Terry PratchettEl color de la magiaLa luz fantásticaRitos igualesMortRechicero¡Guardias! ¡Guardias!PirómidesBrujeríasEl país del fin del mundoDioses menoresImágenes en acciónEl segadorBrujas de viajeLores y damasHombres de armasSoul MusicEricTiempos interesantesMascaradaPies de barroPapá puerco¡Voto a bríos!Carpe JugulumEl Quinto ElefanteLa verdadEl ladrón del tiempoEl último héroe.
TERRY PRATCHETT
El país del f in del mundo
Título original: The Last Continen Segunda edición con esta portada: mayo, 2011 © 1998, Terry y Lyn Pratchett
© de la traducción: Albert Solé
© 2000, Random House Mondadori, S. A.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
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Printed in Spain – Impreso en España ISBN: 978-84-9968-594-4 (vol. 342/9)
Depósito legal: B-20576-2011
Fotocomposición: Comptex & Ass., S. L. Impreso en Barcelona por:
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El Mundodisco es un mundo y un espejo de mundos.
Este no es un libro sobre Australia. No; es sobre un lugar totalmente distinto que, en algunos aspectos y por pura casualidad, resulta un poquito... australiano.
Aun así... calma y tranquilidad, ¿no?
Una tortuga se desplaza lentamente sobre el telón de fondo de las estrellas, transportando a cuatro elefantes sobre su caparazón.
Tanto la tortuga como los elefantes son inimaginablemente grandes, pero allá entre las estrellas la diferencia entre lo enorme y lo minúsculo es, comparativamente hablando, muy pequeña.
Aun así, para lo que estamos acostumbrados a esperar, esta tortuga y estos elefantes son realmente grandes. Sostienen sobre sus espaldas el Mundodisco, con sus vastas tierras, océanos y masas de nubes.
No puede decirse que la gente viva en el Disco más de lo que, en otras partes del multiverso construidas menos artesanalmente, viven en esferas. Puede que los planetas sean el lugar donde sus cuerpos meriendan, pero ellos viven en otro lugar, en mundos propios que trazan cómodas órbitas alrededor del centro de sus cabezas.
Cuando los dioses se reúnen cuentan la historia de un planeta cuyos habitantes contemplaron con escaso interés cómo enormes láminas de hielo capaces de partir continentes enteros chocaban contra otro mundo que, en términos astronómicos, era el vecino de al lado... y luego no hicieron absolutamente nada al respecto porque esa clase de cosas solo ocurre en el Espacio Exterior. Una especie inteligente por lo menos habría encontrado alguien a quien protestar. De todas formas nadie da demasiado crédito a esa historia, porque una raza tan estúpida ni siquiera habría sido capaz de llegar a descubrir el slood.1
Pero la gente, sin embargo, cree otras muchas cosas de todo tipo. Por ejemplo, ciertas personas creen en la leyenda de que en algún lugar hay un anciano que transporta todo el universo dentro de un saco de cuero.
Y además están en lo cierto.
Otras personas dicen: «Eh, un momento, si lleva todo el universo dentro de un saco, entonces se lleva a sí mismo y al saco dentro del saco, porque el universo lo contiene todo. Él incluido. Y el saco, naturalmente. Que a su vez ya lo contiene a él y al saco».
La respuesta a eso es: «¿Y qué?».
Todos los mitos tribales son verdaderos, para un determinado valor del término «verdadero».
Una de las pruebas más frecuentes de la omnipotencia divina es comprobar si pueden ver la caída de un pajarillo. Pero solo hay un dios que tome notas y haga unos cuantos ajustes para que la próxima vez el pajarillo pueda caer más deprisa y desde mayor altura.
Quizá acabaremos averiguando por qué.
Quizá acabaremos averiguando también por qué está aquí la humanidad, aunque esa cuestión es más complicada y suscita la pregunta: «¿Dónde íbamos a estar si no?». Sería terrible pensar que alguna deidad impaciente podría separar las nubes y exclamar: «Maldita sea, ¿todavía estáis ahí? ¡Creía que habíais descubierto el slood hace diez mil años! ¡He encargado diez billones de toneladas de hielo para el lunes!».
Quizá incluso acabemos averiguando por qué el ornitorrinco de pico de pato.1
Caía una gran nevada sobre los jardines y los tejados de la Universidad Invisible, el mayor centro de enseñanza mágica del Mundodisco.
Era una nieve pegajosa, lo que daba al recinto el aspecto de un adorno caro aunque de mal gusto, y se acumulaba alrededor de las botas de McAbre, el Jefe de Canceleros, mientras avanzaba con paso lento y cansino bajo el gélido vendaval nocturno.
Dos canceleros2 más se apartaron del contrafuerte al que se habían pegado para protegerse del viento, se colocaron detrás de McAbre e iniciaron una solemne marcha hacia la entrada principal.
Era una costumbre que ya tenía varios siglos de antigüedad, y en verano siempre había algunos turistas que se quedaban por allí para verla, pero la Ceremonia de las Llaves tenía lugar cada noche en todas las estaciones. Naderías como el viento, la nieve y el hielo jamás la habían interrumpido. Los canceleros de tiempos lejanos se habían encaramado a monstruosidades tentaculadas para llevar a cabo la Ceremonia; habían vadeado riadas, habían agitado en el aire sus bombines para espantar a palomas extraviadas, arpías y dragones, y habían hecho oídos sordos a meros miembros del cuadro académico cuando estos abrían las ventanas de sus dormitorios para aullar imprecaciones del estilo de: «¿Queréis dejar de armar ese maldito jaleo? ¿Qué sentido tiene?». Los canceleros nunca se detenían, ni siquiera se les pasaba por la cabeza la idea de hacerlo. No se puede detener la Tradición. Lo único que se puede hacer es añadirle otra capa.
1. No por qué nada. Meramente por qué.
Los tres hombres llegaron a las sombras que envolvían la entrada principal, casi emborronada entre los torbellinos de nieve. El cancelero de guardia los estaba esperando.
—¡Alto! ¿Quién Va? —gritó.
McAbre saludó.
—¡Las Llaves Del Archicanciller!
—¡Que pasen Las Llaves Del Archicanciller!
El Jefe de Canceleros dio un paso al frente, adelantó ambos brazos con las palmas vueltas hacia su cuerpo y después empezó a tentarse el pecho en el lugar donde algún cancelero enterrado mucho tiempo atrás había lucido dos bolsillos. Palmadita, palmadita. Después extendió los brazos hacia los lados y, doblando los codos, se examinó con rigidez los laterales de la chaqueta. Palmadita, palmadita.
—¡Maldición! ¡Habría Jurado Que Las Tenía Hace Un Momento! —vociferó, articulando cada palabra con la terca diligencia de un bulldog.
El portero saludó. McAbre saludó.
—¿Se Ha Mirado En Todos Los Bolsillos?
McAbre saludó. El portero saludó.
Estaba empezando a acumularse una pequeña pirámide de nieve sobre su bombín.
—Me Parece Que Me Las He Dejado Encima De La Cómoda. Siempre Pasa Igual, ¿Verdad?
—¡Tendría Que Acordarse De Dónde Las Pone!
—¡Un Momento, Quizá Estén En Mi Otra Chaqueta!
El joven cancelero que ejercía de Guardián de la Otra Chaqueta aquella semana dio un paso adelante. Cada hombre saludó a los otros dos. El más joven carraspeó y consiguió decir:
—¡No Puede Ser, He Mirado... Los Bolsillos... Esta Mañana!
McAbre inclinó levemente la cabeza aprobando la forma en que el joven había llevado a cabo su difícil tarea, y volvió a palmearse los bolsillos.
—¡Que No Cunda El Pánico Y Que Lapiden A Los Cuervos, Resulta Que Las Tenía En Este Bolsillo! ¡Soy Un Desastre!
—¡No Se Preocupe! ¡Puede Pasarle A Cualquiera!
—Se Me Cae La Cara De Vergüenza. ¡Un Día De Estos
Me Olvidaré La Cabeza!
Una ventana crujió al abrirse en la oscuridad.
—Hum... Disculpen, caballeros...
—¡Aquí Están Las Llaves, Pues! —anunció McAbre alzando la voz.
—¡Muchísimas Gracias!
—Me peguntaba si no podrían... —siguió diciendo la voz
lastimera, disculpándose por haber osado concebir la idea de
quejarse.
—¡Sin Novedad Y Sereno! —gritó el portero, devolviendo las llaves.
—... hacer un poquito menos de...
—¡Que Los Dioses Bendigan A Todos Los Presentes!
—aulló McAbre, con las venas hinchándose en su grueso cuello
carmesí.
—Y Ahora Tenga Cuidado Con Dónde Las Deja, ¿Eh? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
—¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! —bramó McAbre, hecho una furia. Después saludó rígidamente, ejecutó el «¡Media Vuelta, ar!» haciendo mucho más ruido del estrictamente necesario con los pies y, una vez completado el antiguo intercambio, caminó con paso marcial hacia la vivienda de los canceleros refunfuñando entre dientes.
La ventana del pequeño sanatorio de la universidad volvió a cerrarse.
—Cada vez que veo a ese hombre me entran ganas de maldecir —dijo el tesorero. Rebuscó en su bolsillo y sacó de él su cajita verde de píldoras de extracto de rana, esparciendo unas cuantas por el suelo al abrir la tapa—. Ya he perdido la cuenta de las notas de orden interno que le he enviado. Él dice que es tradicional, pero... Bueno, no sé, siempre arma un escándalo terrible. —Se sonó—. ¿Cómo está el paciente?
—Nada bien —dijo el decano.
El Bibliotecario estaba muy, muy enfermo.
La nieve empezó a acumularse contra la ventana cerrada. Delante del fuego que crepitaba en la chimenea había un montón de mantas. De vez en cuando el montón se estremecía un poco. Los magos lo contemplaban con preocupación.
El catedrático de Runas Recientes estaba pasando febrilmente las páginas de un libro.
—¿Cómo podemos saber si es senilidad o si se trata de otra cosa? —preguntó—. ¿Qué se considera edad avanzada para un orangután? Y encima, es un mago. Y nunca sale de la Biblioteca. Toda esa radiación mágica durante todo el tiempo... La gripe está atacando de alguna manera su campo mórfico, pero la causa podría ser cualquier cosa.
El Bibliotecario estornudó.
Y cambió de forma.
Los magos lanzaron miradas de tristeza a lo que parecía un sillón muy cómodo que, por alguna razón, alguien hubiera tapizado con piel rojiza.
—¿Qué podemos hacer por él? —preguntó Ponder Stibbons, el miembro más joven del cuadro académico.
—Quizá le sentarían bien unos almohadones —dijo Ridcully.
—Eso no ha sido de muy buen gusto, archicanciller. —¿Cómo? Cuando la gente está un poco pachucha siempre le gusta que le pongan unos almohadones bien cómodos, ¿verdad? —replicó el hombre para el que la enfermedad era un misterio.
—Esta mañana era una mesa. De caoba, creo. Por lo menos parece capaz de conservar su color.
El catedrático de Runas Recientes cerró el libro con un suspiro.
—Está claro que ha perdido el control de su función mór fica —dijo—. Supongo que no tiene nada de sorprendente. Me temo que cuando se cambia luego puede cambiar otra vez con mucha más facilidad. Lo sabe todo el mundo.
Lanzó una mirada a la sonrisa congelada del archicanciller y suspiró. Todos sabían que Mustrum Ridcully nunca intentaba entender nada si había alguien cerca que pudiera hacerlo por él.
—Cambiar la forma de un ser vivo resulta bastante difícil, pero cuando se ha hecho una vez luego cuesta mucho menos —tradujo el catedrático de Runas Recientes.
—¿Cómo dices?
—Antes de ser un simio el Bibliotecario era humano, archicanciller. ¿Lo recuerda?
—Ah, sí —dijo Ridcully—. Hay que ver lo fácil que es acostumbrarse a las cosas, ¿verdad? Y según nuestro joven Ponder, los simios y los humanos son parientes.
Los otros magos pusieron cara de no entender nada. Ponder torció el gesto.
—Stibbons me ha estado enseñando algunos de los escritos invisibles —dijo Ridcully—. Son fascinantes.
Los otros magos dirigieron un ceño colectivo a Ponder Stibbons, como el que recibiría alguien a quien acabaran de sorprender fumando en una fábrica de fuegos artificiales. Ahora ya tenían a quién echar la culpa de todo. Como de costumbre...
—¿Le parece prudente, señor? —preguntó el decano. —Bueno, decano, da la casualidad de que soy el archicanciller de este sitio —dijo Ridcully sin inmutarse.
—Un hecho cegadoramente obvio, archicanciller —repuso el decano. Con su tono se habría podido cortar queso.
—Hay que interesarse por las cosas. Para subir la moral, ya sabéis —dijo Ridcully—. Mi puerta siempre está abierta. Me considero un miembro más del equipo.
Ponder volvió a torcer el gesto.
—Pues yo creo que en mi familia no hay ningún simio
—caviló el prefecto mayor—. Quiero decir que... Bueno, en ese caso lo sabría, ¿no? Me invitarían a sus bodas y esas cosas.
Mis padres habrían hecho algún comentario como «No te
preocupes por el tío Charlie, ya supone que ha de oler así»,
¿verdad? Y además habría retratos en...
El sillón estornudó. Hubo un momento de incertidumbre mórfica bastante desagradable, y después el Bibliotecario volvió a asumir su antigua forma. Los magos le observaron con atención para ver qué ocurriría a continuación.
Era cierto que costaba recordar al Bibliotecario en los tiempos en que había sido un ser humano. Nadie recordaba su antiguo aspecto, y ni siquiera se acordaban de su nombre.
Una explosión mágica —algo que siempre era una posibilidad en un lugar como la Biblioteca, con tantísimos libros de magia inestables peligrosamente abarrotados en estanterías— le había introducido de sopetón los misterios de la simiedad. Desde entonces el Bibliotecario no había vuelto la mirada hacia el pasado, y tampoco solía volverla hacia el suelo. Su enorme silueta peluda, balanceándose del último estante con un brazo mientras reordenaba los libros con los pies, era una figura popular entre la población universitaria. Su devoción al deber había sido en un ejemplo para todos.
Esa última frase acababa de componerse, por sí sola y a traición, en la cabeza de Ridcully, y el archicanciller cayó en la cuenta de que, de manera inconsciente, estaba redactando una necrológica.
—¿Alguien ha llamado a un médico? —preguntó. —Esta tarde hicimos venir a Jimmy Dónut1 —dijo el decano—. Trató de tomarle la temperatura, pero me temo que el Bibliotecario le mordió.
—¿Le mordió? ¿Teniendo un termómetro en la boca? —Hum. No exactamente. De hecho, esa pregunta nos lleva directamente a la razón por la que le mordió.
Hubo un momento de solemne silencio. El prefecto mayor alzó una fláccida pata tan negra como el cuero y le dio unas palmaditas distraídas.
—¿El libro dice si los monos pueden contagiarse de infusiones? —preguntó—. ¿Se supone que ha de tener la nariz tan fría?
Se oyó un ruidito curiosamente parecido al que producirían media docena de personas al dar un respingo al mismo tiempo. Los otros magos empezaron a alejarse de su prefecto mayor.
Y durante unos segundos no hubo más sonido que los chasquidos del fuego y el aullar del viento en el exterior.
Los magos fueron volviendo lentamente a sus posiciones anteriores.
El prefecto mayor, con los ademanes asombrados de quien acaba de descubrir que sigue en posesión de todos sus miembros, se quitó el sombrero puntiagudo. Normalmente era algo que un mago solo hacía en las circunstancias más sombrías.
—Bien, se acabó —dijo—. El pobrecito ya va camino de casa. Ha vuelto al gran desierto del cielo.
—A la gran selva del cielo, posiblemente —dijo Ponder Stibbons.
—Bueno, la señora Panadizo quizá podría prepararle un poco de sopa nutritiva y bien caliente —dijo el catedrático de Runas Recientes.
El archicanciller Ridcully pensó en la sopa nutritiva y caliente de la encargada.
—Sí, supongo que o lo cura o lo mata —murmuró, y le dio un par de palmaditas al Bibliotecario—. Ánimo, viejo amigo —dijo—. En menos que canta un gallo estarás de pie y haciendo valiosas contribuciones al equipo.
—De nudillos —le corrigió el decano.
—¿Qué has dicho?
—Que en el caso de los orangutanes hay que decir «de
nudillos», no «de pie».
—Es cierto, archicanciller, ya verá cómo cuando salga de aquí llevará los pies por delante —aportó el catedrático de Runas Recientes.
—Pero qué mal gusto tiene ese hombre —dijo el archicanciller.
Salieron de la habitación y sus voces fueron alejándose por el pasillo:
—Me ha parecido que el antimacasar se le estaba poniendo muy pálido.
—Pero seguramente habrá alguna clase de cura, ¿no? —Esta vieja universidad no será la misma sin él. —Definitivamente es único en su especie.
Después de que se hubieran ido el Bibliotecario extendió cautelosamente un brazo, se tapó la cabeza con una manta, estrechó la bolsa de agua caliente contra su pecho y estornudó.
Y un instante después había dos bolsas de agua caliente, una de las cuales era mucho más grande que la otra y estaba envuelta en una funda de osito de peluche con el pelo rojizo.
En el Disco la luz viaja despacio y es ligeramente pesada, por lo que tiende a acumularse contra las cordilleras más altas. Los magos que se dedican a la investigación han especulado con la existencia de otro tipo de luz mucho más rápida que permite que la luz más lenta sea visible, pero como esta otra luz se mueve demasiado deprisa para verla no han conseguido encontrarle ningún uso.
Lo cierto del asunto es que, a pesar de que el Disco es plano, no todas sus partes experimentan el mismo momento en, valga la redundancia, el mismo momento. Cuando en AnkhMorpork la noche estaba tan avanzada que ya era temprano por la manaña, en otro lugar eran las...
... pero allí no había horas. Había amanecer y crepúsculo, mañana y tarde y, presumiblemente, medianoche y mediodía, pero básicamente lo que había era calor. Y rojez. Algo tan artificial y humano como una hora no habría durado ni cinco minutos en aquel lugar. Se habría resecado y encogido en cuestión de segundos.
Y por encima de todo, había silencio. El silencio de aquel lugar no era la ausencia de sonidos helada y lúgubre del espacio infinito, sino el abrasador silencio orgánico que aparece cuando, desde un tembloroso confín del horizonte rojizo al otro, todo lo que existe está demasiado cansado para hacer ruido.
Pero mientras la oreja de la observación se deslizaba por el desierto, captó algo parecido a un cántico, una frágil letanía aguda que chocaba con el silencio ilimitado igual que una mosca topando contra el cristal de la ventana del universo.
La persona que cantaba casi sin aliento no podía verse porque estaba de pie dentro de un agujero cavado en la tierra rojiza. De vez en cuando, caía un poco de tierra en el montón que se elevaba detrás de él. Un sombrero puntiagudo bastante sucio y maltrecho oscilaba de un lado a otro al compás de la melodía sin melodía. La palabra «Echicero» quizá hubiera estado bordada sobre él con lentejuelas en algún momento del pasado. Las lentejuelas se habían desprendido, pero la palabra todavía era legible en un rojo más brillante allí donde podía distinguirse el color original del sombrero. Varias docenas de moscas minúsculas trazaban órbitas a su alrededor.
La letra de la tonadilla era:
—¡Gusanillos! ¡Eso es lo que vamos a comer! ¡Por eso se
dice «matar el gusanillo»! ¿Y cómo mataremos el gusanillo?
¡Pues gusaneando, que es lo que estamos haciendo! ¡Hurra!
—Otra paletada de tierra describió un arco en el aire para caer
sobre el montón, y el volumen de voz descendió para añadir—: Me pregunto si las moscas serán comestibles...
Dicen que el calor y las moscas de este lugar pueden vol ver loco a un hombre. Pero nadie tiene por qué creérselo, ni siquiera ese elefante de color malva que acaba de pasar en bicicleta.
Por extraño que resulte, el loco del agujero era la única persona del continente que podría arrojar alguna luz sobre el pequeño drama que se estaba desarrollando a unos mil quinientos kilómetros y a varios metros por debajo de allí, donde el buscador de ópalos conocido solo por sus compañeros como Larreleche estaba a punto de hacer el descubrimiento más valioso, pero también más peligroso, de toda su carrera.
El pico de Larreleche apartó la roca y el polvo milenarios y algo refulgió bajo la luz de la vela.
Era verde, como un fuego verde congelado.
Cautelosamente, con la mente tan congelada ahora como la luz que brillaba bajo sus dedos, empezó a picar entre los fragmentos de roca suelta. El ópalo fue captando y reflejando cada vez más luz sobre su rostro a medida que se apartaban los escombros. El resplandor parecía no tener límite.
Finalmente dejó escapar de golpe el aliento que había estado conteniendo.
—¡La releche!
Si hubiera encontrado un opalito verde, digamos que del tamaño de una judía, habría llamado a gritos a sus compañeros y todos se habrían ido a tomar unas cervezas. Un ópalo del tamaño de su mano habría hecho que empezara a dar puñetazos en el suelo. Pero con esto... Larreleche seguía inmóvil, limpiando delicadamente el ópalo con los dedos, cuando los demás mineros vieron la luz y corrieron hacia allí.
O por lo menos empezaron a correr. En cuanto estuvieron un poco más cerca fueron aminorando el paso hasta una especie de procesión reverencial.
Por un momento nadie dijo nada. El resplandor verde iluminaba sus caras.
Entonces uno de los hombres susurró: —Bravo, Larreleche.
—No hay dinero en el mundo para pagarlo, compi. —Ojo, ¿eh? Puede que solo sea pizarra vidriada... —Aun así seguiría valiendo una pasta. Venga, Larreleche, sácalo.
Contemplaron, atentos como gatos, cómo el pico iba desprendiendo más y más roca y encontraba un borde. Y otro borde.
Los dedos de Larreleche empezaron a temblar.
—Con cuidado, compi... Esto tiene lados...
Los mineros dieron un paso atrás cuando los últimos vestigios de tierra dejaron de bloquear la luz. El objeto realmente tenía forma oblonga, aunque el canto inferior era una confusión de polvo y curvas opalinas.
Larreleche dio la vuelta a su pico y apoyó el mango de madera sobre el cristal reluciente.
—La releche, no me aguanto —dijo—. Tengo que saberlo... Golpeó suavemente la roca.
La roca respondió con un eco.
—No puede estar hueco, ¿verdad? —dijo un minero—.
Nunca he oído hablar de algo así.
Larreleche cogió una palanca.
—¡Vale! Vamos a...
Con un plin casi imperceptible, un gran fragmento de ópalo se desprendió cerca de la parte inferior. Era tan delgado como un plato.
Al caer dejó a la vista dos dedos de un pie, que se movieron lentamente dentro del caparazón iridiscente.
—La releche —dijo un minero mientras todos empezaban a retroceder—. Está vivo.
Ponder sabía que nunca debería haber permitido que Ridcully examinara los escritos invisibles. Después de todo, es un principio básico no dejar que tu jefe sepa qué haces de verdad durante todo el día.
Pero sean cuales sean las precauciones adoptadas, tarde o temprano el jefe acabará husmeando por ahí y diciendo cosas como «Así que aquí es donde trabajas, ¿eh?», «Juraría que os había enviado una nota de régimen interno sobre lo de traerse plantas de casa» y «¿Cómo se llama esa cosa que tiene un teclado?».
Y eso último había resultado particularmente problemático para Ponder, porque leer los escritos invisibles era un trabajo delicado y meticuloso, adecuado para la clase de temperamento que sigue las retransmisiones del Grand Prix de Deriva Continental, cultiva montañas bonsái como afición o incluso conduce un Volvo. Requería una atención meticulosa. Requería la clase de mente que disfruta montando rompecabezas en una habitación a oscuras. No requería a Mustrum Ridcully.
La hipótesis levantada alrededor de los escritos invisibles era absurdamente complicada. Todos los libros están tenuemente conectados a través del espacio-B y, por consiguiente, el contenido de todo libro jamás escrito o todavía no escrito puede, en las circunstancias adecuadas, deducirse a partir del estudio concienzudo de los libros ya existentes. Los libros futuros existen en potencia, por así decirlo, de la misma manera en que un estudio suficientemente detallado de una cucharada del caldo primordial acabará sugiriendo la existencia futura del pan de gambas.
Pero debido a las técnicas primitivas utilizadas hasta el momento, basadas en hechizos arcaicos como el Algoritmo Poco Fiable de Bizcochario, eran necesarios varios años de trabajo para obtener aunque solo fuese el fantasma de la página de un libro por escribir.
En un momento de inspiración genial, Ponder había encontrado una forma de salvar ese obstáculo mientras estaba dándole vueltas a la máxima «Si todavía no lo has intentado, ¿cómo sabes que no puede hacerse?». Y los experimentos con Hex, la máquina pensante de la universidad, habían revelado que, de hecho, muchas cosas no son imposibles hasta el mismo momento en que se intenta hacerlas.
Del mismo modo en que un gobierno ajetreado esperará a que la gente descubra la forma de hacer algo nuevo e interesante antes de promulgar una costosa ley que lo prohíba, el universo pone una gran confianza en que las cosas no se intenten en absoluto.
Ponder había descubierto que cuando las cosas sí se intentan, por lo general se convierten enseguida en imposibles, pero cuesta un instante que la imposibilidad de haga efectiva.1 En realidad, son las leyes de la causalidad —que tienen muchísimo trabajo— las que tardan un momento en llegar corriendo y fingir que ha sido imposible hacerlo desde siempre. Usar a Hex para repetir a gran velocidad el intento de muchas formas casi imperceptiblemente distintas produjo un elevado índice de éxitos, y ahora Ponder podía componer párrafos enteros en cuestión de horas.
—Así que en realidad es como un truco de magia de salón, ¿eh? —había dicho Ridcully—. Lo que haces es quitar el mantel tan deprisa que la vajilla no tiene tiempo de recordar que debe caer al suelo.
Y Ponder, con una mueca de dolor, había respondido: —Sí, archicanciller, es exactamente eso. Muy bien dicho. Y ese había sido el origen de todos los problemas ocasionados por Cómo gestionar dinámicamente a las personas para obtener resultados dinámicos de una forma dinámicamente eficaz pero humana en un período de tiempo más bien corto dinámicamente. Ponder no sabía cuándo se escribiría aquel libro, ni siquiera en qué mundo sería publicado, pero resultaba evidente que iba a ser muy popular porque su aleatoria pesca de arrastre en el espacio-B solía producir fragmentos suyos. Quizá incluso fuese más de un libro.
Y los fragmentos habían estado encima de la mesa de Ponder cuando Ridcully empezó a husmear por ahí.
Por desgracia, y como suele ocurrir con las personas a quienes se les da mal algo, el archicanciller se sentía orgulloso de lo bien que se le daba. Confiar en Ridcully para una gestión eficaz equivalía a confiar en el rey Herodes para la Asociación Recreativa Infantil de Belén.
Su enfoque mental de la cuestión habría podido representarse mediante un diagrama de flujo empresarial coronado por un círculo con el título «Yo, que soy el que manda» unido por una línea descendente a otro círculo grande y titulado «Todos los demás».
Hasta entonces el sistema había funcionado bastante bien porque, aunque Ridcully era un administrador imposible, la universidad era imposible de administrar y, como consecuencia, todo había ido sobre ruedas.
Y habría seguido yendo si Ridcully no hubiera empezado a verle el sentido a la preparación de paquetes de promoción profesional y, aún peor, a la descripción de las actividades laborales.
En palabras del catedrático de Runas Recientes:
—Me llamó a su despacho y me preguntó qué es lo que
hago exactamente. ¿Habíais escuchado alguna vez algo así?
¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Esto es una universidad!
—Pues a mí me preguntó si tenía preocupaciones personales —había añadido el prefecto mayor—. Francamente, no veo por qué he de aguantar cosas así.
—¿Y habéis visto ese letrerito que ha colocado encima de su escritorio? —preguntó el decano.
—¿Dices el que pone «La Responsabilidad Empieza Aquí»?
—No, no. Digo el otro, el que pone «Cuando Estás Hasta El Culo De Cocodrilos, Hoy Es El Primer Día Del Resto De Tu Vida».
—¿Y eso significa...?
—No creo que tenga que significar nada. Me parece que se supone que basta con que sea.
—¿Que sea qué?
—Proactivo, creo. Últimamente Ridcully utiliza mucho
esa palabra.
—¿Qué significa?
—Bueno... A favor de la actividad, supongo.
—¿En serio? Qué peligroso. A mí con la inactividad
siempre me ha ido bien en la vida.
La universidad no estaba pasando por sus mejores momentos, y las comidas y las cenas eran lo peor. Ponder tendía a quedar aislado en un extremo de la Gran Mesa, ya que se le consideraba el arquitecto involuntario de aquella repentina tendencia del archicanciller a tratar de Unirlos En Un Equipo Eficaz, Coordinado Y Furiosamente Temible. Los magos no tenían ninguna intención de ser eficaces o coordinados, pero se estaban poniendo furiosos de lo lindo.
Y para colmo, el súbito interés por interesarse de Ridcully significaba que Ponder tendría que darle algunas explicaciones sobre su nuevo proyecto, y un aspecto de Ridcully que no había cambiado era su horrible costumbre de, según sospechaba Ponder, entender deliberadamente mal las cosas.
Ponder siempre se había sentido muy impresionado por el hecho de que el Bibliotecario, un simio —por lo menos habitualmente, aunque aquella noche parecía haber decidido ser una mesita ocupada por un servicio de té forrado de piel rojiza—, tuviera una forma tan humana. De hecho, había demasiadas cosas que tenían básicamente la misma forma. Casi todo lo que había por ahí era en realidad una especie de tubo complicado provisto de dos ojos y cuatro unidades de brazo, pata o ala. O si no, eran peces. O insectos. Vale, arañas también. Y algunas cosas raras como las estrellas de mar y las almejas. Pero aun así, en general la gama de diseños mostraba una sorprendente falta de imaginación. ¿Dónde estaban los monos de seis brazos y seis ojos que hacían piruetas por el dosel verde de la jungla?
Ah, sí, también estaban los pulpos, pero en realidad solo eran una especie de araña subacuática...
Ponder se había dedicado a inspeccionar el más o menos abandonado Museo Universitario de Cosas Bastante Poco Usuales, y se había fijado en un hecho curioso. Quien hubiera diseñado los esqueletos de los animales tenía aún menos imaginación que el fabricante del exterior. El diseñador de exteriores por lo menos se había atrevido con algunas novedades en el departamento de manchas, rayas y pelajes varios, pero el creador de los huesos en general se limitaba a colocar un cráneo encima de una caja torácica, añadir una pelvis un poco más abajo, pegar unos cuantos brazos y piernas y tomarse el resto del día libre. Ciertas cajas torácicas eran más largas, ciertas patas eran más cortas y ciertas manos se convertían en alas, pero todos parecían estar basados en un solo diseño, una talla única estirada o encogida.
A Ponder no le sorprendió demasiado descubrir que era el único de por allí a quien todo aquello le interesaba lo más mínimo. Cuando le comentaba a alguien que los peces, asombrosamente, tenían forma de pez, solo conseguía que le miraran como a un loco.
La paleontología, la arqueología y otras triquiñuelas similares no despertaban gran interés entre los magos. Todos opinaban que si algo estaba enterrado sería por alguna razón, y preguntarse cuál podía ser era una pérdida de tiempo. No vayas desenterrando cosas por ahí, por si acaso luego no quieren dejarse enterrar otra vez.
La teoría más coherente era una que Ponder le oyó exponer a su aya cuando era pequeño. Los monos, afirmaba ella, eran niñitos malos que no entraban en casa cuando los llamaban, y las focas eran niñitos malos que se dedicaban a hacer el vago en la playa en vez de ir a clase. El aya no había extendido el razonamiento para decirle que los pájaros fueran niñitos malos que se acercaron demasiado al borde del acantilado, y de todos modos las medusas habrían sido más vero símiles, pero Ponder no podía evitar pensar que, por muy inofensivamente loca que hubiera estado aquella mujer, tal vez hubiera captado el leve resquicio de una idea...
Ponder había empezado a pasar la mayor parte de sus noches viendo cómo Hex examinaba los escritos invisibles en busca de alguna pista. En teoría, y debido a la naturaleza del espacio-B, Ponder disponía de absolutamente toda la información, pero eso solo significaba que era más o menos imposible localizar lo que fuera que buscara, propósito para el cual han sido concebidos los ordenadores.
Ponder Stibbons era uno de esos infortunados que han sido maldecidos con la convicción de que si pudieran averiguar las suficientes cosas acerca del universo, entonces de alguna manera todo tendría sentido. La meta es la Teoría del Todo, pero Ponder estaba dispuesto a conformarse con la Teoría del Algo y, a altas horas de la noche, cuando Hex parecía enfurruñado, incluso se daría con un canto en los dientes por una Teoría de Cualquier Cosa.
Y a Ponder tal vez le habría sorprendido saber que los magos más veteranos habían acabado aceptando a Hex, a pesar de los comentarios como «En mi época nuestros pensamientos los hacíamos nosostros». La hechicería siempre había sido muy competitiva, y aunque la UI estuviera atravesando por un prolongado período de paz y casi hubiera olvidado los asesinatos informales que hicieron de ella un lugar tan terminalmente emocionante en el pasado, un mago de alto nivel siempre desconfiaba de cualquier joven que estuviera avanzando a buen ritmo, ya que tradicionalmente su itinerario podía pasar por tu yugular.
Por tanto, había algo muy reconfortante en saber que algunos de los mejores cerebros de la universidad, los mismos que una generación atrás habrían estado concibiendo unos planes emocionantísimos a partir de falsos suelos y papel de pared explosivo, pasaban noches enteras en el Edificio de Magia de Altas Energías intentando enseñar a Hex a cantar Lidia, la dama tatuada y dando saltos de alegría cuando, tras seis horas de esfuerzos, lograban que una máquina hiciera algo que cualquier humano que pasara por la calle habría hecho a cambio de dos peniques, después de lo cual pedían que les trajeran unas pizzas de plátano con sushi y acababan dormidos encima del teclado. Los magos más veteranos lo llamaban tecnomancia, y dormían un poco mejor en la cama sabiendo que Ponder y sus estudiantes no estaban durmiendo en las suyas.
Ponder debía de haberse dormido, porque poco antes de las dos de la madrugada lo despertó un grito y se dio cuenta de que tenía la cara metida en su cena. Se quitó de la mejilla un trocito de caballa aromatizada con plátano, dejó a Hex enfrascado en los suaves chasquidos y crujidos de su rutina y siguió el rastro de los ruidos.
El estrépito acabó llevándole hasta la antesala de las enormes puertas que daban a la Biblioteca. El tesorero yacía en el suelo, y estaba siendo abanicado con el sombrero del prefecto mayor.
—Suponemos que el pobre hombre no podía dormir, archicanciller, y entonces bajó a coger un libro... —estaba diciendo el decano.
Ponder alzó la mirada hacia las puertas de la Biblioteca. Alguien había colocado sobre ellas una gruesa tira de cinta negra y amarilla, junto con un cartel de «Peligro, No Entrar Bajo Circunstancia Ninguna». El cartel estaba medio descolgado, y las puertas se hallaban entreabiertas. Eso no tenía nada de sorprendente. Cualquier auténtico mago que se encontrara ante un cartel del estilo de «No abrir esta puerta. De Verdad. Va en serio. Esto no es una broma. Abrir esta puerta significará el fin del universo», abriría automáticamente la puerta para averiguar a qué venía tanto jaleo. Eso hacía que los carteles fueran una pérdida de tiempo, pero por lo menos significaba que cuando entregabas lo que quedaba del mago a sus desconsolados familiares podías decir, mientras ellos cogían el recipiente: «Ya le advertimos que no lo hiciera».
La oscuridad que se extendía al otro lado del umbral estaba sumida en el silencio.
Ridcully extendió un dedo y dio un empujoncito a una de las puertas.
Algo produjo una especie de aleteo detrás del panel de madera y las puertas se cerraron de golpe. Los magos retrocedieron de un brinco.
—¡No lo haga, archicanciller! —exclamó el catedrático de Estudios Indefinidos—. ¡He intentado entrar hace un rato y toda la sección de Ensayos Críticos había entrado en fase crítica!
Un parpadeo de claridad azulada tembló debajo de las puertas.
En cualquier otro lugar alguien habría podido decir: «Solo son libros. Los libros no son peligrosos». Pero hasta los libros corrientes son peligrosos, y no únicamente los que se titulan Fabrique su propia gelignita como los profesionales. Un hombre se sienta en un museo y escribe un libro inofensivo sobre economía política, y de repente millares de personas que ni siquiera lo han leído están muriendo porque quienes sí lo leyeron no han entendido el chiste. El conocimiento es peligroso, y esa es la razón por la que los gobiernos suelen ponerse tan duros con quienes son capaces de tener ideas por encima de un cierto calibre.
Y la Biblioteca de la Universidad Invisible era una biblioteca mágica, construida sobre un retal muy delgado de espaciotiempo. Los estantes más lejanos contenían libros que aún no habían sido escritos, libros que nunca se escribirían. O por lo menos, no aquí. La Biblioteca tenía una circunferencia de unos centenares de metros, pero su radio no tenía límite conocido.
Y en una biblioteca mágica los libros tienen filtraciones, y aprenden los unos de los otros...
—Han empezado a atacar a cualquiera que entre ahí —gimió el decano—. ¡Solo el Bibliotecario puede controlarlos!
—¡Pero somos una universidad! ¡Debemos tener una bi blioteca! —exclamó Ridcully—. Nos da prestigio. ¿Qué clase de personas seríamos si nunca pusiéramos los pies en la Biblioteca?
—Estudiantes —dijo el prefecto mayor, taciturno. —Ah, todavía me acuerdo de cuando era estudiante —dijo el catedrático de Runas Recientes—. El viejo Horrores Tragallett se nos llevó en una expedición para encontrar la Sala de Lectura Perdida. Vagamos de un lado a otro durante tres semanas, y al final tuvimos que comernos las botas.
—¿La encontrasteis? —preguntó el decano.
—No, pero encontramos los restos de la expedición del
año anterior.
—¿Y qué hicisteis?
—También nos comimos sus botas.
Del otro lado de las puertas les llegó un aleteo de cubiertas de cuero.
—Algunos de esos grimorios son realmente feroces —dijo el prefecto mayor—. Pueden arrancarte el brazo de un bocado.
—Sí, pero por lo menos no entienden de picaportes —dijo el decano.
—Si en algún lugar de esa biblioteca hay un libro titulado Picaportes para principiantes, entonces sí que entienden —dijo el prefecto mayor—. Se leen unos a otros.
El archicanciller
