la semana, porque encima era lunes. Entrar me resultaba un martirio: volver a verle la cara a mi jefe; escuchar a los clientes «perennes» que compartían mi horario; atender las mismas mesas, la misma cocina, la misma rutina.
Escruté el reloj, comprobando que llegaba veinte minutos tarde y, como siempre que estaba frente a esa puerta, dudé entre cruzarla o darme la vuelta y regresar a casa.
Luchando contra la tentación, otra vez escogí la primera opción, y ya iban dos años cediendo.
—¡Llegas tarde, Alicia! —espetó Matías, nada más verme.
—Había mucho tráfico —ironicé.
—Venga, ponte el delantal, y rapidito.
Empezar la mañana escuchando a mi jefe era similar a recibir una patada en el trasero. No soportaba su tono de voz, sus consejitos, sus advertencias…, su aliento. Eso es lo que más repulsión me daba, el nauseabundo aroma que salía de su boca. Intentaba mantener la distancia en las conversaciones, pero a él le encantaba acortarla y hablarme a escasos centímetros, como si estuviera sorda.
Curiosamente, su relación con los otros dos camareros era muy diferente, con ellos mantenía un trato más dócil, les pedía las cosas con delicadeza, bromeaba y, sobre todo, no era tan pesado.
Aunque también resultaba comprensible, teniendo en cuenta que, por un lado, estaba Gabriela, con su sonrisa impostada, a quien parecía que pagaran por ser feliz. Una monada de veinte años con unos atributos físicos que le otorgaban el don de la seducción, siempre luciendo el modelito perfecto, con una blusa tan ajustada como la mía, aunque con diferente resultado visual, lo que no pasaba inadvertido para los clientes «perennes», a los que tenía arremolinados alrededor de la barra. Además, contaba con el complemento de su dulce inocencia, que la eximía de responsabilidad. Ella no cometía errores, solo despistes; sin embargo, la que tenía que arreglarlos era yo, cuando no se enteraba de las comandas, me pedía platos repetidos o equivocados.
Luego estaba Marcelo, al que solo le faltaba botar. Todo el día haciéndole la pelota al jefe: «No se preocupe, voy enseguida», «por supuesto, faltaría más», «lo que usted ordene». Un obediente perrito faldero.
Junto a ellos, yo cerraba la plantilla, encargándome en especial de la cocina, lo que conllevaba cargar con todas las broncas y ningún cumplido. Si la comida salía bien, era lo esperable; si salía mal, era imperdonable.
Aunque, últimamente, a juzgar por la frecuencia de las contiendas, daba igual que estuviera bien o mal, la discusión era un clásico ineludible. Todo el respeto que mis compañeros le profesaban a Matías, se lo había perdido yo. Cada vez me callaba menos, le contestaba con desdén y no ocultaba mi desconsideración.
A las once de la mañana, aprovechando que el turno de desayunos había finalizado, abandoné la cocina y, de la máquina expendedora, extraje una caja de cigarrillos que no pasó desapercibido para mi radio particular.
—¿Ya estás con el vicio? —dijo Matías.
Resoplé.
—No solo te estás perjudicando la salud, sino que tengo que aguantar que pierdas el tiempo con tus constantes salidas.
—Te recuerdo que es la primera vez que salgo —rebatí.
—Si encima te voy a tener que dar las gracias por llegar tarde y trabajar dos horas de forma continuada —recriminó.
Haciendo caso omiso, me dirigí a la puerta y abandoné la tediosa tabarra, reuniéndome con el único compañero que no me incordiaba: el colindante umbral, que me esperaba ofreciendo su apoyo. Encendí un cigarro y lo acogí en mi boca, sorbiendo una profunda calada, seguida de una prolongada exhalación que fue reparadora, liberó el estrés que Matías me provocaba y me hizo disfrutar de unos minutos de paz.
Terminado el reconfortante intervalo, regresé a la cocina dispuesta a afrontar la peor parte, ya que me tocaba preparar los menús del almuerzo para que, a las dos de la tarde, cuando los operarios de la obra de la esquina hicieran su descanso, estuviera todo listo, pues solo contaban con una hora para comer y no podía demorarse el servicio.
La franja horaria de las comidas, sin duda, era la de más tensión, porque tenía que estar pendiente de mi trabajo y del de los demás.
—¡¿Dónde se ha metido Gabriela?! —vociferé.
Me ponía muy nerviosa estar esperando, con un plato en la mano, a que viniera a recogerlo.
—¡¿Quieres venir?! ¡Que se va a enfriar el arroz! —reclamé, aumentando el volumen.
—Haz el favor de no gritar, que los clientes no tienen por qué enterarse de lo que pasa en la cocina —demandó Matías, gesticulando con las manos.
—¡Como siempre, la culpa será mía! —protesté, dejando caer el plato sobre la barra con desaire—. No te preocupes que no se van a enterar, porque no pienso volver a salir de la cocina. Si las raciones llegan frías o tarde, no es mi problema —zanjé, regresando con brío a mi puesto.
Para colmo, las patatas se habían chamuscado durante mi ausencia, avivando esto mi cólera.
—¡Si es que soy idiota! Que se apañen ellos, igual que hago yo. —Proseguí con mi retahíla mientras retiraba la sartén del fuego—. Y encima me dice que no grite… ¡Gritaré cuando quiera! —clamé, con la intención de que me oyera todo el bar.
De la nevera cogí una botella de vino tinto, vertí el contenido en un vaso, hasta el borde, y lo vacié en mi gaznate con la misma celeridad con la que lo había llenado. Estaba harta, tensa e irritada; si no podía fumar, tenía que recurrir a otra alternativa para calmarme.
Sobre las tres y media de la tarde, el trabajo estaba prácticamente hecho, y eso se notaba en mi ánimo, aligerando la excitación soportada. Solo quedaba fregar, recoger… y largarme.
A esa hora también aprovechaba para comer. El menú era tan sencillo como variado, ya que podía escoger lo que me apeteciera entre el excedente de comida preparada. Estaba en ayunas desde el desayuno, por lo que me valía cualquier cosa. Y eso hice, zampar a mi antojo: unas croquetas que habían devuelto, un bocadillo de lomo que sobró, un poco de jamón y queso…, dedicándole una atención especial a los postres.
Con el estómago henchido, terminé de colocar los utensilios y enseres utilizados, fregué el suelo de la cocina, me despojé del delantal, lanzándolo a la encimera, y velozmente me alejé de ese inhóspito lugar en dirección a la salida.
—Ahí os quedáis. Hasta mañana —pronuncié.
—Eres la última en venir y la primera en marcharte —comentó Matías, poniendo su puntilla.
Un portazo al salir fue mi única réplica.
Por fin podía respirar el aire de la calle y el humo de un nuevo cigarro, de camino al lugar donde más me gustaba estar, por no decir el único, ya que mis días oscilaban entre el trabajo y el hogar. Mi vida social era inexistente; la suplía conectándome a la de los demás. Aunque para eso no hacía falta salir, me bastaba un teléfono móvil para entretenerme con publicaciones, historias y estados ajenos.
Accedí al interior del portal y apreté el botón del ascensor, pero este no se inmutó. Lo que me faltaba, subir a un tercer piso por las escaleras, farfullé con resignación.
Entré a mi apartamento jadeando, con la reserva de energía al límite. Me dirigí directamente al baño, ansiando una refrescante ducha que apartara el sudor de mi cuerpo y, al término, recogí mi cabello con un coletero, me puse el pijama y avancé hasta el salón, buscando desesperada el sofá.
No me eché la siesta, más bien perdí el conocimiento hasta las siete de la tarde; una consecuencia derivada de mi tirria al despertador. Me levanté con la boca seca. Con un esfuerzo titánico logré incorporarme, desplazándome hasta el frigorífico para hidratarme con una generosa copa de vino, y otra vez me encaminé al sofá para recuperar la inicial posición supina.
De modo contradictorio, cuanto más descansaba, más cansada estaba. Daba por hecho que era así en general, porque cuanto más comía, también tenía más hambre y cuanto menos hacía, menos quería hacer. Mi rutina estaba regida por movimientos automatizados que apenas implicaran actividad, como deslizar mi dedo índice por la pantalla del móvil; ese lo dominaba a la perfección.
Al menos, cuando estuve viviendo en Madrid, salía algunas veces con compañeras de trabajo y los vinos me los tomaba fuera, pero desde que había regresado a este aburrido lugar en el que nada ocurría, la fobia social se había instalado en mí y rechazaba cualquier posibilidad de interacción. Me sobraba la gente.
No me apetecía ver a nadie si no era a través de una pantalla, desde la seguridad de la distancia, desde el anonimato. Ejercía de observadora indiscreta, limitándome a criticar, envidiar o juzgar otras vidas en lugar de preocuparme por la mía. Exploraba fuera lo que no encontraba dentro, buscando una chispa de emoción en experiencias externas, y es que cualquier otra vida me parecía más interesante.
El rugido de mis tripas me advirtió de que era hora de cenar y repetí el manido itinerario hasta la cocina, pues lo único que lograba movilizarme eran las funciones fisiológicas básicas.
Abrí la nevera, escudriñando las posibilidades, debatiéndome entre una pizza congelada o un pollo relleno, envasado con salsa y patatas incluidas, que solo requería de un breve paso por el microondas. Esa opción era difícil superarla: calentar unos minutos y servir. Bastante tiempo invertía cocinando en el bar como para continuar haciéndolo en casa. Sin duda, el microondas y la comida precocinada eran dos inventos infravalorados.
Regresé al sofá y encendí la televisión. Aunque aumentó el tamaño de la pantalla, no cambió demasiado el contenido: personas desconocidas en un plató discutían sobre vidas ajenas, desmenuzando fracasos o éxitos que no les pertenecían.
Refugiándome en una absurda espiral de morbosa observación, me entretuve enmascarando la monotonía de mi propia existencia, hasta que la madrugada asomó y la presión en mi pecho comenzó a perturbarme. Noté una angustia sutil que me recordaba que había llegado el momento de retirarme a la cama y quedarme realmente sola, desprovista de la compañía de otras vidas que aliviaran el vacío de la mía.
Durante la noche, me desprendía de la armadura defensiva que portaba por el día y se destapaba mi fragilidad, resistiendo el peso abrumador del silencio.
Capítulo II
Entreabrí el ojo izquierdo y divisé en el reloj que eran las nueve de la mañana. Una hora tarde y todavía seguía en la cama. Sobresaltada, me levanté con una agilidad impropia. De nuevo agarré los vaqueros azules y la blusa negra, que reposaban sobre una silla, y me enfundé mi particular uniforme.
El ascensor continuaba estropeado, así que descendí las escaleras a toda la velocidad que mi pesado cuerpo me permitió. Al salir a la calle, comprobé que tenía tres llamadas perdidas del bar. Estando ya de camino, me resultaba más productivo inventar una excusa que devolverlas.
Llegué con el corazón desbocado como consecuencia del acelerado transitar. En el exterior del bar me detuve, tratando de recuperar el aliento antes de entrar. Me asomé discretamente por el cristal, observando a Matías, que estaba sentado en un taburete, absorto, ordenando papeles. En el instante en que me disponía a empujar la puerta, se levantó y se internó en el almacén, brindándome la oportunidad de aprovechar su ausencia. Con cuidado de no hacer ruido, crucé el local deprisa y llegué a la barra, donde se encontraba Marcelo, que me miró sorprendido.
Ubiqué mi dedo índice en los labios, y le di a entender que necesitaba su silencio. Finalmente alcancé mi destino: la cocina. Me puse el delantal, que aguardaba sobre la encimera, y agarré la escoba de inmediato, más para disimular que para barrer.
A los diez minutos, Matías asomó.
—Buenos días, no te he visto hoy —comenté al verlo, fingiendo casualidad.
No dijo nada, solo levantó el brazo para mirar su reloj.
—¿Por qué una hora y media tarde? —preguntó con un tono sereno que me descolocó.
—Eeeh, esto…
Con las prisas, se me había olvidado fabricar una excusa.
—Me he quedado dormida —confesé.
Contra todo pronóstico, Matías mantuvo una inusual calma. Esperaba un grito o una reprimenda; sin embargo, no hubo ninguna objeción. Simplemente me miró a los ojos y, después, se marchó, dejándome con una mezcla de alivio y confusión.
Terminó la hora de los desayunos y, aunque anhelaba un cigarro, decidí declinar la pausa para no caldear más el ambiente. La mansa reacción de Matías había sido desconcertante. Acostumbrada a sus explosiones por nimiedades, no podía entender que se quedara impasible ante una falta que revestía gravedad.
Pronto lo comprendería.
—¿Tienes cinco minutos? —requirió Matías desde la entrada de la cocina.
—Sí, claro.
¿Era mi jefe el que me estaba pidiendo permiso? Esto me hizo pasar de la sorpresa a la preocupación.
—Llevas dos años aquí y no es fácil para mí tomar esta decisión, pero la situación se ha vuelto insostenible —indicó—. Llegas tarde, estás malhumorada, faltas el respeto a tus compañeros…, bueno, y no solo a ellos —añadió, señalándose—. Últimamente no se te puede decir nada, siempre estás a la defensiva. No haces caso a lo que se te pide, incluso algunos clientes se han quejado de tu trato.
—Vaya, ¿entonces no hago nada bien? —inquirí, ofendida.
—Sí, hay cosas que haces bien, eres buena cocinera —reconoció—, pero el bar se ha convertido en una olla a presión y no quiero estar todo el día discutiendo contigo ni que exista un mal rollo constante, porque, como habrás comprobado, con Marcelo y Gabriela no sucede.
La comparación me dolió.
—Pues pon a Gabriela en la cocina, a ver si es capaz de freír un huevo.
—No sabe cocinar, aunque hace otras cosas —defendió.
—Cocinar no, pero calentar a los clientes sí se le da bien.
—¡Te estás pasando! —advirtió Matías, mostrando su dedo índice.
No lo rebatí, porque me di cuenta de que tenía razón. Aun así, era incapaz de otorgársela; mi orgullo era soberano y callarme era la única forma que conocía de pedir perdón.
—No quiero iniciar otra trifulca contigo —dijo Matías, serenando el tono—. Me sabe fatal, pero no veo otra opción.
¿Va a anunciarme lo que estoy imaginando? ¿Me está despidiendo?, me pregunté, ofuscada.
—Te pagaré el finiquito que te corresponda…
Pues sí, me está despidiendo, confirmé.
—Puedes terminar, si te parece bien, lo que queda de mes y, sintiéndolo mucho, después no quiero que continúes trabajando aquí —finalizó.
Enmudecí al oírlo. Sabía que había tensado demasiado la cuerda y, a tenor de mi actitud, no debería extrañarme. Sin embargo, no sospechaba el desenlace. Estúpida de mí, me consideraba imprescindible, como si alguien lo fuera, menos aún una cocinera cabreada.
Durante el resto de la jornada proseguí silente, dejando escapar las palabras estrictamente necesarias, acallando mi consabida monserga. De nuevo aparté la armadura y volví a dejar al descubierto mi fragilidad, circunstancia que aprovechó un invitado especial que siempre se las arreglaba para aflorar en los momentos delicados: el miedo.
Miedo a lo que me depararía el futuro.
Necesitaba el trabajo, necesitaba el dinero y necesitaba huir. Sin dudarlo, me esfumaría y regresaría a Madrid, si no fuera por la única razón que me amarraba y me mantenía anclada aquí: ella.
Por la tarde, cuando salí de trabajar, me acerqué a verla. Solía hacerlo los martes, jueves y sábados, una secuencia programada que se asemejaba a otra jornada laboral.
Atravesé el patio de acceso. Un remanso de armonía, con hermosas flores, árboles frutales, senderos para caminar y el trino de los pájaros, simulando una paz que solo encubría la sensación de desconsuelo que te envolvía al cruzar la entrada del edificio principal.
—Buenas tardes, Alicia —saludó Alfonso, uno de los cuidadores de la residencia—. ¿A ver a tu madre?
Menuda pregunta, pensé. No podía imaginar otro motivo para entrar en esa horrorosa prisión.
—Está en el salón —informó—. Se pondrá muy contenta al verte.
—Seguro que sí —respondí con sutil ironía.
Alfonso me acompañó hasta ese usual emplazamiento, donde era previsible hallarla.
—Hola, Amparo, traigo visita —indicó Alfonso.
Mi madre desvió la mirada, apartándola de la ventana.
Me observó fijamente, apuntándome con unos ojos que carecían de expresión. Daba la impresión de que mi identidad se vislumbraba en medio de una neblina. No reveló sorpresa ni alegría, solo el desconcierto de no distinguir quién estaba delante.
—Aquí está su hija, que ha venido a verla —pronunció Alfonso, hablándole lentamente, persiguiendo su comprensión.
—¿Mi hija pequeña? —preguntó ella, insegura.
—Eso es, la pequeña Alicia —ratificó Alfonso, al mismo tiempo que me guiñaba un ojo, pues sabía perfectamente que en realidad era hija única—. Bueno, os dejo juntas, que tendréis muchas cosas que contaros.
Me senté frente a ella y, después de preguntarle cómo se encontraba, algo que era fácil de intuir, se me acabaron las palabras.
Saqué el móvil y me puse a revisar lo mismo que ya había revisado hacía veinte minutos, siendo ella quien inició el interrogatorio.
—¿Lo has visto? —indagó.
—¿A quién? —sondeé sin levantar la mirada del teléfono.
—A mi novio.
—No, no lo he
