INTRODUCCIÓN
Durante toda mi infancia, adolescencia y parte de mi vida adulta tuve una baja autoestima. Ni me quería, ni me creía válida, ni sentía respeto por mí misma, ni mucho menos sentía que era merecedora de nada. Sentía muy lejos a esa persona que habitaba en mi interior, no la respetaba ni la cuidaba.
Cuando tenía siete años me diagnosticaron un problema de crecimiento: mis hormonas iban más rápidas de lo normal y la menstruación estaba a punto de aparecer si no se tomaban medidas. Todo ello iba a provocar una serie de consecuencias negativas en mi desarrollo. Me incluyeron entonces en un programa piloto y tuvieron que inyectarme hormonas todos los meses hasta los doce años. Cuando retiraron las hormonas, la menstruación vino como si nada hubiese pasado; no obstante, durante todos los años de tratamiento yo me sentía rara, no solo por mis constantes visitas al hospital y la dependencia de esas hormonas para mi bienestar, sino también porque era cuatro veces más alta que las niñas de mi edad. Además, el vello que tenía iba desapareciendo mensualmente casi de forma mágica, llevando hacia atrás una pubertad a la que me había acostumbrado y a la que años más tarde debería volver a dar la bienvenida, con todo lo que eso iba a conllevar en mi relación conmigo misma.
A raíz de eso, siempre sufrí acoso escolar. Empezaron por llamarme koala y después fueron surgiendo más calificativos como fea, gorda, caballo, jabalí, cromañón... Los profesores también se unieron a esos desprecios. Y sí, es algo a lo que te acabas habituando, es tu pan de cada día y forma parte de tu vida como comer o dormir. Por supuesto, también te lo acabas creyendo, llegando a un nivel tan alto de dolor que incluso piensas que todo eso es verdad, que por algo te lo dirán, que estás condenada a no ser nadie, o a ser solo un saco de boxeo, donde recibes impactos a merced de los demás.
Ya en la adolescencia, decidí dar un giro radical a mi vida y cambiar de instituto, de amistades, de aires... Sin embargo, al cabo de poco tiempo me encontré exactamente con la misma situación: bonitas amistades, pero, paralelamente, el mismo tipo de acoso que había sufrido hasta entonces, incluso más intenso, con pintadas en mi mesa, insultos por la calle, ofensas a mis familiares, persecuciones, etc. Mi primer amor adolescente, el que creía que era mi mejor amigo, decidió poner fin a nuestra relación, incluida la de amistad, porque cómo iba a tener él una amiga o novia fea. ¿Qué dirían los demás? Ese episodio casi me lleva a la muerte, o al menos así me sentía. No solo era el duelo de perder a alguien importante, era el acoso sufrido a diario, a todas horas y en todas partes, acoso que, por cierto, duró hasta que tuve veintidós años.
El baloncesto siempre ha sido una de mis grandes pasiones, y durante mi infancia y adolescencia fue mi paño de lágrimas, como también lo fueron la escritura y mi vocación, tan fuerte, de querer cambiar el mundo, ideando planes continuamente para que los niños y adolescentes fueran respetados tanto por sus iguales como por los adultos.
Pero... ¿eran esos los paños de lágrimas adecuados? ¿Cómo me acompañaron emocionalmente al respecto? ¿Eran mis padres conscientes de lo que ocurría? ¿Atendían correctamente mis necesidades físicas y emocionales? ¿Potenciaban mi óptima autoestima o contribuían a alimentar mi baja autoestima? ¿Me aportaban confianza, seguridad y amor incondicional?
Lo cierto es que los años de nuestra infancia y adolescencia son la base de nuestra autoestima, y la forma en la que nos tratan primero nuestros padres y figuras de vínculo afectivo y después nuestro entorno y las experiencias que vivimos en él determina el tipo de amor que nos profesamos para siempre.
Una buena autoestima lo es absolutamente todo para el correcto desarrollo psicológico, emocional e incluso físico de las personas. Por ende, es el primer indicador de una buena salud mental.
Poseer una autoestima saludable es imprescindible para tener una buena calidad de vida. Una vida en la que te quieras a ti mismo, en la que saques aspectos positivos de las adversidades, seas fiel a tu esencia y hagas siempre lo que sientes, piensas y dices, con coherencia y respeto hacia ti mismo y hacia el resto.
Por ello, como madres y padres tenemos la responsabilidad de acompañar la infancia y adolescencia de nuestros hijos e hijas de la manera más respetuosa posible para que puedan amarse a sí mismos potenciando un equilibrio en todos los sentidos, integrando en ellos habilidades sociales, emocionales y personales, constancia, tolerancia, resiliencia, cooperación, ética, respeto, empatía, asertividad y motivación ante la vida. Como ves, la óptima autoestima es una cualidad que influye en todos los aspectos de sus vidas.
Por supuesto, la autoestima cambia a lo largo de nuestra trayectoria, no es estática. En función de las situaciones y experiencias que vivimos, vamos pasando por curvas en relación con ella. De ahí que nunca sea tarde para mejorarla y situarla en el lugar que verdaderamente debe ocupar y merecemos, viviendo la vida que realmente queremos, sin dañar, dañarnos ni que nos dañen.
En la vida adulta, casi todos buscamos y necesitamos la autoestima. De hecho, la mayoría de los libros de no ficción van dirigidos a conseguir este amor por nosotros mismos que siempre estamos buscando hasta dar con la tecla adecuada. Y es que, como aprenderás en las páginas que siguen, la autoestima siempre depende de cómo nos trataron nuestras madres y padres, del apoyo, la escucha, el respeto y el amor incondicional, entre otros, que obtuvimos de ellos.
La familia es, pues, la clave. Por consiguiente, la valoración que nuestros hijos e hijas tienen de sí mismos es la valoración que como padres y madres les damos. Para garantizar su buen desarrollo es mucho más importante enfocarnos en la autoestima que en muchos otros aspectos familiares a los que estamos acostumbrados a prestar atención y en los que invertimos horas y años de esfuerzo, aspectos que sin duda aprenderán sí o sí a lo largo de su vida, tales como lavarse los dientes o hacer la cama.
Aunque podamos modificarla y reeducarla de adultos, lo cierto es que la raíz de la autoestima está siempre en la infancia y adolescencia y es necesario y urgente que acompañemos a nuestros hijos e hijas como necesitan para asegurar una autoestima en equilibrio, entendiendo que este acompañamiento adecuado nos ayudará también a nosotros a mejorar la nuestra, a conocernos mejor y a encontrar por fin esa estabilidad emocional tan anhelada.
En este volumen, que considero muy especial debido a la necesidad social de un libro así para con la infancia y adolescencia, vas a encontrar las pautas adecuadas para conocer en profundidad, de una forma diferente a la habitual, tu propia autoestima y, en consecuencia, conocerte plenamente. Te ayudará a reeducarte y, en consecuencia, podrás acompañar a tus hijos e hijas en su camino, puesto que para que ellos se amen a sí mismos primero debemos aprender a amarnos nosotros retomando el enlace con nuestra propia infancia, donde se encuentra la base de nuestra autoestima. De esta manera, comprenderás que jamás podremos demostrar amor incondicional si no lo sentimos por nosotros mismos e integrarás que ellos son el reflejo de lo que ven.
Durante la lectura obtendrás herramientas teóricas y prácticas reveladoras tanto para ti como para la relación con tus hijos. Al acabar, sabrás, sin lugar a dudas, el camino que debes seguir, sin hundirte en la culpa en tu papel de madre o padre. Tendrás claro qué hacer en los momentos difíciles y aprenderás a amar de verdad, distinguiendo qué es lo que precisan exactamente tus hijos en cada momento de sus vidas. Les demostrarás amor incondicional, cogerás su mano en este camino vital y no se la soltarás nunca.
Respecto a mí, he tenido que reestructurarme y reeducarme en la vida adulta, recogiendo los pedacitos que quedaban de mí y conociéndome de nuevo, aprendiendo a ofrecerme lo que no me ofrecieron y aportando a mis hijos lo que necesitan y merecen.
Tú también puedes.
Te mando un beso. Gracias una vez más por la confianza depositada en mi trabajo.
TANIA GARCÍA
PRIMERA PARTE
TU INFANCIA ERES TÚ

1
Conociendo a la autoestima
¿Qué es realmente la autoestima?
Hoy en día, recibimos informaciones de todas partes en relación con la autoestima: en el colegio de los niños, de los pediatras, del vecino del quinto, de la compañera de trabajo, de tu cuñada... Se habla largo y tendido de la necesidad de tener una buena autoestima, tanto es así que la obsesión por que la de nuestros hijos e hijas lo sea nos ocupa a diario, de ahí que pueda derivar en autoexigencia y culpa. No obstante, ¿sabemos qué es en realidad la autoestima y el papel que juega en nuestras vidas?
Son muchas las investigaciones y estudios científicos que se han realizado al respecto. Los primeros datan de 1860, año en que comenzó a hablarse sobre la importancia de querernos a nosotros mismos y aceptarnos tal y como somos para poder llevar una vida lo más plena posible, a pesar de las dificultades.
Desde entonces, la mayoría de los objetivos adultos implican sentirse en paz con uno mismo y valorarse, lo que redunda en una autoestima saludable. Así pues, esta se ha convertido en el santo grial del bienestar mental de las personas. Tal y como indicó en los años sesenta Nathaniel Branden, psicólogo canadiense y uno de los profesionales más importantes en el estudio de la autoestima, se trata de una necesidad humana profunda y poderosa, vital para enfrentarnos a los desafíos que la vida nos presenta.
La autoestima, tal y como la define la ciencia, es el sentimiento de valoración positiva o negativa hacia nosotros mismos. Por tanto, podemos sentir hacia nosotros aceptación y amor o rechazo. Esta percepción de nosotros mismos se traslada a nuestras acciones y comportamientos y, por eso, lo que sentimos por nosotros mismos nos guía en las decisiones que tomamos, en nuestros intereses y objetivos, en la forma de relacionarnos con los demás y, por supuesto, en el equilibrio emocional que tenemos en relación con todas las áreas de nuestra vida.
A esto hay que añadir que el nivel de autoestima también nos guía a la hora de educar a nuestros hijos, puesto que, en función de cómo nos valoremos, de cómo veamos el mundo, de lo más o menos dignos que nos sintamos de ser quienes somos y de los derechos que entendamos que debemos tener, enseñaremos a nuestros hijos a valorarse a sí mismos y a defender sus derechos.
Por todo ello, la autoestima saludable y la actitud beneficiosa hacia nosotros mismos tiene un impacto directo en nuestra calidad de vida, en nuestra identidad y en nuestros objetivos a corto, medio y largo plazo. Es lo que hace que actuemos con coherencia, respeto, independencia y responsabilidad por la vida. Es la llave para que nuestros hijos e hijas puedan hacerlo también, así que, si en algo debemos esforzarnos durante la infancia y adolescencia de nuestros hijos, es precisamente en sembrar, regar y mantener su autoestima óptima.
¿Qué factores componen la autoestima?
Cuando tenemos una autoestima saludable, somos conscientes de lo válidas que son nuestras capacidades y confiamos en ellas, sabiendo que no son ni mejores ni peores que las de otra persona, simplemente son las nuestras. Son las que nos permiten ser quienes somos, sentirnos merecedores de lo que nos ocurre y de lo que logramos con nuestro esfuerzo, así como estar a gusto con las personas que nos rodean y con la forma en la que educamos a nuestros hijos, la conexión que tenemos con ellos y la confianza que depositan en nosotros y nosotros en ellos, dejándolos ser y dejándonos ser. Esto nos conduce a no anhelar continuamente ser otro tipo de madre o padre, o que nuestros hijos sean de una forma distinta, porque sabemos sobrellevar las adversidades acompañándolos en su camino en función de lo que de verdad necesitan.
Para que esto sea posible, debemos comprender la autoestima en profundidad conociendo de forma sencilla los cuatro factores más importantes que la constituyen: actitud, valoración, procesamiento y práctica.
Actitud
Se trata de la forma en la que nos enfrentamos a la vida y la manera en la que nuestro modo de sentir y de pensar se traslada a todos los aspectos que envuelven y conforman nuestra dimensión personal.
Esta actitud es también el modo que tenemos de cuidarnos a nosotros mismos y de organizarnos interiormente, autogobernándonos, autoguiándonos y siendo conscientes de quiénes somos, de nuestros objetivos, conociéndonos interior y exteriormente e incorporando buenos o malos hábitos en muchos sentidos (higiene, sueño, alimentación...). También integra la manera en la que conocemos nuestras emociones y la consciencia que tenemos sobre ellas, sabiendo identificarlas en cada momento sin dañar a nadie (ni siquiera a nosotros mismos) con nuestros actos o palabras o, por lo menos, no de forma consciente.
Este primer factor también hace referencia a tener o no tener claro el motivo de nuestra existencia y nuestro objetivo vital, es decir, si somos conscientes cada mañana, al levantarnos, de la importancia de estar vivos y la motivación que nos hace vibrar ante nuestra vida, aquello que le da sentido a nuestros días, lo que nos gusta hacer... Nuestra razón para vivir, al fin y al cabo.
Una vez comprendida la actitud, te invito a reflexionar sobre la tuya. Esta reflexión es una primera aproximación al trabajo personal que vas a realizar a medida que avances en la lectura de este libro. Para empezar, simplemente responde con sinceridad, sin agobiarte demasiado.
Responde con sí o no las siguientes preguntas.
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ACTITUD |
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¿Crees que tienes equilibrio personal, es decir, que no vas cambiando de objetivos sin conseguir ninguno? |
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¿Sabes quién eres en realidad? |
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¿Tienes unos buenos hábitos? |
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¿Cuidas de ti mismo de forma consciente? |
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¿Conoces, de verdad, tus emociones? |
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¿Sueles dañar a los demás (o a ti mismo) con tus palabras o actos? |
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¿Tienes claro el motivo de tu existencia? |
Una vez completado, reflexiona sobre cómo guías la actitud de tus hijos e hijas. Hazlo también respondiendo sí o no:
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ACTITUD |
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¿Educas a tus hijos para el equilibrio personal? |
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¿Permites que sean ellos mismos? |
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¿Inculcas buenos hábitos en ellos? |
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¿Los cuidas de forma incondicional? |
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¿Dejas que expresen sus emociones? |
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¿Los dañas con tus palabras? |
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¿Los guías para que encuentren el motivo de su existencia? |
Como ves, nuestros hijos e hijas nos necesitan para poder desarrollar una óptima actitud hacia sí mismos. Por consiguiente, debemos trabajar profundamente en ello, sin prisa, es decir, sin querer una autonomía física y emocional prematura, puesto que esto solo los llevará a una actitud incorrecta ante la vida. Durante estos días, para empezar céntrate en no dañarlos con tus palabras y en permitir que sean ellos mismos, aunque eso a veces suponga para ti mil emociones que deberás identificar, conocer y equilibrar.
Valoración
Es el valor positivo o negativo que tenemos de nosotros mismos. De alguna forma, es la «tasación» que hacemos de nosotros, e implica tener consciencia de las sensaciones y emociones diarias que nos provocan desasosiego y felicidad, y también tristeza, apatía o inseguridad, con el impacto correspondiente que todas ellas causan en nuestras vidas. Debemos tener en cuenta que todas las emociones son buenas y necesarias, están en nuestro cerebro para algo e indudablemente forman parte de nuestro ser. Estar siempre alegres y en calma no es lo mismo que estar continuamente nerviosos y con miedo.
La autovaloración tiene que ver, pues, con el respeto o no que nos tenemos a nosotros mismos y que mostramos ante nuestra propia vida, aceptándonos tal y como somos o manifestando una lucha constante con nuestro propio ser.
El objetivo de esta valoración es precisamente ser conscientes de nuestras necesidades y conseguir satisfacerlas sin causarnos dolor a nosotros mismos o a los demás, pudiendo sentirnos plenos a pesar de los momentos de conflicto que la vida siempre conlleva. Si no somos conscientes de nuestras necesidades más internas, no tendremos resiliencia ante las dificultades de la vida y tampoco ayudaremos a nuestros hijos e hijas a tenerla. Fomentaremos, por tanto, el ver el vaso medio vacío en vez de medio lleno. Aunque la dificultad esté ahí, la forma de verla y sobrellevarla es radicalmente diferente.
Para que sea óptima para nosotros, esta valoración debe ser puramente personal e implica autoconfianza, es decir, poder hacer y decir lo que realmente queremos, sintiéndonos bien a pesar de nuestras limitaciones, las cuales debemos conocer, siendo conscientes de la medida de todas nuestras capacidades. Si esta valoración no procede de nosotros mismos, sino que nos damos el valor que los demás nos asignan, no estaremos otorgándonos un verdadero valor, sino que desarrollaremos el amor hacia nosotros mismos y la percepción de quienes somos en función de lo que digan o piensen los demás y de la presión social, no de la realidad. Eso nos llevará a hacer o decir cosas por miedo a perder a quien amamos (ya sea pareja, amigos, padres...) y estaremos dejando en manos de otros nuestro bienestar psicológico y emocional y, en definitiva, nuestra vida.
En la valoración positiva se encuentra el disfrutar de lo que hacemos incluso en momentos difíciles, porque no lo haremos por nada ni por nadie, sino por decisión propia.
Dentro de la valoración encontramos también la autoimagen, la capacidad de vernos a nosotros mismos tal y como somos, con nuestros defectos y nuestras virtudes, con nuestros errores y aciertos. La autoimagen está en constante movimiento, pero siempre dependerá de las experiencias pasadas, que hacen que tengamos concepciones adquiridas que van creando la imagen que tenemos de nosotros mismos cuando alcanzamos la edad adulta. Aunque dispongamos de la capacidad de modificarla mediante el autoconocimiento constante y el trabajo personal, el peso de todo lo vivido es la clave del proceso.
Cuando nos valoramos positivamente de verdad, creemos en nuestro derecho a la felicidad, a ser respetados y respetar a los demás.
Una vez comprendida la valoración, te invito a reflexionar sobre la tuya, tal y como has hecho con el primer factor.
Responde con sí o no las siguientes preguntas. Es posible que en algunas preguntas pienses que unos días pondrías sí y otros no. Cuando te ocurra, debes respirar para decidir y marcar la respuesta que sinceramente creas que es la predominante; si sigues sin tenerlo claro, déjala para contestarla dentro de unos días:
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VALORACIÓN |
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¿Crees que te valoras positivamente? |
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¿Piensas que habitualmente te identificas más con la alegría que con la tristeza? |
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¿Afirmas aceptarte tal y como eres? |
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¿Sueles machacarte con querer cambiar, sin resultados? |
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¿Disfrutas de tu vida a pesar de las adversidades y los momentos difíciles? |
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¿Sientes que te dejas influir por las personas de tu entorno sobre lo que piensas de ti mismo? |
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¿Satisfaces, normalmente, tus necesidades? |
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¿Eres consciente de tus virtudes y de tus defectos? |
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¿Amas y respetas tanto tus virtudes como tus defectos? |
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¿Te gusta lo que ves cuando te miras al espejo? |
Una vez completado, reflexiona sobre cómo guías la valoración de tus hijos e hijas. Hazlo también respondiendo sí o no:
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VALORACIÓN |
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¿Crees que valoras positivamente a tus hijos? |
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Cuando repasas el día pasado junto a ellos, ¿has estado más cerca de la alegría o de la tristeza? |
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¿Los aceptas tal y como son? |
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¿Te obsesionas con que cambien su forma de ser? |
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¿Los dejas participar de su día a día a pesar de las obligaciones? |
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¿Crees que lo que tú piensas de ellos les influye en sus decisiones? |
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¿Trabajas para que satisfagan las necesidades que les corresponden según su etapa vital? |
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¿Amas sus virtudes y sus defectos? |
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¿Los instas a amar tanto sus virtudes como sus defectos? |
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¿Los enseñas a amar lo que ven en el espejo de sí mismos? |
Amar los defectos de nuestros hijos e hijas es, hoy en día, una de las cuestiones más difíciles para los adultos. Y es que, por un lado, confundimos y etiquetamos como defectos cuestiones que simplemente no nos encajan. Por ejemplo, tú ves como defecto que tu hija nunca se quiera lavar los dientes cuando, en realidad, eso no es un defecto, es parte del desarrollo y debes llevarlo de la mejor manera posible y ser todo lo creativo que puedas para conseguir fomentar un hábito en ella sin dañar su autoestima. Por eso, debes descubrir realmente cuáles son sus defectos sin que te influyan tus expectativas, sabiendo aceptarlos y valorándolos para que tus hijos aprendan a hacer lo mismo. En los próximos días, esfuérzate en realizar este trabajo con atención.
Procesamiento
Este tercer factor hace referencia a nuestra manera de procesar la información que tenemos sobre nosotros mismos. Para que podamos comprenderlo de forma sencilla: es la parte más cerebral de la autoestima, ya que hace referencia a esa zona no palpable de la misma, pero que nos influye en todos los aspectos de nuestra vida. Se compone de los valores, proyecciones, expectativas y creencias que tenemos, de la opinión sobre diversas cuestiones y de cómo integramos en nuestro cerebro toda esa información, poniéndola posteriormente en práctica.
En el procesamiento no solo interviene la parte racional del cerebro, sino también la parte emocional. De alguna forma, es la manera en que llevamos a un plano físico todo lo que pensamos, y eso pasa a convertirse en nuestro estado anímico, en cómo nos sentimos. Por ende, depende también de nuestra forma de procesar, que a su vez está influenciada por cómo nos queremos.
Tu esencia e identidad se encuentran totalmente ligadas a tu manera de procesar la información, que te permite autoafirmarte y saber quién eres, teniendo la libertad de ser tú y tomar decisiones autónomas con madurez y seguridad emocional. Cuando tenemos autoafirmación, somos capaces de expresar sentimientos, pensamientos, deseos, miedos e inquietudes, etc., siendo asertivos. En consecuencia, esta parte cognitiva de la autoestima nos proporciona equilibrio y nos permite ser autónomos emocionalmente, sin depender de los demás.
Una vez comprendido el procesamiento, te invito a reflexionar sobre el tuyo, tal y como has hecho con los factores anteriores.
Responde con sí o no las siguientes preguntas, teniendo en cuenta siempre la última versión de ti mismo, es decir, tu versión actual. Utiliza para contestar una sinceridad absoluta, esa voz interior que solo tú conoces y que habita en ti:
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PROCESAMIENTO |
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¿Consideras que eres fiel a tus valores? |
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¿Sueles marcarte expectativas que no eres capaz de cumplir? |
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¿Te has replanteado alguna vez tus creencias más internas? |
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¿Explotas emocionalmente de forma habitual? |
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¿Te ahogas en un vaso de agua? |
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¿Tomas decisiones sintiéndote presionado socialmente? |
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¿Crees que tu bienestar emocional depende de alguna persona? |
Una vez respondidas todas las preguntas, reflexiona sobre cómo guías el procesamiento de tus hijos e hijas. Hazlo también respondiendo sí o no:
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PROCESAMIENTO |
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¿Enseñas a tus hijos tus verdaderos valores? |
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¿Sueles marcarte expectativas para con ellos? |
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¿Vuestra relación está condicionada por tus creencias más internas? |
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¿Explotas emocionalmente de forma habitual contra ellos? |
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¿Te ahogas en un vaso de agua en los quehaceres diarios con ellos? |
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¿Permites que tomen decisiones libremente sin presionarlos? |
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¿Crees que tu bienestar emocional depende de sus actitudes? |
Para hacer cada vez más equilibrado el procesamiento de nuestros hijos, debemos dejar que tomen decisiones adecuadas a su edad, sí, valorando que estén seguros y que no haya ningún peligro, pero dejando que puedan tomarlas, puesto que, al fin y al cabo, es la única forma de que aprendan a tomar decisiones y a conocer su procesamiento en función de ellas. En los próximos días, esfuérzate en que tus hijos tomen decisiones adaptadas a su etapa de desarrollo. Hazlo sin presiones ni juicios, puesto que, si lo haces, estarás haciendo lo contrario de fomentar una autoestima saludable en ellos.
Práctica
Este cuarto y último factor hace referencia a cómo llevamos a la práctica aquello que pensamos y sentimos. Se trata, por tanto, de la conducta que adoptamos en cada situación y los pasos que damos en función de todo aquello que sentimos, pensamos y creemos.
En la forma de llevar a la práctica el aprecio por nosotros mismos encontramos la autorrealización, es decir, sentirnos o no realizados en nuestra vida. De ello dependerá que tengamos una vida satisfactoria y provechosa y que logremos las metas que nos propongamos en función siempre de las cuestiones que nos resulten motivadoras e importantes, sabiendo en cada momento con qué nos sentimos realizados y con qué no, atrayendo a nuestra vida lo que consideremos óptimo y alejando lo que no sea bueno para nosotros. Esta realización necesita adaptarse a cada etapa vital. Saber adaptarla es imprescindible para que de verdad nos sintamos realizados en nuestra vida. Y ello siempre va a depender de cómo nos hayan educado en cuanto a la autorrealización y la realización nuestras figuras de apego.
Esta manera de llevar a la práctica nuestros pensamientos se traduce también en la forma en que cubrimos nuestras necesidades más básicas: dormir o no dormir las horas necesarias, comer adecuadamente, ser conscientes de nuestra respiración, etc., así como cuestiones que requieren constancia, superación y esfuerzo.
Nuestra vida estará completa al ir consiguiendo estos objetivos que nos marcamos de una manera totalmente personal, sin influencia de nadie. Lograrlos es saludable para nuestra autoestima y nos hace sentirnos orgullosos de ser quienes somos.
Los objetivos de cada persona dependen de muchos factores, por supuesto, también de lo que nos dejemos influir por los demás y de lo alejados que estemos de nosotros mismos, así como de la situación que tengamos en ese momento. Para una persona un objetivo puede ser escribir un buen libro (como es mi caso), lo que supondrá que cuando acabe de escribirlo me sentiré realizada no solo por el esfuerzo, la constancia y la profesionalidad, sino también por el impacto que mi esfuerzo puede generar en ti. En tu caso, puede ser aprender un nuevo idioma; cuando lo domines, te sentirás realizado e irás a por otra meta en función de tu momento vital.
Saber qué nos hace sentir realizados y saber llevarlo a la práctica es lo que nos permite conectar con quienes somos y es donde confluyen todos los factores de la autoestima movilizando nuestro día a día.
Ahora, debes reflexionar sobre la práctica. Para investigar sobre tu yo interior verdadero, tómate el tiempo que necesites. Si ahora no estás listo para hacerlo, lee de forma rápida las preguntas y realiza el ejercicio cuando lo desees, sin interrupciones y en soledad.
Responde con sí o no las siguientes preguntas.
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PRÁCTICA |
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¿Crees que haces lo que verdaderamente sientes y piensas? |
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¿Piensas que estás aprovechando tu vida? |
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¿Has ido adaptando tus objetivos a tu etapa vital? |
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¿Te t |
