1
Era el tipo de hombre que pedía disculpas después de eyacular. La frase había salido de la boca de una compañera de curso en una fiesta, y todos se habían reído. No era justo, no lo conocían —eso fue lo que pensó Landon; qué coño sabéis—, pero le molestó.
«Preguntádselo a Rita», querría haber dicho.
Rita Peters había entrado en una fiesta de bienvenida para los nuevos estudiantes, con un jersey a rayas ajustado que le marcaba los pechos y una voz estridente que no le impidió subirse a la mesa para cantar una canción universitaria tradicional. Landon no se atrevió a hablar con ella hasta varias horas más tarde. Rita estudiaba literatura y tenía predilección por las lecturas performance; él, en cambio, era un doctorando de historia y cultura norteamericana al que nadie conocía. Pero había algo en él que captó la atención de Rita.
Ella cogió toda su inseguridad y la machacó entre sus dedos, y por primera vez desde la carta de Ulrika, Landon encontró algo a qué agarrarse. A veces iban a la cabaña de la familia Thomson-Jæger en la isla de Kavarö; allí se sentaban cada uno en un extremo del sofá con sus tesis doctorales: la de Rita sobre la cultura machista en la poesía de performance, la de Landon sobre Olof Palme y la ruptura con Estados Unidos. Por las noches se acurrucaban juntos en la cama con un bote de dos litros de helado de nata, y se arrepentían de haber malgastado el día sin tocarse.
Landon desvió la mirada del escritorio. Tenía que dejar de pensar en ella. Tarde o temprano, tenía que dejar de pensar en ella. Cuando la veía en los pasillos, le dolía. Rita estaba tan demacrada que se había vuelto gris.
Había dedicado muchos años a amarla, el último de ellos en vano. Al final metió sus pertenencias en cajas de cartón y abandonó el piso del paseo Luthagsesplanaden. Una bicicleta elíptica de dos metros de altura y una cinta de correr ocupaban el espacio delante del televisor donde antes había estado el sofá. Por todas partes había mancuernas y cintas de pilates, manuales de entrenamiento y revistas de papel couché sobre smoothies de berza y las mejores dietas de las estrellas de Hollywood. Rita no entraba en la cocina, y del baño salía un persistente hedor a acetona.
Habían pasado varios meses ya. A Rita le habían hecho un contrato de profesora asociada de literatura cuando Gloria Öster se había visto obligada a dejarlo, y Landon tenía un contrato posdoctoral en el área de estudios norteamericanos. No sabía cuánto tiempo le iba a durar. Las últimas pruebas de salud lo habían situado peligrosamente cerca de una advertencia escrita. «¡IGM 41!», había exclamado la enfermera, negando ominosamente con la cabeza. El Instituto de Nutrición se había dado cuenta de que la vieja medida de la obesidad, el IMC, daba resultados demasiado generosos. La gente alta podía librarse.
Eso fue lo que habían dicho. Como si fuera un crimen.
El índice de grasa muscular del Partido de la Salud se había convertido en su mejor arma. El índice de grasa muscular era lo que decidía la idoneidad profesional de cada cual. Un IGM superior a 42 te descalificaba para cualquier trabajo de funcionario. La primera vez que Landon oyó hablar de la propuesta del gobierno, le costó creer que era verdad. Ahora su actitud hacia el Partido de la Salud, y las medidas tan extremas que estaban dispuestos a tomar, ya no era tan inocente. Uno de los profesores del departamento de estudios norteamericanos había tenido que marcharse, al igual que los dos nuevos doctorandos. Cuando Landon y sus colegas protestaron contra los despidos, la coordinadora de la titulación les dijo que no dependía de ellos. «La decisión se ha tomado en instancias superiores.»
La gente se tragaba los mensajes del nuevo gobierno por completo. Johan Svärd se había colocado en el lugar perfecto, justo entre la Alianza y los socialdemócratas. Si uno no tenía cuidado en las aplicaciones de orientación del voto, era fácil acabar en el saco del Partido de la Salud por defecto. Y no solo eran los viejos simpatizantes de la derecha, como el señor y la señora Thomson-Jæger, los que caían ante los encantos del joven primer ministro; Landon también tenía amigos de izquierdas que se regocijaban cada vez que subía a la tribuna para pedir la nacionalización de esto o lo otro.
La universidad se había convertido en un terreno pantanoso. Las conversaciones en el comedor trataban exclusivamente sobre lo que se comía y lo que se dejaba de comer, o cuánto había que entrenar para quitárselo de encima. Landon había empezado a comer en solitario para no tener que oírlo. La obligatoriedad de las sesiones de gimnasio no mejoraba las cosas. Bien entrada la noche todavía se veía a gente salir de los nuevos locales de entrenamiento en la facultad de Teología, con sus camisetas sudadas y las cabezas demasiado grandes para sus cuerpos. Tenían los ojos vidriosos y la mirada perdida.
«Igual que Rita», solía decirse. Después se obligó a no pensar en ello.
Sacó uno de los libros de tapa blanda de la caja de cartón que estaba en el suelo, y puso su firma en la guarda. Un colega nuevo de Estocolmo quería leer su tesis y a Landon no le importaba restar unos gramos a su colección.
Había pasado varios años buscando a su padre. La tesis era una excusa que solo Rita conocía, y ahora, a posteriori, casi se arrepentía de habérselo contado. Las relaciones entre Suecia y Estados Unidos, 1968-1974. La versión final llevaba el subtítulo de El problema de Palme, lo cual constituía un resumen en sí mismo. Olof Palme había criticado la guerra de Vietnam, los americanos se habían cabreado. La frialdad de las relaciones duró tanto tiempo que Suecia estuvo a punto de quedarse sin piedras lunares.
Landon se había pasado tres semanas en el archivo de Washington, repasando documentos oficiales. Fotografías del ejército norteamericano. Listas de movimientos de tropas. Corría el mes de febrero, hacía un frío del carajo y había dos metros de nieve. Cada tarde a las cinco y media se subía al autobús para volver al albergue, donde se tomaba café en tazas de cartón en la cafetería, acompañado de unas galletas dulces Fig Newtons.
El director de su tesis de Uppsala estaba entusiasmado con su dedicación, pero los resúmenes que iba enviando por las noches no eran más que una maniobra disuasoria. Solo el bibliotecario y él sabían que dedicaba la mayor parte de su tiempo a cosas que no tenían nada que ver con el primer ministro sueco.
Al final dio con la foto. El héroe de guerra Calen Logan Jackson. Pelo corto de color lino. Medallas colgando del uniforme.
Aquello ocurrió medio año antes de conocer a Rita. Ni Bertil ni Amber sabían nada de la carta que Ulrika le había enviado. No había nadie a quien pudiera contárselo. Aquella tarde se subió a un autobús que lo llevó hasta el Congreso, donde se sentó en las escaleras. Las farolas estaban medio borrosas bajo la tormenta de nieve. Las máquinas quitanieves pasaban de un lado a otro en la plaza vacía.
Su recuerdo más nítido era del frío. No había sitio para lo otro. Al día siguiente fue al archivo y comenzó a leer. La correspondencia acerca del radical Palme y las problemáticas reuniones de la izquierda de Suecia. Informes sobre las manifestaciones del Primero de Mayo en el parque Humlegården. La tesis tomó forma con una sorprendente rapidez. Las fuerzas armadas norteamericanas evacuaban el cerebro de Landon con paso firme y dejaban un hueco para lo que, en realidad, había venido a hacer.
Seis meses más tarde fue a aquella fiesta de estudiantes y se enamoró.
2
La rejilla del desagüe estaba roja de sangre. El agua caliente le quemaba las heridas producidas por los latigazos. La música tronaba a través de la vieja sala de billares de la plaza de Sivia, haciendo temblar el suelo. La siguiente clase ya había comenzado.
—¡Aguantad! ¡Aguantad!
Los aullidos de la mujer retumbaban hasta en los vestuarios. Rita Peters había firmado un acuerdo que eximía de responsabilidad a la organización, ella se responsabilizaba de las posibles lesiones, etc. Le importaba un bledo. «Haced conmigo lo que queráis.»
Ahora el agua dejó de salir. Miró sus muslos. Un largo surco color rojo sangre. Se había parado solo cuando se oyó el latigazo y todo se volvió negro. No había excusas.
—UN-DOS-UN-DOS-UN-DOS-UN...
Era la más gorda de todas las que estaban allí. Las chicas que habían estado delante de ella en la cinta de correr no eran más que huesos y arterias que bombeaban sangre caliente. Rita se sentía avergonzada de sí misma. Quería apuntarse a otra sesión, pero la clase estaba llena y no iba a aguantar una hora de espera sin hacer nada. Había bebido demasiada agua. Le tiraba el estómago como si fuera un saco de piel hinchado. En breve pensarían que estaba embarazada, pero la mera idea resultaba absurda, joder...
—¡VAMOOOOOS!
Fight-Or-Die Boot Camp. Toda la gente de Hollywood lo hacía. Los entrenadores no aceptaban un no. Si te bajabas de las máquinas tenías que pagar. Rita masticaba con frenesí. Ya había terminado dos paquetes de chicles sin azúcar, pero el cuerpo le pedía comida a gritos. Cuando el agua se activó de nuevo, le quemó la herida.
—¿Rita P?
Se sobresaltó.
Una mujer rubia con gruesas capas de maquillaje estaba metiendo la cabeza en la ducha.
—Te has apuntado a otra sesión, ¿verdad? Tenemos una baja. Puedes volver a la sala si quieres.
Rita pestañeó. La cabeza asentía automáticamente, como si ya hubiese contestado.
3
ACESULFAMO-K, ASPARTAMO, FRUCTOSA, GLUCOSA, MIEL, LACTOSA, SIROPE DE ARCE, SIROPE DE MAÍZ, SACARINA, SACAROSA, STEVIA, SUCRALOSA.
Helena Andersson recogió la fotocopia de la mesa de la cocina y la tiró a la basura junto con el resto de los deberes de Molly. «No hagas mucho caso, cariño. No es más que una bobada.»
Bajó las cajas de pasta de la balda de la cocina y las colocó en la bolsa de papel que estaba en el suelo. Después metió también la harina y el azúcar. Se paró delante de la despensa durante un rato. ¿Debería llevarse también el cacao? ¿El azúcar vainillado?
Helena introdujo todo lo que pudo en la bolsa hasta llenarla, y se la llevó a la entrada. Los utensilios más importantes ya estaban metidos en una caja de cartón. En la bolsa azul de Ikea que estaba sobre la alfombra había varios juegos de toallas y sábanas. Helena echó una mirada al perchero, que estaba lleno de ropa. Eso le pasaba por no molestarse en tirar las cosas viejas.
Se acercó al perchero y bajó la ropa de calle. Se llevaría una cazadora para cada una, y luego el mono de Molly. Podrían llevarse los gorros y las bufandas puestas, ya casi hacía frío para ello. Molly podría preparar su propia maleta cuando viniera del colegio. Si conocía bien a su hija no metería más que peluches y revistas del Pato Donald, pero era lo que había. De todas formas, lo único que Molly quería ponerse era ese jersey con la cara de gato.
Esbozó una sonrisa melancólica al pensar en ello. Su pequeña.
La primera vez que Helena oyó hablar de la reforma educativa había dado por hecho que se trataba de un bulo de mal gusto. El nuevo currículum era un proyecto demente. Las asignaturas fundamentales quedaban mutiladas. Todos los alumnos de Suecia iban a tener gimnasia y ciencias de la salud por las tardes, y se aumentaban las horas para las clases especiales. Era una solución temporal, había prometido Johan Svärd; «situaciones excepcionales requerían soluciones excepcionales», etc. En cuanto los niños afectados alcanzaran el peso aceptable, volverían a las clases normales.
Se enfadaba solo con pensarlo. ¿Cuál era el plan? ¿Dedicar unos años escolares a inculcar regímenes, para que los niños desarrollasen el nivel apropiado de trastornos alimenticios? Molly tenía ocho años y recibía clases de nutrición. Helena había ido a la dirección de la escuela con algunos padres más para protestar, pero no habían asumido la responsabilidad por la medida. Estaban siguiendo unas directrices nacionales, el asunto no estaba en sus manos, blablablá.
Cuando Molly fue reubicada a la nueva clase, Helena llevaba medio año en el paro. Había tardado tres meses en destruir la poca confianza en sí misma que su vida adulta le había generado. Un tiempo de prueba. «¡Tómatelo como una oportunidad de quitarte esos michelines!» Eso fue lo que le había dicho el jefe de recursos humanos del ambulatorio de Gimo, con un gesto hacia su barriga.
Descolgó el mono de nieve de Molly de la pared y tiró un poco de las mangas. ¿Le valdría hasta el final del invierno? El plumífero rosa ya le quedaba bastante justo. El otro día le había contado que un niño del patio se había burlado de ella por ese motivo.
Ese puto colegio. La semana pasada, Molly había vuelto a casa con un nuevo libro que tenía que leer: Lily empieza a adelgazar. En la portada se veía a una niña con ojos llorosos delante de un espejo, apretándose un michelín con fuerza. El texto de la contraportada explicaba que Lily, de siete años, se había cansado de sufrir bullying por estar gorda, y había tomado la decisión de recuperar a sus amigos.
Helena se había pasado varios minutos mirando fijamente el delgado libro. «Recomendado para la edad 6-8.»
Su primer impulso había sido el de tirarlo, pero en lugar de ello lo había leído junto con Molly. De todas formas, iban a obligarla a leerlo en el colegio —no había manera de razonar con la señorita Martina— y cuanto antes pudiera ayudar a su hija a terminarlo, mejor. Helena había animado a Molly a señalar algunos párrafos que mostraban intolerancia y discriminación, y después le había dejado inventarse su propia historia, titulada «Lily vuelve a sonreír», en la que la pobre Lily se daba cuenta de que en la vida había más cosas, y más divertidas, que esa obsesión con la comida y el aspecto físico.
Ese era el tipo de ayuda que tenía que prestarle hoy en día. Prevenir hasta rozar lo patético. Todas las noches trataba de sonsacar a Molly lo que había pasado en el colegio. Procuraba que su hija tuviera una buena merienda cuando volvía a casa, para que no tuviera que pasar hambre durante mucho tiempo. Se decía que no debía sustituir el amor con comida, ni sustituir la comida con el amor, pero el equilibrio era imposible. De un modo u otro, esta mierda le iba a hacer daño.
Había perdido varios años de su propia adolescencia tratando de domar las generosas curvas con las que los genes de la familia Andersson le habían dotado, y deseaba fervientemente que su hija no tuviera que sufrir esa podrida vida. Helena había tratado de explicar a la enfermera del colegio que no se trataba de malos hábitos. Todas las mujeres de la familia tenían caderas anchas y eran voluptuosas. Todo lo que había conseguido en sus años de intentos de bajar de peso era engordar más. Ella logró dejarlo sin muchos efectos secundarios, pero ¿qué pasaría con Molly? ¿Cuánto tiempo iba a tener que luchar contra sí misma?
El punto de partida era pésimo. Los alumnos de la clase especial recibían un pack con calorías bajas en lugar de comida normal, y no podían traer merienda de su casa. Molly y sus compañeros ni siquiera podían comer en el comedor. Los niños normales no iban a tener que compartir sus comidas con los desviados.
En la carta que comunicaba que Molly iba a ser trasladada a una clase especial, el mensaje no estaba formulado de esa manera, exactamente, pero casi.
«No queremos crear estigmas en nadie.» A Molly le había costado alrededor de ocho segundos comprender de qué se trataba —los niños tenían ocho años, no ocho meses— y Helena no pudo mentir. Le había dicho la verdad: se trataba de un experimento. El nuevo gobierno lo exigía. «Ya sabes, lo mismo que pasó en mi trabajo. Pero es solo por ahora. En breve, todo volverá a ser como antes.»
Eso, probablemente, era manipular la verdad un poco. Habían dicho que se trataba de un período de prueba, pero Helena había oído ese tipo de argumentos muchas veces. Las medidas temporales de Johan Svärd tendían a convertirse en todo menos temporales.
Volvió a la cocina y bajó el montón de correo del armario esquinero para ver si quedaba alguna factura por pagar antes de irse. Sintió un nudo en el estómago al ver el folleto que la enfermera de Molly había enviado a casa. El brillante papel destellaba a la luz de la lámpara de la cocina. La ilustración de la portada mostraba un cerdito rosa en una cama de hospital, con una venda blanca alrededor de la barriga.
PARA PRESUMIR HAY QUE SUFRIR.
Helena apretó las mandíbulas. Eso fue lo que le habían hecho a Emil.
Todavía le costaba creerlo. Incluso para un adulto, la operación a menudo afectaba a los pacientes muy negativamente en el plano emocional. Helena lo había estudiado en la carrera de enfermería. Si no podían tomar cantidades normales de comida, resultaba imposible participar en muchos eventos sociales, por no hablar del daño psicológico de verse privados de la posibilidad de comer cuando antes manejaban tantas situaciones en la vida recurriendo a la comida. A un niño, esa circunstancia le afectaría aún más. Un niño de siete años al que solo le quedaba un pequeño porcentaje de su estómago.
Helena enrolló una de las bufandas de Molly. La operación de Emil no había salido bien. La señorita Martina lo había contado en la reunión de padres. Helena había tardado varios minutos en comprender lo que estaba diciendo. Uno de los padres había propuesto una ceremonia de homenaje, pero Martina no le había hecho caso. Estaban a mitad del semestre y no había tiempo para esas cosas. Quizá podrían hacerlo más adelante. «De todas formas, no es que corra prisa.»
Helena sintió un escalofrío. El tono de la carta que Martina había dado a Molly la semana anterior había sonado igual de crudo. «Nos gustaría que los padres colaborasen con nosotros en este empeño. La idea es que se apliquen también en casa los consejos sobre comida apropiada, entrenamientos, etc., que fueron comunicados al principio del semestre. A pesar de ello, Molly no está mostrando los resultados que estábamos esperando. En realidad, queremos saber por qué. ¿Realiza usted ese pequeño esfuerzo en casa con las comidas? ¿También personalmente, a modo de inspiración?»
Helena había hervido por dentro. El único pequeño esfuerzo añadido que iba a realizar era el de abstenerse de ir al colegio y partirle su delgada cara a la señorita Martina.
También era la razón por la que se había levantado tan temprano para empaquetar las cosas del adosado de Gimo. El folleto de la enfermera era una mala señal, y la carta de Martina, peor aún. Dos niños de la clase de Molly ya habían sido obligados a someterse a la operación. Uno de ellos estaba muerto. Había llegado la hora de largarse.
Al menos, de momento.
4
En el piso de la calle Skolgatan reinaba el caos. Había libros por todas partes. Cartones de pizza y tazas de café sin fregar. Sobre la vieja mesa de madera, que Landon había traído de la tienda de segunda mano con la ayuda de un monopatín y una cuerda, había una veintena de artículos fotocopiados, apilados sin orden de ningún tipo. Le habían encargado la redacción de un capítulo sobre Suecia y la guerra de Vietnam para un libro de texto, y para poder estar tranquilo había tomado la decisión de trabajar desde casa. En teoría, la idea era buena: no habría estudiantes llamando a la puerta con preguntas sobre el examen cuando estaba concentrado en la lectura de un artículo. Nadie iba a aparecer un viernes por la tarde para entregar un ensayo fuera de plazo que había que corregir. Ni siquiera iba a ser molestado por colegas que llamaban a la puerta para preguntar si le apetecía tomar un café.
Cierto, eso último no resultaba muy probable —hacía meses que lo único que la gente sacaba de las máquinas de café eran tazas de té de limón sin azúcar, y cuando él extraía una barrita de chocolate para tomar con el café, la gente lo miraba como si hubiese perdido la cabeza—, y tampoco resultaba muy probable que Landon Thomson-Jæger fuera a trabajar mejor por estar solo. Simplemente no era capaz de regresar al ambiente un tanto opresivo del trabajo.
El problema era el piso. Era demasiado grande. Con tanto espacio a su alrededor resultaba imposible hacerse una idea general de nada.
Después de una semana de procrastrinación, decidió irse a Kavarö. La casita de verano de sus padres había funcionado muy bien como estudio mientras trabajaba en la tesis, o al menos esa era su impresión ahora, en retrospectiva, y desde el divorcio siempre estaba vacía. En lo que iba de año Bertil todavía no había ido, decía que no le apetecía estar allí sin Amber. A la familia Thomson-Jæger le gustaba dar la impresión de coquetear con lo rústico (Beppe estaba sumamente orgulloso de su Volvo 240), pero el único que se sentía a gusto en Kavarö era Landon. En cambio, la «cabaña» de Juan-les-Pins recibía visitas mucho más frecuentes. Ahora Amber se había ido a vivir allí (ella sostenía que iba a pasar «la mitad del año» en el lugar, pero Landon no la había visto en Suecia desde las pasadas Navidades), mientras que Beppe estrenaba su vida de jubilado en su enorme chalet, pensando con amargura en el pasado. A Landon le parecía que había perdido bastante energía. No hacía más que contar anécdotas y resolver crucigramas.
Beppe había prometido a Landon que iba a poder usar tanto la casa de verano como el Volvo. Él no necesitaba ni una cosa ni la otra, y ellas no lo necesitaban a él. Landon no se sentía demasiado entusiasmado ante la idea de ir a buscar las llaves. La última vez que se habían visto, habían pasado veinte minutos en silencio, tomándose una galleta de avena. Al final Landon se inventó una llamada de móvil y salió al jardín. Cuando volvió, Beppe empezó a murmurar cosas sobre el curso del dólar y el mercado inmobiliario de Suecia. Estaba pensando en vender e irse a vivir al extranjero él también. Landon no sabía muy bien qué decir.
Ahora estaba repasando el piso con la mirada. Subió la mochila a la mesa y metió su ordenador y el cargador, junto con el montón de artículos más grueso. En la cabaña no había buena conexión, por lo que iba a tener que recurrir a las fotocopias en papel.
A continuación, pensó en el asunto de la comida y comenzó a redactar una lista de la compra. Pan de molde, mantequilla, miel... beicon. Queso parmesano. ¿Papel higiénico? Esperaba que no hubiera ratones. La última vez que fue, descubrió que se lo habían pasado en grande durante su ausencia.
Después de un rato, tras completar la lista con chalotas y nata a regañadientes (si había algo que interfería con su trabajo era la preparación de delicatessen que desviaba su atención a la cocina), entró en el dormitorio para recoger unos calcetines y calzoncillos. Se miró en el espejo. El pelo rubio estaba tan largo que ya caía en rizos. Por no hablar de la barba. Ya no se veía el hoyuelo en la barbilla, que a Rita tanto le había gustado, y en cuanto a los hoyuelos de las mejillas... Sonrió levemente. No sabría decirlo.
Las chicas no se le habían dado bien hasta que conoció a Rita. Luego resultó que tuvo mala suerte también con ella. Acababa de cumplir treinta años, y aun así tenía la sensación de que no iba a haber más oportunidades. Amber se lo había reprochado. «Mira a Rita.» Como si ella hubiese tenido éxito, y esa fuera la razón por la que se había largado. Tal vez fuera demasiado torpón. Demasiado miedica, incapaz de tomar la iniciativa. Las mujeres querían a hombres que se mostrasen firmes con ellas, Rita no era la única que se lo había dejado claro. Un hombre que aullase su nombre por encima de las casas de la ciudad. Un tipo pulido como Johan Svärd, con algo inalcanzable en la mirada, que era todo menos inocente. (Rita se había rendido ante los encantos de Johan Svärd. Landon nunca se lo perdonaría al primer ministro.)
En cuanto a él, no tenía ganas de esforzarse, y en todo caso los amagos más o menos ambiciosos de actuar siempre acababan quebrándose después de unas semanas. ¿Y acaso no era esa sensibilidad de la que se había enamorado Rita? La capacidad de encontrar el punto de dolor en la espalda, o dar con el número exacto de giros en la rueda del molinillo de pimienta. Pero la paciencia era un arma de doble filo. El arte de esperar obraba milagros con una salsa de tomate, o con un texto, pero cuando se trataba de amor, se suponía que había que ir al grano.
Landon echó un vistazo al armario. Las camisas que no eran demasiado pequeñas (en nueve casos de diez, los regalos de Navidad de Amber eran intentos «bienintencionados» de hacerle ver que debía bajar unos kilos) no eran prácticas. Sería suficiente con un par de camisetas viejas. ¿Habría que llevar otro par de tejanos?
Cerró la puerta del armario. Eso de la ropa limpia era una extravagancia. A estas alturas del año, la isla de Kavarö estaba totalmente vacía. Y Amber no iba a volar desde la Riviera para exigir que se pusiera ropa más pija.
Ahora solo tenía que ir a recoger los libros que había pedido en la Biblioteca Carolina. Luego iría a buscar el Volvo en Kåbo, tomaría un café y escucharía las miserias de la vida del jubilado durante un rato.
Hacía un frío húmedo fuera. Landon sacó la bicicleta y bajó por la calle Skolgatan. Dobló a la altura de Sysslomansgatan y cruzó la calle Sankt Olofsgatan.
Llegó a la plaza de la catedral. Delante de la iglesia de Helga Trefaldighetskyrkan había un camión con las palabras FITNESS DE SUECIA en el lateral. Dos tipos jóvenes y cachas descargaban cajas de cartón que estaban destinadas a la iglesia. Q-RUNNER. STAIR MASTER 4200. GX SUPER SPIN. Las puertas estaban abiertas de par en par, y habían sacado a la calle unos bancos de madera y un par de cuadros altos y oscuros.
Landon se paró junto al obelisco. No se rendían. El año anterior, más de la mitad de las iglesias de Uppsala habían sido convertidas en centros de salud. Hacía unos meses había entrado en la iglesia de Mikaelskyrkan para ver el resultado de la locura. ¿Qué iban a hacer? ¿Bajar a Jesús de la cruz para colgar un programa de ejercicios de estiramientos? ¿Cambiar el púlpito por un banco de pesas?
En efecto, era justo lo que habían hecho. Ponentes invitados habían sustituido a los pastores, y pronunciado discursos inspiradores. Los gimnasios gratuitos y los servicios de salud atraían a cientos de personas cada semana.
De repente apareció una mujer y le dio algo. Se marchó de inmediato, antes de que Landon pudiera ver de qué se trataba.
Echó un vistazo a la nota de papel, que llevaba un texto mecanografiado.
Que nadie os engañe de ningún modo: primero tiene que suceder la apostasía y se tiene que manifestar el Hombre sin ley, el destinado a la perdición, el Rival que se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, hasta sentarse en el Templo de Dios, proclamándose Dios. (2 Tes 2:3-4)
Unas líneas más abajo, debajo de un dibujo de algún tipo de animal, había otra cita.
El espíritu dice expresamente que en el futuro algunos renegarán de la fe y se entregarán a espíritus engañosos y doctrinas demoníacas, por la hipocresía de impostores que tienen la conciencia marcada a fuego. Prohibirán el matrimonio y el consumo de ciertos alimentos; cosas que Dios creó para que los creyentes y conocedores de la verdad las tomen agradecidos. (1 Tim 4:1-3)
Landon dio la vuelta al papel, pero no había más. Era como si la tierra se hubiese tragado a la mujer. Cuando la congregación de Livets Ord o los Testigos de Jehová querían comunicarse, solían indicar el remitente. Esto parecía algo mucho más casero. Landon dobló el papel.
Uno de los chicos cachas se subió al camión y bajó un par de barras de acero. Las levantó como si estuviera entrenando; el otro esbozó una sonrisa. En la puerta un hombre mayor con barba los estaba mirando.
Landon quería ir hacia ellos y decirles algo, pero no sabía qué. No había entrado en una iglesia desde el funeral del padre de Rita y no protestaría si alguien decidiera abolir el cristianismo. Aun así, se sentía melancólico. Si la religión de la salud de Johan Svärd se convertía en la religión oficial del Estado, ¿qué iba a pasar con toda la gente que de verdad creía en algo?
La ideología de la salud era una fe sin revelación. La promesa de una vida más delgada y feliz. La superficie brillaba tanto que uno se olvidaba de que no había nada por debajo. Landon sintió náuseas al ver cómo los dos culturistas jugaban con las cajas.
Se subió a la bicicleta y continuó hacia la biblioteca. No era su problema. Ya no.
5
Iban a introducir la mierda de alguien dentro de su cuerpo. No era exactamente lo que ponía en la hoja que le habían dado, pero Rita Peters era capaz de leer entre líneas. Primero te daban una cura de antibióticos que mataba tu flora intestinal, después un laxativo mediante el cual se inyectaba las heces de una persona de bajo peso en el intestino. La nueva flora bacteriana proporcionaba un metabolismo más rápido y así se perdería peso de modo muy rápido.
—El proceso se llama ReCACArear —repitió la investigadora. Llevaba una blusa color crema con volantes y el cabello recogido en una trenza de raíz. El acento americano era trabado y exagerado, como si hubiese visto demasiada televisión.
—¿Es rápido?
—Notarás la diferencia en dos semanas. Incluso con el peso tan bajo que ya tienes.
Rita la miró con recelo. Evidentemente no era un peso tan bajo para que esto fuera, como solía decir Landon, «demencial».
—¿Y no duele?
—Por supuesto que no.
Rita miró la hoja informativa. Una imagen del sistema estomacal e intestinal. Una imagen de microscopio color sepia que mostraba unas bacterias alargadas, con forma de rollo. «Investigación de base, fase uno, aviso médico.»
—También hay una versión sintética, pero nosotros usamos donantes, como ya te he comentado.
Rita levantó la mirada.
—¿Y es del todo... seguro?
—Hacemos controles triples a los pacientes.
La mujer movió el cursor sobre la pantalla, e hizo clic.
Rita la escrutó. La blusa le caía sobre el pecho, como si hubiese perdido peso recientemente. El pelo rubio parecía seco, casi como un manojo de hilos.
La mujer le dio otra hoja.
—Aquí tienes. Todas las personas que toman parte en la fase experimental deben firmar su consentimiento.
Rita cogió el bolígrafo que estaba sobre la mesa delante de ella. Cinco minutos más tarde salió por las puertas del Centro Biomédico con otro contrato de pérdida de peso en el bolso. Las puertas de cristal ahumado del departamento de microbiología farmacéutica destellaban bajo el sol de otoño.
6
Landon abrió los ojos y miró hacia la ventana con las cortinas corridas. Cuanto más lo pensaba, menos probable parecía que hubiese oído bien. Justo cuando estaba a punto de quedarse dormido otra vez, alguien llamó a la puerta de nuevo. Esta vez se levantó.
Abrió la puerta y miró hacia abajo. En medio del porche había una niña con una gigantesca cabeza de gato sobre el jersey. Parpadeó. Si hubiese sido cinco veces más pequeño el gato habría sido mono, pero ahora parecía terrorífico.
—¡Hola! —dijo muy alegre—. ¡Yo soy Molly!
Landon sonrió. Era imposible hacer otra cosa.
—Hola, Molly.
—Y tú te llamas Thomson —dijo—. Es lo que pone en el buzón.
—Es el apellido de mi padre..., pero sí.
—¿De tu padre?
Se rio. Aparentemente parecía mucho más mayor. Sería la barba.
—Soy Landon —dijo, dándole la mano a la niña.
—¿Te encantan los plátanos o qué?
Señaló su camiseta.
Había dormido con su vieja camiseta de Velvet Underground. El plátano de Warhol llamaba tanto la atención como el gato decapitado del jersey de ella.
Asintió con la cabeza y retiró la mano. La niña al menos había aprendido a no darle la mano a extraños.
—Tomo por lo menos tres al día.
—¿Qué?
Lo miró con los ojos desorbitados.
—Papilla de plátano para desayunar, tarta de plátano para comer y pudin de plátano para cenar.
Ella le lanzó una mirada recelosa.
—Mientes.
—Solo un poco.
—Mamá dice que no hay que mentir ni un poco. Todas las mentiras son grandes mentiras.
Molly lo miró con paciencia.
—¿Puedo hacer algo por ti? ¿Has venido a vender libros del catálogo de la Navidad...? —La escrutó en busca de pistas que pudieran revelar el asunto que había traído a la niña a su casa—. ¿Pastas?
—Mamá me ha dicho que podía invitarte a desayunar. Si tenías pinta de ser buena persona.
Landon la contempló confuso.
—¿Desayunar? ¿Y quién es tu madre...?
Miró detrás de la niña. No había ningún coche.
—¡Si vivimos aquí! —Parecía pensar que Landon era tan lento como mayor—. Nosotras somos tus vecinas. O más bien... tú eres nuestro vecino. Acabamos de llegar.
—¿Quieres decir que habéis venido a pasar el fin de semana?
—No, vamos a vivir aquí ahora. O, bueno, mamá dice que por el momento sí, hasta que todo pase. Pero no me importa. Quizá me regale un gato.
Landon la miró con curiosidad. Allí no vivía nadie de forma permanente, salvo el agricultor del otro lado del bosque. Y el matrimonio mayor que vivía a orillas del lago, si es que habían sobrevivido al otoño. Esa parte de la isla de Kavarö era una zona de casas de verano. La gente venía a pintar la fachada y celebrar la fiesta del cangrejo, y volvía a la ciudad en cuanto llegaba septiembre.
—¿En qué casa? —preguntó Landon—. ¿La amarilla de la curva?
—La roja —dijo Molly.
Estaba hablando de la casa del otro lado del camino de grava. Landon había estado una vez, hacía unos años. Era de un viejo, Edgar... Edwin, algo así. Beppe lo conocía. Ahora, ¿esa cabaña estaría preparada para pasar el invierno en ella?
Molly saltó de un peldaño a otro con impaciencia.
—¿Vienes o qué?
—¿Estás segura de que...?
Estaba dudando. ¿Era apropiado ir a casa de gente desconocida a esas horas del día?
Eso sí, era justo lo que había hecho aquella personita desconocida.
—Vamos a desayunar bocadillos con albóndigas —dijo.
Landon sonrió.
—¿Para desayunar?
—¡Sí! Claro. Pero ha dicho mamá que empezamos a las nueve en punto.
Se giró y miró el reloj de la pared. Es decir, ahora.
Volvió a mirar a Molly. ¿Qué clase de persona compraría un jersey tan demencial a su hija?
—Vale —convino—. Un momento, voy a ponerme algo.
Se dejó el pantalón del pijama puesto y se puso un jersey de punto grueso por encima de la camiseta del plátano. Después metió los pies en los viejos zuecos que su padre había dejado junto a la puerta y caminó rápido por el camino de grava tras Molly, que ya se había adelantado bastante.
—¡Mamá! ¡Mamá!
Molly subió corriendo las escaleras y abrió la puerta de la cabaña de par en par.
—¡Mamá, ha venido! ¡Ya te lo he dicho!
Landon se quedó en las escaleras. De repente se dio cuenta de la pinta que tenía. El pantalón del pijama y el jersey viejo con agujeros. A fin de cuentas, había ido a la casa de una mujer.
—¿Sabes qué te digo, Molly? Creo que debería volver a casa y...
Se interrumpió cuando la vio. Era mucho más joven de lo que se hubiese esperado. Llevaba una blusa blanca y un delantal claro atado descuidadamente alrededor de las caderas. El largo pelo castaño estaba recogido en una trenza suelta. Era de constitución fuerte, un tanto fornida, pero las curvas no le quedaban nada mal.
Landon se ruborizó de modo involuntario.
—No... —tartamudeó—. No quiero molestar.
—¡No, estamos encantadas! Y si conozco bien a mi hija, creo que la que ha podido molestar es ella, ¿cierto? Molly lleva desde las seis insistiendo en que quería conocerte. O mejor dicho, desde ayer por la noche, cuando vio el Volvo. Ya no podía frenarla. —Echó un vistazo a la ropa poco ortodoxa de Landon—. ¿No te habrá despertado?
—No, no.
Sonrió como si no le creyese. Luego le dio la mano.
—Soy Helena.
Landon le estrechó la mano.
—Landon.
—El Señor Plátano —le corrigió Molly.
Helena echó una mirada reprobatoria a su hija.
—No pasa nada —dijo Landon, tratando de quitarle hierro al asunto—. Ya lo hemos aclarado.
—Pero ha mentido —añadió Molly.
Helena la miró con expresión inquisitiva, y después a Landon, quien negó con la cabeza.
—No quieras saberlo.
La vieja cocina era justo como la recordaba. Los muebles eran sencillos: una gastada mesa de pino, dos sillas de madera y una alfombra. Debajo de la ventana había un antiguo sofá con baúl incorporado. La abuela de Landon había tenido uno igual, había guardado los juegos de mesa dentro. En los estantes había botes de chapa para café, recipientes de cristal y tarros de especias. Unas cortinas de tul blanco del tipo que atrapaba las avispas en verano, y una alfombra con un diseño de cuadros que se arrugaba alrededor de una de las patas de la mesa. En un rincón junto a la puerta había unas cajas de cartón amontonadas que aún estaban llenas de cosas. Helena sacó del horno una bandeja con unos panecillos dorados. El olor era maravilloso.
Landon echó una mirada hacia la encimera. Sobre el fregadero se asomaba el extremo de una manguera de jardín.
Helena se secó las manos en el delantal.
—No es un chalet de lujo, precisamente.
—¿Cómo? —Landon tenía la sensación de que lo habían pillado—. ¿No tenéis agua caliente?
—Sí, en el baño. De momento, hasta ahí hemos llegado.
—Creo recordar que he estado aquí antes, pero entonces era de un señor mayor. —Dudó un momento—. ¿Edgar?
—¡Edvard! —A Helena se le iluminó la cara—. ¡Conoces a mi padre!
—Ah, tu padre. Por eso estás... estáis...
—Ya no puede cuidar de la casa —aclaró, con un gesto de resignación—. Alzhéimer.
—Oh, no. Lo siento.
—Y tú, ¿qué haces por aquí?
—Lo mismo. Quiero decir, vivo en la cabaña de mi padre. He venido para escribir.
—¿Eres escritor?
—No, investigador. Estudios norteamericanos.
—¿En Uppsala?
—Así es.
Helena puso un cesto sobre la mesa, metió unos panecillos de la bandeja y sirvió café. La mantequilla y la mermelada ya estaban sobre la mesa junto con un triángulo de queso.
—¿Azúcar?
—Por favor.
Landon miró el paquete de azúcar. Abajo se veía el texto del aviso, impreso con grandes letras negras.
—Habría que ir guardando reservas —dijo—. Ayer dijeron en las noticias que van a subir los impuestos sobre el azúcar con un diez por ciento a partir del 1 de enero. Parece que la subida anterior no ha dado los resultados esperados.
—Para Johan Svärd, el mundo nunca dará los resultados esperados —dijo Helena—. En el Partido de la Salud no estarán contentos hasta que el azúcar no quede clasificado como una sustancia narcótica.
—Sería peor, ¿no crees? Si la cocaína te hace adelgazar.
Helena sonrió.
—Será la siguiente pastilla gratuita.
Se llevó el último platito de la encimera y tomó asiento en el sofá de madera.
—¡Que aproveche!
—Tiene una pinta maravillosa.
—Bah, no es más que un poco de pan.
Helena sacó un panecillo del cesto, lo abrió por la mitad y se lo pasó a su hija.
Molly colocó cuatro albóndigas en medio del panecillo, y lo sujetó con las dos manos. Luego lo dejó sobre el plato.
—Si quieres te ayudo a cortar las albóndigas en rodajas, cariño. Así será más fácil comerlas.
Molly negó con la cabeza. Un atisbo de preocupación oscureció el semblante de Helena por un momento.
Landon la buscó con la mirada.
—Muchas gracias por la invitación —dijo. Por alguna razón quería animarla—. Había contado con una semana de aislamiento. Y pan de molde.
Ella sonrió.
—Ven cuando quieras.
Cuando caminó de vuelta a su casa por el camino de grava, ya había llegado la tarde. Las horas se habían sucedido sin que se diera cuenta. Primero había insistido en ayudar a Helena a subir unas cajas hasta la primera planta, en señal de agradecimiento por el desayuno, y después habían estado sentados alrededor de la mesa de la cocina, tomando café durante horas.
Lo había invitado a volver al día siguiente. Iba a aislar las ventanas antes de que llegase el frío de verdad. Landon ni siquiera sabía cómo se hacía (hizo una nota mental para buscarlo cuando volviese a casa), pero había dicho que sí para no parecer un idiota. No le pasaría nada por ayudar un poco.
7
El doctor de la tele estaba marcando la pálida barriga con tinta negra, hinchó el vientre con dióxido de carbono e introdujo la cámara con forma de tubo. A continuación, levantó el bisturí. Atravesó las capas de piel y grasa con cinco rápidos cortes. Una vez colocado el anillo de silicona blanca, la parte superior del estómago tenía el tamaño de un huevo. Miró la pantalla.
—Perfecto.
La niña del quirófano tenía doce años, y Rita sentía envidia. Primero una liposucción, después cirugía de banda gástrica. Ella se habría apuntado gustosamente a semejante cura exprés.
En cambio, Rita había tenido que contentarse con acudir al ambulatorio y recoger una dosis de Purify, la vacuna gratuita del Partido de la Salud contra la obesidad. Desde entonces tenía picores en el orificio del ano, pero la enfermera le había dicho que todos los efectos secundarios remitirían con el tiempo. El estómago tenía que estabilizarse. «Pasa lo mismo con el sol. A principios de verano apenas aguantamos media hora de exposición, pero hacia finales de agosto podemos pasar el día entero al sol sin que la piel proteste.» En el programa del doctor Sten habían dicho que Purify era una especie de detox para el cuerpo. Una manera natural del cuerpo de eliminar toxinas. Una mujer del público había preguntado si era verdad que la medicina era un gusano. Rita había sentido una náusea paralizante. Sin embargo, no hicieron más que reír. Era verdad que Purify era un parásito, reconoció el doctor Sten, pero se trataba de un parásito bueno.
—Lo único que come es grasa.
¿Qué debería pensar? No parecía probable que el gobierno fuera a gastarse decenas de millones en envenenar a la población. (Landon sí que se tragaría semejante teoría conspirativa. Rita se acordaba de lo furioso que se había puesto cuando la televisión estatal pasó de llamarse SVT a TVSalud. Había hecho una bola con el periódico de aquel día y se había pasado el resto de la mañana jurando entre dientes. «Putos fascistas.» Resultaba casi divertido.)
Una semana más tarde, la famosa vacuna del Partido de la Salud ya no le parecía tan gratuita. Rita llevaba cuatro días sin ir al baño. Tenía el vientre hinchado como un globo. Apretaba el cojín con fuerza contra el diafragma. «Pasa lo mismo con el sol.» Menudo eufemismo.
Mañana volvería al Departamento de Bioética para que le dieran sus antibióticos. No les haría ninguna gracia que experimentase con dos cosas a la vez.
Miró el reloj. Eran menos diez. Había una pila de libros amontonados sobre el televisor. Encima de todo estaban los folletos de publicidad que habían llegado con el correo de la mañana.
¡OLVÍDATE DE LAS PASTILLAS CALÓRICAS Y PONTE EN FORMA CON NUESTRO SENCILLO MÉTODO SWAP!
FYRIS FITNESS EXPERTS: TE VAMOS A CONVERTIR EN UNA MÁQUINA QUEMAGRASA.
UPPSALA LIPOSUCCIÓN. ADELGAZA EN QUINCE MINUTOS.
Las subvenciones del gobierno habían convertido a muchas personas en emprendedores. Los folletos publicitarios sobresalían como trampolines del buzón de correo del paseo Luthagsesplanaden.
Volvió a mirar el reloj. El té ya estaba enfriándose, pero no podía empezar a tomarlo hasta las cuatro en punto. Pasaba lo mismo con la cinta de correr: no podía dejar de correr hasta que no alcanzaba números iguales en la pantalla. 01.00.00. 44.44.44.
Contemplaba la pantalla del televisor con la mirada perdida. Tenía la sensación de que el cerebro le había dejado de funcionar adecuadamente. Por fortuna, uno de sus doctorandos iba a hacerse cargo de su curso durante ese tiempo. Tenía seis semanas para concentrarse en la investigación. Hasta ahora ni siquiera había encendido el ordenador.
Resultaba extraño. Había tenido tantas ganas de ponerse el anillo de doctora... Ahora estaba escondido en el armario del baño. Varias veces había pensado en llevarlo a la joyería de la calle Drottninggatan para que lo empequeñecieran, pero al final no lo había hecho. Incluso había perdido la ilusión por el trabajo. Sabía que debería estar agradecida de que hubiese podido ocupar la plaza dejada por Gloria Öster, pero aun así no se sentía motivada. Los estudiantes de literatura estaban alicaídos y no mostraban entusiasmo. O si no, su estado de ánimo era contagioso.
Rita, estresada, toqueteaba sin cesar el mando de la tele. Ahora estaban hablando de campamentos para niños obesos. La cámara repasaba la zona de entrenamiento, envuelta en colores de otoño. De fondo sonaba Carta del campamento, la canción de Cornelis Vreeswijk. Una veintena de niños regordetes de unos seis años estaban dando vueltas sin parar alrededor de un patio de grava. El monitor vociferaba y berreaba. En la siguiente escena se veía a un niño rechoncho en el comedor, pelando una manzana. Con una voz aguda y las mejillas rojas explicaba al entrevistador que las calorías estaban concentradas en la piel. «Las calías —decía—. Las caloías.»
Rita pestañeó con fuerza. La gente no debería tener niños. Si no eran capaces de cuid
