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Introducción
Tu deber y el deber que confiero a todas las almas es el de ir lejos, diseminar por todas partes sabiduría y caridad. Pero siempre tienes que ser plenamente consciente de tu origen divino; siempre debes sentirte hijo de vuestro Padre en los cielos, Uno y Único.
EUGENIO ZOLLI[1]
Por mi parte, considero bienaventurados a aquellos a quienes, por el favor de los dioses, se les ha concedido hacer lo que vale la pena escribir o escribir lo que vale la pena leer.
PLINIO EL JOVEN[2]
Permítame que le hable sin rodeos.
Solo hay dos alternativas: o Jesucristo es Dios o no lo es. Si lo es y usted no lo reconoce como tal, sería un error mayúsculo, posiblemente el mayor que se pudiera cometer, pero si no lo es y usted lo considera así, tampoco sería pequeña la equivocación. No elegir puede ser una opción temporal, pero perpetuada se convierte en el peor de los desaciertos.
Lo que pretendo con este libro es ayudarle a elegir. Voy a presentarle las numerosas evidencias que llevarán a cualquier persona no sectaria a considerar a Jesucristo como lo que Él dijo ser: Dios. Usted dirá, y con cierta razón, que para aceptar a Jesucristo como Dios se necesita tener eso que se llama «fe» y que no depende enteramente de cada uno. Le anticipo que la fe no sirve de excusa para no pensar (si lo que usted pretende es no pensar, el no tener fe es una excusa mucho mejor), puesto que «primero hay que pensar y luego hay que creer», y creer no es sino «pensar con asentimiento».[3] Por ello, uno de los propósitos de este libro es ayudarle a pensar sobre la divinidad de Jesucristo al tiempo que procuramos su asentimiento.
Este no es un libro de religión, ni de teología. Es un libro de divulgación científica e histórica, y como tal, voy primero a analizar y remover todas las objeciones contra la divinidad de Jesucristo (sección I) para luego estudiar y discutir las evidencias que apuntan a esa divinidad, desde la ciencia, desde la historia y desde las propias Escrituras (sección II). Y como desde La guerra de las Galias[4] todo autor que se precie divide su conquista en tres, examinaré algunas cuestiones pendientes (sección III).
A veces parece que la incredulidad tuviera vida propia. Confrontada con las pruebas de que está errada, busca cualquier recoveco para seguir existiendo. Es lo que llamo «escepticismo de las fisuras», que muchas veces descansa en un deseo del escéptico por seguir siéndolo. A medida que el conocimiento avanza, las fisuras se van rellenando con datos y evidencias, y es cuando el incrédulo, en lugar de replantearse los dogmas del escepticismo, busca otra fisura por la que esa incredulidad pueda escapar. Así que vamos a procurar rellenar muchas de esas fisuras. A partir de ahí el siguiente paso ya dependerá de usted.
Cosas de la Providencia. Me retiré a Pompeya para ordenar las ideas y las palabras de este libro y aproveché para ver las ruinas de la urbe romana y de la cercana Herculano. Las ciudades están como estuvieron: restaurantes de comida rápida ofrecen sus mostradores a la calle, tabernas, panaderías, y los carteles que anuncian estos establecimientos se pueden todavía leer desde las aceras; casas completas de varias plantas con su mobiliario y los frescos perfectamente conservados en las paredes; estatuas de hombres prominentes con sus inscripciones legibles en el foro y lugares públicos; calles enlosadas con pasos de cebra elevados que casi permiten escuchar los carros que un día circularon por ellas… Y de pronto, en la madrugada del 24 de agosto del año 79, Herculano fue inundada por un torrente de fango ardiente que dejó la ciudad sepultada a veinte metros de profundidad. Los habitantes y toda la ciudad de Pompeya fueron enterrados bajo siete metros de cenizas, piedra pómez y escombros volcánicos que llovieron desde el cielo. Quienes intentaron huir murieron abrasados o sofocados por los gases. En los almacenes de lo que fue el puerto de Herculano se descubrieron trescientos esqueletos de quienes buscaron refugio cerca de la playa. Un barco de casi diez metros de eslora equipado para un timonel y tres pares de remeros se encontró a pocos metros. El barco estaba inutilizado, sin quilla e invertido, y cerca hallaron el cuerpo de un militar que portaba una vaina con espada y una daga. Todos los ingredientes para que la imaginación pueda edificar una sugerente historia.
Una de las víctimas fue Plinio el Viejo,[5] que murió asfixiado por los vapores del Vesubio cuando se acercó en barco a ver la catástrofe desde Miseno, donde residía. Aviso a navegantes —alguien podría decir—, o bien un recordatorio de por qué la prudencia es una virtud. Plinio el Viejo dedicó su obra magna, Historia natural, al emperador Tito, que había sido cónsul seis veces; como su sexto consulado fue en el año 77, podemos suponer que ese fue el año de su dedicatoria. Curiosamente fue Tito quien cercó y capturó Jerusalén; destruyó la ciudad y el Segundo Templo en el año 70, tal y como había predicho el profeta Daniel y mucho después que él Jesús de Nazaret. Para conmemorar esa campaña contra los judíos, se levantó en Roma el Arco de Tito, que recuerda el expolio de Jerusalén por las tropas romanas.[6] Un expolio que sirvió para construir el Coliseo y convertirlo en una joya de la capital del Imperio, reconocido como emblema del martirio de los cristianos durante el Imperio romano, y por ello fue el lugar del primer viacrucis en tiempos del papa Benedicto XIV. El Coliseo estaba revestido de preciosos mármoles que se retiraron a fin de recubrir San Pedro en el Vaticano. Una trenza de casualidades.
Conocemos los detalles de la entrada triunfal de Tito en Roma gracias al historiador judío romano Flavio Josefo, y los de la destrucción de Pompeya gracias al relato de Plinio el Joven.[7] Ambos historiadores del siglo I nos proveen de datos fidedignos de estos eventos importantes de aquella época, y también servirán como fuentes fehacientes de lo que muchos consideran el evento más importante de todas las épocas: la vida, muerte y —muy posible— resurrección de «ese-que-llamaron-Dios», Jesucristo. Cosas de la Providencia.
SECCIÓN I. OBJECIONES
Soy cristiano porque Jesús ha aportado evidencias de ser Dios encarnado cuando ha resucitado, y digo que creo en ello como científico. Hay evidencias de ello.
JOHN LENNOX, GUNNING FOR GOD[8]
Hay quien opina que no es un tipo de demostración elegante —yo difiero—, pero en cualquier caso es enormemente efectiva: la demostración por reducción al absurdo se usa a menudo en filosofía, lógica y matemáticas.[9] Cuando hay varias proposiciones y una de ellas es necesariamente cierta, se puede llegar a la verdadera por descarte de las otras. Si todas las demás se demuestran imposibles o incorrectas, entonces la única alternativa que queda no puede ser falsa, y por tanto es necesariamente verdadera.
En nuestro caso vamos a estudiar todas las posibles alternativas a la proposición «Jesucristo es Dios, tal y como Él mismo aseguró» y las objeciones posibles.
C. S. Lewis propuso lo que se conoce como «trilema» sobre quién era Jesús de Nazaret. [10] Las alternativas —decía— son tres: Jesucristo, o bien era un loco, o bien un mentiroso, o bien el Señor («Lunatic, liar, or Lord»).
Una virtud de esa proposición es que descarta que Jesucristo fuera un buen hombre o un buen maestro, alternativa que se ha convertido en un refugio fraudulento a fin de evitar tomar partido sobre Jesús. Si decimos que Jesús fue un buen hombre, parece que nos quedamos en un cómodo limbo: por un lado, no afirmamos que fuera Dios —algo que tiene más consecuencias de las que estamos dispuestos a abrazar— y, por otro lado, tampoco nos posicionamos en contra de alguien a quien reconocemos una influencia extraordinariamente positiva en la historia, pero no queremos que la tenga en nuestra vida.
Aunque todavía no estemos en disposición de asegurar quién fue Jesús de Nazaret, lo que es seguro es que no fue solo un buen hombre. O bien fue mucho más, o bien mucho menos. En palabras de John Duncan: «Cristo, o bien engañó a la humanidad con un fraude consciente, o bien Él se engañó a Sí mismo y estaba equivocado, o bien era divino. No hay forma de salir de este “trilema”. Es inexorable».[11]
Sin embargo, ni Lewis ni Duncan agotaron todas las alternativas sobre Jesús. Hay otras dos: Jesús de Nazaret no existió (y por tanto no pudo asegurar nada y tampoco ser Dios), o Jesús de Nazaret sí existió pero no afirmó ser Dios (y por tanto su supuesta divinidad no es sino un mito).
Tenemos ya por tanto un nuevo «pentalema»,[12] las cinco opciones sobre Jesús de Nazaret:
- Jesús es un mito: Jesús no existió.
- Jesús es una manipulación: Jesús no dijo lo que creemos que dijo.
- Jesús es un mentiroso: Jesús no se creía lo que decía.
- Jesús es un maniaco: Jesús no sabía lo que decía.
- Jesús de Nazaret es el Mesías: Jesús existió, afirmó ser Dios y tal afirmación es cierta.
Manipulación, mito, mentiroso, maniaco o mesías. No hay más alternativas.
Si las objeciones propuestas por las cuatro primeras opciones del pentalema se resuelven, entonces podremos afirmar con confianza que la quinta opción —Jesucristo es Dios— resulta la única alternativa razonable.
PARTE I
MITO
Un mito es una mentira que comunica una verdad.
El centro del cristianismo es un mito que también es un hecho.
C. S. LEWIS[13]
2
¿Jesús no existió?
De cuando en cuando algunas personas han tratado de negar la existencia de Jesús, pero es verdaderamente una causa perdida.
EDWIN YAMAUCHI[14]
Por alguna extraña razón (o no tan extraña si lo piensa bien), las verdades históricas referidas a Jesús de Nazaret son las únicas que constantemente se ponen en cuestión (aunque estén más corroboradas que ningunas otras), y las fuentes sobre Él primero se critican y difunden y después se estudian y confirman sin darle publicidad, con lo que al gran público siempre llegan las críticas y menos veces esas confirmaciones. De esta forma, quienes no hayan querido conocer mucho de Jesús de Nazaret pueden pensar que Jesucristo nunca existió. Quizá haya cierta justicia en que quien no ha querido dedicar algo de esfuerzo a conocer a alguien tan esencial en la historia sufra la contrapartida de ignorar lo más importante de la suya propia, pero, aunque sea justo, no deja de ser triste.
El mito de Cristo fue un libro escrito por Arthur Drews.[15] Publicado en 1909, tuvo mucha repercusión en su época. Su tesis principal era que Jesucristo no había existido y que no había ninguna evidencia histórica de ello. Consideraba por tanto que el cristianismo es una religión con origen mitológico que tomaba algunos de sus elementos de otras religiones preexistentes. Se hacía eco de ideas similares propuestas por otros autores: en el siglo XIX en Alemania, Bruno Bauer,[16] y en el siglo XVIII en Francia, Charles François Dupuis,[17] todos ellos ateos y fervientes anticristianos. Drews fue amigo del protonazi Ernst Haeckel[18] y también estuvo asociado con los movimientos filonazis o completamente nazis Völkische Bewegung y Deutsche Glaubensbewegung.[19] Y sus fuentes no tenían mejores compañías: Bauer fue amigo y socio de Karl Marx y Friedrich Engels, y Dupuis fue colaborador del Comité de Salud Pública,[20] del Terror y de Napoleón Bonaparte. Lo mejor de cada casa.
A veces lo que se presenta como conclusiones son apriorismos. Algunas teorías no se construyen sobre hechos, son indiferentes a la realidad, y consecuentemente no tienen ningún arraigo en nada cierto. Son teorías generadas a la inversa: parten de la conclusión deseada y luego se inventan con mayor o menor ingenio las justificaciones. Creo que sostener hoy la no existencia histórica de Jesucristo entra dentro de este tipo de especulaciones. La figura de Jesucristo ha sido desde siempre «signo de contradicción»[21] y a menudo resulta molesta (a no cristianos, pero también a muchos cristianos), por lo que la pretendida no existencia de Jesucristo provee de una cómoda eximente para no considerar sus doctrinas, sus enseñanzas, la religión que fundó y las consecuencias de todo ello para nuestra propia vida.
Una teoría sobre Jesucristo basada en una premisa que puede ser ejemplo de lo anterior fue la de Houston Stewart Chamberlain en su libro Los fundamentos del siglo XIX.[22] Esta obra pretendía ser una «historia racial» de la humanidad con el objetivo de exaltar la raza aria, a la que el autor le atribuía todo lo que consideraba bueno en el mundo, y la contraponía a la raza judía, causa de todo mal. Según Chamberlain, los judíos habían fundado la Iglesia católica (mala) y los arios —Lutero— la cristiandad germánica (buena), y a fin de que todo encajara con sus premisas, Chamberlain sostenía que Jesucristo era de raza aria, y que su padre también lo era, y para apoyar tal pretensión presentaba supuestas fuentes históricas y sesudos argumentos a favor. Esto hoy nos puede parecer ridículo, pero esta obra tuvo gran estimación entre grupos que se pretendían ilustrados.
Afirmar hoy que Jesucristo es un mito y que no existió se nos antoja tan risible como pensar que era de raza aria, como proponía Chamberlain. Quizá no casualmente el negacionismo sobre Jesús se originó en el mismo momento (finales del siglo XVIII y principios del XIX), en la misma área geográfica (Alemania e Inglaterra) y en los mismos ambientes protestantes.[23] Hoy la «teoría mítica» está desacreditada, es muy minoritaria y solo defendida por autores virulentamente ateos y/o furibundamente anticristianos.[24] Pero aun así se oye de vez en cuando a algún pretendido erudito o presentador de televisión, o en redes sociales o en comentarios de YouTube, que se despacha negando la existencia histórica de Jesucristo.
Como afirma Paul Maier, «muchos hechos en el mundo antiguo dependen de un solo testigo, y dos hacen el suceso incontrovertible».[25] En el caso de Jesucristo han sobrevivido más de cuarenta fuentes distintas, escritas por lo menos por treinta autores y que se remontan a unas decenas de años después de la crucifixión de Jesucristo.[26] Esto no incluye a los nueve escritores de los libros del Nuevo Testamento: además de los cuatro evangelistas, existen otros cinco autores que en su mayoría no conocían la obra de los anteriores cuando escribieron sus libros y por tanto no pudieron copiar los hechos.
Si excluimos las fuentes cristianas (Nuevo Testamento, primeros padres de la Iglesia, historiadores que se consideran cristianos),[27] nos quedan por lo menos una docena de fuentes antiguas, independientes entre ellas y en muchos casos hostiles al cristianismo, que contienen referencias importantes a Jesucristo y al cristianismo, y que corroboran la existencia de Jesucristo y su crucifixión, además de otros sucesos referidos a Jesús de Nazaret. Además, hay otra docena de fuentes igualmente independientes, antiguas, no cristianas que hacen referencias a Jesucristo y al cristianismo pero que considero secundarias.
3
Doce fuentes principales que confirman su historicidad
Algunos escritores pueden divertirse con la fantasía de un «mito-Cristo», pero no lo hacen sobre la base de la evidencia histórica. La historicidad de Cristo es tan axiomática para un historiador sin prejuicios como la historicidad de Julio César. No son los historiadores los que propagan las teorías del «mito-Cristo».
F. F. BRUCE[28]
1. Flavio Josefo
Fue un historiador romano-judío que nació apenas cuatro años después de la crucifixión de Jesucristo y murió en el año 100. Era un noble que pasó de combatir a los romanos y ser esclavo a convertirse en colaborador de Roma, alcanzar la ciudadanía, asesorar al emperador Vespasiano, ser amigo de su hijo el emperador Tito (quien destruyó el Templo y Jerusalén en el año 70) y adoptar el nombre de su familia (Flavia). Sus obras más importantes son La guerra de los judíos, escrita hacia el año 75, y las Antigüedades judías, escrita hacia el año 93. En esta última incluye dos referencias a Jesucristo en los libros 18 y 20. La primera es conocida como el «testimonio flaviano»: confirma la existencia y crucifixión de Jesucristo, y también que alguno de sus contemporáneos lo consideraban el Mesías:
Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es lícito llamarlo hombre porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y muchos gentiles. Era el Cristo. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado este y mil otros hechos maravillosos acerca de él. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.[29]
Este texto es concluyente en establecer no solo la existencia histórica de Jesucristo, sino su consideración de mesías, su crucifixión y la creencia de que resucitó. Es tan contundente que algunos autores intentaron desacreditarlo alegando que todo el texto o partes de él fueron escritos por cristianos y no por Josefo. Hoy se sabe sin lugar a dudas que el texto fue escrito por Flavio Josefo en el siglo I.[30] Los estudiosos ahora se dividen entre los que consideran que la mayor parte del texto fue escrito por Josefo (con excepción de las frases «si es lícito llamarlo hombre» y «mil otros hechos maravillosos acerca de él», que pudieron ser interpoladas posteriormente por cristianos) y quienes piensan que es el autor del texto completo.
En cualquier caso, los cinco aspectos que Josefo corrobora sobre Jesucristo permanecen, y las evidencias a favor de que todo el texto es auténtico son sólidas:
a) Todas las copias de las Antigüedades en versiones latinas y griegas tienen ese mismo texto, por lo que para desacreditar esta fuente habría que suponer que todos esos códices estaban en manos de los cristianos, que todos ellos decidieron cambiar el texto original, que se habrían realizado los añadidos en todas las copias y que las interpolaciones habrían sido exactamente las mismas. Además de inverosímil, resulta imposible, puesto que las copias de la obra de Josefo aparecieron en muy distintos lugares del antiguo Imperio romano y en distintas épocas.
b) Muchos escritores de los primeros siglos de nuestra era que se refieren a las Antigüedades también citan exactamente el mismo texto, por lo que no parece que en aquellos primeros años hubiera duda alguna sobre su autenticidad.[31]
c) Y finalmente, en 1971 el estudioso judío Shlomo Pires encontró un documento con una versión árabe de la obra de Flavio Josefo, dentro de una obra del obispo Agapio,[32] que es más antigua que cualquier otra copia manuscrita existente hasta entonces de las Antigüedades e incluye el testimonio flaviano con muy ligeras modificaciones. Así confirma la existencia de Jesucristo, su crucifixión, su pretensión de ser el Mesías, su posible resurrección y la fundación de una nueva religión.
En este tiempo existió un hombre de nombre Jesús. Su conducta era buena y era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se convirtieron en discípulos suyos. Los convertidos en discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Según esto, fue quizá el Mesías de quien los profetas habían contado maravillas.[33]
La segunda referencia de Flavio Josefo a Jesús de Nazaret está en el libro 20 de las Antigüedades sobre un hecho producido en el año 62 o 63:
Siendo Anás de este carácter, aprovechándose de la oportunidad, pues Festo había fallecido y Albino todavía estaba en camino, reunió el Sanedrín. Llamó a juicio al pariente de Jesús que era llamado Cristo; su nombre era Jacobo, y con él hizo comparecer a varios otros. Los acusó de ser infractores de la ley y los condenó a ser apedreados.[34]
Los estudiosos han aceptado la autenticidad de este pasaje de forma unánime.[35] En este párrafo el objetivo de Josefo es criticar a Anás, y la presencia de Santiago/Jacobo el pariente de Jesús es incidental.[36] Jacobo o Santiago fue obispo de Jerusalén (según Eusebio de Cesarea) y aparece mencionado en los Hechos de los Apóstoles (12, 17) y por san Pablo en la Carta a los gálatas (1, 19; 2, 9).
2. Tácito
Publio Cornelio Tácito fue un historiador, senador, cónsul y gobernador del Imperio romano (56-120). Se ignora dónde nació, pero lo más probable es que fuera original de la Galia o de Hispania. Influido por Cicerón, posiblemente discípulo de Quintiliano y amigo de Plinio el Joven, sus dos obras que han sobrevivido son los Anales y las Historias, que se conocen gracias a los llamados «manuscritos mediceos» (por haber sido propiedad de la familia Medici), custodiados en la Biblioteca Laurenciana de Florencia. El más antiguo es del siglo XI, obtenido de la abadía de Montecassino.
Los Anales pretenden recoger la historia desde la muerte de Augusto hasta la de Nerón, y las Historias eran la continuación, desde Galba a Domiciano. San Jerónimo nos informa de que ambas obras constituían un corpus de treinta libros, de los que nos han llegado la mitad. Los Anales es la obra final de Tácito y la que nos interesa para nuestro propósito. Redactada entre los años 114 y 117, recoge los reinados de Tiberio, Claudio, Calígula y Nerón. Los historiadores modernos otorgan una gran credibilidad a los hechos narrados por Tácito debido a que su obra historiográfica se produce tras culminar una notable carrera política y es posterior a la muerte de Domiciano, lo que le permitió expresarse sin temor, y también porque como senador romano tenía acceso a las actas senatoriales y había participado en sus deliberaciones.[37] Pues bien, Tácito en sus Anales, libro 15, capítulo 44, escribe refiriéndose al incendio de Roma originado por Nerón:
Por ello, para eliminar tal rumor, Nerón buscó unos culpables y castigó con las penas más refinadas a unos a quienes el vulgo odiaba por sus maldades y llamaba cristianos. El que les daba este nombre, Cristo, había sido condenado a muerte durante el imperio de Tiberio por el procurador Poncio Pilatos. Esa funesta superstición, reprimida por el momento, volvía a extenderse no solo por Judea, lugar de origen del mal, sino también por la ciudad, a donde confluyen desde todas partes y donde proliferan toda clase de atrocidades y vergüenzas. Pues bien, en primer lugar, fueron apresados los que confesaban; y luego, delatada por ellos, fue condenada una enorme multitud, acusada no tanto del incendio como de odio al género humano. Además, al morir se les añadían humillaciones tales como hacerles perecer despedazados por perros después de haber sido cubiertos con pieles de fieras o clavados en cruces, o se les preparaba para ser quemados y se les ponía fuego cuando faltaba la luz del día para que sirviesen de iluminación nocturna. Nerón había ofrecido sus jardines para ese espectáculo.[38]
Este texto es considerado auténtico e histórico unánimemente por todos los historiadores.[39]
3. Suetonio
Cayo Suetonio Tranquilo fue un historiador romano (69-122) originario probablemente de Numidia, en el norte de África. Fue —como Tácito— amigo de Plinio el Joven y trabajó para los emperadores Trajano y Adriano. Su obra más importante es Vida de los doce césares: escrita en el año 121, es un conjunto de biografías desde Julio César hasta Domiciano y una fuente primordial para la historia del Imperio romano.
Quedan diecinueve copias, todas del siglo XIII o anteriores. La más antigua está en la Biblioteca Nacional de Francia y data de finales del siglo VIII o principios del siglo IX.[40] Contiene dos menciones valiosas sobre el cristianismo: la primera en el capítulo xxv dedicado al emperador Claudio: «Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto, provocaban turbulencias»;[41] la segunda se ofrece en la biografía de Nerón, en el capítulo XVI: «Los cristianos, clase de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio».
4. Plinio el Joven
Cayo Plinio Cecilio Segundo fue un escritor y político romano (61-c. 112). Sobrino e hijo adoptivo de Plinio el Viejo, fue todo lo que se podía ser en la época del Imperio (menos emperador): sacerdote del culto al emperador, juez, tribuno militar, tribuno de la plebe, pretor, prefecto de finanzas, cónsul, miembro del colegio de augures y gobernador (de Bitinia en Asia Menor). Amigo y consejero del emperador Trajano, con quien mantenía correspondencia, parte de la cual se ha conservado. En una de esas epístolas datada entre el 18 de septiembre del año 111 y el 3 de enero del 112, le pregunta al emperador sobre el trato que debe dar a los cristianos que ha arrestado:
Es mi regla, señor, referirle a usted todos los asuntos de los que no estoy seguro. Porque ¿quién es más capaz de guiar mi incertidumbre o informar mi ignorancia? Como nunca he estado presente en ningún juicio de los cristianos, desconozco el método y los límites que deben observarse al examinarlos o castigarlos.
También he tenido grandes dudas sobre si se debe hacer alguna diferencia en razón de la edad, o alguna distinción permitida entre el más joven y el adulto; si retractarse permite un perdón, o si un hombre ha sido cristiano una vez, no le ayuda a retractarse; si la mera profesión de cristianismo, aunque sin delitos, o solo los delitos asociados con él, son punibles.
Mientras tanto, el método que he observado con los que me han sido denunciados como cristianos es este: les interrogué si eran cristianos. Si lo confesaron, repetí la pregunta una segunda y una tercera vez, agregando la amenaza de la pena capital. Si aún perseveraban, ordené que los llevaran a la ejecución.
Sea cual sea la naturaleza de sus creencias, al menos no podía sentir ninguna duda de que la terquedad y la obstinación inflexible merecían un castigo. […]
Afirmaron, sin embargo, que toda su culpa o error era que tenían la costumbre de reunirse en un cierto día fijo antes de que amaneciera, y de cantar en versos alternos un himno a Cristo como a un dios, y de atarse a sí mismos, por un juramento solemne, no a las malas acciones, pero nunca cometer ningún fraude, robo, o adulterio, para nunca falsificar su palabra, ni para negar una prenda cuando fueron llamados a entregarla.
Después de esto, tenían la costumbre de separarse y luego reunirse para participar de la comida, pero comida ordinaria e inocente. Incluso esta práctica, sin embargo, la habían abandonado después de la publicación de mi edicto, por el cual, según sus órdenes, había prohibido las asociaciones políticas.
Por tanto, pensé que era más necesario extraer la verdad real, con la ayuda de la tortura, de dos esclavas, a las que llamaban diaconisas: pero no pude descubrir nada más que una superstición depravada y excesiva. […]
Muchas personas de todas las edades y rangos y de ambos sexos están siendo y serán llamadas a juicio. Porque esta superstición contagiosa no se limita solo a las ciudades, sino que también se ha extendido por las aldeas y distritos rurales.[42]
5. Emperador Trajano
Nacido en la Bética (53-117), es una fuente sobre el cristianismo, ya que se conserva parte de su correspondencia con Plinio el Joven.[43] En una carta datada en el año 111 le dice al gobernador de Bitinia:
El método que ha seguido, Secundus mío, para examinar los casos de los que le denunciaron como cristianos es el adecuado. No es posible establecer una regla general que pueda aplicarse como norma fija en todos los casos de esta naturaleza. No se debe realizar ninguna búsqueda de estas personas.
Cuando son denunciados y declarados culpables, deben ser castigados; con la restricción, sin embargo, de que cuando un individuo niega que es cristiano y da prueba de ello, es decir, adorando a nuestros dioses, será perdonado sobre la base del arrepentimiento, aunque anteriormente haya incurrido en sospechas.[44]
6. Mara bar Serapión
Mara, hijo de Serapión, fue un filósofo pagano nacido en Samosata, provincia romana de Siria, en el primer siglo de nuestra era. Solo se conserva una carta de este autor escrita a su hijo, también llamado Serapión, datada en el año 73, que se conservó en un manuscrito del siglo VI o VII que está en la Biblioteca Nacional Británica.[45] En la carta no se abordan temas cristianos, sino que trata sobre los consejos del padre —que está prisionero— a su hijo, a quien recomienda que siga la senda de la sabiduría. En ese contexto menciona la injusticia con que trataron a los «tres hombres sabios», en referencia a Sócrates, Pitágoras y Jesucristo, a quien llama «el rey sabio de los judíos», y cómo Dios castiga a los que se comportaron de esa manera injusta:
¿Qué más podemos decir cuando los sabios están forzosamente arrastrados por tiranos, su sabiduría es capturada por los insultos y sus mentes están oprimidas y sin defensa? ¿Qué ventaja obtuvieron los atenienses cuando mataron a Sócrates? Carestía y destrucción les cayeron encima como un juicio por su crimen. ¿Qué ventaja obtuvieron los hombres de Samos cuando quemaron vivo a Pitágoras? En un instante su tierra fue cubierta por la arena. ¿Qué ventaja obtuvieron los judíos cuando condenaron a muerte a su rey sabio? Después de aquel hecho su reino fue abolido. Dios, de manera justa, vengó a aquellos tres hombres sabios: los atenienses murieron de hambre; los habitantes de Samos fueron arrollados por el mar; los judíos, destruidos y expulsados de su país, viven en la dispersión total. Pero Sócrates no murió definitivamente: continuó viviendo en la enseñanza de Platón. Pitágoras no murió: continuó viviendo en la estatua de Juno. Ni tampoco el rey sabio murió verdaderamente: continuó viviendo en la «nueva ley» que había dado.
La mayoría de los autores no tiene duda de que la referencia al «rey sabio de los judíos» se refiere a Jesucristo y está relacionada con la inscripción INRI con la que lo crucificaron.[46] Mara establece un paralelismo entre la destrucción de Jerusalén presentada como castigo por la muerte de Jesús con las destrucciones de Atenas y Samos debidas a su vez a las muertes injustas de Sócrates y Pitágoras.
7. Celso
Fue un filósofo griego politeísta de finales del siglo II de quien hoy no hubiéramos conocido nada si no fuera porque —ironías de la historia— fue un crítico feroz del cristianismo. La única obra suya que nos ha llegado es el Discurso verdadero, muy polémica y escrita para paliar las conversiones al cristianismo. Hoy la conocemos solo porque está parcialmente incluida en la obra de Orígenes de Alejandría Contra Celso, escrita para refutarla.[47]
Celso critica a los cristianos por ignorantes y antipatrióticos, y considera repugnante su costumbre de aceptar a pecadores entre ellos. Acusó a Jesús de ser un mago y un farsante, de realizar los milagros usando magia negra y de plagiar sus enseñanzas de Platón. Advirtió que el cristianismo alejaba a las personas de la religión tradicional politeísta y de los valores conservadores y tradicionales. Y que la idea de que un dios se haga hombre es intolerable; que lo hiciera en un lugar tan remoto, inconcebible; que eligiera pescadores y campesinos como discípulos, absurdo, y que muriera crucificado, un escándalo. Atacó el culto cristiano por carecer de ceremonias impresionantes y por su falta de pompa externa.[48]
Solo se ha conservado un manuscrito completo del Contra Celso, datado en el siglo XIII, a partir del cual se realizaron varias copias.[49]
8. Luciano de Samosata
Fue un escritor satírico y panfletista griego (115-c. 180) del que se conservan unas ochenta obras. En su carta satírica «La muerte de Peregrino», sobre la vida del seudofilósofo Peregrino Proteus, Luciano menciona el cristianismo, al que presenta como un culto crédulo e incauto, aunque también hace referencia a su alta moralidad.
Como sabrás, los cristianos adoran a un hombre hasta este día, el personaje distinguido que introdujo sus ritos novedosos y que murió crucificado por esa razón. […] Como podrás ver, estas criaturas equivocadas comienzan con la convicción general de que son inmortales por siempre, lo cual explica el menosprecio a la muerte y la autodevoción voluntaria que son tan comunes entre ellos. Su primer legislador también los convenció de que todos eran hermanos, desde el momento que se convierten, y ahora niegan a los dioses de Grecia y adoran al sabio crucificado, y viven según sus leyes. Todo esto lo toman con confianza, con el resultado de que desprecian todos los bienes mundanos.[50]
9. Flegón de Trales
Fue un historiador griego del siglo II, nacido en Lidia, actual Turquía, que trabajó para el emperador Adriano. Su obra principal es Olimpiadas, una historia de los Juegos Olímpicos desde su origen hasta el año 137. En su libro 13.º refiere:
En el cuarto año de la 202.ª Olimpiada (hacia el año 33-37) hubo un gran eclipse de sol, mayor que cualquiera que se hubiera conocido hasta entonces, y a la sexta hora del día se volvió de noche, y se pudieron ver las estrellas en los cielos.
Un terremoto ocurrió en Bitinia y destruyó gran parte de la ciudad de Nicea.[51]
Orígenes, haciéndose eco de la obra de Flegón, escribe: «Flegón en su decimotercer o decimocuarto libro de sus crónicas no solo le otorga a Jesús la capacidad de predecir eventos futuros […], sino que también testificó que los resultados se correspondían con Sus predicciones», y además corrobora la referencia al eclipse y el terremoto: «Y con respecto al eclipse que ocurrió en tiempos de Tiberio César, durante cuyo reinado Jesús fue crucificado, y los grandes terremotos que tuvieron lugar, Flegón también —pienso— lo ha escrito en el decimotercer o decimocuarto libro de sus crónicas».[52]
Sexto Julio Africano, otro historiador de los siglos II y III nacido en Jerusalén, escribe la Chronographiai, que pretende ser toda la historia del pueblo griego y judío. Y también recoge las palabras de Flegón: «Flegón anota que, en tiempos de Tiberio César, durante el tiempo de luna llena, hubo un eclipse de sol desde la hora sexta hasta la novena».[53]
10. El Talmud de Babilonia
Este es, después de la Biblia hebrea (Antiguo Testamento para los cristianos), el texto fundamental del judaísmo rabínico y la primera fuente de la ley religiosa judía.[54] El origen del Talmud es la tradición oral que el pueblo judío pasó de generación en generación. El conjunto de estas tradiciones se llama Mishná, fue escrito en hebreo y ordenado según las materias por el rabino Akiba (fallecido en el año 135), tarea continuada por el rabino Meir y terminada por el rabino Judá (año 200). El Talmud de Babilonia incluye los comentarios antiguos a la Mishná, que se llaman Guemará, escritos en arameo y compilados por los rabinos Ashi y Ravina II HaKohen hacia el año 500.
Hay numerosos pasajes en el Talmud que hacen referencia a Jesús, todos ellos escritos con intención peyorativa. «El desprecio es tanto que llega a ser mencionado a veces como peloni (una cierta persona) o en otros pasajes ningún nombre es mencionado en episodios claramente referentes a Él».[55] Resulta irónico que estos autores que pretendían ignorar y despreciar a Jesús se han convertido, sin embargo, en otra fuente segura sobre Jesús y sobre lo que a Él se atribuía (los que creemos en la Providencia también leemos en estos quiebros ingeniosos la agudeza de quien está detrás).
Peter Schäfer, probablemente el más acreditado estudioso del judaísmo antiguo y la primera Iglesia, presentó en 2007 un estudio comparado de catorce manuscritos del Talmud y concluyó que no cabe duda de que estos pasajes se refieren a Jesús de Nazaret.[56] Algunos se incorporaron al Talmud antes del año 200 y otros en los siglos III y IV.[57] También queda claro que los autores del Talmud de Babilonia estaban familiarizados con los Evangelios.
De este modo, el Talmud de Babilonia es otra fuente extracristiana que confirma que Jesucristo existió: se le llama Yeshu, Yeshu ha-Notzri (Jesús el Nazareno), Yeshu ben Stada (hijo de Stada) o Ben Panthera (hijo de Panthera), y dice que fue hijo de María.[58] También confirma que los cristianos consideraban desde los primeros años de esa religión que María había sido especialmente elegida por Dios y que Jesús había nacido de una virgen y contra ello escribieron los autores del Talmud: «La acusación de nacimiento ilegítimo de Jesús […] fue una reacción a la creencia cristiana de concepción y nacimiento virginal de Jesús».[59] Esta pretensión se confirma porque el Talmud habla de Jesús como hijo de José Panthera (supuestamente un soldado romano) y ese apelativo (Panthera) «apareció por la similitud en sonido con el término griego Παρθένος, es decir, “virgen”».[60]
También se afirma en el Talmud que Jesucristo hizo milagros, aunque se catalogaron como magia: «Jesús Nazareno practicó magia, engaño y condujo al pueblo de Israel al error».[61] Y que se hacían milagros en su nombre: «Jacob […] vino a curarlo. Le dijo: “Te hablamos en el nombre de Jesús ben Panthera”».[62] Para los escritores del Talmud, el cristianismo era una herejía atractiva: «Decimos a cualquiera que no frecuente a los herejes (minim), que no escuche sus palabras […]. Si contesta: Estoy seguro de que no escucharé sus palabras y no pecaré con sus actos, contestamos: Incluso si estás seguro, no vayas allí, “guarda distancia con la mujer extraña, porque son muchas las víctimas a las que ha hecho caer”».[63] Nos cuentan que Jesús tenía alguna conexión con la realeza: «Pero Jesús era diferente, ya que era cercano al gobierno»,[64] y que fue juzgado por las autoridades judías y condenado a muerte (según el Talmud, de forma legítima) a los treinta y dos o treinta y tres años de edad.[65] «En la víspera de la Pascua, Jesús fue colgado. Durante cuarenta días antes de la ejecución un heraldo proclamó: “Jesús va a ser lapidado porque practicó brujería y porque sedujo a Israel a la apostasía. Cualquiera que pueda decir algo en su favor, que se presente y abogue en su favor”. Pero como nadie se presentó en su favor, fue colgado en la víspera de la Pascua».
El Talmud también se hace eco de que los cristianos adujeron que Jesús fue acusado por falsos testigos y que no tuvo tiempo de defenderse, por lo que procede a excusarse: «Consecuentemente, la corte le dio todas las oportunidades para defenderse, para que no se dijera que fue falsamente condenado». Esta fuente añade que los discípulos de Jesús también fueron ejecutados por las autoridades judías (aunque el Talmud solo menciona a cinco apóstoles y no doce): «Trajeron a Mattai y dijeron: “Debe ser ejecutado Mattai” […]. Contestaron: “Sí, Mattai debe ser ejecutado, ya que está escrito: Cuando Mattai muera, su nombre perecerá”».[66]
11. Toledot Yeshu
El Sefer Toledot Yeshu (Libro de la historia de Jesús) es un libro anticristiano e intencionadamente ofensivo contra esta religión que presenta una pretendida biografía de Jesucristo. Tiene su origen en la tradición oral judía y es de fecha dudosa, algunos lo datan en los primeros siglos del cristianismo y otros más tarde, incluso tan tardíamente como en el siglo IX.[67] La primera mención conocida es del año 826.[68] Hay varias versiones del Toledot Yeshu que se difundieron extensamente por Europa durante la Edad Media; actualmente se conservan más de cien manuscritos, todos medievales. En él se insulta a Jesucristo y a María, su madre; también se afirma que era hijo ilegítimo de un legionario romano, impostor y hereje judío que seducía a las mujeres.
Aunque su intención es denigrar a Jesucristo, el Toledot Yeshu corrobora que hizo milagros, incluso que resucitó a un muerto y que ascendió a los cielos, pero no por su naturaleza divina, sino gracias a poderes mágicos sacrílegos. También confirma que Jesús fue muerto por los judíos de forma vergonzosa, y da una interesante versión de lo que pasó con su cuerpo: los discípulos de Jesús pretendían robarlo, pero un jardinero llamado Judá se les adelantó. Los cristianos proclamaron la resurrección de Jesús, pero Judá vendió el cuerpo a los sacerdotes judíos por treinta monedas de plata, y estos lo arrastraron por las calles de Jerusalén.
La descripción injuriosa de Jesucristo provocó una reacción antisemita por parte de algunos cristianos, a pesar de que el Toledot Yeshu nunca fue considerado ni normativo ni canónico en la literatura rabínica. Sí fue traducido al alemán por Martín Lutero y citado profusamente en su tratado antisemita de 1543 Vom Schem Hamphoras.[69] Posteriormente el Toledot Yeshu fue usado contra los judíos por conversos al cristianismo como Samuel Friedrich Brenz y contra el cristianismo por autores anticristianos de la llamada Ilustración, como Voltaire y Judah Briel.[70]
El Toledot Yeshu confirma la existencia de Jesucristo —nunca la pone en duda— y detalles interesantes de su vida y muerte. También ratifica que los judíos alegaron que el cuerpo de Jesucristo muerto había sido robado (tal y como aseguran los Evangelios y los primeros padres cristianos).[71]
12. El Corán
El libro sagrado de los musulmanes recoge las enseñanzas de Mahoma, el fundador de la religión islámica.[ 72] Resulta interesante que casi nadie parezca dudar de la existencia histórica de Mahoma (y sí de la de Jesús cuando solo hay «un pequeño número de fuentes no musulmanas contemporáneas o casi contemporáneas que atestigüen la existencia de Mahoma», apenas hay manuscritos antiguos del Corán y las copias que nos han llegado tienen un gran número de variantes y discrepancias.[73]
Todo ello es lógico tratándose de un libro del siglo VII, pero contrasta con el enorme número de fuentes antiguas y fidedignas sobre Jesucristo, con la desmedida cantidad de manuscritos que se conservan de los Evangelios y de aquellas fuentes en numerosos idiomas, y con la inmensa concordancia entre todos. Esto es lo que resulta extraordinario —alguien pensaría que milagroso—, y por tanto sorprende la insistencia de algunos en cuestionar los hechos. Pero así son las cosas…, nadie aseguró que la verdad se abriría paso incontestada, ni que ser cristiano fuera a ser fácil (más bien lo contrario).
Quiero resaltar que el Corán es una fuente más tardía que las anteriores, ya que las enseñanzas de Mahoma fueron recopiladas por el tercer califa, Otmán, en los años 650-659, aunque la canonización completa del libro se realizó bajo Abd al-Malik, el quinto califa, a principios del siglo VIII. En cualquier caso, es otra fuente antigua y no cristiana que corrobora que Jesucristo existió: «Hicimos que [a los profetas] les sucediera Jesús, hijo de María, en confirmación de lo que ya había en la Torá y como dirección y exhortación para los temerosos de Dios».[74] Además —según el Corán—, Jesucristo es el profeta «más santo de todos» y lo menciona en más de 80 aleyas distribuidas por 12 suras.[75] Menciona doctrinas en las que concurre con los cristianos, por ejemplo la anunciación a la Virgen María por parte del arcángel san Gabriel y el nacimiento virginal de Jesús, obra de la omnipotencia de Dios, y algunos hechos recogidos en los Evangelios, como el nacimiento en Belén.[76] También le atribuye la realización de seis milagros a Jesucristo, incluyendo la resurrección de los muertos, pero niega la crucifixión y la resurrección de Jesús: «Y por haber dicho: “Hemos dado muerte al Ungido, Jesús, hijo de María, el enviado de Dios”, siendo así que no lo mataron, ni lo crucificaron, sino que solo se hizo que pareciera así. Los que discrepan acerca de esta “crucifixión” no tienen conocimiento y solo hacen conjeturas. Pero, ciertamente, no lo mataron».[77] Aunque Jesús —afirman— sí ascendió a los cielos, pero sin haber fallecido previamente y por supuesto sin haber resucitado.[78]
Finalmente existe una tradición islámica (que a veces y de forma equivocada se atribuye al Corán) según la cual Dios transformó a otra persona (Simón de Cirene) para que pareciera Jesús, y fue a aquel a quien crucificaron en su lugar.[79]
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Doce fuentes adicionales
Ningún erudito serio se ha atrevido a postular la no historicidad de Jesús.
OTTO BETZ[80]
Hay otras fuentes antiguas no cristianas e independientes que también atestiguan la existencia de Jesucristo, del cristianismo y de muchas de sus creencias. Las consideramos secundarias aunque son tan fidedignas como las primarias, y ello porque las referencias al cristianismo y a Jesús son menos extensas que en las citadas anteriormente, y porque si acude a otros estudios sobre la historicidad de Jesucristo, es muy probable que encuentre referencias a varias de las fuentes que he citado como primarias, siendo Flavio Josefo, Tácito, Suetonio, Plinio el Joven y el Talmud de Babilonia las más citadas. Pero casi ningún autor incluye estas que siguen. Además así suman doce fuentes en cada uno de los dos capítulos, lo que contribuye a hacer el texto más armónico.
1. Thallus
Fue un historiador griego que en el año 52 escribió una historia en tres volúmenes del mundo mediterráneo desde la guerra de Troya. Su obra se ha perdido, pero sus escritos están recogidos por Sexto Julio Africano en su ya citada Chronographiai.
Thallus se hace eco de la crucifixión de Jesucristo. Así lo narra Julio Africano: «En todo el mundo hubo una oscuridad terrible, y las rocas se partieron por un terremoto, y muchos lugares en Judea y otros lugares quedaron destruidos. Thallus, en el tercer libro de sus historias, explica la oscuridad como un eclipse de sol, lo cual me parece irrazonable».[81] Julio Africano explica que un eclipse no puede ocurrir durante la Pascua, cuando la luna está llena y por tanto diametralmente opuesta al sol.
2. Correspondencia entre el rey Abgar V y el emperador Tiberio
El rey Abgar V de Osroene nació en el siglo primero antes de Cristo y murió hacia el año 50.[82] Reinó desde la capital del reino, Edesa. Llamado Ukkàmà en siriaco, que se traduce por «el Negro», y Tácito lo nombra como «rey de los árabes». Fue el primer rey que se convirtió al cristianismo gracias a san Tadeo de Edesa, quien también convirtió a san Aggai y san Mari.[83]
De acuerdo con la tradición recogida en el siglo IV por san Eusebio de Cesarea y con el documento siriaco denominado «Doctrina Addai», Tadeo (también llamado Addai) curó al rey Abgar V de una grave enfermedad (posiblemente lepra) gracias a una reliquia muy especial, el Manto o mandylion de Edesa, que era una tela en la que se había impreso de forma sobrenatural la figura de Jesús (también conocido como Síndone o Sábana Santa).[84] Tanto es esto así que todas las imágenes antiguas de Abgar V que han llegado hasta nosotros muestran al rey con un paño en sus manos en que se puede ver la cara de Jesucristo.
El rey Abgar V fue amigo del prefecto romano en Egipto Aulus Avilius Flaccus, quien había crecido en Roma con los hijos de César Augusto y era amigo cercano del emperador Tiberio. Flaccus gobernó la provincia hasta el año 38 y ayudó a forjar la amistad entre Trajano y Abgar V, de la que da cuenta la correspondencia entre ambos.[85] La primera carta la envía el rey de Edesa al emperador y confirma muchos de los eventos narrados en los Evangelios, al tiempo que demuestra por parte de Abgar V un ánimo apologético tan característico de los seguidores de Jesucristo:
Abgar, rey de Armenia, a mi señor Tiberio, emperador de los romanos. Salud.
Sé que nada es desconocido para vuestra majestad, pero como amigo vuestro os quiero proporcionar un mayor conocimiento de los hechos por escrito. Los judíos que moran en los cantones de Palestina han crucificado a Jesús: Jesús sin pecado. Jesús después de tantos actos de bondad y de tantos prodigios y milagros realizados por su bien, incluso resucitando algunos. Estad seguro de que estos no son los efectos del poder de un simple mortal, sino de Dios. Durante el tiempo en que lo crucificaban, el sol se oscureció y la tierra se movió sobresaltada. Jesús mismo tres días después se levantó de entre los muertos y se apareció a muchos. Ahora, en todos los sitios, Su nombre solo invocado por sus discípulos produce los mayores milagros: lo que me ha ocurrido a mí mismo es la mayor prueba de ello. […] Su augusta majestad sabe si debiera publicarse un edicto en todo el mundo a fin de adorar a Cristo como el verdadero Dios. Salud y seguridad.[86]
A esta carta Tiberio responde con una misiva en la que añade otros elementos que conocemos a través de los relatos evangélicos:
Tiberio, emperador de los romanos a Abgar, rey de los armenios. Salud.
Vuestra amable carta me ha sido leída y quiero que os sean dadas las gracias de mi parte. Aunque ya hemos oído de varias personas relatar estos hechos. Pilatos nos ha informado oficialmente de los milagros de Jesús.[87] Nos ha certificado que tras su resurrección de entre los muertos fue reconocido como Dios por muchos […] con respecto a la nación judía, que ha osado crucificar a Jesús quien, como escucho, más que merecer la muerte o la cruz merecía honor, merecía adoración de los hombres. Cuando esté libre de la guerra con la rebelde Hispania, examinaré el asunto y procuraré el trato a los judíos que merecen.
Se conserva una tercera carta del rey Abgar a Tiberio que reconfirma las dos anteriores:
Abgar, rey de los armenios, a mi señor Tiberio, emperador de los romanos. Salud.
He recibido la carta de vuestra augusta majestad y he aplaudido las órdenes emanadas de vuestra sabiduría. Si no os disgustáis conmigo, diré que la conducta del Senado es ridícula y absurda, puesto que de acuerdo con los senadores es solo después del examen y los sufragios de los hombres que se pueda adscribir la divinidad. Entonces, si Dios no le acomoda al hombre, no puede Él ser Dios, puesto que Dios debe ser juzgado y justificado por los hombres. Seguro que parecerá justo a mi señor enviar otro gobernador a Jerusalén en lugar de Pilatos, quien debería ser removido ignominiosamente del poderoso puesto en que lo habéis colocado, puesto que él ha hecho la voluntad de los judíos: ha crucificado a Jesús injustamente y sin vuestro consentimiento. Que [vuestra majestad] disfrute de salud es mi deseo.
Las cartas entre el emperador Tiberio y el rey Abgar V son muy reveladoras, poco conocidas en Occidente, y la mayoría de los estudiosos las consideran legítimas: «Las cartas entre Tiberio y Abgar […] son un núcleo independiente y muy antiguas».[88]
3. Epicteto
Fue un filósofo griego estoico (c. 50-c. 130) que vivió en Roma durante su juventud como esclavo del secretario de Nerón, antes de ser manumitido y fundar su propia escuela de filosofía.
Epicteto tiene una visión neutral o incluso moderadamente favorable al cristianismo en dos textos de sus Discursos (2.9.19-21 y 4.7.6), donde menciona a los locos o perturbados que no temen a los tiranos ni a sus guardas y sus armas. Y entonces habla de los «galileos» —que es como llama a los cristianos—, pues también demuestran una similar falta de miedo: «Por lo tanto, si la locura puede producir este estado de indiferencia acerca de las cosas que hemos mencionado [la muerte], también el hábito, como pasa con los galileos, ¿no pueden la razón y la demostración enseñar al hombre que Dios ha hecho todas las cosas del universo?». Y prosigue afirmando que se puede obtener coraje y valentía mediante la certeza y las demostraciones filosóficas. Epicteto, por lo tanto, presenta a los cristianos como personas sin miedo que adquieren esa valentía gracias a sus certezas.
Asimismo declara que el filósofo estoico no solo debe hablar de filosofía, sino actuar en consecuencia, y lo compara con los cristianos, que no solo creen, sino que obran; no solo propugnan sus creencias, sino que las confirman con sus acciones. Habla de dos tipos de «judíos», aquellos cuyas obras no siguen sus propias palabras y aquellos «bautizados», cuyas obras sí son consecuentes con sus creencias:
Pero cuando adopta el pathos del hombre que ha sido bautizado y ha tomado su decisión, entonces sí es un judío de hecho y también de nombre. Por lo tanto, nosotros somos [como] bautizados falsificados, judíos de palabra, pero en acciones algo distinto, no en conformidad con nuestras propias palabras y lejos de aplicar los principios que profesamos, y sin embargo vanagloriándonos por esos principios al ser hombres que los conocemos.[89]
Este texto demuestra que ya en el siglo I los cristianos tenían la reputación de ser coherentes, no solo contaban con certezas o doctrinas, sino que eran conocidos porque sus obras acompañaban a esas creencias, y también que el conocimiento sobre el cristianismo era amplio en aquella temprana época. «Epicteto no explica quiénes son los cristianos ni cuáles son sus creencias. Parece que espera que su audiencia ya conozca suficientemente estos puntos. Incluso espera que su audiencia sepa de la teoría cristiana del reemplazo, que proclama que los cristianos son los verdaderos herederos del judaísmo. Por lo tanto, los comentarios de pasada sobre el cristianismo indican un profundo conocimiento de los cristianos».[90]
4. Emperador Adriano
Publio Elio Adriano nació muy probablemente en España, en la provincia Bética en el año 78; fue emperador del Imperio romano desde el año 117 hasta su muerte en el 138. A principios de su reinado recibió una carta de Serenius Granianus, un oficial romano en Asia que le pedía instrucciones sobre cómo tratar a los cristianos, quejándose de que sus enemigos esperaban que los condenara sin juicio. Se conserva la respuesta del emperador dirigida a su sucesor, Minucius Fundanus, procónsul de Asia Menor:
He recibido la carta dirigida a mí por vuestro predecesor Serenius Granianus […]. Por lo tanto, si los habitantes de vuestra provincia sostienen su petición de acusar a los cristianos delante de algún tribunal de Justicia, no les prohíbo que lo hagan. Pero no tendré paciencia si ellos usan de meras súplicas y protestas […]. Por tanto, si alguno formulara acusación y provee prueba de que dichos hombres hacen cualquier cosa contraria a la ley, debes decretar castigos en proporción a las ofensas […] y debes prestar especial atención, y si alguno por mera calumnia eleva una acusación contra cualquiera de esas personas debes asignarle severas penas en proporción a su perversidad.[91]
Este capítulo incluye solo las fuentes no cristianas debido a que el objetivo es estudiar la verosimilitud de la «hipótesis mítica» sobre Jesús y, a la vista de las numerosas pruebas, descartarla por imposible. Pero hay otras numerosas fuentes cristianas igualmente fidedignas (aunque podrían ser acusadas de parciales) que se refieren al emperador Adriano.[92]
5. Emperador Antonino Pío
Nació en el año 86 en Lanuvio, cerca de Roma; fue nombrado emperador para suceder a Adriano en el año 138 y ejerció como tal hasta su muerte en el 161. A finales de su reinado emitió un rescripto a las ciudades de Asia con ocasión de varios terremotos que causaron gran alarma en aquella provincia.[93]
La carta que recibió el emperador menciona a los cristianos, y Antonino Pío, en su rescripto, responde sobre cómo debe ser el trato que ha de darse a ese grupo religioso (añado explicaciones entre corchetes para ayudar a la comprensión):
El emperador Cesar Tito Aelio Adriano Antonino Augusto Pío, pontífice máximo, con poder tribunicio por vigésima cuarta vez, emperador por segunda vez, cónsul por cuarta vez, padre del país, al concejo de Asia, saludos.
Hubiera supuesto que era una preocupación de los dioses que esas personas [los cristianos] no escaparan, ya que era más probable que ellos [los dioses] castigaran a aquellos que se niegan a adorarlos. Pero sois vosotros los que creáis problemas a esas personas y las acusáis de tener las opiniones de los ateos y de otras cosas que no se pueden probar. A sus ojos sería ventajoso morir por los cargos de los que se les acusa y probar que son superiores a vosotros, sacrificando sus vidas en lugar de obedeceros en lo que les pedís hacer.
Con respecto de los terremotos que han sucedido y siguen sucediendo, no es poco razonable recordaros que vosotros desesperáis cuando ocurren, y con ello vuestra conducta contrasta con la de esos hombres, ya que ellos [los cristianos] tienen mucha mayor confianza en su dios, mientras que vosotros parecéis no conocer a los dioses durante ese tiempo. Vosotros abandonáis los ritos y desatendéis la adoración a dios y por tanto tenéis envidia de aquellos que le sirven [los cristianos] y los perseguís hasta la muerte.
Acerca de esa gente, otros gobernadores de provincias escribieron a mi divino padre y él les contestó que no fueran hostigados a menos que fuera probado que estaban conspirando en algo en contra del Imperio. Muchos me han dado información de esas gentes y les he contestado siguiendo la decisión de mi divino padre. Pero si alguno persiste en acosar a cualquiera de estas gentes solo por serlo [cristiano], el acusado sea exonerado y la persona que acusa sea culpable de la pena.[94]
En esta carta ya se establece que los cristianos eran perseguidos y hostigados injustamente —incluso a los ojos de un emperador pagano—, y que mostraban una confianza en su dios mayor que la de los paganos en los suyos. También muestra que Antonino Pío era conocedor de la política seguida para con los cristianos por su predecesor. Algunos autores dudaban de la autoría de este documento imperial o de su fecha, pero en 2013 se descubrió una inscripción lapidaria en Éfeso que contiene el principio de una carta enviada por el emperador Antonino Pío en el año 159 o 160 a las ciudades de Asia. En esa inscripción se hace referencia en tiempo pasado y con similar lenguaje a los terremotos qu
