ILUSTRACIONES
Por Esther Hiilani Candari
© Dragonsteel, LLC
(Aparecen en la página indicada o inmediatamente a continuación)
| Premonición | Capítulo cuatro. Cinco años antes |
| Espacioso, para ser una choza | Capítulo siete |
| Medallón de Cakoban | Capítulo nueve |
| Patji industrializado | Capítulo trece |
| Hacia la ascuaoscura | Capítulo veinticuatro |
| Solo un eco | Capítulo veintisiete |
| Una partida a tirar de la cuerda | Capítulo treinta y cuatro |
| Plan de huida | Capítulo cuarenta y dos |
| Retrato de Astrífera | Capítulo cuarenta y tres |
| Advertencia | Capítulo cuarenta y siete |
| Las Costas del Espíritu | Capítulo cincuenta y uno |
NOTA DEL AUTOR
Hace una década, escribí una novela corta que se negaba a irse de mi cabeza. Era la historia de un hombre, sus aves y la inevitable marea del progreso. Mientras pensaba en esa novela corta, comprendí que allí había mucho más: había una novela que iba a tener que escribir algún día, retomando la historia un tiempo después del final de la novela corta.
Estuve nueve años perfilándola, y mi entusiasmo aumentaba con cada idea nueva que se me ocurría. Empecé a escribirla en 2017, aunque no conseguí encontrar todo el tiempo necesario para terminarla hasta 2023. Como cabe esperar teniendo en cuenta su origen, el argumento de Las islas de la Ascuaoscura se desarrolla a partir de la novela corta Sexto del Ocaso y requiere haberla comprendido. De hecho, hay algunas partes de la novela corta que resultan cruciales para la trama general de este libro.
Eso suponía un problema. Por lo general, no es buena idea escribir una novela completa que sea la continuación de una pieza de ficción breve que la mayoría de tus lectores (probablemente) no ha leído. Y no quería publicar una novela que exigiera tener los deberes hechos. Imaginaos comprar este libro y entonces daros cuenta de que tenéis que poneros a buscar una novela corta poco conocida, si queréis llegar a apreciarlo. Tampoco quería reiniciar el personaje y empezar de cero, porque no sería justo ni con la narrativa en sí ni con la gente que sí que ha leído la novela corta.
La solución, pues, era construir la historia de este libro de modo que me permitiera incluir la novela corta como una sucesión de flashbacks. Fue un reto apasionante, y al final resultó que encajaba bastante bien. Por tanto, la novela corta original Sexto del Ocaso está incluida aquí, en la primera parte de esta novela, dividida en sus propios capítulos, mostrada como escenas en retrospectiva. A juzgar por la experiencia de mis lectores beta, si no habíais leído la novela corta, os resultará una parte bastante orgánica de la historia. Y luego, al llegar al final de la primera parte, estaréis completamente al día sobre lo sucedido en el pasado de Ocaso.
En cambio, si habéis leído Sexto del Ocaso, y en particular si lo habéis hecho hace poco, quizá os entren ganas de saltaros los capítulos de la novela corta o de leerlos en diagonal. Permitidme deciros que no hay ningún problema. Es cierto que le he hecho algunos cambios para ampliar mejor la mitología y la ambientación del mundo de Ocaso, pero son unos cambios muy leves y podréis captarlos sin necesidad de volver a leeros todo el texto. Lo que tenéis entre manos es una novela a tamaño completo, entre las más largas de los proyectos secretos que he publicado, incluso sin las páginas que le añade la novela corta.
Escribir este libro ha sido una experiencia maravillosa. Es extravagante, con un ritmo que no se parece mucho a nada que haya hecho antes. En parte es por los flashbacks, en parte por Astrífera y su historia. En parte, porque estamos echándole al futuro del Cosmere unos vistazos emocionantes, pero que confío en que no revelen demasiado.
Gracias por apoyar que haga cosas raras e inesperadas con el Cosmere y con las novelas secretas. Me lo pasé de maravilla escribiendo esta, y espero que, en su historia a menor escala sobre aislamiento, progreso y comunidad, encontréis alguna cosa característica que os guste.
BRANDON SANDERSON


PRÓLOGO
Cincuenta y siete años antes
Astrífera daba saltitos de un pie al otro mientras sostenía abiertas las cortinas que daban a su terraza y escrutaba el oscuro horizonte. No se atrevía a parpadear. No se atrevía a perdérselo.
La primera luz. ¿Cuándo aparecería la primera luz?
Casi no había dormido, aunque lo había intentado durante media hora como mínimo. Pero estaba demasiado emocionada, y se había pasado toda la noche tratando en vano de distraerse con un libro.
En la lejanía, más allá de los ondulados bosques de Yolen, la oscuridad parecía remitir. ¿Eso contaba? No era luz. Era solo… menos oscuridad.
Echó a correr de todos modos. Todavía en camisón, salió al pasillo desde sus aposentos en la mansión de su tío. Dejó atrás a asistentes que sonreían. A ella le caían bien casi todos, y fingía que los demás también. Era lo que le había enseñado su tío, a buscar siempre lo mejor tanto de cada persona como de cada situación.
Ese día no se le hizo muy difícil. Ese día era el día.
Primera luz.
El día en que iba a transformarse.
Irrumpió en el gran vestíbulo como un torbellino de cabello blanco y ondeante camisón, sobresaltando a los sacerdotes de su tío, vestidos con sus túnicas formales y sus sombreros de ala ancha. Todos habían madrugado, por supuesto, porque el tío de Astrífera se levantaba pronto para recibir las plegarias de quienes lo veneraban.
Astrífera dobló aleteando la esquina hacia el siguiente pasillo, que llevaba al reflectorio de su tío. Los sacerdotes se inclinaron con retraso ante ella desde ambos lados mientras Astrífera seguía avanzando a la carrera. Quizá tuviera el aspecto de una niña de ocho años, pero los dragones crecían despacio y Astrífera ya era mayor que algunos sacerdotes.
No se sentía así. Aún se sentía como una niña, cosa que, según su tío, era normal. Su edad mental era la de una niña humana de su tamaño, solo que ella vivía teniendo esa edad durante mucho más tiempo que los humanos. Y eso habría sido maravilloso, de no ser por una pega. La había obligado a esperar durante tres largas décadas para su transformación.
Entró con ímpetu en el reflectorio, donde su tío estaba sentado en su trono de madera fada. Lo encontró llevando su forma humana, con la piel pálida y una brillante barba plateada solo en el mentón, entrelazada con cordel, de más de veinte centímetros de longitud. Adoptaba el aspecto de un hombre mayor, sexagenario tal vez, aunque las apariencias podían engañar en su especie.
Astrífera correteó hasta él, pero no lo tocó. Su tío, con los ojos cerrados, vestido con su brillante túnica blanca y plateada y su tocado cónico, estaba recibiendo una oración de algún seguidor lejano. Astrífera no podía interrumpirlo. Ni siquiera aunque fuese por la primera luz. Así que esperó, equilibrada sobre un pie y luego el otro, tratando de no estallar de emoción.
Su tío por fin abrió los ojos.
—¿Ah? Astrífera. Es muy temprano para una dragoncilla joven como tú. ¿Qué haces despierta ya?
—¡Es hoy, tío! ¡Es hoy!
—¿Es algún día especial?
—¡Tío!
—Ah, sí, tu cumpleaños —dijo él—. Ya tienes treinta años, a no ser que… ¿puede que me confundiera de día? Estaban pasando muchas cosas cuando naciste, pequeña. A lo mejor tenemos que esperar a mañana.
—¡TÍO! —gritó ella.
Escarcha sonrió y separó los brazos para que Astrífera llegara corriendo y lo abrazara.
—Acabo de hablar con Vambrakastram y ella se ocupará de aceptar mis plegarias de hoy. Tengo todo el día libre, para ti.
—¿Solo para mí? —susurró ella.
—Solo para ti. ¿Estás preparada?
—¡No sabes lo preparada que estoy! —exclamó Astrífera—. Desde hace muchísimo tiempo. —Se apartó—. ¿De verdad tendré las escamas blancas cuando sea una dragona?
—Siempre eres una dragona —dijo él, levantando el dedo—, adoptes o no su forma. Y, en cuanto al color de tus escamas, no hay forma de saberlo hasta la transformación. —Le dio un golpecito en el brazo, que era blanco como la nieve, igual que su pelo—. Los dragones somos de todos los colores, y cada uno es hermoso y único. Pero sí que reconozco que todos los dragones leucistas en forma humana que he conocido, aunque solo haya habido otros dos, tenían las escamas blancas también. Un blanco metálico, centelleante, con un lustre nacarado. Es majestuoso.
—Solo dos en toda la historia —susurró ella.
—Solo dos en toda la historia —asintió su tío, y le acunó la mejilla con una mano—. Y ahora otra, Astrífera.
—¡Vamosvamosvamos! —gritó ella, y regresó corriendo al pasillo.
Escarcha la siguió y, con su sobrina azuzándolo, siguieron adelante por el corredor entre más sacerdotes sonrientes. Todos humanos, de distintos géneros. Astrífera había estado en otros palacios de dragones y había encontrado a sus sacerdotes muy severos y envarados. Los de allí no lo eran. Escarcha veía lo mejor de la gente, y la gente se volvía mejor gracias a ello. O eso decía él siempre.
—Muy bien —dijo Escarcha desde atrás, caminando demasiado despacio para el gusto de Astrífera—. Se supone que debo hablarte sobre la importancia como ritual de esta primera transformación.
—¡Ya sé lo importante que es! —exclamó ella, y se volvió para seguir caminando de espaldas—. Ahora podré volar.
—Llevamos una vida dual —dijo su tío—. Y hay un motivo para que pasemos treinta años en forma humana antes de llegar a la edad de transformarnos. Es por la sabiduría de Adonalsium.
—¡Que sí, que sí! —Astrífera se volvió de nuevo al llegar al final del pasillo y las grandiosas puertas de la terraza—. Pasamos media vida como humanos para saber lo que se siente al ser pequeño. Llevamos la vida de los mortales antes de obtener la vida de un dragón. De ese modo, lo comprenderemos.
—¿Y tú lo comprendes? —preguntó él.
Su tío le apoyó la mano en el hombro, de pie ante las puertas cerradas, que estaban hechas de cristal tintado amarillo. A Astrífera le parecía… atisbar luz al otro lado, en el horizonte. Se moría de ganas, pero su tío le había enseñado que debía ser sincera, siempre.
—No —reconoció—. Lo intento, pero… no comprendo a los mortales. Me parece que llevan una vida muy apresurada, y son muy frágiles, pero parece darles igual. Lo intento, pero no los comprendo.
—Ya. Con nuestros poderes, incluso siendo dragoncillos, la empatía es difícil.
—¿Será mi perdición? —preguntó ella en voz baja. Aquello llevaba un tiempo preocupándola—. ¿No comprenderlos? ¿Me impedirá volar?
—Tú no puedes perderte, niña —dijo su tío, con una sonrisa en la voz—. Nunca jamás. Puedes aprender a hacerlo mejor, y lo harás a medida que crezcas. ¡Conocer ese hecho es lo que hace que suceda! La ignorancia no va a contener la transformación. —Se echó hacia atrás—. A veces, el contraste es importante para ayudarnos a aprender.
Abrió las puertas hacia fuera, dejando a la vista un horizonte que había empezado a resplandecer con la luz previa a la alborada. La imponente terraza era lo bastante grande para albergarlos a ambos en forma dracónica. Era una de las plataformas de lanzamiento hacia el palacio superior, que estaba construido a otra escala distinta, para gente que era del tamaño de edificios.
Astrífera salió a la terraza, repentinamente inquieta. ¿Y si a ella no le sucedía? ¿Y si era defectuosa? La gente le daba mucha importancia a lo de ser leucista, que era una condición similar, aunque no exactamente idéntica, al albinismo entre los humanos. Ella era más bien como un tigre blanco, le habían dicho. Un símbolo de dos mundos. Pero también había quienes afirmaban que todo gran símbolo traía la desgracia, como demostraba lo que les había sucedido a sus padres…
—Eres maravillosa, Illistandrista —dijo Escarcha—. Para mí es un honor estar aquí contigo en este día, el más importante de todos.
No añadió que habría deseado que fuesen los padres de Astrífera quienes estuvieran allí. Pero era imposible. Astrífera respiró hondo y extendió las manos a los lados.
La primera alborada la alcanzó y Astrífera absorbió la luz. Esa luz pasó a formar parte de ella, y entonces el yo que había estado oculto en su interior durante aquellos treinta años emergió, glorioso y radiante. Con alas, y acero de dragón de puro color plata, y escamas de un destellante blanco y una tenue iridiscencia.
Con la transformación, Astrífera por fin sintió que aquel era su lugar.


CAPÍTULO UNO
Sexto del Ocaso se acercó muy despacio a una hormiga asesina.
—El veneno que tiene este insecto —susurró, avanzando sobre pies sigilosos— basta para matar a un caballo. Ni vosotros ni yo le daríamos ningún problema. Lo llaman una muerte en tres pasos. Porque, después de que te pique, durarás solo otros tres pasos.
Mantuvo la mirada fija en el diminuto insecto que, aferrado a la parte inferior de una hoja, apenas visible, imitaba una manchita natural del follaje. Ocaso le dio la vuelta al hierro humeante que llevaba entre los dedos y se aproximó un poco más.
—Suelen agarrarse a la parte de debajo de las hojas —dijo en voz baja—. La gente se frota contra ellas, inconsciente, y las hormigas se les cuelan en la ropa. En las selvas de Patji, nunca puedes estar completamente seguro de no llevar ninguna encima. La muerte podría llegarte por una picadura minúscula horas después de pasar por delante de su hormiguero.
Un paso más. Ocaso levantó el hierro.
—El humo —susurró— es la mejor defensa. Las duerme. —Alzó el hierro poco a poco bajo la hoja y dejó que las volutas de humo fluyeran en torno al insecto—. O eso, o moverte con extrema cautela. Rezarle a la Isla Padre y confiar en haber tenido el suficiente cuidado.
La hormiga asesina no cayó dormida como debería… porque, si uno se fijaba bien, vería que en realidad estaba dibujada. Era unos puntitos negros pintados en la hoja, con la forma del mortífero insecto.
Se volvió hacia el público de niños y padres. La mayoría apenas le prestaba atención. Ocaso bajó el hierro humeante y dio unos golpecitos con los nudillos de la otra mano en el terrario de cristal, que contenía especímenes vivos. Estaba al lado del falso follaje, y ambos se utilizaban para hacer representaciones.
—No sabéis la suerte que tenéis —dijo Ocaso— de poder mirarlas sin correr peligro. Hormigas asesinas vivas, auténticas. Poca gente tuvo esa oportunidad antes de la era moderna.
Los niños lo miraron inexpresivos. Uno estaba babeando. Sus polluelos de aviar, los pájaros posados en sus hombros o cabezas, charlaban en voz baja unos con otros.
—Y eso es todo —concluyó Ocaso.
Unos pocos aplausos, cosa que a Ocaso siempre se le hacía… rara. No le gustaba que le aplaudieran. Luego la gente se marchó hacia alguna otra exposición, mientras varios niños se quejaban de estar aburriéndose y uno lloraba sin ningún motivo en absoluto.
Ocaso gimió y lanzó una mirada atrás, hacia el terrario donde vivían algunas de las criaturas más mortíferas de toda la creación. Y sintió… pena. En otros tiempos, aquellos insectos habían aterrorizado hasta a los tramperos más habilidosos. Ahora eran solo bichos en un frasco.
Eso lo enfurecía, y sin ninguna buena razón, dado que él mismo había sido uno de los causantes de que estuvieran presos de aquella manera. De hecho, el parque entero, con sus exhibiciones cautivas de los peligros de las islas exteriores y sus vistosas explicaciones de cómo era la vida antes, existía gracias a él. Quizá Ocaso no hubiera capturado a aquellos animales, pero había firmado su condena a prisión.
Con un suspiro, dio la espalda de nuevo al cercado y fue a recoger a Sak del posadero para aviares que había cerca. La elegante ave negra destacaba del resto. Allí todo el mundo tenía un aviar, y estos mostraban una gran variedad de colores, pero ninguno era como Sak, con su plumaje negro y su pico más puntiagudo. Cuando Ocaso se la puso al hombro, Sak se inclinó de lado para mirar su otro hombro. Vacío. El ave nunca dejaba de mirar.
—Lo sé —dijo Ocaso—. Yo también lo echo de menos.
Se marchó caminando. Cosa que, en otro tiempo, cuando trabajaba en Patji, la isla más peligrosa de todas, había sido una actividad muy arriesgada. Cada pisada era jugarse la vida, había un nuevo reto detrás de cada árbol y al fondo de cada hondonada. Cinco años después, sus instintos seguían diciéndole que caminar perezoso como estaba haciendo era un peligro. ¿Era raro que Ocaso añorase aquellos tiempos?
Llevaba su vieja ropa, los pantalones con bolsillos en las perneras y la camisa con botones, que lo hacían destacar en aquella ciudad llena de brillantes vestidos y coloridos chales. En la calle se oían pasar los nuevos tipos de vehículos, aquellos con motor que rugían como alguna clase de bestia. Regalos tecnológicos de los Venidos de Arriba.
Ocaso escrutó el cielo y distinguió la nave que flotaba allí arriba. Más conversaciones, más encuentros, más regalos y promesas. Los alienígenas estaban impacientándose con aquel planeta primitivo lleno de gente tozuda y aves valiosas. ¿Cuánto tiempo esperarían los Venidos de Arriba? Él tenía algunas ideas sobre lo que podría hacerse. Se las reservaba, ya que nadie le preguntaba nada. ¿Vathi no podría mandar a llamarlo otra vez? Solo le había dado un puñetazo a un senador. Y, desde luego, ese hombre se lo tenía bien merecido.
Siguió cruzando el parque. De vez en cuando, la gente se paraba y lo señalaba. Ocaso era un personaje famoso, supuso. El último trampero de Patji, un hombre al que habían hecho volver para entregarle medallas y premios por los secretos que había ayudado a revelar. Él les había pedido que crearan aquel parque para preservar el acervo de los tramperos, y ellos lo habían hecho. Era la última vez que habían escuchado sus palabras.
Ocaso no trabajaba para el parque, en términos estrictos, pero le gustaba visitarlo. Recordar. Quizá fuese mala idea. Quizá fuese buscarse el dolor al ver a todas aquellas criaturas enjauladas. Al saber que, en secreto, él era una de ellas. Una reliquia de unos tiempos que habían quedado apisonados. Dejándolo a él como un hombre sin objetivo. Aparte de intentar, en vano, asustar a los niños.
Encontró a Tuka, la directora del parque, supervisando una de las exposiciones nuevas. Esperaban albergar unas pocas quijanoches allí. Una locura, les habría dicho él antes. Pero habían albergado a Ocaso, así que vete a saber.
Tuka era una mujer bulliciosa y fornida. Tenía una larga melena negra y vestía de naranja. Siempre. El naranja era casi una religión para Tuka.
Le daba aspecto de fruta.
—¡Ocaso! —lo saludó mientras apartaba la mirada de la construcción—. ¡No sabía que fueses a venir hoy!
Él no respondió. Porque no le habían hecho ninguna pregunta.
—¿Qué te parece? —preguntó ella, señalando el recinto, un profundo y extenso hoyo con las paredes de piedra.
—Escaparán por ese punto de ahí —dijo Ocaso, y le indicó unos árboles que había dentro—. Derribarán los troncos, treparán y se darán un festín con tu público. —Calló un momento—. Quizá no sea muy buena publicidad.
—¡Pero cómo eres! —exclamó Tuka, dándole un golpecito amistoso.
Creía que estaba de broma. Ocaso le permitió seguir creyéndolo, ya que el instinto le decía que eso haría que lo subestimara.
«¿Qué falta te hace pensar así hoy en día? —lo acusó una parte de él—. ¿No has escuchado ni una palabra de lo que Vathi intenta enseñarte?».
—Tenemos mucha suerte de que estés aquí —comentó Tuka—. Un trampero de verdad, vivo. Y que trampeaba en Patji, nada menos.
Esas palabras… eran ecos de las de su presentación. Era justo lo mismo que había dicho él sobre las hormigas asesinas.
¡Por el Padre! ¿De verdad aquello era su vida? Ocaso miró alrededor, hacia la gente colorida y las jaulas de cristal.
—¿Era tan terrible como dicen? —le preguntó Tuka—. En la isla, quiero decir.
—Sí —respondió Ocaso—. Y maravilloso.
Tuka frunció el ceño.
—¿Terrible… y maravilloso?
—Maravilloso porque era terrible.
—No lo entiendo.
A Ocaso no le extrañaba. Después de tanto esfuerzo para crear aquel parque, para preservar las costumbres de los tramperos, en esos momentos Ocaso fue consciente de una cosa. Las exhibiciones domesticadas, por muy vibrantes y exactas que fueran, jamás podrían capturar la auténtica esencia de la vida en Patji.
Y, por tanto, la única exhibición auténtica eran sus recuerdos.

CAPÍTULO DOS
Cinco años antes
La muerte cazaba bajo las olas.
Ocaso la vio acercarse, una inmensa oscuridad en el profundo azul. Sus manos se tensaron sobre el remo, meciéndose en su barca, y su corazón se encabritó mientras buscaba de inmediato a Kokerlii.
Por suerte, la colorida ave estaba en su lugar habitual de la proa, picándose distraído una garra que tenía levantada hacia el pico ganchudo. Kokerlii bajó la pata y se atusó las plumas, como si le trajera sin cuidado el peligro de abajo.
Ocaso contuvo el aliento. Siempre lo hacía, cuando tenía la mala fortuna de encontrarse con uno de esos seres en el océano abierto. No sabía qué aspecto tenían bajo aquellas olas. Esperaba no averiguarlo nunca.
La sombra se aproximó, ya casi a punto de tocar la canoa. Un banco de pezfinos que pasaba por allí saltó al aire en una ola plateada, asustados por la cercanía de la sombra. Los peces, aterrorizados, cayeron de vuelta al agua con un sonido parecido a la lluvia, pero la sombra no se desvió. Los pezfinos eran una comida demasiado frugal para interesarse en ella.
Los ocupantes de una embarcación, en cambio…
Pasó justo por debajo. Sak pio bajito desde el hombro de Ocaso. La segunda ave parecía percatarse del peligro. Las criaturas como la sombra no cazaban siguiendo el olfato o la vista, sino captando las mentes de sus presas. Ocaso volvió a mirar a Kokerlii, cuyos poderes eran la única protección que tenían. Ocaso nunca había recortado las alas de Kokerlii, pero en momentos como aquel comprendía por qué muchos marinos preferían que sus aviares de protección no pudieran salir volando.
La barca cabeceó con suavidad y los saltarines pezfinos se calmaron. Las olas lamieron el casco de la embarcación. ¿La sombra se habría detenido? ¿Se lo habría pensado mejor? ¿Los habría captado? El aura protectora de Kokerlii siempre había sido suficiente en otras ocasiones, pero…
La sombra desapareció poco a poco. Se había dado la vuelta para sumergirse, comprendió Ocaso. Al poco tiempo, dejó de distinguir nada en las aguas. Después de vacilar un momento, se obligó a sacar su máscara nueva. Era un aparato moderno que había adquirido en su penúltimo viaje de aprovisionamiento, una celada de cristal con cuero a los lados. La bajó a la superficie del agua y se inclinó para escrutar las profundidades. Se volvieron tan claras para él como si estuviera en una laguna calmada.
Nada. Solo aquella profundidad inacabable y los haces de luz del sol, como caminos que se internaran en el abismo. «Tú eres tonto —pensó mientras guardaba la máscara y sacaba su remo—. ¿No acabas de decirte a ti mismo que no quieres ver nunca un bicho de esos?».
Aun así, mientras empezaba a remar de nuevo, supo que iba a pasar el resto de la travesía con la sensación de que la sombra estaba allí abajo, siguiéndolo. Continuó adelante de todos modos, remando en su canoa con batangas hasta que se hubo alejado un trecho, viendo a su alrededor el mismo océano trémulo, sin el menor atisbo de tierra a la vista. Llevaba brújula, mapa y sextante… pero ese día, no sacó ninguna de esas cosas.
En vez de eso, metió la mano en el agua, cerró los ojos e interpretó el movimiento de las olas para estimar su posición. Hubo un tiempo en que esas olas habrían bastado para cualquiera de los eelakin, su pueblo. Pero ya solo los tramperos aprendían las artes antiguas, las artes de los grandes navegantes de antaño. Para él era un orgullo no necesitar la brújula casi nunca, y aún no se había visto en ninguna situación que le requiriera utilizar las nuevas cartas marinas, los mapas dejados como regalo por los Venidos de Arriba en su visita de principios de año. Se decía que eran más exactos incluso que las mejores mediciones de los eelakin.
No le gustaba que existieran aquellas cosas. Pero no había forma de evitar que los tiempos cambiaran. Era lo que decía su madre. No podía evitarse que los tiempos cambiaran más de lo que podía evitarse que las olas rompieran. Pero a Ocaso aún le quedaba recordar. Sacó la mano del océano y abrió su diario de navegación, en el que cada día registraba sus observaciones. La salida y la puesta del sol, la posición de las constelaciones, los peces que veía y la dirección en la que nadaban.
El arrumbamiento era difícil. En los tiempos antiguos, los grandes navegantes se pasaban hasta una semana seguida sin dormir mientras viajaban, ya que tenían que registrarlo todo con un detalle increíble. Distancia recorrida, velocidad de movimiento, el ángulo del rumbo seguido cada día respecto al sol y las estrellas.
Por suerte, Ocaso no necesitaba tanta precisión. Mientras pasara por algún bajío de vez en cuando, un ancla moderna evitaba que siguiera a la deriva mientras dormía. Y, de todos modos, sabía que, si se alejaba demasiado, la brújula, la carta y el sextante lo devolverían a su rumbo.
Aun así, le encantaba hacerlo a la antigua usanza. Apuntó el banco de pezfinos y supo, sin tener que mirar, que significaba que estaba aproximándose. Los pájaros que había visto en la lejanía el día anterior ya se lo habían revelado. De noche, las aves se dirigían hacia tierra firme, cosa que le había permitido modificar un poco el derrotero de la barca. La maraña de algas, con un anzuelo dejado por algún trampero que pasó por allí, también había sido una señal evidente. Incluso la nubosidad ayudaba, ya que un reflejo verde en la parte de abajo de unas nubes lejanas podía delatar la presencia de tierra.
Terminó de hacer sus anotaciones y miró por el catalejo en busca de otros signos. Más aves. A esas horas del día tendrían que estar alejándose de la tierra, así que… sí, estaba cerca.
Volvió a meter la mano en el agua. De todas las técnicas antiguas, aquella era su preferida. Porque, al dejar que el mar le ondulara los dedos, con los ojos cerrados, uno podía sentir las olas… y las islas grandes creaban sus distintas pautas de olas. Funcionaba mejor cuanto más cerca estabas, claro, pero con los dedos sumergidos… Ocaso tenía la sensación de que las islas casi le hablaban. De que, al interrumpir el oleaje a su manera particular, le decían dónde estaban.
Sonrió y sacó su viejo mapa de cordeles, hecho con palos sobre una tabla que representaban las pautas de las olas e indicaban dónde encontrarlas alrededor de ciertas islas. Hizo virar su barca con movimientos seguros y, rodeado del canto de sus pájaros, remó siguiendo su nuevo rumbo.
No pasó mucho tiempo, después de medir las mareas, antes de que avistara la primera isla. Lo había conseguido, sin tener que sacar la brújula ni una sola vez durante aquella travesía. Aquello era Sori, una isla pequeña del Panteón, y la más visitada de todas. Su nombre significaba «niño». Ocaso recordaba como si fuera ayer entrenar en sus costas con su tío.
Hacía mucho tiempo que no quemaba ninguna ofrenda a Sori, pese a lo bien que lo había tratado en su juventud. Quizá no estaría de más hacerle una pequeña oblación. Patji no se pondría celosa. No se podía tener celos de Sori, ya que era la menor de las islas. Al igual que todo trampero era bienvenido en Sori, se decía que todas las demás islas del Panteón le tenían afecto.
Sea como fuere, en Sori no había mucha caza valiosa. Ocaso siguió remando, a lo largo de un tramo del archipiélago conocido como el Panteón.
Desde lejos, el archipiélago no era tan distinto de las islas natales de los eelakin, ya a tres semanas de viaje por detrás. En cambio, al acercarse, resultaban muy muy distintas. Durante las siguientes cinco horas, Ocaso remó dejando atrás Sori y luego a sus tres primas. Nunca había puesto el pie en ninguna de las tres. De hecho, nunca había amarrado en muchas de las cuarenta y tantas islas del Panteón. Al final de su aprendizaje, cada trampero elegía una isla y trabajaba allí toda su vida.
Ocaso había escogido Patji, haría ya unos quince años. Cómo volaba el tiempo.
No veía más sombras bajo las olas, pero siguió vigilante. Tampoco era que pudiera hacer gran cosa para protegerse. De ese trabajo se ocupaba Kokerlii, felizmente posado en la proa de la embarcación, con los ojos entornados. Ocaso le había dado semillas para comer, que le gustaban mucho más que la fruta seca.
Nadie sabía por qué las bestias como las sombras vivían solo en aquel lugar, en las aguas cercanas al Panteón. ¿Por qué no cruzaban el mar hasta las islas natales, donde había alimento de sobra y los aviares como Kokerlii eran mucho más escasos?
En otras épocas, nadie se habría hecho esas preguntas. Los mares eran como eran. De un tiempo a esa parte, sin embargo, la gente indagaba y metía las narices en todo. Preguntaban: «¿Por qué?». Decían: «A esto deberíamos buscarle explicación».
Ocaso negó con la cabeza, hincando el remo en el agua. Ese sonido, el de la madera en el agua, había sido su compañero en la mayoría de sus días. Lo entendía, ese y el susurrar de las olas, mucho mejor que entendía el habla del hombre.
Aunque a veces las preguntas del hombre se le metieran en la cabeza y se negaran a salir.
Después de las primas, la mayoría de los tramperos habrían virado al norte o al sur, siguiendo otras ramas del archipiélago hasta llegar a su isla elegida. Ocaso siguió adelante, hacia el corazón de las islas. Hizo una breve parada y usó arpón y cuerda para empalar unos cuantos peces, que muy a menudo, en aquellas aguas, eran la mejor forma de obtener proteínas.
Destripó sus capturas, las guardó para la noche en su campamento seguro y siguió remando hasta que se alzó una silueta ante él. Patji, el más grande de todo el Panteón. La isla se elevaba como una cuña en el mar, y todas las olas de allí se combaban en torno a él. Era un lugar de picos inhóspitos, mortales acantilados y profunda selva.
Patji, rey del Panteón. Dios de los eelakin.
«Hola, viejo destructor —pensó Ocaso—. Hola, Padre».

CAPÍTULO TRES
Ocaso pensó que quizá podría hablarle a Tuka de sus recuerdos. Vathi siempre estaba diciéndole que debería aportar más en las conversaciones, no limitarse a esperar a que le preguntaran. Pero justo cuando estaba abriendo la boca, a Tuka la llamaron para ocuparse de unos niños que estaban incordiando en una exposición. Antes de irse, la directora se volvió hacia él un momento.
—Ah, Ocaso —dijo—. La madre Fronda quiere que te pases a verla.
¿Fronda?
¿Fronda estaba allí?
—¿Dónde? —preguntó él, levantando la voz.
—¿Dónde va a ser? —replicó Tuka antes de esfumarse.
Ocaso echó a andar por el parque de inmediato y serpenteó entre exhibiciones de plantas naturales, que estaban demasiado cultivadas para su gusto. Él no paraba de decirles que dejaran crecer las malas hierbas, pero nunca le hacían caso: al parecer, la vida en las islas natales hacía que la gente quisiera podarlo todo. Extirparles el salvajismo tanto a las personas como a los jardines.
Fronda era una mujer mayor y corpulenta, una madresabia que había llegado el año anterior desde una de las islas exteriores y tenía la piel incluso más marrón que la de Ocaso, cuyo tono ya era más marrón que el de muchos nataleños. Llevaba plumas al estilo tradicional, aunque muchas madresabias habían adoptado costumbres más modernas. A Ocaso le daba igual una cosa que la otra. La gente y la sociedad cambiaban, a veces a mejor. Él mismo no habría querido salir a trampear sin camisa, como había sido la costumbre, pero era cierto que el tocado y la capa de plumas tenían un cierto encanto.
La madresabia, siempre buscando ocasiones para enseñar, estaba agachada delante de unos niños en el pequeño anfiteatro infantil. Era su sitio favorito de la ciudad, decía, aunque el deber oficial de Fronda, recitar historias para los jefes y los hacerreyes de las islas exteriores, a menudo la mantenía apartada de la capital.
Pero siempre regresaba, y siempre visitaba aquella parte del parque ignorada por todo el mundo. Una construcción escalonada de piedra a la sombra, en lo que antes había sido un parquecillo infantil, alrededor de la cual se había construido el resto de la reserva. A la gente le había dado por llamarla madre Fronda, aunque su familia inmediata vivía en alguna isla lejana.
Ese día estaba contando la historia de Cakoban.
Ocaso la había oído docenas, si no cientos, de veces. Tendría que aburrirlo, pero sus dedos fueron distraídos hacia su cuello, buscando el medallón que llevaba antes, mientras oía por boca de Fronda la historia de su antepasado.
—¿Y navegaba solo de noche? —preguntó un niño.
—No, no —susurró Fronda, inclinándose hacia delante—. Por aquel entonces no había sol, solo la noche. Cakoban el Navegante surcaba los mares buscando la luz.
—¡Y luchaba contra monstruos! —exclamó una niñita, dando un puñetazo al aire.
—Contra muchos monstruos —convino Fronda—. Después de hacer un trato con la gran estatua alada, que prometió acudir en su ayuda cuando la necesitara, ¡Cakoban escapó navegando entre las piernas de los grandes gigantes de Epelli! ¡Primero las de uno y luego las del otro, para que se confundieran y se atacaran entre ellos! Cabalgó las olas que levantaron sus garrotes al caer. Y cuando sus inmensos cuerpos se precipitaron al océano, muertos, ¡aprovechó la mayor ola de todas, que lo llevó durante tres días por el interminable mar!
Un chico levantó la mano, ansioso.
—¿Cómo puede ser interminable un mar? —preguntó.
—Si navegas por él —dijo Fronda, haciendo rodar un dedo—, ¿acaso no puedes seguir siempre adelante? ¿Entre las islas, siempre navegando hacia el horizonte?
—¡Pero eso es ir en círculos! —exclamó el chico.
—Que no tienen fin —repuso ella, sonriendo—. Y un océano, joven Kapu, nunca sigue siendo el mismo a cada momento que pasa, sino que es un sendero a la eternidad. —Cruzó la mirada con Ocaso y sonrió—. No puedes derrotarlo. Solo puedes adaptarte a él.
—Pero ¿qué pasó? —preguntó otra niña, mientras su diminuto aviar verde daba saltitos en su hombro.
—Cakoban —dijo el chico, cruzándose de brazos— siguió una estrella fugaz hasta las islas natales. Regresó y trajo aquí a todo el mundo. Fin.
—No —respondió Fronda.
Los cuatro niños la miraron con los ojos como platos.
—Cakoban —susurró ella— siguió una brillante estrella fugaz que lo llevó más allá de la cueva de la terrible Dakwara, la monstruosa hija de una deidad lejana. Cakoban derrotó con valentía a la bestia, pues el monstruo pretendía devorar el mundo entero. Lo cegó con la luz de una antorcha, pues la luz era una cosa que el monstruo desconocía, y entonces engañó a la serpiente gigante para que se atara a sí misma en nudos.
»La Dakwara se vio obligada a reconocer la derrota, ya que a los grandes monstruos no se los vencía matándolos, sino sobreviviendo. Cuando Cakoban la desató, la envió a proteger a su hija y a los suyos durante un centenar de años. Con un nuevo respeto por la gente, cuando la serpiente llegó a nuestra tierra, pasó a servir a Patji… y creó las islas. Pero eso aún tardaría en ocurrir, y nuestra historia no es de esos relatos.
»Después de vencer a la Dakwara, Cakoban buscó durante mucho tiempo en esa región, hasta casi morir de inanición, ¡pues sabía que una bestia como la Dakwara debía de estar protegiendo una visión auténticamente grandiosa! Y entonces Patji, en honor al coraje de Cakoban, se alzó desde el océano con una erupción de cegadora luz roja, que llevó a la vida. Un ascua arrojada se convirtió en el sol, y Cakoban halló las costas de Patji. Regresó con los suyos y los trajo a esa nueva tierra, donde Patji había ordenado que se creasen islas. Y allí encontró un hogar… para todos nosotros.
Se quedaron todos callados un momento. Entonces el chico habló.
—Es lo que yo decía.
—No, niño —susurró Fronda—. No lo es.
Les dio un caramelo a cada uno y los envió con sus padres, que estaban esperándolos, antes de meter los brazos en sus largas mangas y volverse hacia Ocaso.
—¿Cómo es que siempre llegas cuando estoy hablando de Cakoban? —le preguntó.
Sak dio un suave trino cuando Fronda le ofreció una semilla, y Ocaso no respondió. Porque aquello parecía más una observación que una pregunta. Fronda extendió un dedo y Sak le permitió que le rascara el cuello, cosa que la aviar rara vez le consentía a nadie que no fuera Ocaso.
—La más maravillosa de los aviares… —dijo Fronda en voz baja—. ¿Qué le has estado mostrando a tu amo últimamente, Sak?
La respuesta era «nada». El poder de Sak ya casi nunca tenía motivo para activarse, porque Ocaso apenas corría peligro. Fronda sonrió y tocó al ave en la misma frente, la rascó y le susurró con un sonido como las olas del océano.
—Guíalo bien. —Entones lanzó una mirada a Ocaso—. Qué callado estás —le dijo—. Quien nos vea pensará que las madresabias y los tramperos somos enemigos, pues blandes el silencio como nosotras blandimos el sonido. Ojalá supiera qué está pasando en esa mente tuya.
—Mejor no —respondió él, sosteniéndole la mirada—. Te haría llorar.
—¿Tan malo es?
—Es como son las cosas —dijo Ocaso—. Todas las épocas deben pasar a la sombra en algún momento. —Miró alrededor por el parque—. Creo que ya no vendré más por aquí, Fronda.
—¿Y qué harás en vez de eso?
Él no respondió, porque no tenía respuesta.
—Ocaso —dijo ella, poniéndole una mano curtida en el hombro—. ¿Qué vamos a hacer con ellos? —preguntó, mirando arriba, hacia la nave en el cielo.
Los Venidos de Arriba. Durante los encuentros que mantenían, nunca mostraban el rostro ni la piel. Ocaso se los imaginaba como unas criaturas extrañas y terroríficas, con la cara llena de colmillos. Las ilustraciones de ellos que aparecían en los pasquines tendían a exagerar el misterio, mostrando unos seres con lóbregos agujeros donde deberían ir sus rostros, como si representaran la oscuridad del mismísimo espacio confinada de algún modo en sus estrambóticos atuendos y cascos.
—Yo ya no tengo nada que ver con ellos —dijo Ocaso—. Vathi me echó. Además, solo soy un viejo trampero. Mi sitio está en las historias, no en el mundo tal y como es ahora.
—La gente que preferiría que se ocupara de esos alienígenas —susurró ella— se parece a la de las historias.
Ocaso pensó en aquello. Sabía que a Fronda le gustaba que meditase sobre las cosas que decía, y a él le gustaba el silencio que ella le concedía para pensar.
—¿Qué podría hacer yo? —preguntó por fin.
—No lo sé —respondió Fronda—. Pero he hablado con Vathi. Puede que esté planteándose volver a aceptarte. Solo tienes que recordárselo.
—¿El qué?
—Recordarle quién eres. A veces necesitamos a alguien que mire la situación desde el ayer, Ocaso.
Él asintió despacio.
—Si tengo la oportunidad… veré qué puede hacerse. ¿Me harías tú un favor? Recuérdanos, hilamundos. Cuando cuentes historias, cuando enseñes a la próxima generación de madresabias, recuerda hablarles de los tramperos que existíamos.
—Lo haré —dijo ella—. Pero a cambio querría una promesa tuya.
—¿Cuál?
—Busca —respondió Fronda— tu estrella fugaz.
—Los tramperos no vemos las estrellas, Fronda —dijo él—. Se nos enseña que no debemos salir de noche.
Sonrió en agradecimiento y abandonó el parque. Para él se había acabado aquel facsímil de una vida que había llevado en otro tiempo.

CAPÍTULO CUATRO
Cinco años antes
Ocaso se mecía en su barca mientras escuchaba el tenue piar de los pájaros e inspeccionaba Patji, el dios de todas las islas.
No fue a la costa de inmediato. En vez de ello, alzó su pala y la dejó en la canoa. Se quedó sentado un tiempo, masticando peces capturados la noche anterior y dando migajas a Sak. El ave de plumas negras se las comió con un aire solemne, mientras Kokerlii seguía sentado a proa, trinando a veces.
Kokerlii se moría de ganas de desembarcar. Sak, en cambio, nunca aparentaba tener muchísimas ganas de nada.
Aproximarse a Patji no era tarea sencilla, ni para aquellos que trampeaban en aquellas costas. La barca siguió danzando con las olas mientras Ocaso pensaba cómo tomar tierra. Al cabo de un tiempo, dejó el pescado y sacó su medallón para frotarlo y que le diera suerte. Era el que había llevado su tío, el que tenía una representación del héroe Cakoban, ancestro de todos los tramperos.
El tío de Ocaso había llevado el medallón hasta que Patji lo mató. Ocaso lo llevaría hasta que Patji lo matara también. Con un poco de suerte, aún tardaría muchos años.
Por fin volvió a coger el remo y lo hundió en las aguas, unas aguas que seguían profundas y azules, pese a su proximidad a la isla. Había miembros del Panteón que tenían bahías protegidas y playas en pendiente. Patji no tenía paciencia para esas bobadas. Sus playas eran de piedra y tenían taludes escarpados. En sus costas nunca se estaba a salvo. De hecho, las playas eran la parte más peligrosa, porque no solo se estaba al alcance de los horrores de la tierra, sino también de los monstruos de las profundidades. El tío de Ocaso se lo había advertido una y otra vez. Solo un necio dormía en las costas de Patji.
La marea le era favorable y Ocaso evitó que lo atraparan las corrientes que estrellarían su canoa contra aquellas taciturnas paredes de roca. Remó hacia una extensión parcialmente resguardada de peñascos y salientes de piedra, lo que pasaba por una playa en Patji. Kokerlii salió volando hacia los árboles, piando y graznando.
Ocaso miró las olas de inmediato. No había sombras. Aun así, se sintió desnudo mientras saltaba de la canoa y la arrastraba para izarla a las rocas, con el agua cálida lamiéndole las piernas. Sak se quedó en su sitio, al hombro de Ocaso.
Cerca, entre las olas, Ocaso vio un cadáver que se mecía en el agua.
«Sí que empezamos pronto con las visiones, amigo mío», pensó mirando a Sak. El aviar solía esperar a que hubieran amarrado del todo antes de conceder su bendición.
El ave de plumas negras se limitó a contemplar las olas.
Ocaso siguió trabajando. El cuerpo que veía entre las olas era el suyo propio. Le decía que evitara esa zona del agua. Quizá hubiera una anémona espinosa que pudiera picarle, o quizá lo aguardara allí una corriente traicionera. Las visiones de Sak no mostraban tantos detalles; servían solo como aviso.
Ocaso sacó la barca del agua, desmontó las batangas y las ató al cuerpo principal de la canoa para mayor seguridad. A continuación, arrastró la embarcación costa arriba con cuidado, preocupándose de no rascar el casco contra piedras puntiagudas, para ocultarla en la selva. Si la encontraba algún otro trampero, Ocaso se quedaría atrapado en la isla varias semanas más, armando otra. Eso sería…
Se detuvo cuando dio con el talón contra algo blando al subir de espaldas. Miró hacia abajo, esperando encontrar un montón de algas. Pero, en vez de eso, vio una tela mojada. ¿Una camisa? Ocaso la levantó y entonces reparó en otras señales, más sutiles. Trozos rotos de madera lijada. Papelitos que flotaban en un remolino.
«Serán idiotas», pensó.
Al llegar a la linde de la selva, vio su propio cadáver colgando de un árbol cercano. Aquello que se entreveía entre las hojas como de helecho de la copa eran enredaderas cortadoras. Sak dio un suave graznido en su hombro mientras Ocaso cogía una piedra grande de la playa, que arrojó contra el árbol. La piedra dio en la madera y, en efecto, las enredaderas cayeron como una red, llenas de pinchos.
Les costaría unas horas retraerse. Ocaso acercó su canoa y la ocultó en el sotobosque, cerca del árbol. Con un poco de suerte, otros tramperos serían lo bastante sensatos como para apartarse de las enredaderas cortadoras.
Antes de camuflar la barca con las últimas frondas, Ocaso sacó su petate. Aunque los siglos habían cambiado muy poco los deberes de un trampero, el mundo moderno tenía sus ventajas. En vez del simple pareo que le dejaba expuestas las piernas y el pecho, se puso unos gruesos pantalones con bolsillos en las perneras y una camisa con botones para protegerse la piel de las ramas y las hojas afiladas. En vez de sandalias, Ocaso se anudó unas recias botas. Y, en vez de un garrote con dientes clavados, se procuró un machete del mejor acero. En su petate había lujos como una cuerda con garfio de acero, una lámpara y un encendedor que creaba chispas solo con juntar sus dos manecillas.
Se parecía bien poco a los tramperos de las pinturas. Le daba igual. Prefería seguir con vida.

Ocaso dejó la canoa, se echó el petate al hombro y enfundó el machete a un lado. Sak pasó a su otro hombro. Antes de abandonar la playa, hizo una pausa y alzó la mirada hacia su propio cadáver, un poco traslúcido, que aún colgaba de unas enredaderas invisibles junto al árbol.
¿De verdad podría haber sido tan tonto como para dejarse atrapar por enredaderas cortadoras? Que él supiera, Sak solo le mostraba muertes plausibles. Ocaso prefería pensar que casi todas eran bastante improbables, visiones de lo que podía haber sucedido si fuese un imprudente, o si su tío no lo hubiera entrenado tan a fondo.
Antes, Ocaso se apartaba de cualquier lugar en el que viera su cadáver. No era valentía lo que había pasado a impulsarlo a hacer lo contrario. Era que… necesitaba afrontar las posibilidades. Necesitaba ser capaz de dejar aquella playa sabiendo que aún podía lidiar con las enredaderas cortadoras. Si evitaba los peligros, no tardaría en perder sus habilidades. No podía depender demasiado de Sak.
Porque Patji intentaría matarlo a cada ocasión que tuviera.
Ocaso se volvió y recorrió las piedras de la costa. Hacerlo iba contra todos sus instintos: en general, prefería dirigirse al interior nada más pudiera. Por desgracia, no podía marcharse sin investigar el origen de los restos que había visto. Albergaba una sospecha muy fundada de dónde hallaría su fuente.
Silbó y Kokerlii respondió desde lo alto con un gorjeo, alzó el vuelo de un árbol cercano y planeó sobre la playa. Al estar tan alejado, las protecciones del aviar no serían tan potentes. Pero las bestias que cazaban mentes en la isla no eran tan grandes ni tenían una psique tan fuerte como las sombras del océano. Ocaso y Sak serían invisibles para ellas, incluso con Kokerlii volando de un lado a otro.
Al cabo de una media hora costa arriba, Ocaso encontró los restos de un extenso campamento. Cajas rotas, cuerdas deshilachadas medio sumergidas en charcos dejados por la marea, lona desgarrada, tablones hechos añicos que una vez pudieron ser paredes. Kokerlii se posó en una vara rota.
No había ni rastro de su propio cadáver por allí cerca. Eso podía significar que no había peligros inmediatos en la zona. También podía significar que lo que pudiese matarlo allí era capaz de tragarse su cuerpo entero, de modo que Ocaso pisó con ligereza las piedras húmedas al borde del campamento destruido.
No. Aquello era más grande que un campamento. Ocaso pasó los dedos por un madero roto, en el que estaban pintadas con plantilla las palabras COMPAÑÍA COMERCIAL INTERESES NORTEÑOS. Era una poderosa fuerza mercantil de su tierra natal.
Se lo había dicho. Se lo había dicho una y mil veces. «No vengáis a Patji». Idiotas. ¡Y habían acampado en la costa, nada menos! ¿Es que nadie en esa compañía era capaz de escuchar? Llegó a un grupo de surcos en las rocas, anchos como su brazo y de unos diez pasos de largo. Llevaban al océano.
«Sombra —pensó—. Una bestia de las profundidades». Su tío le había contado que una vez vio una. Un enorme… algo que había saltado desde el agua. Había matado a una docena de nells que pastaban en las plantas costeras antes de regresar a las aguas con su festín.
Ocaso se estremeció, imaginando aquel campamento sobre la piedra, atestado de hombres que desempacaban, preparándose para construir el fuerte que le habían descrito. Pero ¿dónde estaba su barco? ¿Dónde estaba la gran embarcación de vapor con el casco de hierro que, según afirmaban, podía rechazar los ataques de hasta las sombras más profundas? ¿Estaría defendiendo el fondo del océano, convertido en hogar de pezfinos y pulpos?
No había supervivientes, ni tampoco ningún cadáver a la vista siquiera. La sombra debía de haberlos devorado. Se retiró a la posición algo más segura del borde de la selva y estudió el follaje, buscando señales de que alguien hubiera pasado por allí. El ataque era reciente, de hacía menos de un día.
Distraído, dio a Sak una semilla de su bolsillo mientras localizaba una sucesión de frondas rotas que llevaba al interior de la selva. Había supervivientes, pues. Quizá fuesen media docena. Cada uno había tomado una dirección distinta, y deprisa, huyendo del ataque.
Ocaso negó con la cabeza. Correr por la selva era una buena forma de buscarse la muerte. Los de la compañía se creían muy duros y preparados. Se equivocaban. Ocaso había hablado con varios de ellos, intentando persuadir a tantos de sus «tramperos» como pudiese de no embarcarse en la travesía.
No había servido de nada. Quería echar la culpa a las visitas de los Venidos de Arriba por aquella imprudente ansia de progreso, pero lo cierto era que las compañías llevaban años hablando de expandirse al Panteón.
Ocaso suspiró. Bueno, seguramente aquellos supervivientes ya habrían muerto. Debería dejarlos con sus destinos.
Solo que… la misma idea de que hubiera forasteros en Patji hacía que se estremeciera con algo que combinaba la repugnancia y la ansiedad. Estaban allí. No estaba bien. Aquellas islas eran sagradas y los tramperos, sus sacerdotes. De modo que regresó bajo el oscuro dosel de la selva, en esa ocasión trampeando en busca no de pájaros, sino de humanos.

CAPÍTULO CINCO
Ocaso bajó al metro.
Era un lugar nuevo con tecnología nueva, de la que habían desarrollado por sí mismos, no un regalo de los Venidos de Arriba. Habían empezado a excavar la primera línea de metro justo antes de que los Venidos de Arriba aparecieran por primera vez en el cielo. Ocaso se enorgullecía al pensarlo, como si aquello demostrase que los eelakin no eran unos inútiles, sino solo nuevos en todo aquello.
Llegó al posadero de aviares que ocupaba un tramo de pared. Allí los pájaros esperaban charlando, y hacían caca en un lugar adecuado. Sak no tenía necesidad, al parecer, porque se aferró a su brazo cuando Ocaso intentó acercarla al posadero.
Tenía mucho más apego por él desde que falleció Kokerlii. Ocaso no se lo reprochaba. Él se sentía igual.
Había esperado sentir un cierto consuelo al descender bajo el suelo, a un lugar que demostraba lo mucho que estaba haciendo el progreso por su pueblo. Pero solo se sentía… exhausto. Agotado como nunca se había notado en Patji, donde fue trampero. En la Isla Padre siempre había tenido que estar alerta. Allí, en cambio, nada parecía importar.
¿Por qué, entonces, se notaba más cansado en vez de menos? Parecía el mundo al revés. Negó con la cabeza y se quedó esperando en el andén junto a todos los demás. Allí abajo, al contrario que en el parque, no lo reconocía nadie. Allí era solo otra persona de la ciudad, y la gente de ciudad iba a la suya. A Ocaso le gustaba eso de ellos.
Su cadáver apareció en las vías.
Ocaso ladeó la cabeza. Sí, sí que era su propio cadáver, algo que no había visto en lo que le parecían siglos. Lanzó una mirada hacia Sak. ¿Por qué estaba enseñándole aquello? ¿Sería… un extraño intento de animarlo? Sak trinó. Alerta, con las plumas erizándose. No, era una auténtica advertencia. La vida de Ocaso corría verdadero peligro, por primera vez en años.
Le resultó estimulante.
Miró alrededor, buscando entre la multitud del andén. Ahí. Ese hombre que serpenteaba hacia él, el de la barbita rala y los brazos nerviosos. Ocaso se apartó de él, retrocediendo hacia la pared del andén.
El hombre pasó sin desviarse, deprisa, y el cadáver de Ocaso desapareció de las vías. Ocaso le rascó el cuello a Sak, dándole las gracias, pero entonces miró hacia el hombre desaliñado, que seguía alejándose por el andén. Ya llegaba el metro. El tipo se aproximaba muy despacio a otra persona. ¿De verdad iba a arrojarla a la vía sin más?
Sin pensárselo dos veces, Ocaso echó a correr. La bocina de la máquina reverberó en el andén y lo hizo vibrar mientras el hombre desaliñado se abalanzaba hacia una mujer que estaba esperando en el borde del andén. Ocaso llegó antes y agarró al hombre por el brazo.
La mujer, que se había inclinado para ver llegar el metro, no se percató de lo que ocurría a su espalda. Ocaso aferró con fuerza al hombre desaliñado y vio que… ¿tenía una estrella tatuada en el brazo?
¿Una estrella fugaz?
«Pura casualidad», pensó Ocaso. Era un símbolo muy popular, ya que era lo que había guiado a Cakoban hasta aquellas islas. Aun así, Ocaso se quedó conmocionado al verlo, después de la conversación que había mantenido con Fronda. Mientras el convoy frenaba hasta detenerse, eructando vapor, el hombre desaliñado aprovechó la momentánea confusión de Ocaso. Se liberó y salió corriendo hacia la escalera.
Ocaso sonrió.
Nunca le des algo que perseguir a un trampero.
El hombre apenas logró coronar la escalera antes de que Ocaso, esquivando a gente confusa y nerviosa, embistiera contra él. El fugitivo se puso a dar voces, gritando que lo estaban atacando. Llegó la policía, que, por desgracia, tenía experiencia con los tramperos sin empleo. Muchos de los compañeros de Ocaso eran… problemáticos desde que les pusieron la vida al revés, una situación de la que él era responsable en parte.
Mientras los agentes se lo llevaban, Ocaso no intentó darles explicaciones. A la policía no le gustaba escuchar a los tramperos. Además, cuando supiesen quién era, llamarían a Vathi.
Era la presidenta de la Primera Compañía, pero Ocaso la había encontrado por primera vez colgada cabeza abajo.

CAPÍTULO SEIS
Cinco años antes
Ocaso se quedó muy quieto entre los matorrales. ¿Qué era aquel crujido? Desenfundó el machete con gesto practicado, lo niveló y metió la mano en el bolsillo para sacar su honda. Pero no fue un refugiado lo que salió de entre los arbustos, ni tampoco un depredador. Fue un grupito de pequeños animales parecidos a ratones que asomaron cautelosos, husmeando el aire. Sak graznó. Nunca le habían gustado los manseros.
Déjalos pasar, ordenó Ocaso a Kokerlii y, al momento, sintió las mentes de los manseros.
¿Comida?, enviaron a Ocaso los tres animalillos. ¿Comida?
Era el más rudimentario de los pensamientos, proyectado directo a su mente.
Ocaso les envió una sensación de calma y sacó un poco de carne seca para los manseros. Mientras se amontonaban sobre ella, enviándole gratitud, Ocaso vio sus dientes afilados y el colmillo afilado que sobresalía de sus bocas. Un mordisco suyo bastaba para matar, pero, con el paso de los siglos, las pequeñas criaturas se habían acostumbrado a los tramperos y estaban casi domesticadas.
Su mente era superior a la de los apagados animales. Ocaso los encontraba casi tan inteligentes como a los aviares.
