El aliento de los dioses (edición ilustrada)

Brandon Sanderson

Fragmento

Agradecimientos

Agradecimientos

Trabajar en El aliento de los dioses ha sido un proceso inu­sitado en algunos sentidos, sobre los que podéis leer más en mi página web. Baste decir aquí que he tenido una gama más variada de lo normal de lectores alfa, a muchos de los cuales conozco principalmente por su nombre de usuario en mis foros. He intentado incluir los nombres de todos, pero sin duda se me escapará alguno. Si eres uno de ellos, contacta conmigo y trataremos de incluirte en futuras ediciones.

El primer agradecimiento va dirigido a mi encantadora esposa Emily Sanderson, con quien me casé mientras escribía este libro. Esta es mi primera novela donde ha participado ampliamente con sus opiniones y sugerencias, y aprecio muchísimo su ayuda. También, como siempre, muchas gracias a mi agente Joshua Bilmes y a mi editor Moshe Feder, que trabajaron muchísimo en el manuscrito, llevándolo de la segunda o la tercera elevación hasta al menos la octava.

En Tor, varias personas han superado con creces la llamada del deber. La primera es Dot Lin, mi publicista, con quien ha sido particularmente genial trabajar. ¡Gracias, Dot! Y, como siempre, los incansables esfuerzos de Larry Yoder son dignos de mención, así como el excelente trabajo de la genial directora artística de Tor, Irene Gallo. Dan dos Santos realizó la cubierta original, y os sugiero de todo corazón que echéis un vistazo a su página web y sus otros trabajos, porque creo que es uno de los mejores ilustradores del momento. También Paul Stevens merece mi gratitud por ser el enlace interno para mis libros.

En el apartado de los agradecimientos especiales, tenemos a Joevans3, Dreamking47, Louise Simard, Jeff Creer, Megan Kauffman, thelsdj, Megan Hutchins, Izzy Whiting, Janci Olds, Drew Olds, Karla Bennion, Eric James Stone, Dan Wells, Isaac Stewart, Ben Olsen, Greyhound, Demented Yam, D. Demille, Loryn, Kuntry Bumpken, Vadia, U-boat, Tjaeden, Dragon Fly, pterath, BarbaraJ, Shir Hasirim, Digitalbias, Spink Longfellow, amyface, Richard «Captain Goradel» Gordon, Swiggly, Dawn Cawley, Drerio, David B, Mi’chelle Trammel, Matthew R Carlin, Ollie Tabooger, John Palmer, Henrik Nyh y el irresoluble Peter Ahlstrom.

Por la edición especial de Dragonsteel, querría darle las gracias a Peter Ahlstrom por su impecable atención a los detalles. No solo hace un trabajo maravilloso revisando y editando estas ediciones X Aniversario, sino que además dedica muchísimo tiempo a maquetar el texto para asegurarse de que cada palabra, frase y párrafo quede fantástica en la página. Y siempre hace su magia, llueva o nieve, por lo que le estoy tremendamente agradecido.

Mi director artístico, Isaac Stewart, diseñó el libro y contrató a un grupo de ilustradores lleno de talento para insuflarle vida al mundo de El aliento de los dioses. Muchas gracias a Ben McSweeney, Shawn Boyles, Bryan Mark Taylor, Howard Lyon, Magali Villeneuve, Miranda Meeks y Micah Epstein por vuestra visión hermosa e inspiradora.

Quiero agradecerles en particular a Jian Guo y Dan dos Santos el exhaustivo trabajo que han hecho para este volumen. Las exquisitas letras capitulares de Jian Guo confieran a este libro una sensación iluminada que me encanta.

Dan dos Santos, por su parte, retoma su papel como el ilustrador por antonomasia de Nalthis: sus nuevas guardas para esta edición son auténticas obras de arte, y sus ilustraciones interiores son preciosas. Gracias, Dan, por seguir colaborando con nosotros.

Bill Wearne, de American Print & Bindery, trabajó sin descanso en ayudarnos a encontrar los materiales y los procesos más adecuados para hacer realidad este libro. También querríamos dar las gracias a toda la gente que brega en las trincheras imprimiendo, cortando, apilando, cosiendo, encolando, envolviendo y preparando los libros. Sois todos unos héroes.

Por último, no olvidemos al equipo que saca estos ejemplares del almacén, los embala y los envía al lector: Kara Stewart, Mem Grange, Jacob Chrisman, Lex Willhite, Michael Bateman, Joe Deardeuff, Erika Marler y Christi Jacobsen.

Mapa en blanco y negro de aspecto antiguo, creado por Shawn Boyles, que representa una ciudad costera amurallada vista desde una posición elevada. La cara inferior de la ciudad tiene muralla doble, con una franja de edificios entre el muro exterior y el interior. Toda la parte costera, en la parte derecha del mapa, está cubierta de muelles rectos o en L. La inmensa mayoría de los edificios son de color gris, pero destacan algunos en blanco, los más lujosos. Hay siete localizaciones señaladas con números: 1. La Corte de los Dioses, unos edificios con cúpula en la parte sudeste. 2. Las tierras altas, unos edificios grises al oeste. 3. Casa de Lemex, una casa gris al sur, cerca del portón de la muralla. 4. Escondrijo de Denth, una casa gris muy al este, pegada a los muelles. 5. Mercado, una extensión de puestos en el suroeste, dominados por tres edificios blancos con cúpula. 6. Jardín de los D’Denir, un parque extenso con árboles al noreste de la ciudad. 7. Jardín de la encrucijada, una plaza ajardinada muy cerca del centro de la ciudad. También hay un texto que recorre la parte de abajo: «Mapa de T’Telir copiado de un tapiz del palacio del dios retornado Sondeluz el Audaz, hacia 327. La representación artística de la ciudad no está a escala, pero es una referencia útil de las localizaciones relativas.

1

Letra capitular T, ilustrada en grises por Jian Guo. La letra en sí tiene forma de columna con doseles a ambos lados de la parte de arriba. Bajo los doseles hay sendas mujeres de pie, ambas con una mano en la columna central. La mujer de la izquierda, de larga melena clara adornada con medias lunas, lleva un vestido vaporoso y revelador, que le deja al descubierto el ombligo y una pierna casi entera. La mujer de la derecha tiene el pelo negro por los hombros y lleva un vestido mucho más modesto, oscuro ribeteado de blanco.enía sus ventajas ser una persona de escasa importancia.

Era cierto que, según el baremo de muchas personas, Siri no era «de escasa importancia». Al fin y al cabo, era hija de un rey. Por suerte, su padre tenía cuatro descendientes con vida, y Siri, a sus diecisiete años, era la más joven de todos. Fafen, la hermana que la precedía en edad, había cumplido con los deberes familiares y se había unido a los monjes. Por delante de Fafen estaba Ridger, el varón. El heredero al trono.

Y luego estaba Vivenna. Siri exhaló un suspiro mientras recorría el camino de regreso a la ciudad. Vivenna, la primogénita, era… en fin, era Vivenna. Hermosa, desenvuelta, perfecta en todos los aspectos. Lo cual estaba bien, claro, teniendo en cuenta que se había prometido con un dios. En cualquier caso, Siri, como cuarta hija, era redundante. Vivenna y Ridger debían concentrarse en los estudios, y Fafen tenía que hacer su trabajo en los pastizales y en los hogares. Pero Siri podía vivir con su escasa importancia. Le permitía disfrutar de la naturaleza y perderse de vista durante horas seguidas.

A veces la gente se percataba, cómo no, y eso le había deparado problemas. Pero incluso su padre debía admitir que sus desapariciones no causaban graves inconvenientes. La ciudad se las apañaba sin Siri; de hecho, solía irle un poquito mejor cuando ella no andaba cerca.

Escasa importancia. Cualquier otro podría tomárselo como una ofensa. Para Siri era una bendición.

Entró en la ciudad con una sonrisa en los labios y atrajo las inevitables miradas. Aunque en teoría Bevalis era la capital de Idris, no era demasiado grande y todo el mundo la reconoció al verla. A juzgar por las historias que Siri había oído a comerciantes de paso, su hogar era apenas una aldea, comparada con las enormes metrópolis de otras naciones.

Le gustaba como era, con sus calles fangosas, las casas de techo de paja y las aburridas, aunque recias, murallas de piedra. Las mujeres perseguían a los gansos que huían, los hombres tiraban de los burros cargados con semillas de primavera, y los niños sacaban a las ovejas a pastar. Una ciudad grande en Xaka, Hudres o incluso el terrible Hallandren podría tener vistas exóticas, pero estaría repleta de multitudes sin rostro que gritarían y se apretujarían, y de nobles altivos. No era algo que entusiasmara a Siri, que por lo general incluso consideraba a Bevalis demasiado bulliciosa para su gusto.

«Aun así —pensó, contemplando su sencillo vestido gris—, seguro que esas ciudades tendrán más colores. Eso sí que me gustaría verlo».

Su cabello no destacaría tanto allí. Como de costumbre, los largos mechones se habían vuelto rubios de alegría mientras estaba en el campo. Se concentró, tratando de controlarlos, pero solo pudo reducir el color a un marrón opaco. En cuanto dejó de concentrarse, su pelo recuperó el color de antes. Nunca se le había dado muy bien controlarlo. No como a Vivenna.

Mientras atravesaba la ciudad, un grupo de figuras pequeñas empezó a seguirla. Fingió no haber reparado en la presencia de los niños hasta que una se atrevió a correr hacia ella y tirarle del vestido. Entonces Siri se dio media vuelta, sonriente. La miraron con rostros solemnes. Incluso a esa edad, los niños idrianos estaban educados para evitar vergonzosos estallidos de emoción. Según las enseñanzas austrinas, no había nada malo en los sentimientos, pero llamar con ellos la atención no era bueno.

Siri nunca había sido muy devota. No era culpa suya, razonaba, que Austre le hubiera otorgado una clara incapacidad para obedecer. Los niños esperaron sin impacientarse hasta que Siri metió la mano en el delantal y sacó unas flores de vivos colores. Los ojos de los niños se abrieron de par en par, admirando aquellos tonos intensos. Tres de las flores eran azules, una amarilla.

Las flores destacaban contra la persistente monotonía de la ciudad. Aparte de lo que podía encontrarse en la piel y los ojos de la gente, no había ni una gota de color a la vista. Se habían encalado las piedras, teñido de gris o pardo las prendas de vestir. Todo para mantener el color a raya.

Pues sin color, no había despertantes.

La niña que había tirado de la falda de Siri cogió las flores con una mano y echó a correr con ellas, seguida por los otros niños. Siri vio reproche en los ojos de varios transeúntes. Pero ninguno de ellos se encaró con ella. Ser princesa, incluso una de escasa importancia, tenía sus ventajas.

Continuó su camino hacia el palacio. Era un edificio bajo de un solo piso, con un gran patio de tierra prensada. Siri evitó las multitudes de buhoneros en la puerta, dio la vuelta y entró por las cocinas. Mab, la cocinera, dejó de cantar cuando se abrió la puerta y miró a Siri.

—Tu padre te ha estado buscando, niña —dijo, y se volvió canturreando para atacar una pila de cebollas.

—Eso me temía.

Siri se acercó y olfateó una olla, de la que emanaba un reconfortante aroma a patatas cocidas.

—Ya te has ido otra vez a las montañas, ¿a que sí? Seguro que saltándote tus clases.

Siri sonrió y sacó otra de las brillantes flores amarillas para hacerla girar entre dos dedos.

Mab puso los ojos en blanco.

—Y sospecho que también has estado corrompiendo a los jóvenes de la ciudad. De verdad, niña, a tu edad ya tendrías que haber superado estas cosas. Tu padre va a decirte un par de palabras sobre tus responsabilidades.

—Me gustan las palabras. Y siempre aprendo algunas nuevas cuando padre se enfada. No debería descuidar mi educación, ¿no?

Mab resopló y mezcló unos pepinillos cortados con las cebollas.

—De verdad, Mab —dijo Siri, haciendo girar la flor, sintiendo que el tono de su pelo se volvía un poco rojizo—. No entiendo cuál es el problema. Austre creó las flores, ¿no? Puso los colores en ellas, así que no pueden ser malignas. Quiero decir, lo llamamos el Dios de los Colores, al fin y al cabo.

—Las flores no son malignas —respondió Mab, añadiendo algo que parecía hierba a su mezcla—, suponiendo que se queden donde las puso Austre. No deberíamos usar la belleza de Austre para darnos importancia.

—Una flor no me hace parecer más importante.

—¿Ah, no? —repuso Mab, metiendo la hierba, el pepinillo y las cebollas en una de las ollas que tenía al fuego. Golpeó el lado con el plano de su cuchillo, escuchó, asintió para sí y empezó a rebuscar más verduras bajo la encimera—. Dime —prosiguió con voz amortiguada—, ¿de verdad crees que no has llamado la atención al caminar por la ciudad con una flor?

—Eso es solo porque la ciudad es muy gris. Si hubiera un poco de color, nadie se fijaría en una flor.

Mab se incorporó cargando con una caja con tubérculos.

—¿Y qué quieres, que lo decoremos todo como si fuera Hallandren? Quizá deberíamos empezar a invitar a despertantes a la ciudad. ¿Qué te parecería eso? ¿Diablos que sorbieran las almas de los niños, que estrangularan a la gente con sus propias ropas? ¿Levantar a los muertos de las tumbas para usarlos como mano de obra? ¿Sacrificar mujeres en sus altares impíos?

Siri notó que su pelo se emblanquecía un poco de ansiedad. «¡Basta!», pensó. El pelo parecía tener mente propia y respondía a sus instintos.

—Eso de que sacrifiquen doncellas es solo un cuento —dijo—. En realidad no lo hacen.

—Los cuentos vienen de alguna parte.

—Sí, de viejas sentadas al calor del fuego en invierno. No creo que tengamos que estar tan asustados. Los hallandrenses van a seguir haciendo lo que quieran, y a mí me parece bien, siempre que nos dejen en paz.

Mab empezó a cortar verdura, sin levantar la cabeza.

—Tenemos el tratado, Mab —añadió Siri—. Mi padre y Vivenna se asegurarán de que estemos a salvo, y eso hará que los hallandrenses nos dejen en paz.

—¿Y si no?

—Lo harán. No te preocupes.

—Tienen mejores ejércitos —repuso Mab mientras cortaba una raíz de vanavel—, mejor acero, más comida y… y esas cosas. La gente se preocupa. A lo mejor tú no, pero las personas sensatas sí.

Costaba desoír sin más las palabras de la cocinera. Mab era sabia, más allá de su maña con las especias y los guisos. Sin embargo, también era asustadiza.

—Te preocupas por nada, Mab. Ya lo verás.

—Solo digo que es mal momento para que una princesa vaya por ahí con flores, haciéndose ver y coqueteando con la antipatía de Austre.

Siri suspiró.

—Muy bien, de acuerdo. —Arrojó la última de sus flores al puchero—. Ahora todos podremos destacar juntos.

Mab se detuvo y puso los ojos en blanco mientras seguía cortando.

—Supongo que eso sería una flor de vanavel.

—Pues claro. —Siri olisqueó la olla humeante—. Jamás se me ocurriría estropear un buen guiso. Y sigo diciendo que exageras.

Mab arrugó la nariz.

—Toma —dijo mientras sacaba otro cuchillo—. Haz algo útil. Hay raíces que picar.

—¿No debería ir a ver a mi padre? —preguntó Siri, cogiendo una retorcida raíz de vanavel para empezar a cortarla.

—Te enviará de vuelta aquí y te pondrá a trabajar en las cocinas como castigo —respondió Mab, utilizando el cuchillo para darle otro golpecito al puchero. Según ella, se podía juzgar cuándo estaba lista la comida por el sonido que hacía la olla.

—Que Austre me ayude como mi padre descubra que me gusta estar aquí abajo.

—Te gusta estar cerca de la comida —dijo Mab, sacando la flor del guiso y arrojándola a un lado—. En todo caso, no puedes ir a verlo. Está reunido con Yarda.

Siri no mostró ninguna reacción y se limitó a seguir con su tarea. Su pelo, sin embargo, se volvió rubio de emoción. «Las reuniones de mi padre con Yarda suelen durar horas —pensó—. No tiene mucho sentido estar allí esperando a que termine».

Mab se volvió para coger algo de la mesa, y cuando miró hacia atrás, Siri ya había salido corriendo por la puerta en dirección a las cuadras reales. Minutos más tarde, galopaba lejos del palacio, llevando su capa marrón favorita, sintiendo un estremecimiento de emoción que volvió su pelo de un rubio brillante. Una bonita cabalgada sería una buena manera de redondear el día.

A fin de cuentas, su castigo sería el mismo.

Dedelin, rey de Idris, depositó la carta sobre la mesa. La había contemplado largo rato. Era hora de decidir si enviaría o no a su hija mayor a la muerte.

A pesar de la llegada de la primavera, sus aposentos estaban fríos. El calor era cosa rara en las tierras altas de Idris, anhelado y disfrutado, pues los veranos eran breves. Los aposentos estaban también desnudos. Había belleza en la sencillez. Ni siquiera un rey tenía derecho a mostrar arrogancia haciendo ostentación.

Dedelin se levantó y contempló el patio por la ventana. El palacio era pequeño según los baremos del mundo, de un solo piso de altura, con un tejado de madera en pico y achaparrados muros de piedra. Pero era grande según los baremos de Idris, y bordeaba lo ampuloso. Se le podía perdonar, pues el palacio era también una sala de reuniones y el centro de operaciones de todo su reino.

El rey alcanzaba a ver al general Yarda con el rabillo del ojo. El hombretón esperaba, las manos a la espalda, la hirsuta barba recogida en tres trenzas. Era la otra única persona presente en la sala.

Dedelin volvió a mirar la carta. El papel era rosa brillante, y el color chillón destacaba en su mesa como una gota de sangre sobre la nieve. El rosa era un color que nunca se veía en Idris. Pero en Hallandren, centro de la industria de tintes del mundo, esos tonos de mal gusto eran comunes.

—¿Y bien, viejo amigo? —preguntó Dedelin—. ¿Tienes algún consejo que darme?

El general Yarda negó con la cabeza.

—La guerra se avecina, majestad. La siento en los vientos y la leo en los informes de nuestros espías. Hallandren sigue considerándonos rebeldes, y nuestros pasos hacia el norte son demasiado tentadores. Atacarán.

—Entonces no debería enviarla —dijo Dedelin, mirando de nuevo por la ventana hacia el patio, lleno de gente ataviada con pieles y abrigos que venía al mercado.

—No podemos detener la guerra, majestad —dijo Yarda—. Pero… podemos retrasarla.

Dedelin se volvió.

Yarda dio un paso adelante y habló en voz baja.

—No es buen momento. Nuestras tropas aún no se han recuperado de esas incursiones vendis del otoño pasado, y con los incendios de los graneros este invierno… —Sacudió la cabeza—. No podemos permitirnos librar una guerra defensiva en verano. Nuestro mejor aliado contra Hallandren son las nieves. No podemos dejar que este conflicto se desarrolle según sus términos. Si lo hacemos, estamos acabados.

Todas esas palabras tenían sentido.

—Majestad —prosiguió Yarda—, están esperando a que rompamos el tratado y tener una excusa para atacar. Si nos movemos primero, golpearán.

—Si cumplimos el tratado, lo harán también —replicó Dedelin.

—Pero más tarde. Quizá meses más tarde. Ya sabéis lo lenta que es la política hallandrense. Si cumplimos el tratado, habrá debates y discusiones. Solo con que duren hasta las nieves, habremos ganado el tiempo que tanto necesitamos.

Tenía sentido. Un sentido sincero y brutal. Durante los últimos años, Dedelin había ganado tiempo y visto cómo la corte de Hallandren se volvía cada vez más agresiva, más agitada. Cada año había voces pidiendo que se atacara a los «idrianos rebeldes» que vivían en las tierras altas. Cada año esas voces se hacían más estridentes y abundantes. Y cada año la diplomacia conciliadora de Dedelin mantenía a los ejércitos a raya. Había esperado que tal vez el líder rebelde Vahr y sus disidentes de Pahn Kahl distrajeran la atención de Idris, pero Vahr había sido capturado y su supuesto ejército desmantelado. Sus acciones solo habían servido para que Hallandren se concentrara más en sus enemigos.

La paz no duraría. No con Idris madura, no con lo valiosas que eran las rutas comerciales. No con la actual cosecha de dioses de Hallandren, que parecían mucho más erráticos que sus predecesores. Dedelin sabía todo eso. Pero también sabía que incumplir el tratado sería una locura. Cuando te arrojan al cubil de una bestia, no osas provocar su furia.

Yarda se unió a él junto a la ventana y miró al exterior, apoyando un codo contra el marco. Era un hombre duro nacido en inviernos duros. Pero también era un hombre bueno, el mejor que Dedelin había conocido, y una parte del rey anhelaba casar a Vivenna con el hijo del general.

Era absurdo. Dedelin había sabido siempre que llegaría ese día. Él mismo había redactado el tratado, que exigía enviar a su hija a casarse con el rey-dios. Hallandren necesitaba una hija de sangre real para volver a introducir el linaje tradicional en su monarquía. Era algo que los depravados y engreídos habitantes de las tierras bajas codiciaban desde hacía tiempo, y esa cláusula específica del tratado era la única garantía que había salvado a Idris durante veinte años.

El tratado había sido el primer acto oficial del reinado de Dedelin, alcanzado mediante arduas negociaciones tras el asesinato de su padre. Dedelin apretó los dientes. Qué poco había tardado en plegarse a los caprichos de sus enemigos. Sin embargo, volvería a hacerlo: un monarca idriano haría cualquier cosa por su pueblo. Esa era la gran diferencia entre Idris y Hallandren.

—Si la enviamos, Yarda, la mandaremos a la muerte —dijo Dedelin.

—Tal vez no le hagan daño —respondió Yarda al cabo de un momento.

—Sabes que es imposible. Lo primero que harán cuando llegue la guerra es usarla contra mí. Se trata de Hallandren. ¡Invitan a los despertantes a sus palacios, por el amor de Austre!

Yarda guardó silencio. Luego negó con la cabeza.

—Los últimos informes dicen que su ejército incluye ya a unos cuarenta mil sinvidas.

«Santo Dios de los Colores», pensó Dedelin, mirando de nuevo la carta. Su lenguaje era sencillo. Vivenna había cumplido veintidós años, y los términos del tratado estipulaban que Dedelin no podía esperar más.

—Enviar a Vivenna es un plan mediocre, pero es nuestro único plan —dijo Yarda—. Con más tiempo, sé que podría atraer a Tedradel a nuestra causa, porque odian a Hallandren desde la Multiguerra. Y quizá encontraría un modo de alzar la facción rota de los rebeldes de Vahr en el propio Hallandren. Como mínimo, podríamos hacer acopio de suministros y vivir otro año. —Se volvió hacia el rey—. Si no enviamos a los hallandrenses la princesa que anhelan, considerarán que la guerra es culpa nuestra. ¿Quién nos apoyará? ¡Exigen saber por qué nos negamos a cumplir el tratado que redactó nuestro propio rey!

—¡Y si les enviamos a Vivenna, introduciremos la sangre real en su monarquía, y eso les dará un argumento aún más legítimo para reclamar las tierras altas!

—Tal vez —admitió Yarda—. Pero, si los dos sabemos que van a atacar de todas formas, ¿qué más nos dan sus argumentos? Al menos, así tal vez esperen a que nazca un heredero antes de atacar.

Más tiempo. El general siempre pedía más tiempo. Pero ¿y si ese tiempo era a costa de la propia hija de Dedelin?

«Yarda no vacilaría en enviar a un soldado a la muerte si con eso ganara tiempo para situar al resto de sus tropas en mejor posición de ataque —pensó Dedelin—. Somos Idris. ¿Cómo puedo pedirle a mi hija menos de lo que le exigiría a uno de mis soldados?».

Solo pensar en Vivenna entre los brazos del rey-dios, obligada a engendrar el hijo de aquella criatura… casi le blanqueaba el cabello de preocupación. Ese vástago se convertiría en un monstruo mortinato que luego pasaría a ser el próximo dios retornado de los hallandrenses.

«Existe otra vía —susurró una parte de su mente—. No tienes por qué enviar a Vivenna».

Alguien llamó a la puerta con los nudillos. Yarda y él se giraron, y Dedelin dio permiso para pasar al visitante. Tendría que haber adivinado de quién se trataba.

Vivenna iba ataviada con un sobrio vestido gris. Qué joven le parecía a Dedelin aún. Sin embargo, era la imagen perfecta de una mujer idriana: el pelo recogido en un modesto rodete, ningún maquillaje que atrajera la atención sobre su rostro. No era tímida ni blanda, como algunas nobles de los reinos del norte. Era simplemente serena. Serena, sencilla, dura y capaz. Idriana.

—Llevas aquí dentro varias horas, padre —dijo ella, e inclinó la cabeza ante Yarda en señal de respeto—. Los criados hablan de un sobre colorido que el general traía al entrar. Creo que sé lo que contiene.

Dedelin la miró a los ojos y le indicó que se sentase. Vivenna cerró la puerta sin hacer ruido y acercó una silla de madera de las que había a un lado de la habitación. Yarda permaneció de pie, al modo masculino. Vivenna miró la carta sobre la mesa. Estaba tranquila, con el pelo controlado y mantenido de un respetuoso negro. Era el doble de devota que Dedelin y, al contrario que su hermana menor, nunca llamaba la atención con arrebatos emotivos.

—Entiendo que debo prepararme para partir —dijo Vivenna, las manos sobre el regazo.

Dedelin abrió la boca, pero no pudo encontrar ninguna objeción. Miró a Yarda, quien meneó la cabeza, resignado.

—Me he preparado toda mi vida para esto, padre —prosiguió ella—. Estoy preparada. Pero Siri no se lo tomará nada bien. Ha salido a cabalgar hace una hora. Debería marcharme de la ciudad antes de su regreso. Eso evitará la escena que puede montar.

—Demasiado tarde —dijo Yarda con una mueca, y señaló con la cabeza hacia la ventana.

En el patio, la gente se dispersó mientras una figura entraba al galope por las puertas. Llevaba una túnica marrón oscuro casi demasiado colorida, y, por supuesto, llevaba el pelo suelto.

El pelo era amarillo.

Dedelin sintió que su rabia y su frustración crecían. Solo Sisirinah podía hacerle perder el control. Como en un irónico contrapunto a la fuente de su ira, sintió que su pelo cambiaba. Para quien estuviera mirando, unos cuantos mechones de pelo en su cabeza se habrían decolorado de negro a rojo. Era la marca distintiva de la familia real, que había huido a las tierras altas de Idris en el momento álgido de la Multiguerra. Otros podían ocultar sus emociones. La casa real, en cambio, manifestaba lo que sentía en el mismísimo pelo de la cabeza.

Vivenna lo observó, prístina como siempre, y su serenidad dio fuerzas a Dedelin para convertir de nuevo su pelo en negro. Controlar los traicioneros Mechones Reales requirió una fuerza de voluntad incomprensible para cualquier hombre corriente. Dedelin no tenía ni idea de cómo Vivenna lo hacía tan bien.

«La pobre niña nunca ha tenido infancia», pensó. Desde su nacimiento, la vida de Vivenna había apuntado hacia ese único acontecimiento. Su primogénita, la niña que siempre le había parecido una parte de sí mismo, la niña que siempre lo había hecho sentirse orgulloso, la mujer que ya se había ganado el cariño y el respeto de su pueblo. En su imaginación vio a la reina en la que podría convertirse, más fuerte incluso que él. Alguien que podría guiarlos a través de los oscuros días venideros.

Pero solo si sobrevivía hasta entonces.

—Me prepararé para el viaje —dijo ella, poniéndose en pie.

—No —dijo Dedelin.

Yarda y Vivenna se volvieron para mirarlo.

—Padre —dijo la muchacha—, si rompemos este tratado, significará la guerra. Estoy preparada para sacrificarme por nuestro pueblo. Tú mismo me enseñaste eso.

—No irás —repuso Dedelin con firmeza, volviéndose hacia la ventana de nuevo.

Fuera, Siri reía con un mozo de cuadra. Se la oía incluso desde esa distancia. El pelo se le había vuelto de un rojo llameante. «Santo Dios de los Colores, perdóname —pensó Dedelin—. Qué terrible decisión para un padre. El tratado es claro: debo enviar a los hallandrenses a mi hija cuando Vivenna cumpla veintidós años. Pero en realidad no especifica a qué hija he de enviar».

Si no enviaba una de sus hijas a Hallandren, los atacarían de inmediato. Si enviaba a la que no era, podrían enfurecerse, pero Dedelin sabía que no atacarían. Esperarían hasta tener un heredero. Eso le concedería a Idris al menos nueve meses.

«Además —pensó—, si intentaran utilizar a Vivenna contra mí, sé que no podría impedirme a mí mismo ceder». Era vergonzoso admitirlo, pero, al final, eso fue lo que le hizo tomar la decisión.

Dedelin se volvió para mirarlos.

—Vivenna, no te casarás con el dios tirano de nuestros enemigos. Voy a enviar a Siri en tu lugar.

2

Letra capitular S, ilustrada en grises por Jian Guo. Reclinada sobre la curva de la letra, en la parte derecha, vemos a una mujer de larga melena oscura adornada con medias lunas, vestida con lo que parece ropa de viaje, ceñida por arriba, con falda larga y sombrero con velo. En la parte izquierda de la letra se distingue la silueta de un carruaje tirado por cuatro caballos y seguido por una bandada de pájaros.iri iba sentada, aturdida, en un traqueteante carruaje, mientras su tierra natal iba quedando más y más lejos con cada bache y cada sacudida.

Habían pasado dos días, y seguía sin comprenderlo. Se suponía que aquello iba a ser la tarea de Vivenna. Era lo que pensaba todo el mundo. Idris había festejado el día del nacimiento de Vi­venna. El rey había iniciado su formación desde el momento en que supo andar, instruyéndola en las costumbres y los modales de la corte. Fafen, la segunda hija, también había recibido lecciones por si Vivenna moría antes del día de la boda. Pero Siri no. Ella había sido redundante. De escasa importancia.

Ya no.

Miró por la ventanilla. Su padre había enviado el carruaje más hermoso del reino y una guardia de honor de veinte hombres para que la escoltara hasta el sur. Eso, junto con un mayordomo y varios sirvientes, formaba la procesión más grande que Siri había visto jamás. Bordeaba la ostentación, cosa que podría haberla entusiasmado si no la estuviera alejando de Idris.

«Las cosas no tenían que ser así —pensó—. ¡Nada de esto tendría que haber sucedido así!».

Y, sin embargo, así había sucedido.

No tenía sentido. El carruaje dio un bote, pero ella solo permaneció sentada, entumecida. «Al menos podrían haberme dejado ir a caballo, en vez de obligarme a sentarme en este carruaje», pensó. Pero esa, por desgracia, no habría sido una forma adecuada de entrar en Hallandren.

Hallandren.

Notó que su cabello se volvía blanco de miedo. La enviaban nada menos que a Hallandren, un reino al que su pueblo maldecía a cada dos palabras que pronunciaba. Siri no volvería a ver a su padre en mucho tiempo, si es que llegaba a verlo alguna vez. No hablaría con Vivenna, ni escucharía a los tutores, ni sería regañada por Mab, ni montaría los caballos reales, ni iría a buscar flores en el bosque, ni trabajaría en las cocinas. Tendría que…

Casarse con el rey-dios. El terror de Hallandren, el monstruo que nunca había inhalado un aliento vivo. En Hallandren, su poder era absoluto. Podía decretar una ejecución por mero capricho.

«Pero yo estaré a salvo, ¿no? —pensó—. Seré su esposa. Su esposa. Voy a casarme. Ay, Austre, Dios de los Colores». Se sintió enferma y se encogió con las piernas contra el pecho, mientras el pelo se le ponía tan blanco que parecía brillar, y entonces se tumbó en el asiento, sin saber si el temblor que sentía era propio o era por el carruaje, que continuaba su inexorable camino hacia el sur.

—Creo que tendrías que reconsiderarlo, padre —observó Vivenna, tranquila y sentada en postura decorosa, tal y como le habían enseñado, con las manos en el regazo.

—Lo he considerado y vuelto a considerar —dijo el rey, agitando la mano—. La decisión está tomada.

—Siri no es adecuada para esta tarea.

—Lo hará bien —dijo su padre, examinando unos papeles que había sobre la mesa—. En realidad, solo hace falta que tenga un bebé. Estoy seguro de que es adecuada para esa tarea.

«¿Y qué hay entonces de mi formación? —pensó Vivenna—. ¿Veintidós años preparándome? ¿Para qué, si lo único que se buscaba con enviarme allí era proporcionar un vientre adecuado?».

Mantenía el pelo negro, la voz solemne, el rostro en calma.

—Siri debe de estar inquieta —dijo—. No creo que sea emocionalmente capaz de lidiar con esto.

Su padre alzó la cabeza mientras su pelo enrojecía un poco, perdiendo el negro como pintura chorreando por un lienzo. Mostraba su malestar.

«Está más alterado por su partida de lo que quiere admitir».

—Es lo mejor para nuestro pueblo, Vivenna —dijo él, concentrándose con evidente esfuerzo para convertir de nuevo su pelo en negro—. Si estalla la guerra, Idris te necesitará aquí.

—Si estalla la guerra, ¿qué será de Siri?

Su padre guardó silencio.

—Tal vez no haya guerra —dijo por fin.

«¡Por Austre! —pensó Vivenna con sorpresa—. No se lo cree. Piensa que la ha enviado a la muerte».

—Sé lo que estás pensando —dijo su padre, atrayendo su atención hacia sus ojos. Qué solemnes eran—. ¿Cómo pude elegir a una y no a otra? ¿Cómo pude enviar a Siri a la muerte y dejarte a ti aquí para que vivas? No lo hice por preferencias personales, piense lo que piense la gente. Hice lo que será mejor para Idris cuando se declare esta guerra.

«Cuando se declare». Vivenna lo miró a los ojos.

—Se suponía que yo iba a impedir la guerra, padre. ¡Iba a ser la esposa del rey-dios! Iba a hablar con él, persuadirlo. Me han formado con conocimientos políticos, con la comprensión de las costumbres, la…

—¿Impedir la guerra? —la interrumpió su padre.

Solo entonces advirtió Vivenna el descaro de sus palabras. Apartó la mirada.

—Vivenna, hija —prosiguió el rey—. No se puede impedir esta guerra. Solo la promesa de una hija de linaje real la ha postergado todo este tiempo, y enviar a Siri puede ganarnos más. Y… tal vez la haya enviado a un lugar seguro, incluso cuando estalle la guerra. Tal vez valoren su linaje hasta el punto de dejarla viva… como seguro, por si el heredero que engendre llegara a fallecer. —Asumió un tono pensativo—. Sí, tal vez no es de Siri de quien tengamos que preocuparnos, sino…

«Sino de nosotros», terminó Vivenna para sus adentros. No la informaban sobre los planes bélicos de su padre, pero sabía lo suficiente. La guerra no favorecería a Idris. En un conflicto con Hallandren, tenían muy pocas posibilidades de vencer. Sería devastador para su pueblo y su modo de vida.

—Padre, me…

—Por favor, Vivenna —musitó el rey—. No puedo seguir hablando de esto. Vete ya. Conversaremos en otro momento.

En otro momento. Cuando Siri se hubiera alejado más todavía, cuando traerla de vuelta fuera aún más difícil. Pero Vivenna se levantó. Era obediente, así la habían educado. Era una de las cosas que siempre la habían distinguido de su hermana.

Salió del estudio de su padre, cerró la puerta a su espalda y recorrió los pasillos de madera del palacio, fingiendo no ver las miradas ni oír los susurros. Llegó a su habitación, pequeña y sin adornos, y se sentó en la cama con las manos recogidas en el regazo.

No estaba en absoluto de acuerdo con la evaluación de su padre. Ella sí que podría haber hecho algo. Ser la esposa del rey-dios le habría dado influencia en la corte. Todo el mundo sabía que el propio rey-dios se mostraba distante en lo referente a la política de su nación, pero, sin duda, su esposa podría haber influido en algo a la hora de defender los intereses de Idris.

¿Y su padre había echado eso a perder?

«Debe de estar convencido de que no hay nada que hacer para detener la invasión». Eso convertía el haber enviado a Siri en otra mera maniobra política para ganar tiempo, lo que Idris llevaba haciendo desde hacía décadas. Fuera como fuese, si el sacrificio de una hija de la realeza a Hallandren era tan importante, entonces tendría que haberle correspondido ir a Vivenna. Siempre había sido su deber prepararse para el matrimonio con el rey-dios. No el de Siri, ni el de Fafen. El suyo.

No se sentía agradecida por haberse salvado. Tampoco sentía que serviría mejor a Idris quedándose en Bevalis. Si su padre moría, Yarda sería más adecuado que Vivenna para gobernar durante la guerra. Además, a Ridger, el hermano menor de Vivenna, lo habían educado como heredero durante años.

Ella había sido preservada sin motivo. Parecía, en cierto modo, un castigo. Había obedecido, se había preparado, aprendido y ejercitado. Todo el mundo decía que era perfecta. ¿Por qué, entonces, no era lo bastante buena para servir como se había pretendido?

No tenía ninguna respuesta satisfactoria. Solo podía sentarse y vacilar, con las manos quietas en el regazo, y enfrentarse a la horrible verdad. Le habían robado su propósito en la vida para dárselo a otra. Ahora era una persona redundante. Inútil.

De escasa importancia.

—Pero ¿cómo se le ocurre? —estalló Siri.

Colgaba casi fuera de la ventanilla del carruaje, que se sacudía con los baches del camino de tierra. Un soldado joven marchaba junto al vehículo, con aspecto incómodo bajo el sol de la tarde.

—A ver, en serio —insistió ella—. ¡Mira que enviarme a mí a casarme con el rey de Hallandren! Menuda tontería, ¿verdad? Seguro que habrás oído las cosas que hago. Me escapo cuando no me ven. Me salto mis lecciones. ¡Me dan arrebatos de genio, por todos los colores!

Por toda reacción, el guardia le lanzó una mirada con el rabillo del ojo. En realidad, a Siri le daba igual. No estaba gritándole a él, sino solo gritando. Colgaba de la ventanilla en precario equilibrio, sintiendo cómo el viento jugaba con su lacia melena rojiza y avivaba su ira. La furia le impedía llorar.

Las colinas de las tierras altas de Idris, tapizadas de verde por la primavera, habían ido quedando atrás con el paso de los días. De hecho, cabía la posibilidad de que ya hubieran entrado en Hallandren: la frontera entre los dos reinos era imprecisa, lo cual no tenía nada de extraño, dado que hasta la Multiguerra habían constituido una sola nación.

Siri miró al pobre guardia, cuya única forma de tratar con una princesa airada era hacer como si no existiera. Luego por fin volvió a desplomarse en el interior del carruaje. No tendría que haberlo tratado así, pero… bueno, acababan de venderla como si fuera un lomo de cordero, condenada por un documento redactado años antes de que hubiera nacido. Si alguien tenía derecho a un berrinche, era Siri.

«Igual esa es la razón de todo esto —pensó, cruzando los brazos sobre el borde de la ventanilla—. A lo mejor padre se había hartado de mis berrinches y solo quería librarse de mí».

Le parecía un poco traído por los pelos. Había formas más fáciles de ocuparse de Siri, formas que no incluían enviarla a representar a Idris en una corte extranjera. ¿Por qué, entonces? ¿De veras pensaba su padre que Siri haría un buen trabajo? Eso la hizo reflexionar. Entonces llegó a la conclusión de que era ridículo. Su padre no podía haber decidido que Siri iba a hacerlo mejor que Vivenna. Nadie hacía nada mejor que Vivenna.

Suspiró, sintiendo que su pelo se volvía de un pensativo castaño. Al menos el paisaje era interesante y, para eludir la frustración, se dejó distraer por las vistas. Hallandren estaba en las tierras bajas, un lugar de bosques tropicales y extraños y pintorescos animales. Siri había oído las descripciones de los buhoneros y había confirmado sus relatos con algún libro de los que la obligaban a leer de vez en cuando. Creía saber qué esperar. Sin embargo, cuando las montañas dieron paso a las praderas y los caminos por fin comenzaron a jalonarse de árboles, Siri empezó a darse cuenta de que había algo que ningún libro ni relato podía describir adecuadamente.

Los colores.

En las tierras altas, los lechos de flores eran raros e inconexos, como si comprendieran lo mal que encajaban con la filosofía idriana. Allí abajo parecían estar en todas partes. Unas flores diminutas cubrían grandes extensiones de terreno. De los árboles colgaban grandes capullos rosados, como racimos de uvas, flores que crecían casi unas encima de otras en un gran amasijo. Incluso las hierbas tenían flores. Siri habría cogido algunas, si no hubiera sido por la forma hostil en que las miraban los soldados.

«Si yo estoy así de ansiosa —comprendió—, los guardias deben estarlo más». Ella no era la única a la que habían enviado lejos de su familia y amigos. ¿Cuándo se les permitiría a esos hombres regresar? De repente, se sintió aún más culpable por someter al joven soldado a su estallido.

«Los enviaré de regreso nada más lleguemos», pensó. Entonces sintió su pelo volverse blanco. Enviarlos de vuelta la dejaría sola en una ciudad llena de sinvidas, despertantes y paganos.

Sin embargo, ¿de qué iban a servirle veinte soldados? Era mejor que alguien, al menos, pudiera regresar a casa.

—Lo normal sería que estuvieras feliz —dijo Fafen—. Al fin y al cabo, ya no tienes que casarte con un tirano.

Vivenna dejó caer una baya de color oscuro en la cesta y pasó a otro arbusto. Fafen trabajaba cerca. Llevaba la túnica blanca de los monjes y la cabeza afeitada. Fafen era la hermana mediana en casi todos los sentidos, a medio camino entre Siri y Fafen en estatura, menos correcta que Vivenna, pero no tan descuidada como Siri. Tenía algo más de curvas que ambas, cosa que había atraído las miradas de varios jóvenes de la ciudad. Sin embargo, el hecho de que tuvieran que convertirse también en monjes si querían casarse con ella los mantenía a raya. Si Fafen se daba cuenta de lo popular que era, nunca lo demostraba. Tomó la decisión de hacerse monja antes de cumplir los diez años, y su padre lo había aprobado de mil amores. Todas las familias nobles o ricas, por tradición, estaban obligadas a proporcionar un miembro a los monasterios. Iba contra las Cinco Visiones ser egoísta, incluso con tu propia sangre.

Las dos hermanas recogían bayas que Fafen distribuiría más tarde entre los necesitados. Los dedos de la monja tenían un leve tono púrpura por el trabajo. Vivenna llevaba guantes. Tanto color en sus manos no sería apropiado.

—Sí —añadió Fafen—. Creo que te estás tomando todo esto al revés. Caramba, si actúas como si quisieras irte allá abajo y casarte con ese monstruo sinvida.

—No es un sinvida —replicó Vivenna—. Susebron es un retornado, que es una cosa muy distinta.

—Sí, pero es un dios falso. Además, todo el mundo sabe la terrible criatura que es.

—Pero era mi misión casarme con él. Eso es lo que soy, Fafen. Sin eso, no soy nada.

—Tonterías. Ahora heredarás el trono tú, en vez de Ridger.

«Para desequilibrar aún más el orden de las cosas —pensó Vivenna—. ¿Qué derecho tengo a quitarle su puesto?».

Sin embargo, dejó pasar ese aspecto de la conversación. Llevaban varios minutos discutiendo sobre el tema, y no sería apropiado continuar. Apropiado. Rara vez se había sentido Vivenna tan frustrada por tener que ser apropiada. Sus emociones se estaban volviendo bastante… inconvenientes.

—¿Y Siri? —se descubrió diciendo—. ¿Te alegras de que le haya pasado esto?

Fafen alzó la cabeza y frunció un poco el ceño. Tendía a evitar pensar en las cosas a menos que se la obligara a enfrentarse a ellas. Vivenna se sintió un poco avergonzada por haber hecho un comentario tan brusco, pero con Fafen no solía haber otro modo.

—En eso tienes razón —dijo Fafen—. No entiendo por qué tenían que enviar a nadie.

—El tratado protege a nuestro pueblo.

—Austre protege a nuestro pueblo —replicó Fafen, pasando a otro arbusto.

«¿Protegerá a Siri?», pensó Vivenna. La pobre, inocente, caprichosa Siri. Nunca había aprendido a controlarse, de modo que se la comerían viva en la Corte de los Dioses de Hallandren. Siri no comprendería la política, las puñaladas por la espalda, las caras falsas y las mentiras. Y, para colmo, se vería obligada a engendrar al próximo rey-dios de Hallandren. Cumplir ese deber no era algo que hubiera entusiasmado nunca a Vivenna. Habría sido un sacrificio, pero habría sido el suyo, ofrecido voluntariamente por la seguridad de su pueblo.

Esos pensamientos continuaron acosándola mientras Fafen y ella terminaban de recoger bayas. Después bajaron por la colina en dirección al pueblo. Fafen, como todos los monjes, dedicaba todo su trabajo al bien de la gente. Cuidaba los rebaños, cosechaba alimento y limpiaba las casas de quienes no podían valerse por sí mismos.

Sin un deber propio, la vida de Vivenna tenía poco sentido. Sin embargo, ahora que lo consideraba, había alguien que todavía la necesitaba. Alguien que había partido una semana antes, llorosa y asustada, mirando a su hermana mayor llena de desesperación.

Vivenna no era necesaria en Idris, dijera lo que dijese su padre. Allí era inútil. Pero ella sí que conocía a las gentes, la cultura y la sociedad de Hallandren. Y así, mientras seguía a Fafen hacia el camino, una idea empezó a germinar en su cabeza.

Una idea que no era, en modo alguno, apropiada.

3

Letra capitular L, ilustrada en grises por Jian Guo. El grueso trazo vertical de la letra está dividido en tres, y en cada parte se ve a un hombre de perfil vestido con túnica, en distintas posturas votivas. Sobre el trazo horizontal de la letra está sentado con las piernas cruzadas un hombre de pelo claro vestido con túnica, que tiene las manos juntas con los dedos hacia abajo, en pose meditativa. De pie junto a él, con una mano en la letra, hay una mujer de larga melena clara y formas voluptuosas, ataviada con un vestido muy revelador y joyas en el muslo, que mira hacia la izquierda y parece tener una especie de halo rodeándole la cabeza. De fondo se ve la sombra de un edificio terminado en bóveda.ástima que Sondeluz no recordara haber muerto.

Sus sacerdotes, sin embargo, le aseguraban que su muerte había sido de lo más inspiradora. Noble. Grandiosa. Épica. No se retornaba a menos que uno hubiera muerto de un modo que ejemplificara las virtudes de la existencia humana. Por eso los Tonos Iridiscentes enviaban de vuelta a los retornados, para que actuasen como ejemplos, y dioses, para la gente que aún vivía.

Cada dios representaba algo. Un ideal relacionado con el modo heroico en que había muerto. El propio Sondeluz había caído mostrando una valentía extraordinaria. O, al menos, eso le decían sus sacerdotes. Él no lo recordaba, igual que no recordaba nada de su vida antes de convertirse en dios.

Profirió un suave gruñido, incapaz de seguir durmiendo. Se dio la vuelta, sintiéndose débil mientras se incorporaba en su majestuosa cama. Las visiones y los recuerdos acosaban su mente, y sacudió la cabeza tratando de despejar la bruma del sueño.

Entraron los criados, respondiendo sin hablar a las necesidades de su dios. Sondeluz era una de las divinidades más jóvenes, pues había retornado hacía solo cinco años. Había unas dos docenas de deidades en la Corte de los Dioses, y muchos eran bastante más importantes, y más duchos en política, que él. Y por encima de todos gobernaba Susebron, el rey-dios de Hallandren.

Aunque Sondeluz era joven, le correspondía un palacio enorme. Dormía en una habitación adornada con sedas, teñidas de brillantes rojos y amarillos. Su palacio contenía docenas de aposentos, todos decorados y amueblados según sus caprichos. Cientos de criados y sacerdotes atendían sus necesidades, lo quisiera o no.

«Todo esto —pensó mientras se levantaba—, porque no logré atinar la forma de morir». Ponerse en pie lo mareó un poco. Era su día del festín. Carecería de fuerzas hasta que comiera.

Los criados se acercaron con una brillante túnica roja y dorada. Al entrar en su aura, la piel, el pelo, la ropa y los adornos de cada sirviente estallaron en exagerados colores. Los tonos saturados eran mucho más resplandecientes de lo que podría producir ningún tinte o pintura. Era un efecto del biocroma innato de Sondeluz, que tenía suficiente aliento para llenar a miles de personas. Veía poco valor en ello. No podía utilizarlo para animar objetos o cadáveres; era un dios, no un despertante. No podía dar, ni siquiera prestar, su aliento divino.

Bueno, excepto una vez. Sin embargo, eso lo mataría.

Los criados continuaron sus atenciones, envolviéndolo con preciosos ropajes. Sondeluz era cabeza y media más alto que ninguno de los presentes en la sala. También era ancho de hombros, con un físico musculoso que no se merecía, considerando la cantidad de tiempo que permanecía cruzado de brazos.

—¿Habéis dormido bien, divina gracia? —preguntó una voz.

Sondeluz se dio media vuelta. Llarimar, su sumo sacerdote, era un hombre alto y corpulento, que llevaba lentes y tenía modales tranquilos. Sus manos quedaban casi ocultas por las gruesas mangas de su túnica roja y dorada, y llevaba un grueso libro. La túnica y el libro irradiaron color cuando entraron en el aura de Sondeluz.

—He dormido de maravilla, Veloz —dijo Sondeluz, bostezando—. Una noche llena de pesadillas y sueños oscuros, como siempre. Estoy de lo más descansado.

El sacerdote alzó una ceja.

—¿Veloz?

—Sí —dijo Sondeluz—. He decidido ponerte un nuevo apodo. Veloz. Te cuadra, porque siempre estás corriendo de un lado a otro y trasteando con cosas.

—Me siento honrado, divina gracia —dijo Llarimar, sentándose en una silla.

«Por los colores —pensó Sondeluz—, ¿es que no se enfada nunca?».

Llarimar abrió su libro.

—¿Empezamos?

—Qué remedio —dijo Sondeluz.

Los criados terminaron de atar lazos, cerrar presillas y alisar sedas. Todos hicieron una reverencia y se retiraron a un lado de la habitación. Llarimar cogió su pluma.

—¿Qué recordáis de vuestros sueños?

—Bueno, ya sabes. —Sondeluz se dejó caer en uno de los sofás y se recostó—. Nada importante, en realidad.

Llarimar frunció los labios, insatisfecho. Otros criados empezaron a entrar, portando platos de comida. Prosaica comida humana. Como retornado, Sondeluz no necesitaba comer esas cosas: no le darían fuerzas ni desterrarían su fatiga. Eran solo un capricho. No tardaría en alimentarse de algo mucho más… divino. Eso le daría fuerzas para vivir otra semana.

—Por favor, intentad recordar los sueños, divina gracia —pidió Llarimar con su estilo amable, aunque firme—. No importa lo poco interesantes que parezcan.

Sondeluz suspiró y miró hacia el techo. Tenía pintado un mural, por supuesto. Mostraba tres campos rodeados de muros de piedra. Era una visión que había experimentado uno de sus predecesores. Cerró los ojos, tratando de concentrarse.

—Estaba… caminando por una playa —dijo—. Y un barco zarpaba sin mí. No sé adónde iba.

La pluma de Llarimar empezó a garabatear rápidamente sobre el papel. Seguramente encontraba todo tipo de simbolismos en ese recuerdo.

—¿Había algún color? —preguntó el sacerdote.

—El barco tenía la vela roja. La arena era marrón, como de costumbre, y los árboles verdes. Por algún motivo, creo que el agua del océano era roja, como el barco.

Llarimar continuó escribiendo con brío. Siempre se animaba cuando Sondeluz recordaba colores. Este abrió los ojos y miró al techo y sus campos de brillantes colores. Extendió la mano con languidez y cogió cerezas del plato de un sirviente.

¿Por qué tenía que hacer a nadie partícipe de sus sueños? Pero aunque la adivinación le parecía una necedad, no tenía derecho a quejarse. Era inmensamente afortunado. Tenía un aura biocromática divina, un físico que envidiaría cualquier hombre y lujo de sobra para surtir a diez reyes. De toda la gente del mundo, tenía menos derecho que nadie a ponerse tiquismiquis.

Era solo que… bueno, que debía de ser el único dios del mundo que no creía en su propia religión.

—¿Había algo más en el sueño, divina gracia? —insistió Llarimar, levantando la cabeza del libro.

—Tú estabas allí, Veloz.

Llarimar palideció un poco.

—¿Estaba… yo?

Sondeluz asintió con la cabeza.

—Me pedías disculpas por molestarme sin cesar e impedir mis desenfrenos. Luego me traías una gran botella de vino y bailabas. Ha sido una cosa muy memorable.

Llarimar lo miró inexpresivo. Sondeluz suspiró.

—No, no había nada más. Solo el barco. Incluso eso se me está olvidando.

Llarimar asintió, se puso en pie y ordenó retirarse a los criados, aunque, claro está, permanecieron en la habitación con sus platos de nueces, vino y fruta, por si se requería algo de ello.

—¿Nos ponemos en marcha, pues, divina gracia?

Sondeluz suspiró y se levantó, exhausto. Un criado corrió a cerrarle un broche de la túnica, que se le había soltado.

Sondeluz caminó detrás de Llarimar, alzándose palmo y medio por encima del sacerdote. Los muebles y puertas estaban adaptados al tamaño aumentado de Sondeluz, así que eran los criados y sacerdotes los que parecían fuera de lugar. Avanzaron de estancia en estancia sin hacer uso de pasillos. Los pasillos eran para los sirvientes, y bordeaban el exterior del edificio formando un cuadrado. Sondeluz caminaba sobre mullidas alfombras traídas de las naciones del norte, pasando ante la más fina porcelana del mar Interior. Cada sala estaba decorada con cuadros y poemas de hermosa caligrafía, creados por los mejores artistas de Hallandren.

En el centro del palacio había una sala pequeña y cuadrada que se apartaba del patrón de rojos y dorados que componían el motivo de Sondeluz. La sala brillaba con cintas de colores más oscuros: profundos azules, verdes, rojos sangre. Cada una era de un color verdadero, de su tono exacto, como solo una persona que había alcanzado la tercera elevación podía distinguir.

Cuando Sondeluz entró en la habitación, los colores ardieron cobrando vida. Se volvieron más resplandecientes e intensos, pero de algún modo permanecieron oscuros. El granate se convirtió en un granate más real, el azul marino en un azul marino más poderoso. Oscuros y, sin embargo, brillantes, un contraste que solo el aliento podía inspirar.

En el centro de la habitación había una niña.

«¿Por qué tienen siempre que ser niños?», pensó Sondeluz.

Llarimar y los criados esperaron. Sondeluz dio un paso adelante y la niñita miró a un lado, hacia dos sacerdotes con túnica roja y dorada. Ambos asintieron, animándola. La niña miró de nuevo hacia Sondeluz, a todas luces nerviosa.

—Vamos, vamos —dijo él, tratando de parecer animoso—. No hay nada que temer.

Y, sin embargo, la niña temblaba.

Por la cabeza de Sondeluz pasó una lección tras otra, formuladas por Llarimar, aunque él afirmase que no eran lecciones porque nadie aleccionaba a los dioses. No había nada que temer de los dioses retornados de Hallandren. Los dioses eran una bendición. Proporcionaban visiones del futuro, además de liderazgo y sabiduría. Para subsistir solo necesitaban una cosa.

Aliento.

Sondeluz vaciló, pero su debilidad empezaba a afectarlo. Se sentía mareado. Maldiciéndose en voz baja, se postró sobre una rodilla y tomó la cara de la niña entre sus manos enormes. Ella empezó a sollozar, pero dijo las palabras con claridad, como le habían enseñado.

—Mi vida a la tuya. Mi aliento es tuyo.

El aliento fluyó de ella, hinchándose en el aire. Viajó por el brazo de Sondeluz (el contacto era necesario) y él lo absorbió. Su debilidad desapareció, el mareo se evaporó. Ambos fueron sustituidos por una nítida claridad. Se sintió reforzado, revitalizado, vivo.

La niña se volvió apagada. El color de sus labios y sus ojos se deslució levemente. Su pelo castaño perdió algo de brillo, sus mejillas palidecieron un poco.

«No es nada —pensó él—. La mayoría de la gente dice que ni siquiera notan que han perdido su aliento. Vivirá una vida plena. Feliz. Su familia cobrará bien por su sacrificio».

Y Sondeluz viviría otra semana. Su aura no se hizo más fuerte con el aliento del que se había alimentado; era otra diferencia entre un retornado y un despertante. Los despertantes a menudo se consideraban aproximaciones inferiores y creadas por el hombre de los retornados.

Sin un aliento nuevo cada semana, Sondeluz moriría. Muchos retornados fuera de Hallandren vivían solo ocho días. Sin embargo, con un aliento donado cada semana, un retornado podía continuar viviendo sin envejecer nunca, experimentando visiones nocturnas que, en teoría, proporcionarían adivinaciones del futuro. De ahí la Corte de los Dioses con todos sus palacios, donde los dioses podían ser criados, protegidos y, lo más importante, alimentados.

Los sacerdotes se apresuraron a sacar a la niña de la habitación. «Para ella no es nada —se repitió Sondeluz—. Nada en absoluto…».

Cruzaron la mirada mientras ella salía, y Sondeluz vio que el brillo había desaparecido de sus ojos. Se había convertido en una apagada. Una gris, una desvanecida. Una persona sin aliento. Nunca volvería a crecerle. Los sacerdotes se la llevaron.

Sondeluz se volvió hacia Llarimar, sintiéndose culpable por aquella súbita energía.

—De acuerdo —dijo—. Veamos las ofrendas.

Llarimar alzó una ceja por encima de sus lentes.

—Os veo muy dispuesto de repente.

«Necesito devolver algo —pensó Sondeluz—. Aunque sea algo inútil».

Cruzaron varias salas más, rojas y doradas, la mayoría perfectamente cuadradas y con puertas en los cuatro lados. Cerca del extremo oriental del palacio, entraron en una habitación larga y estrecha. Era blanca por completo, algo muy poco habitual en Hallandren. Las paredes estaban adornadas con cuadros y poemas. Los criados se quedaron fuera, y solo Llarimar se unió a Sondeluz mientras se dirigía al primer cuadro.

—¿Y bien? —preguntó Llarimar.

Era un cuadro pastoral de la jungla, con hojas de palmera combadas y flores coloridas. En los jardines alrededor de la Corte de los Dioses había varias de esas plantas, y por eso Sondeluz las reconoció. Nunca había estado en la jungla, o al menos no durante aquella encarnación de su vida.

—El cuadro está bien —dijo—. No es mi favorito. Me hace pensar en el exterior. Ojalá pudiera visitarlo.

Llarimar lo miró, intrigado.

—¿Qué pasa? —dijo Sondeluz—. La corte aburre a veces.

—No hay mucho vino en el bosque, divina gracia.

—Podría hacer un poco. Fermentar… algo.

—Seguro que sí —dijo Llarimar, haciendo un gesto con la cabeza a un ayudante que esperaba fuera de la sala.

El sacerdote subalterno anotó lo que Sondeluz acababa de decir sobre el cuadro. En alguna parte, había un patrono de la ciudad que buscaba una bendición de Sondeluz. Lo más probable era que tuviese algo que ver con la valentía: quizá el patrón planeaba proponer matrimonio, o tal vez era un mercader a punto de firmar un acuerdo comercial arriesgado. Los sacerdotes interpretarían la opinión de Sondeluz sobre el cuadro, y entonces ofrecerían un augurio a esa persona, fuera para bien o para mal, junto con las palabras exactas que había dicho Sondeluz. En todo caso, el acto de enviar un cuadro al dios le valdría al patrono cierto grado de buena fortuna.

En teoría.

Sondeluz se apartó del cuadro. Un sacerdote menor corrió a retirarlo. Seguramente el patrono lo habría encargado, en vez de pintarlo en persona. Cuanto mejor era un cuadro, mejor reacción tendía a obtener de los dioses. Al parecer, la fortuna podía modificarse en función de cuánto pudiera uno pagarle a un artista.

«No debería ser tan cínico —pensó Sondeluz—. Sin este sistema, habría muerto hace cinco años».

De hecho, había muerto cinco años antes, aunque aún no supiera qué lo había matado. ¿De veras había sido una muerte heroica? Tal vez no se permitía a nadie hablar sobre su vida anterior porque no querían que se supiera que Sondeluz el Audaz había muerto de un retortijón de tripas.

El sacerdote menor desapareció por la puerta con el cuadro de la jungla. Lo quemarían. Esas ofrendas se hacían específicamente para el dios pretendido, y solo él, además de unos pocos de sus sacerdotes, tenía permitido verlas. Sondeluz pasó a la siguiente obra de arte de la pared. Era un poema, escrito en el alfabeto de los artesanos de Hallandren. Los puntos de color ganaron brillo cuando Sondeluz se acercó. La letra era un sistema especializado de escritura que no se basaba en la forma, sino en el color. Cada punto de color representaba un sonido distinto en el lenguaje hallandrense. Combinado con algunos puntos dobles, uno de cada color, creaba un abecedario que era una pesadilla para los daltónicos.

Poca gente en Hallandren admitiría tener ese problema concreto. Al menos, eso era lo que Sondeluz había oído. Se preguntó si los sacerdotes sabían cuánto chismorreaban sus dioses sobre el mundo exterior.

El poema no era muy bueno, obviamente compuesto por un campesino que luego había pagado a alguien para que lo pasara a la escritura artesana. Los puntos simples eran un indicativo. Los verdaderos poetas usaban símbolos más elaborados, líneas continuas que cambiaban de color o glifos que formaban imágenes. Se podían hacer muchas cosas con unos símbolos que no perdían su significado al cambiar de forma.

Acertar los colores era un arte delicado, que requería la tercera elevación o más para perfeccionarlo. Ese era el nivel de aliento donde la persona obtenía la capacidad de sentir los matices perfectos de color, igual que la segunda elevación concedía el tono auditivo perfecto. Los retornados eran de la quinta elevación. Sondeluz no sabía cómo era vivir sin la capacidad de reconocer al instante los tonos exactos de color y sonido. Podía distinguir el rojo ideal de una mezcla, aunque fuera con solo una gota de pintura blanca.

Le dirigió al poema del campesino el mejor comentario que pudo, aunque generalmente sentía el impulso de ser sincero cuando miraba las ofrendas. Parecía que era su deber, y por algún motivo era una de las pocas cosas que se tomaba en serio.

Continuaron por la fila, y Sondeluz fue comentando las diversas pinturas y poemas. La pared estaba notablemente llena ese día. ¿Había una fiesta o una celebración que no conociera? Cuando llegaron al final, Sondeluz estaba cansado de mirar tanto arte, aunque su cuerpo, impulsado por el aliento de la niña, continuaba sintiéndose fuerte y jubiloso.

Se detuvo ante la última pintura. Era una obra abstracta, un estilo que se había popularizado mucho últimamente, sobre todo en los cuadros que le enviaban a él, ya que había hecho comentarios favorables a otros en el pasado. Casi le dio a aquel una mala nota solo por eso. Era bueno mantener a los sacerdotes en la duda de lo que le gustaría, o eso decían algunos dioses. Sondeluz tenía la impresión de que muchos de ellos eran bastante más calculadores en cómo hacían sus comentarios, añadiendo intencionadamente mensajes crípticos.

Sondeluz no tenía paciencia para esos truquitos, sobre todo teniendo en cuenta que lo único que la gente parecía querer en realidad de él era su honestidad. Le dedicó a ese último cuadro el tiempo que merecía. El lienzo estaba cargado de pintura, hasta el último centímetro coloreado con grandes y gruesas pinceladas. El tono predominante era un rojo oscuro, casi escarlata, que Sondeluz identificó al instante como una mezcla de rojo y azul con una pizca de negro.

Las líneas de color se solapaban unas sobre otras, casi en progresión. Eran una especie de… olas. Sondeluz frunció el ceño. Si lo miraba de cierto modo, parecía un mar. ¿Y eso del centro podía ser un barco?

Regresaron a él unas vagas impresiones de su sueño. Un mar rojo. El barco marchándose.

«Son imaginaciones mías», se dijo.

—Buen color —comentó—. Bonitas pautas. Me hace sentirme en paz, y, sin embargo, también transmite tensión. Lo apruebo.

A Llarimar pareció gustarle esa respuesta. Asintió mientras los sacerdotes menores permanecían apartados, registrando las palabras.

—Bien —dijo Sondeluz—. Eso es todo, supongo.

—Sí, divina gracia.

«Queda un solo deber», pensó. Concluidas las ofrendas, era hora de pasar a la última, y menos atractiva, de sus tareas diarias. Las peticiones. Tenía que acabar con ellas antes de poder pasar a actividades más importantes como echar una cabezadita.

Pero Llarimar no abrió el paso hacia la sala de peticiones. Llamó a un monje menor y se puso a hojear los papeles sujetos a una tablilla.

—¿Y bien? —preguntó Sondeluz.

—¿Y bien qué, divina gracia?

—Las peticiones.

Llarimar negó con la cabeza.

—No vais a atender ninguna petición hoy, divina gracia. ¿Recordáis?

—No. Te tengo a ti para que recuerdes esas cosas.

—Entonces —dijo Llarimar, pasando una página—, considerad recordado oficialmente que hoy no tenéis ninguna petición. Vuestros sacerdotes se emplearán en otra cosa.

—¿Ah, sí? —replicó Sondeluz—. ¿En qué?

—En bajar al patio a arrodillarse reverentemente, divina gracia. Nuestra nueva reina llega hoy.

Sondeluz se detuvo. «Tengo que prestar más atención a la política».

—¿Hoy?

—Así es, divina gracia. Nuestro señor el rey-dios va a casarse.

—¿Tan pronto?

—En cuanto ella llegue, divina gracia.

«Interesante —pensó Sondeluz—. Susebron se busca una esposa». El rey-dios era el único de los retornados que podía casarse. Los retornados no podían engendrar hijos, a excepción del rey, que nunca había respirado ni una sola bocanada como hombre vivo. A Sondeluz la distinción siempre le había parecido extraña.

—Divina gracia —dijo Llarimar—, necesitaremos un Mandato sinvida para disponer nuestras tropas delante de la ciudad y que reciban a la reina.

Sondeluz alzó una ceja.

—¿Planeamos atacarla?

Llarimar le dirigió una severa mirada. Sondeluz soltó una risita.

—Fruta fugaz —dijo, revelando una de las frases de seguridad que permitirían a otros controlar a los sinvidas de la ciudad.

No era el Mandato primario, naturalmente. La frase que le había dado a Llarimar permitiría a una persona controlar a los sinvidas solo en situaciones que no fueran de combate, y expiraría un día después de su primera utilización. Sondeluz a menudo pensaba que el retorcido sistema de Mand

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