1
Kip se acercó al campo de batalla a gatas y al amparo de la oscuridad, envuelto en una neblina que amortiguaba los sonidos y difuminaba la luz de las estrellas. Aunque los adultos lo evitaban y los niños tenían prohibido ir allí, él había jugado a cielo descubierto en infinidad de ocasiones... de día. Esa noche, su cometido era menos placentero.
Tras coronar la colina, Kip se irguió y se arremangó las perneras. El río siseaba a su espalda, o puede que fueran los guerreros bajo su superficie, muertos desde hacía dieciséis años. Cuadró los hombros y se esforzó por hacer oídos sordos a su imaginación. La niebla propiciaba que se sintiera aislado de todo, inmune al paso del tiempo. Pero aunque no hubiera muestras de ello, el amanecer era inminente. Debía llegar al otro lado del campo de batalla antes de que saliera el sol. Sus excursiones nunca lo habían llevado tan lejos.
Incluso Ramir sentía reparos en acudir allí por las noches. Todo el mundo sabía que la Roca Hendida era un lugar maldito. Pero Ram no tenía que alimentar a su familia; no era su madre la que se fumaba todos sus ingresos.
Kip asió con firmeza el pequeño cuchillo que colgaba de su cinturón y empezó a caminar. Las almas sin descanso no eran las únicas que podrían arrojarlo a la noche eterna. Se había atisbado una manada de jabalinas gigantes merodeando por las noches, tan crueles sus colmillos como afiladas sus pezuñas. Constituían un manjar delicioso si uno disponía de un buen arcabuz, nervios de acero y buena puntería, pero desde que la Guerra de los Prismas acabara con todos los hombres de la ciudad, eran pocos los que estaban dispuestos a jugarse el pescuezo a cambio de unas lonchas de panceta. Rekton era ya una sombra de lo que había sido. La alcaldesa no veía con buenos ojos que sus conciudadanos arriesgaran la vida a la ligera. Además, Kip no tenía ningún arcabuz.
Tampoco eran las jabalinas las únicas criaturas que poblaban la noche. Ni un puma ni un oso dorado le harían ascos a un Kip con abundantes vetas de grasa.
Un aullido quedo atravesó la niebla y la oscuridad cien pasos más adelante, en el interior del campo de batalla. Kip se quedó paralizado. Sí, también había lobos. ¿Cómo había podido olvidarse de ellos?
Algo más lejos, otro lobo emitió su respuesta. Un sonido escalofriante, la voz misma de la espesura. Era imposible no contener el aliento cuando uno oía algo así. Era la clase de belleza que conseguía que uno ensuciara los pantalones.
Kip se humedeció los labios y reanudó la marcha. Lo asaltó el poderoso presentimiento de que estaban siguiéndolo. Acechándolo. Miró por encima del hombro. Allí no había nada. Por supuesto que no. Su madre siempre le había dicho que tenía demasiada imaginación. Sigue andando, Kip. Hay cosas que hacer. Los animales están más asustados de ti que tú de ellos y todo eso. Además, los aullidos poseían la particularidad de que siempre sonaban engañosamente cerca. Con toda probabilidad esos lobos se encontraban a varias leguas de distancia.
Antes de la Guerra de los Prismas, esas tierras eran célebres por sus cultivos. Contiguas al río Umbro, idóneas para los higos, las uvas, las peras, las zarzamoras, los espárragos... allí prosperaba todo. Y habían transcurrido dieciséis años desde la última batalla, uno más de los que contaba Kip. La llanura, sin embargo, seguía estando arrasada y surcada de cicatrices. Del suelo sobresalía un puñado de travesaños calcinados, los restos de antiguos hogares y graneros. Aún perduraban los cráteres y los profundos surcos excavados por la artillería pesada. Llenos ahora de remolinos de niebla, esos cráteres semejaban lagos, túneles, trampas. Sin fondo. Insondables.
Casi toda la magia empleada durante la batalla se había disuelto tarde o temprano tras años de exposición al sol, pero los destellos de las lanzas de luxina verde rotas todavía salpicaban los alrededores. Los fragmentos de amarillo sólido eran capaces de atravesar incluso el cuero más recio del calzado de quien los pisara.
Hacía tiempo que los saqueadores se habían llevado todas las armas de valor, las corazas y la luxina del campo de batalla, pero con el devenir de las estaciones y la alternancia de las lluvias, todos los años salían a la superficie nuevos misterios. Eso era lo que esperaba encontrar Kip, y su objetivo se volvería más visible con los primeros rayos de sol.
Los lobos dejaron de aullar. No había nada peor que oír ese sonido escalofriante, pero al menos así uno sabía dónde estaban. Ahora... Kip tragó saliva con dificultad en un intento por deshacer el nudo que le oprimía la garganta.
Al adentrarse en el valle de la sombra de dos grandes colinas artificiales —vestigios de dos de las grandes piras funerarias en las que habían ardido decenas de miles de almas— Kip vislumbró algo entre los jirones de niebla. El corazón dio un vuelco en su pecho. El contorno curvo de una cogulla de malla. El destello de unos ojos que escudriñaban la oscuridad.
La imagen desapareció tras un remolino brumoso.
Un espectro. Orholam misericordioso. Algún espíritu montando guardia ante su sepultura.
Míralo por el lado positivo. A lo mejor a los lobos les dan miedo los fantasmas.
Kip se dio cuenta de que había dejado de caminar y se había quedado con la mirada fija en las tinieblas. Ponte en marcha, majadero.
Así lo hizo, agazapado. Pese a su tamaño, se preciaba de ser muy sigiloso cuando se lo proponía. A regañadientes, apartó la mirada de la colina; seguía sin haber ni rastro del espectro, el hombre o lo que quiera que fuese. Volvió a experimentar la sensación de que lo seguían. Echó un vistazo a su espalda. Nada.
Un chasquido brusco, como si alguien hubiera dejado caer un guijarro. Y algo por el rabillo del ojo. Kip volvió la mirada hacia lo alto de la colina. Otro chasquido, una chispa, el roce del pedernal contra el acero.
La bruma se iluminó por un instante fugaz y Kip distinguió algunos detalles. No se trataba de ningún fantasma, sino de un soldado golpeando un trozo de pedernal en un intento por encender una mecha de combustión lenta. Cuando prendió, proyectó un resplandor rojizo sobre las facciones del soldado, cuyos ojos dieron la impresión de iluminarse. Acopló la mecha al serpentín de su arcabuz y giró sobre los talones, escudriñando la oscuridad en busca de su objetivo.
Puede que el breve resplandor de la llama, reducida ahora a una brillante ascua carmesí en la mecha, lo hubiese cegado temporalmente, porque su mirada pasó justo por encima de Kip.
El soldado describió otro círculo, atropelladamente, paranoico.
—Pero ¿qué diablos voy a ver aquí fuera... ? Cochinos lobos.
Con suma cautela, Kip empezó a alejarse. Debía adentrarse en la niebla y la oscuridad antes de que la agudeza visual del soldado se recuperase, pero si hacía ruido, el hombre podría disparar a ciegas. Kip caminó de puntillas, en silencio, sintiendo un cosquilleo en la espalda, convencido de que una bala de plomo iba a atravesarlo de un momento a otro.
Pero lo consiguió. Cien pasos más, y nadie dio la voz de alarma. Ningún disparo hendió la noche. Más lejos. Doscientos pasos más y vio luz a su izquierda, una fogata. Se había consumido hasta tal punto que ya solo quedaban unos cuantos rescoldos. Kip intentó no mirarla de frente para conservar la vista. No había ninguna tienda, ni mantas tendidas en el suelo en los alrededores, tan solo el fuego.
Kip puso en práctica el truco de maese Danavis para ver en la oscuridad. Dejó que su mirada se desenfocara e intentó percibir lo que acechaba en la periferia de su visión. Nada, salvo una posible irregularidad. Reanudó su avance.
Había dos hombres tumbados en el suelo helado. Uno de ellos era un soldado. Kip, que había visto a su madre inconsciente en infinidad de ocasiones, supo al instante que este hombre no había perdido el sentido. Sus extremidades apuntaban en todas direcciones de forma antinatural, no lo cubría manta alguna y tenía la boca abierta, desencajada la mandíbula mientras contemplaba el firmamento nocturno sin pestañear. Junto al difunto soldado yacía otro hombre, cargado de cadenas pero con vida. Estaba tendido de costado, con las manos ceñidas por grilletes a la espalda y la cabeza envuelta en un saco negro anudado con fuerza alrededor del cuello.
El prisionero respiraba y estaba tiritando. No, sollozando. Kip miró a su alrededor; no había nadie más a la vista.
—¿Por qué no terminas de una vez, maldito seas?
Kip se quedó paralizado. Pensaba que se había acercado sin hacer ruido.
—Cobarde —continuó el hombre—. Me imagino que solo estarás cumpliendo órdenes. Orholam te aplastará por lo que estás a punto de hacerle a la pequeña ciudad de Rekton.
Kip no tenía la menor idea de a qué se refería el hombre.
Al parecer, su silencio habló por sí solo.
—No eres uno de ellos. —Una nota de esperanza tiñó la voz del prisionero—. ¡Ayúdame, por favor!
Kip dio un paso adelante. El hombre estaba sufriendo. Se detuvo. Miró al soldado fallecido. La pechera de su camisa estaba empapada de sangre. ¿Lo habría matado este prisionero? ¿Cómo?
—Por favor, déjame encadenado si quieres. Pero, por favor, no quiero morir a oscuras.
Aunque le parecía una crueldad, Kip guardó las distancias.
—¿Lo has matado?
—Mi ejecución estaba prevista para el alba. Escapé. Siguió mi rastro y consiguió echarme al saco por encima de la cabeza antes de perecer. Si el amanecer está cerca, su sustituto llegará de un momento a otro.
Kip seguía sin entenderlo. En Rekton nadie confiaba en los soldados que pasaban por allí, y la alcaldesa había pedido a los jóvenes de la ciudad que evitaran su compañía durante algún tiempo; al parecer el nuevo sátrapa, Garadul, se había declarado libre del control de la Cromería. Ahora era el rey Garadul, afirmaba, pero esperaba que los jóvenes de la ciudad continuaran engrosando sus levas. La alcaldesa había dicho a su representante que, puesto que ya no ostentaba el título de sátrapa, había perdido cualquier derecho a exigir levas. Rey o sátrapa, Garadul no aceptaría esa decisión de buen grado, pero Rekton era demasiado pequeña como para merecer su atención. Aun así, lo más prudente sería evitar a sus soldados hasta que las aguas volvieran a su cauce.
Por otro lado, que Rekton no gozara del favor del sátrapa en estos momentos tampoco convertía automáticamente a este hombre en amigo de Kip.
—Así que eres un delincuente —dijo Kip.
—De los de seis sombras hasta el Día del Sol —replicó el hombre. La esperanza se desvaneció de su voz—. Escucha, muchacho... eres un niño, ¿verdad? Lo pareces por tu voz. Hoy voy a morir. No puedo escapar. Ni quiero hacerlo, la verdad sea dicha. Estoy harto de huir. Esta vez lucharé.
—No lo entiendo.
—Tiempo al tiempo. Quítame la capucha.
Pese a las dudas indeterminadas que aún lo asaltaban, Kip desató el medio nudo que sujetaba el saco alrededor del cuello del hombre y le descubrió la cabeza.
Al principio, Kip no supo a qué se refería el prisionero, que se sentó con los brazos inmovilizados aún a la espalda. Debía de rondar la treintena, tyreano como Kip pero de piel más clara, con el cabello ondulado en vez de rizado, esbeltas y musculosas las extremidades. Entonces Kip reparó en sus ojos.
Las personas que podían controlar la luz y crear luxina —los denominados trazadores— siempre poseían unos ojos extraordinarios, impregnados de un tenue residuo de cualquiera que fuese el color que trazaban. A lo largo de su vida, el iris entero terminaba tiñéndose de rojo, o de azul, o de cualquiera que fuese su color. El prisionero era un trazador verde, o lo había sido. En lugar de estar confinado a un halo alrededor del iris, el verde se mostraba en fragmentos, como vajilla hecha añicos contra el suelo. Unos diminutos fragmentos de color verde relucían incluso en el blanco de sus ojos. Kip emitió un grito ahogado y retrocedió.
—¡Por favor! —imploró el hombre—. Por favor, no estoy loco. No te haré daño.
—Eres un engendro de los colores.
—Y ahora sabes por qué escapé de la Cromería.
Porque la Cromería sacrificaba a los engendros de los colores, como haría cualquier granjero con un perro que sucumbiese a la rabia, por mucho cariño que le profesara.
Kip se disponía a salir corriendo, pero el hombre no hizo ningún gesto amenazador. Además, todavía reinaba la oscuridad. Incluso los engendros de los colores requerían luz para trazar. La niebla parecía estar levantándose, no obstante, y el horizonte comenzaba a teñirse de gris. Conversar con un loco era una insensatez, pero no tenía por qué ser peligroso. No hasta que despuntara el sol, al menos.
El engendro de los colores había adoptado una expresión extraña mientras observaba a Kip.
—Ojos azules. —Se rió.
Kip frunció el ceño. Odiaba sus ojos azules. Era distinto que un extranjero como maese Danavis tuviera los ojos azules. A él le quedaban bien. Kip parecía un bicho raro.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el engendro de los colores.
Kip tragó saliva con dificultad mientras pensaba que lo más prudente sería alejarse de allí.
—Venga, por el amor de Orholam, ¿crees que voy a embrujarte con tu nombre? ¿Hasta dónde llega la ignorancia en este rincón olvidado? No es así como funciona la cromaturgia...
—Kip.
El engendro de los colores esbozó una sonrisa.
—Kip. Bueno, Kip, ¿no te has preguntado nunca qué haces atrapado en una vida tan modesta? ¿No has tenido nunca la impresión, Kip, de que eres alguien especial?
Kip guardó silencio. Sí, y sí.
—¿Sabes por qué sientes que te aguarda un destino mayor?
—¿Por qué? —preguntó Kip con voz queda, esperanzado.
—Porque eres un mierdecilla arrogante. —El engendro de los colores se carcajeó.
No debería haber pillado a Kip con la guardia baja. Su madre le había dicho cosas peores. Aun así, tardó un momento en reaccionar. Un pequeño fracaso.
—Púdrete en el infierno, cobarde. Ni siquiera eres capaz de correr. Capturado por soldados con los pies de plomo.
Las risas del engendro de los colores arreciaron.
—Ah, pero es que no me capturaron. Me reclutaron.
¿Quién querría que un demente se uniera a sus filas?
—No sabían que eras un...
—Sí, sí que lo sabían.
El miedo se instaló en el estómago de Kip como una piedra pesada.
—Has mencionado mi ciudad. Antes. ¿Qué se proponen?
—¿Sabes?, Orholam es un bromista. No me había dado cuenta hasta ahora. Eres huérfano, ¿verdad?
—No. Mi madre está viva —replicó Kip. Se arrepintió inmediatamente de haberle revelado siquiera esa migaja de información al engendro.
—¿Me creerías si te dijera que existe una profecía acerca de ti?
—No tuvo gracia ni siquiera la primera vez. ¿Qué va a pasarle a mi ciudad? —El amanecer estaba cerca, y Kip no tenía intención de quedarse a esperarlo. No era solo que entonces se produciría el relevo de la guardia, sino que Kip no sabía qué sería capaz de hacer el engendro cuando hubiera luz.
—¿Sabes?, tú eres el motivo de que esté aquí. No aquí, aquí. No en plan ¿«por qué existo»? No en Tyrea. Encadenado, quiero decir.
—¿Qué?
—La locura contiene poder, Kip. Claro que... —Dejó la frase flotando en el aire mientras se reía de algún pensamiento privado. Recuperó la compostura—. Mira, ese soldado tiene una llave en el bolsillo de la pechera. No pude sacarla, no con... —Sacudió las manos, inmovilizadas por los grilletes a su espalda.
—¿Y por qué iba a ayudarte?
—Por un puñado de respuestas sinceras antes de que salga el sol.
Chiflado y retorcido. Estupendo.
—Dame una antes.
—Dispara.
—¿Qué van a hacer con Rekton?
—Fuego.
—¿Cómo?
—Lo siento, has dicho que querías una.
—¡Eso no es ninguna respuesta!
—Van a arrasar tu aldea. Se tratará de un castigo ejemplar, para que nadie más ose desafiar al rey Garadul. La sublevación se ha extendido a otros lugares. La rebelión del rey contra la Cromería no se ve con buenos ojos en todas partes. Por cada ciudad que arde en deseos de vengarse del Prisma hay otra que no quiere saber nada de la guerra. Tu aldea ha sido elegida a propósito. En cualquier caso, me remordía la conciencia y me opuse. Se cruzaron unas cuantas palabras. Le di un puñetazo a mi superior. La culpa no fue enteramente mía. Saben que los verdes no nos llevamos bien con las normas y la jerarquía. Y menos cuando hemos roto el halo. —El engendro de los colores se encogió de hombros—. Ya está, una respuesta sincera. Con eso me he ganado la llave, ¿no crees?
Era demasiada información como para asimilarla de golpe (¿romper el halo?), pero había sido una respuesta sincera, sin duda. Kip se acercó al cadáver, cuya piel se veía pálida con la creciente claridad. Échale valor, Kip. Averigua todo cuanto puedas.
Kip sabía que el amanecer estaba a la vuelta de la esquina. La noche comenzaba a poblarse de formas siniestras. La colosal silueta geminada de la Roca Hendida se manifestaba allí donde las estrellas desaparecían del firmamento.
¿Qué necesito saber?
Titubeó, reticente a tocar al difunto. Se arrodilló.
—¿Por qué mi ciudad? —Tanteó el bolsillo del difunto, con cuidado de no tocar la piel. Allí estaba, dos llaves.
—Creen que tienes algo que pertenece al rey. No sé de qué se trata. Solo pude escuchar eso a hurtadillas.
—¿Qué podría tener Rekton que interese al monarca?
—No he dicho que Rekton tenga nada. Me refiero a ti.
Kip tardó un segundo en encajar la respuesta.
—¿Yo? —Se llevó la mano al pecho—. ¿Yo personalmente? ¡Pero si no tengo nada!
El engendro de los colores esbozó una sonrisa enloquecida, pero a Kip le pareció que era fingida.
—Entonces debe de tratarse de un trágico error. Error por su parte, y trágico para ti.
—¡¿Qué, piensas que miento?! ¿Crees que estaría aquí fuera, recogiendo restos de luxina, si tuviera elección?
—Lo cierto es que me trae sin cuidado. ¿Me vas a acercar esa llave o te lo tengo que pedir por favor?
Darle las llaves sería un error. Kip lo sabía. El engendro no estaba en sus cabales. Era peligroso. Él mismo lo había reconocido. Pero había cumplido su palabra. ¿Cómo podía faltar Kip a la suya?
Kip abrió los grilletes del hombre, primero, y después el candado que sujetaba las cadenas. Retrocedió con cuidado, como si tuviera delante una fiera salvaje. El engendro fingió no darse cuenta mientras se frotaba los brazos y se estiraba en todas direcciones. Se acercó al guardia y volvió a registrarle los bolsillos. Su mano emergió con un par de anteojos verdes con una lente resquebrajada.
—Podrías venir conmigo —sugirió Kip—. Si lo que dices es cierto...
—¿Cuánto crees que me dejarían acercarme a la ciudad antes de que saliera alguien corriendo, armado con un mosquete? Además, cuando salga el sol... Estoy preparado para lo que venga. —El engendro de los colores respiró hondo, con la mirada perdida en el horizonte—. Dime, Kip, si te has pasado la vida haciendo cosas malas, pero mueres haciendo algo bueno, ¿crees que lo uno compensará lo otro?
—No —respondió con sinceridad Kip, sin poder evitarlo.
—Yo tampoco.
—Pero es mejor que nada —dijo Kip—. Orholam es misericordioso.
—Me pregunto si seguirás pensando lo mismo cuando hayan terminado con tu aldea.
Kip tenía muchas más preguntas, pero los acontecimientos se habían precipitado de tal modo que no lograba ordenar sus ideas.
A la luz creciente Kip vio lo que ocultaban la niebla y la oscuridad. Cientos de tiendas ordenadas con precisión militar. Soldados. Muchos soldados. Mientras Kip enderezaba la espalda, a menos de doscientos pasos de la tienda más próxima, la llanura empezó a rutilar. Los destellos brotaban de los fragmentos de luxina como estrellas esparcidas por el suelo, reflejo de sus hermanas en el firmamento.
Era lo que Kip había venido a buscar. Por lo general, cuando un trazador liberaba luxina, esta se disolvía sin más, fuera del color que fuese. Pero en la batalla había habido tanto caos, tantos trazadores, que varios restos de magia sellada habían quedado enterrados y a salvo de la luz solar que podría desintegrarlos. Las últimas lluvias habían dejado más al descubierto.
Los ojos de Kip, sin embargo, se vieron apartados de la reluciente luxina por cuatro soldados y un hombre embozado en una brillante capa roja, con anteojos del mismo color, que se encaminaban hacia ellos procedentes del campamento.
—Me llamo Gaspar, por cierto. Gaspar Elos —anunció el engendro de los colores, sin mirar a Kip.
—¿Cómo?
—No soy un trazador cualquiera. Mi padre me quería. Tenía planes. Una chica. Una vida.
—No lo...
—Ya lo entenderás. —El engendro se puso las gafas verdes; encajaban a la perfección, ajustadas a su rostro, alargadas a los lados las lentes para que, mirara donde mirase, lo viera todo a través de un filtro verde—. Y ahora, largo de aquí.
Gaspar exhaló un suspiro mientras el sol acariciaba el horizonte. Era como si Kip se hubiera desvanecido. Era como ver a su madre aspirar la primera bocanada de cencellada. Entre los rutilantes espatos de verde oscuro, el blanco de los ojos de Gaspar se arremolinó como gotas de sangre glauca al hundirse en el agua, dispersándose antes de teñir todo el conjunto. El verde esmeralda de la luxina se expandió por sus ojos, se espesó hasta solidificarse y continuó propagándose. Se deslizó por sus mejillas, por las raíces de sus cabellos y por su cuello hasta brillar con fiereza al llegar por fin a las uñas, como si alguien las hubiera pintado de jade radiante.
Gaspar se echó a reír. Era un sonido ronco, un cloqueo disparatado e incesante. Las carcajadas de un loco. Ahora no estaba fingiendo.
Kip empezó a correr.
Llegó al túmulo funerario en el que estaba apostado el centinela, con cuidado de mantenerse en el lado opuesto al ejército. Tenía que ver a maese Danavis. Maese Danavis siempre sabía qué hacer.
Ahora no había ningún centinela en la colina. Kip se giró a tiempo de ver a Gaspar cambiar y transformarse. La luxina verde brotó de sus manos y se propagó por su cuerpo, cubriéndolo por completo como una concha, como una armadura gigantesca. Kip no podía ver a los soldados ni al trazador rojo que se acercaban a Gaspar, pero sí vio una bola de fuego del tamaño de su cabeza que volaba al encuentro del engendro de los colores, se estrelló contra su pecho y estalló, arrojando llamas en todas direcciones.
Gaspar se abrió paso entre la conflagración, envuelto en llameante luxina roja que se adhería a su armadura verde. Su aspecto era magnificente, poderoso y aterrador. Corrió hacia los soldados profiriendo alaridos desafiantes, y el muchacho lo perdió de vista.
Kip emprendió la huida mientras el sol bermellón prendía fuego a la bruma.
2
Un somnoliento Gavin Guile echó un vistazo a las hojas de papel que se deslizaron bajo su puerta y se preguntó por qué querría castigarlo esta vez Karris. Aunque sus aposentos ocupaban la mitad de la planta más alta de la Cromería, las ventanas panorámicas se habían cegado para que, en caso de que lograra conciliar el sueño, pudiera dormir allí. El sello de la carta palpitaba de forma tan sutil que Gavin no era capaz de distinguir el color con el que había sido trazado. Se incorporó a medias en la cama para ver mejor y dilató las pupilas para absorber tanta luz como fuera posible.
Supervioleta. Oh, por todos los...
A su alrededor, las ennegrecidas ventanas que se extendían hasta el techo se hundieron en el suelo, bañando la estancia de luz en todo su espectro al revelarse el sol que coronaba el horizonte sobre las islas gemelas. Con los ojos tan dilatados como los tenía, la magia inundó a Gavin. Contenerla era tarea imposible.
La luz explotó desde él en todas direcciones, atravesándolo en oleadas sucesivas desde el supervioleta hacia abajo. El subrojo fue el último en salir, corriendo por su piel como una llamarada. Se levantó de la cama de un salto, empapado de sudor. Pero con todas las ventanas abiertas, el viento helado de esa mañana de verano entró en tromba en la habitación, dejándolo aterido. Soltó un gritito y volvió a encaramarse a la cama de un respingo.
Debía de haber sido lo bastante alto como para que Karris lo oyera y supiera que su truculento despertar había tenido éxito, porque su inconfundible risa llegó a oídos de Gavin. Puesto que Karris no era supervioleta, debía de haberle pedido a alguien que la ayudara con esta travesura. Un rápido disparo de luxina supervioleta a los controles de la habitación cerró las ventanas y reguló los filtros a la mitad. Gavin extendió una mano para abrir la puerta de golpe, pero se contuvo. No pensaba darle esa satisfacción a Karris. Se suponía que su asignación como chica de los recados de la Blanca debía enseñarle humildad y seriedad. La lección había resultado ser un fracaso, hasta la fecha, aunque la Blanca nunca mostraba todas sus cartas de golpe. Así y todo, Gavin no pudo reprimir una sonrisita mientras se levantaba y recogía los papeles doblados que Karris había introducido bajo la puerta.
Se acercó a esta y encontró una bandeja de desayuno en una mesita de servicio que alguien había dejado justo al otro lado. Todas las mañanas lo mismo: dos barras cuadradas de pan y vino incoloro en una copa de cristal transparente. El pan estaba hecho de trigo, cebada, judías, lentejas, mijo y espelta, sin levadura. Se podía sobrevivir con tan solo ese pan. De hecho, había quien estaba sobreviviendo con tan solo ese pan. Solo que no era Gavin. En vez de eso, se le revolvía el estómago nada más verlo. Nada le impedía encargar un desayuno distinto, por supuesto, pero nunca lo hacía.
Lo llevó adentro y dejó los papeles encima de la mesa, junto al pan. Uno de ellos era curioso, una simple nota que no parecía escrita en ninguna de las hojas personales de la Blanca, ni en ningún otro tipo de papel oficial blanco empleado en la Cromería. Le dio la vuelta. La oficina de mensajería de la Blanca lo había marcado como recibido de «ST, Rekton»: Satrapía de Tyrea, ciudad de Rekton. Le sonaba de algo; ¿quizá una de esas poblaciones próximas a la Roca Hendida? Claro que, en su día, había habido muchas ciudades allí. Lo más probable era que se tratase de alguien que solicitaba audiencia, aunque en teoría esas cartas se seleccionaban y procesaban de forma independiente.
En cualquier caso, lo primero era lo primero. Abrió ambas hogazas para comprobar que no se ocultara nada en su interior. Satisfecho, sacó un bote del tinte azul que guardaba en un cajón y echó unas gotitas al vino. Agitó la bebida para que se mezclase bien y levantó la copa contra el cielo azul granito de un cuadro colgado en la pared que empleaba a modo de referencia.
El resultado era perfecto, por supuesto. Llevaba casi seis mil mañanas repitiendo este ritual. Casi dieciséis años. Mucho tiempo para alguien que solo contaba treinta y tres de edad. Derramó el vino sobre los pedazos de pan, tiñéndolo de azul... y volviéndolo inofensivo. Una vez a la semana, Gavin preparaba queso azul o fruta del mismo color, pero requería más tiempo.
Cogió la nota de Tyrea.
«Me muero, Gavin. Ha llegado el momento de que conozcas a tu hijo, Kip. —Lina»
¿Hijo? Pero si yo no tengo ningún...
Se le formó un nudo en la garganta de repente, y sintió como si su corazón se expandiera en el pecho, por mucho que los cirujanos le aseguraran que eso era imposible. Relájate, le decían. Eres joven y robusto como un corcel de guerra, le decían. Lo que no le decían era que le echara pelotas. Te apoyan un montón de amigos, tus adversarios te temen y no tienes rival. Eres el Prisma. ¿De qué tienes miedo? Hacía años que nadie le hablaba de esa manera. A veces deseaba que lo hicieran.
Por Orholam, la nota ni siquiera estaba sellada.
Gavin salió al balcón de cristal, comprobando subconscientemente su trazo como hacía todas las mañanas. Fijó la mirada en su mano mientras dividía la luz solar en sus componentes cromáticos como solo él era capaz de hacer, llenando cada dedo de color uno por uno, desde por debajo del espectro visible hasta muy por encima de él: subrojo, rojo, naranja, amarillo, verde, azul, supervioleta. ¿Había notado un tirón al trazar el azul? Volvió a comprobarlo, entornando brevemente la mirada hacia el sol.
No, seguía siendo fácil dividir la luz, seguía sin cometer ningún error. Liberó la luxina y todos los colores escaparon y se disiparon como humo bajo sus uñas, emitiendo el familiar ramillete de fragancias resinosas.
Volvió el rostro hacia el sol, cuya tibieza recordaba a la caricia de una madre. Gavin abrió los ojos y se empapó de cálido rojo balsámico. Adentro y afuera, al compás de su respiración entrecortada, obligándoles a frenar. Dejó escapar el rojo y absorbió un azul oscuro glacial. Sintió como si se le congelaran los ojos. Como de costumbre, el azul le reportó claridad, orden y paz. Pero ningún plan, no con tan poca información. Soltó los colores. Seguía estando bien. Seguían quedándole al menos cinco de sus siete años. Tiempo de sobra. Cinco años, cinco grandes propósitos.
Bueno, tal vez «grandes» no fuese la palabra adecuada.
Aun así, de sus predecesores en los últimos cuatrocientos años, sin contar a quienes habían muerto asesinados o debido a causas naturales, los demás habían servido durante siete, catorce o veintiún años, ni uno más ni uno menos, tras convertirse en Prismas. Gavin había rebasado ya el umbral de los catorce. De modo que tenía tiempo de sobra, y ningún motivo para suponer que él fuera a ser una excepción. O no muchos, al menos.
Cogió la segunda nota y rompió el sello de la Blanca. La vieja bruja lo sellaba todo, a pesar de que compartía la otra mitad de esta planta y Karris entregaba sus mensajes en persona. Pero todo debía estar en su sitio y hacerse correctamente. No cabía duda de que provenía del Azul.
La nota de la Blanca rezaba: «A menos que prefieras llegar tarde a la recepción de los nuevos alumnos esta mañana, estimado lord Prisma, ten la bondad de reunirte conmigo en el tejado».
Gavin miró más allá de los edificios y la ciudad de la Cromería, en dirección a los buques mercantes que se guarecían en la bahía de la isla del Gran Jaspe. Una balandra atashiana de aspecto destartalado maniobraba en esos momentos para atracar al lado mismo de uno de los embarcaderos.
La recepción de los nuevos alumnos. Increíble. No es que estuviese por encima de algo así... bueno, a decir verdad, sí que lo estaba. Se suponía que él, la Blanca y el Espectro debían contrarrestarse mutuamente. Pero aunque el Espectro lo temía más que nadie, lo cierto era que la vieja bruja se salía con la suya más a menudo que Gavin y los siete Colores combinados. Esta mañana debía de sentir deseos de experimentar con él otra vez, y si Gavin quería evitar algo más oneroso, como dar clase, haría bien en acudir a lo alto de la torre.
Gavin trazó su cabello rojo en una coleta apretada y se vistió con el atuendo que su esclava de cámara le había preparado: una camisa marfileña y unos pantalones de lana negros, cortados a medida, con un gran cinturón tachonado de gemas, botas con brocados argénteos, y una capa negra con prominentes y antiguos diseños rúnicos ilytianos bordados con hilo de plata. El Prisma pertenecía a todas las satrapías, por lo que Gavin se esforzaba por honrar las tradiciones de todas las tierras, incluso de aquellas habitadas en su mayoría por piratas y herejes.
Titubeó un momento antes de abrir un cajón y sacar su colección de pistolas ilytianas. Su diseño, característico de Ilyta, era el más avanzado que Gavin hubiera visto jamás. El mecanismo de disparo, denominado «de espoleta», era mucho más fiable que los de mecha. Cada una de las pistolas lucía una larga cuchilla debajo del cañón, e incluso una trabilla para que, cuando las enganchara en el cinturón a su espalda, se sostuvieran con firmeza y reposaran en diagonal a fin de no sufrir ningún corte al sentarse. Los ilytianos pensaban en todo.
Tampoco convenía olvidar que las pistolas ponían nerviosos a los Guardias Negros de la Blanca. Gavin esbozó una sonrisa.
Cuando se giró hacia la puerta y vio el cuadro de nuevo, su sonrisa se desvaneció.
Regresó a la mesa con el pan azul. Agarró una esquina del cuadro, desgastada por el uso, y tiró. El cuadro se abatió silenciosamente para revelar una estrecha rampa.
El conducto no tenía nada de amenazador. Era demasiado pequeño como para que alguien escalara por él, aun después de haber superado cualquier otro obstáculo. Podría tratarse de una rampa para la colada. A Gavin, sin embargo, le parecía más bien la boca del infierno, las mismas fauces de la noche eterna abriéndose de par en par para él. Arrojó uno de los trozos de pan a su interior y esperó. Oyó un topetazo cuando el pan duro golpeó la primera compuerta, un tenue siseo cuando se abrió y volvió a cerrarse, a continuación un topetazo más quedo cuando golpeó la siguiente compuerta, e instantes después un último topetazo. Todas las compuertas seguían funcionando. Todo estaba en orden. Seguro. Se habían producido errores en el transcurso de los años, pero nadie tenía por qué morir esta vez. No hacía falta ponerse paranoicos. A punto estuvo de escapársele un gruñido mientras cerraba el cuadro de golpe.
3
Tres topetazos. Tres siseos. Tres compuertas entre él y la libertad. La rampa escupió un trozo de pan a la cara del prisionero. Lo atrapó al vuelo, casi sin mirar. Sabía que era azul, el azul sereno de un lago profundo al amanecer, cuando la noche tiñe aún el firmamento y el viento no osa acariciar la piel del agua. Sin adulterar por ningún otro color, trazar ese azul era complicado. Peor aún, trazarlo hacía que el prisionero se sintiera aburrido, desapasionado, en paz, en armonía incluso con ese lugar. Y hoy necesitaba el fuego del odio. Hoy pensaba escapar.
Después de todos los años que llevaba allí, a veces ni siquiera conseguía ver el color, como si se hubiera despertado en un mundo pintado en la escala de grises. El primer año había sido el peor. Sus ojos, tan acostumbrados a los matices, tan expertos en analizar todos los espectros lumínicos, habían empezado a engañarlo. Había sufrido espejismos cromáticos. Intentó trazar esos colores en las herramientas que necesitaba para escapar de esa prisión. Pero la imaginación no bastaba para crear magia, se necesitaba luz. Luz de verdad. Había sido un Prisma, por lo que cualquier color serviría, desde los que estaban por encima del violeta hasta los que quedaban por debajo del rojo. Había reunido el calor mismo de su cuerpo, se había empapado los ojos con esos subrojos, y había arrojado eso contra las tediosas paredes azules.
Paredes que, como cabía esperar, estaban blindadas contra unas cantidades de calor tan patéticas. Había trazado una daga azul y se había cortado la muñeca. Donde la sangre goteaba en el suelo de piedra, perdía inmediatamente su color. La segunda vez había copado la sangre en sus manos en un intento por trazar el rojo, pero no logró extraer color suficiente puesto que la única luz que había en la celda era azul. Mojar el pan con sangre tampoco había dado resultado. Su marrón natural siempre estaba teñido de azul, por lo que añadir rojo tan solo producía un morado parduzco. Imposible de trazar. Por supuesto. Su hermano había pensado en todo. Como siempre.
El prisionero se sentó junto al sumidero y empezó a comer. El calabozo tenía la forma de una pelota aplastada: las paredes y el techo componían una esfera perfecta, el suelo era menos empinado pero aun así caía hacia el centro. Las paredes estaban iluminadas desde dentro, todas las superficies emitían una claridad uniforme. La única sombra que había en el calabozo era el propio prisionero. Solo había dos aberturas: la rampa sobre su cabeza, por la que caía la comida y un reguero constante de agua que debía lamer para saciar la sed, y el sumidero del suelo para los desperdicios.
Carecía de utensilios, sus únicas herramientas eran sus manos y su voluntad, siempre su voluntad. Gracias a ella podía trazar lo que quisiera del azul, aunque se disolviera en cuanto su voluntad lo liberara, dejando tan solo polvo y un tenue olor mezcla de mineral y resina.
Pero hoy sería el día en que diera comienzo su venganza, su primer día de libertad. Este intento no fracasaría (se negaba a considerarlo incluso un mero «intento»), y tenía trabajo por delante. Debía hacer las cosas en orden. No lograba recordar si siempre había sido así o si llevaba tanto tiempo empapándose de azul que el color había alterado una parte fundamental de su ser.
Se arrodilló junto al único elemento de la celda que no había creado su hermano. Una solitaria depresión poco profunda en el suelo, una concavidad. Primero frotó la hendidura con las manos desnudas, impregnando la piedra con los aceites corrosivos de las yemas de los dedos durante tanto tiempo como fue capaz. El tejido cicatricial no producía grasa, por lo que hubo de parar antes de dejarse los dedos en carne viva. Pasó dos uñas por el surco que discurría entre su nariz y su pómulo, y dos más entre las orejas y la cabeza, reuniendo más grasa. Recogió aceites de todos los rincones de su cuerpo donde lo hubiera, y untó la hendidura con ellos. Aunque no se produjera ningún cambio discernible, con el paso de los años el hoyo se había vuelto lo suficientemente profundo como para introducir un dedo hasta la segunda falange. Su carcelero había incrustado las piedras infernales que absorbían el color formando una cuadrícula en el suelo. Todo lo que se extendía hasta el punto de cruzar una de esas líneas perdía todo su color prácticamente al instante. Pero la piedra infernal era tremendamente cara. ¿Hasta qué profundidad llegaría?
Si la cuadrícula se extendía tan solo unos cuantos pulgares piedra adentro, sus dedos descarnados podrían rebasarla de un momento a otro. Después de eso, la libertad no estaría muy lejos. Pero si su carcelero había empleado tanta piedra infernal que las líneas entrecruzadas alcanzaban un pie de profundidad, se habría pasado casi seis mil días desollándose los dedos para nada. Moriría allí. Algún día, su hermano bajaría, vería la concavidad (la única huella de su paso por el mundo) y se echaría a reír. Con el eco de esas carcajadas en los oídos, el prisionero sintió que un fogonazo de ira estallaba en su pecho. Avivó esa chispa, se solazó en su calidez. El fuego era suficiente para ayudarle a moverse, suficiente para contrarrestar el azul balsámico y debilitante que reinaba allí abajo.
Por último, orinó dentro de la hendidura. Y observó.
Por un momento, filtrada por el amarillo de su orina, la maldita luz azul se veteó de verde. Contuvo la respiración. El tiempo se ralentizó mientras el verde seguía siendo verde... seguía siendo verde. Por Orholam, lo había conseguido. Había llegado lo bastante hondo. ¡Había rebasado la piedra infernal!
Y entonces el verde desapareció. En cuestión de dos segundos exactos, como todos los días. Profirió un alarido de frustración, pero incluso este era débil, su grito sirvió más para confirmar que aún conservaba el oído que para dar verdadera rienda suelta a su rabia.
La siguiente parte seguía sacándolo de quicio. Se arrodilló junto a la depresión. Su hermano lo había convertido en un animal. En un perro que jugaba con sus propios excrementos. Pero esa emoción era demasiado antigua, la había sondeado tantas veces que ya no conseguía inspirarle más que una efímera tibieza. Al cabo de seis mil días se sentía demasiado derrotado como para indignarse por esta humillación. Tras sumergir las manos en su orina, la restregó por la hendidura tal y como hiciera antes con sus aceites. Aun despojado de todo su color, el orín seguía siendo orín. Debería conservar un punto de acidez. Debería ser capaz de corroer la piedra infernal mucho más deprisa que la grasa corporal por sí sola.
O puede que la orina neutralizara el efecto de los aceites. Quizá estuviera aplazando cada vez más el momento de su huida. No tenía la menor idea. Eso era lo que le volvía loco, no sumergir los dedos en meados calientes. Ya no.
Sacó la orina de la hendidura y la secó con un puñado de trapos azules: su ropa, su almohada, pestilentes de orín. Apestaban desde hacía tanto tiempo que el hedor había dejado de molestarlo. Daba igual. Lo importante era que el hoyo estuviera seco mañana para poder intentarlo de nuevo.
Otro día, otro fracaso. Mañana probaría suerte otra vez con el subrojo. Hacía tiempo que no probaba suerte. Se había recuperado lo suficiente de su último intento. Debería tener las fuerzas necesarias. Cuando menos, su hermano le había enseñado lo fuerte que era realmente. Puede que fuera eso lo que le hacía odiar a Gavin más que nada. Pero era un odio tan frío como su celda.
4
Envuelto en el helor de la mañana, Kip cruzó la plaza de la ciudad tan deprisa como se lo permitía su desgarbada figura de quinceañero. Transpuso la puerta trasera de maese Danavis de cabeza cuando uno de sus zapatos se enganchó en un adoquín.
—¿Estás bien, muchacho? —preguntó maese Danavis desde su asiento frente a la mesa de trabajo, con las cejas oscuras enarcadas sobre unos ojos azul aciano cuyos iris destellaban impregnados del brillante rojo rubí que lo señalaba como trazador. Maese Danavis tenía poco más de cuarenta años, las mejillas rasuradas y el cuerpo fibroso cubierto por unos recios pantalones de trabajo de lana y una fina camisa que, pese a lo temprano de la hora, dejaba al descubierto sus brazos, nervudos y musculosos. Un par de anteojos rojos hacían equilibrios en la punta de su nariz.
—Ay, ay. —Kip se miró las manos, surcadas de rasguños. También le escocían las rodillas—. No, no lo estoy. —Se arremangó las perneras, torciendo el gesto ante el roce del pesado lino, otrora negro, contra sus palmas laceradas.
—Bien, bien, porque... ah, aquí. Dime, ¿son iguales? —Maese Danavis extendió las manos. Ambas eran de un rojo brillante, impregnadas de luxina desde el codo hasta los dedos. Giró los brazos para que su piel clara, del color del kopi con leche, interfiriera lo menos posible con el examen de Kip. Al igual que este, maese Danavis era un mestizo, aunque Kip nunca había oído que nadie le hiciera la vida imposible por ello al trazador, al contrario de lo que ocurría con él. En el caso del tintorero, su mestizaje lo vinculaba a los bosquesangrientos, lo que explicaba las curiosas motitas que le salpicaban la cara (denominadas «pecas») y los destellos rojizos en su cabello oscuro, de lo más anodino por lo demás. Pero al menos su piel, más clara de lo normal, facilitaba la tarea de Kip.
El muchacho señaló una región que abarcaba desde el antebrazo del tintorero a su codo.
—Este rojo cambia de color aquí, y este es un poco más brillante. ¿Puedo, esto, hablar con usted, señor?
Maese Danavis dejó caer las manos con expresión de fastidio, salpicando de luxina carmesí un suelo punteado ya de infinidad de tonos de rojo. La sustancia viscosa se arrugó y se disolvió. La mayoría de las tardes, Kip venía a barrer los restos; la luxina roja era inflamable, incluso en polvo.
—¡Supercromados! Que mi hija lo sea tiene un pase, ¿pero el marido de la alcaldesa? ¿Y tú? ¿Dos hombres en una ciudad? Espera, ¿de qué se trata, Kip?
—Señor, hay un, esto... —Kip titubeó un momento. No se trataba únicamente de que el campo de batalla fuese un lugar prohibido, sino también de que maese Danavis le había dicho una vez que, en su opinión, quienes se dedicaban a saquearlo eran peores que los ladrones de tumbas—. ¿Ha recibido noticias de Liv, señor? —Cobarde. Hacía tres años que Liv Danavis se había marchado a la Cromería para estudiar igual que su padre antes que ella. Solo habían podido permitirse que viniera a casa durante las fiestas de la cosecha el primer año.
—Ven aquí, muchacho. Enséñame esas manos. —Maese Danavis agarró un trapo limpio y secó la sangre, desincrustando la suciedad con movimientos firmes. A continuación, destapó una jarra y sostuvo el trapo sobre su boca. Frotó las palmas de Kip con la tela empapada en brandy.
A Kip se le escapó un grito ahogado.
—No seas crío —lo amonestó maese Danavis. Aunque Kip llevaba haciendo recados para el tintorero desde que tenía memoria, a veces seguía dándole miedo—. Las rodillas.
Kip torció el gesto, se arremangó una pernera y apoyó el pie en un banco de trabajo. Liv era dos años mayor que él, le faltaba poco para cumplir los diecisiete. Ni siquiera la escasez de hombres en la aldea había conseguido que viera a Kip como algo más que un chiquillo, por supuesto, pero siempre se había portado bien con él. Una muchacha bonita, agradable y tan solo accidentalmente condescendiente era lo máximo a lo que podía aspirar Kip.
—Digamos que no todos los tiburones y los demonios marinos están en el mar. La Cromería se ha vuelto un lugar inhóspito para los tyreanos desde la guerra.
—Entonces, ¿cree que podría regresar a casa?
—Kip —dijo maese Danavis—, ¿tu madre vuelve a estar en aprietos?
Maese Danavis había rehusado aceptar a Kip como aprendiz de tintorero alegando que en la pequeña Rekton no había trabajo suficiente como para garantizarle un porvenir, e insistiendo en que si él mismo era un tintorero mediocre, a lo sumo, era porque podía trazar. Su ocupación había sido otra antes de la Guerra de los Prismas, obviamente, porque había estudiado en la Cromería. Eso no era barato, y la mayoría de los trazadores debían prestar juramento al servicio a fin de pagar los gastos. De modo que el maestro de maese Danavis debía de haber fallecido durante la guerra, dejándolo abandonado. Pero pocos adultos hablaban acerca de aquellos días. Tyrea había perdido y todo se había ido al garete, eso era lo único que sabían Kip y los demás niños.
Aun así, maese Danavis pagaba a Kip para que le hiciera algunos recados y, al igual que la mitad de las madres de la ciudad, se encargaba de que no se marchara con el estómago vacío cada vez que le hacía una visita. Mejor aún, siempre permitía que Kip se comiera las tartas que enviaban las mujeres de la ciudad en un intento por llamar la atención del apuesto solterón.
—Señor, hay un ejército al otro lado del río. Se disponen a arrasar la ciudad para darnos un castigo ejemplar por desafiar al rey Garadul.
Maese Danavis empezó a decir algo, pero vio que Kip hablaba en serio. Guardó silencio por unos instantes, tras los cuales toda su conducta cambió.
Comenzó a acribillar a preguntas a Kip: cuál era su paradero exacto, cuándo había estado él allí, cómo sabía que se disponían a arrasar la ciudad, qué aspecto tenían las tiendas, cuántas había contado, si había más trazadores... Las respuestas de Kip sonaban increíbles incluso para sus propios oídos, pero maese Danavis las aceptó sin rechistar.
—¿Y dijo que el rey Garadul está reclutando engendros de los colores? ¿Estás seguro?
—Sí, señor.
Maese Danavis se acarició el labio superior con el pulgar y el índice, como si pretendiera atusarse el bigote pese a su rasurado. Se dirigió a un baúl, lo abrió y sacó una bolsita.
—Kip, tus amigos están pescando en el Puente Verde esta mañana. Tienes que ir a avisarlos. Los hombres del rey tomarán ese puente. Si no les adviertes antes, tus amigos serán asesinados o convertidos en esclavos. Yo avisaré a todos aquí en la ciudad. En el peor de los casos, usa ese dinero para llegar a la Cromería. Liv te ayudará.
—¡Pero... pero, mi madre! ¿Dónde... ?
—Kip, haré cuanto esté en mi mano para ayudarla, a ella y a todos los demás. Nadie más va a salvar a tus amigos. ¿Quieres que esclavicen a Isabel? Sabes lo que harían con ella, ¿verdad?
Kip palideció. Aunque Isa todavía era un marimacho, al muchacho no se le escapaba que estaba convirtiéndose en una bella mujer. No siempre era amable con él, pero la idea de que alguien pudiera hacerle daño lo embargó de rabia.
—Sí, señor. —Kip se giró, dispuesto a marcharse, pero vaciló—. Señor, ¿qué es un supercromado?
—Un grano en el culo. ¡Vete ya!
5
Esto no auguraba nada bueno. La nota, el anuncio de «tienes un hijo», no estaba sellada. Gavin estaría dispuesto a jurar que los esbirros de la Blanca leían toda su correspondencia. Pero Karris se había reído tras entregarle la nota, lo que significaba que ella no lo había hecho. Así que no lo sabía. Aún. Pero había ido a informar a la Blanca. La cual esperaba a Gavin.
Giró los hombros y torció el cuello a un lado y al otro. Satisfecho tras obtener sendos chasquidos, empezó a caminar. Los Guardias Negros se pusieron en marcha tras él, portando mosquetes de mecha, yataganes u otro tipo de armas. Subió las escaleras que conducían al tejado abierto de la Cromería. Como siempre, reparó primero en Karris. Era menuda, con una figura de natural curvilíneo en la que los años de riguroso entrenamiento habían esculpido planos y venas excesivamente prominentes. Hoy llevaba el cabello largo, liso y rubio platino. Ayer era de color rosa. A Gavin le gustaba el rubio. El rubio generalmente indicaba que estaba de buen humor. Los cambios de color de su pelo no tenían nada de mágico. Le gustaba variar con frecuencia, eso era todo. O puede que pensara que sobresalía tanto que ni siquiera merecía la pena intentar pasar desapercibida.
Al igual que los demás Guardias Negros que protegían a la Blanca, Karris lucía unos elegantes pantalones y blusa de color negro, cortados para el combate y sin más adornos que el distintivo de su rango bordado en el hombro y el cuello con hilo de oro. Al igual que los demás, portaba un estilizado yatagán negro, una espada curvada con delicadeza en la punta y recorrida en su práctica totalidad por un solo filo, y en lugar de escudo, un bastón de combate metálico con un punzón en el centro. Al igual que los demás, estaba adiestrada en el uso de ambos, así como de varias armas más. Al contrario que los demás, sin embargo, su piel no compartía el negro intenso de los parianos o los ilytianos.
Tampoco era negro su talante, al parecer. Un rictus travieso aleteaba en sus labios. Gavin enarcó una ceja en su dirección, fingiéndose discretamente ofendido por la anterior jugarreta de Karris con las sombras de su habitación, y se presentó ante la Blanca.
Orea Pullawr era una anciana apergaminada que cada vez se levantaba menos de la silla de ruedas en la que estaba sentada ahora. Sus Guardias Negros procuraban que cada cambio de turno contuviera al menos un hombre fornido en caso de que hubiera que transportarla escaleras arriba o abajo. Pero a pesar de su decrepitud, hacía más de una década que Orea Pullawr no tenía que vérselas con ningún aspirante al manto blanco. Muchas personas ni siquiera eran capaces de recordar su verdadero nombre; era la Blanca, a secas.
—¿Preparado? —preguntó. Incluso después de todos estos años, seguía costándole aceptar que esto no entrañara la menor dificultad para él.
—Me las apañaré.
—Siempre lo haces. —Sus ojos eran claros y grises, salvo por los dos amplios arcos de color que rodeaban sus iris, azules en la parte superior y verdes en la inferior. La Blanca era un bicromo de azul y verde, pero esos arcos de color se diluían en sus ojos, desaturados tras tanto tiempo sin trazar. Cada arco, sin embargo, era tan grueso como resultaba posible y se extendía desde la pupila hasta el borde mismo de cada iris. Si alguna vez volvía a trazar, rompería el halo: el color penetraría en el blanco de sus ojos y ese sería su final. Por eso no llevaba anteojos tintados. Al contrario que otros trazadores retirados, ni siquiera perpetuaba la farsa paseándose con sus anteojos sin usar para recordar a todos lo que había sido en su día. Orea Pullawr era la Blanca, y con eso bastaba.
Gavin se dirigió al estrado. Sobre él, montado en unos rieles arqueados para poderse ajustar en cualquier momento del día o mes del año, colgaba un enorme cristal pulido. No lo necesitaba. Nunca lo había necesitado, pero todo el mundo parecía más tranquilo pensando que requería algún tipo de ayuda para controlar tanta luz. Tampoco se mareaba nunca. Qué injusta era la vida.
—¿Algún deseo en especial? —preguntó.
El modo exacto en que el Prisma percibía los desequilibrios en la magia del mundo seguía constituyendo un misterio. El tema, envuelto en misticismos según los cuales el Prisma estaba conectado de forma directa con Orholam y, por consiguiente, con todas las satrapías, ni siquiera había sido objeto de estudio antes de que Gavin se convirtiera en el Prisma. Incluso la Blanca se mostraba amedrentada cuando preguntaba al respecto, y era la mujer más temeraria que Gavin hubiera conocido en su vida.
No es que hubieran hecho grandes progresos, pero hacía tiempo que la Blanca y él habían llegado a un acuerdo: ella lo estudiaría pormenorizadamente y él cooperaría, y a cambio ella le permitiría viajar sin Guardias Negros siguiendo cada uno de sus pasos. Funcionaba, por lo general. A veces Gavin no podía evitar tomarle el pelo, pues parecía que no habían aprendido nada en los dieciséis años de su nombramiento como Prisma. Claro que, cuando se excedía en sus provocaciones, la Blanca lo llevaba allí y decía que necesitaba examinar urgentemente cómo se desplazaba la luz por su piel. Así que Gavin hacía equilibrios. A cielo descubierto. En invierno. Desnudo.
No era agradable. Por ser como era, Gavin había aprendido con exactitud dónde estaba el límite. En el emperador de las Siete Satrapías, ni más ni menos.
—Me gustaría que empezaras permitiendo que la Guardia Negra haga su trabajo, lord Prisma.
—Me refería al equilibrio.
—Entrenan toda su vida para servirnos. Se juegan la vida. Y tú desapareces, todas las semanas. Acordamos que podrías viajar sin ellos, pero solo en ocasiones urgentes.
¿Servirnos? Es un poco más complicado.
—Vivo peligrosamente —dijo Gavin. Era su sempiterno tema de discusión. Sin duda la Blanca creía que, si no montaba el espectáculo en ese momento, Gavin presionaría para obtener más libertad. Sin duda estaba en lo cierto. Gavin miró fijamente a la Blanca. La Blanca miró fijamente a Gavin. Los Guardias Negros permanecían callados.
¿Es así como los hubieras manejado tú, hermano? ¿O te habrías limitado a someterlos por medios sortílegos? Mi vida está marcada por el poder.
—Nada especial hoy —dijo la Blanca. Gavin puso manos a la obra.
Un Prisma, en esencia, hacía dos cosas que nadie más era capaz de hacer. Primero, Gavin podía dividir la luz en sus colores fundamentales sin ayuda de accesorios externos. Un trazador rojo corriente solo podía trazar un arco de rojo, algunos un arco más amplio, algunos un arco menor. A fin de trazar, debían ver algo rojo: piedras rojas, sangre, una puesta de sol, un desierto, lo que fuese. O, como los trazadores habían descubierto hacía tiempo, podían llevar gafas rojas para filtrar la luz blanca del sol y verlo todo de color rojo. De este modo se obtenía un poder mucho menor, pero era preferible a depender por completo del entorno.
Las mismas limitaciones se aplicaban a todos los trazadores: los monocromos solo podían trazar un color; los bicromos podían trazar dos colores. Se trataba por lo general de colores colindantes, como el rojo y el naranja, o el amarillo y el verde. Los policromos, quienes controlaban tres o más colores, escaseaban, pero incluso ellos debían trazar a partir de los colores que tuvieran a la vista. El Prisma era el único que nunca necesitaba anteojos. Solo Gavin era capaz de dividir la luz dentro de sí mismo.
Eso era ventajoso para Gavin, pero a los demás no les servía de nada. Lo que sí les servía era eso: de pie en lo alto de la Cromería, con la luz atravesando sus ojos, inundando su piel con todos los colores del espectro, rezumando por cada uno de sus poros, podía sentir los desequilibrios de la magia en todo el mundo.
—Al sureste, igual que antes —dijo Gavin—. En el corazón de Tyrea, casi con toda seguridad en Kelfing, alguien está utilizando subrojo, y en grandes cantidades. —El calor y el fuego solían ser indicativos de magia de combate. Era el primer lugar al que acudían la mayoría de señores de la guerra no trazadores o los sátrapas cuando querían matar a alguien. Nada sutil. La cantidad de subrojo empleado en Tyrea sugería que, o bien estaban librando una guerra secreta, o el nuevo sátrapa Rask Garadul había fundado su propia escuela de adiestramiento para trazadores de combate. No era algo que a sus vecinos les alegrara oír. El gobernador ruthgari que ocupaba Garriston, la antigua capital de Tyrea, se alegraría menos que nadie.
Además del exceso de subrojo, se había empleado más magia roja que azul desde el último equilibrio de Gavin, y más verde que naranja. En teoría, el sistema se regulaba por sí solo. Si los trazadores rojos repartidos por el mundo usaban demasiado rojo, trazar comenzaría a volverse más difícil para ellos, al tiempo que se volvía más fácil para los azules. La luxina roja sellada se fragmentaría antes, mientras que la azul duraría más. A ese nivel, era inoportuno e irritante.
Las leyendas hablaban de una era anterior a la llegada de Lucidonius, quien instaurara la verdadera fe de Orholam cuando los centros de magia estaban desperdigados a lo largo y ancho del mundo: verde en lo que ahora era Ruthgar, rojo en Atash, y así sucesivamente, todos ellos adoradores de dioses paganos e inmersos en la superstición y la ignorancia. Algún señor de la guerra había masacrado a casi todos los azules. En cuestión de meses, decían, el mar Cerúleo se convirtió en sangre, la vida se asfixió en sus aguas. A ambos lados del mar, los pescadores sucumbían a la inanición. Los escasos trazadores azules supervivientes se habían esforzado heroicamente por restaurar el equilibrio por sí solos... empleando tanta magia azul que habían terminado matándose en el proceso. Pero esta vez no quedaban trazadores azules. Todo lo que utilizara luxina roja fallaba, los mares volvieron a teñirse de sangre, el hambre y la enfermedad se abatieron sobre la tierra.
Y así una y otra vez. Casi todas las generaciones sufrían algún desastre natural que exterminaba a miles de personas que creían haber hecho algo para ofender a sus caprichosas deidades.
Los Prismas evitaban que la historia se repitiese. Gavin podía presentir los desequilibrios mucho antes de que se manifestara ningún indicio físico, y corregirlos trazando el color opuesto. Cuando los Prismas fallaban, como sucedía inevitablemente tras siete, catorce o veintiún años, la Cromería debía evitar los desastres por la vía difícil; además de correr de un lado a otro sofocando incendios (en ocasiones literalmente), enviaban misivas a todos los rincones del mundo, tal vez urgiendo a los azules a no trazar a menos que se tratara de una emergencia, y a los rojos a trazar más de lo normal. Puesto que todo el mundo podía trazar tan solo una cantidad finita a lo largo de su vida, eso equivalía a precipitar la muerte de los rojos y restringir la utilidad de los azules en las Siete Satrapías. Por eso, en ocasiones así, la Cromería ponía todo su empeño en buscar un sustituto para el Prisma. Y Orholam, en su misericordia, enviaba un nuevo Prisma con cada generación, o eso rezaban las enseñanzas.
Salvo con la generación de Gavin, cuando en su inefable sabiduría Orholam de alguna manera había enviado dos... y el mundo se había hecho pedazos.
Gavin giró lentamente sobre los talones, extendiendo los brazos en cruz y liberando surtidores de luz supervioleta para equilibrar el subrojo, después rojo para contrarrestar el azul, y por último naranja para anular el verde. Cuando el mundo dio la impresión de volver a estar en orden, se detuvo.
Miró a la Blanca con una sonrisa. La expresión de la anciana, como de costumbre, era un enigma. Sus Guardias Negros (trazadores hasta el último de ellos, y por tanto conocedores del inmenso poder que acababa de manejar Gavin) se mostraban igual de impertérritos. O puede que ya estuvieran acostumbrados. Después de todo, era el Prisma. Su trabajo consistía en conseguir lo imposible. Se limitarían a adoptar una pose algo más relajada, a lo sumo. Su trabajo consistía en proteger a la Blanca, incluso de él, llegado el caso.
Gavin era el Prisma y por tanto, en teoría, el emperador de las Siete Satrapías. En la práctica, sus deberes solían ser de índole religiosa. Los Prismas que se convertían en algo más que meros mascarones de proa terminaban retirándose antes de tiempo, por la fuerza. A menudo con carácter permanente. La Guardia Negra daría la vida por protegerlo de cualquier otra persona, pero la Blanca era la máxima autoridad de la Cromería. Llegado el caso lucharían por ella, no por él. Sabían que lo más probable era que muriesen todos, pero, por otra parte, para eso los habían adiestrado. Incluida Karris.
Gavin se preguntaba a veces, si se diera la circunstancia, ¿sería Karris la última en intentar eliminarlo, o la primera?
—¿Karris? —dijo la Blanca—. Te aguarda una nave con destino a Tyrea. Coge esto. Podrás leerlo cuando icéis las velas. Emplead los remos siempre que podáis. El tiempo apremia. —Entregó a Karris una nota doblada, sin sellar siquiera. O bien la Blanca confiaba en que Karris no la abriría antes de zarpar, o bien sabía que la leería inmediatamente, con sello o sin él. Aunque Gavin se preciaba de conocer bien a Karris, no sabía qué haría en este caso.
Karris cogió la nota y realizó una honda reverencia ante la Blanca, sin mirar ni tan siquiera de reojo a Gavin. Acto seguido, dio media vuelta y se fue. Gavin no pudo por menos de observar su retirada, su figura esbelta, grácil y poderosa, pero mantuvo el escrutinio al mínimo. La Blanca se percataría de todas formas, pero si se quedaba embobado, lo más probable era que le dijera algo.
La Blanca agitó una mano mientras Karris se perdía de vista escaleras abajo, y el resto de la Guardia Negra se alejó a una distancia prudencial.
—Bueno, Gavin —dijo la anciana, cruzando los brazos—. Un hijo. Explícate.
6
El Puente Verde distaba menos de una legua de Rekton, corriente arriba. El cuerpo de Kip lo instaba con vehemencia a dejar de correr, pero cada vez que aminoraba el paso se imaginaba a los soldados apareciendo en la orilla opuesta del río. Tenía que llegar allí antes.
Aproximadamente doce pesadillas sobre esclavitud y muerte más tarde, lo hizo. Isabel, Ramir y Sanson estaban apoyadas contra el puente, pescando. Isabel estaba encogida a causa del frío, observando mientras Sanson intentaba engatusar a una trucha arco iris y Ram le decía por qué estaba haciéndolo mal. Todos miraron a Kip cuando se agachó delante de ellos, resoplando. Ni rastro de soldados por ninguna parte.
—Tenemos que irnos —jadeó Kip—. Se acercan soldados.
—¡Oh, no, oh, no! ¡Soldados, no! —se burló Ram, adoptando una expresión aterrada.
Sanson se puso en pie de un salto, creyendo que Ramir hablaba en serio. Sanson, con sus dientes saltones, crédulo y bienintencionado, siempre era el último en pillar los chistes y la víctima más probable de ellos.
—Tranquilízate, Sanson. Era una broma —dijo Ramir, propinándole un puñetazo en el hombro a Sanson, con demasiada fuerza.
La primera vez que oyeron que los reclutadores estaban imponiendo la leva obligatoria habían tardado aproximadamente un segundo en concluir que, si alguno de ellos terminaba al servicio del rey Garadul por la fuerza, ese sería Ram. A los dieciséis era un año mayor que los demás, y el único cuyo aspecto recordaba remotamente al de un soldado.
—Yo no bromeaba —dijo Kip, agachado todavía, con las manos en las rodillas, respirando con dificultad.
Vacilante, Sanson empezó:
—Mi madre dice que la alcaldesa tuvo una pelea gorda con el hombre del rey. Dice que la alcaldesa le dijo que se metiera las órdenes por la oreja.
—Conociendo a la alcaldesa —terció Isa—, seguro que no dijo «oreja». —Sonrió con picardía, y Sanson y Ram se rieron. No comprendían la gravedad de la situación.
Kip vio que Isa miraba a Ram, tan solo un vistazo de reojo, buscando su aprobación. Al encontrarla, Kip percibió que su placer se redoblaba, y se sintió mareado. Otra vez.
—¿Qué ocurre, Kip? —preguntó la muchacha. Grandes ojos castaños, labios carnosos, curvas voluptuosas, piel inmaculada. Era imposible hablar con ella sin sucumbir al hechizo de su belleza. Era aún más guapa que Liv, la verdad, e infinitamente más «palpable».
Kip intentó encontrar las palabras adecuadas. Alguien viene a matarnos, y yo me preocupo por una chica a la que ni siquiera le caigo bien.
Desde el Puente Verde hasta el naranjal más próximo había trescientos o cuatrocientos pasos. Entre el puente y los árboles había pocos lugares en los que ponerse a cubierto.
—Es... —comenzó Kip, pero Ram lo interrumpió sin miramientos.
—Si me capturan, me presentaré voluntario para convertirme en trazador de combate —dijo Ram—. Es peligroso, lo sé, pero si tengo que dejar atrás todo lo que amo, me esforzaré para que valga la pena. —Perdió la mirada en el horizonte, en un futuro exultante. Kip se contuvo para no estrellar el puño contra sus apuestas y heroicas facciones.
»¿Por qué no huís Sanson y tú? —preguntó Ram—. Ya sabes, del temible ejército. Isa y yo queremos despedirnos.
—¿Por qué no podéis despediros delante de nosotros? —quiso saber Sanson.
Isa se ruborizó.
Los ojos de Ram relampaguearon.
—En serio, vosotros dos, no seáis capullos, ¿eh? —dijo, fingiendo que bromeaba.
—Ram, escucha —insistió Kip—. El ejército se dispone a utilizarnos para dar un castigo ejemplar. Tenemos que irnos. Ahora mismo. Maese Danavis ha dicho que querrían capturar el puente. —De hecho, el Puente Verde era una reliquia del último ejército que lo había cruzado. Estaba recubierto de luxina verde, la más resistente: una vez sellada, se disolvía más despacio que las de cualquier otro tipo. Decían que cuando Gavin Guile pasó por aquí a la cabeza de su ejército, dispuesto a aplastar al de su malvado hermano Dazen, el mismísimo Prisma había trazado este puente. Sin ayuda. En cuestión de segundos. El ejército había continuado la marcha sin aminorar el paso, aunque sus forrajeadores habían robado toda la comida y el ganado que aún quedaba en la ciudad. Todos los hombres de la zona habían sido obligados a alistarse en uno u otro bando.
Ese era el motivo de que todos se hubieran criado sin padres. Ninguno de los habitantes de Rekton debería tomarse a la ligera el hecho de que hubiera un ejército a sus puertas. Ni siquiera los niños.
—Hazme un favor, Gordito. Te lo compensaré.
—Si te vas con los soldados, no podrás compensarme nada —dijo Kip. Le daban ganas de estrangular a Ram cuando le llamaba Gordito.
Una nube que no presagiaba nada bueno ensombreció las facciones de Ram. Se habían peleado antes, y Ram siempre ganaba. Pero nunca con facilidad. Kip podía encajar bien los golpes, y en ocasiones se volvía loco. Los dos lo sabían.
—Bueno, hazme ese favor, ¿eh?
—¡Tenemos que irnos! —poco menos que gritó Kip. Aunque tampoco sabía de qué se extrañaba. Cuando se lo proponía, Ram podía ser insufriblemente obstinado. Escogía su objetivo e iba derecho a por él, arrollándolo todo a su paso, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda. Hoy su objetivo era cobrarse la virginidad de Isabel. Así de simple. Ningún ejército invasor de tres al cuarto iba a detener al muy alcornoque.
—De acuerdo. Ven, Isa, nos vamos al naranjal —dijo Ram—. Y no creas que olvidaré esto, Kip.
Ram cogió la mano de la muchacha y tiró de ella hasta que empezó a caminar. Isabel lo siguió con las mejillas encendidas, mirando a Kip por encima del hombro, como si esperase que hiciera algo.
Pero ¿qué podía hacer él? Lo cierto era que se alejaban en la dirección correcta. Si se plantaba delante de Ram y le daba un puñetazo en la cara, Ram lo machacaría... y peor aún, ambos estarían a cielo descubierto. Si Kip seguía sus pasos, Ram podría asumir que buscaba pelea aunque no fuera así, con el mismo resultado.
Isabel seguía mirándolo. Era tan bonita que dolía.
Kip podía quedarse donde estaba. Sin hacer nada. Y esconderse debajo del puente.
¡No!
Kip profirió una maldición. Isa volvió la vista atrás cuando el muchacho salió de la sombra del Puente Verde. Abrió los ojos de par en par, y a Kip le pareció que una sonrisa se insinuaba en sus labios. ¿Alegría sincera al ver que Kip la seguía y se comportaba como un hombre, o malsana vanidad por ser el objeto de una disputa? La mirada de la muchacha se desvió entonces arriba y a la izquierda, hacia la orilla opuesta del río. Sorprendida.
Un hombre gritó algo desde lo alto, pero el siseo de las aguas impidió que Kip distinguiera las palabras. Ram tropezó al llegar a lo alto de la ribera. No hizo nada por recuperar el equilibrio. En vez de eso, cayó de rodillas, se tambaleó y se desplomó de espaldas.
Fue solo cuando el cuerpo inerte de Ram rodó por sí solo que Kip vio la flecha que sobresalía de su espalda.
Isa también la vio. Miró de frente a quienquiera que estuviese en la orilla, miró a Kip de soslayo, y echó a correr en la otra dirección.
—Matadla —ordenó un hombre con voz alta y clara, aunque sin rastro de emoción, en el puente justo sobre la cabeza de Kip.
Kip se sentía mareado, impotente. Había desperdiciado demasiado tiempo. Su mente rechazaba lo que veían sus ojos. Isa corría por la orilla del río, deprisa. Siempre había sido veloz, pero no había donde esconderse ni ponerse a cubierto del flechazo que Kip sabía que era inminente. El corazón martilleaba en su pecho, rugía en sus oídos, y entonces, de improviso, su ritmo se duplicó, se triplicó.
Una sombra imperceptible aleteó en la periferia de su visión: la flecha. El brazo de Kip sufrió un espasmo como si le hubiera alcanzado a él. Un destello azul, apenas visible, fino y flexible, brotó de él para surcar el aire.
La flecha se hundió en el río, a unos buenos quince pasos de Isa. El arquero maldijo. Kip se miró las manos. Estaban temblando... y teñidas de azul. Un azul dolorosamente brillante, como el cielo. Su asombro era tal que se quedó paralizado por un momento.
Volvió a mirar a Isa, ahora a más de cien pasos de distancia. Detectó la misma sombra oscilante cuando otra flecha cruzó la periferia de su visión hasta alojarse entre los omoplatos de Isa. La muchacha cayó de bruces sobre las piedras de la orilla, pero ante los ojos de Kip se irguió lentamente de rodillas, con la flecha sobresaliendo de la parte inferior de su espalda, empapadas de sangre las manos y la cara. Casi había logrado ponerse de pie cuando la siguiente flecha impactó en su espalda. Su rostro se hundió en las aguas poco profundas del río, y no volvió a moverse.
Kip se quedó plantado como un pasmarote, atenazado por la incredulidad. Su vista se clavó en el punto donde la vida escapaba de la espalda de Isa en remolinos carmesíes que se diluían en las aguas cristalinas del río.
Unos cascos de caballo golpetearon con fuerza en el puente sobre sus cabezas. El caos se adueñó de los pensamientos de Kip.
—Señor, los hombres están preparados —anunció alguien encima de ellos—. Pero... señor, esta es nuestra ciudad. —Kip levantó la mirada. La luxina verde del puente sobre su cabeza era traslúcida, y pudo ver las sombras de los soldados; lo que significaba que si Sanson o él se movían, los soldados podrían verlos a su vez.
Tras unos instantes de silencio, el mismo oficial que había ordenado la muerte de Isa dijo con voz glacial:
—¿Deberíamos permitir que los súbditos decidan cuándo obedecer a su rey? Tal vez obedecer mis órdenes debería ser también opcional.
—No, señor. Es solo que...
—¿Has terminado?
—Sí, señor.
—Pues incendiadla. Matadlos a todos.
7
—¿Ni siquiera vas a fingir que no lees mi correo? —preguntó Gavin.
La Blanca soltó una carcajada seca.
—¿Por qué insultar tu inteligencia?
—Se me ocurre media docena de razones, lo que significa que a ti se te podría ocurrir un centenar.
—Estás eludiendo la pregunta. ¿Tienes un hijo? —Pese a su infatigable obstinación por conocer la respuesta (y Gavin sabía que no le permitiría soslayar este tema, ni sutilmente ni de cualquier otra manera), no levantó la voz en ningún momento. La Blanca comprendía la gravedad de la situación mejor que nadie. Ni siquiera los Guardias Negros iban a escuchar esta conversación. Pero si ella había leído su correo sin sellar, cualquiera podría haberlo hecho.
—Que yo sepa, no es cierto. No entiendo cómo podría serlo.
—¿Porque has sido precavido o porque es literalmente imposible?
—No esperarás que responda a eso —dijo Gavin.
—Un Prisma se enfrenta a tentaciones considerables, me hago cargo, y te agradezco la templanza de la que has hecho gala a lo largo de los años... o la discreción, lo que haya sido. No he tenido que vérmelas con jóvenes trazadoras embarazadas ni con padres airados exigiendo que te obligara a desposar a sus hijas. Te doy las gracias por ello. A cambio, no he unido mi voz a la de tu padre para insistir en que te cases, aunque es algo que sin duda nos facilitaría la vida a ambos. Eres un tipo listo, Gavin. Lo suficiente, espero, como para saber que puedes pedirme una esclava de cámara nueva, o lo que necesites. Por lo demás, espero que seas... muy precavido.
Gavin carraspeó.
—Más que nadie.
—No fingiré ser capaz de seguir todas tus idas y venidas, pero hasta donde alcanzan mis conocimientos, no has vuelto a Tyrea desde que acabó la guerra.
—Dieciséis años —musitó Gavin. ¿Dieciséis años? ¿Realmente llevaba dieciséis años encerrado ahí abajo? ¿Qué haría la Blanca si se enterara de que mi hermano aún está vivo? ¿Confinado en un infierno especial bajo esta misma torre?
La anciana enarcó las cejas al reparar en su expresión preocupada.
—Ah. En tiempos de guerra, los hombres y las mujeres que creen que podrían morir en cualquier momento son capaces de hacer muchas cosas. Aquellos fueron tiempos salvajes para ti. De modo que tal vez esta revelación suponga un problema... particular.
El corazón de Gavin se detuvo en seco. Pese al millar de cosas que podrían haber ocurrido hacía dieciséis años, lo más importante ahora era que por las fechas en que debía de haberse engendrado ese niño, Gavin estaba prometido con Karris.
—Si tienes la absoluta certeza de que esto no es cierto —continuó la Blanca—, enviaré a alguien para que le arrebate la nota a Karris. Intentaba hacerte un favor. Ya sabes el genio que tiene. Supuse que sería mejor para ambos si se enteraba de esto mientras está fuera. Con la cabeza fría, me imagino que te perdonará. Pero si me juras que no es cierto, no hay ninguna necesidad de que se entere en absoluto, ¿no crees?
Por un momento, Gavin se preguntó cuáles eran las intenciones de la vieja bruja. La Blanca estaba siendo comprensiva, no cabía duda, pero también había orquestado esta situación para que se desarrollara delante de ella; y el único motivo que podía tener para hacer algo así era ser testigo de la reacción más sincera de Gavin. Se trataba de una maniobra tan bondadosa como cruel, un dechado de astucia, y de ninguna manera accidental. Gavin se recordó por enésima vez que no le convenía contrariar a Orea Pullawr.
—No guardo ningún recuerdo de esa mujer. Ninguno. Pero fue una época espantosa. No... no puedo jurarlo. —Sabía cómo interpretaría eso la Blanca. Pensaría que estaba reconociendo que había engañado a Karris durante su compromiso, pero también que creía que siempre había tomado las debidas precauciones. Los jóvenes cometen errores.
»Tengo que irme —dijo—. Llegaré al fondo de esto. Es problema mío.
—No. —Fue la áspera respuesta de la Blanca—. Ahora es problema de Karris. No voy a enviarte a Tyrea, Gavin. Eres el Prisma. Bastante me pesa tener que mandarte tras engendros de los colores...
—No me mandas. Ocurre tan solo que no me lo impides.
Ese había sido su primer y titánico choque de voluntades. Ella se negaba a permitir que un Prisma se pusiera en peligro, decía que era una locura. Gavin no había esgrimido ningún argumento, pero se negaba a consentir que lo retuvieran. Ella lo había confinado a sus aposentos. Él había hecho saltar las puertas por los aires.
Al final, la Blanca dio el brazo a torcer, y Gavin lo compensaba de otras maneras.
Transcurrido un momento, la anciana dijo con suma delicadeza, en voz muy baja:
—Después de todo este tiempo, Gavin, después de todos los engendros que has matado y de todas las vidas que has salvado, ¿es menos doloroso?
—Tengo entendido que circulan rumores de herejía —repuso con aspereza Gavin—. Alguien está predicando sobre los antiguos dioses de nuevo. Podría investigar.
—Ya no eres el prómaco, Gavin.
—Ni siquiera cincuenta de sus trazadores mal adiestrados podrían...
—Lo que eres es el mejor Prisma que hemos tenido en cincuenta, tal vez cien años. Y podrían tener cincuenta y un trazadores, o quinientos en su blasfema Cromería, así que no quiero ni oír hablar de ello. Karris investigará a esa mujer y a su hijo, a ver qué puede averiguar en el transcurso de sus pesquisas sobre ese tal «rey» Garadul. Puedes esperar su regreso dentro de dos meses. Y hablando de engendros de los colores, se ha visto uno azul, inusitadamente poderoso, en los alrededores del Bosque de Sangre, camino de Ru.
Un engendro de los colores dirigiéndose a las tierras más rojas del mundo. Curioso. Además, los azules solían guiarse por la lógica. No dejaba de ser una distracción, pero parecía interesante, y le impediría reunirse con Karris.
—En tal caso, con vuestro permiso, alteza —dijo, con el característico sarcasmo que siempre teñía sus modales. No aguardó la aprobación de la Blanca antes de amasar su magia y correr hacia el filo de la torre.
—¡Oh, no, no te atrevas!
Gavin se detuvo. Exhaló un suspiro.
—¿Qué?
—¡Gavin! —lo regañó la anciana—. No se te habrá olvidado que me prometiste dar clase hoy. Verte supone un honor inmenso para todos los alumnos. Esperan durante meses para algo así.
—¿Qué clase? —preguntó con suspicacia Gavin.
—Supervioletas. Solo son seis.
—¿No está en esa clase la muchacha que casi no puede cerrarse el corpiño? ¿Lana? ¿Ana? —Que las mujeres persiguieran a Gavin era una cosa, pero esa muchacha llevaba arrojándose a sus pies desde que tenía catorce años.
La Blanca adoptó una expresión compungida.
—Hemos hablado con ella unas cuantas veces.
—Mira —dijo Gavin—, la marea se retira, tengo que alcanzar a Karris. Daré esa clase la próxima vez que nos veamos. Sin excusas ni peleas.
—¿Tengo tu palabra?
—Tienes mi palabra.
La Blanca sonrió como una gata con la panza llena.
—Enseñar te gusta más de lo que estás dispuesto a reconocer, ¿verdad, Gavin?
—¡Bah! —exclamó el Prisma por toda respuesta—. ¡Adiós!
Antes de que la anciana pudiera decir nada más, Gavin reanudó la carrera en dirección al filo de la torre y saltó al vacío.
8
Kip observaba sin pestañear el cuerpo de Isa. Después de ver como los soldados asesinaban a Ram, la muchacha había vuelto la mirada hacia Kip. Buscaba seguridad, protección. Lo había mirado, y había sabido que él no podía salvarla.
Un ruido y una repentina ausencia junto a él hicieron que Kip apartara la mirada de Isa. Sanson había empezado a correr en dirección a la aldea. Puede que no fuese muy listo, pero siempre había sido pragmático. Era la mayor estupidez que había cometido en su vida. Pero Kip no podía culparlo. Tampoco nunca habían visto morir a nadie.
Pero era imposible que los soldados no vieran a Sanson, y ahora él moriría también a menos que Kip hiciera algo para impedirlo.
Kip llevaba demasiado tiempo paralizado, sin hacer nada mientras sus amigos morían. No pensó. Actuó. Empezó a correr en dirección contraria.
Kip detestaba correr. Cuando Ram corría, era como ver a un perro de caza persiguiendo a un ciervo, todo músculos acerados y potencia fluida. Cuando Isa corría, era como ver a ese mismo ciervo huyendo, toda elasticidad y velocidad asombrosa. Kip corría como una vaca lechera dirigiéndose al pasto. Aun así, nadie se esperaba su aparición.
Alcanzó el cuerpo de Ram y el máximo de su velocidad antes de oír el primer grito. Llegó a la orilla del río sin aminorar apenas. Una vez su masa se ponía en movimiento, era difícil pararlo.
Para un árbol muerto cuyo tronco quedaba a la altura de sus espinillas, prácticamente oculto entre la hierba alta, no fue tan difícil. La pierna de Kip se estrelló contra la madera en plena zancada, y el muchacho salió disparado hacia delante. Cayó de bruces y se giró como un pez fuera del agua. El dolor le teñía la vista de rojo y negro. Por un segundo pensó que iba a vomitar, después se sintió mareado. Bajó la mirada esperando ver el hueso de su pierna al descubierto. Nada. Pusilánime.
Las lágrimas escapaban incontenibles de sus ojos. Volvían a sangrarle las manos, rotas las uñas. Oyó los gritos de los hombres del puente. Lo habían perdido por el momento, pero se aproximaban unos jinetes. No estaba ni a cincuenta pasos de distancia. La hierba solo le llegaba por las rodillas. Los jinetes lo verían de un momento a otro, y entonces moriría. Igual que Isa.
Se puso en pie tambaleándose, con la espinilla encendida, borroso el mundo a causa de las lágrimas. Se odió con todas sus fuerzas. Llorando porque se había caído. Porque era un torpe. Porque era un mequetrefe.
Los jinetes gritaron cuando se levantó. Kip había visto antes a los jinetes del rey Garadul de paso por la ciudad, pero nunca equipados para la batalla. Cuando cruzaban Rekton, sus arreos siempre estaban guardados. Rekton ni siquiera era lo bastante importante como para que se dignaran alardear. Los dos jinetes que galopaban hacia Kip pertenecían al escalafón más bajo de la caballería. Capaces a duras penas de permitirse sus ponis, sus armas y sus armaduras, solo servían durante la estación seca. Guerreros aficionados que esperaban regresar a casa cargados de despojos y mentiras antes de la cosecha. Ambos lucían chaquetas de malla y placas. Más ligeras y baratas que las corazas completas de los lores y los Hombres Espejo del rey Garadul, sus largas chaquetas se componían de seis estrechas hileras de finas placas superpuestas que caían por la pechera, con los brazos y la espalda protegidos por una malla de anillas engarzadas de a cuatro. Los dos llevaban puesto un toep, un casco redondo con un pincho en lo alto y plumas de buitre que sobresalían a los lados. El almófar de malla que les envolvía los hombros reforzaba sus cuellos y prestaba un grosor añadido al blindaje del torso. Ninguno de ellos portaba lanza. En su lugar, esgrimían sendos vechevorales, una mezcla de hoz y espada. Las armas estaban dotadas de un mango largo como el de un hacha y una hoja con forma de luna creciente al extremo, con el filo en la cara interior de la curva. Los jinetes forcejeaban de buen humor por conseguir la mejor trayectoria, riéndose, compitiendo por ver quién era el primero en derribar al muchacho.
Las risas fueron el desencadenante. Una cosa era rendirse y morir, y otra permitir que unos majaderos te asesinaran entre risitas bobaliconas. Pero no había tiempo. Los jinetes se acercaban a galope tendido, arrollando los verdes tallos de hierba tierna y radiante como pensaban arrollar a Kip. Se dividieron en el último momento. Uno de ellos se cambió el vechevoral a la mano izquierda para poder atacar a Kip simultáneamente.
Kip dio un salto y atacó, decidido a borrar al menos una de aquellas estúpidas sonrisas con el puño antes de morir. Fue un respingo demasiado corto y precipitado, pero mientras el cuerpo de Kip volaba al encuentro de las lanzas extendidas, una radiante masa verde brotó de su interior. Sintió una ráfaga de energía que escapaba de su cuerpo. Una docena de briznas de hierba surgieron de su mano con el ímpetu del puñetazo, desgarrándole la piel en el proceso. Conforme la luz verde continuaba manando de él, engrosaron hasta adquirir el tamaño de puyas de garrocha y se transformaron en amenazadoras cuchillas.
Los jinetes apenas si tuvieron tiempo de dar un brusco tirón a las riendas antes de estrellarse contra el muro de lanzas. Los vechevorales salieron disparados de sus manos cuando los caballos se empalaron, levantados del suelo por el ángulo de las lanzas, partiendo las más adelantadas con la fuerza del impacto, tan solo para encontrar más detrás de esas y terminar de quedar ensartados. Los jinetes fueron arrojados de sus sillas contra las aristas verdes que los aguardaban. El más delgado de los dos se enganchó y quedó en suspensión a un paso y medio del suelo. El jinete más corpulento rompió las lanzas y cayó pesadamente de espaldas al lado de Kip.
El muchacho, estupefacto, tardó una eternidad en comprender qué había ocurrido. Oyó un grito procedente del puente:
—¡Un trazador! ¡Un trazador verde!
Se miró las manos. El verde radiante rezumaba lánguidamente de las ensangrentadas puntas de sus dedos; el color exacto de la hierba, y las lanzas. Presentaba cortes en los nudillos, las muñecas y debajo de las uñas, como si algo le hubiese desgarrado la piel al salir de su cuerpo. El aire estaba impregnado de una fragancia mezcla de cedro y resina.
Kip sintió un mareo. Alguien maldecía en voz baja, desesperado. Se giró.
Era el soldado, que se desangraba en el suelo a escasa distancia de él. Kip no entendía cómo seguía con vida. Las cuatro lanzas que le atravesaban el cuerpo comenzaban a desaparecer, combándose por su propio peso, reluciendo como si hirvieran por dentro, evaporándose. El soldado aspiró una bocanada de aire. El movimiento hizo que las dos lanzas que le atravesaban el pecho se movieran. El soldado sollozó y blasfemó, y las lanzas se desvanecieron lentamente, dejando tan solo una arenilla verde que se mezcló con la sangre. Pese a la cogulla torcida que caía sobre el rostro del hombre, Kip vio el destello de sus ojos oscuros, anegados de lágrimas.
Por unos instantes, Kip se había sentido «conectado». El verde era unidad, crecimiento, naturaleza, integridad. Pero mientras goteaba de sus dedos, con las grandes lanzas combadas como flores marchitas, volvió a sentirse solo de nuevo. Asustado. El más menudo de los jinetes, colgado de una arista, se liberó con un golpetazo y la cota repicó al golpear el suelo. Las lanzas tremolaron, se disiparon y se desmenuzaron como si estuvieran hechas de polvo pesado.
Kip oyó unos hipidos. Se trataba del más corpulento de los jinetes, que seguía maldiciendo. El hombre respiró hondo y sucumbió a un repentino ataque de tos, salpicando de sangre la malla que le cubría la cara. Rodó hasta quedar tendido de bruces, y otro reguero de sangre escapó del toep roto.
Kip se dio la vuelta. Dirigió la mirada hacia el puente. Los soldados del rey habían desaparecido. Kip solo podía aventurar que habían asumido que algún trazador adiestrado había acudido en su rescate. Quizá esperaran a que oscureciera antes de empezar a buscarlo, o puede que tuvieran su propio trazador en el campamento. Fuera como fuese, Kip tendría que emprender la huida, y cuanto antes.
Se giró con piernas temblorosas, sintiendo un hormigueo en los dedos, entumecido por la pena y el agotamiento, y encaminó sus pasos tambaleantes hacia el naranjal.
9
Mientras caía en picado, Gavin Guile dejó atrás aulas y barracones con la seguridad de que no pocos curiosos se agolparían en las ventanas para ver qué sucedía a continuación. De hecho, puesto que hoy era el primer día de clase de trazo para los tenues, su acción con toda probabilidad serviría de ejemplo gráfico con el que ilustrar una de las primeras enseñanzas de todos los magísteres.
El magíster encendía una vela y pedía a los estudiantes que le dijeran qué estaba pasando. Esto siempre daba a los magísteres multitud de oportunidades para regañar a los desconcertados chiquillos, que invariablemente respondían: «Está ardiendo». «Pero ¿qué significa esa palabra, “ardiendo”?» «Esto... ¿que está ardiendo?» Tarde o temprano se llegaba a la conclusión de que todo fuego comenzaba con algo tangible y terminaba con algo que era casi intangible. Cuando ardía una vela, ¿qué ocurría con el sebo? Producía energía, una energía que se experimentaba en forma de luz y calor, con algún residuo, en mayor o menor proporción según la eficiencia de la combustión de la vela.
La magia funcionaba al revés. Comenzaba con energía, luz o calor, y su expresión siempre era física. La luxina emanaba de uno mismo. Se podía tocar, controlar... o ser controlado por ella.
A medio camino, Gavin trazó una boneta y un arnés del frío azul del cielo, con algo de verde añadido para prestarles flexibilidad. El improvisado paracaídas se abrió con un chasquido y aminoró su descenso. A escasos pasos del suelo, proyectó unos surtidores de subrojo que lo frenaron hasta permitirle posarse con suavidad en la calle. La boneta se disolvió en polvo azul y arenilla verde con un olor mezcla de resina, tiza y cedro. Encaminó sus pasos hacia el malecón.
La encontró en cuestión de minutos, recién llegada a los muelles a su vez, con un petate colgado del hombro. Se había cambiado el uniforme de la Guardia Negra, pero seguía llevando pantalones. Karris solo se ponía vestido una vez al año, para el Baile de los Señores de la Lux, donde era obligatorio. De alguna manera también se había teñido el pelo hasta dejárselo casi negro para no llamar tanto la atención en Tyrea.
Aunque era imposible no llamar la atención con esos ojos, como un firmamento esmeralda tachonado de rubíes. Karris era un bicromo de verde y rojo, prácticamente un policromo. Había odiado toda su vida ese «prácticamente». Su arco rojo se adentraba tan lejos en el subrojo que podía trazar fuego, pero no era capaz de trazar luxina subroja estable. Había suspendido el examen. Dos veces. Daba igual que pudiera trazar más subrojo que muchos trazadores de subrojo, o que fuese la trazadora más veloz que Gavin hubiera visto nunca. No era un policromo.
Pero, por otra parte, los policromos eran demasiado valiosos como para permitir que se unieran a la Guardia Negra.
—¡Karris! —exclamó Gavin mientras corría para alcanzarla.
La mujer se detuvo y lo esperó con expresión intrigada.
—Lord Prisma —dijo a modo de saludo, siempre cortés en público; y evidentemente, sin haber leído la nota todavía.
Gavin se situó a su altura.
—Bueno —dijo—. Conque Tyrea.
—El mismísimo sobaco de las Siete Satrapías.
Cinco años, cinco grandes propósitos, Gavin. Llevaba fijándose objetivos desde que se convirtió en Prisma, tanto para concentrarse como a modo de distracción. Siete por cada período de siete años. Y el primero era, siempre lo había sido, contarle toda la verdad a Karris. Una verdad que podría estropearlo todo. Lo que hice. Por qué. Y por qué puse fin a nuestro compromiso hace quince años.
Y por eso te puedes pudrir eternamente en ese infierno azul, hermano.
—Se trata de una misión importante.
Karris se encogió de hombros.
—¿Por qué será que las misiones importantes nunca me llevan a Ruthgar o al Bosque de Sangre?
Gavin soltó una risita. Ruthgar era la nación más próspera y civilizada de las Siete Satrapías, y por supuesto, como trazadora verde, Karris sentía una poderosa afinidad con las Llanuras Verdegueadas. Al mismo tiempo, el Bosque de Sangre era el lugar de origen de su pueblo, y no había vuelto a pasear entre las secoyas desde que era una cría.
—¿Por qué no acortar el viaje? Te puedo dar un paseo hasta allí.
—¿Hasta Tyrea? ¡Pero si está al otro lado del mar!
—Me pilla de camino a un engendro de los colores con el que debo enfrentarme. —Y quizá no disponga de muchas más oportunidades de estar cerca de ti.
Karris frunció el ceño.
—Últimamente parece que hay muchos engendros.
—Siempre parece que hay muchos últimamente. ¿Recuerdas el verano pasado, cuando se avistaron seis en otros tantos días, y después ninguno en tres meses?
—Supongo que tienes razón. ¿De qué tipo? —preguntó. Como tantos trazadores, profesaba una antipatía especial a los engendros originarios de su propio color.
—Azul.
—Ah. Entonces, me imagino que partirás cuanto antes. —Karris conocía el particular odio de Gavin por los engendros azules—. Espera, ¿vas a cazar un engendro azul... en Tyrea? —preguntó, girándose para observarlo con sus fascinantes ojos verdes jaspeados de motitas rojas.
—En las afueras de Ru, en realidad. —Gavin carraspeó.
Karris soltó una carcajada. A sus treinta y dos años, su rostro presentaba unas ligerísimas arrugas; más fruto de los ceños fruncidos que de las sonrisas, lamentablemente, pero conservaba los hoyuelos en las mejillas. No era justo. Después de tantos años, la belleza de una mujer no debería ser capaz de penetrar con tanta impunidad en el pecho de un hombre y oprimirlo hasta arrebatarle el aliento. Sobre todo cuando jamás podría ser suya.
—¡Tyrea está a mil leguas de Ru!
—Un par de cientos, a lo sumo. Si dejas de malgastar la luz del sol discutiendo conmigo, podría dejarte allí antes de que anochezca.
—Gavin, eso es imp
