INTRODUCCIÓN
Convivir con una enfermedad o condición crónica siempre es un reto. Al duelo esperable que acompaña cualquier diagnóstico, se le suma en muchas ocasiones la necesidad de tener que aprenderlo todo de nuevo. Con frecuencia, el mundo no está preparado para la diversidad y nuestras necesidades generalmente no solo se encuentran sin cubrir, sino, para colmo, cuestionadas. En todo ello, nos toca hacer un esfuerzo titánico de adaptación a un sistema que se olvida de mucha gente y, por si fuera poco, se nos pide que lo hagamos con una sonrisa.
Desde hace años, me refiero a todas las personas con patologías relacionadas con el gluten como «singlutenistas» y son «singlutenistas honoríficos» aquellos que nos facilitan la vida. Seguro que los reconoces: me refiero a la abuela que ha adaptado su receta de croquetas para que no las eches de menos, los amigos que van contigo al restaurante en el que tú puedes comer o el cocinero del bar que, tras ver cómo no te comías nunca el aperitivo, te preguntó qué podía servirte que fuera apto para ti.
Los singlutenistas somos ese grupo de personas que necesitan comer sin gluten para mantener la salud. Es decir, no podemos ingerir nada que tenga o pueda tener gluten porque hacerlo supondría asumir unos riesgos muy graves a medio y largo plazo, más allá de lo mejor o peor que nos pueda sentar en el momento de comerlo. Por ahora, no tenemos alternativa, así que, sin entrar en más tecnicismos, se puede decir que necesitamos una dieta estricta sin gluten de por vida. Te confieso que, a mí, a veces, me gusta añadir «o hasta próximo aviso» porque confío en que, algún día, llegará algo que nos permita un poco más de flexibilidad en nuestra dieta sin perder el cuidado, el cariño y el respeto que merece nuestra salud.
Y es que hay algo que nos atraviesa a todas las singlutenistas, independientemente del tiempo que llevemos con el diagnóstico: nuestra patología hace que seamos singlutenistas cada vez que comemos, lo cual, seguramente, se produzca de media tres veces al día, como mínimo. Además, comer tiene esa función hedónica tan importante para la supervivencia que hace que la idea de tener que renunciar a ello se nos haga inconcebible (te lo adelanto: no hace falta que renuncies). Para rematar, por algún motivo, parece que no sabemos celebrar o reunirnos sin comida de por medio. Y esto está bien, no seré yo la que se queje de tener que socializar en torno a la comida, ¡faltaría más! La comida también es compartir, es vincular y es cultura. Gracias a ello, comer no es un mero trámite (y, mucho menos, hacerlo sin gluten), sino que es un acto mucho más complejo, en tanto que enriquecido, en todos los sentidos.
A pesar de lo presente que está la comida en nuestro día a día, parece mentira que suponga una barrera tan importante para muchos de nosotros. Resulta sorprendente el desconocimiento, la incredulidad y la incomprensión que hay en torno al singlutenismo. Tenemos que estar constantemente planificando, preguntando, justificando, organizando y agradeciendo una infinidad de detalles. Hemos normalizado lo indecible: que, durante años, achaquen tus síntomas a que «quieres llamar la atención»; que no puedas entrar en cualquier restaurante, pedir algo sin gluten y contar con que no van a dañar tu salud; que se rían de ti en la cena de empresa por pedir que no pasen la panera por encima de tu plato; que tu médico no tenga una dietista especializada a la que derivarte para ayudarte con tu nueva vida; pagar el pan a más de 12 € el kilo; pagar 150 € por el cubierto de una boda para que te pongan una manzana de postre; que el etiquetado de un yogur sea un auténtico jeroglífico… La lista es interminable. ¿En qué momento aceptamos todo esto como «lo normal»?
«Lo normal» tiene un nombre muy distinto: discriminación. Por favor, que nadie te quite ese derecho a la pataleta. Ahora, una vez hecha la pataleta, ¿qué hacemos?
En este libro, encontrarás llevadas a la práctica to
