TIEMPO PARA EL DERRUMBE DEL PISO: 17 DÍAS
TIEMPO PARA QUE DÉ COMIENZO LA CAZA:
30 HORAS
Visualizaciones: 512 mil trillones
Seguidores: 142 mil billones
Favoritos: 23 mil billones
Puesto en la clasificación: 1
Recompensa: 3.000.000 de oro
Felicidades, mazmorrero. Has recibido una caja de carne de venado de platino.
Bienvenido, mazmorrero, al sexto piso. «El Coto de Caza».
Ha dado comienzo una puja de patrocinio para el mazmorrero n.º 4.122. Dicha puja terminará en 45 horas.
Mazmorreros restantes: 85.223
Cazadores restantes: 360
Ha dado comienzo el periodo de gracia. Todos los cazadores se han teletransportado a la ciudad de Zockau. Se liberarán dentro de 30 horas.
Corre.
Entrando en el club Desperado.
Aparecí en un despacho que me resultaba familiar. La figura encapuchada que era Orren, esa con aspecto de la parca que era intermediario del Sindicato, estaba sentada tras el escritorio abarrotado, mirándome y tocándose las puntas de los dedos de ambas manos. Atisbé el cristal que tenía debajo de la capucha. Sabía que en su interior había un gusano parasitario a flote, un tipo de criatura llamada gondii que el universo consideraba ciudadano de los Valtay.
La última vez que había estado en la estancia fue después de matar a Loita la administradora. El tipo que tenía delante era, supuestamente, un observador neutral e independiente contratado para determinar los hechos, pero tenía pruebas para pensar que algunos de estos supuestos intermediarios seguían una definición un tanto particular del término «neutral».
Katia también estaba sentada por allí. Al parecer, llevaba unos minutos más que yo y me dio la impresión de que estaba aburrida. Tenía su forma normal. Me miró y sonrió, aunque vi preocupación en su gesto.
DÓNUT: CARL, CARL. ¿DÓNDE ESTÁS? ¡NO HEMOS LLEGADO JUNTOS! ESTAMOS CHRIS, MONGO Y YO. ¿DÓNDE ESTÁS? ¿DÓNDE ESTÁ KATIA?
CARL: Tranquila. Katia está aquí conmigo. Hemos vuelto al despacho del vicedirector.
DÓNUT: ¿CÓMO QUE TRANQUILA? ¡TENGO QUE ELEGIR CLASE!
—Puedes decirles a tus compañeros que pronto volverás con ellos —comentó Orren—. No tardaremos mucho.
CARL: Dile a Mordecai que te ayude a elegir. No tardaremos nada.
DÓNUT: ESTO NO ME GUSTA, CARL. ESTAMOS EN UNA FILA MUY GRANDE CON OTROS MAZMORREROS. Y MONGO ESTÁ ASUSTADO.
CARL: Dónut, todo saldrá bien. El intermediario este con una pecera por cabeza me dará un sermón y listo. Guarda a Mongo, habla con Mordecai y asegúrate de añadir al chat a todos los que tengas cerca.
—Como ya le he comentado a tu amiga, solo podéis verme y oírme a mí, pero hay varias entidades en esta reunión —explicó Orren—. Tenemos a un representante de los Borant, a unos pocos integrantes del subcomité de mazmorreo del Sindicato y algunos grupos interesados que querían escuchar. Además, también nos acompaña un representante de los medios de comunicación que hemos elegido. Dicho representante no tiene permitido informar sobre nada de lo que ocurra en esta reunión a menos que quebrante alguna ley.
—Guau —le dije a Katia, que de repente puso gesto de amargura—. Mira que se están tomando molestias por nosotros.
Estuvo a punto de responderme, pero el intermediario la interrumpió.
—En realidad, es por ti —dijo Orren, refiriéndome a mí—. Katia Grim la mazmorrera solo está aquí porque es la que lo tiene en el inventario. Le hemos preguntado si se considera la propietaria del objeto y su respuesta ha sido que en realidad lo eres tú. Dentro de nada volverá al punto de encuentro.
—Un momento —empezó a decir ella, pero luego desapareció con un crujido estruendoso.
CARL: ¿Estás bien?
KATIA: Me duele un poco la cabeza, pero sí. Carl, creo que te he metido en problemas sin querer. No sabía qué decir. Me arrebataron el portal. Lo siento. No pude hacer nada.
CARL: Tranquila. Mira a ver si encuentras a Dónut.
KATIA: La estoy viendo. Se ha puesto a perseguir a Mongo. Ten cuidado.
Orren agitó la mano y aparecieron tres objetos en el escritorio frente a él. Los dos relojes y la caja de movimiento, las tres partes del Portal de los dioses ferales.
—¿Recuerdas lo que te dije la última vez que estuviste aquí? —preguntó Orren. Extendió el brazo hacia delante, se hizo con uno de los relojes y empezó a darle vueltas en la mano con gesto ausente.
Suspiré. Estaba agotado y tenía la cabeza como un bombo. Había muchas cosas que hacer, y una parte de mí empezó a pensar que ojalá acabasen conmigo y se terminase todo de una vez. Si no, necesitaba dormir. Y pronto. Me encogí de hombros.
—La verdad es que no.
—Te dije que, si fuese por mí, me hubiese librado de ti. En aquel momento, los kua-tin querían mantenerte con vida y al consejo del Sindicato le daba igual. Las cosas han cambiado después de ese último truquito tuyo. —Dejó el reloj cerca del borde de la mesa—. Los acorazados se han rendido y han abandonado su participación en la Guerra de Facciones. Has eliminado a todo su ejército. Una de esas medusas amplificadolor mordió a la esposa del jefe de guerra, y el jefe tuvo que matarla para detener el sufrimiento. Ahora se está recuperando en un yate de sedación, pero se han rendido y ha quedado un hueco libre, uno que nadie puede ocupar porque ya no se puede desplegar un ejército en el lugar.
Se me quedó mirando como si esperase una reacción por mi parte.
Los acorazados eran unas criaturas grandes y humanoides de piel roja. No solía irles demasiado bien en la Guerra de Facciones porque su método de combate favorito era atacar todo lo que tenían delante, ignorando por completo cualquier tipo de táctica o de magia.
—Bien —dije al fin—. Ese era el plan, sí. Joder bien jodidos a los ejércitos. —Miré hacia el techo—. Me disteis la posibilidad de hacerlo. Estoy jugando con vuestras reglas.
Él asintió y anotó algo en una hoja de papel.
—Borant no ha intervenido porque creían que ibas a intentar un ataque diferente y dieron por hecho que después perderías el control del artefacto.
Miré los tres objetos que había sobre el escritorio. Si le daba un golpecito a la mesa, el primero de los relojes caería sobre mi regazo.
—¿Y qué culpa tengo yo?
—No la tienes. Están enfadados, pero… —Se giró en la silla hacia la izquierda y alzó la voz—. Es muy probable que les hayas hecho ganar más dinero del que han perdido. —Hizo una pausa—. Dicho esto, ahora tenemos un problema. Un problema que no tiene una solución sencilla. Bueno, eso no es del todo cierto. Hay una solución fácil y muy obvia, en mi opinión. Pero los kua-tin no quieren ir por ahí. No obstante, el consejo y los productores necesitan tu ayuda.
Sentí cómo se me arqueaba la ceja.
—¿Mi ayuda?
—No podemos arrebatarte el portal por la fuerza. A pesar de lo que puedas pensar, las normas en lo referente al trato de los mazmorreros son muy estrictas. Al menos en lo que a los objetos de su inventario se refiere. Parchear ciertos objetos requiere un acuerdo entre todas las partes implicadas, y ahora mismo no hay consenso.
Me mordí el labio. Orren continuó.
—El sistema no nos permite confiscarte el objeto. —Eso era muy interesante, teniendo en cuenta que ya me lo habían quitado—. Borant quiere que sigas formando parte del juego. —Volvió a alzar la voz—. A pesar del peligro que supones para su precaria solvencia financiera. Aun así, no podemos permitir que te quedes el Portal de los dioses ferales. Nos gustaría pedirte que nos lo entregases voluntariamente.
—¿Estás de coña? ¿Qué está pasando aquí? Pero si ya me lo has quitado. —Respiré hondo. El instinto me decía que extendiese el brazo y me hiciese con los objetos que había sobre la mesa. Pensé en el periodista. Querían un testigo. Algo me decía que aquello era una trampa. Mantuve las manos quietas a los costados y eché la silla un poco hacia atrás.
Él rio entre dientes.
—Cuando la IA del sistema generó el objeto dentro del juego por primera vez, ¿sabes lo que ocurrió? Dio comienzo una reacción en cadena tan exagerada de subrutinas de comprobaciones y compensaciones que bloqueó el sistema. La IA creó un objeto capaz de eludir sus propias reglas.
—¿Y qué me quieres decir con eso?
—El objeto tiene la capacidad de matar a todos los que se encuentren en el piso. Borant modificó las normas todo lo que pudo para evitar que acabases con la población del piso anterior. Pero este es diferente. Aquí podrías abrir cientos de portales y reducir la mazmorra a un erial en menos de una hora.
DÓNUT: TENGO LA MEJOR CLASE DEL MUNDO PARA ESTE PISO. KATIA HA VUELTO Y SE HA PUESTO EN LA COLA CON NOSOTROS.
Cerré el chat y esperé a que Orren continuase.
—Nadie esperaba que te hicieses con el objeto. Hay normas que todos debemos seguir, por lo que no podemos quitártelo sin más. No obstante, sí que podemos «quitarte» a ti. Tenemos que proteger la integridad del juego, lo que nos deja con tres opciones. —Alzó un dedo—. La primera: puedo dar la orden de que el piso quede bajo un conjuro de protección que elimine el acceso de todos los mazmorreros a los portales. Eso os dejaría sin espacios personales, clubes y os daría problemas con muchas otras cosas. Los pergaminos de teletransportación también dejarían de funcionar, así como algunos conjuros de movimiento. El transportín de tu mascota también quedaría inoperativo. Sería un caos y morirían miles.
Levantó otro dedo.
—La segunda: podemos acelerarte, lo que desembocaría en tu muerte y la de todos los que estén cerca de ti.
Dejó que sopesara sus palabras durante unos instantes y luego levantó un tercer dedo.
—Y la tercera: entregas la caja de movimiento, te doy un vale y la recuperas cuando llegues al noveno piso.
Me quedé unos instantes en silencio. No dejaba de darle vueltas a las opciones. Mierda. Necesitaba el portal. Sin él, no iba a poder mantener la promesa que le había hecho a Higo.
Tenía que pensármelo bien.
—¿Por qué había un intermediario ayudando a Maggie a hacer trampas? —pregunté. Alcé la vista al techo. No tenía ni idea de si Orren me había dicho la verdad sobre el periodista, pero de ser así tenía claro que era la persona más importante de la reunión—. No dejaban de censurar a Maggie y a Chris. Consiguieron decirme que era un cáprido, y me quedó claro que trabajaba para el Imperio Calavera.
La silla de Orren rechinó. El reloj se agitó sobre la mesa. En el breve silencio posterior, oí el estallido distante de la música en la pista de baile.
—Todos los presentes están informados sobre lo que acabas de comentar. Y hay una respuesta a tu pregunta, una que no tienes permitido oír. Pero me alegra que la hayas hecho, porque te sirve para recibir una lección importante. Los errores de seguridad pueden funcionar en ambos sentidos. Aquellos que están en tu contra tienen mucho más tiempo de encontrar la manera de manipular el sistema. Ten por seguro que ese problema en particular se ha solucionado de la misma manera y con la misma presteza que este que estamos tratando. Vamos. ¿Qué eliges? ¿Entregarás el artefacto?
—Quiero un abogado —dije—. No pienso tocar esas cosas hasta que hable con uno.
Orren gruñó, como si la conversación le resultase entretenida. A pesar de lo serio que parecía, me dio la impresión de que estaba disfrutando. Miró por encima del hombro, a la pared vacía que tenía detrás.
—Os lo dije. ¿Os lo dije o no? —Después, volvió a girar hacia mí la pecera que tenía por cabeza—. Acabas de pronunciar las palabras mágicas, mazmorrero.
Entrando en el punto de encuentro.
Esperaba que me teletransportasen a mi espacio personal y que Mordecai me guiase con la especialización, pero eso no fue lo que ocurrió. Estaba en algo parecido a un estadio de fútbol americano, con techo alto y paredes que se alzaban en la distancia. Al parecer, todos los mazmorreros habían estado en aquella estancia o en una similar, esperando en cola para luego ser obligados a llevar a cabo la especialización de clase. Por lo que me habían comentado, todo el mundo tenía que hacer cola, incluso los que contaban con clases que no tenían especializaciones.
Cuando llegué yo, la habitación estaba prácticamente vacía. Quizá quedaban unos trescientos o cuatrocientos mazmorreros, todos en el extremo más alejado. Empecé a caminar hacia ellos. Me había pasado casi una hora y media en el despacho de Orren, lo que no se me antojó mucho, pero al parecer lo de las especializaciones iba a ser bastante rápido.
CARL: Estoy en ese sitio que parece un estadio enorme. ¿Y vosotros?
KATIA: ¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido?
CARL: Estoy bien. Hemos perdido el portal, pero no permanentemente. Es una larga historia.
DÓNUT: NOSOTROS YA HEMOS TERMINADO. VAS A TENER QUE METERTE EN ESA HABITACIÓN PEQUEÑA QUE HUELE MAL Y LUEGO VOLVER A SALIR. HAN SEPARADO A TODO EL MUNDO, PERO LOS QUE ESTÁN EN EL MISMO GRUPO PERMANECEN JUNTOS. AH, Y ESPERA A VER EL ASPECTO DE MORDECAI EN ESTE PISO.
KATIA: El mundo es parecido al del tercer piso, pero con muchos árboles más. Deberías salir en mitad de un asentamiento de dríades. Encuentra un bar llamado Die Kirschbomben.
CARL: ¿Habéis conseguido mejoras de clase?
KATIA: Yo he conseguido algo, pero no ha cambiado mi clase, que sigue siendo conductora de camiones monstruo. Me ha permitido elegir uno entre tres «apoyos». Solo te dan diez minutos para elegir y no puedes usar el chat cuando estás en esa habitación enana. El que he elegido se llama materiales peligrosos.
DÓNUT: A MÍ ME DEJABAN ELEGIR PERMANENTEMENTE UNA CLASE QUE YA HUBIESE ELEGIDO EN OTROS PISOS, PERO MORDECAI ME HA DICHO QUE PODÍA PASAR Y QUE NO LO HICIESE. ASÍ QUE NO LO HICE. PERO NO HAY PROBLEMA, PORQUE ME HAN DADO UNA CLASE NUEVA SOLO PARA ESTE PISO Y ES MAGNÍFICA.
CARL: ¿Cuál?
DÓNUT: ¡SOY UNA BARDA! ¡ES UNA PASADA! Y NO, NO LA NIGROBARDA QUE ME HABÍAN OFRECIDO ANTES, SINO UNA MEJOR. SOY UNA DIVA LEGENDARIA. SE LLAMA ASÍ. DIVA LEGENDARIA. ¡AHORA CANTO!
CARL: Ahora cantas.
DÓNUT: CANTO CANCIONES QUE SIRVEN PARA LANZAR CONJUROS. TENGO MUCHAS. YA ME HE PUESTO A PRACTICAR. A MONGO LE ENCANTAN Y EL TIPO ÁRBOL DEL BAR DICE QUE PUEDO DAR UN CONCIERTO MAÑANA DURANTE LA HORA DE COMER.
KATIA: Dijo que podías dar el concierto después de la hora de comer.
DÓNUT: NO ESTROPEES EL MOMENTO, KATIA.
Respiré hondo. Muy hondo.
CARL: Muy bien. Nos vemos pronto.
Había unas cuerdas de terciopelo que serpenteaban de un lado a otro unidas a postes de latón, como los que habría en un cine para dividir las colas para comprar entradas. En la pared del otro extremo se distinguían cientos de puertas y, mientras las miraba, los mazmorreros restantes iban entrando uno a uno en estancias individuales.
Me acerqué a uno de los postes e intenté guardarlo en el inventario.
Aviso: No puedes usar el inventario en esta zona.
Gruñí y luego empecé a caminar junto a la cuerda para llegar al otro extremo.
CARL: Mordecai, dime que la clase esa de barda es buena, por favor.
MORDECAI: Es buenísima, en teoría. Tiene muchos conjuros y un nuevo sistema para lanzarlos. Si Dónut practica lo suficiente, se la quedará. Ha conseguido mantener los conjuros Agujero, Proyectil mágico y Saltacharcos mejorados de la clase cañón de cristal del piso anterior. Esta nueva le da algunos encantamientos y una mejora de Constitución muy decente. La habilidad actriz de reparto ya tiene nivel 6 y ha recibido todas las habilidades iniciales de la clase diva legendaria, así como algunas mejoradas. Os va a ser muy útil. Alégrate de que no la haya elegido como clase permanente.
CARL: ¿Tiene que cantar? ¿Tú la has oído cantar?
MORDECAI: Todo el mundo la ha oído cantar.
CARL: Dios.
Cuando llegué al último mazmorrero de la cola, solo quedaban unos pocos y eran personas que no había visto antes. Les choqué los puños a todos. El penúltimo era un humano llamado Ajib. Tenía un penoso nivel 29 comparado con mi nivel 47 y la clase prodromoi, que supuse que se trataba de una especie de guerrero centrado en la Destreza. Dio un brinco para avanzar en la cola y me fijé en que le faltaba la mitad inferior de la pierna izquierda.
—Tuve que saltar por el portal cuando el piso estaba a punto de derrumbarse —comentó—. Pero lo conseguimos. Estallamos la burbuja en el último momento.
—Te puedo fabricar una pierna ortopédica si la necesitas —le aseguré.
—Mi grupo ya se ha puesto a ello, pero gracias —dijo el tipo antes de dar otro saltito y desaparecer en una de las estancias.
Un grupo de PNJ, una mezcla de cocodrilianos, cretinos y elfos con túnica, hacía gestos para indicar a los mazmorreros que atravesasen las puertas. Había cientos de trabajadores como aquellos, pero la mayoría estaban ociosos cuando me llegó el turno. Era el último en cruzar.
—Elige cualquiera. Todas son iguales —dijo uno de los elfos.
Me acerqué a la puerta que tenía delante y la examiné mientras me acercaba. Vi que era un portal normal y corriente. Le saqué una captura de pantalla rápida y vi que al otro lado había una estancia igual de grande que el baño de un avión con una pantalla en la pared. Se parecía al reservado de uno de esos espectáculos eróticos que se ven a través de una mirilla.
Estaba a punto de entrar, pero justo en ese momento llegó el anuncio. Me quedé quieto.
¡Saludos, mazmorreros!
¡Bienvenidos al sexto piso! ¡Nos alegra mucho veros por aquí!
Al igual que el tercer piso, ¡el sexto es un clásico de Planeta mazmorrero!
¡El Coto de Caza! Es prácticamente idéntico al tercero en tamaño y disposición, pero las ruinas abandonadas han quedado cubiertas por cientos de años de vegetación. ¿Qué secretos y misterios se ocultarán en la selva? ¡Tenéis diecisiete días para descubrirlo! Pero, en esta ocasión, no estaréis solos.
Nos visitan trescientos sesenta cazadores que están deseosos de empezar. En poco menos de veintiocho horas, quedarán libres y empezarán a daros caza para arrebataros el equipamiento. Debido a los acontecimientos recientes, mantendremos abierta la inscripción hasta el último momento y esperamos que el número de participantes se doble o incluso se triplique para cuando queden libres. ¡Y tened cuidado! Algunos de ellos llevan aquí semanas y, aunque ahora mismo estén aislados, sus secuaces y sus trampas os estarán esperando ahí fuera. ¡Algunos ya os habéis enterado de la peor manera posible!
Lo normal es que los cazadores empiecen a nivel 30 y vayan entrenando mientras vosotros avanzáis por los primeros pisos, pero como sabréis habéis llegado antes de lo habitual. Es por ello por lo que, para ser justos y como incentivo para conseguir más participantes de última hora, les hemos dado a todos los cazadores una ayudita de veinte niveles y ahora todos empezarán con nivel 50.
Os daremos más información sobre la cacería en el anuncio después del siguiente episodio resumen, pero me gustaría daros las gracias por participar. Sé que ese último piso ha sido muy complicado y hemos perdido más mazmorreros de lo que esperábamos. Tendremos que unir nuestras fuerzas para asegurarnos de que dejáis de ser unos incompetentes.
Hay 2.344 salidas que llevan hasta el séptimo piso. Y al menos una de las de la ciudad de Zockau no está protegida. También habrá otras sin proteger en el valle detrás de ella. Además, algunos jefes de ciudad y enemigos grandes también tendrán una salida cerca. El resto están ocultas, pero deberían ser fáciles de encontrar.
Se han abierto vuestras últimas opciones de patrocinio y ha dado comienzo la puja. Eso es todo por el momento. Ahora, ¡salid ahí fuera y matad, matad, matad!
Mientras se reproducía el anuncio, los PNJ empezaron a limpiar la estancia y a cerrar el estadio. Un grupo de cocodrilianos empezó a recoger las cuerdas de terciopelo y los postes. Un cretino se paseaba por la zona con una escoba y una papelera, mientras un grupo de elfos empezó a enrollar las alfombras rojas. Me pareció una imagen estúpida.
Un elfo encapuchado se acercó mientras yo escuchaba el anuncio. Arrastraba un carrito vacío donde supuse que iba a cargar las alfombras. Se quedó quieto para mirarme mientras yo estaba centrado en el mensaje. Lo examiné con cautela.
Ian. Elfo de los arbustos. Nivel 30.
Ayudante del estadio de registro.
Se trata de un PNJ no combatiente.
¿Sabes esos chicos emo que siempre estaban deprimidos en el instituto y que se sentaban en el suelo durante la hora de la comida? Si tenían actividades extraescolares, estas siempre eran teatro, la comisión del anuario o el temido club de anime. Querían cambiar el mundo guiándose por una causa de mierda. Todos trabajaban en esa cafetería donde servían batidos. Luego, al terminar el instituto, la sociedad los absorbió. Fue como tirar un líquido negro en un arroyo caudaloso: se diluyeron. Un parpadeo y ya no estaban allí. Habían desaparecido junto a su tinte negro y todos sus sueños.
Pues eso es un elfo de los arbustos. Criaturas antaño orgullosas y de aspecto casi indistinguible de los altos elfos que han terminado siendo los tipos normales y corrientes de la especie. Si los miras muy detenidamente, verás las arrugas alrededor de sus ojos o la leve chepa que ha empezado a salirles. Es una prueba de su derrota. Suelen usar magia druídica y trabajan en lugares donde los meten en cubículos.
A veces, recuerdan el pueblo poderoso que fueron en el pasado.
—Señor, estamos cerrando. Tiene que entrar en un cambiador.
—Perdón, estaba escuchando el anuncio.
—Sin problema, señor. Buena suerte.
—Gracias —dije—. Buena suerte también a ti. Te recomiendo que intentes pasar desapercibido a partir de ahora.
El elfo hizo una pausa y se me quedó mirando.
—Eres Carl, ¿verdad? Dicen que bombardeaste Larracos.
—Así es —respondí—. Vaya, las noticias vuelan por aquí.
—Los he oído hablar sobre el tema. A los otros mazmorreros, quiero decir. Dijeron que liberaste un dios feral entre los ejércitos y que ibas a volver a hacerlo en este piso.
—Pues no lo hice, no. Es lo que creían que iba a hacer. Pero, en lugar de eso, inundé Larracos. Iba a lanzarles un dios dentro de unos pocos días, pero me han quitado mi juguetito.
Ian asintió reflexivo. La criatura puso gesto nostálgico.
—Siempre lo hacen. Si consigues un poco de poder, te lo arrebatan. La próxima vez, asegúrate de usarlo lo más pronto que puedas. Ahora será mejor que sigas tu camino. Si entras en la selva, no te salgas del sendero. Y mantente alejado de la ciudad de Zockau, incluso cuando haya terminado la cuenta atrás. Está en la parte más septentrional. Es el lugar donde se encuentran los alienígenas. No juegan limpio, así que ten cuidado. En la cacería de la temporada anterior, uno de ellos mató a mi hermano sin razón aparente. Trabajaba en un puesto de comida y le arrancó la cabeza. Como los guardias no lo vieron, no hicieron nada.
—¿Recuerdas las temporadas anteriores? —pregunté, intrigado de repente.
—Era humano, como tú. Hace mucho tiempo fui mazmorrero. Normalmente soy ayudante en el club Vencedor, pero esta temporada me ha tocado ser limpiador urbano. Nos usan para trabajar en los estadios de inicio. Todos los que ves aquí fueron mazmorreros en otra época. Creo. A veces me cuesta distinguirlos. Tengo que decir que este ha sido el grupo más pequeño que he visto jamás. Y no debería de estar diciendo estas cosas. Puedo meterme en problemas si me salgo del guion. Será mejor que sigas tu camino.
Asentí.
—Me marcho. ¿Sabes qué cazador mató a tu hermano? ¿Volverá este año?
Ian se estremeció.
—Sí, sí. Ella ha vuelto. Siempre vuelve. Se llama Vrah y es una mantis. Hay un grupo de unos veinte cazadores habituales que vienen todas las temporadas. Vrah se queda con las cabezas de todos aquellos a los que mata y se las pone por el cuerpo. No te acerques a ella, amigo mío. Ha matado a miles.
Se estremeció como si le hubiese dado un corrientazo. Sin mediar más palabra, miró al suelo y siguió arrastrando el carrito.
Me di la vuelta y entré por la puerta.
La estancia era pequeña, agobiante y olía a desinfectante. Me pregunté cómo podía caber ahí dentro alguno de los mazmorreros más grandes, como Chris. En la pared había una televisión antigua con una ranura para monedas iluminada. En la pantalla, estática. Los pies se me quedaron pegados al suelo al entrar y tuve que levantar la pierna con fuerza. Había un cartel manchado y escrito a mano en mi idioma en la pared. «Solo una persona por puesto». En ese momento, me di cuenta con consternación de que aquel lugar era exactamente lo que parecía.
La pantalla titiló y apareció en ella una cuenta atrás de diez minutos. Se formaron unas palabras y también empezó a reproducirse el mismo mensaje con sonido.
Bienvenido, mazmorrero.
Tienes diez minutos para elegir tu mejora de clase. La tuya, anarquista moderado, necesita una especialidad. Tendrás tres opciones. Elige sabiamente, ya que el cambio no se puede revertir. Si no tomas una decisión, se elegirá al azar. Conservarás todas las mejoras de la clase anterior.
La voz robótica y sin emoción alguna era poco habitual para la mazmorra. Aparecieron las nuevas especializaciones en la pantalla:
Revolucionario.
Guerrillero.
Agente provocador.
No podía hacer clic ni interactuar con el menú. Era una imagen en la pantalla y me vi obligado a quedarme mirando. Mordecai y yo ya habíamos comentado cuáles serían las opciones más probables, y aquellas eran más o menos lo que nos habíamos imaginado. Las tres contaban con una mejora de puntos de característica que no me esperaba.
Revolucionario.
Estás en las calles, frente a una multitud y contra la barrera. Serías capaz de coger una granada de gas lacrimógeno que acabasen de tirarte, llevártela al pecho y seguir en liza. Cuando se acerquen para dispersaros, serás el primero en dar puñetazos a diestro y siniestro. Esta especialidad aumenta la velocidad de entrenamiento de las habilidades de combate cuerpo a cuerpo y también aumenta en gran medida tu Fuerza.
Los revolucionarios reciben los siguientes beneficios:
+1 de Fuerza adicional al subir de nivel.
+2 a Combate sin armas.
Inmunidad a los ataques de nube (ya la tienes gracias al parche).
El beneficio Perderse entre la multitud.
Entrenamiento cuerpo a cuerpo más rápido.
El beneficio de Fuerza adicional hacía que mereciese la pena de por sí. Tenía Combate sin armas al mismo nivel que Golpe poderoso, 9 en aquellos momentos, y aumentarla me estaba costando. Era probable que llegar a 11 me diese beneficios adicionales.
En la pantalla apareció un repaso individual de cada beneficio y habilidad.
El beneficio Perderse entre la multitud hacía que los guardias se olvidasen de mí cuando pasasen un rato sin verme. Me hubiese venido de perlas en el tercer piso. Era muy bueno, pero sospechaba que este sexto piso iba a ser el último donde me iba a resultar útil.
Guerrillero.
A diferencia de los revolucionarios que están en primera línea, tú te aprovechas de las situaciones caóticas. Dejaste de ser la cara visible de la revolución para convertirte en la punta de lanza del movimiento. Gracias a tu capacidad superior para crear trampas y tus habilidades con armas a distancia, acabas con los enemigos antes de que sepan siquiera que estás ahí.
Los guerrilleros reciben los siguientes beneficios:
+1 de Destreza adicional al subir de nivel.
Acceso al taller de trampero avanzado.
El conjuro Camuflaje.
+5 a la habilidad con ballesta.
Entrenamiento de creación de trampas más rápido.
No tenía ganas de aprender a usar la ballesta, pero no me vendría mal tener algo así ahora que Katia iba a abandonar el grupo. Me había puesto a intentar crear virotes explosivos, pero a ella le daba miedo usarlos. Camuflaje era un conjuro similar a lo que Maggie My y Frank habían usado para esconderse de otros mazmorreros. Funcionaba bien, pero requería que te quedases muy quieto. El taller de trampero avanzado era una mesa de creación especializada que la verdad me hubiese venido genial. No obstante, había otra mejora de clase que me pareció mucho mejor.
Agente provocador.
El misterioso agente provocador se enorgullece de ser invisible. Esta especialidad de clase se centra en ser el saboteador definitivo. Estos astutos alborotadores no hacen tanto hincapié en las trampas individuales ni en la lucha en las calles, sino que lo hacen en la creación de bombas y en las explosiones que acaban con grandes cantidades de personas.
Un agente provocador recibe los siguientes beneficios:
+1 de Inteligencia adicional al subir de nivel.
+1 de nivel de habilidad a la mesa de zapador.
+2 a Manejo de explosivos.
Acceso al taller de fabricante de bombas avanzado.
Entrenamiento de explosivos más rápido.
Aunque los nombres eran parecidos, el taller de trampero avanzado era solo una mesa, mientras que el taller de fabricante de bombas avanzado era una habitación entera. No necesitaba esta clase para hacerme con la versión normal de ambas, pero la «avanzada» merecería la pena. La mesa de trampero avanzada era necesaria para crear algunas de las mejores trampas mágicas, pero el taller de fabricante de bombas avanzado me permitiría ajustar los explosivos y terminar creando bombas mucho más especializadas.
Mi habilidad de Manejo de explosivos era otra que se había quedado estancada. La mejora me serviría para darle un empujoncito.
Mordecai y yo sabíamos que me darían la opción de mejorar el combate, las trampas o los explosivos. Por suerte, las clases no penalizaban las opciones que descartase. Mordecai había insistido en que eligiese la opción de combate cuerpo a cuerpo. Pero titubeé. Quería el taller de creación de bombas avanzado. Y lo quería de verdad, ya que contaba con algunas recetas del libro de cocina que necesitaban esa habitación.
No me gustaba demasiado el +1 de Inteligencia, pero era cierto que había ignorado esa característica durante demasiado tiempo. Con los bóxer y la chaqueta, antes de las ventajas diarias, tenía una Inteligencia de 17. Me gustaba tener algún que otro punto de maná para lanzar Sanar unas pocas veces si lo necesitaba, pero si quería usar algún conjuro más iba a tener que subirme la característica.
Me quedaba un minuto para tomar una decisión. La pequeña luz naranja de la ranura para monedas empezó a parpadear mientras seguía la cuenta atrás en la pantalla.
Extendí el brazo y toqué la pantalla sucia para hacer clic en la tercera opción.
—Lo siento, Mordecai —murmuré.
Felicidades, mazmorrero. Ahora eres Carl, el agente provocador de nivel 47.
Entrando en la selva.
Salí por la misma puerta por la que había entrado y empezó a caer un aguacero. El lugar estaba cubierto por una vegetación muy densa y rodeado de arbustos con hojas del tamaño de una cometa. La lluvia caía en ellos y me salpicaba en la cara, al tiempo que resonaba como si estuviesen tocando miles de pequeños tambores. A pesar del agua, oía el trino de las aves y el zumbido de los insectos a mi alrededor, a más volumen incluso que la lluvia. El ambiente estaba tan húmedo que hasta me costaba respirar. Me dolían los pulmones y los sentí encharcados cuando tomé aire por primera vez.
De repente, dejó de llover. Sin más. Un rayo de luz iluminó un sendero estrecho. Las hojas y los matorrales no dejaron de gotear y de agitarse de arriba abajo. Alcé la vista para comprobar si había techo, pero lo único que vi fueron las copas de los árboles. El ambiente seguía húmedo y agobiante, pero me llegó un leve aroma a flores.
Me di la vuelta y vi que la puerta por la que había llegado se había transformado en una letrina portátil, ahí en mitad de la selva. Abrí titubeante la puerta de plástico y comprobé que en el interior solo había un baño normal y corriente. La cerré y luego eché un vistazo a mi alrededor.
Había un sendero que salía del bosque. Aparecieron dos puntos blancos en el mapa, a unos seis metros, pero no veía qué eran debido a la vegetación. Dónut y Katia me habían comentado con qué iba a toparme, ya que ellas también habían aparecido por la zona, fuera de un asentamiento.
Me dirigí hacia los puntos. Ambos tenían un brillo azul, lo que indicaba que contaban con equipamiento mágico.
En ese momento, apareció frente a mí un muro de bambú de unos tres metros de alto con una puerta. Los guardias estaban apostados en el interior, cada uno con una lanza enorme que sobresalía unos treinta centímetros por encima del bambú. Me quedé quieto para examinar a las criaturas. Lo primero que me pareció ver fue a unos samuráis delgados y altos con rostros pintados de blanco, pero luego parpadeé y vi lo que eran en realidad. Micónidos. Con dos brazos, dos piernas y sin cuello. Lo que en un primer momento se me antojaron como gorros cónicos asiáticos resultaron ser los sombreros de una seta. Las criaturas esbeltas y de color amarillento no parecían haberme visto. Tenían rostros pintados de blanco de apariencia vagamente humana que miraban hacia el infinito. Cada una mediría unos dos metros y medio de alto y se quedaron del todo rígidas mientras me acercaba. Llevaban una túnica holgada y negra con reflejos rojos que se ataban al «tallo» justo por debajo de la cara. El agua les goteaba de los sombreros de seta.
Campana funeraria. Nivel 95.
Me gustaría pedirte disculpas de antemano por esta descripción, pero disculparme significaría que me arrepiento. ¡Y yo nunca me arrepiento de nada!
Estos tipos con cara de seta no son cetáceos.
Las campanas funerarias son unos guardias que tienen la misión de proteger los asentamientos pequeños del sexto piso. A diferencia de los espadachines de la Ciudad Epigea, estas criaturas no tienen sentido del humor alguno. Además, trabajan día y noche. No deberías hacerlos enfadar.
—Hola, caballeros —saludé mientras me acercaba a la puerta. Tras ellos, distinguí un pueblo de buen tamaño rodeado por aquella muralla de bambú. Parecía haber mucha actividad en el interior. Elfos y criaturas parecidas a árboles deambulaban de un lado a otro. Había bares y tiendas de varios pisos por las calles, muchas de ellas construidas junto a los árboles. Algunas estaban incluso dentro de esos mismos árboles. Era como un pueblecito de tipo alemán con algunas casas del árbol. Unas criaturas pequeñas y peludas parecidas a monos brincaban por las ramas. El chapitel de un club Vencedor se alzaba en la distancia contra la muralla de bambú del otro extremo. La punta dorada relucía a la luz tenue.
Entrando en el campamento de dríades de tamaño medio.
Me quedé muy quieto para sopesar lo que estaba viendo y oler el ambiente. El lugar era bonito. Podría llegar a considerarse un sitio idílico incluso, si no fuese porque estaba en esta mazmorra infernal. Recordé mi sueño, mi sueño distante y ya imposible de conseguir un trabajo en el bosque, lo más lejos que pudiese del océano.
Era un sueño tonto, la verdad. Trabajar de guardabosques cuando lo cierto era que no había estudiado para ello. Quizá me hubiese dado tiempo de hacer un curso. De ir a clase o algo así. La verdad es que no sabía cómo se conseguía ese tipo de trabajo. Pero ya daba igual.
A mi izquierda, el primero de los guardias cayó al suelo. Estaba ahí de pie tan tranquilo y, un instante después, cayó como si lo hubiesen talado por la base. Lo hizo frente a mí y me bloqueó el camino. El sombrero de seta que tenía por cabeza se arrugó como una lata al chocar contra el suelo. La lanza enorme repiqueteó contra los adoquines de piedra. Yo no me moví y me quedé mirando. La criatura no estaba muerta, pero vi la desventaja Paralizado titilando sobre su cabeza.
La segunda campana funeraria emitió una especie de graznido y soltó la lanza. Después también cayó.
«¿Qué cojones?».
El instinto me hizo activar Caparazón protector en aquel mismo instante.
Empecé a oír un siseo iracundo y algo chisporroteó junto al conjuro.
«Hay algo invisible».
Lancé una cortina de humo con la esperanza de ver algo de movimiento entre las volutas. Me dieron ganas de lanzar una hobomba, pero no sabía en qué dirección hacerlo. Había PNJ por todas partes, y sabía que los guardias vendrían a por mí si le hacía daño a cualquiera de ellos. Tenía que herir al monstruo, ya que la mayoría de las criaturas invisibles aparecían al recibir daño.
Un cuerno sonó detrás de mí. Unos gritos empezaron a oírse por el asentamiento. El caparazón volvió a chisporrotear, pero seguía sin ver por qué. Bajé el brazo y cogí la lanza enorme que había soltado el guardia.
Aviso: Recibirás una penalización al usar armas de filo.
CARL: Necesito ayuda. En la entrada del pueblo.
Tracé un arco hacia delante con la lanza como si fuese una porra, justo al otro lado del conjuro, para intentar hacerle daño a ese maldito enemigo. ¿Qué era? No podía ser un cazador, ya que todos estaban encerrados en la otra ciudad. Tenía que ser una criatura. Acababa de dejar incapacitados a dos guardias de nivel 95 como si nada.
Los enemigos invisibles siempre eran preocupantes, pero las gafas de sol de Dónut permitían verlos. Aunque ahora no me servía para nada. Tenía que actuar rápido. Empecé a repasar el inventario mientras lanzaba tajos a diestro y siniestro sin suerte. El caparazón iba a desaparecer dentro de unos pocos segundos.
En ese momento se me ocurrió una idea. Pólvora. Aún tenía varios sacos de la sustancia, cada uno del tamaño de un forro de almohada. Solté la lanza, saqué uno y lo lancé justo cuando desapareció el caparazón. El saco empezó a girar por los aires mientras la pólvora negra no dejaba de derramarse. Chocó contra algo sólido, y vi la silueta de la criatura cubierta de pólvora.
—¡Mierda! —grité al tiempo que me agachaba. Siseó antes de pasar a toda velocidad sobre mí. Era más pequeña que Dónut y muy rápida. Cayó al suelo, se sacudió y consiguió quitarse de encima la pólvora, aunque le quedó la suficiente como para saber dónde se encontraba. Detrás de la criatura invisible apareció una hilera de campanas funerarias que se acercaba despacio.
En ese momento, apareció su punto en el minimapa. No era rojo, sino naranja. Una mascota. Pero no tenía sentido. El caparazón no debería haber funcionado con mascotas. A menos que…
«Claro —pensé—. Tendría que haberlo probado antes».
Busqué el nuevo conjuro Tañido en la lista y lo lancé.
Pling.
El ruido se parecía mucho al del sonar de un submarino. Avanzó, y el mapa brilló al mismo tiempo. Marcó todas las criaturas que no eran ni enemigos ni mazmorreros en la zona. Seguía teniendo a esa cosa justo delante de mí, lista para volver a abalanzarse.
—Uf —grité cuando un segundo punto naranja me atacó por detrás. Sentí un par de colmillos calientes que se me clavaron en el cuello.
¡Te han paralizado!
Caí al suelo incapaz de moverme. Intenté usar una poción de sanación, pero no me dejó hacerlo. Era lo mismo que les habían hecho a los guardias. También los habían paralizado.
—¡Ya voy, Carl! —gritó una voz. Era la de Dónut.
No me podía mover y apareció sobre mí un contador de cinco minutos. Cinco minutos. Era demasiado tiempo, joder. Sentía como si tuviese las extremidades ardiendo.
Oí el disparo de un proyectil mágico que golpeó de lleno a la primera de las criaturas, la que estaba cubierta de pólvora. Cayó de espaldas y aulló mientras el pelaje le ardía y crepitaba. En ese momento perdió la invisibilidad. La salud le había bajado a la mitad.
Era un monstruo peludo, de un negro azabache y parecido a un hurón, con seis patas y demasiados dientes. Estos eran afilados y excesivamente grandes para su cara; le sobresalían por todas partes. Dónut volvió a disparar y dejó a la criatura con muy poca vida. El pelaje siguió crepitando a causa de la pólvora, como beicon en una sartén. Dónut disparó un tercer proyectil al segundo de los monstruos, el que me había mordido el cuello. La criatura soltó un siseo. No la vi, pero sí que la oí caer al suelo para luego intentar escapar.
Mongo graznó antes de saltar sobre mi cabeza para atacar al segundo de los monstruos. Dónut estaba sobre su lomo y gritó al mismo tiempo que el dinosaurio cuando se abalanzaron sobre la criatura.
Yo seguía sin poder moverme. El primer monstruo herido había caído al suelo a escasos metros de mi cara. Seguía vivo. La criatura siseaba dolorida sin dejar de mirarme y empezó a arrastrarse hacia mí poco a poco con una pata mientras movía las fauces. Dejaba penachos de humo tras de sí.
«Me va a morder. Joder, joder. En la cara no. ¡En la cara no! Me va a morder en la puta cara».
Estaba casi muerta, pero aún podía luchar y movía la mandíbula como si fuese una ametralladora. Cada vez que cerraba la boca emitía un chasquido similar al de una trampa para ratas al cerrarse. No dejaba de acercarse.
Intenté enviar un mensaje pidiendo ayuda, pero el sistema no me lo permitió.
Examiné a la criatura mientras me estremecía sin remedio.
Piececitos. Comadreja nocturna exploradora. Nivel 25.
Es una mascota del cazador Zabit.
¿Has visto alguna vez uno de esos vídeos en los que varios perros se lo están pasando pipa en una piscina? Suele ser una escena caótica y muy divertida en la que varios golden retrievers, labradores y más perritos no dejan de dar vueltas alrededor de la piscina o tirarse a ella mientras juegan y salpican. Siempre da la impresión de que se lo están pasando en grande.
Ahora, imagina que tu cuerpo es esa piscina y que las comadrejas nocturnas son los perros.
No son muchas las criaturas que cazan en manada y obedecen a un alfa que no sea de la misma especie. Domesticar a una manada de estas picadoras de carne requiere tener muchísimo Carisma. Se dice que el cazador que sea capaz de controlar a un puñado de las comadrejas nocturnas invisibles podrá acabar con presas de cualquier tamaño.
Siempre acechan de la misma manera y suelen ir en grupos de unos veinte, con dos o tres exploradores, varios cazadores y un líder de la manada. Los exploradores detectan el olor de las presas a cientos de kilómetros de distancia. Luego, les siguen la pista y las paralizan. Una vez consiguen tumbar sus presas, aparece el resto de las comadrejas coordinadas por el líder del grupo.
Describiría lo que ocurre a continuación, pero hay niños viendo el programa.
Una pierna negra y rocosa cayó al suelo y aplastó a la criatura justo antes de que me diese un mordisco en la nariz. Las entrañas me salpicaron en la cara.
Chris. Murmuró algo entre dientes y luego me pasó por encima. Detrás de mí oí a Mongo graznar contento mientras mordía a la segunda comadreja.
—¡Vienen más! —gritó Dónut—. ¡Muchas!
—Arrastra a Carl a la estancia segura —oí decir a una nueva voz. La de Katia—. Van a por él. Que se encarguen los guardias.
Sentí cómo me alzaban por los aires y me di cuenta de que Chris me había agarrado. Su cuerpo de piedra volcánica me quemaba la piel, pero me colocó sin esfuerzo sobre su hombro. Yo estaba muy rígido y tenía el brazo extendido.
—Los guardias no ven a esas cosas. ¡Son invisibles! —aulló Dónut. Oí el zumbido familiar de un conjuro, dos veces seguidas. Luego el grito de una de las comadrejas. Dónut había alzado a una de esas cosas de entre los muertos para luego lanzarle Triplicado mecánico.
—¡A por ellas! —gritó la gata mientras a mí me sacaban de allí. Chris se metió en un bar. Vi a una criatura con forma de árbol mirándome mientras nos dirigíamos hacia el espacio personal. Me di un golpe en la cabeza con el marco de la puerta al atravesarla, y luego Chris me tiró al sillón sin cuidado alguno. Me quedé bocarriba, mirando el techo e incapaz de moverme. No podía hacer nada hasta que no terminase la cuenta atrás.
Sentí que algo se me subía encima. Un rostro peludo se me quedó mirando con la frente arrugada mientras la cuenta atrás llegaba a cero. Aún me ardían las extremidades, pero ahora al menos podía moverlas.
Alcé la vista hacia el osito de peluche dentudo que no había dejado de fulminarme con la mirada.
—Tenías que desafiar a todos los cazadores, claro. Mira lo que has conseguido —dijo Mordecai, que intentó sonar muy enfadado—. Y la clase que has elegido no tiene pinta de ser cuerpo a cuerpo.
Estallé en carcajadas. No pude evitarlo.
Mordecai. Kuma chiquito. Nivel 50.
Representante de la mazmorrera Princesa Dónut.
Se trata de un PNJ no combatiente.
¡Guau! ¡Es una bolita de pelo adorable tamaño jarra de cerveza!
Los kuma chiquitos, que son mitad criatura feérica y mitad mágica, se diseñaron originalmente como mascotas para la corte real de los altos elfos. Cuando se descubrió que eran criaturas inteligentes, Finian, el rey de los altos elfos, ordenó que los ejecutaran a todos, como era de esperar. Solo consiguieron sobrevivir unos pocos de estos granujas, que escaparon a la selva.
Un kuma es un tipo de oso. Un kuma chiquito es una criatura diferente, aunque tienen un parentesco lejano. Coge un oso pequeño, crúzalo con un espíritu de capibara, elige al más pequeño de la camada y luego vuelve a cruzarlos eligiendo siempre el más mono. La criatura de ojos saltones resultante es lo que tienes ahora frente a ti.
Ni de coña pueden luchar. De hecho, casi no pueden ni caminar. Pero son tan adorables que dan asco.
Y seguro que ver cómo los aplastas es todo un… espectáculo.
Era un oso bípedo, peludito, marrón y blanco, rechoncho y que me llegaba por la rodilla, con orejas de elfo y cola de mono. Tenía unos ojos ridículamente grandes que le daban un aspecto poco realista. Agitaba la cola de un lado a otro, como si estuviese enfadado.
—Ríe, ríe —dijo Mordecai, molesto—. Venga, ríe todo lo que quieras.
—Tu voz —dije antes de caerme del sillón y seguir partiéndome la caja, lo que hizo que él pegase un gritito antes saltar a un lado para no caer conmigo. Usó la cola para mantener el equilibrio. Yo estaba llorando de risa—. Dios. ¿Y podrás usar la mesa de alquimia con ese aspecto? ¿Quieres que te fabrique una silla para bebés o algo así?
—Que te den, Carl —dijo Mordecai. Pegó un brinco y se subió a la encimera de la cocina entre resoplidos. Chris estaba cerca y nos miraba impasible.
Dónut y Katia regresaron al fin a la estancia.
—Los guardias usaron el ataque de Nube venenosa para… —empezó a decir Katia. En ese momento, me vio en el suelo riendo y se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja, antes de empezar a carcajearse—. ¿A que es una risa? ¡Qué mono!
Mordecai la fulminó con la mirada desde la mesa de la cocina. Saltó de lado, trazó un arco por los aires y aterrizó a la perfección frente a su habitación. Intentó entrar a toda prisa, pero no llegaba al pomo. Tuvo que pegar un brinco para agarrarlo y quedó colgando sin saber qué hacer unos instantes antes de que la puerta se abriese sola. Después cayó al suelo, entró y dio un portazo.
—No deberías burlarte de la gente por ser pequeños y adorables, Carl —dijo Dónut, que subió al sillón y me miró desde arriba mientras yo me incorporaba para enjugarme las lágrimas—. Yo soy pequeña y adorable. Y acabo de salvarte la vida.
—Tienes razón —dije, aún entre risas—. Gracias, por cierto. A todos. Eso ha sido muy… inesperado. Y hay que ver lo que le han hecho a Mordecai. —Esperé unos momentos para recuperarme—. ¿Los guardias han acabado con todas las comadrejas?
—No estoy segura —respondió Dónut—. Empecé a lanzar proyectiles mágicos de baja potencia para hacerlas visibles y, poco después, un guardia lanzó Nube venenosa y tuvimos que escapar.
—Te estaban dando caza, Carl —añadió Katia—. Y solo ha sido el principio. Habrá más. Muchos más.
—Lo sé —dije mientras recuperaba el control de mi cuerpo—. Cuando suelten a los cazadores, esto va a ser un infierno.
Nos quedamos allí en silencio un rato. Estaba cansadísimo.
Luego alguien tocó en la puerta, en la del espacio personal.
—Pero ¿y esto ahora? —preguntó Katia—. ¿Cómo…? ¿Quién es?
—Aaah, sí —dije al tiempo que me ponía en pie y me dirigía hacia la puerta—. Es algo que he pedido.
—¿Algo que has pedido? —preguntó Katia.
—Asuntos legales.
—Me gustaría pasar un tiempo a solas con mi cliente —dijo mi representante legal cuando apareció en la estancia. Había pedido un abogado, Orren se había quedado en silencio y, un instante después, apareció una nueva criatura junto al intermediario.
—¿A solas? —preguntó Orren, como si le divirtiera la situación—. Este es mi despacho. Puedo desconectar la retransmisión a los demás, pero tendréis que sufrir mi presencia.
Me quedé tan sorprendido porque hubiese funcionado lo de pedir un abogado que casi ni escuché la conversación. Todo lo que había leído aseguraba que los abogados no empezaban a verse en la mazmorra hasta el décimo piso.
Quasar.
Abogado defensor del mazmorrero n.º 4.122.
La pequeña criatura empezó a brillar mientras Orren lo examinaba. Yo estaba muy seguro de que aquel alienígena no estaba en la estancia con nosotros en forma corpórea, pero no podía confirmarlo a menos que intentase tocarlo.
Era un extraterrestre gris. Gracias a haber leído algunas descripciones del libro de cocina, sabía lo que era aquella criatura. Se trataba de un nuliano, aunque en general se los llamaba «nulos». Los había visto alguna que otra vez entre el público de los programas de entrevistas, pero no eran muy habituales. Era una especie parecida a los mitigadores, aunque estos últimos eran mucho más altos. El tipo mediría cerca de un metro cuarenta centímetros. Se parecía al típico alienígena del Área 51 con la piel gris, ojos grandes y cabeza protuberante. Llevaba un traje marrón con una corbata que tenía una ilustración de lo que parecía ser una nula bailando el hula-hula. Dicha ilustración estaba animada y no dejaba de girar sobre sí misma.
A diferencia de lo lento que hablaban sus hermanos mayores, este tipo parecía una ametralladora inclemente y tenía acento de Nueva York, lo que era incluso más inquietante.
—Vas a tener que salir de la estancia —insistió Quasar a Orren—. Las normas son las normas. Tengo que hablar a solas con mi cliente.
—Desconectaré mis receptores de sonido. ¿Te parece bien así? —preguntó Orren—. No me voy a ir. Tu cliente y tú podéis salir si queréis, pero no os lo recomendaría. Hay entradas al club Desperado en Zockau.
La amenaza había sido muy clara. Podía haber cazadores en la pista de baile.
Quasar suspiró con dramatismo.
—Muy bien, pero si te enteras de algo la IA del sistema lo sabrá y pondré una reclamación. La última que pusimos fue bastante desagradable para tu compañera, ¿recuerdas? Y saca esos objetos de aquí. Mi cliente no va a tocarlos a menos que firmemos un acuerdo.
—Tenéis cinco minutos —dijo Orren mientras se hacía con los relojes y con la caja de movimiento. Los objetos desaparecieron. Luego extendió el brazo y se tocó el lateral de la cabeza, supuse que para desactivar los auriculares o lo que quiera que usase para oír. No vi que ocurriese nada.
Quasar hizo un movimiento rotatorio con un dedo para indicarle que se diese la vuelta en la silla. El intermediario gruñó, pero accedió a hacerlo. La criatura con cabeza de pecera sacó lo que parecía una pelota de goma y empezó a hacerla rebotar contra la pared de detrás y cogerla con destreza cada una de las veces que volvía hacia él.
El nulo se quedó mirando a Orren unos instantes y luego se encogió de hombros. Después, se acercó al escritorio y se apoyó en él girado hacia mí. Sacó un objeto que parecía un vapeador con forma de tubo e inhaló. El humo se pixeló al expandirse, lo que me confirmó que era un holograma.
—Vamos a ver, chico. Esto tiene que ser rápido. Estás en la mierda y están a punto de llegar los mayores. ¿Me sigues?
—Que… ¿Qué? —pregunté, intentando encontrarle algo de sentido a lo que acababa de decir. No podía apartar la mirada de la alienígena bailando el hula-hula de su corbata. La ilustración me guiñó el ojo en ese momento—. Esto… ¿Eres un abogado? ¿Trabajas como los abogados de la Tierra?
—Mira, chaval. Si te vas a poner a balbucear, nuestra relación va a ser muy corta. No tengo ni idea de cómo trabajan los abogados de tu planeta, pero la experiencia me dicta que son prácticamente iguales en todas partes. Tenemos prisa, por lo que hay que cortar los jijijajás de la primera cita y pasar a la parte en la que las cosas se ponen serias, ¿lo pillas?
Se me ocurrieron millones de preguntas, pero me limité a asentir.
—Primero, no creas nada de lo que te ha dicho este gusano. La mayoría de los Valtay son unos embaucadores de mierda, pero los desnudos son los peores. El hecho de que no tengan cuerpo es señal más que suficiente para saber que son de la peor calaña. Y si encima son intermediarios… pues eso. Cuando eras pequeño, ¿conociste alguna vez a algún niño capaz de chivarse a los adultos por algo que habíais hecho solo por mojarle sus receptores? Pues ese es el tipo de escoria que se convierte en intermediario. Que les den. —Dio una calada larga al vapeador—. ¿Has entendido? Los intermediarios son basura. —Levantó la voz, como si estuviese poniendo a prueba que Orren no reaccionaba ni lo más mínimo. No lo hizo—. De ahora en adelante, siempre que te hagan aparecer en un sitio así no digas nada excepto: «Quiero hablar con mi abogado». ¿Vale? Y por su teta izquierda, no toques nada hasta que llegue yo. Lo has hecho bien. Estaban intentando tentarte para que cogieses el artefacto mientras estaba en bloqueo administrativo. De haberlo hecho, habrían tenido derecho a borrarlo.
—Dios —comenté mientras miraba el espacio del escritorio donde habían estado las partes del portal.
—Sí, a ese administrador pez del fango le estaba dando un ataque. Esos idiotas quieren que te lo quedes aunque se la hayas montado buena. Una cosa sí te voy a decir, chico: la verdad es que me has sorprendido un poco y todo.
—A ver. Entonces ¿vas a ser mi abogado a partir de ahora?
—Así es. Me llamo Quasar, por cierto. Seré tu defensor y el de nadie más, así que no trabajo para esa gata ni para la señora rara que se transformó en una pala. Solo para ti.
—¿Y tu trabajo es protegerme, intentar que no me hagan nada?
—¿Que no te hagan nada? —Soltó un bufido—. Cuando un mazmorrero llega al décimo piso, no se puede decir que tenga mucho control sobre su destino. Se convierte en un ciudadano del Sindicato de manera oficial, y cuando alguien se convierte en ciudadano del Sindicato, este lo destroza y se dedica a joderlo sin piedad. No puedo evitar que te den por culo, pero podría decirse que seré tu condón. ¿Tenéis condones en vuestro planeta? Todo el mundo tiene condones. Pues eso, que el culo te va a doler haga lo que haga, pero al menos no cogerás una infección de ácaros trípticos genitales.
—¿Y qué ganas tú con esto? —pregunté.
—¿Qué gano yo? Por sus tetas, chico. ¿Además de un dolor de cabeza, quieres decir? Pues créditos. No muchos, eso sí, pero suficientes como para seguir comprando sacudidas de receptor y bastoncillos de gelatina. Soy un nulo. Los ricos no suelen contratar a los que son como yo, así que aquí estamos.
Intenté averiguar si la defensa de aquel tipo iba a ser mejor o peor para mí. Sospechaba que no tenía elección.
—¿Y qué evita que el Imperio Calavera te soborne para joderme vivo?
Soltó una carcajada.
—Me encanta como piensas, chico. Los humanos sois tan paranoicos como mi especie. —Le dio otra calada a aquel vapeador tan extraño. El dispositivo se iluminaba con cada una de ellas—. Supongo que estás teniendo en cuenta la ética y el orgullo que suponen haber trabajado y estudiado durante veinte ciclos enteros para defender a cabrones como tú, ¿no? Pues la respuesta corta es que no hay nada que evite que un tercero intente sobornarme. Pero las buenas noticias para ti son que ya estás jodido y que, si quisiese hundirte en la miseria, lo único que tendría que hacer es no actuar. Es por eso por lo que, si ves que estoy haciendo lo mínimo, sería una señal de que el rey Óxido me ha estado untando. Pero, aunque no lo creas, tengo mi orgullo. El día que acepte un soborno de esos imperialistas de mierda con cara de cerdo mi vida habrá dejado de tener sentido.
—Nuestro representante nos comentó que los abogados no suelen aparecer hasta el décimo piso. ¿Qué haces aquí entonces? —pregunté.
—Mira, ¿de verdad quieres pasar el poco tiempo que tenemos hablando de esto? Tu representante tiene razón, pero la mayoría de los mazmorreros no tienen problemas con los intermediarios tan pronto. Y menos en una reunión en la que está presente el subministro de la agencia de Especies Nativas. El Sindicato tiene muchos departamentos, lo que significa que hay un burócrata o un comité para prácticamente todo. Y cada uno de esos chupatintas y comités tiene normas, leyes y reglamentos que pueden llegar a remontarse a miles de ciclos. Y todos esos departamentos son como dientes entremezclados que trituran todo a lo largo del tiempo para conseguir impulso y seguir avanzando. Es una máquina perpetua que no parará hasta que el universo termine por implosionar. ¿Y cómo se engrasa dicha máquina? Pues con los cuatro lubricantes del universo: sangre, lágrimas, impuestos y abogados.
Cuando me di cuenta de que no había respondido a mi pregunta, Quasar cambió de tema.
—Pero aunque me encantaría aburrirte respondiendo a preguntas inútiles, tenemos que centrarnos en el problema actual. Nadie quiere que rompas el juego, pero no pueden quitarte el artefacto. La solución a la que han llegado es simple: ahí te pudras y ojalá te mueras. Si fueses un mazmorrero normal y corriente, ya serías pienso para goblin. Las buenas noticias son que tienes algo importante, una ventaja. Tu valor de patrocinio y de audiencia supera al del daño que puedas llegar a causar. Es exactamente lo mismo que ocurrió con Remex el Grandioso. Es por eso por lo que los peces del fango preferirían llegar a un acuerdo amistoso. El problema es ese puñetero intermediario que está aquí sentado fingiendo ser sordo. Si determina que estamos en un punto muerto, tiene autoridad limitada para crear soluciones. Y estas ratas ansían tanto el poder que son capaces de crear problemas solo para poderse sacar la chorra mágica y empezar a disparar rayos a diestro y siniestro.
—¿Y qué hacemos entonces? —pregunté, superado por los acontecimientos. Aún no tenía claro si el tipo sabía lo que estaba haciendo o no, lo que me aterrorizaba—. No quiero entregar el portal. Lo necesito.
—Les haremos una propuesta —comentó. Soltó el vapeador y una tableta le apareció en la mano de repente—. ¿Seguro que no quieres entregarlo? Apuesto a que podrías obtener un trato muy bueno. Es una pena que no estemos en el décimo piso, porque podría conseguirte algo buenísimo.
En ese momento me di cuenta. Aquel era el tipo que podía ayudarme a negociar mi salida de la mazmorra en caso de querer escapar con el rabo entre las piernas. Me empecé a marear.
—No pienso entregarlo —comenté—. Orren me dijo que me lo devolverían en el noveno piso. Desconozco las normas del universo, pero en mi planeta, cuando alguien pide algo prestado, tiene que dar algo a cambio. Algo de lo que no quiere deshacerse.
Quasar sonrió.
—Ese es mi chico.
—¡Dios mío, Macito! —gritó Dónut cuando abrí la puerta—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Los cuatro cretinos entraron en el espacio personal: Bomo, el Mazo, Arcillez y Muy Taciturno. Cuando lo hicieron, apareció otra puerta en la pared junto a la Mordecai. Eran los APOSENTOS DE LOS MERCENARIOS. Los cuatro puntos blancos parpadearon y luego cambiaron de color para convertirse en una equis verde.
—Hemos recibido cuatro mercenarios gratis. Forman parte del trato que negociamos por entregar temporalmente el Portal de los dioses ferales.
Dónut saltó sobre el hombro del Mazo, y el monstruo de roca le dio unas palmaditas cariñosas en la cabeza. Chris se colocó junto a Arcillez. El monstruo de lava era casi del mismo tamaño que el PNJ de granito. Chris emitió un gruñido a modo de saludo, y Arcillez respondió con uno muy parecido.
Mongo, que nunca había visto a esos tipos, empezó a correr en círculos alrededor de ellos mientras brincaba de la emoción.
—Bomo y el Mazo se quedarán con nosotros. Muy Taciturno será para Katia y Arcillez para Chris.
—¿Cómo has conseguido a estos tipos? —preguntó Katia—. ¿Y si les ocurre algo?
—Los tendremos en los pisos seis, siete y ocho. Y solo durante esos. Si mueren, se regenerarán al dar comienzo el piso siguiente. Deberíais ir siempre acompañados de Muy Taciturno y Arcillez cuando salgáis al exterior, pero Bomo y el Mazo son demasiado valiosos, por lo que se quedarán por aquí.
—¿Qué? —preguntó Dónut—. Entonces ¿Macito no podrá irse de aventuras con nosotros? ¿Por qué?
El Mazo soltó un gruñido de decepción.
—¿Te han dado los conjuros? —pregunté a Bomo.
El monstruo de roca rechinó.
—Sí. El Mazo tener el segundo.
Asentí. Excelente.
—Lo siento, chicos, pero tenemos que mantener a salvo a estos dos —expliqué—. Como íbamos a perder el portal, pedí que pudiesen replicar dos de las habilidades del artefacto. Lo primero que pedí fue un conjuro de teletransportación, pero no me lo quisieron dar. No querían darme nada que pudiese quedarme después de recuperar el artefacto en el noveno piso.
—¿De verdad te aseguraron que lo recuperarías al llegar al noveno? —preguntó Katia.
—Sí. Parece gustarles la idea de que se desate el caos durante la Guerra de Facciones.
—O quizá crean que vas a hacer algo realmente estúpido antes y jamás consigas llegar —apostilló Dónut.
Katia se acercó y le dio unas palmaditas en el brazo a Muy Taciturno. El tipo era su guardaespaldas habitual cuando entraba al club Desperado. La cara del monstruo de roca era más estrecha que la de los demás, y tenía unos ojos que parecían dos puntos ínfimos e indolentes. A este nunca lo había oído hablar.
—Un momento. Entonces… ¿ahora estos tipos pueden teletransportarse?
—El tuyo no, pero sí —respondí—. Más o menos. Accedieron a darme una mejora de mercenarios y cuatro guardaespaldas. Después, me dieron dos conjuros adicionales. Ahora Bomo tiene uno de nivel 15 llamado Teletransportarse a las escaleras. Podemos elegir unas escaleras de una lista y teletransportarnos allí. Tiene un tiempo de recarga exagerado, de unos veinticinco días o así. Pero sigue siendo un conjuro muy poderoso porque la lista incluye todas las escaleras del piso. No quieren que tenga acceso a algo así más adelante, por lo que servirá para convencerlos de que nos devuelvan el artefacto.
—¿Y el otro conjuro? —preguntó Katia.
—El conjuro del Mazo también es de teletransportación. Y podría decirse que es más impresionante incluso. Este fue idea de mi abogado.
—¿Tu abogado? —insistió Katia, que se me quedó mirando fijamente—. Espera, espera. ¿Cómo?
—Sí… Lo de los abogados es una larga historia, pero fue él quien me lo sugirió. El conjuro se llama Zerzura.
—¿Zerzura? —dijo Dónut—. Macito, ¿tienes un nuevo conjuro? ¡Yo también! Varios, en realidad. Ahora soy cantante y mi voz sirve para lanzarlos. ¿Quieres oír uno?
El Mazo rugió de alegría
—¿Y qué hace el conjuro del Mazo? —interrumpió Katia antes de que Dónut empezase a cantar.
—Sirve para… —Me quedé en silencio al ver el nivel de Katia. Habían pasado muchas cosas desde el final del piso anterior. Ni siquiera me había planteado las consecuencias que podía haber tenido lo que habíamos hecho—. La hostia, Katia. ¿Qué cojones?
Ella sonrió.
—Me preguntaba cuándo ibas a darte cuenta. Al fin he conseguido que mi Constitución base llegue a 100. Me dieron algo llamado Piel acerada. Cuanto menos vida tenga, más resistente será mi cuerpo.
Katia era nivel 44 cuando habíamos abierto el Portal de los dioses ferales hacia la ciudad de Larracos del noveno piso, lo que había hecho aparecer en el lugar un caos espumoso de tiburones y medusas al tiempo que inundaba el lugar. Al parecer, le habían dado mucha experiencia por ello. Ahora tenía nivel 52.
—¿Y has conseguido equipamiento decente?
—Recibí algunas cajas, como una de cabronazo de platino. En esa me salió una ficha de apuestas del club Desperado y una mejora para mi habilidad Encontrar mazmorrero. También… —Se quedó en silencio antes de decir algo, pero luego cambió de opinión—. Aún no has respondido a mi pregunta. ¿Qué hace el nuevo conjuro del Mazo? ¿Cómo se llamaba? ¿Zerzura?
Me llevé la mano al collar. Tanteé el pequeño colgante con la gema amarilla. Estaba cálido al tacto. Recordé la caótica historia que Quasar me había contado sobre Remex el Grandioso y lo que había conseguido con el conjuro Zerzura.
«Fue glorioso —había dicho Quasar—. Es una pena que Remex terminase así. En la escuela de abogacía nos obligan a estudiar el trato de salida que consiguió. Los peces del fango se hicieron de oro esa temporada. Una pasta. Si pides el conjuro, seguro que harán todo lo posible por dártelo. ¿Y sabes lo mejor? Que el resto de los cabrones no interferirá. Todos querrán que lo uses. Todas las facciones. Todos los fans. Los productores. La IA. Absolutamente todos. El conjuro siempre acaba en una matanza, y a todos les gustan las matanzas cuando ellos no están involucrados.
Dormí dos horas y, al salir, vi a Mordecai de pie en la encimera de la cocina hablando en voz baja con Chris y Arcillez. Los otros tres cretinos estaban alrededor de mi recreativa de Frogger.
No vi que Mordecai siguiese enfadado conmigo por haberme reído antes de él, lo que me alegró, porque tenía que concentrarme mucho para no volver a estallar en carcajadas.
—Tenemos que comprar más mejoras para el espacio —dijo Mordecai—. Pero creo que lo mejor será esperar al episodio resumen. Si de verdad activan el sistema de gremios, antes me gustaría saber cómo funciona. Es algo que han hecho varias veces a lo largo de los ciclos, y siempre es diferente. Necesitamos varias mejoras.
—Muy bien —le aseguré mientras me acercaba a la caja de la comida y pedía un sándwich de desayuno—. Hay algo que sí que me gustaría comprar ahora mismo si nos lo podemos permitir.
—¿El taller de fabricante de bombas? —preguntó—. No es muy caro y te dieron trescientos mil de oro en la caja de carne de venado, ¿no?
—Sí, eso es lo que quiero —comenté—. El taller de fabricante de bombas avanzado.
Entre Dónut y yo teníamos un millón de oro. Sospechaba que lo íbamos a necesitar todo.
Miré la pequeña capilla que había en un rincón, que burbujeaba alegremente. Estaba formada por un cáliz y un disco. Cuando estaba en la habitación, el cáliz se llenaba de agua y esta empezaba a hervir. Al parecer, no lo hacía cuando yo no estaba por la zona. Aún no había ofrecido la gota de sangre diaria. Gracias a mi nueva religión, también tenía que meter un 5 % del oro «saqueado» en el cáliz. Apareció un número flotando sobre la capilla que, por suerte, me indicó la cantidad exacta que debía. Por desgracia, la descripción de «oro saqueado» de la capilla incluía el que había conseguido por sobrevivir al piso anterior estando en la lista de los diez mejores. Dejé el oro cuando vi que Dónut no estaba mirando, pero ella se dio cuenta de igual manera y se pasó cinco minutos enteros quejándose.
—Es probable que no ocurra nada por comprar el taller de fabricante de bombas y el estudio mágico ahora mismo, aunque será caro. Nos haremos con ellos cuando Dónut esté lista.
Katia salió de su habitación y se dirigió hacia la caja de comida. Chris, sus dos nuevos mercenarios y ella iban a salir solos después del entrenamiento diario. Louis y Firas habían conseguido recuperar la casa voladora, el Tetamen, que habían dejado a los refugiados cambiados. Un grupo de mazmorreros, entre los que se encontraban el equipo de Meadow Lark, el de Bautista y algunos más, iba a reunirse en el asentamiento grande que había a unas pocas horas al sur de donde nos encontrábamos. Katia quería asegurarse de hablar con ellos antes de que soltasen a los cazadores.
Iba a permanecer en nuestro grupo hasta que nos explicasen el sistema de gremios y me pareció perfecto. Aún no me había hecho a la idea de que abandonase el grupo, pero sabía que era lo mejor, sobre todo si tenía en cuenta lo que tenía pensado hacer ese mismo día.
Dónut salió de su habitación, limpia, con el pelaje encrespado y seguida por Mongo. Se había puesto a tararear la canción de El Equipo A.
—Carl, creo que ya sé qué melodía voy a usar para el conjuro Aplauso cerrado.
—Perfecto —dije. Intercambié una mirada con Mordecai.
—Venga —dijo él—. Compremos esas dos habitaciones.
TIEMPO PARA QUE SUELTEN A LOS CAZADORES: 21 HORAS
—Tened cuidado, chicos. No os salgáis del camino —advertí.
—Vamos con la caravana. Estaremos bien —dijo Katia mientras Chris, Arcillez, Muy Taciturno y ella salían de la estancia segura—. Nos vemos luego.
—¡Adiós, Katia! ¡Adiós, Chris! —se despidió Dónut. Intentaba sonar animada, pero me percaté de la tristeza en su voz. Katia se inclinó para darle un beso a la gata en la cabeza, y Dónut sollozó en ese momento.
Mongo graznó con pesadumbre.
—Nos vemos esta noche —dije.
Katia se me quedó mirando.
—No hagas ninguna tontería.
—Te prometo que no —mentí.
Tan pronto como se marcharon, Dónut y Mordecai se dirigieron al asentamiento para irse de compras. En aquel no había club Desperado y yo aún no me sentía seguro intentando entrar en el club Vencedor, por lo que dependieron por completo de las tiendas que hubiese por el lugar para encontrar los suministros que necesitaban.
Solo nos quedaban cien mil de oro después de comprar las dos habitaciones nuevas y teníamos que encontrar el conjuro Escudo para Dónut. Mordecai también quería hacerse con un objeto que tuviese un encantamiento llamado Garganta de oro, que al parecer era la versión de la mazmorra del autotune.
La nueva clase de barda de Dónut no usaba puntos de maná. Lo único que tenía que hacer para lanzar conjuros era ponerse a cantar. Estaba genial, claro, pero había un problema. Un problemón. La canción tenía que sonar afinada, por lo que la clase no nos servía de nada hasta que no encontrásemos ese objeto.
¿Que por qué?
Pues porque cuando Dónut intentaba cantar sonaba como una gata borracha de helio a la que acabasen de aplastar con una apisonadora. Y aunque lo de bailar no se le daba muy mal, cuando las notas empezaban a brotar de ese gaznate desafinado, el ritmo de su cuerpo pasaba a ser el de un burro de tres patas intentando bajar unos escalones congelados.
Había dos tipos de canciones. Algunos de los conjuros hacían que apareciese la letra flotando frente a ella en el aire, por lo que tenía que cantar en plan karaoke inventándose la melodía. Al parecer, daba igual cuál fuese dicha melodía mientras estuviese afinada.
Pero dos de los conjuros funcionaban de forma diferente. Cuando elegía uno de ellos, la melodía empezaba a sonar de fondo y tenía que inventarse la letra sobre la marcha. Al parecer, también daba igual lo que dijese la letra mientras cantase afinado.
No sabía cuál de las dos opciones era peor, la verdad.
Pero eso no impidió que Dónut intentase lanzarlos una y otra y otra vez.
Los primeros tres conjuros servían de apoyo al grupo: Aplauso cerrado, que aumentaba la Destreza de todos los integrantes y hacía que nuestros conjuros fuesen más poderosos. Séquito, que creaba varias versiones ilusorias de todos los del grupo, y Bis, que era un conjuro de Sanar grupo que también eliminaba algunas desventajas. Mordecai se había quedado muy sorprendido con este último.
Dónut había conseguido lanzar estos tres manteniendo una voz regular y monótona. Las canciones eran poco más que un párrafo corto. Por desgracia, la potencia del conjuro estaba ligada a la calidad de la interpretación. Es por ello por lo que todos sus conjuros iban a ser muy débiles hasta que encontrase esa ventaja con el autotune.
Las otras dos canciones eran conjuros ofensivos y no podía lanzarlos por el momento. Uno era un ataque psiónico y el otro uno de hielo, como los de Elle.
Dónut también había recibido un conjuro normal gracias al Club de Grimorio por Piso de la Mazmorra. Se llamaba Día de colada y servía para eliminar un objeto de armadura de un oponente y tirarlo al suelo. Cuanto más nivel tuviese el conjuro, más poderoso era. A nivel 5, servía para quitar pecheras y otras partes del torso. A nivel 10, para desnudar por completo al oponente. A 15, podía hacerlo con varios enemigos al mismo tiempo.
Gracias al nuevo estudio de magia, podíamos entrenar los conjuros como si estuviésemos en la sala de entrenamiento, pero a diferencia de esta solo podía usarlo una persona cada vez. La habitación también era necesaria para algunas de las pociones de alto nivel de Mordecai, pero no tenía muy claro cómo iba a usarla él. Es por eso por lo que tuvimos que organizar un horario muy estricto. Dónut se pondría a subir Proyectil mágico, que se había estancado a nivel 11 a pesar de todo lo que lo usaba, y yo seguiría entrenando mi conjuro Miedo, que no había pasado de nivel 5.
Envié un mensaje a Dónut y le dije que se pusiese a practicar con Día de colada mejor. No cuestionó mi decisión.
—¿Y si le ocurre algo a Katia y no la podemos proteger? —me preguntó después de que los demás se marchasen—. Mongo nunca me perdonaría si le ocurriese algo a nuestra amiga.
Rasqué a la gata detrás de la oreja.
—Es muy probable que, ahora mismo, esté más segura lejos de nosotros.
—Vamos, Dónut —dijo Mordecai—. A comprar.
El Mazo hizo un amago de seguirnos al exterior, pero Mordecai levantó una mano peluda de osezno—. Será mejor que te quedes, grandullón.
—Tranquilo, Macito —dijo Dónut—. Quédate por aquí. No tardaremos mucho.
El cretino gruñó y luego se volvió a girar hacia la recreativa de Frogger, que habíamos tenido que mover para colocarla junto a las pantallas de televisión. Tras ampliar el lugar con dos habitaciones más, el espacio personal empezaba a llenarse. Aún cabían una o dos estancias adicionales, dependiendo del tamaño, pero a partir de ahí íbamos a tener que buscar la manera de desbloquear el segundo piso.
Fui directo hacia la nueva habitación, el taller de fabricante de bombas avanzado. Era pequeña, de unos tres metros de ancho, pero alargada. Me hizo sentir como si estuviese en la calle de una bolera.
Iba a seguir haciendo gran parte del trabajo en la mesa de zapador, pero aquel lugar tendría dos funciones principales.
La primera era «copiar» un diseño o un explosivo existente y hacerlo aparecer en el taller, donde podía colocarlo y hacerlo explotar. No había explosiones propiamente dichas en aquel lugar, sino que eran virtuales, como si fuese un videojuego. También me permitía crear una persona o un grupo de personas virtuales en miniatura, o incluso una aldea entera, colocar la bomba, activarla y comprobar el efecto que tenía. Además, podía pausar la explosión para ver bien cómo estallaba según su ubicación. Luego, podía volver a la mesa y usar esa información para ajustar el diseño, el estallido o la potencia.
El sistema no era perfecto, eso sí. A veces te daba como resultado un abanico de opciones que podían llegar a ocurrir. Era algo en lo que el libro de cocina insistía mucho. Que explotase de cierta forma en la simulación no garantizaba que fuese a hacerlo así en la realidad. Había miles de factores ambientales leves que podían llegar a afectar a la explosión.
Como el taller era la versión «avanzada», también podía probar bombas y explosiones incendiarias que no tenía en el inventario. Podía crear una bomba virtual y ver cómo funcionaba. Por ahora solo podía usar objetos que tenía en el inventario, pero con suerte eso cambiaría una vez consiguiese algo de experiencia.
La segunda función de la estancia era la mesa de creación que había al fondo, donde podíamos modificar explosivos de verdad. Era una mesa de trabajo especializada, y a nivel 1 no era tan buena como la de zapador de nivel 5 que ya tenía yo, sobre todo a la hora de crear explosivos desde cero. Al menos por ahora.
No obstante, la mesa estaba diseñada para examinar y diseccionar explosivos y también era absolutamente necesaria para diseñar algunas bombas a gran escala.
Me quedé de pie frente a la mesa, temblando. Por primera vez desde que me había hecho con ella, saqué la bomba llamada el Juicio Final de Carl y la coloqué en la superficie. Dicha superficie se remodeló para acomodar la vitrina de segadora de cristal, que brillaba como un sol en miniatura. Aquella cosa estaba a un microsegundo de explotar y no había nada que pudiese hacer para evitarlo, pero sí que podía examinarla. La copié usando la interfaz del taller para poder trastear con ella en el simulador. Luego volví a guardar la de verdad en el inventario con manos aún temblorosas.
Algún día terminaría por usarla. Algún día.
«Muy bien —me dije—. Deja de perder el tiempo y ponte manos a la obra».
Nos quedaban veintiuna horas para que soltasen a los cazadores y unas seis o siete hasta que la oscuridad se apoderase de la selva. Saqué un cartucho de dinamita hobgoblin y empecé a cortarlo con mucho cuidado en veinte pedazos.
El viaje para ir de comprar había sido una decepción en general, pero Mordecai había conseguido muchas hierbas y suministros de los comerciantes del asentamiento. Hasta había recogido algunas plantas del suelo. El problema fue que no encontraron el conjuro Escudo ni ningún objeto mágico con el encantamiento Garganta de oro. Aún no había nada bueno en la interfaz de la tienda, pero sabía que eso iba a cambiar dentro de unos pocos días.
Mordecai quería que saliésemos y empezásemos a buscar un tipo de seta pequeña que solo aparecía por la noche.
—Estarán en la base de los árboles del pueblo, por lo que no tendréis que salir a la selva. Esto es igual que el tercer piso. Manteneos alejados de los callejones y estad pendientes por si veis algunas de esas mascotas. Por la mañana llegará una caravana al lugar, y creo que deberíais seguirla cuando se marche. Se dirigirá hacia el sur para llegar hasta un asentamiento mayor que este. Desde allí, podréis empezar a construir una zona defensiva para poneros a grindear. Es muy probable que el equipo de producción de La venganza de la hija os meta en algún lío dentro de poco, si es que no han cancelado esa historia, por lo que me gustaría asegurarme de que estáis preparados para cuando ocurra. Pero ahora mismo solo necesito las setas.
—Que sí. Iremos a buscar tus hierbitas. Salimos ya —comenté—. Bomo, ¿podrías acompañarnos?
—¿Seguro que quieres llevarlo? —preguntó Mordecai.
—El Mazo sí que se va a quedar encerrado —respondí—. Pero podemos arriesgarnos a sacar a Bomo.
—¿Crees que esos cazadores pueden ver lo que hacemos? —preguntó Dónut mientras salíamos del asentamiento. Me olió a tierra húmeda y todo estaba muy oscuro ahí fuera. Un par de criaturas arbóreas pasaron frente a nosotros sin hacernos el más mínimo caso. Una pareja de monos se balanceaba entre sus ramas. Dónut hizo un amago de lanzar el conjuro Antorcha, pero hice un ademán para detenerla—. En plan…, ¿podrían hacer trampas y tener amigos que estuviesen viendo el programa desde el exterior, siguiéndonos, para luego contarles dónde estamos en cada momento?
—Pues, en teoría, la gente que está fuera de la mazmorra no puede hablar con los de dentro, ni siquiera con los turistas, pero ya sabemos cómo se las gastan aquí. El hecho de que nos hayan demandado por nuestro plan del piso anterior es prueba suficiente para saber que nos vigilan muy de cerca. Creo que deberíamos dar por hecho que terminarán por saber lo que estamos haciendo. Eso sí, no creo que tengan línea directa, sobre todo teniendo en cuenta que el acceso al club Desperado quedó inutilizado en el noveno piso. Pero terminarán por enterarse. Por ello, tenemos que mantener en secreto nuestros planes lo máximo posible. Por cierto, ¿podrías hacerme un favor muy rápido? ¿Podrías guardar a Mongo?
—Pero para mantener en secreto nuestros planes primero necesitamos un plan —comentó Dónut—. Mongo, venga. Métete en el transportín. No, suelta eso. Creo que es caca de micónido. Venga, Mongo. Haz lo que te ha dicho mami. ¡Buen chico! ¡Buen chico, Mongo! —Volvió a girarse hacia mí—. Pero también es agradable no estar con secretitos un día o dos. Me servirá para ponerme a practicar las canciones. ¿Por qué querías guardar a Mongo?
—No practiques las canciones en el asentamiento —dije al tiempo que extendía el brazo para rascar a Dónut—. Podríamos activar la amenaza de esos micónidos y no nos conviene. Además, me gustaría pedirte perdón por lo que estoy a punto de hacer.
—¿Pedirme perdón por qué? ¿No hemos salido a coger hierbas?
—Nos vamos a ir de cacería ahora mismo. Pero será rápido. Prepárate.
CARL: Bomo, lanza el conjuro. Envíanos a las escaleras en Zockau. Ya.




