La estirpe de Lilith (Trilogía Xenogénesis)

Octavia E. Butler

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Vi Amanecer unas cuantas veces de adolescente, cuando buscaba novelas de ciencia ficción. Empecé a leerlo y, mientras lo hacía, no tenía ni idea de que Butler fuera negra. Pero cuando llevaba unas veinte páginas leídas, vi que sacaba un tema que me hizo pensar: «Espera un momento, este personaje, Lilith Iyapo, soy... soy yo».

Siempre había dado por hecho que la ciencia ficción y la fantasía eran cosas de las que podía disfrutar aunque en realidad no estuviesen hechas para mí, pero a medida que me fui aficionando, vi que ella estaba metida en ello, lo que me llevó a pensar que yo también podría estarlo.

Cuando empecé a ir a convenciones y a actividades para escritores, hablé con unos treinta o cuarenta escritores negros de género que publicaban relatos cortos, novelas y demás, y todos lo hacían porque Octavia E. Butler les había abierto el camino.

Butler hablaba sobre los problemas de las mujeres a causa del sexismo explícito y también del sexismo más sutil, así como del sexismo interiorizado en ellas. Pero no creo que fuese intencionado, creo que simplemente escribía sobre la experiencia realista de un personaje femenino en un mundo diverso y complejo.

La ficción de Butler hablaba de temas horribles que yo veía en el mundo real que me rodeaba, pero también sugería que podíamos ser mejores, que podíamos sobrevivir, crecer, cambiar y mejorar.

N. K. JEMISIN

Nota a la presente edición en castellano

Nota a la presente edición en castellano

Si por algo es tan poderosa la palabra escrita es porque permanece. Es una de las formas en las que el ser humano trasciende su propia mortalidad y puede rozar con los dedos el sueño de la vida eterna. Y esto implica una responsabilidad excepcional cuando adaptamos una obra escrita originalmente en otro idioma. Trasladar según qué términos que no tienen un equivalente claro directo —o que, de tenerlo, aportan cargas de muchos tipos que no estaban presentes en el original— es una labor especialmente compleja en el caso de La estirpe de Lilith.

Más allá de llevar a cabo una revisión de estilo y una actualización más o menos estándar de la traducción original de Luis Vigil, la tarea que se ha realizado ha tenido que ver con garantizar que la obra conserva su espíritu. Esta siempre es una empresa complicada, claro está: ¿cómo ser capaces de aislar una obra de las limitaciones y la visión del mundo de la época en que se tradujo, de sustituir los términos que ahora nos pueden resultar un tanto gruesos o anacrónicos, sin caer en exactamente lo mismo, pero treinta años después? Es decir: ¿cómo evitar que nuestro contexto histórico, el momento en el que vivimos, condicione nuestra adaptación de la obra y la convierta en efímera?

En un caso como el de La estirpe de Lilith, en el que nos encontramos con una especie alienígena inteligente que carece de muchos de los prejuicios que tenemos los humanos y en el que, además, el lenguaje tiene un peso formidable, la tarea se convierte en una labor titánica. Tras muchas reflexiones, el trabajo de la propia Octavia E. Butler ha sido el que ha inspirado la estrategia que se ha seguido y ha servido de guía para esta edición revisada: la sencillez deliciosa del texto original, carente de artificios y sin embargo con tanta potencia como solo una gran pluma es capaz de brindarle, debía marcar las elecciones de nuestra adaptación. Si no, la personalidad de la obra, su subtexto y su intención se habrían perdido, irremisiblemente, en el proceso.

Y volvemos al lenguaje: en esta serie de libros aparece un tercer sexo, ni masculino ni femenino —sexo, no género, pues así lo entendemos en el original—, que recibe un tratamiento neutro a lo largo de toda la obra. En La estirpe de Lilith, donde incluso se habla explícitamente de ese tratamiento concreto en el lenguaje, este detalle no debe tomarse a la ligera, pues está muy presente a lo largo de sus páginas e incluso nos atrevemos a afirmar que, en cierta forma, funciona como una columna vertebral de la trilogía. Mucho menos debe soslayarse aún en un contexto histórico como en el que ahora vivimos: un momento en el que, afortunadamente, se abren al respecto debates lingüísticos interesantísimos, que parten de la voluntad y el deseo general de alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. Y, sobre todo, un momento en el que por fin empieza a prestarse atención a las voces de las personas que, a lo largo de los años, han sido injustamente marginadas, repudiadas y apartadas. Esta trilogía de Octavia E. Butler, aun conteniendo algunos conceptos que, lógicamente, han sido superados por el avance de la sociedad —no olvidemos que se publicó a finales de los años ochenta del siglo pasado—, es un arma potentísima contra los prejuicios. Y no solo por los temas que trata, sino por cómo los aborda. Aquí fondo y forma van tan de la mano que una adaptación que no sea capaz de trasladar cada uno de los matices de esta última convertiría la obra en algo absolutamente diferente.

Así pues, la estrategia de adaptación marcó de forma absoluta nuestra revisión de la trilogía. ¿Qué ocurre si en el original se habla de un sujeto como «it» y en español utilizamos el masculino por defecto, «él»? ¿Qué ocurriría si lo adaptáramos como el neutro por el que muchas personas abogan actualmente en nuestro idioma, «elle»? ¿Y qué pasaría si utilizáramos otras fórmulas, como «ellx» o «ell@»…? ¿Qué deberíamos tener en consideración para adoptar una estrategia u otra?

Como ya se adelantaba unos párrafos más arriba, partimos de la convicción de que la literatura debe perdurar y de que, además, la intervención sobre el texto adaptado a nuestro idioma debe ser casi invisible, en el sentido de que no debe sacar a quien lo lee de lo que está leyendo. Por eso, en la presente edición, la opción elegida finalmente para el tratamiento de ese sexo neutro no implica el uso de neologismos que aún no se han asentado en nuestro idioma y que, sobre todo, no vemos presentes en el texto original (si en inglés la obra se hubiese escrito utilizando el lenguaje inclusivo tal como lo entendemos ahora, evidentemente la única adaptación válida posible habría sido utilizar «elle»). Sin embargo, teniendo en cuenta el momento en el que se escribió, creemos que esa opción habría incurrido en un anacronismo (quizá algo menor en el caso de «ell@», descartada automáticamente por su binarismo, y «ellx», utilizada ya en contextos de activismo más cercanos en el tiempo a la fecha de publicación de la obra, pero que es impronunciable y que, además, habría dificultado la comprensión lectora en una posible adaptación a audiolibro o en las versiones destinadas a personas con problemas de visión).

Hoy en día, de haber seguido cualquiera de las estrategias que hemos explicado, creemos que habríamos sacrificado el espíritu de la obra, de la misma manera en que tampoco habría resultado adecuada la utilización del masculino genérico. Así que, tras mucho reflexionar, la estrategia que hemos considerado más apropiada ha sido la de utilizar un lenguaje no binario indirecto cuando la autora habla de ese tercer sexo. Una vez adoptada la decisión, de repente todo pareció encajar: nos parece la forma más respetuosa con la sencillez del texto original y, a la vez, con cualquier persona que lo lea. Creemos que permite a la obra llegar de manera más directa a un mayor número de personas muy diversas entre sí. Y, por encima de todo, pensamos que es la opción que más respeta la intención del original. En el caso concreto de los términos que no tenían una adaptación directa sencilla a nuestro idioma, o la tenían pero añadían una carga de género gramatical a la palabra y por ello condicionaban la lectura —por ejemplo, el caso de «sibling», cuya traducción es «hermano» o «hermana», indistintamente, pero que tiene en español un carácter claramente binario que no es aplicable en esta obra—, hemos recurrido a un brevísimo circunloquio por la importancia capital, a nuestro juicio, de respetar la premisa de neutralidad del original.

Cualquier estrategia se puede plasmar de muchas formas. Lo importante ha sido, al menos en este caso, que la elección de esa estrategia fuese coherente con lo transmitido por el texto original. Confiamos en haber acertado y nos encomendamos al espíritu eterno de la literatura.

PILAR MÁRQUEZ

En recuerdo de Mike Hodel, quien, a través de su campaña

de alfabetización READ/SF, intentó compartir con todo el

mundo el placer y la utilidad de la palabra escrita

Amanecer
amanecer
I. Matriz

I

Matriz

Capítulo 1

1

¡Viva!

Aún viva.

El Despertar fue duro, como siempre. La decepción definitiva. Era toda una lucha solo lograr inspirar el aire suficiente como para borrar la pesadilla de la sensación de asfixia. Lilith Iyapo yacía jadeante, estremecida por lo violento de su esfuerzo. Su corazón latía demasiado fuerte, demasiado deprisa. Se enroscó en torno a él, fetal, inerme. La circulación empezó a volver a sus brazos y piernas en oleadas de dolores diminutos, exquisitos.

Cuando su cuerpo se calmó y se fue reconciliando con la reanimación, miró alrededor. La habitación parecía estar iluminada de modo tenue, aunque nunca antes había Despertado en la penumbra. Corrigió su pensamiento: la habitación no solo parecía estar tenuemente iluminada, lo estaba. En un Despertar anterior había decidido que la realidad sería lo que fuera que pasase, lo que ella percibiese. Naturalmente, se le había ocurrido (¿cuántas veces?) que podía estar loca o drogada, enferma o herida. Nada de eso importaba. No podría importar mientras ella estuviera confinada así, mientras la mantuvieran inerme, sola e ignorante.

Se sentó y se tambaleó, mareada, luego se volvió para observar el resto de la estancia.

Las paredes eran de color claro, quizá blancas o grises. La cama era lo de siempre: una plataforma sólida, que cedía un poco al tacto y que parecía brotar del suelo. Al otro lado había una puerta que probablemente daba a un lavabo. La habitación que le daban solía tener baño. En dos ocasiones no se lo habían facilitado y, dentro de su cubículo sin ventanas ni puertas, no le había quedado otra que elegir un rincón.

Fue hasta la puerta, echó un vistazo a través de la uniforme penumbra y comprobó satisfecha que, en efecto, había un servicio. Y que no solo había un retrete y un lavabo, sino también una ducha. Todo un lujo.

¿Qué más tenía?

Muy poco. Había otra plataforma, quizá un palmo más alta que la cama. Se podría utilizar como mesa, aunque no había silla. Y había algunas cosas sobre ella. Lo primero que vio fue la comida. Era el típico cereal o guiso grumoso, de sabor irreconocible, dentro de un bol comestible que se desintegraría si lo vaciaba y no se lo comía también.

Y había algo más junto al bol. Incapaz de verlo con claridad, lo palpó.

¡Ropa! Un montón de ropa doblada. La agarró de un tirón, se le cayó por las ansias, la recogió y empezó a ponérsela: una chaqueta de color claro que le llegaba hasta las caderas y unos pantalones largos y sueltos, ambos tejidos en un material fresco y exquisitamente suave que le hizo pensar en seda, pero que, por algún motivo que no sabría explicar, no pensó que lo fuese. La chaqueta se adhería a sí misma y permanecía cerrada cuando la cerraba, pero se abría con suficiente facilidad cuando tiraba de los dos paneles frontales. La forma en que se separaban le hizo pensar en el velcro, aunque no había, a simple vista. Los pantalones se cerraban del mismo modo. Desde su primer Despertar hasta ese momento no se le había permitido usar ropa alguna. Había suplicado que se la dieran, pero sus captores la habían ignorado. Ahora, vestida, se sintió más segura que nunca antes durante su cautiverio. Sabía que era una falsa seguridad, pero había aprendido a saborear cualquier placer, cualquier suplemento a su autoestima que pudiera conseguir.

Mientras abría y cerraba la chaqueta, su mano tocó la larga cicatriz que atravesaba su abdomen. Había aparecido, de algún modo, entre su segundo y su tercer Despertar: la había examinado temerosa, preguntándose qué le habrían hecho. ¿Qué habría ganado o perdido, y por qué? ¿Y qué más le podrían hacer? Ya no era dueña de sí misma. Incluso podrían cortar y coser su carne sin su consentimiento o su conocimiento.

La había enfurecido, en sus Despertares más recientes, haber llegado a sentir gratitud hacia sus mutiladores en algunos momentos por haberla dejado dormir durante lo que quiera que le hubiesen hecho y por haberlo realizado lo suficientemente bien como para ahorrarle cualquier dolor o incapacidad posterior.

Se frotó la cicatriz, trazando su perfil. Finalmente, se sentó en la cama y se comió su insípida comida, junto con el bol entero también, más por disfrutar del cambio de textura que por satisfacer cualquier atisbo de hambre residual. A continuación, inició la más antigua y vana de sus tareas: la búsqueda de alguna grieta, algún sonido a hueco, algún indicio de un camino por el que salir de su prisión.

Había hecho aquello cada Despertar. En su primer Despertar, había estado llamando durante toda su inspección. Al no recibir respuesta, había gritado, luego llorado y finalmente maldecido hasta quedarse sin voz. Había golpeado las paredes hasta que sus manos sangraron y se le hincharon de una forma repulsiva.

No obtuvo ni un susurro de respuesta. Sus captores solo hablaron cuando estuvieron listos, y no antes. No se dejaron ver: ella siguió encerrada en su cubículo y sus voces le llegaron desde arriba, como la luz. No había ningún altavoz a la vista, del mismo modo que tampoco se percibía ningún punto concreto desde el que se originase la luz. Todo el techo parecía ser un altavoz y una lámpara… Y quizá también un ventilador, pues el aire se mantenía fresco. Se imaginó que estaba en una gran caja, como una rata enjaulada. Quizá había gente sobre ella mirando hacia abajo a través de un cristal de un solo sentido o mediante algún circuito cerrado de televisión.

¿Por qué?

No había respuesta. Se lo había preguntado a sus captores cuando, finalmente, habían empezado a hablarle. Se habían negado a explicárselo. Y le habían hecho preguntas a ella. Al principio, sencillas.

¿Qué edad tenía?

Veintiséis años, había pensado en silencio. ¿Tenía aún solo veintiséis años? ¿Cuánto tiempo hacía que la mantenían cautiva? No se lo dijeron.

¿Había estado casada?

Sí, pero él se había ido, hacía mucho, lejos de su alcance, más allá de su prisión.

¿Había tenido descendientes?

¡Oh, Dios! Un hijo, desaparecido también mucho tiempo atrás, con su padre. Un hijo. Ausente. Si existe un más allá, qué atestado debe estar en estos momentos.

¿Había tenido familiares en su línea fraternal? Esas eran las palabras que habían empleado: «línea fraternal».

Dos hermanos y una hermana, probablemente muertos junto con el resto de su familia. Una madre, muerta hacía mucho; un padre, probablemente muerto también; diversos tíos, tías, primos, primas, sobrinos, sobrinas… probablemente muertos.

¿Qué trabajo había llevado a cabo?

Ninguno. Su hijo y su marido habían sido su trabajo durante unos breves años. Después del accidente de coche en el que murieron ella había regresado a la universidad, para decidir allí qué hacer con su vida.

¿Recordaba la guerra?

Una pregunta demencial. ¿Alguien que hubiese vivido la guerra podría llegar a olvidarla? Un puñado de gente había intentado cometer un humanicidio. Casi lo consiguen. Ella había logrado sobrevivir por puro azar, solo para ser capturada y encarcelada por Dios sabe quién. Se había ofrecido a contestar sus preguntas si la dejaban salir del cubículo. No aceptaron.

Les había ofrecido intercambiar sus respuestas por las de ellos: ¿quiénes eran? ¿Por qué la tenían prisionera? ¿Dónde estaba? Respuesta por respuesta. De nuevo, una negativa.

Así que ella también les mostró su rechazo; no les dio ninguna respuesta, ignoró las pruebas físicas y mentales a las que intentaron someterla. No sabía lo que podrían hacerle. Le aterraba que le hiciesen daño, que la castigaran. Pero sentía que debía arriesgarse a negociar, intentar ganar algo, y su única moneda era la cooperación.

Ni la castigaron ni negociaron con ella. Simplemente dejaron de hablarle.

La comida continuaba apareciendo, misteriosamente, cuando daba una cabezada. El agua seguía manando de los grifos del lavabo. La luz aún brillaba. Pero, aparte de eso, no había nada, nadie, ningún sonido a menos que ella lo produjese, ningún objeto con el que entretenerse. Solo estaban las plataformas de la cama y la mesa. Y no podían despegarse del suelo, por duro que lo intentase. Las manchas se desdibujaban enseguida y acababan por desaparecer de las superficies. Pasó horas tratando de resolver en vano el problema de cómo intentar destruirlos. Esta era una de las actividades que la mantenían relativamente cuerda. Otra era tratar de alcanzar el techo. Nada sobre lo que pudiera subirse la colocaba a una distancia que le permitiese alcanzarlo de un salto. Como experimento, lanzó hacia arriba un bol de comida (la mejor arma a su alcance). La comida manchó el techo con salpicaduras, confirmándole que este era sólido y no algún tipo de proyección o truco de espejos. Pero era posible que no fuese tan grueso como las paredes. Quizá incluso se tratase de cristal o de un plástico fino.

Nunca lo descubrió.

Elaboró una tabla de ejercicios físicos, y los hubiera realizado a diario si hubiera tenido algún modo de distinguir un día del siguiente o el día de la noche. En cualquier caso, los hacía después de cada una de sus siestas más largas.

Dormía mucho, y estaba agradecida a su cuerpo por responder a sus sentimientos alternos de miedo y aburrimiento dormitando con frecuencia. Los pequeños e indoloros despertares de esas cabezadas empezaron, al fin, a decepcionarla tanto como el gran Despertar.

¿El gran Despertar de qué? ¿De un sueño inducido por las drogas? ¿Qué otra cosa podía ser? No la habían herido en la guerra, no había solicitado ni necesitado atención médica. Y, sin embargo, allí estaba.

Cantó canciones y recordó libros que había leído, películas y programas de televisión que había visto, historias familiares que había oído, retazos de su propia vida que le habían parecido totalmente corrientes mientras era libre para vivirla. Se inventó historias y argumentó defendiendo puntos de vista opuestos sobre cuestiones que en otro tiempo la habían apasionado, ¡lo que fuese!

Pasó más tiempo. Resistió, no les habló directamente a sus captores excepto para insultarlos. No les ofreció cooperación alguna. Hubo momentos en los que no sabía para qué resistía. ¿Qué iba a perder si contestaba a las preguntas de sus carceleros? ¿Qué tenía que perder más allá del sufrimiento, el aislamiento y el silencio? Y, sin embargo, resistió.

Llegó un momento en el que no pudo evitar hablar sola, cuando le pareció que cada pensamiento que se le ocurría debía de ser enunciado en voz alta. Hacía intentos desesperados por estar callada, pero, de algún modo, las palabras salían de nuevo de su boca. Pensó que perdería la cordura, que ya había empezado a perderla. Se puso a llorar.

Al fin, mientras estaba sentada en el suelo balanceándose, pensando en perder la cabeza y quizá también hablando de ello, introdujeron algo en la habitación… Algún gas, quizá. Cayó hacia atrás y se hundió en lo que terminaría considerando su segundo sueño largo.

En su siguiente Despertar, ya fuese horas, días o años después, sus captores comenzaron a hablar de nuevo con ella, haciéndole las mismas preguntas como si no se las hubieran hecho antes. Esta vez les contestó. Cuando lo consideraba oportuno les mentía, pero siempre les contestaba. Hubo curación en su largo sueño: se Despertó sin una especial inclinación a enunciar en voz alta sus pensamientos o a sentarse en el suelo y balancearse atrás y adelante, pero su memoria estaba intacta. Recordaba muy bien el largo período de silencio y aislamiento. Incluso un interrogador invisible era mejor que eso.

Las preguntas se hicieron más complejas, incluso pasaron a ser conversaciones en Despertares posteriores. En una ocasión metieron con ella a un niño, un pequeño de largo y liso cabello negro y piel marrón humo, más pálida que la suya. No hablaba inglés, y se mostraba aterrorizado ante ella. Tendría solo unos cinco años, un poco mayor que Ayre, su propio hijo. Despertar junto a ella en ese lugar tan extraño era, probablemente, lo más aterrador que había experimentado jamás el pequeño.

El niño pasó muchas de sus primeras horas con ella encerrado en el lavabo o apretado contra el rincón más alejado de ella. Le llevó un tiempo convencerlo de que no era peligrosa. Luego empezó a enseñarle inglés y él comenzó a enseñarle su propio idioma, fuera el que fuese. Su nombre era Sharad. Ella le cantaba canciones y él las aprendía al momento. Se las cantaba luego, en un inglés casi sin acento, y no comprendía por qué ella no hacía lo mismo cuando él le cantaba sus canciones.

Al final ella aprendió sus canciones. Disfrutó el ejercicio. Cualquier cosa nueva era un tesoro.

Sharad fue una bendición, incluso cuando mojaba la cama que compartían o se impacientaba porque ella no lograba entenderlo lo suficientemente rápido. No se parecía mucho a Ayre ni en aspecto ni en temperamento, pero podía tocarlo. No recordaba cuándo había sido la última vez que había tocado a alguien. No se había dado cuenta de cuánto lo echaba de menos. Se preocupaba por él y se preguntaba cómo podría protegerlo. ¿Quién sabía lo que le habrían hecho sus carceleros, o lo que le harían? Pero ella no tenía más poder que él: al siguiente Despertar, ya no estaba. Experimento completado.

Les suplicó que lo dejasen volver, pero se negaron. Le contestaron que estaba con su madre. No los creyó. Se imaginó a Sharad encerrado a solas en su propio cubículo diminuto, con su mente aguda y retentiva embotándose con el paso del tiempo.

Indiferentes, sus captores comenzaron una nueva y compleja serie de preguntas y ejercicios.

Capítulo 2

2

¿Qué harían esta vez? ¿Lanzarle más preguntas? ¿Darle otro compañero? Apenas le importaba.

Permaneció sentada en la cama, vestida, esperando, cansada de un modo tan profundo y vacío que nada tenía que ver con el agotamiento físico. Antes o después alguien le hablaría.

Fue una larga espera. Se había acostado y estaba casi dormida cuando una voz dijo su nombre.

—¿Lilith? —La voz habitual, tranquila y andrógina.

Ella respiró hondo con hastío.

—¿Qué? —preguntó. Pero, mientras hablaba, se dio cuenta de que la voz no le había llegado de arriba, como siempre. Se incorporó con premura y miró alrededor. En un rincón descubrió la figura de un hombre delgado y con el pelo largo.

¿Era la razón de que esta vez le hubieran dado ropa, entonces? Él parecía vestir un conjunto similar. ¿Algo que quitarse cuando ambos hubieran llegado a conocerse mejor? ¡Dios santo!

—Creo —dijo ella con suavidad— que usted puede ser la gota que colma el vaso.

—No estoy aquí para hacerle daño —afirmó él.

—No. Claro que no.

—Estoy aquí para llevarla fuera.

Ahora ella se puso en pie dirigiéndole una gélida mirada, deseando que hubiera más luz. ¿Estaría bromeando? ¿Burlándose de ella?

—Fuera, ¿para qué?

—Educación. Trabajo. El inicio de una nueva vida.

Ella dio un paso hacia él y se detuvo. De algún modo, la asustaba. No conseguía obligarse a acercarse a él.

—Algo no va bien —afirmó—. ¿Quién es usted?

Él se movió un poco:

—¿Y qué soy yo?

Ella dio un respingo, porque eso era lo que había estado a punto de preguntar.

—No soy un hombre —prosiguió él—. No soy un ser humano.

Ella retrocedió hasta la cama, pero no se sentó.

—Dígame qué es.

—Estoy aquí para explicárselo… y para mostrárselo. ¿Me mirará ahora?

Dado que ya estaba mirando en su dirección, eso le hizo fruncir el ceño:

—La luz…

—Cambiará cuando usted esté dispuesta.

—Usted es… ¿Qué? ¿Viene de algún otro mundo?

—De un cierto número de otros mundos. Usted es uno de los pocos angloparlantes que nunca consideró la posibilidad de que podría estar en manos de extraterrestres.

—Sí que la consideré —susurró Lilith—. Así como la posibilidad de estar en prisión, en un manicomio, en manos del FBI, la CIA o el KGB. Las otras posibilidades me parecían ligeramente menos ridículas.

La criatura no dijo nada. Se quedó absolutamente inmóvil en su rincón, y ella sabía, por los muchos Despertares anteriores, que no volvería a hablarle de nuevo hasta que ella hiciese lo que él quería: hasta que no le dijese que estaba dispuesta a mirarlo y luego, bajo una luz más brillante, le echase el vistazo obligatorio. Aquellas cosas, fueran lo que fuesen, eran asombrosamente eficientes en aquello de esperar. Ella hizo esperar a aquel ser durante varios minutos y este no solo permaneció en silencio, sino que, además, no movió ni un músculo. ¿Disciplina o fisiología?

No tenía miedo. Mucho antes de su captura ya había superado aquello de asustarse por las caras «feas». Lo desconocido, eso sí que la asustaba. La jaula en la que se encontraba la asustaba. Prefería acostumbrarse a cualquier número de caras feas antes que a permanecer en su jaula.

—Muy bien —dijo—. Veámoslo.

La intensidad de luces aumentó, tal como ella había supuesto que sucedería, y lo que le pareciera momentos antes un hombre alto y delgado continuó siendo humanoide, pero no tenía nariz (ni protuberancia ni fosas nasales), únicamente una piel plana y gris. Todo él era gris: piel gris pálido y un cabello de un gris más oscuro en su cabeza. El pelo crecía hacia abajo alrededor de sus ojos, orejas y garganta. Había tanto cabello por delante de los ojos que se preguntó cómo podría ver la criatura. El largo y espeso cabello parecía surgir tanto de dentro de las orejas como de alrededor de las mismas. Por encima, se unía al cabello de los ojos y, por abajo y por detrás, al de la cabeza. El remanso de cabello de la garganta parecía moverse un poco, y se le ocurrió que podía ser por allí por donde respirase, algo así como una traqueotomía natural.

Lilith contempló el cuerpo humanoide preguntándose cómo de parecido a los seres humanos sería en realidad.

—No pretendo ofenderle —le dijo—. Pero ¿es usted de sexo masculino o femenino?

—Es un error asumir que debo ser de un sexo con el que usted esté familiarizada —contestó él—. Pero resulta que soy de sexo masculino.

Bien. Al menos «eso» volvía a ser «él». Era menos extraño.

—Debería tener en cuenta —prosiguió él— que lo que probablemente usted reconoce como cabello no lo es en realidad. No tengo cabello. La realidad parece molestarles a los humanos.

—¿Cómo?

—Acérquese más y mire.

No deseaba estar más cerca de él. No había conseguido identificar lo que la había mantenido alejada antes; ahora estaba segura de que había sido su condición de alienígena, su diferencia, su cualidad de no pertenecer, literalmente, a este planeta. Descubrió que seguía siendo incapaz de dar un solo paso más hacia él.

—Oh, Dios —susurró, y el cabello (o lo que quiera que fuese) se movió. Una parte pareció flotar hacia ella como impulsado por el viento, aunque no había ninguna corriente de aire en la habitación.

Frunció el ceño, forzó la vista para mirar, para comprender. Luego, de repente, lo entendió. Retrocedió, rodeó la cama corriendo y se dirigió hacia la pared más lejana. Cuando no pudo alejarse más, se apretó contra la pared, mirándolo fijamente.

Medusa.

Parte del «cabello» se estremeció independientemente, como un nido de víboras sobresaltado, impulsadas en todas direcciones.

Volvió la cara hacia la pared, presa de la repugnancia.

—No son animales independientes —explicó él—. Son órganos sensoriales. No son más peligrosos que su nariz o sus ojos. Para ellos es natural moverse en respuesta a mis deseos o emociones, o por estímulos externos. Los tenemos también en el cuerpo. Los necesitamos del mismo modo que ustedes necesitan las orejas, la nariz y los ojos.

—Pero… —Lo miró de nuevo, sin poder creérselo. ¿Por qué motivo iba a necesitar esas cosas (esos tentáculos) para complementar sus sentidos?

—Cuando pueda —dijo él—, acérquese y míreme. He tenido a humanos que creían distinguir órganos sensoriales humanos en mi cabeza y luego los he visto enfadarse conmigo cuando se han dado cuenta de que estaban equivocados.

—No puedo —susurró ella, aunque ahora deseaba hacerlo. ¿Podía haber estado tan equivocada, tan engañada por sus propios ojos?

—Lo hará —afirmó él—. Mis órganos sensoriales no son peligrosos para usted. Tendrá que acostumbrarse a ellos.

—¡No!

Los tentáculos eran elásticos. Ante su grito algunos de ellos se alargaron, estirándose hacia ella. Imaginó unos enormes gusanos nocturnos que se estremecían lentamente, moribundos, extendidos en la acera tras la lluvia. Imaginó pequeñas babosas de mar con tentáculos, nudibranquios, crecidas de forma imposible hasta alcanzar el tamaño y forma de un humano y, de una forma obscena, sonando más a ser humano que algunos de ellos. Y, sin embargo, necesitaba oírlo hablar. Así, callado, resultaba totalmente alienígena.

Tragó saliva.

—¡Escuche! ¡No se quede en silencio conmigo! ¡Hábleme!

—¿Sí?

—Y, de todas formas, ¿cómo es que habla inglés tan bien? Por lo menos debería tener un acento exótico.

—Me ha enseñado gente como usted. Hablo varios idiomas humanos. Empecé a aprenderlos siendo muy joven.

—¿Cuántos humanos más tienen aquí? Y ¿dónde es «aquí»?

—Este es mi hogar. Podríamos decir que es una nave, una inmensa en comparación con las que construyó su gente. Lo que es realmente no tiene traducción. La entenderán si lo llama «nave». Se encuentra en órbita alrededor de su planeta Tierra, algo más allá de la órbita de la luna de la Tierra. En cuanto al número de humanos que hay aquí, están todos los que sobrevivieron a su guerra. Recogimos a todos los que pudimos. Los que no encontramos a tiempo murieron a causa de las heridas, las enfermedades, el hambre, la radiación, el frío… Los encontramos más tarde.

Ella lo creyó. En su intento de destruirse a sí misma, la humanidad había convertido el mundo en algo inhabitable. Ella había estado segura de que iba a morir, a pesar de que había sobrevivido a los bombardeos sin sufrir siquiera un rasguño. Entonces había considerado que su supervivencia era cuestión de mala suerte, la promesa de una muerte más lenta. ¿Y ahora…?

—¿Queda algo en la Tierra? —susurró—. Algo vivo, quiero decir.

—¡Oh, sí! El tiempo y nuestros esfuerzos han ido restaurando su planeta.

Eso la interrumpió. Consiguió mirarlo por un momento sin distraerse por los tentáculos, que se movían lentamente.

—¿Restaurarla? ¿Para qué?

—Para usarla. Usted volverá allí algún día.

—¿Me enviarán de vuelta? ¿Y también a los otros humanos?

—Sí.

—¿Para qué?

—Lo irá comprendiendo poco a poco.

Ella frunció el ceño.

—De acuerdo, empezaré ahora. Cuéntemelo.

Los tentáculos de su cabeza se agitaron. Individualmente, se parecían más a gusanos grandes que a serpientes pequeñas. Largos y delgados o cortos y gruesos, según… ¿Según qué? ¿Según cambiaba su estado de ánimo? ¿Si el foco de su atención se fijaba en un nuevo punto? Apartó la mirada.

—¡No! —dijo él secamente—. Lilith, solo hablaré con usted si me mira.

Ella apretó un puño y deliberadamente se clavó las uñas en la palma hasta que casi atravesaron la piel. Con el dolor como distracción, le hizo frente de nuevo.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó.

—Kaaltediinjdahya lel Kahguyaht aj Dinso.

Ella se quedó mirándolo, luego suspiró y meneó la cabeza.

—Jdahya —dijo él—. Esa parte soy yo. El resto es mi familia y otras cosas.

Ella repitió el nombre más corto tratando de pronunciarlo exactamente como lo había hecho él para que el sonido inusual de la j fantasma sonase de una forma correcta:

—Jdahya —dijo—. Quiero saber cuál es el precio de la ayuda de su pueblo. ¿Qué quieren de nosotros?

—No más de lo que ustedes pueden darnos, pero más de lo que usted pueda entender aquí y ahora. Algo más que palabras será lo que la ayude a entender en un principio. Hay cosas fuera que tiene que ver y oír.

—Dígame algo ahora, lo entienda o no.

Sus tentáculos ondularon.

—Solo puedo decir que su gente tiene algo que nosotros valoramos. Podrá empezar a comprender lo mucho que lo valoramos si le digo que, según su modo de calcular el tiempo, han pasado varios millones de años desde la última vez que nos atrevimos a interferir en el acto de autodestrucción de un pueblo. Muchos de nosotros cuestionamos la sensatez de hacerlo esta vez. Pensamos… que habían alcanzado un consenso entre ustedes, que habían acordado morir.

—¡Ninguna especie haría algo así!

—Sí, algunas lo han hecho. Y unas pocas de las que lo hicieron se han llevado naves enteras de nuestra gente con ellas. Hemos aprendido. El suicidio en masa es una de las pocas cosas en las que habitualmente no intervenimos.

—¿Comprende ahora lo que nos pasó?

—Estoy al tanto de lo que les pasó. Me parece… extraño. Aterradoramente extraño.

—Sí. Yo también me siento así de alguna forma, pese a que se trata de mi gente. Fue algo que estaba… más allá de la locura.

—Alguna de la gente que recogimos había estado escondiéndose bajo tierra, a gran profundidad. Eran los responsables de gran parte de la destrucción.

—¿Aún siguen vivos?

—Algunos sí.

—¿Y planean ustedes mandarlos a ellos de vuelta a la Tierra?

—No.

—¿Cómo?

—Los que siguen con vida son ya muy viejos. Los hemos utilizado lentamente, aprendiendo de ellos idiomas, cultura, biología. Los Despertamos de pocos en pocos y les permitimos vivir aquí sus vidas, en partes diferentes de la nave, mientras usted dormía.

—Dormía… Jdahya, ¿cuánto tiempo he estado durmiendo?

Él avanzó a través de la habitación hasta la plataforma-mesa, puso una mano de muchos dedos encima y se impulsó hacia arriba. Con las piernas pegadas al cuerpo, caminó fácilmente sobre sus manos hasta el centro de la plataforma. La serie completa de movimientos fue tan fluida y natural, al tiempo que tan alienígena, que la fascinó.

De repente, se dio cuenta de que él estaba varios pasos más cerca. Se apartó de un salto. Luego, sintiéndose absolutamente estúpida, trató de regresar. Él se había plegado de un modo compacto hasta adoptar una posición sentada de aspecto incómodo. Ignoró su movimiento brusco, a excepción de los tentáculos de su cabeza, que se movieron todos hacia ella como impulsados por el viento. Parecía observarla mientras ella regresaba poco a poco hacia la cama. ¿Podría observar un ser con tentáculos sensoriales en lugar de ojos?

Cuando se hubo acercado a él tanto como pudo, se detuvo y se sentó en el suelo. Era lo máximo que podía hacer, quedarse donde estaba. Subió las rodillas hacia el pecho y se abrazó a ellas con fuerza.

—No comprendo por qué me… asusta tanto —susurró—. Me asusta su aspecto, quiero decir. No es usted tan diferente. En la Tierra hay (o había) algunas formas de vida con un aspecto algo similar al suyo.

Él no dijo nada.

Ella lo miró con fijeza, temiendo que hubiese caído en uno de sus largos silencios.

—¿Está usted haciendo algo? —preguntó—. ¿Algo que yo desconozca?

—Estoy aquí para enseñarle a estar cómoda con nosotros —contestó él—. Lo está haciendo usted muy bien.

Ella no creía estar haciéndolo bien en absoluto.

—¿Qué han hecho otros?

—Varios han intentado matarme.

Ella tragó saliva. Le asombraba que hubiesen sido capaces de tocarlo.

—¿Y qué les hizo usted?

—¿Por intentar matarme?

—No, antes… para provocarlos

—No más de lo que le estoy haciendo ahora a usted.

—No comprendo. —Se obligó a mirarlo—. Realmente, ¿puede usted ver?

—Muy bien.

—¿En colores? ¿Con profundidad?

—Sí.

Y, sin embargo, era cierto que no tenía ojos. Ahora podía ver que solo tenía zonas oscuras, donde los tentáculos crecían con gran densidad. Lo mismo ocurría con los lados de su cabeza, allá donde deberían haber estado las orejas. Y en su garganta había unas aberturas. Los tentáculos que las rodeaban no parecían tan oscuros como los otros: eran tenebrosamente traslúcidos, como pálidos gusanos grises.

—De hecho —dijo—, debería usted tener en cuenta que yo puedo ver por todas las partes en las que tengo tentáculos, y que tengo la capacidad de ver tanto si parece que me doy cuenta como que no. No puedo dejar de ver.

Eso sonaba a una existencia terrible: el no ser capaz de cerrar los ojos, de hundirse en la oscuridad privada tras los propios párpados de uno.

—¿No duermen?

—Sí. Pero no del modo en que lo hacen ustedes.

Ella pasó repentinamente del tema del sueño de él al del suyo propio.

—No me ha llegado a decir cuánto tiempo me han tenido dormida.

—Unos… doscientos cincuenta de sus años.

Eso era más de lo que podía asimilar de una sola vez. Estuvo tanto tiempo sin decir nada que fue él quien rompió el silencio.

—Algo salió mal cuando la Despertaron por primera vez. Se lo escuché a varias personas. Alguien la trató mal, la infravaloró. Usted es similar a nosotros en algunas cosas, pero se pensó que era como sus militares, los que estaban escondidos bajo tierra. Ellos también se negaron a hablarnos. Al principio. La dejaron dormida durante unos cincuenta años tras ese primer error.

Con gusanos o sin ellos, se arrastró hasta la cama y se recostó contra el borde.

—Siempre pensé que entre mis Despertares podían haber transcurrido varios años, pero no lo creía realmente.

—Le pasaba a usted lo mismo que a su mundo: necesitaba tiempo para curarse. Y nosotros necesitábamos tiempo para aprender más acerca de los de su especie. —Hizo una pausa—. Cuando algunos de los suyos se suicidaron no supimos qué pensar. Algunos creímos que era porque los habían dejado fuera del suicidio en masa, que, simplemente, lo que querían era terminar con la agonía. Otros dijeron que se debió a que los manteníamos aislados. Empezamos a poner a dos o más juntos y muchos se hirieron o incluso uno mató al otro. El aislamiento costaba menos vidas.

Esas últimas palabras despertaron en ella un recuerdo:

—¿Jdahya? —dijo.

Los tentáculos que le caían por los lados de la cara oscilaron y, por un momento, parecieron unas enormes patillas oscuras.

—En algún momento pusieron conmigo a un pequeño. Su nombre era Sharad. ¿Qué fue de él?

Durante un instante él no dijo nada, luego sus tentáculos se estiraron hacia arriba. Alguien le habló desde arriba en el modo habitual y con una voz muy parecida a la suya, pero esta vez en un idioma desconocido, entrecortado y rápido.

—Mi familiar lo averiguará —le dijo—. Lo más probable es que Sharad esté bien, aunque puede que ya no sea un niño.

—¿Han dejado a los niños crecer y hacerse viejos?

—A unos pocos, sí. Pero han vivido con nosotros. No los hemos aislado.

—No deberían habernos aislado a ninguno, a menos que su objetivo fuera volvernos locos. Conmigo casi lo lograron en más de una ocasión. Los humanos nos necesitamos los unos a los otros.

Los tentáculos se retorcieron de un modo repugnante.

—Lo sabemos. A mí no me hubiera importado soportar tanta soledad como la que usted ha vivido. Pero carecíamos de la habilidad de agrupar a los humanos de formas que les resultasen favorables.

—Pero, Sharad y yo…

—Quizá él tuviera padres, Lilith.

Alguien habló desde arriba, esta vez en inglés:

—El chico tiene padres y una hermana. Duerme con ellos, y aún es muy joven. —Hubo una pausa—. Lilith, ¿en qué idioma hablaba?

—No lo sé —respondió Lilith—. O era demasiado pequeño para explicármelo o lo intentó y yo no lo entendí. De todas formas, creo que debía de ser de la India oriental, si esto les dice algo.

—Otros lo saben. Solo era curiosidad.

—¿Está seguro de que se encuentra bien?

—Está bien.

La respuesta la serenó, pero de inmediato cuestionó esa emoción. ¿Por qué debía tranquilizarla una nueva voz anónima que le decía que todo iba bien?

—¿Puedo verlo? —preguntó.

—¿Jdahya? —inquirió la voz.

Jdahya se volvió hacia ella:

—Lo podrá ver cuando sea capaz de caminar entre nosotros sin sentir pánico. Esta es su última habitación de aislamiento. En cuanto esté lista, la llevaré fuera.

Capítulo 3

3

Jdahya no la dejaba sola. Por mucho que odiase su confinamiento en solitario, ansiaba librarse de él. Permaneció un tiempo en silencio y ella se preguntó si estaría durmiendo, en el grado en que lo hiciese. Se tumbó mientras se preguntaba si sería capaz de relajarse lo suficiente para dormir estando él allí. Sería como irse a dormir sabiendo que hay una serpiente de cascabel en la habitación y que podría despertarse y encontrársela en su propia cama.

No podía quedarse dormida mirándolo. Pero tampoco era capaz de darle la espalda demasiado rato. Cada vez que se adormilaba se despertaba sobresaltada y comprobaba si se le había acercado. Esto la agotaba, pero no podía evitarlo. Y era peor aún: cada vez que ella se movía, los tentáculos de él hacían lo propio, estirándose perezosamente en su dirección como si la criatura estuviera durmiendo con los ojos abiertos, lo que, sin duda, así era.

Dolorosamente cansada, con dolor de cabeza y el estómago revuelto bajó de la cama y se tendió en el suelo al lado de ella. Ahora ya no lo veía, se girase hacia donde se girase. Solo veía la plataforma junto a ella y las paredes. Él ya no formaba parte de su mundo.

—No, Lilith —dijo él cuando ella cerraba los ojos.

Ella hizo como si no lo oyese.

—Échese en la cama —insistió él— o en el suelo aquí cerca. No donde está, alejada.

Ella yacía rígida, en silencio.

—Si se queda donde está, yo me quedaré con la cama.

Eso lo situaría justo encima, demasiado cerca y cerniéndose sobre ella, Medusa escrutando maliciosa desde arriba.

Se levantó y prácticamente se dejó caer sobre la cama maldiciéndolo y, para su propia humillación, con algún sollozo. Al fin se quedó dormida. Su cuerpo, simplemente, ya había tenido bastante.

Se despertó bruscamente y giró sobre sí misma para mirarlo. Seguía en la plataforma, su posición apenas había variado. Cuando los tentáculos de su cabeza se movieron en su dirección, ella se levantó y corrió al baño. Él la dejó esconderse allí durante un tiempo, le permitió lavarse, estar un rato sola y revolcarse en la autocompasión y el desprecio hacia sí misma. Ella no recordaba haber estado asustada tanto tiempo seguido, con las emociones tan fuera de control. Jdahya no le había hecho nada, y aun así ella corrió a esconderse.

Cuando la llamó, inspiró profundamente y salió del baño.

—Esto no está funcionando —dijo abatida—. Limítese a dejarme en la Tierra con los otros humanos. No puedo hacer esto.

Él la ignoró.

Al cabo de un rato ella habló de nuevo y cambió de tema.

—Tengo una cicatriz —comentó mientras se tocaba el abdomen—. No la tenía en la Tierra. ¿Qué me hizo su gente?

—Tenía un tumor —contestó él—. Un cáncer. Nos deshicimos de él. De lo contrario, la habría matado.

Se quedó helada. Su madre había muerto de cáncer. Dos de sus tías lo habían padecido y a su abuela la habían operado tres veces de uno. Ahora todos estaban muertos, asesinados a causa de la demencia de alguien. Pero, aparentemente, la «tradición» familiar continuaba.

—¿Qué más perdí con ese cáncer? —preguntó con suavidad.

—Nada.

—¿Ni unos palmos de intestinos? ¿Los ovarios? ¿El útero?

—Nada. Mi familiar la cuidó. No perdió nada que pudiese desear conservar.

—¿Su familiar es quien… me hizo la cirugía?

—Sí. Con interés y cuidado. Teníamos una doctora humana con nosotros, pero para entonces ya era anciana, se moría. Se limitó a mirar y a comentar lo que hacía mi pariente.

—¿Y cómo podía él saber lo bastante como para ayudarme? La anatomía humana debe de ser absolutamente diferente de la de ustedes.

—Mi pariente no es de sexo masculino, ni tampoco femenino. El nombre que le damos a su sexo es «ooloi». Comprendió su cuerpo porque es ooloi. En la Tierra había un gran número de seres humanos muertos o moribundos para estudiar. Nuestra comunidad ooloi logró comprender lo que era normal o anormal, posible o imposible para el cuerpo humano. Y el grupo ooloi que fue al planeta instruyó al resto cuando volvieron aquí. Mi familiar ha estudiado a su gente durante una gran parte de su vida.

—¿Cómo es el estudio ooloi? —Imaginó a humanos moribundos metidos en jaulas mientras se observaba con sumo cuidado cada uno de sus gemidos o contorsiones. Imaginó disecciones de sujetos vivos y muertos. Imaginó enfermedades curables a las que se les permitía seguir su macabro curso con el único fin de contribuir al aprendizaje ooloi.

—Observan. Tienen órganos especiales para el tipo de observación que llevan a cabo. Mi familiar la examinó, estudió unas cuantas de sus células corporales normales, las comparó con lo que había aprendido de otros humanos parecidos a usted y dictaminó que no solo tenía usted un cáncer, sino talento para el cáncer.

—Yo no me referiría a ello como un talento. Una maldición, quizá. Pero ¿cómo pudo saber eso su pariente únicamente… observando?

—Quizá sea mejor decir «percibiendo» —contestó él—. Interviene mucho más que la observación. Sabe todo lo que puede aprenderse de usted a partir de sus genes. Y ahora ya conoce su historial médico y bastante sobre su forma de pensar. Ha participado en las pruebas que se le han hecho.

—¿Sí? Pues quizá no pueda perdonarle eso. Pero, a ver, no entiendo cómo pudo extirpar un cáncer sin… bueno, sin dañar el órgano en el que estaba creciendo.

—Mi familiar no le extirpó el cáncer. No la habría abierto bajo ningún concepto, pero quería examinar el cáncer directamente, con todos sus sentidos. Nunca había tenido la ocasión de analizar uno personalmente. Cuando hubo terminado, indujo a su cuerpo a reabsorber el cáncer.

—¿Indujo a mi cuerpo a que reabsorbiese… el cáncer?

—Sí, mi pariente le dio a su cuerpo una especie de orden química.

—¿Es así como se curan ustedes de cáncer?

—Nosotros no lo padecemos.

Lilith suspiró.

—Me gustaría que nosotros tampoco lo sufriésemos. El cáncer supuso un auténtico infierno para mi familia.

—Ya no le hará más daño, nunca más. Mi pariente dice que es algo hermoso, pero sencillo de prevenir.

—¿Hermoso?

—A veces percibe las cosas de un modo diferente. Aquí está la comida, Lilith. ¿Tiene hambre?

Dio un paso hacia él, tendió la mano para alcanzar el bol y entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Se quedó helada, pero consiguió no echarse hacia atrás de un salto. Tras unos segundos, avanzó poco a poco hacia él. No era capaz de hacerlo rápidamente, tipo pillar la comida y correr. Casi no podía hacerlo. Se obligó a avanzar lenta, muy lentamente.

Apretando los dientes, consiguió coger el bol. La mano le temblaba tanto que se le cayó la mitad del guiso. Se retiró a la cama. Al cabo de un rato fue capaz de comerse lo que quedaba y luego también el bol. No era suficiente. Todavía tenía hambre, pero no se quejó. No estaba por la labor de coger otro bol de su mano: una mano en margarita, con la palma en el centro y muchos dedos alrededor. Al menos los dedos tenían huesos, no eran tentáculos. Y solo tenía dos manos y dos pies. Podría haber sido mucho más feo de lo que era, muchísimo menos… humano. ¿Por qué no podía, simplemente, aceptarlo? Lo único que parecía estar pidiéndole era que no se dejase llevar por el pánico al verlo a él o a sus semejantes. ¿Por qué no era capaz de hacerlo?

Intentó imaginarse a sí misma rodeada por seres como él y casi la vence el pánico. Como si de repente hubiera desarrollado una fobia, algo que nunca antes había experimentado. Pero lo que sentía se parecía a lo que había oído describir a otros: auténtica xenofobia, y, al parecer, no era la única.

Suspiró y se dio cuenta de que seguía cansada y hambrienta. Se frotó la cara. Si una fobia era algo así, era algo de lo que deshacerse lo antes posible. Miró a Jdahya:

—¿Cómo se refiere su gente a sí misma? —preguntó—. Hábleme de ustedes.

—Somos oankali.

—Oankali. Suena como una palabra de algún idioma terrestre.

—Podría ser, pero con un significado distinto.

—¿Qué significa en su idioma?

—Varias cosas. Entre otras, comerciantes.

—¿Son ustedes comerciantes?

—Sí.

—¿Y con qué comercian?

—Con nosotros mismos.

—¿Quiere decir… entre sí? ¿Esclavos?

—No. Nunca lo hemos hecho.

—Entonces ¿con qué?

—Con nosotros.

—No lo entiendo.

Él no dijo nada; pareció envolverse en silencio e instalarse en él. Ella sabía que no le iba a responder.

Suspiró.

—A veces parece usted demasiado humano. Si no lo estuviese viendo, supondría que es un hombre.

—Usted lo ha asumido así. Mi familia me entregó a la médica humana para que yo pudiese aprender a hacer este trabajo. Llegó a nosotros demasiado tarde para poder tener sus propios hijos, pero podía enseñar.

—Creí que me había dicho que se estaba muriendo.

—Al final murió. Tenía ciento trece años, y permaneció despierta entre nosotros, a intervalos, durante cincuenta años. Fue como un cuarto progenitor para mí y mi línea fraternal. Resultó muy duro verla envejecer y morir. Su pueblo posee un potencial increíble, pero mueren ustedes sin haberlo usado apenas.

—He oído a humanos que decían eso. —Frunció el ceño—. ¿No podrían sus ooloi haberla ayudado a vivir más? Es decir, si ella hubiese querido vivir más de ciento trece años.

—Sí, la ayudaron. Le regalaron cuarenta años que no hubiese tenido y, cuando ya no pudieron ayudarla a curarse, suprimieron su dolor. Si hubiese sido más joven cuando la encontramos podríamos haberle dado mucho más tiempo.

Lilith siguió ese pensamiento hasta su conclusión más evidente:

—Yo tengo veintiséis años —dijo.

—Más —le indicó él—. Ha ido envejeciendo algo cada vez que la hemos mantenido despierta. Sobre unos dos años, en total.

No tenía la sensación de ser dos años mayor, de tener de repente veintiocho años solo porque él lo dijese. Dos años de confinamiento en solitario. ¿Qué podrían ofrecerle para compensar aquello? Se quedó mirándolo.

Sus tentáculos parecieron solidificarse formando una segunda piel: parches oscuros en su rostro y cuello y una masa oscura de aspecto suave en la cabeza.

—Salvo un accidente —dijo—, vivirá usted mucho más de ciento trece años. Y, durante la mayor parte de su vida, será bastante joven biológicamente hablando. Su descendencia vivirá más todavía.

Ahora parecía extraordinariamente humano. ¿Eran sus tentáculos lo único que le confería aquel aspecto de babosa de mar? Su coloración no había cambiado. El hecho de que no tuviese ojos, nariz u orejas aún le molestaba, pero ya no tanto.

—Jdahya, quédese como está —le dijo—. Déjeme acercarme y mirarlo… si es que puedo.

Los tentáculos se movieron como una extraña piel ondulante y volvieron a solidificarse.

—Venga —le dijo.

Ella consiguió acercarse a él tímidamente. Incluso solo a un par de pasos de distancia, los tentáculos tenían la apariencia de una suave segunda piel.

—¿Le importa si…? —Se interrumpió y empezó de nuevo—: Quiero decir… ¿puedo tocarlo?

—Sí.

Fue más fácil de lo que había supuesto. Su piel era fría y casi demasiado suave como para ser carne auténtica… Era suave como sus propias uñas, y quizá igual de dura.

—¿Resulta muy difícil para usted permanecer así? —preguntó.

—No es difícil, es antinatural. Un embotamiento de los sentidos.

—Y ¿por qué lo hizo? Me refiero a antes de que yo se lo pidiese.

—Es una manifestación de placer o diversión.

—¿Se sintió complacido hace un momento?

—Sí, con usted. Quería recuperar su tiempo, el que le hemos quitado. No quería morir.

Lo miró fijamente, asombrada por la claridad con la que él había leído sus pensamientos. Y debía de haber conocido a humanos que sí deseaban morir incluso después de escuchar las promesas de larga vida, salud y eterna juventud. ¿Por qué? Quizá conocían ya la parte que aún no le habían contado a ella. La razón de todo esto. El precio.

—Hasta ahora —dijo—, lo único que me ha llevado a desear la muerte ha sido el aburrimiento y el aislamiento.

—Eso ya pertenece al pasado. Y usted nunca ha intentado suicidarse, ni siquiera entonces.

—No…

—Sus ganas de vivir son más fuertes de lo que usted imagina.

Ella suspiró.

—Van a analizar eso, ¿no? Por eso aún no me ha dicho lo que quieren de nosotros.

—Sí —admitió él, y eso la alarmó.

—¡Dígamelo!

Silencio.

—Si supiese usted algo sobre la imaginación humana, comprendería que está haciendo exactamente lo menos acertado —explicó ella.

—Cuando sea usted capaz de abandonar esta habitación conmigo contestaré a sus preguntas —dijo él.

Ella se quedó mirándolo durante unos segundos.

—Entonces, trabajemos en esa dirección —dijo con gravedad—. Descanse de esa postura antinatural y veamos lo que sucede.

Él dudó un momento y luego permitió que los tentáculos flotaran con libertad. Regresó a su grotesco aspecto de babosa de mar y ella no pudo evitar apartarse de él de un salto, presa del pánico y la repugnancia. Logró contenerse antes de haber llegado muy lejos.

—¡Dios! Estoy tan cansada de esto… —musitó—. ¿Por qué no puedo evitarlo?

—Cuando la doctora vino por primera vez a nuestra vivienda —explicó él—, una parte de mi familia la encontró tan perturbadora que se fueron de casa durante un tiempo. Eso es un comportamiento inaudito entre nosotros.

—¿Usted se fue?

Él se mostró liso por un momento.

—Todavía no había nacido. Cuando nací, todos mis parientes habían vuelto a casa. Y creo que su miedo era más fuerte que el que usted siente ahora. Nunca antes habían visto tanta vida y tanta muerte en un único ser. Tocarla les hacía daño a algunos de ellos.

—¿Quiere decir… porque ella estaba enferma?

—Incluso cuando estaba bien. Era su estructura genética lo que los alteraba. No puedo explicárselo: nunca lo sentirá como nosotros. —Dio un paso hacia ella y alargó la mano, buscando la suya. Ella se la dio casi de forma refleja y con un solo instante de duda cuando todos sus tentáculos se adelantaron fluyendo en su dirección. Apartó la vista y se quedó rígida donde estaba, con la mano sujeta ligeramente entre sus muchos dedos.

—Bien —dijo él, soltándola—. Esta habitación será pronto poco más que un recuerdo.

Capítulo 4

4

Once comidas más tarde, la llevó fuera.

No tenía ni idea del tiempo que había transcurrido para haber necesitado y luego consumido esas once comidas. Jdahya no se lo quiso decir, y tampoco iba a apresurarse. Cuando ella lo urgía a que la llevase fuera, él no mostraba ni impaciencia ni enfado. Simplemente guardaba silencio. Casi parecía apagarse cuando ella le exigía algo o le hacía alguna pregunta que él no tenía la intención de responder. Su familia la había llamado testaruda durante su vida de antes de la guerra, pero él rebasaba con creces esa tozudez.

En algún momento él comenzó a moverse por la habitación. Había permanecido quieto durante tanto tiempo (casi parecía ya parte del mobiliario) que ella se sobresaltó cuando se levantó de repente y fue al baño. Ella se quedó donde se encontraba, en la cama, preguntándose si usaría el cuarto de baño para lo mismo que ella. No hizo ningún esfuerzo por averiguarlo. Algo más tarde, cuando regresó a la habitación, se sintió mucho menos molesta por su presencia. Él le traía algo que la sorprendió y la alegró tanto que lo cogió de su mano sin pensárselo y sin un atisbo de duda: un plátano maduro, grande, amarillo, consistente y muy dulce.

Se lo comió despacio, deseando engullirlo pero sin atreverse a hacerlo. Era, literalmente, la mejor comida que había probado en doscientos cincuenta años. ¿Quién sabía cuándo le darían otro? Si es que lo hacían, claro. Se comió hasta la piel blanca del interior de la cáscara.

Él no le quiso decir de dónde había salido ni cómo lo había conseguido. Y no fue a por otro. Lo que sí hizo fue sacarla un rato de la cama: se extendió plano en ella y permaneció totalmente inmóvil, con aspecto de muerto. Ella hizo una serie de ejercicios en el suelo, cansándose deliberadamente tanto como pudo, y luego ocupó el lugar habitual del otro en la plataforma hasta que él se levantó y le cedió de nuevo la cama.

Cuando ella se despertó, él se quitó la chaqueta y le dejó ver los mechones de tentáculos sensoriales dispersos por su cuerpo. Para su sorpresa, se acostumbró rápidamente a ellos. Eran, simplemente, feos. Y le hacían parecer todavía más una criatura marina fuera de lugar.

—¿Puede respirar bajo el agua? —le preguntó.

—Sí.

—Me había parecido que esos orificios de la garganta tenían el aspecto de poder funcionar también como branquias. ¿Está usted más cómodo bajo el agua?

—Lo disfruto, pero no más de lo que disfruto del aire.

—¿El aire? ¿El oxígeno?

—Sí, necesito oxígeno, aunque no tanto como usted.

Su mente volvió a los tentáculos y a otra posible similitud con las babosas marinas:

—¿Puede usted picar con alguno de sus tentáculos?

—Con todos ellos.

Ella retrocedió un poco, aunque no estaba cerca de él.

—¿Por qué no me lo había dicho?

—No hubiera picado.

A menos que ella lo hubiera atacado.

—Así que eso es lo que les pasó a los humanos que trataron de matarlo.

—No, Lilith, no estoy interesado en matar a su gente. He sido entrenado durante toda mi existencia para mantenerlos con vida.

—¿Qué les hizo, entonces?

—Los detuve. Soy más fuerte de lo que seguramente imagina.

—Pero… ¿y si los hubiera picado?

—Habrían muerto. Solo si se es ooloi se puede picar sin matar. Un grupo de mis antepasados sometía a sus presas picándolos. Sus picaduras iniciaban el proceso digestivo incluso antes de que empezasen a comer. Y también aguijoneaban a los enemigos que trataban de comérselos a ellos. No era una vida demasiado agradable.

—No suena tan mal.

—No vivían mucho, esos antepasados míos. Algunas cosas eran inmunes a su veneno.

—Quizá los humanos lo seamos.

Le respondió con voz suave:

—No, Lilith, no lo son.

Un poco más tarde le trajo una naranja. Por curiosidad, partió la fruta y le ofreció compartirla. Él aceptó un pedazo y se sentó junto a ella para comérselo. Cuando terminaron, volvió la cara hacia ella (pura cortesía, comprendió, puesto que apenas tenía rostro) y pareció examinarla detenidamente. Algunos de los tentáculos, de hecho, llegaron a tocarla. Cuando lo hicieron, ella dio un brinco. Luego se dio cuenta de que no le estaban haciendo daño y se quedó quieta. No le gustaba su proximidad, pero ya no la aterraba. Después de… los días que hubieran pasado, ya no sentía nada del viejo pánico; solo alivio al haberse deshecho, por fin, de él.

—Ahora iremos fuera —anunció él—. Mi familia se sentirá aliviada de vernos. Y usted… usted tiene mucho que aprender.

Capítulo 5

5

Lo hizo esperar hasta que se hubo limpiado las manos del zumo de la naranja. A continuación, él atravesó la habitación hasta una de las paredes y la tocó con algunos de los tentáculos más largos de su cabeza.

Un punto oscuro apareció en la pared, justo donde él había hecho contacto. Se convirtió en una hendidura que se hacía más profunda y se ensanchaba para, finalmente, transformarse en un orificio por el que Lilith pudo ver luz y color: verde, rojo, naranja, amarillo…

Desde su captura había habido poco color en su mundo. Su propia piel, su sangre… dentro de las pálidas paredes de la prisión, eso había sido todo. El resto de las cosas era de algún tono blanco o gris. Incluso su comida había sido incolora, hasta la aparición del plátano. Ahora percibía colores y lo que parecía ser luz del sol. Y había espacio, un espacio inmenso.

El hueco en la pared se hizo más grande, como si fuese carne que se ondula y se retuerce lentamente. Se sentía tan fascinada como repelida.

—¿Está vivo? —preguntó.

—Sí —contestó él.

Ella lo había golpeado, pateado, arañado, incluso trató de morderlo. Y aquello siempre había permanecido liso, resistente, impenetrable, aunque cedía ligeramente a la presión, como la cama y la mesa. Al tacto parecía plástico, fresco bajo sus dedos.

—¿Qué es? —preguntó.

—Carne. Más parecida a la mía que a la suya. Aunque también es diferente de la mía. Es… la nave.

—¿Bromea? ¿Su nave está viva?

—Sí. Salga. —El agujero de la pared se había hecho lo bastante grande como para que ambos pudieran atravesarlo. Él inclinó la cabeza y dio el paso necesario. Ella comenzó a seguirlo, pero se detuvo. Había tanto espacio ahí fuera… Los colores que había visto eran hojas delgadas, parecidas a cabellos, y frutas redondas, del tamaño de un coco, aparentemente en distintas fases de desarrollo. Todo ello colgaba de grandes ramas que ocultaban la nueva salida. Tras ellas se veía un amplio campo abierto con árboles dispersos (unos árboles de una envergadura imposible), colinas distantes y un brillante cielo sin sol de color marfil. Los árboles y el cielo presentaban singularidades suficientes como para impedirle pensar que se hallaba en la Tierra. En la distancia se veía a gente moviéndose, y también había unos animales negros, del tamaño de un pastor alemán, demasiado lejos para verlos con claridad, aunque, aun en la distancia, parecían tener demasiadas patas. ¿Seis? ¿Diez? Tenían pinta de estar pastando.

—Salga, Lilith —dijo Jdahya.

Ella dio un paso atrás, alejándose de toda aquella inmensidad alienígena. De repente, la habitación de aislamiento que tanto había odiado le pareció segura y tranquilizadora.

—¿De vuelta a su jaula, Lilith? —preguntó con voz suave Jdahya.

Ella lo miró a través del agujero y se dio cuenta de inmediato de que intentaba provocarla, hacer que superase su miedo. No habría funcionado si no hubiese estado cargado de razón: ella se estaba retirando a su jaula… como un animal de zoo encerrado durante tanto tiempo que la jaula se hubiera convertido en su hogar.

Se obligó a ir hasta la abertura y, luego, apretando los dientes, la cruzó.

Una vez fuera, se colocó junto a él y respiró hondo, una larga y temblorosa bocanada de aire. Giró la cabeza y miró hacia la habitación, luego se volvió con rapidez, resistiendo el impulso de huir hacia el interior. Él la tomó de la mano y la condujo lejos de allí.

Cuando miró atrás por segunda vez, el agujero se estaba cerrando y pudo ver que había salido, en realidad, de un gran árbol. Su habitación no podía ocupar más que una pequeña fracción de su interior. El árbol crecía en lo que parecía un suelo normal, arenoso, color marrón claro. Las ramas inferiores estaban cargadas de frutos. El resto parecía casi normal, a excepción de su tamaño: el tronco tenía más diámetro que muchos edificios de oficinas que ella recordaba. Y parecía tocar el cielo de marfil. ¿Cómo era de alto? ¿Cuánto de él se utilizaba como edificio?

—¿Estaba vivo todo lo que había dentro de la habitación? —preguntó.

—Todo excepto algunas de las cañerías visibles del baño —explicó Jdahya—. Incluso la comida que usted ingería se produce a partir de los frutos que crecen en una de las ramas de fuera. Se diseñó para cubrir sus necesidades nutricionales.

—Y para que supiese a algodón y pegamento —murmuró ella—. Espero no tener que volver a comerlo.

—Ya no. Pero la ha mantenido muy sana. Su dieta potenció que su cuerpo no desarrollara cánceres mientras, a la vez, corregía su predisposición genética a padecerlos.

—¿Se ha corregido eso, entonces?

—Sí. Se han insertado genes correctores en sus células, que los han aceptado y los han replicado. Ahora ya no desarrollará un cáncer por accidente.

Esa, pensó, era una extraña competencia. Pero, por el momento, la dejaría pasar.

—¿Cuándo me enviarán de vuelta a la Tierra?

—Ahora no podría sobrevivir allí, especialmente sola.

—¿Aún no han enviado de vuelta a ninguno de nosotros?

—Su grupo será el primero.

—Oh. —Aquello no se le había ocurrido: que ella y otros como ella fuesen a ser conejillos de Indias tratando de sobrevivir en una Tierra que debía haber sufrido grandes cambios—. ¿Cómo es ahora aquello?

—Salvaje: bosques, montañas, desiertos, llanuras, grandes océanos. Es un mundo rico, libre de radiaciones peligrosas en su mayor parte. La mayor diversidad de vida animal se da en los mares, pero hay un cierto número de pequeños animales que medran en tierra firme: insectos, gusanos, anfibios, reptiles, pequeños mamíferos. No hay duda de que su gente podrá vivir allí.

—¿Cuándo?

—No iremos con prisas. Tiene una vida muy larga por delante, Lilith. Y tiene un trabajo que hacer aquí.

—Ya me había dicho algo al respecto. ¿Qué trabajo?

—Durante un tiempo vivirá con mi familia, y lo hará como uno de nosotros, en tanto le sea posible. Nosotros le enseñaremos su trabajo.

—Pero ¿qué trabajo?

—Despertará usted a un pequeño grupo de humanos, todos ellos angloparlantes, y los ayudará a aprender a tratar con nosotros. Les enseñará las habilidades de supervivencia que nosotros le enseñemos. Toda esa gente procederá de lo que ustedes llamarían sociedades civilizadas. Ahora tendrán que aprender a vivir en la selva, a construirse sus propios refugios, a hacer crecer su propia comida, y todo eso sin máquinas o ayuda externa.

—¿Nos prohibirán las máquinas? —preguntó ella, insegura.

—Claro que no. Pero tampoco se las daremos. Les daremos herramientas de mano, equipamiento simple y comida hasta que empiecen a construirse ustedes mismos lo que necesiten y a cultivar sus propias cosechas. Y ya los hemos dotado de protección contra los microorganismos más letales. Más allá de eso, tendrán que apañárselas por ustedes mismos, evitando las plantas venenosas y los animales peligrosos y fabricando lo que necesiten.

—¿Cómo pueden enseñarnos a sobrevivir en nuestro propio planeta? ¿Cómo pueden ustedes saber tanto sobre nuestro mundo, o sobre nosotros mismos?

—¿Y cómo no vamos a saberlo? Hemos ayudado a su mundo a recuperarse. Hemos estudiado sus cuerpos, su forma de pensar, su literatura, sus archivos históricos, sus muchas culturas… Sabemos de lo que son capaces, incluso más que ustedes mismos.

O eso creían. Si realmente habían tenido doscientos cincuenta años para estudiarnos, quizá llevaban razón.

—¿Nos han vacunado? —preguntó, para asegurarse de haberlo comprendido.

—No.

—Pero ha dicho que…

—Hemos reforzado su sistema inmunológico; hemos incrementado, en general, su resistencia a las enfermedades.

—¿Cómo? ¿Con alguna otra modificación a nuestros genes?

Él no dijo nada. Ella dejó que el silencio se prolongase hasta que estuvo segura de que no pensaba contestarle. Una cosa más que le habían hecho a su cuerpo sin su consentimiento y, supuestamente, por su propio bien.

—Solíamos tratar así a los animales —murmuró con amargura.

—¿Qué? —inquirió él.

—Les hacíamos cosas, vacunas, cirugía, aislamiento, todo por su propio bien. Queríamos que estuvieran sanos y salvos… A veces para poder comérnoslos luego.

Los tentáculos no se aplastaron contra su cuerpo, pero le dio la impresión de que se estaba riendo de ella.

—¿No le asusta decirme cosas como esa? —preguntó.

—No —respondió ella—. Lo que me asusta es que me hagan cosas que no entiendo.

—Se le ha proporcionado salud. Y el grupo ooloi se ha asegurado de que tenga usted una posibilidad de vivir en su Tierra, no simplemente de morir en ella.

No dijo nada más sobre el tema. Ella miró alrededor, a los enormes árboles, algunos con grandes troncos múltiples de grandes ramas y con hojas que parecían largos cabellos verdes. Algunos de los cabellos parecían moverse, aunque no hacía viento. Suspiró. Los árboles también, pues. Tenían tentáculos, como la gente. Largos y delgados tentáculos verdes.

—¿Jdahya?

Los tentáculos se curvaron hacia ella de un modo que aún encontraba desconcertante, aunque solo era su forma de prestarle atención o de indicarle que ya la tenía.

—Estoy dispuesta a aprender lo que tenga que enseñarme —dijo—, pero no creo ser la mejor maestra para otros. Había muchos humanos que ya sabían cómo vivir en la naturaleza, incluso muchos podrían enseñarles algunas cosas más a ustedes. Es con ellos con quienes debería hablar.

—Lo hemos hecho. Y tendrán que ser especialmente cuidadosos, porque algunas de las cosas que «saben» ya no son así. Hay nuevas plantas, mutaciones de las antiguas y nuevas incorporaciones hechas por nosotros. Algunas cosas que eran comestibles ahora son letales. Algunas solo son mortíferas si no se preparan del modo adecuado. Parte de la vida animal ya no es tan inofensiva como, en apariencia, lo era antes. Su Tierra sigue siendo su Tierra, pero entre los esfuerzos de su gente por destruirla y los nuestros por recuperarla, ha cambiado.

Ella asintió, preguntándose cómo podía asimilar sus palabras con tanta facilidad. Quizá se debiera a que había sabido, ya antes de su captura, que el mundo que había conocido estaba muerto. Ya había digerido esa pérdida lo máximo que le resultaba posible.

—Debe de haber ruinas —dijo en voz baja.

—Las había. Destruimos muchas de ellas.

Lo agarró del brazo sin pensar:

—¿Las destruyeron? ¿Quedaban cosas y ustedes las destruyeron?

—Empezarán de nuevo. Los ubicaremos en zonas limpias de radiactividad y de historia. Llegarán a ser algo diferente a lo que fueron.

—¿Y piensan que destruir lo que quedaba de nuestras culturas nos hará mejores?

—No. Solo diferentes.

De repente ella se dio cuenta de que estaba mirándolo cara a cara y agarrándolo del brazo de tal forma que debía de resultarle dolorosa. Ella misma se estaba haciendo daño. Lo soltó y su brazo se balanceó hacia su costado de aquella extraña manera inerte en la que parecían moverse sus extremidades cuando no las estaba usando para algún propósito específico.

—Se equivocaron —afirmó ella. No podía mantener su ira. No era capaz de mirar su rostro alienígena lleno de tentáculos y prolongar su enfado, pero tenía que decirlo—: Destruyeron lo que no les pertenecía. Ejecutaron un acto de locura.

—Usted sigue viva —señaló él.

Caminó junto a él, desagradecida en silencio. En el suelo crecían matas de densas hojas carnosas o tentáculos que le llegaban hasta las rodillas. Él iba con cuidado de no pisarlas, lo que provocaba en ella el deseo de darles una patada. Solo la detenía el hecho de llevar los pies descalzos. Entonces comprobó, para su disgusto, que las hojas se retorcían o se contraían para apartarse del camino si pisaba cerca de alguna, como si las plantas estuviesen compuestas por orugas del tamaño de serpientes. Pero parecían estar enraizadas en el suelo. ¿Eso las convertía en plantas?

—¿Qué son estas cosas? —preguntó, señalando una con un pie.

—Son parte de la nave. Pueden ser inducidas a producir un líquido que nos gusta a nosotros y a nuestros animales. Pero no sería bueno para ustedes.

—¿Son plantas o animales?

—No son independientes de la nave.

—Bueno, entonces… ¿la nave es planta o animal?

—Ambas cosas, y más.

Significara aquello lo que significase.

—¿Es inteligente?

—Puede serlo. Esa parte está ahora inactiva. Pero, incluso así, la nave puede ser inducida químicamente a desempeñar más funciones de las que podría escuchar usted con paciencia. Hace muchas cosas por su cuenta sin supervisión. Y… —Se quedó en silencio por un momento, con los tentáculos lisos sobre su cuerpo, luego continuó—: La doctora humana acostumbraba a decir que la nave nos amaba. Existe una afinidad, pero es biológica, una fuerte relación simbiótica. Nosotros atendemos las necesidades de la nave y ella satisface las nuestras. Moriría sin nosotros, y nosotros nos veríamos atados a un planeta sin ella. Y, en nuestro caso, eso significaría finalmente la muerte.

—¿De dónde la sacaron?

—La cultivamos.

—¿Ustedes… o sus antepasados?

—Mis antepasados cultivaron esta, y yo estoy ayudando a desarrollar otra.

—¿Ahora? ¿Por qué?

—Nos separaremos aquí. En eso somos como animales asexuados maduros, pero nos dividimos en tres: Dinso se quedará en la Tierra hasta que esté dispuesto para marcharse, dentro de muchas generaciones, Toaht se marchará con esta nave y Akjai se irá en la nueva.

Lilith lo miró.

—¿Algunos de ustedes irán a la Tierra con nosotros?

—Yo iré, y también mi familia y otros. Todos los Dinso.

—¿Por qué?

—Así es como crecemos, como siempre lo hemos hecho. Conservaremos el conocimiento de cómo cultivar naves para que nuestros descendientes sean capaces de partir cuando llegue el momento. No podríamos sobrevivir como pueblo si siempre estuviéramos confinados a una nave o a un mundo.

—¿Se llevarán con ustedes… semillas, o algo así?

—Llevaremos los materiales necesarios.

—Y a los que se vayan, Toaht y Akjai, ¿no volverán a verlos nunca?

—Yo no. En algún momento, en un futuro lejano, quizá un grupo de mis descendientes se encuentre con uno de los suyos. Espero que suceda. Ambos se habrán dividido muchas veces: habrán adquirido mucho para darse los unos a los otros.

—Probablemente ni se conozcan los unos a los otros. Recordarán esta división como mitología, si es que lo hacen.

—No, se reconocerán entre ellos. La memoria de una división se transmite biológicamente. Yo recuerdo todas y cada una de las que han tenido lugar en mi familia desde que abandonamos nuestro mundo natal.

—¿Y recuerda su mundo natal? Quiero decir… ¿podrían volver a él si quisieran?

—¿Volver? —Los tentáculos se alisaron de nuevo—. No, Lilith, esa es la única dirección que está cerrada para nosotros. Ahora, este es nuestro mundo hogar.

Hizo un gesto a su alrededor, abarcando desde lo que parecía ser un brillante cielo de marfil a lo que tenía la apariencia de suelo marrón.

Ahora había muchos más árboles a su alrededor y pudo ver a gente entrando y saliendo de los troncos, oankali desnudos de color gris cubiertos de tentáculos, algunos con dos brazos, otros, cosa alarmante, con cuatro, pero ninguno con nada que pudiera reconocer como órganos sexuales. Quizá algunos de los tentáculos y de los brazos extras tuvieran una función sexual.

Examinó cada grupo de oankali buscando humanos, pero no vio ninguno. Al menos ni un solo oankali se acercó a ella o pareció prestarle la menor atención. Algunos de ellos, descubrió con un escalofrío, tenían tentáculos que les cubrían cada centímetro de la cabeza, todo alrededor. Otros tenían tentáculos a parches extraños, irregulares. Ninguno presentaba la disposición tan humana de Jdahya: tentáculos colocados de tal forma que pareciesen ojos, orejas, cabello. ¿El trabajo de Jdahya con los humanos habría sido sugerido por la distribución casual de los tentáculos de la cabeza, o quizá lo habían modificado quirúrgicamente o de alguna otra forma para hacerlo parecer más humano?

—Este es el aspecto que he tenido siempre —le dijo él cuando se lo preguntó, y no dijo nada más del tema.

Unos minutos más tarde pasaron junto a un árbol y ella alargó la mano para tocar la suave corteza, que cedía ligeramente a la presión, como las paredes de su habitación de aislamiento, pero de un color más oscuro.

—Todos estos árboles son edificios, ¿verdad? —preguntó.

—Estas estructuras no son árboles —contestó él—. Forman parte de la nave. Ayudan a mantener su forma y cubren varias de nuestras necesidades: comida, oxígeno, se encargan de la eliminación de residuos, nos proporcionan conductos de transporte, espacio para vivir y almacenes, áreas de trabajo y muchas cosas más.

Pasaron muy cerca de una pareja de oankali que estaban tan juntos que los tentáculos de sus cabezas se retorcían y se enredaban unos con otros. Podía ver sus cuerpos con todo detalle. Como los otros que había visto, estaban desnudos. Probablemente Jdahya había usado ropa solo por cortesía hacia ella. Se sintió agradecida por ello.

El creciente número de gente junto a la que pasaban comenzaba a alterarla, y se sorprendió a sí misma acercándose a Jdahya, como buscando su protección. Sorprendida y avergonzada, se obligó a apartarse. Al parecer, él se dio cuenta.

—¿Lilith? —dijo con voz queda.

—¿Qué?

Silencio.

—Estoy bien —afirmó ella—. Es solo que… hay tanta gente, y me resultan tan extraños.

—Normalmente no usamos nada de ropa.

—Eso ya lo había deducido.

—Es usted libre de usarla o no, como prefiera.

—¡La usaré! —Dudó—. ¿Hay otros humanos Despiertos en el lugar al que me lleva?

—Ninguno.

Ella se abrazó con fuerza, los brazos cruzados sobre el pecho. Más aislamiento.

Para su sorpresa, él extendió la mano. Y, para mayor sorpresa aún, ella la tomó, agradecida.

—¿Por qué no pueden regresar a su mundo natal? —preguntó—. Aún… existe, ¿no?

Pareció pensar por un momento.

—Nos fuimos hace tanto… Dudo que aún exista.

—¿Por qué se fueron?

—Era un útero. Había llegado la hora de que naciéramos.

Ella sonrió con amargura.

—Había humanos que pensaban así, justo hasta el momento en que se dispararon los misiles. Gente que creía que el espacio era nuestro destino. Yo misma lo creía.

—Lo sé, aunque, por la información ooloi que he recibido, su gente no podría haber cumplido con ese destino. Sus propios cuerpos eran un estorbo.

—¿Sus… nuestros cuerpos? ¿Qué quiere decir con eso? Hemos estado en el espacio, en nuestros cuerpos no hay nada que nos impida…

—Sus cuerpos tienen defectos fatales. La comunidad ooloi lo percibió de inmediato. Al principio les resultaba muy difícil tocarlos a ustedes. Ahora les cuesta dejarlos.

—¿De qué está hablando?

—Tienen ustedes un par de características genéticas incompatibles entre sí. Cualquiera de ellas, por sí sola, podría haberles sido útil, habría contribuido a la supervivencia de su especie. Pero las dos juntas resultan fatales. Era solo cuestión de tiempo que los matasen.

Ella meneó la cabeza.

—Si lo que me está diciendo es que estábamos genéticamente programados para hacer lo que hicimos, volarnos en pedazos…

—No. La situación de su pueblo era más parecida a la suya propia, con el cáncer que le curó mi familiar. El cáncer era pequeño. La doctora humana dijo que seguramente se hubiera recuperado usted y hubiera ido todo bien aunque hubiesen sido los humanos los que lo hubieran descubierto y extirpado en ese momento. Podría haber pasado el resto de su vida limpia, aunque dijo que ella hubiera querido que se sometiera a revisiones periódicas.

—Con mis antecedentes familiares, no hubiera necesitado ni decirme eso último.

—Sí, pero ¿y si no hubiera reconocido la importancia de su historial familiar? ¿Qué hubiera pasado si ni nosotros ni los humanos hubiésemos descubierto ese cáncer?

—Supongo que era maligno.

—Desde luego.

—Entonces, imagino que al final me hubiera matado.

—Sí, lo hubiese hecho. Y su gente estaba en una situación similar. Si hubieran sido capaces de percibir y resolver su problema, habrían podido evitar su destrucción. Naturalmente, ellos también deberían haber recordado reexaminarse periódicamente.

—Pero ¿cuál era el problema? Dice usted que teníamos dos características incompatibles; ¿cuáles eran?

Jdahya emitió un crujido que hubiera podido ser un suspiro, pero que no parecía haber salido ni de su boca ni de su garganta.

—Ustedes son inteligentes —dijo—. Esa es la más reciente de las dos características, y la que deberían haber puesto a trabajar para salvarse. Potencialmente, son ustedes una de las especies más inteligentes que hemos encontrado, aunque su enfoque es diferente al nuestro. No obstante, tuvieron un buen comienzo en las ciencias biológicas, incluso en la genética.

—¿Y cuál es la segunda característica?

—Son ustedes jerárquicos. Esa es la característica más antigua y más arraigada en ustedes. La vimos tanto en sus parientes animales más cercanos como en los más lejanos. Es una característica terrestre. Cuando la inteligencia humana se puso a su servicio, en lugar de servirle de guía, cuando la inteligencia humana ni siquiera la reconoció como un problema, sino que se enorgulleció de ella o ni siquiera reparó en ella… —De nuevo la vibración—. Eso fue como ignorar al cáncer. Creo que su gente no se dio cuenta de lo peligroso que era lo que estaban haciendo.

—No creo que la mayoría de nosotros lo percibiese como un problema genético. Yo no lo hice. Ni estoy segura de hacerlo ahora. —Sus pies habían comenzado a dolerle de caminar tanto rato por aquel terreno irregular. Deseaba que terminasen tanto el paseo como la conversación. La charla la estaba haciendo sentirse incómoda: Jdahya sonaba… muy convincente.

—Sí —dijo—, la inteligencia les permite negar hechos que no les gustan. Pero su negativa no importa. Un cáncer que crece en el cuerpo de alguien seguirá creciendo a pesar de la negación. Y una compleja combinación de genes que funcionan juntos para hacerlos inteligentes al tiempo que jerárquicos seguirá lastrándolos, sean ustedes conscientes de ello o no.

—No creo que sea tan sencillo. Simplemente uno o dos genes defectuosos…

—No es sencillo, y no son uno o dos genes. Son muchos, el resultado de una intrincada combinación de factores que solo empieza con los genes… —Se detuvo y dejó que los tentáculos de la cabeza flotasen hacia un círculo irregular de árboles enormes—. Mi familia vive ahí —anunció.

Ella se quedó quieta, ahora realmente asustada.

—Nadie la tocará sin su consentimiento —dijo él—. Y yo me quedaré con usted el tiempo que quiera.

Se sintió reconfortada por sus palabras y avergonzada por necesitar consuelo. ¿Cómo había llegado a ser tan dependiente de él? Meneó la cabeza. La respuesta era obvia. Él quería que ella fuese dependiente. Esa era la razón del aislamiento continuado de los de su propia especie. Ella debía necesitar a un oankali, depender de él y confiar en él. ¡Que se fuera al infierno!

—Dígame lo que quiere de mí —exigió con brusquedad—, y lo que quiere de mi pueblo.

Los tentáculos oscilaron para examinarla.

—Ya le he dicho mucho.

—Dígame el precio, Jdahya. ¿Qué es lo que quieren? ¿Qué nos quitará su gente a cambio de habernos salvado?

Todos los tentáculos parecieron colgar inertes, confiriéndole un punto casi cómico. Lilith no le vio la gracia.

—Usted vivirá —dijo—. Su pueblo vivirá. Tendrán su mundo de nuevo. Ya tenemos mucho de lo que queremos de ustedes. Su cáncer, en particular.

—¿Cómo?

—Existe un gran interés ooloi en él. Muestra capacidades que nunca antes habíamos podido intercambiar con éxito.

—¿Capacidades? ¿En el cáncer?

—Sí, ven grandes posibilidades en él. Así que el intercambio ya nos ha resultado útil.

—Pueden quedárselo. Pero antes, cuando le pregunté, me dijo que negociaban… con ustedes mismos.

—Sí. Comerciamos con nuestra propia esencia. Nuestro material genético por el suyo.

Lilith frunció el ceño, luego meneó la cabeza.

—¿Cómo? Quiero decir, no puede estar hablando usted de mezclar material genético entre las razas.

—Naturalmente que no. —Los tentáculos se alisaron—. Hacemos lo que ustedes llamarían «ingeniería genética». Sabemos que también ustedes habían empezado un poco con ella, pero es extraño para su pueblo. Nosotros lo hacemos de forma natural: debemos hacerlo. Nos renueva, nos permite sobrevivir como una especie en evolución en lugar de especializarnos en la extinción o el anquilosamiento.

—Hasta cierto punto todos hacemos eso de un modo natural —dijo ella con recelo—. La reproducción sexual…

—Esa es una tarea ooloi. Tienen órganos especiales para ello. Y también lo pueden hacer por ustedes, asegurarse de que haya una buena mezcla viable de genes. Forma parte de nuestra reproducción, pero es mucho más deliberado de lo que haya logrado hasta el momento cualquier pareja de humanos apareados. Nosotros no somos jerárquicos, como ve. Nunca lo fuimos. Pero somos poderosamente codiciosos. Adquirimos nueva vida, la buscamos, la investigamos, la manipulamos, la organizamos, la utilizamos. Tenemos el impulso de hacer esto en una célula minúscula dentro de otra célula, una diminuta organela dentro de cada célula de nuestros cuerpos. ¿Me comprende?

—Comprendo sus palabras. Sin embargo, su significado… es tan ajeno a mí como lo pueda ser usted.

—Así es como percibíamos al principio sus impulsos jerárquicos. —Hizo una pausa—. Uno de los significados de oankali es «comerciante de genes». Otro es esa «organela», la esencia de nosotros mismos, nuestro propio origen. Esa organela posibilita la percepción ooloi del ADN y su manipulación precisa.

—Y esto lo hacen… ¿dentro de sus cuerpos?

—Sí.

—¿Y ahora están haciendo algo con las células cancerígenas dentro de sus cuerpos?

—Experimentando, sí.

—Eso suena… muy poco seguro.

—Ahora son como niños, hablando sin parar de las posibilidades.

—¿Qué posibilidades?

—Regeneración de miembros perdidos. Maleabilidad controlada. Los oankali del futuro podrían ser mucho menos aterradores para sus potenciales socios comerciales si fueran capaces de remodelarse antes del contacto para parecerse más a la otra parte. Incluso una longevidad incrementada, aunque en comparación con lo que ustedes están acostumbrados a vivir nosotros ya somos muy longevos ahora.

—Y todo eso a partir del cáncer.

—Quizá. Cuando el grupo ooloi deja de hablar tanto es cuando escuchamos lo que tienen que decir. En ese momento averiguamos cómo serán nuestras siguientes generaciones.

—¿Eso lo dejan por completo en sus manos? ¿Son quienes deciden?

—Nos muestran las posibilidades que se han estudiado. El grupo al completo decide.

Trató de llevarla hacia el bosque de su familia, pero ella se detuvo.

—Hay algo que necesito entender ahora —dijo—. Usted lo llama «intercambio». Han tomado de nosotros algo de valor y nos van a devolver nuestro mundo. ¿Eso es todo? ¿Ya tienen todo lo que quieren de nosotros?

—Ya sabe usted que no —dijo él con voz queda—. Eso ya lo ha deducido.

Esperó, mirándolo fijamente.

—Su pueblo cambiará. Su linaje será más parecido a nuestra especie y el nuestro a ustedes. Sus tendencias jerárquicas serán modificadas y, si aprendemos a regenerar los miembros y a remodelar nuestros cuerpos, compartiremos esas capacidades con su pueblo. Eso es parte del intercambio. El saldo es aún a nuestro favor.

—Entonces se trata de un cruce entre razas, lo llame usted como lo llame.

—Es lo que le he dicho: un intercambio. Primero se realizarán una serie de modificaciones ooloi de sus células reproductivas, antes de la concepción, y luego serán quienes la controlen.

—¿Cómo?

—El grupo ooloi se lo explicará cuando llegue el momento.

Ella habló rápidamente, tratando de borrar sus pensamientos sobre más cirugías o algún tipo de acto sexual con esos malditos seres ooloi:

—¿Qué harán de nosotros? ¿Qué serán nuestros hijos?

—Diferentes, como ya he dicho. No idénticos a ustedes. Un poco como nosotros.

Ella pensó en su hijo, lo mucho que se había parecido a ella y también a su padre. Luego pensó en unas grotescas criaturas-Medusa.

—¡No! —exclamó—. No. Me da igual lo que hagan con lo que ya han aprendido o cómo lo emplean con ustedes mismos, pero a nosotros déjennos en paz. Simplemente, permitan que nos vayamos; si tenemos el problema que ustedes creen, dejen que lo solucionemos como seres humanos.

—Estamos comprometidos por el trato —indicó él, suavemente implacable.

—¡No! ¡Ustedes van a acabar lo que empezó la guerra! En unas pocas generaciones…

—Una generación.

—¡No!

Él le enrolló los muchos dedos de una de sus manos alrededor del brazo.

—¿Puede usted contener la respiración, Lilith? ¿Puede contenerla, por un acto de voluntad, hasta morir?

—¿Contener…?

—Estamos tan comprometidos con el intercambio como su cuerpo lo está con el oxígeno. Ya íbamos retrasados cuando los encontramos. Ahora lo llevaremos a cabo, para el renacimiento de su pueblo y del mío.

—¡No! —gritó ella—. ¡Para nosotros solo puede haber un renacimiento si nos dejan en paz! ¡Déjennos empezar otra vez por nuestra cuenta!

Silencio.

Ella tiró de su brazo y, al cabo de un momento, él la soltó. Tuvo la impresión de que la estaba mirando muy atentamente.

—Creo que desearía que su gente me hubiese dejado en la Tierra —susurró—. Si es para esto para lo que me encontraron, preferiría que me hubiesen dejado.

Descendencia de Medusa. Serpientes por cabellos. Nidos de orugas en lugar de ojos y orejas.

Él se sentó en el suelo pelado y, tras un minuto de sorpresa, ella se sentó frente a él, sin saber por qué, simplemente siguiendo su movimiento.

—No puedo desencontrarla —dijo él—. Está usted aquí. Pero hay… algo que sí puedo hacer. Ofrecérselo es bastante… incorrecto por mi parte. Y nunca más se lo volveré a ofrecer.

—¿Qué es? —preguntó ella, sin apenas importarle. Estaba cansada de la caminata, abrumada por lo que él le había contado. No tenía sentido. Dios, claro que él no podía volver a casa, incluso en el caso de que aún existiese. Comoquiera que fuese su pueblo cuando se marcharon, ahora debían de ser muy diferentes, igual que los hijos de los últimos supervivientes humanos.

—¿Lilith? —la llamó él.

Ella levantó la cabeza y lo miró.

—Tóqueme aquí ahora —dijo él, y señaló con un gesto los tentáculos de la cabeza— y la picaré. Morirá, muy rápidamente y sin dolor.

Ella tragó saliva.

—Si es lo que quiere —añadió él.

Lo que le estaba ofreciendo era un regalo. No era una amenaza.

—¿Por qué? —susurró ella.

No respondió.

Ella miró los tentáculos de su cabeza. Levantó la mano, dejó que se extendiera hacia él casi como si tuviera voluntad propia, su propia intención. No más Despertares. No más preguntas. No más respuestas imposibles. Nada.

Nada.

Él no se movió en absoluto. Incluso sus tentáculos estaban absolutamente inmóviles. La mano de ella flotó en el aire, deseando caer entre los órganos resistentes, flexibles, letales. Flotó casi rozando uno por accidente.

Apartó la mano de un tirón y la pegó a su cuerpo.

—Oh, Dios —susurró—. ¿Por qué no lo he hecho? ¿Por qué no puedo hacerlo?

Él se puso en pie y aguardó sin rechistar durante varios minutos, hasta que ella también se arrastró sobre sus propios pies.

—Ahora conocerá a mis familiares y a uno de mis descendientes —le dijo—. Luego, comida y descanso, Lilith.

Ella lo miró, anhelando una expresión humana.

—¿Lo habría hecho? —quiso saber.

—Sí —contestó él.

—¿Por qué?

—Por usted.

II. Familia

II

Familia

Capítulo 1

1

Sueño.

Apenas si recordaba que le hubieran presentado a tres de los parientes de Jdahya y que luego la hubieran acompañado para ofrecerle una cama. Sueño. Más tarde, un despertar breve y confuso.

Ahora, comida y olvido.

Comida y un placer tan agudo y dulce que borró cualquier otra cosa de su mente. Había plátanos, platos con piña cortada a rodajas, higos enteros, frutos secos de varios tipos, pan y miel, un guiso vegetal a base de maíz, pimientos, tomates, patatas, cebollas, setas, hierbas y especias.

¿Dónde había estado todo aquello?, se preguntaba Lilith. Seguramente le podrían haber dado un poco de eso en lugar de someterla tanto tiempo a una dieta que hizo que comer fuera un fastidio. ¿Podría haber sido por su salud? ¿O quizá había algún otro motivo, algo relacionado con su maldito intercambio de genes?

Cuando hubo comido un poco de todo, degustado con cariño cada nuevo sabor, comenzó a fijarse en los cuatro oankali que estaban con ella en la pequeña habitación vacía. Eran Jdahya y su esposa Tediin, Kaaljdahyatediin lel Kahguyaht aj Dinso. Y también estaba Kahguyaht, Ahtrekahguyahtkaal lel Jdahyatediin aj Dinso, la pareja ooloi de Jdahya. Finalmente estaba Nikanj, Kaalnikanj oo Jdahyatediinkahguyaht aj Dinso, la criatura ooloi de la familia.

Los cuatro estaban sentados sobre las plataformas lisas habituales, degustando alimentos terrestres de sus diversos platitos como si hubieran nacido comiendo aquella dieta.

Había una plataforma central con más de todo encima, y los oankali se turnaban para llenarse los platos los unos a los otros. Parecía que uno no podía levantarse y, simplemente, servir un solo plato. De inmediato le pasaban otros, incluso a Lilith. Llenó el de Jdahya con guiso caliente y se lo devolvió, preguntándose cuándo sería la última vez que él habría comido, aparte de la naranja que habían compartido.

—¿Comió usted mientras estábamos en aquella habitación de aislamiento? —le preguntó.

—Había comido antes de entrar —respondió él—. Usé muy poca energía mientras estaba allí dentro, así que no necesitaba más comida.

—¿Cuánto tiempo estuvo dentro?

—Seis días de su tiempo.

Se irguió, aún sentada en la plataforma, y lo miró.

—¿Tanto?

—Seis días —repitió él.

—Su cuerpo se ha ido apartando del día de veinticuatro horas de su mundo —le explicó Kahguyaht, la pareja ooloi—. Le pasa a toda su gente: su día se alarga ligeramente y pierden la noción de cuánto tiempo ha pasado.

—Pero…

—¿Cuánto le pareció a usted?

—Unos pocos días, no sé. Menos de seis.

—¿Lo ve? —insistió con voz suave.

Lilith frunció el ceño en su dirección. Al igual que los demás, exceptuando a Jdahya, no llevaba ninguna ropa. Esto no le molestaba tanto, ni siquiera estando muy cerca, como había temido que podría pasar. Pero no le caía bien. Era arrogante, y tendía a tratarla con condescendencia. También era uno de los seres destinados a provocar la destrucción de lo que quedaba de la humanidad. Y, a pesar de la afirmación de Jdahya de que los oankali no eran jerárquicos, la pareja ooloi parecía desempeñar el rol de cabeza de familia. Todo el mundo le hacía caso.

Era casi exactamente del mismo tamaño que Lilith, algo más grande que Jdahya y considerablemente menor que Tediin, la pareja femenina. Y tenía cuatro brazos. O dos brazos y dos tentáculos del tamaño de brazos. Los grandes tentáculos, grises y ásperos, le recordaban a la trompa de un elefante, salvo por el hecho de que no recordaba haber sentido nunca asco de la trompa de un elefante. Al menos la cría aún no los tenía, aunque Jdahya le había asegurado que se trataba de una criatura ooloi. Mirando a Kahguyaht, se sintió complacida al comprender que los propios oankali usaban términos que no eran ni femeninos ni masculinos para referirse a los entes ooloi. Algunos seres merecían un tratamiento neutro.

Volvió su atención a la comida.

—¿Cómo pueden comer todas estas cosas? —preguntó—. Yo no podría ingerir sus alimentos, ¿no?

—¿Y qué cree que ha comido cada vez que la hemos Despertado? —le preguntó Kahguyaht.

—No lo sé —contestó ella fríamente—. Nadie me decía lo que era.

Kahguyaht no captó, o ignoró deliberadamente, la ira de su voz.

—Era uno de nuestros alimentos, ligeramente alterado para cubrir sus necesidades concretas —le dijo.

Lo de «sus necesidades concretas» la hizo reparar en que podía tratarse del «pariente» de Jdahya que le había curado el cáncer. De alguna manera, no había pensado en eso hasta ese momento. Se levantó y llenó uno de sus cuencos pequeños con frutos secos, tostados pero sin sal, y se preguntó, rendida, si tendría que estarle agradecida a Kahguyaht. Automáticamente llenó con los mismos frutos secos el bol que Tediin le había acercado.

—¿Alguno de nuestros alimentos es venenoso para ustedes? —preguntó de sopetón.

—No —respondió Kahguyaht—. Nos hemos adaptado a las comidas de su mundo.

—¿Y alguno de los suyos es venenoso para mí?

—Sí. Buena parte de ellos. No debe usted comer nada que encuentre por aquí que no le resulte conocido.

—Eso no tiene sentido. ¿Cómo pueden ustedes venir desde tan lejos, de otro mundo, de otro sistema estelar, y comer nuestra comida?

—¿Acaso no hemos tenido tiempo de aprender a comer sus alimentos? —inquirió Kahguyaht.

—¿Cómo?

No repitió la pregunta.

—Veamos —dijo ella—, ¿cómo pueden aprender a comer algo que es venenoso para ustedes?

—Estudiando a profesores para quienes no lo es. Estudiando a su pueblo, Lilith. Sus cuerpos.

—No lo entiendo.

—Entonces, acepte lo que está ante sus ojos: podemos comer todo lo que usted puede comer. Bastará con que entienda eso.

«Imbécil condescendiente», pensó ella. Pero solo dijo:

—¿Significa eso que pueden ustedes aprender a comer cualquier cosa? ¿Que no se les puede envenenar?

—No, no he querido decir eso.

Ella esperó, masticando frutos secos, pensando. Cuando vio que no añadía nada más, le dirigió una mirada.

Estaba centrando su atención en ella, apuntando hacia su dirección con los tentáculos de la cabeza.

—Los más ancianos pueden ser envenenados —dijo—. Sus reaccion

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