Vixen 03 (Dirk Pitt 4)

Clive Cussler

Fragmento

I VIXEN 03

1

Colorado ptiembre de 1988

Dirk Pitt se desperezó, emitió un profundo y largo bostezo y cobró conciencia de lo que lo rodeaba. Había llegado al oscurecer a la cabaña en la montaña, y las llamas del fuego encendido en el gran hogar de piedra, y la luz que provenía de las lámparas de queroseno de olor acre no le habían permitido obtener una imagen muy favorable del interior, con sus superficies de pino rugoso.

Fijó los ojos en un viejo reloj Seth Thomas colgado de una pared. La noche anterior había dado cuerda al reloj, y lo había ajustado; le pareció que era lo que correspondía hacer. Después miró la maciza cabeza cubierta de telarañas de un ciervo, que lo miraba con ojos vidriosos y polvorientos. Un poco más lejos se abría una amplia ventana que ofrecía una impresionante imagen de la irregular cadena montañosa de Sawatch, en las profundidades de las Rocosas de Colorado.

Cuando al fin el sueño se disipó del todo, Pitt debió afrontar su primera decisión del día: permitir que sus ojos se regodearan con la grandiosidad del paisaje, o deleitarse con el cuerpo de suaves contornos de la representante por Colorado, la señorita Loren Smith, que estaba sentada, desnuda, sobre una alfombra de retazos, consagrada a sus ejercicios de yoga.

Por supuesto, Pitt optó por la representante Smith.

Ella estaba sentada, con las piernas cruzadas, en la postura del loto, inclinándose hacia atrás y apoyando en la alfombra los codos y la cabeza. Pitt llegó a la conclusión de que los tensos montículos sobre el pecho bien podían avergonzar a las cumbres de granito del Sawatch.

—¿Cómo llamas a esa contorsión indigna de una dama? —preguntó.

—El Pez —replicó ella, sin moverse—. El propósito de este ejercicio es endurecer los pechos.

—Desde un punto de vista masculino —dijo Pitt con expresión burlonamente pomposa—, no apruebo los pechos duros como piedra.

—¿Los prefieres caídos y flojos? —Los ojos violeta de la joven se desviaron hacia Pitt.

—Bien… no precisamente. Pero quizá un poco de silicona aquí y allá…

—Ese es el problema con la mentalidad masculina —replicó ella, mientras se sentaba y se echaba hacia atrás los largos cabellos color canela—. Los hombres creen que todas las mujeres deberían tener pechos grandes como globos, como esos insípidos ejemplares que aparecen en las páginas centrales de algunas revistas.

—Ojalá así fuera.

Ella lo miró con severidad.
—Pues lo siento. Tendrás que arreglártelas con los míos, que son talla pequeña. Es lo único que tengo.

Él extendió la mano, rodeó el torso de la joven con un brazo musculoso, y la arrastró, parte sobre la cama y parte fuera de ella.

—Colosales o pequeños —se inclinó y besó tiernamente cada uno de los pezones— que ninguna mujer acuse de discriminación a Dirk Pitt.

Ella se incorporó y le mordió la oreja.
—Cuatro días juntos y solos. Ni llamadas telefónicas, ni reuniones, ni cócteles, ni ayudantes que me apremien. Me parece increíble. —Su mano se deslizó bajo las mantas y acarició el vientre del hombre—. ¿Qué te parece un poco de deporte antes del desayuno?

—Ah, la palabra mágica.

Ella esbozó una sonrisa perversa.
—¿Cuál? ¿Deporte o desayuno?
—Pienso en lo que dijiste antes, cuando hacías yoga. —Pitt saltó de la cama y empujó a Loren; ella cayó hacia atrás y sus caderas esculturales golpearon la cama—. ¿Cuál es el lago más próximo?

—¿Lago?
—Por supuesto. —Pitt rió al ver la expresión confusa de Loren—. Donde hay un lago, hay peces. No podemos perder todo el día en la cama cuando una hermosa trucha está esperando que le ofrezcamos la carnada.

Ella inclinó la cabeza, dubitativa, y lo miró. Él estaba de pie, con su metro ochenta y cinco de altura, el cuerpo esbelto bien bronceado, excepto la faja blanca alrededor de las caderas. Los largos cabellos negros enmarcaban un rostro que parecía exhibir una permanente expresión de severidad, pero que al mismo tiempo era capaz de distenderse en una sonrisa que podía transmitir un sentimiento profundo. Pero ahora él no sonreía. Sin embargo, Loren conocía bien a Pitt, y podía leer el regocijo en las arrugas alrededor de sus ojos increíblemente verdes.

—Macho grande y engreído —le dijo—. Estás burlándote de mí.

Loren se incorporó bruscamente, con la cabeza golpeó a Pitt en el estómago y lo arrojó sobre la cama. Pero ella no se engañó ni un instante con su presunta fuerza. Si Pitt no hubiese relajado el cuerpo y aceptado el golpe, ella habría rebotado como una pelota.

Antes de que Pitt pudiese protestar, Loren se puso a horcajadas sobre él y sus manos le oprimieron los hombros. Él se puso tenso, colocó las manos alrededor de la cintura de Loren y pellizcó su cadera blanda y suave. Ella sintió la erección bajo su cuerpo, y el calor del hombre pareció irradiar a través de la piel femenina.

—Conque pescar —dijo ella con voz ronca—. La única caña que tú sabes manejar no tiene hilo.

Desayunaron a mediodía. Pitt se duchó y vistió, y regresó a la cocina. Loren estaba inclinada sobre el fregadero, frotando vigorosamente una sartén ennegrecida. Tenía puesto solo un delantal. Él permaneció de pie en el umbral, mirando el balanceo de sus pechos pequeños, y abotonándose lentamente la camisa.

—Me gustaría saber qué dirían tus electores si pudiesen verte ahora —dijo él.

—Al demonio con mis electores —respondió Loren, con una mueca perversa—. Mi vida privada no les concierne.

—Al demonio con mis electores —repitió solemne Pitt, y realizó unos trazos en el aire como si estuviera escribiendo—. Otra faceta de la vida escandalosa de la pequeña Loren Smith, representante de Colorado, uno de los estados agobiados por el pecado y la corrupción.

—Eso no me parece divertido. —Loren se volvió y lo amenazó con la sartén—. En mi estado no se hacen negocios turbios, y yo soy la última persona del Congreso a quien podría acusarse de aceptar sobornos.

—Ah… pero tus excesos sexuales. Piensa en lo que los periodistas podrían decir de eso. Yo mismo podría denunciarte y escribir un bestseller.

—Mientras no mantenga a mis amantes con dinero oficial, o los agasaje con mi cuenta de gastos del Congreso, nadie puede decir una palabra.

—¿Y qué dices de mí?
—Pagaste la mitad de las provisiones, ¿recuerdas? —Loren secó la sartén y la depositó en el armario.

—¿Cómo puedo vivir de las mujeres —dijo Pitt con tristeza—, si tengo por amante a una egoísta?

Ella le rodeó el cuello con los brazos y le besó el mentón. —La próxima vez que conozcas a una mujer en un cóctel en Washington, sugiero que pidas el estado de su cuenta.

«Santo Dios —recordó Loren—, esa terrible reunión organizada por el secretario de Recursos Naturales.» Loren odiaba la vida social de Washington. A menos que se celebrara una reunión que afectase los intereses de Colorado, o que se relacionara con sus propias tareas, ella solía volver a casa después del trabajo, para atender a un gato llamado Ichabod y sentarse frente al televisor.

De pie, a la luz parpadeante de las antorchas distribuidas por el jardín, había atraído magnéticamente hacia su persona los ojos de Loren. Ella lo miró descaradamente, mientras sostenía una conversación política con otro miembro del Partido Independiente, el señor Morton Shaw, de Florida. Loren sintió que el pulso se le aceleraba. Eso ocurría rara vez, y ella se preguntó por qué ahora. No era apuesto, por lo menos al estilo de Paul Newman, y sin embargo su persona sugería un carácter viril y decidido, y eso la había atraído. Era alto, y ella prefería a los hombres altos. Él estaba solo, sin hablar con nadie, y observaba a la gente con expresión de auténtico interés más que de hastiado distanciamiento. Cuando advirtió la mirada de Loren, se limitó a mirarla con una expresión franca.

—¿Quién es esa estatua que está allí, en la sombra? —preguntó a Morton Shaw.

Shaw se volvió y miró a la dirección indicada por Loren. Pestañeó cuando reconoció al hombre, y se echó a reír.

—¿Dos años en Washington y no sabe quién es?
—Si lo supiera no preguntaría —dijo ella altivamente. —Se llama Pitt. Dirk Pitt. Es director de proyectos especiales de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas… Es el hombre que dirigió la operación de rescate del Titanic.

Loren pensó que había sido estúpido no haber relacionado al hombre con el episodio. Su fotografía y el relato del exitoso rescate del famoso transatlántico habían aparecido en todos los diarios y medios de difusión durante semanas. De modo que ese era el hombre que había afrontado lo imposible, y triunfado en la empresa. Se disculpó con Shaw y se abrió paso entre la gente para acercarse a Pitt.

—Señor Pitt —dijo, y fue todo lo que alcanzó a decir. Una ráfaga movió en ese momento las llamas de las antorchas, y el movimiento de la luz se reflejó en los ojos de Pitt. Loren sintió en el estómago una fiebre que solo había sentido una única vez, cuando era muy joven y se había enamorado de un esquiador profesional. Se sintió agradecida porque la escasa luz disimulaba el sonrojo que sin duda le había teñido las mejillas.

—Señor Pitt —repitió. No atinaba a pronunciar las palabras apropiadas. Él la miró, esperando. Encuentra una forma de empezar, estúpida, se increpó Loren. Finalmente, atinó a hablar—. Ahora que ya rescató al Titanic, ¿cuál es su próximo proyecto?

—Uno muy interesante —dijo él, y sonrió con expresión cálida—. Mi próximo proyecto me traerá muchísima satisfacción personal, y pienso disfrutarlo intensamente.

—¿Y en qué consiste?
—En seducir a la representante Loren Smith.

Loren lo miró con los ojos abiertos.
—¿Bromea?
—Nunca tomo en broma el sexo con una deslumbrante política.

—Es usted ingenioso. ¿El partido opositor le encomendó esa tarea?

Pitt no contestó. La cogió de la mano y la hizo cruzar la casa, llena de miembros de la élite de Washington, en dirección a la salida, hasta su propio automóvil. Ella lo siguió sin protestar, por curiosidad más que por sumisión.

Cuando él salió con el automóvil a la calle bordeada de árboles, ella se decidió a preguntar:

—¿Adónde me lleva?
—Primer paso —sonrió animoso—, encontrar un bar acogedor donde podamos distendernos y comunicarnos nuestros deseos más íntimos.

—¿Y segundo paso? —preguntó ella, en voz baja. —Una excursión por la bahía de Chesapeake, en una lancha deportiva con alerones.

—Ni hablar.

—Creo que la aventura y la excitación siempre consiguen transformar a las bellas representantes en mujeres insaciables.

Después, mientras la tibieza del sol matutino se derramaba sobre la lancha, Loren habría sido la última persona en el mundo dispuesta a discutir la teoría de la seducción formulada por Pitt. Observó con satisfacción sensual que los hombros de Pitt mostraban las marcas de los dientes y las uñas femeninos, y que eso probaba la teoría.

Loren apartó los brazos del cuello de Pitt y lo empujó hacia la puerta delantera de la cabaña.

—Ya hemos jugado bastante. Tengo que despachar mucha correspondencia antes de que vayamos mañana a Denver a hacer compras. ¿Por qué no vas a pasear, o a hacer algo por el estilo? Después prepararé una sabrosa cena, y pasaremos otra velada perversa calentándonos junto al fuego.

—Creo que yo estoy completamente pervertido —dijo él mientras se estiraba—. Además, los paseos al aire libre no me interesan demasiado.

—En ese caso ve a pescar.
Él la miró.
—Nunca acabaste de explicarme dónde puedo pescar. —A medio kilómetro, pasando la colina que está detrás de la cabaña. El lago de la Mesa. Papá solía pescar allí sus mejores truchas.

—Por tu culpa, salgo tarde.
—Lo siento —repuso ella.
—No traje mis utensilios de pesca. ¿Tu padre dejó alguno?

—Bajo la cabaña, en el garaje. Solía guardar allí sus cosas. Las llaves de la puerta están sobre la repisa de la chimenea.

La cerradura estaba deteriorada por la falta de uso. Pitt mojó con saliva la llave y la hizo girar con toda la fuerza que se atrevió a emplear. Al fin, la cerradura cedió, la vieja doble puerta se abrió con un chirrido. Después de esperar un momento para adaptar los ojos a la oscuridad, entró y miró alrededor.

Había un polvoriento banco de trabajo, y todas las herramientas colgaban ordenadamente en sus respectivos lugares. En varios estantes vio recipientes de distintos tamaños, algunos con pinturas y otros con clavos y distintas herramientas.

Pitt encontró bajo el banco una caja con los elementos de pesca. Necesitó más tiempo para encontrar la caña. Alcanzó a distinguir una en un rincón oscuro del garaje. En el camino se interponía lo que parecía ser una máquina voluminosa, cubierta por un lienzo. No pudo alcanzar la caña de pescar, de modo que trató de pasar sobre la máquina. El objeto se movió bajo el peso de Pitt, y el hombre cayó hacia atrás, aferrándose al lienzo en un inútil esfuerzo por recobrar el equilibrio antes de que ambos fueran a parar al sucio suelo del garaje.

Pitt maldijo, se sacudió el polvo y miró lo que le impedía pasar la tarde dedicado a la pesca. Una expresión de extrañeza se dibujó en su rostro. Se arrodilló y pasó la mano sobre los dos voluminosos objetos que había descubierto por accidente. Luego se puso de pie, salió del garaje y llamó a Loren.

La joven se asomó al balcón.
—¿Qué problema tienes?
—Baja un momento.

De mala gana, ella se puso una chaqueta beige claro y bajó. Pitt la condujo al interior del garaje y señaló.

—¿Dónde encontró tu padre estas cosas?

Ella se inclinó y aguzó la vista.
—¿Qué es?
—El artefacto redondo y amarillo es el tanque de oxígeno de un avión. El otro es la pieza del morro de un avión, con ruedas y neumáticos. Todo muy viejo, a juzgar por el grado de corrosión y suciedad.

—Esto es nuevo para mí.
—Sin duda lo viste antes. ¿Nunca vienes al garaje? Loren meneó la cabeza.
—No he entrado aquí desde que me presenté a las elecciones. Es la primera vez que vengo a la cabaña de papá desde que él murió en un accidente, hace tres años.

—¿Oíste decir alguna vez que un avión cayera cerca de aquí? —preguntó Pitt.

—No, pero eso no significa que no haya ocurrido. Rara vez veo a mis vecinos, así que no tengo muchas oportunidades de enterarme de los chismes locales.

—¿Dónde están?
—¿Quiénes?
—Tus vecinos más próximos. ¿Dónde viven? —Bajando el camino, en dirección a la ciudad. El primer recodo hacia la izquierda.

—¿Cómo se llaman?
—Raferty. Lee y Maxine Raferty. Él es jubilado de la Marina. —Loren cogió una mano de Pitt y la apretó fuertemente—. ¿Por qué tantas preguntas?

—Curiosidad, y nada más. —Él alzó la mano de Loren y la besó—. Te veré a la hora de probar esa extraordinaria cena. —Se volvió y comenzó a descender por el camino.

—¿No vas a pescar? —preguntó ella.
—Siempre he odiado ese deporte.
—¿No quieres el jeep?
—Recuerda que me recomendaste un paseo al aire libre —gritó Pitt por encima del hombro.

Loren miró hasta que Pitt desapareció en un bosquecillo de pinos, y meneó la cabeza ante los caprichos incomprensibles de los hombres. Luego subió deprisa a la cabaña para protegerse del frío de comienzos del otoño.

2

Maxine Raferty tenía todo el aspecto de las mujeres del Oeste. Era corpulenta y llevaba un holgado vestido estampado; usaba gafas sin montura y sus cabellos plateados estaban sujetos por una red. La encontró sentada en el porche del frente de una cabaña de madera de cedro, leyendo una novela policíaca de bolsillo. Lee Raferty, un hombre alto y delgado, estaba en cuclillas, engrasando los engranajes del eje delantero de una vieja y maltratada camioneta International. En ese momento Pitt venía subiendo a la cabaña y los saludó.

—Buenas tardes.

Lee Raferty retiró de la boca un cigarro apagado y muy masticado, e hizo un gesto con la cabeza.

—Hola.
—Hermoso día para hacer ejercicio —dijo Maxine, examinando a Pitt por encima del libro.

—La brisa fresca ayuda —repuso Pitt.

Ambos rostros mostraban cordialidad, pero también la cautela de la gente de campo frente a los forasteros que se inmiscuyen en sus asuntos, sobre todo si es gente con aspecto de venir de la ciudad. Lee se limpió las manos con un trapo grasiento y se acercó a Pitt.

—¿Podemos servirle en algo?
—Pueden, si ustedes son Lee y Maxine Raferty.

La respuesta arrancó de su silla a Maxine.
—Somos los Raferty, sí.
—Me llamo Dirk Pitt. Soy invitado de Loren Smith, la señorita que vive al final del camino.

Anchas sonrisas reemplazaron a las expresiones inquietas. —Por supuesto, la pequeña Loren Smith —dijo Maxine, sonriente—. Aquí todos nos sentimos muy orgullosos de ella, ahora que es nuestra representante en Washington.

—Pensé que quizá ustedes podrían darme alguna información acerca de la región.

—Con mucho gusto —contestó Lee.
—No te quedes ahí inmóvil como un árbol —dijo Maxine a su marido—. Trae algo de beber a este hombre. Parece tener sed.

—Por supuesto; ¿quiere una cerveza?
—Gracias —dijo Pitt, sonriendo.

Maxine abrió la puerta principal y empujó a Pitt hacia el interior.

—Quédese a almorzar. —Era más una orden que una invitación, y Pitt no tuvo más remedio que asentir.

La sala de la casa tenía techo alto, sostenido por vigas, y un dormitorio en la planta de arriba. El decorado era un caro conglomerado de adornos y muebles. Pitt tuvo la sensación de que había regresado a la década de 1930. Lee fue a la cocina y volvió muy pronto con dos botellas abiertas. Pitt no pudo dejar de advertir que las botellas no tenían etiqueta.

—Espero que le agrade la bebida preparada en casa —dijo Lee—. Me llevó cuatro años conseguir la combinación justa entre demasiado dulce y demasiado amargo. Tiene casi un ocho por ciento de alcohol.

Pitt la probó. Era diferente de lo que había esperado. Si no hubiese percibido un leve saborcillo a levadura, habría dicho que el producto era apto para la venta comercial.

Maxine puso la mesa y les invitó a acercarse. Luego llevó una fuente de ensalada de patatas, una cazuela de habas horneadas, y una fuente de finas rebanadas de carne. Lee reemplazó las botellas de cerveza, que se habían vaciado rápidamente, por otras dos, y empezó a pasar los platos.

La ensalada de patatas estaba perfectamente aderezada. Las habas horneadas venían con una capa de bechamel. Pitt no pudo identificar la carne, pero le supo deliciosa. A pesar de que había almorzado con Loren apenas una hora antes, el aroma de la comida casera lo indujo a comer con voracidad.

—¿Hace mucho que viven aquí? —preguntó Pitt. —Solíamos venir de vacaciones a las montañas Sawatch ya a finales de los cincuenta —dijo Lee—. Y nos mudamos aquí después que me retiré de la Marina. Yo era buzo. Pero me intoxiqué con nitrógeno a causa de la descompresión, y me jubilé antes. Veamos, seguramente fue durante el verano del setenta y uno.

—Setenta —dijo Maxine, corrigiendo a su marido.

Lee Raferty hizo un guiño a Pitt.
—Max nunca olvida nada.
—¿Sabe de algún avión caído en un radio de quince kilómetros?

—Nada. —Lee miró a su esposa—. ¿Qué me dices, Max? —Pero ¿Lee, en qué piensas? ¿No recuerdas al pobre médico y su familia, los que se mataron cuando su avión cayó detrás de Diamond? ¿Cómo están las habas, señor Pitt?

—Excelente —dijo Pitt—. ¿Diamond es una localidad próxima?

—Solía serlo. Ahora no es más que un cruce de caminos y un rancho abandonado.

—Ahora lo recuerdo —dijo Lee, mientras se servía una segunda porción de carne—. Uno de esos aviones pequeños. Se quemó por completo. No quedó nada. El sheriff del distrito necesitó más de una semana para identificar los restos.

—Fue en abril de 1974 —dijo Maxine.
—Me interesa un avión más grande —explicó Pitt—. Un avión de pasajeros. Probablemente cayó hace treinta o cuarenta años.

Maxine miró al techo. Finalmente, meneó la cabeza. —No, no sé nada de un desastre aéreo tan importante. Por lo menos, no por aquí.

—¿Por qué lo pregunta, señor Pitt? —quiso saber Lee. —En el garaje de la señorita Smith encontré piezas de un viejo avión. Seguramente su padre las puso allí. Pensé que quizá encontró algo en las montañas.

—Charlie Smith —dijo Maxine—. Dios se apiade de su alma. Solía idear planes para enriquecerse, y para eso tenía más imaginación que un estafador con subvención.

—Quizá compró esas piezas en un almacén de desechos de Denver, para construir uno de sus inventos que jamás funcionaban.

—Según parece el padre de Loren era un inventor fracasado.

—Así podríamos definir al pobre Charlie. —Lee se echó a reír—. Recuerdo una vez que quiso producir un lanzador automático para pescar. El condenado lanzador dirigía la carnada a todas partes, menos al agua.

—¿Por qué dice «el pobre Charlie»?

En el rostro de Maxine se dibujó una expresión dolorida. —Supongo que a causa del modo horrible en que murió. ¿Loren no le habló nunca de eso?

—Me dijo únicamente que había ocurrido hace tres años. Lee indicó la botella casi vacía de Pitt.
—¿Otra cerveza?
—No, gracias. He bebido suficiente.
—La verdad es que Charlie voló —dijo Lee.
—¿Voló?
—Creo que con dinamita. Nunca se pudo aclarar. Lo único que se consiguió identificar fue una bota y un pulgar.

—El informe del sheriff decía que fue otro de los inventos fracasados de Charlie —agregó Maxine.

—¡Y una mierda! —gruñó Lee.
—Cuida tus expresiones. —Maxine dirigió una mirada reprobadora a su marido.

—Esa es mi verdadera opinión. Charlie sabía más que nadie de explosivos. Fue experto militar en demoliciones. Caray, si desactivó bombas y granadas de artillería por toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

—No le haga caso —dijo Maxine—. A Lee se le metió en la cabeza que Charlie fue asesinado. Ridículo. Charlie Smith no tenía ningún enemigo. Su muerte fue accidental.

—Todos tienen derecho a su opinión —dijo Lee. —¿Un poco de postre, señor Pitt? —preguntó Maxine—. He preparado unos crepes de manzana.

—Gracias, no podría comer ni un bocado más.
—¿Y tú, Lee?
—Tampoco tengo hambre —gruñó Raferty.
—No se preocupe, señor Raferty —dijo Pitt con expresión conciliadora—. Según parece la imaginación me juega malas pasadas. Pero encontrar piezas de un avión en medio de las montañas… Naturalmente, pensé que provenían de un accidente.

—A veces los hombres sois muy infantiles. —Max dirigió a Pitt una sonrisa maternal—. Confío en que el almuerzo le haya agradado.

—Era digno de un gourmet —dijo Pitt.
—Debí haber cocido un poco más esas ostras de las Rocosas. Estaban un poquito crudas. ¿No te pareció, Lee?

—A mí me gustaron.
—¿Ostras de las Rocosas? —preguntó Pitt.
—Sí, ya sabe —dijo Maxine—. Testículos de toro fritos. Lee insiste en comerlos por lo menos dos veces por semana.

—Es una carne excelente —dijo Lee, sonriendo. —Quizá no tan excelente —murmuró Pitt, mirándose el estómago, y preguntándose si los Raferty tendrían bicarbonato. Lamentaba no haber ido a pescar.

3

A las tres de la madrugada Pitt estaba completamente despierto. Acostado en la cama, con Loren arrebujada junto a él, y mirando por las ventanas la silueta de las montañas, su mente repasaba imágenes que se sucedían como un calidoscopio. La última pieza de lo que había resultado un enigma perfectamente verosímil rehusaba encajar en su lugar. El sol comenzaba a clarear por el este cuando Pitt salió de la cama, se puso unos pantalones cortos y salió silenciosamente.

El viejo jeep de Loren estaba aparcado en el sendero. Se acercó al vehículo, cogió una linterna de la guantera, y entró en el garaje. Apartó el lienzo y estudió el tanque de oxígeno. Tenía forma cilíndrica, y Pitt llegó a la conclusión de que medía unos setenta y cinco centímetros de longitud y cuarenta y cinco de diámetro. Tenía la superficie rayada y abollada, pero lo que atrajo particularmente su interés fue el estado de las agarraderas. Después de varios minutos desvió la atención hacia el tren de aterrizaje delantero.

Las ruedas gemelas estaban unidas por un mismo eje, fijado a los cubos como el rasgo transversal de una T al eje central. Los neumáticos tenían el perfil cilíndrico, y el dibujo mostraba poco desgaste. Tenían una altura de casi noventa centímetros, y aunque pareciera extraño todavía contenían aire.

Crujió la puerta del garaje. Pitt se volvió y vio a Loren espiar hacia el interior. Dirigió sobre ella el haz de luz. La joven vestía únicamente un peinador de nailon azul. Se había recogido los cabellos, y su rostro reflejaba una mezcla de temor e incertidumbre.

—¿Eres tú, Dirk?
—No —dijo él, sonriendo en la oscuridad—. Es tu lechero montañés.

Ella suspiró aliviada, se adelantó y aferró el brazo de él. —No sirves para actor. Bien, ¿qué haces aquí?
—Estas cosas me inquietan. —Dirigió el haz de luz a los restos del avión—. Ahora sé la razón.

Loren permaneció inmóvil, temblando en ese garaje sucio y polvoriento bajo la cabaña silenciosa.

—Estás viendo una tormenta en un vaso de agua —murmuró—. Tú mismo lo dijiste: los Raferty te dieron una explicación lógica de cómo estos restos llegaron aquí. Es probable que papá los comprara en un almacén de desechos.

—No estoy tan seguro de ello —dijo Pitt.
—Siempre estaba comprando cosas viejas —arguyó Loren—. Mira este garaje; está repleto de sus extrañas invenciones inconclusas.

—Inconclusas, sí. Pero por lo menos hizo algo con las cosas restantes. En cambio, nunca tocó el tanque de oxígeno, ni el tren delantero. ¿Por qué?

—No hay nada misterioso en eso. Quizá papá murió antes de poder usarlos.

—Quizá.
—De modo que todo está aclarado —observó ella—. Volvamos a la cama antes de que muera de frío.

—Disculpa, pero aún no he terminado.
—¿Qué falta aún?
—Digamos que un guijarro en el zapato de la lógica —dijo él—. Mira esto, las agarraderas del tanque.

Loren se inclinó sobre el hombro de Pitt.
—Están rotas. ¿Qué esperabas encontrar?
—Si esto fue retirado de un avión viejo en un almacén de desechos, las agarraderas y los cierres de las líneas tendrían que estar cortados con pinzas o con un soplete. En cambio, aquí la ruptura fue obra de una fuerza terrible. Lo mismo puede decirse del tren delantero. El puntal se dobló y cortó exactamente debajo del amortiguador hidráulico. Pero es extraño: la rotura no ocurrió instantáneamente. La mayor parte del borde abollado está gastado y corroído, y en cambio una pequeña parte del extremo superior parece nueva. Se diría que el daño principal y la rotura final estuvieron separados por varios años.

—¿Y qué demuestra todo eso?
—Nada impresionante. Pero en todo caso indica que estas piezas no vienen de un almacén de desechos.

—Bien. ¿Satisfecho?
—No del todo. —Desplazó el tanque de oxígeno, lo sacó del garaje y lo depositó en el jeep—. No puedo mover solo el tren delantero. Tendrás que ayudarme.

—¿Qué te propones?
—Dijiste que atravesaríamos las montañas, porque necesitas hacer compras en Denver.

—¿Y bien?
—Pues que mientras tú haces tus compras, llevaré estas cosas al aeropuerto Stapleton, y encontraré a alguien que pueda identificar el avión de donde provienen.

—Pitt, no eres Sherlock Holmes. ¿Por qué te tomas tanto trabajo?

—Me entretiene. Estoy aburrido. Tú puedes ocuparte de tu correspondencia política. Yo estoy cansado de hablar todo el día con los árboles.

—Gozas de mi atención concentrada durante la noche. —No solo de sexo vive el hombre.

Ella lo miró, fascinada, mientras Pitt movía dos tablas largas y las apoyaba contra la parte trasera del jeep.

—¿Preparada?
—No puede decirse que esté vestida para la ocasión —dijo ella con voz fría y carne de gallina.

—Entonces quítate eso, para no ensuciarlo.

Loren colgó de un clavo su peinador, intrigada acerca de la razón por la cual las mujeres instintivamente satisfacen los caprichos infantiles de los hombres. Después, los dos —Pitt con pantalones cortos, la representante Loren Smith completamente desnuda— empujaron y llevaron el tren delantero sobre la improvisada rampa, y al fin consiguieron meterlo en la parte trasera del jeep.

Mientras Pitt aseguraba las puertas del jeep, Loren permanecía de pie, bajo las primeras luces del alba, y se miraba la tierra y la grasa que le manchaban los muslos y el vientre, preguntándose qué la había inducido a conseguirse un amante chiflado.

4

Harvey Dolan, inspector principal de mantenimiento del Distrito Aéreo de la Administración Federal de Aviación, miró a contraluz sus gafas, y como las halló limpias, las ajustó sobre la nariz.

—¿Dice que los encontró en las montañas?
—A unos cincuenta kilómetros al noroeste de Leadville, en las montañas Sawatch —contestó Pitt. Tenía que hablar en voz muy alta para que su interlocutor lo oyese por sobre el estrépito de la grúa móvil que estaba transportando el tren delantero y el tanque de oxígeno del jeep al enorme hangar de inspección del distrito.

—Difícil sacar conclusiones —dijo Dolan.
—Pero usted puede proponer una conjetura más o menos informada.

Dolan se encogió de hombros, como rehusando el compromiso.

—Se podría comparar este caso con el del policía que encontró a un niño extraviado. El policía puede afirmar que es un niño con dos brazos y dos piernas, y que tiene dos años de edad. Las ropas del niño fueron compradas en J. C. Penney, y sus zapatos son de Buster Browns. Dice que su nombre de pila es Joey, pero no sabe su apellido, su dirección, ni el número de teléfono. Señor Pitt, estamos en la misma situación que ese policía.

—¿Puede traducir su analogía a detalles concretos? —preguntó Pitt, sonriendo.

—Por favor, observe —dijo Dolan, que había adoptado una actitud profesional. Extrajo del bolsillo un bolígrafo y lo movió como un puntero—. Tenemos ante nosotros el tren delantero de aterrizaje de un avión; un avión que pesaba treinta y cinco a cuarenta toneladas. Era un aparato de hélice, porque los neumáticos no fueron fabricados para soportar la tensión del aterrizaje de alta velocidad del avión a reacción. Asimismo, el diseño del puntal de conexión es de un tipo que no se construye desde la década de 1950. Por consiguiente, este aparato tiene entre treinta y cuarenta y cinco años. Los neumáticos vienen de Good Year y las ruedas de Rantoul Engineering, de Chicago. Pero con respecto a la fabricación del avión y a su propietario, me temo que no tenemos mucho en que basarnos.

—De modo que ahí termina el asunto —dijo Pitt. —Usted se desalienta demasiado fácilmente —observó Dolan—. En el puntal hay un número de serie perfectamente legible. Si podemos determinar el tipo de avión para el cual fue fabricado este modelo especial de tren delantero, es bastante sencillo rastrear el número a través del fabricante, y determinar el tipo de avión.

—Según usted lo explica, parece fácil.
—¿Hay otros fragmentos?
—Solo lo que usted ha visto.
—¿Por qué los ha traído aquí?
—Imaginé que si alguien podía identificarlos, debía ser la Administración Federal de Aviación.

—De modo que nos pone en un aprieto, ¿eh? —dijo Dolan, sonriendo.

—Sin malicia —replicó Pitt, retribuyendo la sonrisa. —No hay muchos elementos —insistió Dolan—, pero uno nunca sabe; quizá tengamos suerte.

Con el pulgar hizo un movimiento descendente, apuntando a un lugar que mostraba un círculo de pintura roja, sobre el piso de cemento. El operario de la grúa móvil hizo una señal con la cabeza y bajó la pala que sostenía las piezas. Después, dio marcha atrás a la grúa, realizó un giro de noventa grados y se alejó ruidosamente hacia otro extremo del hangar.

Dolan levantó el tanque de oxígeno y lo hizo girar en sus manos, como un conocedor que admira un vaso griego; después volvió a depositarlo en el suelo.

—No hay modo de rastrear esto —dijo—. Varios fabricantes continúan produciendo tanques estandarizados como este para veinte modelos diferentes de avión.

Dolan comenzó a interesarse en su tarea. Se arrodilló y examinó cada centímetro cuadrado del tren delantero. En determinado momento pidió a Pitt que lo ayudase a mover el artefacto. Pasaron cinco minutos sin que el hombre pronunciase palabra.

Finalmente, Pitt rompió el silencio.
—¿Le dice algo?
—Bastante. —Dolan se enderezó—. Pero desgraciadamente no es fácil de descifrar.

—Fue un tiro a ciegas —dijo Pitt—. Me siento culpable de haberle traído este enigma.

—Descuide —repuso Dolan—. Para eso me paga el gobierno. La Administración Federal de Aviación tiene archivados docenas de aviones cuyo destino nunca pudo aclararse. Si se nos ofrece la oportunidad de resolver un caso, la aprovechamos de buena gana.

—¿Cómo haremos para determinar la estructura del avión?

—Generalmente pedimos la ayuda de técnicos investigadores de nuestra división de ingeniería. Pero creo que dispararé un tiro a ciegas y tomaré un atajo.

Phil Devin, jefe de mantenimiento de United Airlines, es una enciclopedia viviente en la materia. Si alguien puede decirnos de qué se trata, es precisamente él.

—¿Tan eficiente es? —preguntó Pitt.
—Se lo aseguro —dijo Dolan con una sonrisa de suficiencia—. Así es de eficiente.

—Por cierto que no es usted fotógrafo. La iluminación es pésima.

Un cigarrillo sin filtro colgaba de los labios de Phil Devin mientras estudiaba las fotografías Polaroid que Dolan había tomado del tren delantero. Devin parecía un actor cinematográfico de carácter: el vientre abultado y una voz que parecía un gimoteo.

—No he venido aquí para participar en un concurso de fotografía artística —replicó Dolan—. ¿Puede o no decirnos algo acerca de estas ruedas?

—Me parecen más o menos conocidas… quizá el tren de un viejo B-29.

—Eso no nos sirve.
—¿Qué pretende después de mostrarme un montón de pésimas fotos? ¿Una identificación absoluta e irrefutable? —Sí, había esperado algo así —replicó Dolan sin inmutarse.

Pitt comenzaba a preguntarse si tendría que arbitrar una pelea. Devin advirtió la mirada inquieta en los ojos de su visitante.

—Cálmese, señor Pitt —dijo y sonrió—. Harvey y yo tenemos una norma: nunca nos tratamos cortésmente en horas de trabajo. Pero apenas dan las cinco, interrumpimos la pelea y nos vamos a beber una cerveza.

—Y generalmente pago yo —observó con sequedad Dolan.

—Los empleados del gobierno están en mejores condiciones para afrontar gastos —dijo Devin.

—Acerca del tren delantero… —dijo Pitt, tratando de reencauzar la conversación.

—Oh, sí, creo que puedo decir algo. —Devin se puso pesadamente de pie, se apartó del escritorio y abrió un mueble archivo repleto de gruesos libros encuadernados con plástico negro—. Antiguos manuales de mantenimiento —explicó—. Probablemente soy el único loco de la aviación comercial que aún los conserva. —Retiró sin vacilar un volumen sepultado bajo el montón y comenzó a hojearlo. Después de unos instantes encontró lo que buscaba, y depositó sobre el escritorio el libro abierto—. ¿Creéis que es suficientemente parecido?

Pitt y Dolan se inclinaron y examinaron la fotografía de un tren delantero en primer plano.

—El diseño de las ruedas, las piezas y las dimensiones —Dolan tocó la página con el dedo— son exactamente los mismos.

—¿Qué avión es? —preguntó Pitt.
—Un Boeing Stratocruiser —contestó Devin—. En realidad, no erré demasiado cuando supuse que era un B-29. El Stratocruiser se basaba en el diseño del bombardero. La versión de la fuerza aérea se llamó C-97.

Pitt volvió las páginas y encontró una fotografía del avión en vuelo. Un avión de aspecto extraño: su fuselaje de dos puentes tenía la configuración de una gran ballena de vientre doble.

—Recuerdo haberlos visto de niño —dijo Pitt—. Pan American los usaba.

—Y también United —dijo Devin—. Volábamos a Hawai. Era un avión excelente.

—¿Y ahora qué? —dijo Pitt, volviéndose hacia Dolan. —Ahora envío a Boeing, en Seattle, el número de serie del tren delantero, así como el pedido de que lo comparen con el avión original. También llamaré a la Junta Nacional de Seguridad del Transporte, en Washington, que podrá informarme sobre si se perdió algún Stratocruiser comercial en el territorio continental de Estados Unidos.

—¿Y si se descubre que así fue?
—La Administración Federal de Aviación iniciará la investigación oficial del misterio —dijo Dolan—. Y después veremos qué ocurre.

5

Pitt pasó los dos días siguientes en un helicóptero alquilado, cruzando las montañas y ampliando el área de búsqueda. Dos veces él y el piloto identificaron lugares donde habían ocurrido accidentes, pero en definitiva se descubrió que eran catástrofes perfectamente conocidas. Después de varias horas en el aire —las asentaderas entumecidas a causa de la inmovilidad, y el resto del cuerpo agotado por la vibración del motor y el maltrato infligido por los pozos de aire y las corrientes cruzadas—, Pitt se sintió realmente agradecido cuando divisó la cabaña de Loren, y el piloto aterrizó en un prado cercano.

Los esquís se hundieron en la hierba, y las paletas dejaron de ronronear y finalmente se detuvieron. Pitt desabrochó el cinturón de seguridad, abrió la portezuela y salió del helicóptero, regodeándose en una serie de movimientos destinados a estirar sus músculos.

—¿Mañana a la misma hora, señor Pitt? —El piloto tenía acento de Oklahoma, y cabello corto.

Pitt asintió.
—Iremos hacia el sur, y examinaremos el extremo inferior del valle.

—¿Piensa pasar por alto las laderas que hay encima de la línea boscosa?

—Si un avión hubiese caído en campo abierto, en treinta años habrían tenido tiempo de sobra para encontrarlo.

—Nunca se sabe. Recuerdo que un reactor de la fuerza aérea destinado a entrenamiento cayó en la ladera de una montaña, cerca de San Juan. El impacto provocó una avalancha y los restos sepultaron al avión. Las víctimas continúan bajo la roca.

—Supongo que esa es una posibilidad remota —dijo Pitt con expresión fatigada.

—Si desea conocer mi opinión, es la única posibilidad. —El piloto se interrumpió para sonarse la nariz—. Un avión pequeño y liviano puede caer entre los árboles y permanecer oculto toda la eternidad; pero no es el caso de un aparato de cuatro motores. Los pinos y los tiemblos no pueden disimular un desastre de tal magnitud. Y aunque lo hubieran hecho, es indudable que a estas horas un cazador ya lo habría hallado.

—Estoy dispuesto a escuchar cualquier teoría que explique los hechos —dijo Pitt. Por el rabillo del ojo vio a Loren que salía de la cabaña y atravesaba corriendo el prado. Pitt cerró la portezuela y con un gesto de la mano se despidió del piloto. Se volvió y no se molestó en mirar hacia atrás cuando el motor volvió a rugir. El aparato se elevó y zumbó sobre los árboles.

Loren se arrojó en brazos de Pitt, sin aliento a causa de la carrera en el aire enrarecido de la montaña. Se la veía vivaz y vibrante con sus ajustados pantalones blancos y el jersey rojo de cuello alto. Su rostro bien dibujado parecía resplandecer, iluminado por el sol del atardecer, y la luz oblicua acentuaba el efecto tiñendo de oro la piel femenina. Él la alzó y giró sobre sí mismo, y pegó su boca a la de Loren, mientras miraba aquel par de bellos ojos violeta que le devolvían la mirada. Nunca dejaba de divertir a Pitt el hecho de que Loren mantenía abiertos los ojos cuando besaba o hacía el amor, porque según afirmaba no deseaba perderse nada.

Finalmente, alzó la mano para indicar que estaba sin aliento, y apartó a Pitt, mientras arrugaba la nariz.

—¡Uf!, hueles mal.
—Lo lamento, pero permanecer todo el día bajo la cubierta plástica de un helicóptero es como deshidratarse en un invernadero.

—No necesitas disculparte. El olor almizclado de los hombres produce un efecto catastrófico sobre las mujeres. Por supuesto, el hecho de que también huelas a gasolina y aceite no es muy favorable.

—En ese caso, te abandono inmediatamente y me encamino hacia la ducha.

Ella echó una ojeada a su reloj.
—Después. Si nos damos prisa, todavía podemos alcanzarlo.

—¿Alcanzar a quién?
—A Harvey Dolan. Llamó.
—¿Cómo? Tú no tienes teléfono.
—Solo sé que un guardabosque vino y dijo que debías llamar a Dolan a su oficina. Que era importante.

—¿Dónde hay un teléfono? —¿Dónde? En casa de los Raferty.

Lee estaba en la ciudad, pero Maxine de buena gana facilitó el teléfono a Pitt. Lo instaló frente a un viejo escritorio y le pasó el auricular. La operadora se mostró eficiente, y menos de diez segundos después Dolan estaba al otro extremo de la línea.

—¿Cómo demonios se le ocurre hacerme una llamada a cobro revertido? —gruñó.

—El gobierno puede pagar —dijo Pitt—. ¿Cómo pudo hacerme llegar su mensaje?

—La banda ciudadana de la radio de mi automóvil. Envié una señal desde un satélite de comunicaciones hasta la estación de guardabosques del Parque Nacional de Río Blanco, y les pedí que retransmitieran el mensaje.

—¿Ha conseguido algo?
—Algunas buenas noticias, y otras no tan buenas. —Dígamelas por ese orden.
—La buena noticia es que me contestaron de Boeing. El tren delantero fue instalado como equipo original en el avión número 75.403. La noticia no tan buena es que ese avión pasó a poder de los militares.

—Entonces lo recibió la fuerza aérea.
—Así parece. En todo caso, la Junta Nacional de Seguridad del Transporte no registra la pérdida de un Stratocruiser comercial. Siento decirle que solo puedo llegar hasta aquí. En adelante, si quiere continuar investigando como ciudadano privado, tendrá que acudir a las fuerzas armadas. La seguridad aérea militar cae fuera de nuestra jurisdicción.

—Eso haré —replicó Pitt—. Aunque sea para calmar mis propias fantasías acerca de aviones fantasma.

—Supuse que diría algo así —observó Dolan—. De modo que me tomé la libertad de enviar una carta (en su nombre, por supuesto) preguntando acerca de la situación actual del Boeing 75.403, al inspector general de Seguridad de la base

Norton de la fuerza aérea, California. Cierto coronel Abe Steiger se pondrá en contacto con usted apenas descubra algo.

—¿Cuál es la función de este Steiger?
—En esencia, es mi contraparte militar. Realiza investigaciones acerca de las causas de los accidentes de la fuerza aérea en la región occidental.

—Entonces, pronto tendremos la respuesta a este enigma. —Así parece.
—¿Usted qué opina, Dolan? —preguntó Pitt—. Su opinión sincera.

—Bien… —empezó cautelosamente Dolan—, no le mentiré, Pitt. Personalmente, creo que su avión perdido aparecerá en los archivos de un negociante de chatarra que compra desechos oficiales.

—Y yo que había pensado que este era el comienzo de una bella amistad.

—Usted quiso saber mi opinión.
—Harvey, le agradezco su ayuda. La próxima vez que vaya a Denver lo invitaré a almorzar.

—Nunca rechazo una comida gratis.
—Bien, ya nos veremos.
—Un momento. —Dolan respiró hondo—. Si yo acierto y hay una razón muy sencilla que explica la aparición de ese tren delantero en el garaje de la señorita Smith, ¿qué hará?

—Tengo la extraña sensación de que no será así —replicó Pitt.

Dolan colgó el auricular y permaneció sentado, mirándolo fijamente. Un extraño escalofrío le recorrió la espalda y le puso la carne de gallina. La voz de Pitt había sonado como si viniera de ultratumba.

6

Loren retiró la vajilla y llevó al balcón una bandeja con dos jarros de café humeante. Pitt estaba sentado en una silla que se apoyaba en las dos patas traseras, y descansaba los pies sobre la barandilla. A pesar del fresco aire de una noche de septiembre, llevaba un jersey de manga corta.

—¿Café? —preguntó Loren.

Como quien sale de un trance, él se volvió y la miró. —¿Qué? —Después murmuró—: Disculpa, no te oí llegar.

Los ojos violeta lo estudiaron.
—Pareces un poseído —dijo Loren, pero sin saber muy bien por qué.

—Tal vez estoy volviéndome psicótico —Observó Pitt con una leve sonrisa—. Empiezo a ver aviones caídos en cada uno de mis pensamientos.

Ella le entregó una taza, y rodeó la otra con sus manos, para calentárselas.

—Esa tonta basura de papá. Desde que llegamos solamente piensas en eso. Has exagerado todo del modo más absurdo.

—No le encuentro sentido. —Pitt hizo una pausa y sorbió el café—. Llámalo la maldición de Pitt; no puedo abandonar un problema hasta que encuentro la solución. ¿Te parece extraño?

—Supongo que hay gente que se siente obligada a hallar respuestas a lo desconocido.

Él continuó hablando con aire distraído.
—No es la primera vez que he tenido un profundo sentimiento intuitivo acerca de algo.

—¿Y siempre aciertas?

Pitt se encogió de hombros y sonrió.
—A decir verdad, mi porcentaje de éxitos es aproximadamente uno de cada cinco.

—Y si se demuestra que los restos que trajo papá no provienen de un avión caído cerca de aquí, ¿qué harás?

—Lo olvidaré y volveré al mundo de las cosas prácticas. Lo invadió un sentimiento de quietud. Loren se acercó y se sentó en sus rodillas, tratando de abso

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos