Índice
Cuentos completos
Introducción
Cuentos misceláneos
I. La medalla
II. La almenara
III. La plancha
IV. Curro y la Triana
V. Una paella en Marruecos
VI. Teresa
VII. El callejón de Cristo
VIII. Un español en Hertfordshire
IX. Cleptomanía
X. Una comida nostálgica
XI. Variaciones sobre un mismo tema. Bajo la piel. II
XII. Variaciones sobre un mismo tema. Bajo la piel. III
XIII. Sin título I
XIV. Sin título II
XV. Sin título III
XVI. Sin título IV
Valor y miedo
I. La tierra
II. Servicio de noche
III. Coñac
IV. Bombas en la huerta
V. Proeza
VI. Carabanchel
VII. Las botas
VIII. Sol
IX. Juguetes
X. El sargento Ángel
XI. Las manos
XII. La mosca
XIII. En la sierra
XIV. Los chichones
XV. Refugio
XVI. Héroes
XVII. Piso trece
XVIII. Argüelles
XIX. Esperanza
XX. Plaza de España
El centro de la pista
I. El testamento
II. Madrid entre ayer y hoy
III. Física aplicada
IV. Las tijeras
V. El huerto
VI. Mister One
VII. La lección
VIII. El cono
IX. A la deriva (París, 1938)
X. Las islas mágicas
XI. Bajo la piel
XII. Agua bajo el puente
XIII. La rifa
XIV. El centro de la pista
Notas
Biografía
Créditos
INTRODUCCIÓN
Arturo Barea, que nació en Badajoz en 1897 y murió en Inglaterra sesenta años después, es conocido principalmente por su trilogía autobiográfica, La forja, La ruta y La llama, titulada de forma genérica La forja de un rebelde1. Sus otros escritos —crítica literaria, análisis político, historia contemporánea y artículos periodísticos— han sido poco apreciados en España hasta hace poco tiempo, porque, como exiliado republicano en Inglaterra, la gran mayoría de su trabajo apareció inicialmente traducido al inglés. Es más, gran parte de su obra jamás ha visto la luz en español. Esta carencia se ha visto subsanada con la publicación el año pasado de una selección de sus escritos en Palabras recobradas2. Esa colección no incluía sin embargo sus cuentos, aunque éstos constituyen una parte esencial del desarrollo, e incluso madurez, de Barea como escritor. No sólo sus esfuerzos literarios iniciales adoptaron la forma de relatos, sino que su primer y último libro adopta la forma de un conjunto de cuentos. De ahí la importancia de este libro, que reúne, por vez primera, todos los cuentos, publicados o no, de Arturo Barea.
Desde sus años de adolescente, Arturo Barea abrigaba ambiciones literarias, pero las necesidades económicas de su familia y, en menor medida, su rechazo del mundo literario de Madrid, explican que no intentara perseguir la carrera de escritor. No obstante, de vez en cuando, y sobre todo durante su servicio militar en Marruecos en los años veinte, Barea produjo cuentos. El único que ha salido a la luz, «La medalla», de octubre de 1922, ha sido descubierto por el editor entre los papeles del archivo personal de Arturo Barea en Londres. Ya en este cuento, el primer trabajo literario conocido de Barea, se puede rastrear la impronta de su obra más madura en cuanto a honestidad emocional y poder descriptivo.
Debido a la penuria económica familiar, Barea, después de haber abandonado el ejército en 1923, tampoco trató de convertirse en escritor. Muy al contrario, consiguió un puesto de trabajo seguro y bien remunerado en el sector de las patentes, llegando a alcanzar el grado de directivo antes del estallido de la guerra civil en julio de 1936. El conflicto fratricida de 1936-1939 transformó la vida de Barea, tanto en términos profesionales como personales. Se convirtió en jefe de la Censura de Prensa Extranjera en el edificio de la Telefónica en la Gran Vía de Madrid. Ese trabajo, gracias al cual conoció a periodistas y escritores, e incluso a figuras internacionales tan relevantes como Ernest Hemingway y John Dos Passos, reintrodujo a Barea en el mundo literario. El deseo latente de Barea de escribir fue avivado no sólo por su labor como propagandista de la radio, encarnado en La Voz Incógnita de Madrid, sino por la influencia de su nuevo amor y futura esposa, la socialista e intelectual austriaca Ilsa Kulcsar, una lingüista brillante que empezó a trabajar como su ayudante a partir de noviembre de 1936. El propio Barea comentó después de la guerra que el factor decisivo en su decisión de escribir de nuevo fue el enorme estrés de su trabajo, que le empujó a componer cuentos como forma de terapia personal3.
El resultado de esta decisión fue la publicación, en agosto de 1937, de un cuento, «The Fly», en el diario inglés The Daily Express. Este hecho tiene un carácter profético, ya que, como exiliado republicano en Inglaterra, la mayor parte de su trabajo, incluso su obra maestra La forja de un rebelde, saldría primero traducido al inglés. De hecho, muchos de sus textos jamás aparecieron en español en el transcurso de su vida. A pesar de ello, «The Fly», aparecería como «La mosca» en el primer libro escrito por Barea: una colección de cuentos titulada Valor y miedo que se publicó en Barcelona en 1938 en la editorial Publicaciones Antifascistas de Cataluña. Con respecto a este trabajo, Barea reivindicó que fue el último libro en publicarse en la capital catalana antes de la entrada de las tropas nacionales a principios de 19394.
Hay que interpretar los cuentos de Valor y miedo tanto en términos de la labor de Barea como propagandista y censor de la República —de hecho, muchas de las narraciones aparecieron primero como artículos en su programa de radio— como en relación con el hecho de estar escribiendo en pleno conflicto bélico. En otras palabras, él consideraba sus relatos, al igual que sus programas radiofónicos, como un medio más de lucha contra el enemigo. En consecuencia, muchos de los cuentos son en gran parte sketches propagandísticos que exaltan la causa republicana en conflicto con las fuerzas «fascistas» de Franco. Por tanto, las historias no hablan de las limitaciones y divisiones dentro del campo republicano. En concreto, Barea no hace referencia a su relación cada vez más difícil con el PCE, la cual desembocó en su decisión de abandonar España en febrero de 1938.
Los cuentos reflejan muchos rasgos de su obra más madura. En primer lugar, el estilo, directo y conciso, exhibe una sensibilidad observadora muy aguda. En segundo lugar, los relatos se centran en la vida de la gente llana —y no en la de los líderes militares y políticos con los cuales Barea mantuvo contacto como censor— y en su lucha cotidiana por sobrevivir en circunstancias muy difíciles. Es decir, el deseo ferviente de Barea de contar la vida de las personas más ignoradas por la historia —las clases populares— es evidente desde el inicio de su carrera como escritor.
Barea tomó la arriesgada decisión de dedicar su vida entera a la literatura cuando llegó a Inglaterra a principios de 1939. El primer trabajo suyo que llamó la atención fue un cuento, «Un español en Hertfordshire», que apareció ese mismo año en la revista The Spectator. En los años siguientes, Barea se dedicaría a terminar La forja de un rebelde, la cual había empezado en 1938 durante su exilio en París, y, desde 1940, a dar, bajo el seudónimo de Juan de Castilla, una charla semanal sobre la vida británica para la sección de América Latina de la BBC. Al tiempo que realizaba estas actividades, Barea siguió produciendo relatos. Éstos se publicaron en un número variado de revistas, periódicos e idiomas, desde el inglés (en traducción, casi siempre, de Ilsa) al francés, alemán, danés, noruego y sueco. Algunos cuentos salieron en español, pero nunca se editaron en España.
Después de la muerte de Barea en 1957, su esposa, Ilsa, reunió una selección de sus relatos y logró publicarla en España, en el año 1960, en Ediciones Cid bajo el título de El centro de la pista. Debido por lo tanto a vicisitudes de la historia, los dos primeros libros publicados por Barea en su propio país fueron colecciones de cuentos. Si se compara el texto de El centro de la pista con la versión original, hoy en día en el archivo personal de Arturo Barea, es evidente que los censores franquistas no alteraron esta segunda, lo cual no deja de ser sorprendente. Una de las narraciones, «Agua bajo el puente», es un ataque explícito a la figura del cacique y, además, está enmarcado en la Segunda República. No obstante, la sublevación de los nacionales de 1936 representaba un intento de derrocar la República y mantener intactos los privilegios de la oligarquía agraria; es decir, de defender los intereses del terrateniente vilipendiado en el relato de Barea. Otros cuentos no tienen un carácter tan político, como «Agua bajo el puente», pero sí expresan una crítica social evidente. «El cono», «El testamento» y «El huerto», por ejemplo, representan una denuncia de las clases altas por su desdén hacia el trabajo manual5.
La publicación de El centro de la pista se explica en parte por las anomalías de la censura franquista, pero quizá también por la gradual evolución del régimen. De todos modos, hay que admitir que la aparición de El centro de la pista en España se debe asimismo al hecho de que este texto no tiene una naturaleza tan política como Valor y miedo o La forja de un rebelde.
Es curioso comprobar que los cuentos de El centro de la pista tienen muy poco que ver con la vida de Barea en Inglaterra, a pesar del hecho de que pasó 18 años —casi la mitad de su vida adulta— allí. De hecho, sólo una parte del relato «Las islas mágicas» se sitúa en su país de adopción. El resto, con la excepción del texto futurista «Bajo la piel», se ocupan de España6. En este sentido, los cuentos de Barea no hacen sino seguir la misma línea temática que sus novelas, crítica literaria, conferencias, y la historia contemporánea de Struggle for the Spanish Soul7. Una vez tras otra, Barea vuelve «al tema de España, su pasado y las causas de su guerra civil»8. En otras palabras, los cuentos reflejan el dolor de un hombre que luchaba por reconciliarse con un acontecimiento que le había convertido en un exiliado y, además, en un hombre desesperado por mantenerse en contacto con sus raíces. No es ninguna coincidencia que su última novela, de 1951, se llame La raíz rota.
Muchos de los cuentos de El centro de la pista son marcadamente autobiográficos. Al menos, la mitad de ellos, incluyendo «El testamento», «El huerto», «Madrid ayer y hoy», «La lección», y «A la deriva (París, 1938)» podrían haber formado parte de La forja de un rebelde. La historia que da a la colección su nombre, El centro de la pista, cubre un período en la vida de Barea que se sitúa entre La forja y La ruta. Este hecho, junto con la propia calidad del cuento, contribuye, de forma nada despreciable, a nuestro entendimiento del desarrollo personal de Barea. El cuento relata el conflicto interno del autor entre su lado artístico —el deseo de ingresar en un circo para poder trabajar como payaso— y su lado pragmático: el imperativo de asegurarse un empleo seguro, aunque aburrido.
La mayoría de los relatos autobiográficos, que incluyen «La lección», «Física aplicada» y «Madrid ayer y hoy», se centran en la infancia del escritor, subrayando su aspecto emocional y nostálgico, y revelan, además, junto con «Las islas mágicas», su capacidad lírica como escritor. Otros dos cuentos, «Las tijeras» y «La rifa», demuestran, tal y como hace la parte inicial de La forja de un rebelde, una simpatía excepcional por la difícil situación de los niños; «Las tijeras», sobre todo, narra una historia estremecedora basada en un acontecimiento real9.
«Bajo la piel» es una narración única dentro de la obra de Barea, dado que se trata de un cuento sobre un mundo futurista, y gira alrededor de los temas del racismo y los peligros de la ingeniería genética. Dada la singularidad, y además los golpes de efecto, de esta historia, resulta de gran interés incorporar a este volumen dos versiones no publicadas del mismo relato, las cuales se incluyen como «Variaciones sobre un mismo tema» en la sección de Cuentos misceláneos. En conclusión, Centro de la pista no sólo complementa la labor de Barea como novelista, sino que demuestra una dimensión distinta del autor como narrador de cuentos.
La naturaleza comprehensiva de esta colección reside en la inclusión de un apartado sustancial de cuentos misceláneos. Ninguno de estos relatos ha sido publicado en España. Aunque casi la mitad de los mismos ha aparecido en revistas y periódicos de Argentina, los Estados Unidos, Gran Bretaña, Austria, Alemania y los países escandinavos, el resto de los relatos no ha sido publicado jamás. Estas historias, en términos de su contenido, tienen muchísimo en común con las de Valor y miedo y El centro de la pista; es decir, se centran casi exclusivamente en España. Todos los cuentos, menos «Un español en Hertfordshire», «Una comida nostálgica», «Teresa» y las distintas versiones de «Bajo la piel», están ambientados en el país de origen de Barea. No obstante, «Un español en Hertfordshire» y «Una comida nostálgica» tratan de su exilio, mientras que «Teresa», aunque se desarrolla en Inglaterra, trata del trauma personal de la guerra civil. De nuevo, muchos de los relatos —alrededor de la mitad— complementan La forja de un rebelde. Un destacado ejemplo es el cuento largo, «Una paella en Marruecos», que se inspira en el servicio militar de Barea en Marruecos y, por tanto, podría incorporarse perfectamente a La ruta. Un ejemplo más claro aún es el relato «Una comida nostálgica», que supone una ampliación de un episodio de La llama10.
Al contrario de El centro de la pista, los Cuentos misceláneos dedican una sección notable a la España posterior a la guerra civil. Si «Teresa» disecciona las terribles secuelas humanas del conflicto de 1936-1939, «La plancha» recrea el ambiente suspicaz y de traición del Madrid postbélico. De los cuatro cuentos sin título, el primero, tal como la historia «Cleptomanía», hace uso del testimonio de Barea como agente comercial de un vendedor de diamantes durante la Primera Guerra Mundial, mientras que el segundo recurre a la experiencia del autor como militar y como testigo de la guerra civil. Por otra parte, los últimos dos relatos sin título, como la última novela de Barea, La raíz rota, se sitúan en la España franquista. En concreto, se trata de la relación de España con los Estados Unidos e incluye un retrato satírico del dictador.
Este libro, en conclusión, constituye la primera colección completa de los cuentos de Arturo Barea. Si se suman las narraciones jamás vistas en España a las que nunca se han publicado, está claro que los Cuentos completos amplían de manera nada desdeñable el conjunto de los escritos de Barea. De hecho, el volumen ofrece una visión más variada de su talento como escritor. Por otra parte, muchos cuentos complementan, elaboran o matizan la obra más grande de Barea, La forja de un rebelde. Es más, se puede argumentar que muchos de aquellos relatos tienen una calidad literaria parecida a la de la propia trilogía. Finalmente, este libro, junto con la versión de la Editorial Debate de La forja de un rebelde y la colección de escritos misceláneos de Palabras recobradas, de la misma casa editorial, representa la edición más comprensiva jamás vista de la obra de Arturo Barea. Además, Cuentos completos cumple un viejo deseo del propio Barea: que algún día se publicarían todos sus relatos en un solo tomo11.
NIGEL TOWNSON
CUENTOS MISCELÁNEOS
I
LA MEDALLA1
Entre todas las horas que, lentamente van midiendo la existencia del soldado en África, hay una diaria que goza del privilegio de ser la sola deseada por todos. Por el más humilde soldado y por el primero de los jefes esa hora es aquella en que el correo hace su aparición, es enorme, no ya larga ni pesada. Cuando se acerca, los nervios se tensan, y si pasa, cada minuto más de los calculados para que haga la aparición el cartero, son siglo de impaciencia y malestar que no domina nada. Se avizora a lo lejos el convoy y llega al extremo el ansia de salir de la incertidumbre: ¿Tendré hoy carta? Y minutos más tarde, son los gritos de alegría ante el cerrado sobre, o la cara amustiada ante la negativa del cartero, cara triste que dura poco, pues pronto la esperanza del mañana reanima los rostros que vuelven a ser joviales. Y el que no tuvo noticias participa en la alegría del que las tuvo... o de su tristeza. En esta hora tan larga y tan ansiada, pasó a mis manos esa medalla que ha estado un año sobre mi pecho. ¿Cómo vino a mí? Comprada. ¿Por qué la compré? Porque nadie quería comprarla, porque todos desdeñaron su valor, sin comprender que valía tanto que vale.
Y estos porqués tan raros, tan inexplicables para todos y para ti también, son sencillos a pesar de su rareza. Y lo más extraordinario es que no vale nada, valiendo mucho. Tiene unos gramos de plata que valen unos céntimos. ¿Dónde, pues, está su valor?
Había llegado aquel día el correo, habíase repartido como todos los días, y como siempre, habíanse formado corros para leer algunas cartas y veíanse individuos aislados leyendo a solas las suyas. Por mis manos pasaron todas aquellas cartas, entre las cuales no había ninguna para mí. No había sentido la ausencia de noticias, por la sencilla razón de que no las esperaba. Por eso después del reparto, indiferentemente, lié un pitillo y me recosté en el parapeto de la posición curioseando los grupos lectores y los lectores aislados, tratando de adivinar las emociones de los que tan embebidamente rememoraban los suyos.
De uno de aquellos grupos, del más lejano, se alzó una voz:
—La vendo por un vaso de vino, si hay quien la pague.
Y casi a coro, las voces de los demás respondían:
—Pues anda, ¿qué te habrás creído tú, que hay quien quiera santos?
—Aquí somos muy machos y no queremos nada de curas —remató una voz rotunda, y estallaron las carcajadas a coro.
Me llevó la curiosidad al grupo:
—¿Qué es eso que vendes tan barato, que nadie lo quiere?
El vendedor musitó un «no es nada, sargento Barea».
—Diga usted que sí —terció otro—, vende una medallita que le han mandado con una carta. Ése se cree que somos carcas.
—Déjame la medalla. —Y pasó la medalla a mis manos.
—Mire, mi madre que tiene cosas raras, mire que mandarme una medalla...
»Me ha podido mandar algo más nutritivo, aunque fuesen pitillos, pero un santito para colgármelo del cuello, sólo a las viejas se les ocurren cosas de éstas.
—Y quieres venderla.
—Pues claro, si saco aunque sea una copa, eso me gano. Pero esto, ¿para qué lo quiero yo? Si no me dan nada, la voy a tirar a un barranco, porque a mí esto no me lo ponen ni atado.
—Dime cuánto quieres por ella, a condición de leer la carta de tu madre.
—Anda, lo que usted mande. Y la carta puede usted leerla, a pesar de que no tiene más que beaterías.
Y seis reales fueron el precio de esa medalla y de leer aquella carta, cuya copia conservo:
«Querido hijo: recibimos tu carta que nos causa mucha satisfacción. Sabrás como por aquí, estamos todos buenos, gracias a Dios. Padre trabaja ya que ya era hora y si le dura podremos salir de empeños y calamidades que bastante hemos pasado. (Y aquí viene una relación de familiares, conocidos y detalles de sus vidas.) Ya ves tú que bien quisiera, pero tú ya bien sabes las calamidades que estamos pasando y aunque las tuyas son más, y bien quisiera, hijo mío; pero no puedo ahora mandarte nada. Veremos de que pasen unos días y le paguen a tu padre, si puedo sisarle algo y mandártelo aunque sea poco. El padre cura me pregunta mucho por ti y te mando una medalla que le he pedido, para que te la pongas al pecho y quiera Dios librarte de las balas de los moros. Dice el cura que está bendita y que debes llevarla y rezarla un padrenuestro todos los días. Yo la he besado mucho, porque te la vas a poner y pueda ser que sientas mis besos.» Y remata la carta con esas despedidas de rigor.
He copiado la carta y me he tumbado en mi cama de campaña, con la medalla entre las manos y medio somnoliento, comienzo a pensar en la mujeruca que lejos, en el amado suelo de España, habrá besado la medalla con ilusión de madre, llorando por su hijo lejos, muy lejos de ella en estas malditas tierras de África. Y pensando, pensando... He besado la medalla, he recogido el beso de aquella madre —me he dormido.
Estamos en plena operación, estamos fortificando a toda prisa, deseosos de alejar de nuestros oídos los silbidos de las balas que pasan al lado nuestro llevando la muerte, jinete fantástico de los diminutos corceles de plomo, y de alejar de nuestra mente la idea del dolor que esperamos ver surgir en nosotros a cada instante. Es el momento todo emoción en que nos rodea el peligro, el segundo en que esperamos diga la vida basta y se trunque en nosotros. Ya nos enardecemos en el trabajo tremolantes de rabia, como si lucháramos cuerpo a cuerpo con la muerte. Voces, gritos, detonaciones, ayes, una batahola infernal nos rodea, no se entiende nada. Sólo apreciamos bien claros los moscardones de plomo que zumban fantásticamente en nuestros oídos y que espolean nuestra actividad. De pronto, hay un gemir sordo: «¡Madre!» Y un cuerpo que rueda y al cual nos abalanzamos todos. Es un pobre soldado que ha tropezado en su camino con una bala, o que una bala ha tropezado con él en su camino, tan de frente que al choque ha roto su pecho y de él sale un chorro de sangre en surtidor de muerte. Menea el médico la cabeza tristemente y deja el paso al sacerdote, ya que él de poco vale, y allí en el campo de batalla, silbando las balas a nuestro alrededor, se descubren nuestras cabezas y caemos de rodillas. Murmura el sacerdote sus rezos aclama el moribundo en estertores su frase final, su frase única: «... ¡Madre!» Y quedó rígido con el calor de la muerte, tendido en una camilla, contraída su cara en un mueca de dolor y angustias infinitas.
Aquel muerto era el mismo que días antes me vendiera la medalla, y recordando los besos que su madre depositó para él en ella, y que recogí yo con mi boca, me incliné y puse en los labios del cadáver aquel beso que él me había vendido por seis reales. Estaba tan frío, tan frío que...
Al frío desperté, nenita, teniendo entre mis manos la medalla que ha colgado de mi pecho durante un año. Fue todo un sueño, debido a dormir recién comido en mala postura. ¿Sucedió tal vez? ¿Pudo suceder? No pasó nada, ni tal pasará... tal vez haya pasado. Fue un sueño. Lo real, lo cierto, es la medalla, que existe y que descansa en tu pecho y en la que he tenido fe, no porque fuera bendita, sino porque llevaba el beso de una madre, que eso sí es bendito, en verdad.
He aquí, nena, la historia de la medalla que descansa sobre tu pecho hoy, después de haberse agitado sobre el mío. Te prometí contarla y cumplo mi promesa: en su historia se mezcla la fantasía a lo real, y de la unión nacen las páginas que siguen, que escribo para tu deleite, poniendo en ella si no el arte, al menos el intento de hacer arte. Sobre un trocito insignificante de plata gira toda esta historia que tan sólo tiene que lamentar la tragedia: pero no te asustes, esa tragedia es ficticia, es creación de mi fantasía. No pasó, tal vez pasará, quién sabe si habrá pasado.
II
LA ALMENARA1
Se llamaba Miguel. A la cara le llamábamos El Pirata y le confiábamos nuestras vidas. Se parecía al pirata fuerte y libre de las historias y poemas de toda la vida y servía vino en un chamizo abierto, situado a los pies de un promontorio al que, por su forma, los marinos españoles llamaban el Pequeño Gibraltar.
La enorme masa del Peñoncito cae en picado sobre el mar y la pendiente, salpicada de cantos rodados, se va estrechando hasta un camino de arena, que es el único vínculo con tierra firme. A ambos lados de esta carretera hay lagunas salinas de orillas brillantes. Donde comienza el muro del Peñón aparecen excavadas tres pequeñas playas con bordes graciosamente festoneados.
En la cima del Peñón quedan restos de sillería fenicia, donde durante siglos ardió una almenara para los navegantes.
Los turistas que querían observar cómodamente cómo se perfilaba el Peñón iban al elegante hotel que estaba al borde de la árida pendiente. Miguel había montado su taberna para otros. Eligió un lugar entre las rocas que dominara las tres playas. Allí levantó cuatro muros de piedra y cemento rodeando la cocina y el dormitorio. En el suelo plantó unos postes bastos y retorcidos que, a modo de techo y cortinas laterales, cubrió con esteras de junco unidas por sogas.
La primera vez que recalamos en la atrayente penumbra que había tras las esteras, Miguel, con un mono azul y una camiseta blanca, estaba regando el suelo de tierra.
Dejó a un lado la regadera y nos miró de arriba abajo con unos fríos ojos azules. Después nos trajo vino en una jarra vidriada y se sentó con nosotros en una de las mesas de caballete.
—¡Salud!
—¡Salud!
Era el segundo año de la guerra civil española.
Se volvió hacia mi mujer y le dijo:
—Usted es extranjera. Bien. Está con nosotros.
No nos preguntó quiénes éramos ni qué hacíamos. Él, un líder de hombres, se había hecho una opinión de nosotros. Comprendimos que nos honraba al llevarnos a la cocina para que conociéramos a su joven y callada esposa de ojos oscuros, y a su hijito que estaba en la cuna. Pero él siguió mostrándose distante, reservado y alerta.
—He visto chamizos como éste en Cuba —dijo y se calló.
—Miguel, usted debe de haber sido pirata.
—No.
Su voz era profunda y sonora. Miró hacia el mar con una pena sincera y sosegada. Después se dio la vuelta para vernos comer sus sardinas fritas con cuchillo y tenedor. Cogió un pescado del montón, sujetó la cabeza y la cola con los pulgares y los índices y mordió directamente en el dorso carnoso y brillante. Por el mentón le resbaló un hilillo de líquido transparente, el jugo del cálido mar. Comimos como nos había mostrado y dejamos sobre el plato las espinas de madreperla transparentes del pez, como si estuviéramos celebrando un rito.
—¿Está seguro de que nunca ha sido pirata?
—Sí —dijo, arrojando un puñado de largos cigarros turcos sobre la mesa.
—¿Contrabandista, entonces?
—Ahora no. Éstos me los dieron. Son suyos.
Fumaba y nos observaba. Después dijo:
—Soy de por ahí. —Señaló a las blancas casas de aspecto moro que había entre los bancales de olivos, en tierra firme.
—Cuando era chico, iba a pescar de noche con mi padre, con una linterna en la barca. Fui a Nueva York. Veinte años en la mar. Volví y me casé.
—En veinte años ocurren muchas cosas, Miguel.
—Sí.
—Cuéntenos.
—¿Por qué? Las cosas pasan. Ésta es una buena vida. Tengo lo que deseo. ¡Salud!
Agarró mi vaso, apuró el áspero vino tinto de un largo trago y lo dejó vacío frente a mí. Después, lo llenó de nuevo con la jarra azulada. Había bebido de mi vaso al igual que los indios se pasan la pipa de la paz de boca en boca. Bebí después de él:
—¡Salud!
Cada mañana llegaba al Peñón un camión cargado de soldados convalecientes de las Brigadas Internacionales. Gritando en siete idiomas se tambaleaban ante el chamizo de Miguel, hombres con brazos o piernas escayolados, con cicatrices mal curadas y con caras retorcidas por la fiebre. Se arrastraban hasta la playas y empapaban sus cuerpos de agua, arena y sol, hasta que el cielo se volvía cobrizo en el calor del mediodía. Después volvían, vestidos con roídos calzones cortos o únicamente con una toalla alrededor de la cintura, se sentaban en los largos bancos bajo las esteras y pedían a gritos bebida y comida. A todos les servía el propio Miguel, sin decirles nunca más de cinco palabras seguidas, pero manteniéndolos a raya en tres o cuatro idiomas.
Al anochecer, surgían peleas entre los hombres, borrachos de vino y calor. Miguel los observaba en silencio y después agarraba del brazo al más agresivo:
—Lárgate. El hombre subía al camión dócilmente y allí esperaba a los demás. Una vez, un francés con cara de pendenciero volvió y se echó la mano al bolsillo trasero del pantalón. Con un único movimiento y sin esfuerzo, Miguel lo arrojó a través de un hueco entre dos postes. El francés rodó por el polvo, se levantó y se ocultó en el camión. Le oímos maldecir. Pero al día siguiente volvió de nuevo junto a sus camaradas. Los ojos de Miguel le atravesaron el cráneo y le dijo en voz baja:
—Lárgate.
El hombre se fue y nunca más volvió.
Aquella noche había algunos turistas sentados en una esquina de la cabaña. Cuando el camión se fue, una mujer con cara de pájaro dijo:
—Esos extranjeros, ¿por qué están aquí? Deberían quedarse en su país. Sólo quieren dinero, esos mercenarios...
Una mujer gorda y amable intervino desde su mesa:
—Nos han ayudado a salvar Madrid. Lo sé, yo estaba allí.
—¿Y qué?
Miguel estaba apoyado en un poste. Se dio la vuelta:
—Han luchado. Están con nosotros. Usted no.
—Esto es ridículo...
El marido de la mujer de lengua mordaz intervino súbitamente:
—¿Qué le debo?
—Nada.
—Pero hemos tomado...
—Nada.
Se fueron en silencio. El cielo y el mar se habían oscurecido. Unos pocos viejos, vecinos de las pequeñas casas blancas que bordeaban la costa, habían subido el camino para hacer lo de todas las noches. Se sentaron en banquetas delante de las cortinas de juncos trenzados que susurraban con la brisa del mar y los puntos resplandecientes de sus cigarros recalcaban la oscuridad.
Vi el rostro de Miguel bajo el resplandor de su cigarro, y era de bronce rojo, sin edad, fuerte y muy hermoso.
Un viejo masculló: «Esa guerra, esa guerra... también llegará aquí.»
Durante el día habíamos oído en la distancia disparos y bombas procedentes de los barcos, pero ahora no había otra cosa que no fueran el mar y el Peñón.
—¿Qué haría usted si vinieran? —le preguntó Miguel.
—Nada. ¿Qué puede hacer un viejo? Hacerse pequeño para que no le vean.
—¿Qué harían ustedes? —preguntó a los demás.
—Bueno, si de verdad vienen, supongo que nada. Vienen y van y uno tiene que aguantar.
—Malditos sean, la gente como nosotros no puede hacer nada si ganan. Sabes, en Calpe hay algunos que están esperando a que vengan los fascistas... Toman nota de todo lo que hacemos. Y no les gustas, Miguel.
—No —contestó.
—Entonces ¿qué vas a hacer, Miguel? —le pregunté.
Vi sus ojos abiertos de par en par en la oscuridad.
—Ven. —Me cogió de la muñeca y me llevó a un cobertizo detrás del chamizo, donde dormía atado su perro. Había dos grandes bidones cuadrados: gasolina.
Me volvió a llevar adonde estaba sentado el consejo de ancianos, fumando con ser
