Fury Bound. Furia de lobo (Los Lobos de la Ruina 2)

Sable Sorensen

Fragmento

Para quienes hallan su fuerza en la supervivencia.
Mapa de Nocturna. En la parte de abajo hay un gran lobo ilustrado, cerca del mar Florhelada. En la otra esquina de abajo del mapa está Daga del rocío, junto al frente de guerra. Más adelante se puede encontrar la bahía espinosa, cerca de Villa Ocaso y Caída Ferrea que está al lado de las tierras de cultivo. Al lado también desemboca el río Torrentera, que pasa por cuervofrío y entre los picos sombríos y monte matalobos. Después del monte, está la Hielormenta, la ciudad vinculada. Y debajo de esta hay tierras de cultivo que separan villa ocaso del bosque escarchado, donde está Tardorlin.
Continuación del mapa anterior, con la zona de Astreona. Hay una espada con un lobo ilustrada debajo del título. En la parte de arriba hay ilustrada una estatua de una persona que alza las manos hacia adelante, mostrándolas y tiene la cabeza baja. Está en la zona del mar de la Espina Sangrienta. En la parte de arriba de la costa hay Villagélida y  a continuación la Caída Floral. Más adelante está el frente de guerra, con el río tormenta solar por encima y Salvia o Verdentor. Más adelante, en la costa, está Colmillo floral y encima de este hay tierras de cultivo que rodean a Izalirio y Agujalba. Al final de las tierras de cultivo está Destello solar, junto al bosque ceniciento. Y en el otro extremo de las tierras hay Brilloscuro que está junto al río albasangrienta, que a su turno separa las tierras de cultivo del desierto del cometa, en el que está Sangre Áurea junto a la costa.

ADVERTENCIA DE CONTENIDO

Este libro trata temas maduros y explícitos que podrían resultar delicados para ciertos lectores, incluyendo violencia y contenido adulto, autolesiones y conversaciones sobre abusos sexuales a adultos y a niños. Encontrarás la lista completa de advertencias y temas tratados en la página web de la autora: sablesorensen.com

GUÍAS Y MATERIAL ADICIONAL

En el material adicional que aparece al final del libro encontrarás un resumen de las cuatro manadas de Nocturna, un glosario de términos, un listado de personajes y pronunciaciones y una lista de reproducción. Ten en cuenta que puede contener pequeños spoilers.

1

Meryn

Respira, Meryn».

La oscuridad que se agita a mi alrededor traza movimientos imposibles. Cada pocos segundos, se diluye para mostrarme imágenes que me resultan desgarradoras.

Sangre viscosa derramada.

«Respira».

Violentas estelas rojas sobre el suelo de piedra gris.

«Respira».

Sobre el rostro furioso de mi hermana Saela: en sus labios, en sus… colmillos.

«Meryn, respira».

El dolor me lacera el pecho. Las sombras vuelven a agruparse para, una vez más, sumergir la habitación en la más densa negrura. Al hacerlo, unos brazos sólidos y reconfortantes me aferran el abdomen.

Pero no puedo, no puedo, no puedo…

«¡Respira, Meryn!».

Yo boqueo con el aliento entrecortado. Comprendo que la fiera voz de mi cabeza no es mía, sino de Anassa, la loba huargo a la que estoy vinculada. La inmensa figura de un blanco plateado hunde el hocico en mi costado al tiempo que el aire me inunda los pulmones y yo regreso del todo a mi ser.

Las sombras vuelven a diluirse. Es un extraño poder nuevo sobre el que tengo parte de control. Es evidente que responde a mis emociones, a mi conmoción, a mi ira.

He dedicado los últimos cuatro meses de mi vida a convertirme en vinculada, todo con la esperanza de ir al frente de guerra para encontrar a Saela, a la que secuestraron y sacaron de casa en mitad de la noche para que sirviera de alimento a los sifones de Astreona, nuestro reino vecino.

O eso pensaba.

Delante de mí, los espasmos sacuden el cuerpo de Saela, de cuyo mentón gotea sangre. Me estremezco al ver sus colmillos. Después de todo por lo que he pasado para encontrarla, para salvarla…, mi hermanita ha acabado convertida en una de ellos. En un sifón.

Víctima de una sed de sangre incontrolable que lo demuestra.

Helene, miembro de la manada Daemos, de pie en un rincón del despacho de Stark, perpleja y con los ojos desorbitados, se lleva una mano al cuello ensangrentado… Pero se encuentra a salvo. El vínculo con su huargo ya le ha sanado la herida que le ha infligido Saela.

Helena está bien, pero mi hermana, mi todo

Me abalanzo hacia ella, desesperada por recuperarla, por ayudarla, por detenerla, por, de algún modo, cambiar lo sucedido.

Pero esos brazos en torno a mi cuerpo me retienen con firmeza.

—¡Suéltame, Stark! —mascullo.

Como respuesta a mi agravio, las sombras se intensifican a nuestro alrededor. Antes de que pueda liberarme, el inmenso lobo huargo de Stark, Cratos, se precipita sobre Saela con un violento gruñido.

Se me cae el alma a los pies y trato de resistirme sin éxito al férreo agarre de Stark.

—¡No!

Cratos va a matarla. Mi chiquitina, mi preciosa hermana. Va a rebanarle el cuello porque ahora supone una amenaza.

Las lágrimas me bañan el rostro.

—¡Páralo! —le suplico tanto a Stark como a Anassa—. ¡Cratos, para!

Al verlo caer sobre ella, grito. La habitación se sume en las sombras de nuevo.

En esta ocasión, el hocico de Anassa me hostiga con más vehemencia todavía.

«Meryn, no va a matarla. La está neutralizando por tu seguridad y por la de todos. Respira hondo».

Hago lo que me dicen. Las sombras se disipan.

Con sus enormes patas, Cratos mantiene contra el suelo a Saela, presionando su espalda para que no se mueva. Aun así, ella se retuerce con tanto ímpetu que a punto está de quitárselo de encima, de derribar, únicamente con el movimiento de su columna, a un lobo huargo gigante que es, por lo menos, tres veces más grande que ella.

Me quedo boquiabierta, consciente de que la sangre ha huido de mi rostro. Cuánta fuerza en el cuerpo de una muchacha de once años.

Saela nunca ha destacado por su poderío físico. Era la empollona. Yo, la fuerte. Se desenvolvió bien en las clases de defensa personal, pero incluso entonces era más de pelear con las palabras, no con los músculos.

Sus ojos pardos se vuelven incisivos al retorcerse de nuevo y, otra vez, sacude a Cratos de arriba abajo. Anassa detiene su mirada dorada en mí en un gesto que me permite intuir lo que está pensando sin necesidad de palabras.

Cratos solo no bastará para mantenerla bajo control. Anassa se acerca a su pareja y coloca sus propias zarpas en la espalda de Saela.

El terror hace que se me hiele la sangre, asustada no solo por lo que pueda pasarle a mi hermana…, sino por lo que puede hacer.

Aquí dedicamos bastantes clases a los sifones, a estudiarlos, pero sigue habiendo muchas cosas que desconozco. ¿Conservan los sifones parte de quienes eran antes de transformarse? ¿Hasta qué punto siguen siendo humanos a pesar de los colmillos?

Quiero correr a su lado, sostenerla entre mis brazos como has­ta hace apenas un momento. Ella sonreía, a salvo.

Estaba a salvo.

¿Pero es que acaso aún sigue ahí? ¿O va a ser así… para siempre?

Saela grita, un alarido espeluznante que resuena por toda la estancia. Le están haciendo daño.

Consigo darle un codazo a Stark en el costado y me libro de su agarre. Pero solo dura un instante. Aprisiona mi muñeca y tira de mí hacia atrás con tanta fuerza que poco le falta para dislocarme el hombro.

—Los sifones recién transformados son los más peligrosos —me susurra Stark al oído.

Me mantiene contra su pecho con unos brazos que parecen barras de acero. Su contacto me hace arder, y lo odio. Lo odio pero también me abandono a esa sensación.

—He visto esto en el frente, muchas veces. Es un juego del que disfrutan mucho los astreonenses. Por favor, escucha. —Me quedo quieta, ajena a mi propio pánico por un segundo debido a la urgencia de su voz. «Por favor», ha dicho—. Convierten a nuestros soldados en sifones y los lanzan contra nuestros efectivos. Al principio, cuando los transforman, los nuevos sifones están tan consumidos por la sed de sangre que son capaces de aniquilar cualquier cosa que se les ponga por delante. Ahora mismo no sabe ni quién eres; podría matarte —explica Stark en voz baja.

«Podría matarte». Saela, la niña pequeña que lloraba si le hacía las trenzas demasiado tirantes; que cerraba la puerta de nuestra habitación y apoyaba la cabeza en mi regazo las noches en las que nuestra madre se ponía violenta; que, en una ocasión, cogió a un ratón que vio en casa y, en vez de matarlo o tirarlo fuera, le hizo una camita con una caja de cerillas y lo llamó Felix.

¿Cómo es posible que haya pasado esto? Pero lo que dice es verdad. Una verdad terrible e inasumible. Mi dulce hermana pequeña… ya no está.

Me da vueltas la cabeza al intentar decidir cómo proceder a continuación y, al mismo tiempo, ignorar los pensamientos vengativos y llenos de violencia que me asaltan sobre por qué estamos en esta situación. Sobre el hombre —no, el monstruo— que le ha hecho esto a mi hermana.

Mi prometido.

La cólera que estalla en mi interior me incendia las venas, lo que hace que las sombras asciendan hasta el techo como una ola implacable.

Respiro de nuevo y las sombras descienden por las paredes.

Esto es lo que él querría: tenerme demasiado distraída y debilitada como para poder enfrentar esta crisis. No pienso dejar que siga manipulándome más. Saela necesita que sea dueña de mí misma, que esté serena.

Ella es lo primero.

«Cratos y yo no vamos a poder mantenerla así para siempre», señala Anassa al percibir la deriva de mis pensamientos.

—Vale —digo con la mente más despejada—. Tenemos que atarla. —Me enderezo contra Stark, que debe de ser consciente de que no voy a correr hacia Saela de nuevo, porque afloja el agarre sin mediar palabra—. Y después hay que llevarla a un lugar seguro —le digo a él—. Un lugar donde no pueda lastimar a nadie ni a sí misma mientras pensamos qué hacer.

Parpadeo para recuperar la nitidez de mi visión y me limpio la mejilla con una mano temblorosa. Acabo de dar con la solución, y la odio.

—No puedo creer que vaya a decir esto, pero me parece que deberíamos devolverla a las mazmorras.

Proponer que mi hermana regrese a ese oscuro agujero de pesadilla es una sugerencia que se me antoja amarga y repugnante en la boca. Pero ¿qué otra opción tenemos?

Al girarme, miro a Helene y Grigore. Ella ha recuperado el color de las mejillas, pero Grigore sigue sin apartarse de su lado, preocupado, con una mano apoyada en su hombro.

—Vosotros dos no diréis ni una palabra de esto. No compartiréis con nadie, y digo nadie, lo que habéis visto aquí.

Por fin, al oír el tono gélido de mi voz, Stark me suelta del todo. La pérdida de su contacto me resulta incómoda por un instante. Cruza la habitación con sus largas piernas sin necesidad de dar más que un par de zancadas, y yo, aturdida, contemplo cómo abre un cofre para rebuscar en su interior. Enseguida vuelve a mi lado, aunque pasa de largo en dirección a Saela.

Stark coloca la mano en el lateral de Cratos antes de arrodillarse e inmovilizar las piernas de mi hermana, que junta para atarlas firmemente con unas cadenas plateadas lo bastante resistentes como para contenerla, según observo. Emplea un trozo de tela para amordazarla. La sujeta por el pelo oscuro para poder colocar la mordaza entre sus colmillos. Semejante visión hace que me hierva la sangre, y tengo que ignorar cómo se me crispan las manos, ansiosas por arremeter contra él. A Anassa, en cuyos adentros se fragua un gruñido, también se le eriza el pelaje. Pero Cratos reacciona deprisa y acerca su hocico al de ella para ayudarla a sobrellevar tanta emoción.

Por muy molesta que esté, también me siento agradecida, porque sé que es algo que hay que hacer y sabe la Diosa que yo sería incapaz.

Sigo sin poder asumir del todo que esto esté ocurriendo. Que esté a punto de meter a mi hermana entre rejas como si ella fuera el enemigo. No asumo que, de hecho, se ha convertido en el enemigo. Me mataría. Saela me mataría si esas cadenas no le aprisionaran los miembros.

Stark cabecea hacia Grigore y ambos se la llevan en volandas, mientras se retuerce entre sus brazos, cubierta de sangre, forcejeando sin parar. En vano; las cadenas son férreas.

Con un nudo en la garganta, aparto la mirada. Al no soportar verla así, elijo la única opción que me queda: poner un pie de­trás del otro y guiar a los demás hasta los calabozos. Los llevo a las mazmorras comunes, no a las que estaban ocultas y en las que mantuvieron prisioneros a Saela y a los otros niños.

Me da la sensación de que solo han pasado unas horas desde que Venna me guio por las entrañas del castillo para descubrir que mi hermana se encontraba allí, cautiva. Hace solo unas horas que estábamos planeando la forma de sacarla de ahí. Ni en mis peores sueños me habría imaginado que volvería a encerrarla.

Avanzamos deprisa y con cuidado, procurando no llamar la atención. El descenso hacia una oscuridad cada vez más densa parece un burdo y cruel reflejo de la deriva de mi deteriorado estado mental.

Los inhóspitos pasadizos que conducen a los calabozos rezuman humedad; se hallan repletos de grietas que surcan la piedra y el agua fría se filtra aquí y allá. Cada vez hay menos apliques en las paredes.

Por fin, alcanzamos una hilera de celdas relativamente secas y bien iluminadas. En la primera se aprecian unas púas propias de bárbaros y algunas estanterías en la pared. Nos apresuramos por dejarlas atrás. Stark y Grigore se detienen dos puertas más allá y escrutan el interior. Espero tras ellos, intentando que mi vista se adapte a la oscuridad creciente.

Stark detiene su mirada en mí en busca de una decisión, y yo asiento de forma casi imperceptible. Así, le doy mi aprobación a que encierre a mi hermana. Reencierre, en realidad.

—Helene —llamo con la voz quebrada. Ella me mira con los ojos muy abiertos—. Ve a buscar al líder Aldrich y dile que venga.

El líder Aldrich es el vinculado más veterano que hay en el castillo y el de mayor experiencia; él estaba a cargo de nuestras Pruebas de Vinculación. Algo se le ocurrirá para ayudarnos y arreglar esto. Tiene que hacerlo.

Tarde, caigo en la cuenta de que podría contactar con Aldrich mentalmente si quisiera. Anassa me dijo que ahora ya podemos comunicarnos con todos los vinculados… Y, en cualquier caso, él forma parte de Estrategos, manada de la que yo soy la alfa. Sin embargo, ahora mismo, no confío mucho ni en mí misma ni en mis habilidades.

Con una rápida inclinación de cabeza, Helene se da la vuelta y se marcha a todo correr por las mazmorras. Contemplo su partida sin tener muy claro si lo que le hace ir tan deprisa es mi orden, el miedo que le inspira mi hermana o lo lúgubre que es este sitio.

Grigore le comenta algo a Stark, que asiente y se prepara antes de soltar a Saela. Mi hermana golpea el pecho de Stark con los puños maniatados, pero él se limita a esbozar una mueca y moverla para que no alcance su objetivo.

La puerta de la celda chirría cuando Grigore la empuja. Stark entra y coloca a Saela en un catre. La deja ahí, todavía atada, puesto que liberarla supondría un riesgo para sus vidas. Sale de la celda con los ojos cautelosamente anclados en Saela. Una vez fuera, Grigore cierra de un portazo y coge la llave de un asidero que hay en la pared opuesta. El sonido de la llave al empujar el cerrojo con un chasquido me retumba en los tímpanos.

Saela consigue ponerse en pie y trastabillar hasta los barrotes. Grigore retrocede de un salto al ver cómo estampa el cuerpo contra estos con tanto ímpetu que el metal cruje, resentido. Se estampa contra los barrotes una y otra vez. El sonido hace que el corazón esté a punto de salírseme del pecho. Ojalá pudiera abrazarla como la abracé cuando estaba en la prisión del rey. Pero, si lo intentara, me arrancaría el brazo de cuajo y me drenaría las venas.

—Para —suplico, débil, con un incipiente paso al frente—, te harás daño.

Los ojos de Saela, salvajes y frenéticos, se mueven de acá para allá, sin detenerse ni medio segundo en los míos, como si ni siquiera fuera consciente de que le he hablado.

La chiquilla a la que tanto quiero no está ahí en absoluto.

Noto la calidez de Anassa a mis espaldas, así que me permito el lujo de apoyarme en ella. Su calor me envuelve. Me mantiene erguida cuando me fallan las piernas.

Para cuando por fin llega Aldrich, yo ya me siento desligada de mí misma.

Él inspecciona la escena que se le presenta, boquiabierto por un momento por el asombro antes de recomponer su rostro barbudo. Menuda pinta debemos de tener. Sobre todo yo, con este absurdo vestido de fiesta y una corona en la cabeza.

Aldrich separa los labios con la intención de decir algo, pero doy un paso al frente con una mano extendida para detenerlo. Anassa me ayuda a reunir la poca energía que me queda.

«¿Cómo lo hago?», le pregunto deprisa. Antes, de algún modo, ha sido ella la que ha compartido sus recuerdos con Helene y Grigore, pero ahora me toca a mí ocuparme de esto.

«En tu mente, encuentra el río que te une a los demás vinculados y búscalo en la manada Estrategos. Forma una conexión exclusiva con Aldrich y asegúrate de que te centras en él. Después, proyecta tus recuerdos en su dirección, como si los pusieras en un bote río abajo».

Sigo sus instrucciones y, al mismo tiempo, vuelvo a extender la mano para apoyarla en el curtido antebrazo del veterano. Llenos de preocupación, sus ojos se topan con los míos, y yo me veo obligada a apartar la vista para evitar desmoronarme. El contacto piel con piel ayuda a fortalecer nuestra conexión mental. Después me concentro en proyectar mis recuerdos en su dirección.

El dolor de cabeza aparece de modo casi instantáneo, y el sudor empieza a recubrirme el cuero cabelludo debido al esfuerzo.

Pero funciona.

Le imbuyo conocimientos sobre mi sangre real, sobre la maldición y sobre cómo nos ha afectado. Conocimientos de cómo Alistair Brilloscuro se adueñó ilegítimamente del trono de mis ancestros, de cómo ha recurrido a su linaje para ostentar el poder tantos siglos. De cómo una maldición de sangre de los sifones ha mantenido a raya la verdad. De cómo Stark me ha ayudado a desenmascararlo todo y de la huida de Killian.

El líder Aldrich cae de rodillas. Con las manos temblorosas, me mira y, enmudecido, toma mi mano y la aprieta contra su frente.

Yo trago saliva con dificultad.

—Por favor, levántate. Por favor. —Las palabras salen a trompicones de mi boca, suplicantes y patéticas—. Aldrich…, la que está en la celda es mi hermana. Debemos ayudarla.

La comprensión le demuda el rostro. Su boca se tuerce en un rictus que aúna tanto pena como aversión. Tengo que apartar la mirada.

—Seguro que hay algo que se pueda hacer. —Incluso yo oigo la desesperación que se desprende de mi voz—. Podrá arreglarse de algún modo, revertirlo.

Si me convertí en vinculada, si me he convertido en reina, fue para rescatarla de los rapiñadores… o de Killian y su padre, visto lo visto. Haría lo que fuera por ella.

Me niego a creer que no haya servido para nada.

Aldrich no responde enseguida, sino que detiene sus ojos en Stark y ambos se quedan atrapados en esa mirada. No estoy tan arrasada por la pena como para no comprender lo que significa.

Sé lo que están pensando: no creen que pueda revertirse.

—Por favor —suplico de nuevo—, dime qué hago.

Aldrich traga saliva. Une las manos con una palmada y un velo de simpatía en los ojos.

—Lo que más ayudaría a Saela es sangre humana. Tanta como sea posible. Tiene una sed implacable, y si no se sacia pronto, acabará por matarla.

—Vale —replico con los dientes apretados—. Pues beberá de la mía.

Stark chasquea la lengua, irritado.

—Ni hablar. Tal y como está ahora, no podemos fiarnos de su autocontrol; probablemente te dejaría seca.

Y, una vez más, me asalta esa mezcla de desprecio y gratitud.

—Quizá —propone Aldrich, dubitativo— baste con un animal de proporciones considerables.

Asiento, desesperada por dar con una propuesta que pueda servir.

«Cratos y yo iremos de caza. Traeremos un ciervo para Saela», me dice Anassa, lo que me provoca un estremecimiento de alivio.

—Probemos —respondo.

Los lobos vuelven sobre sus pasos a gran velocidad y desaparecen al doblar la esquina.

«¿Y ahora qué?». Mi mente es un torbellino en busca de hi­los lógicos de los que tirar para trazar un plan. ¿Qué pasos son los que debo seguir para deshacer este entuerto?

Como miembro de Estrategos que soy, mi mente no debería tener problema para urdir una estrategia; al fin y al cabo es uno de los poderes de nuestra manada. Pero ahora mismo estoy tan aturdida que ni siquiera soy capaz de hallar esa faceta dentro de mí. Aun así, soy consciente de lo importante que será controlar el relato de lo sucedido.

Busco la mirada del líder Aldrich.

—¿Se ha enterado alguien de la partida de Killian?

Él niega con la cabeza.

—Después de que mataras al rey Cyril, los nobles salieron disparados a sus feudos, pero los vinculados siguen aquí, a la espera de órdenes del frente. Solo su nuevo gobernante puede transmitirles dichas órdenes. Se conoce que el joven Valtiere tendrá una intervención por la mañana.

Por la mañana. Ay, Diosa. No falta nada para la mañana.

Mi cuerpo ha estado funcionando a base de adrenalina pura y dura, por lo que el repentino recordatorio del tiempo transcurrido cae sobre mí como una pesada manta. Me froto los ojos, esforzándome por mantenerlos abiertos.

—Pues… —Enmudezco, intentando recordar lo que iba a decir—. Entonces hablaré con todo el mundo por la mañana. Deberíais descansar un poco.

No percibo que he perdido el equilibrio hasta que tropiezo con una piedra en un torpe e inútil intento por mantenerme erguida. El pecho de Stark me frena; sus manos tatuadas y llenas de callos se cierran en torno a mis brazos.

El contacto con él trae consigo un instante de fugaz vigilia durante el cual, entre rápidos parpadeos, aprovecho para apartarlo.

—Ve a la cama —gruñe.

—Ni de coña. —Estoy tan cansada que no me molesto ni en mirarlo—. No pienso apartarme de Saela.

Con un resoplido, Stark se recorre el cabello con la mano. Pasa por mi lado seguido de Aldrich y Helene y refunfuña algo sospechosamente parecido a «Será cabezota».

Saela parece haberse tranquilizado un poco. Sigue estampándose contra los barrotes una y otra vez, pero ahora lo hace con desgana; sus sienes ya no tocan el hierro. Sus ojos están perdidos en la nada, sin ver.

Unos minutos más tarde, un sonoro y áspero ruido me rescata de mi aflicción. Stark arrastra un catre por el suelo. Lo limpia con la mano para quitarle un poco el polvo y después le da un par de palmaditas, gesto con el que pretende convencerme de que es cómodo.

Yo me dejo caer en él sin rechistar, demasiado cansada como para poner objeciones. No obstante, estoy decidida a mantenerme despierta para vigilar a Saela, por lo que me recuesto de lado mientras Stark se acomoda junto a mí, con la espalda apoyada en el muro de piedra.

Pero es inútil: me pesan demasiado los párpados, que se cierran por mucho que me empeñe en mantenerlos abiertos.

Me asedia la sensación familiar de caer en la espiral del sueño. Abro los ojos con la intención de seguir despierta.

Pero ya no estoy en las mazmorras.

Me encuentro en un lugar oscuro, una habitación repleta de sombras y grises interminables carente de suelos, techos o paredes. Las sombras se arremolinan en torno a mis pies como espesa niebla.

Es demasiado real para tratarse de un sueño; se me acelera la respiración, temerosa. Al darme la vuelta y observar en derredor, descubro que no hay nada salvo este inconmensurable espacio.

—Por fin estás aquí, mi niña —dice el eco de una voz profunda, etérea y masculina: la misma voz que ha estado hablándome desde el principio. Aquella que me impelió a tomar la corona.

¿La voz de quién? ¿De dónde proviene? Se me hiela la sangre. Algo va mal, muy mal.

Me giro de golpe en busca del origen, pero sigue sin haber nada. Las sombras se elevan como el humo y descienden como estalactitas. Empiezo a temblar.

¿Dónde estoy?

Abro la boca para formular la pregunta, pero de ella no brota sonido alguno.

—Estás aquí, pero has dejado abierta una puerta que no puedes cerrar… Así que él también está aquí —me dice la voz.

Quienquiera que sea está enfadado conmigo; lo noto. Una punzada de miedo me atraviesa el cuerpo.

Las sombras comienzan a arremolinarse con ímpetu y me estrechan en un fuerte abrazo, aprisionándome. La oscuridad se vuelve cada vez más y más asfixiante, hasta que percibo su tacto en la garganta. Me estrangula.

Grito en sueños y me despierto con la respiración agitada. Tengo las uñas clavadas en la tosca madera del catre. No sé cuánto rato he estado atrapada en la nada, pero por lo visto ha dado tiempo a que Anassa y Cratos volvieran y se fueran de nuevo, ya que hay un ciervo muerto en la celda de Saela. Además de una inmensa y horripilante mancha de sangre que reviste la piedra.

Mi hermana duerme aovillada en el suelo, con el ensangrentado rostro descansando sobre vísceras, y los brazos hundidos en ellas hasta los codos.

Ahogo mis sollozos mientras me incorporo. Stark sigue dormido, apoyado contra la pared y con la cabeza reposando en la piedra. No parece muy cómodo.

Me arrodillo a su lado. Sus espesas pestañas negras tiemblan debido a lo que sea que esté soñando. Alzo la mano para tocarlo. Solo para despertarlo, me digo a mí misma.

Pero, antes de que pueda hacer nada, un inesperado dolor me perfora la cabeza. Hago una mueca y me llevo la mano a la zona presa de la agonía. Resulta invasivo, como si alguien estuviera introduciéndome una aguja en la sien, cada vez más y más hondo, centímetro a centímetro. Y, una vez está enterrada con la suficiente profundidad, lo oigo.

Es él.

«Buenos días, vinculados», dice Killian.

Reconocería su voz en cualquier parte. No hace tanto solía escucharla desde el otro extremo de la almohada. Ahora suena distorsionada, pero sigue teniendo esa hermosa cadencia aterciopelada.

De alguna manera, a pesar de no ser un vinculado, ha conseguido acceder a nuestro torrente mudo de comunicación. Me habla telepáticamente. ¿Qué cojones es esto?

Stark abre los ojos de inmediato. El viso de alarma en su semblante me indica que él también lo oye.

La voz de Killian vuelve a resonar en nuestras cabezas:

«Hay una usurpadora entre vosotros».

2

Meryn

Es casi imposible llegar a todos los vinculados a la vez. Solo hay dos personas que ostentan ese poder, según tengo entendido: la alfa soberana, Siegrid Therion…, y yo, al parecer. Pero, al oír a Killian, una certeza se adueña de mis huesos: está dirigiéndose a los vinculados de toda Nocturna.

Mis ojos descienden rápidamente al brazalete de compromiso que Killian me puso en la muñeca; el rubí sigue contaminado con unas sombras oscuras. Lleva así desde que se aprovechó de mi magia en sus aposentos; conserva su sempiterna perturbación. Me han arrebatado parte de mi poder, atrapado ahora en una especie de retorcido hechizo entretejido en esta joya.

Sea lo que sea lo que esté haciendo, lo hace por medio de mis poderes, usando la magia que me robó.

«La Diosa Sin Rostro me ha bendecido con la habilidad de hacerme oír en los vínculos lobunos como recompensa por mi compromiso con los vinculados y con el reino», tercia Killian con delicadeza.

Y no puedo evitarlo: me río.

Menudo embustero de mierda, además de predecible. Va a mentir a cada uno de los vinculados igual que me mintió a mí.

Con la cara teñida de rojo por la ira, tiro del brazalete de mi muñeca. Pero, una vez más, se aferra a mi piel con tanta fuerza que tuerzo el gesto de dolor. Justo entonces, las imágenes se suceden en mi mente. Con un respingo de sorpresa, comprendo que está imbuyendo de recuerdos el vínculo, como Anassa me enseñó a hacer a mí.

Ahí estoy, con mi reluciente cabello plateado y el rostro bañado en sangre por la batalla de la graduación. Anassa se alza a mis espaldas mientras yo blando a Acero Feroz, la espada con el lobo tallado en la empuñadura que pertenecía al rey y somete a los huargos. Con el semblante contorsionado por la rabia, le asesto un golpe inclemente en la garganta.

En ese instante, mi verdadero yo sintió un arrebato de adrenalina y orgullo; sin embargo, ahora esas emociones se ven eclipsadas por las de Killian o, al menos, por las que él quiere hacernos creer que experimentó.

Un horror gélido se extiende en sus adentros. Dolor, desengaño y miedo.

La visión pasa a la de la mañana siguiente. Estamos en la habitación de Killian. Lo tengo inmovilizado, sentada a horcajadas sobre él mientras se revuelve bajo mi peso, incómodo y aterrado. Mis ojos color avellana están muy abiertos, desor­bitados. De nuevo, enarbolo la espada con el lobo tallado en su empuñadura. Y la presiono contra su cuello.

Killian proyecta el recuerdo del dolor lacerante, producto del corte en la delicada piel de su garganta. El corazón le late espantado al contemplar a la monstruosa mujer frente a él; una mujer en la que cometió el error de confiar, una mujer que no era en absoluto lo que parecía y que, por fin, ha mostrado su auténtica y terrible cara. Es como si hubiera cogido lo que yo viví con él y le hubiera dado la vuelta para esgrimirlo en mi contra.

En ambos recuerdos, la villana indiscutible soy yo.

Yo también me odiaría si no tuviera más perspectiva que esa.

La visión toca a su fin y un parpadeo me devuelve a las mazmorras. Stark me mira a los ojos. Es una mirada asesina. Aprieta los puños tatuados con una vehemencia que exige acción.

«Meryn Cooper me ha expulsado de Hielormenta y se ha hecho con el trono», prosigue Killian.

Me hierve la sangre. Conoce la verdad tan bien como yo: no soy ninguna Cooper. Soy una reina Hielormenta. Reclamaré lo que es mío por derecho de nacimiento; lo que su familia le arrebató a la mía.

«Es peligrosa, inestable y enemiga de Nocturna. No podéis confiar en esta plebeya trastornada».

Se me escapa una exclamación ahogada. Me encantaría pensar que nadie en su sano juicio podría creerle, pero yo misma le creí una vez. Y no puedo corregir la parte de verdad que hay en esos recuerdos.

Sí que hice esas cosas. Y las hice teniendo un aspecto aterrador.

Pero él es un puto sifón, joder.

«Estoy estableciendo una fortaleza en el oeste para reunir huestes con las que recuperar el trono. Animo a cualquier partidario de la verdad y de la justicia a unirse a mí. Juntos devolveremos a Nocturna la gloria que le corresponde».

Con esas palabras finaliza la conexión, tras cerrar de forma agresiva el canal mental que mantenía abierto.

—¿Verdad y justicia? —vocifero, con tanta fiereza que mi pregunta retumba por cada rincón de las mazmorras vacías.

Relajo los puños. La fuerza con la que los apretaba me ha dejado las marcas de las uñas en las palmas hasta casi sangrar.

Mi mente está unida a la corriente de emociones vinculadas por medio de una conexión íntima que me permite apreciar el torrente de conmoción, incredulidad y confusión que fluye por toda Nocturna.

Joder.

Vuelvo a mirar a Stark.

—Tengo que dirigirme a ellos. Ya.

—Sí —se limita a contestar.

—Pero no…

Me miro de arriba abajo. Todavía llevo el estúpido vestido que Killian me obligó a ponerme. El mismo que ha aparecido en el recuerdo que acaba de compartir con todos.

Es el uniforme oficial de mujer trastornada e inestable, y me niego a alimentar esa mentira.

—Estás… —empieza Stark, pero se muerde la lengua, con los labios apretados en una fina línea.

Al estudiar mi aspecto, una marea de emociones se agita tras sus ojos, oscuros e inescrutables.

Yo alzo la cabeza.

—¿Qué?

—Estás presentable, más o menos —repone, rígido. Debe de haber entendido mi vacilación—. Alargar la espera solo dará pie a que duden.

Con dificultad, trago saliva y asiento. Después me obligo a respirar hondo. Solo tengo que recordar que la verdad está de mi parte, no de la de Killian. Y yo también tengo unos cuantos recuerdos condenatorios que compartir.

«Anassa —llamo mentalmente a mi loba—, ¿puedes dirigirte a todos los lobos del castillo y asegurarte de que sus jinetes acudan a la arena? Diles que tengo que compartir algunas respuestas con ellos».

Es probable que yo posea esa capacidad, pero no tengo muy claro cómo contactar solo con aquellos que están físicamente aquí, en Hielormenta. Si mi comunicación se propaga más allá…, ¿podría Killian oírme?

Tras unos instantes de silencio, Anassa responde:

«Hecho».

Mi mirada recala en la figura durmiente y ensangrentada de Saela. Qué pequeña e indefensa parece, a pesar de los restos esparcidos por la celda que prueban que no lo es. Dejarla, aunque solo sea un momento, es como una puñalada en mis entrañas. No está bien.

Y, por segunda vez, Stark parece leerme la mente.

—Helene y Grigore la vigilarán mientras estés fuera. No le pasará nada, te lo prometo.

Su voz suena cortante y formal, pero sus palabras son tan amables… Lo único que puedo hacer es asentir con la cabeza, tensa.

Me duele alejarme de Saela, pero si no me voy, Killian destruirá también el resto de mi mundo.

Aunque la arena está sumida en el silencio, mi corazón late con fuerza, y podría jurar que cada pulsación reverbera en las paredes.

Stark está a mi izquierda, en una pose resuelta, sin que los cientos de ojos que se alzan hacia nosotros lo perturben lo más mínimo. Anassa y Cratos nos flanquean sin desviar la vista de la gente reunida a nuestros pies.

La llegada incesante de vinculados hace que tenga que apartar de mi mente la imagen del sacrificio final ordenado por el rey Cyril; el recuerdo de la sangre manando de las heridas infligidas por dientes afilados mientras los vinculados se enfrentaban los unos a los otros en una escarlata y errónea danza colérica.

Se me encoge el corazón.

«Quiero evitar cualquier muerte innecesaria», pienso, en parte para mí y en parte para Anassa. Su afirmación me llega en forma de leve vibración en el fondo de mi cabeza.

La mayoría de los asistentes son recién graduados, aunque algunos de los vinculados que vinieron para presenciar la graduación se han unido a la multitud. Los soldados más veteranos están en formación, pero los jóvenes se mueven en grupo, de manera que las manadas se reúnen sin llegar a mezclarse.

Por el rabillo del ojo capto el cabello oscuro con mechas rojizas de Jonah. Lo acompañan algunos de esos amigos suyos con cara de comadreja que hablan entre susurros, con las manos apoyadas en las empuñaduras de sus espadas o de sus dagas.

Él alza la vista y, al hacerlo, percibo un inquietante destello afilado en sus pupilas. Nos hemos llevado francamente mal desde la mañana del Ascenso, cuando atacó a Izabel; desde entonces nunca ha desaprovechado una oportunidad para intentar herirme.

Anassa también ha reparado en su grupito y, aunque sus costados empiezan a hincharse debido al gruñido grave que se fragua en su interior, ninguno de ellos hace el menor amago de venir a por nosotras.

En las inmediaciones de la arena, los sirvientes del castillo aguardan nerviosos, tensos. Stark ha ordenado a toda la servidumbre que acudiera; quiere garantizar que lo que sea que esté a punto de ocurrir cuente con el mayor número de testigos posibles. A juzgar por los que siguen cruzando las puertas de la arena, aún no han venido todos.

No es fácil quedarse esperando en el estrado. Me siento como una impostora. Y ¿cómo no hacerlo? Hace unos meses pensaba que no era más que una plebeya. En muchos sentidos, todavía lo soy. Tengo el vestido destrozado debido a mi paso por los calabozos, el cabello plateado lleno de nudos y unos ojos que, probablemente, estén enrojecidos por la combinación de falta de sueño y llanto interminable.

Parte plebeya, parte vinculada y parte reina, pero caótica hasta la médula, eso sí.

Y aquí estoy. Aquí es donde debo estar. Tengo que ser más de lo que soy.

«Debes hacerlo y lo harás», asevera Anassa, recordándome lo que me dijo el día que, sin esperarlo, me convertí en la alfa de la manada Estrategos.

«Debo hacerlo y lo haré», coincido.

Stark da un paso al frente para entregarme un amplificador con forma cónica que tomo con mano trémula.

En la media hora transcurrida desde que salí de las mazmorras, Anassa se ha dedicado a orientarme respecto a cómo comunicarme con los vinculados. Tengo que proyectar un mensaje complejo que además incluya mis recuerdos a miles de personas en Nocturna. Estoy preparada para que me pase factura, pero sé que puedo con ello.

Porque si Killian ha podido recurrir a mi magia para ponerse en contacto con todo el mundo, entonces yo también puedo hacerlo.

Resulta que el resentimiento es un combustible bastante potente.

Tras respirar hondo varias veces, cierro los ojos y libero la consciencia. Primero, mi mente se incorpora a corrientes que me resultan familiares: Anassa, mi manada, mi gente y, sorprendentemente, Stark.

Los canales que he usado antes están abiertos, despejados. Sin embargo, percibo al otro lado muchas más mentes de las esperadas, como si pudiera discernirlas a través de la niebla baja sobre una balsa de agua. Aprieto los ojos con fuerza y empujo. Tras un instante de resistencia, me lanzo.

Fluyo hacia las mentes de los expectantes vinculados y, a continuación, atravieso los muros que cercan la arena. Si Killian está vigilando esta conexión…, yo no logro captarlo.

Casi resulta demasiado fácil. Hay un vasto océano de magia en mi interior, y la mente de cada uno de los vinculados constituye un río que se desprende de esa fuente. Lo único que he de hacer es centrarme en mi poder y seguir la corriente natural hacia ellos.

Establecer la conexión es sencillo, sí, pero también es increíblemente complicado mantenerla, en especial cuando empieza a fluir en mi contra para sumergirme del todo en ella. La sensación es vertiginosa y, al igual que pasó cuando le proyecté mis recuerdos a Aldrich, el sudor empieza a perlarme la frente.

Después percibo las mentes de los vinculados que están más lejos, veteranos curtidos en el frente de batalla, cansados, furiosos e impacientes. Me tambaleo un poco, pero procuro mantener abiertos los canales.

No tardo en sentir una mano en mi espalda, que me mantiene recta para evitar que me caiga.

Stark.

Trago saliva y recoloco los pies, separándolos para que la gravedad tenga menos margen de acción sobre mí. Al abrir los ojos y alzar el amplificador, me encuentro con la mente de Anassa, que acude a la mía. Las palabras se agolpan en mi consciencia y su influencia las impele a salir, como barcos que navegaran por cada uno de los afluentes de nuestra red de vinculados.

Esta es la clase de líder que deseo ser: directa, sincera.

—Quiero responder a lo que os ha dicho Killian. Merecéis saber la verdad. Todos. Sí, maté al rey Cyril —confieso, alto y claro para que los sirvientes puedan oírlo, al mismo tiempo que proyecto idéntico mensaje en mi mente para que llegue a los vinculados.

Los que no estuvieron presentes en la graduación reaccionan de inmediato con horror y confusión, sentimientos que percibo meridianamente.

—Lo maté, pero tenía una razón de peso. No era el hombre que creíamos. De hecho, no era ningún hombre. Lo que hice no fue fruto de la locura, sino un acto de absoluta lucidez.

Conjuro las imágenes que dejarán patente que soy sincera. A diferencia de Killian, no necesito adulterarlas para reforzar mi argumento. La verdad basta.

Se lo muestro todo: los niños tras los barrotes, asustados y olvidados; Saela, llorando e intentando tocarme desde su celda; la confesión de Killian de que tanto su verdadera naturaleza como la de su padre los convertía en recipientes de Alistair Brilloscuro; el destello de los colmillos de Killian tras esa sonrisa que supura maldad.

También comparto el recuerdo de su magia de sombras envolviéndonos, inclinándose hacia mí para, después, volcarse sobre él, que utilizó mi magia para escapar.

El efecto es inmediato. Exclamaciones ahogadas y no tan ahogadas recorren la arena. Los vinculados de mayor edad son los primeros en ponerse en marcha para formar pequeños grupos o reunirse con los lobos. Guerreros y lobos se retiran hacia los rincones para deliberar y compartir impresiones.

Sus emociones erosionan mi mente, ya que no he interrumpido la conexión. Ira. Desconcierto. Horror. Dolor.

Los sirvientes del castillo, que no pueden ver lo que les he enseñado a los demás, observan confusos el caos a su alrededor. Hablo deprisa porque les he prometido respuestas:

—Mi nombre es Meryn Hielormenta. Soy descendiente de las reinas Hielormenta, las líderes originales de Nocturna. Un sifón llamado Alistair Brilloscuro le arrebató a mi familia el trono que legítimamente le correspondía.

Más recuerdos: esa antigua corona que ahora me adorna la cabeza, el libro de la biblioteca de Stark en el que se detalla el linaje real, los diarios de mi madre con sus crípticos bosquejos.

—Alistair Brilloscuro ha estado poseyendo el cuerpo de los reyes generación tras generación por medio de la magia de sangre para así mantener su dominio y eliminar el recuerdo de la auténtica dinastía real. Cyril y su hijo Killian son descendientes de Alistair que han ejercido como sus recipientes, cómplices a su servicio.

Dicho esto, la arena enmudece. Sin embargo, en mi cabeza solo hay ruido. Los sentimientos de los vinculados… son un caos. Que procesen tanto mis recuerdos como mis palabras no impide que más de uno se resista a creerme.

Mi control sobre los canales de comunicación se tambalea, ya que algunas de las mentes se rebelan contra mí, contra el dominio que ejerzo en las suyas. Unos levantan muros; otros, de forma instintiva, intentan expulsarme, igual que hacía yo con Anassa.

Cojo aire y me mantengo firme. Logro conservar la conexión, aunque es débil en ciertas zonas, como si dependiera de hilos muy finos. Por todo el reino hay vinculados que se revuelven contra mí, incapaces de asumir la terrible verdad.

¿Puedo culparlos? ¿Acaso yo creería algo de esto si no lo hubiera visto con mis propios ojos? Miro a Anassa, que me envía una pulsación de apoyo a través del vínculo.

«No te preocupes. Yo les estoy confirmando tus palabras a los lobos», me dice.

Aprieto los dientes e intento concentrarme en el río de comunicación que hay en mi interior. Me vuelven a palpitar las sienes por el esfuerzo.

Sirviéndome de tanta fuerza como me es posible gracias al apoyo de Anassa, pruebo otra estrategia, algo que les ayude a entender que no soy la loca desquiciada que Killian pretende hacerles creer.

—Podemos tener una Nocturna mejor —digo en voz alta, proyectando ese mismo pensamiento también hacia quienes estén escuchando—. No hay por qué enfrentarse a tanta muerte durante las Pruebas de Vinculación. La gente debería tener para comer, debería ser capaz de alimentar a sus familias. Quiero… lograr eso. —Las palabras brotan de mis labios a trompicones, inexpertas. Nadie dijo nunca que se me dieran bien los discursos—. Quiero ser una reina justa, alguien a quien sea un orgullo servir. A… Atenderé a las necesidades del pueblo. Me esforzaré al máximo para hacerlo lo mejor posible. —Cada palabra, cuyos ecos destierran el silencio, suena aún más extraña que la anterior—. Dadme una oportunidad y os demostraré lo leal que soy a Nocturna. Permitid que intente ser la líder que nuestro reino merece.

Agotada y falta de ideas, abandono la conexión con los vinculados con un último vuelco mental, como si hubiera dependido de la última hebra de una cuerda deshilachada, quebrada de golpe. Es agotador. Los otros vinculados se estremecen ante la falta de tacto en la manifestación de mi poder, y yo me estremezco a la espera de ver cómo responden.

Silencio. Después, leves murmullos entre vinculados por un lado y humanos por otro.

«Para que quede claro —interviene entonces Siegrid, la alfa soberana, cuya voz severa resuena en todos los vinculados desde la lejanía, a leguas de distancia, igual que lo ha hecho la mía hace escasos segundos—, mi familia y yo somos los protectores jurados de la corona, y reconocemos a Meryn Hielormenta como la legítima heredera al trono. Como vuestra alfa soberana, espero ser testigo de esa misma lealtad por parte de los auténticos vinculados».

Sus palabras me arrancan un suspiro.

Aunque se encuentre en el frente, lo que acaba de decir es muy significativo para todos los vinculados, estén donde estén. Y como alfa soberana, se supone que tanto ella como su lobo pueden obligar a los vinculados a seguir sus mandatos. Creo que yo también podría hacerlo, en teoría. Desde luego, el rey Cyril podía por medio del Acero Feroz.

Al intervenir de esta manera y presentar un estímulo en vez de una orden directa, Siegrid está concediéndole a nuestra gente algo de lo que se le privó hace muchísimo tiempo. Algo que yo también deseo que tenga: libertad de elección.

Lo único que puedo hacer es esperar que baste.

Durante un largo e incómodo rato, nadie mueve un músculo. El sonido de mi propia y agitada respiración suena demasiado alto, de un modo casi patético, mientras desvío la mirada aquí y allá, sin saber muy bien cómo encajar lo que suceda a continuación.

El líder Aldrich es el primero en dar un paso al frente, dejando atrás a un grupo de vinculados de mayor edad. Camina despacio, con la cabeza alta hasta que la inclina ante mí. Separado del resto, hinca una rodilla en el suelo. Su loba le imita, con la cabeza gacha y los ojos cerrados.

Después, Aldrich dice:

—Os juro mi lealtad, reina Meryn.

Su gesto hace que se me salten las lágrimas, así que parpadeo para mantenerlas a raya. Oírlo decir esas palabras en voz alta, que me haya llamado reina… La vivencia se cristaliza en mi memoria y comprendo que jamás la olvidaré.

Mis amigas Izabel y Venna son las siguientes en dar un paso al frente, con sus respectivos lobos a sus flancos. Me muerdo el labio inferior con fuerza para contener las lágrimas. Ambas me dedican un saludo marcial antes de arrodillarse junto a Aldrich mientras sus lobos agachan la cabeza en señal de respeto. Se les unen Tomison, Nevah y sus lobos.

Al principio me resulta raro verlos así. Fueron ellos los que me enseñaron a luchar. Con ellos he llegado incluso a emborracharme. Hemos tenido que sobrevivir juntos. Y ahora están arrodillados ante mí.

La fe que les inspiro hace que se me hinche el pecho de un modo doloroso y reconfortante a la vez.

La tensión que se apodera de la arena mientras los demás esperan a ver qué hacen sus compañeros se puede cortar con un cuchillo. El gruñido de Anassa vuelve a reverberar en sus adentros. Percibo cómo su mente se concentra y se resiste ante algo; imagino que se debe a la comunicación que mantiene de forma independiente con los lobos.

Después, los novatos restantes de Estrategos avanzan a grandes zancadas, una o dos duplas a la vez. Los lobos de color blanco plateado se agachan, acompañados por sus jinetes, que inclinan la cabeza o se arrodillan junto a ellos.

Tanto respaldo hace que me invada una oleada de calor. Incluso Anassa parece enderezarse mientras contemplamos la hilera de lobos y jinetes Estrategos, que han aceptado una verdad que apenas he digerido yo misma.

Soy la legítima líder de los vinculados y de toda Nocturna.

Después son los demás instructores de las Pruebas quienes dan un paso al frente, seguidos de un puñado de Kryptos, a los que se suman algunos jinetes de Daemos y de Phylax.

Pero me doy cuenta de que no constituyen la mayoría de los vinculados. Hay varios grupos de vinculados de más edad que no se pronuncian; hablan entre ellos en voz baja o se comunican en silencio con sus lobos.

El personal del castillo, reunido junto a las salidas de la arena, observa la escena con recelo o se aleja sin mediar palabra. Sin embargo, no puedo culparlos por querer mantener las distancias con la inmensa agrupación de jinetes y lobos huargo, al margen de sus lealtades.

También hay algunos novatos dudosos. Con muchos me he cruzado una docena de veces y he peleado junto a ellos en esta misma arena, pero lo cierto es que nunca hemos hablado ni interactuado de verdad.

Puto Killian. Pasé tanto tiempo con ese cabrón mentiroso que me privé de dedicar más horas a conocer a mis compañeros novatos. Ahora tendré que esforzarme más para ponerlos de mi parte.

«Pues sí, ahora que por fin has decidido que merece la pena contar con ellos», señala Anassa con amabilidad, lo que me hace comprender que he estado proyectando mis reflexiones en su dirección.

«Tienes razón —respondo con un suspiro—. Aunque, en mi defensa, debo decir que me habría dedicado más tiempo a la diplomacia si hubiera sabido la que se me venía encima».

Por toda respuesta, Anassa suelta un majestuoso bufido.

—Por favor, levantaos —les pido, pues algunos de los vinculados aún permanecen agachados—. Sé que la verdad sobre la dinastía Valtiere es desconcertante y que todo esto es muy reciente. Para ser sincera, yo también estoy tratando de darle sentido. Espero contar con vuestra ayuda para garantizar una transición pacífica.

Capto un movimiento repentino a mi derecha y me giro a tiempo de ver cómo Jonah, a horcajadas sobre su lobo, se abre paso entre un grupo de simpatizantes Kryptos.

«Deberías montar», me advierte Anassa, pero yo sacudo la cabeza.

«No quiero empeorar las cosas —insisto—. No es necesario que haya ninguna pelea».

Anassa agita el rabo un momento antes de dejarlo descansar.

—¡No eres más que una embustera de mierda! —ladra Jonah.

Abro la boca para defenderme, pero entonces se pone de cara a la multitud y, como el matón que es, dice:

—¿De verdad vais a dejar que esta regicida se quede con el trono de Nocturna? ¿Qué hay de nuestra misión sagrada como vinculados de proteger al rey y al reino?

Sobre su lobo, Jonah deambula de un lado a otro, consciente de que todos los ojos están puestos en él. Es evidente que lo está disfrutando.

—Afirma que nuestro príncipe es un sifón; que su padre, el rey Cyril, también lo era. Si fuera cierto, ¿por qué iban a dedicar tantos esfuerzos a intentar eliminar la amenaza sifona en el sur? Llevamos siglos en guerra con Astreona, ¡y el monarca lo apoyaba sin ambages! —Jonah se da la vuelta para mirarme directamente a la cara. Su expresión es agresiva, desagradable—. No. Tiene mucho más sentido que esta zorra quisiera ser reina para vivir una vida de lujos en vez de luchar por su país. Pero el príncipe Killian no iba a quedarse con ella después de que se le fuera la cabeza y asesinara a nuestro rey. Como la puta llena de rencor que es, ahora está haciendo todo lo posible por arrebatarle al príncipe Killian lo que es suyo por derecho. Me corrijo: al rey Killian.

Me quedo sin aliento al ver que hay personas que le están prestando atención… Se están tragando sus mentiras, o sopesando si hacerlo. Se ha metido en un asunto que no le concierne en absoluto y ha formado el discurso que le viene mejor, ¿todo por qué? ¡Porque es un narcisista vengativo!

Frustrada, miro a mi alrededor en busca de algo, lo que sea, que haga que esta gente crea la verdad.

¿Qué importancia iban a tener mis palabras o mis acciones ahora si todo el mundo me considera una mentirosa y una traidora?, ¿si para ellos es más fácil dejarse convencer por los hombres que llevan siglos ostentando el poder que por una mujer salida de las cloacas?

Con un silbido metálico, Jonah desenvaina con destreza su espada y la alza todo lo alto que puede.

Me asalta el pánico al ver cómo abre la boca para dirigirse a mi gente.

—¡Auténticos nocturnianos, conmigo! ¡Muerte a la usurpadora!

3

Meryn

Pasan un millón de cosas a la vez.

Por instinto, me aferro al pelaje de Anassa para impulsarme sobre su lomo. Mis amigos cierran la formación. Izabel, Tomison y los demás Estrategos se unen automáticamente para trazar un perímetro defensivo en torno al estrado.

Venna se separa y describe un círculo cerrado. Su loba, Skaia, se encarama a la plataforma junto a mí.

—¡Alfa Stark! —vocifera Venna, gesticulando por algo que sucede a mi espalda.

Stark y yo nos damos la vuelta.

Una mujer Kryptos de más edad y su lobo han aparecido detrás de nosotros. Su lobo gris avanza con un gruñido, y yo enarbolo a Acero Feroz con rapidez, preparada para el impacto.

Sin embargo, en lugar de ir a por mí, loba y jinete arremeten por lo bajo, de manera que la cabeza del huargo se estrella contra las patas traseras de Anassa para derribarnos.

Salgo disparada del lomo de Anassa a propósito, para evitar que me aplaste al desplomarse. Me golpeo con la tarima tan fuerte que me quedo sin respiración y el mundo gira a toda velocidad a mi alrededor. Se me escapa la espada. Me protejo la cara con los brazos mientras ruedo una y otra vez.

Y entonces, de pronto, ya no hay nada bajo mi cuerpo. Salgo volando del estrado y me estampo contra el suelo. Con un quejido, me doy la vuelta para descansar sobre la espalda.

Estoy mareada. Trato de asir esas sombras oscuras, fruto de mi ira, pero no son más que un susurro. Ese batacazo me ha dejado destrozada.

El cielo se apaga y yo parpadeo en un intento de conservar la lucidez. Después, esa misma marea negra se materializa en una pincelada de pelo y gruñidos, como una encarnación de la violencia: Cratos y Stark.

Cratos aterriza directamente frente a mí, de modo que ambos custodian mi delantera.

Anassa continúa en el estrado, en una posición defensiva, con una pata colocada de forma posesiva sobre la empuñadura de Acero Feroz.

Aturdida, con una mano en la sien, me percato de que he perdido la corona Hielormenta en la caída.

«¡Allí!», irrumpe la voz mental de Anassa.

La mujer Kryptos y su lobo se colocan delante de Stark, a unos cuantos pasos a la derecha. Usa su poder de Kryptos para ocultarse a la vista mientras se desplazan. Su control es impresionante; no entiendo que pueda camuflarse con esa pericia en un lugar tan iluminado. ¿Cómo lo consigue? ¿Se debe simplemente a la experiencia que da la edad? ¿O acaso ha sucedido algo que ha hecho que su magia sea más… poderosa?

Adopto una posición de pelea mientras trato de hacerme con mi espada. No obstante, una vez más, la dupla Kryptos hace algo inesperado; en vez de venir a por mí, se echa a un lado. La mujer extrae una lanza corta, no sé bien de dónde, y la clava en algo que resplandece en el suelo. Acto seguido, se alejan a toda velocidad.

«Mi corona», comprendo. Joder. Percibo una oscuridad susurrante en mis venas pero, al igual que antes, no es más que eso: un susurro.

Stark cruza una mirada conmigo y yo asiento en silencio para responder a la pregunta latente en sus ojos.

—Recupérala.

—Mi reina —responde él.

Junto a Cratos, se pone en marcha tan deprisa que apenas los veo moverse.

Anassa salta del estrado y yo vuelvo a montar. Me conecto al resto de los Estrategos para ver cuál es la situación. Sigo débil por la caída, intimidada ante la perspectiva de tener que contactar de nuevo con los vinculados ajenos a mi manada.

«Jonah tiene varios efectivos desplegados por el perímetro —informa Nevah—. Mirad: ahí, ahí y ahí. —Hace un gesto con la daga mientras comparte imágenes a través de su mente—. Vigilan las entradas y las salidas».

La manada registra la información de forma conjunta, la procesa y enlaza ideas y novedades procedentes de una docena de mentes distintas.

«Ese pelotón viene directo a por nosotros», grita la mente de Izabel, lo que permite que el resto atisbemos el puñado de lobos que se dirige hacia Jonah; en general, son novatos que lo siguieron durante el entrenamiento. Más preocupante resulta que dicha facción cuente con un par de vinculados de más edad.

«¡Y por la izquierda!», añade Nevah, liderando a una escuadra para que vire hasta el lateral de la plataforma.

Todos utilizamos la estructura de madera a nuestras espaldas como una línea de defensa extra.

«¡Formad!», indico ahora que he recuperado la disposición propia de la batalla.

Nuestra formación es algo más numerosa que la de Jonah, pero no mucho.

¿Cómo coño hemos llegado a semejante situación? ¿Cómo es posible que estemos tan cerca de convertir esto en una batalla campal?

No son pocos los vinculados en la arena que todavía se mantienen al margen; seguramente a la espera de ver el resultado definitivo y así escoger bando.

Frunzo los labios; percibo una tensión familiar en el ambiente, ese crepitar del aire que ya conozco y que suele preceder al derramamiento de sangre. Desde el lomo de Anassa, aprecio que la servidumbre también es capaz de verlo. Sus ojos saltan enloquecidos de un grupo de vinculados a otro. Saben lo que va a pasar aquí. No tardan en escabullirse en dirección al castillo, lejos del desastre que se está fraguando. Las fuerzas de Jonah les permiten salir sin mayor problema. Bien. No es necesario que nadie más sea testigo de esta locura.

Los jinetes de Estrategos y otros vinculados leales cierran filas en torno a mí. Desvío la mirada en busca de Stark y Cratos. Ya casi se han puesto a la altura de la mujer Kryptos, pero ella les lleva delantera, dispuesta a alcanzar una de las salidas custodiadas por los efectivos de Jonah por mucho que le cueste.

Stark va de cabeza a las líneas enemigas.

«No te preocupes por ellos —me dice Anassa—. Llevan en el oficio desde que tú eras una cachorra. ¡Arriba la espada!».

Chocamos con la primera oleada de atacantes, muchos de los cuales van armados con lanzas largas que deben de haber traído consigo al prever que esto podía pasar. Menudos gilipollas. Nos separamos un poco para evitar que sus armas atraviesen a nuestros lobos.

Anassa sale disparada y muerde uno de los astiles con la fuerza suficiente como para que innumerables astillas salgan despedidas aquí y allá. El jinete no opone resistencia y la suelta, pero saca su espada.

Va a ser que no.

Le asesto un golpe con Acero Feroz. Aprieto los dientes ante el encuentro del metal con el metal y presiono tanto como puedo para obligarlo a retroceder centímetro a centímetro.

Después, Anassa cierra su mandíbula con decisión, llevándose consigo una maraña de pelo. Hay un agujero allí donde hasta ahora había estado la oreja izquierda del otro lobo.

La sangre nos baña por entero antes de derramarse sobre el suelo desde la lacerante herida abierta. Un latigazo de satisfacción recorre a Anassa.

El dominio que el jinete tiene de su espada se ve alterado por la percepción ineludible del dolor de su lobo. Yo aprovecho que ha bajado la guardia para darle una estocada en el costado, donde le hago un corte profundo. Él lanza un grito agónico y cae hacia atrás, pero enseguida otro jinete y otro lobo lo sustituyen.

Como Izabel se pone a mi lado, nos ocupamos juntas de la dupla enemiga; nuestras espadas resplandecen con fuerza con cada maniobra en un intento por acertar con un golpe mortal.

Este jinete, un Daemos que reconozco de las Pruebas, es más joven que yo. Alza las manos para verter una ráfaga de poder Daemos en nuestra dirección. Izabel y su loba, Asteio, se echan a un lado para esquivar el impacto.

Nos da de lleno a Anassa y a mí, implacable como un muro de piedra, más fuerte de lo que debería ser posible. Pero, de algún modo, también parece rebotar, como si el poder tuviera un segundo reflejo en quien lo ostenta, por lo que el muchacho de Daemos cae de su lobo y queda tendido en el suelo.

«¿Y eso?», le pregunto a mi loba con los músculos al límite por el esfuerzo que me supone mantenerme sobre su lomo.

Nunca he visto que un poder flaqueara de ese modo. Pero no tenemos tiempo de ponernos a charlar al respecto.

Otro jinete Daemos nos acecha. A punto está de alcanzar el costado de Izabel con su daga. Después salta encima de la montura de Izabel, justo detrás de ella.

Busco una apertura. Anassa gira hasta que nos situamos de nuevo junto a Izabel, Asteio y el Daemos que la ataca. Me inclino hacia delante, pero la distancia que me separa de él es demasiado escasa como para hostigarlo con mi espada sin herir a Iz en el intento. Él le rodea el cuello con el brazo en una postura que imposibilita que ella pueda emplear su propio acero. Con calma, y sin que su apurada respiración le suponga un impedimento, extrae una daga de la funda de su muslo y la hunde en la pierna del enemigo, que grita y se ladea, de manera que solo su peso basta para que ambos acaben en el suelo.

De un salto, me abalanzo sobre el hombre sin miramientos. De su cuello comienza a manar sangre a borbotones. También su lobo se debilita. Se desploman, víctimas de esa vida que los abandona. Anassa gruñe complacida ante lo que acabo de hacer, pero yo, con los ojos clavados en la hermosa criatura inerte, no lo comparto. Menudo desperdicio.

Asteio interviene con un gruñido y destroza la garganta del lobo Daemos con los dientes; su hocico argénteo se tiñe de rojo.

Sin dejar de jadear, me giro para anticipar el siguiente ataque, pero Nevah, Tomison y los demás vinculados de Estrategos han desviado el grueso del combate cuerpo a cuerpo, lejos ahora de nosotros.

—Gracias —musita Izabel mientras se frota el cuello dolorido antes de volver a montar.

—En cualquier otra circunstancia lo habrías hecho pedazos —replico con una sonrisa apurada en un intento de disimular el mal cuerpo que me ha puesto ver a Iz en una situación tan complicada.

Ahora que la refriega me da una pequeña tregua, repaso con un vistazo las peleas que se desarrollan en la arena. Se me revuelve el estómago; es un auténtico espanto. Se trataba de nuestra ocasión de demostrar unidad y, sin embargo, aquí estamos, destrozándonos los unos a los otros.

Desvío la mirada hasta Acero Feroz en mi mano.

El rey Cyril lo usaba para doblegarlos, para controlar a nuestros lobos. Yo lo vi hacerlo; vi cómo desataba la violencia con un simple gesto.

Me pregunto…

«Sí», se adelanta Anassa a mi lado.

«Cúbreme un minuto más», le ordeno a Izabel sin darle tiempo a responder.

En una extraña confluencia de pasado y futuro, alzo el Acero Feroz sobre mi cabeza justo como vi que el rey muerto lo hacía en cada una de nuestras Pruebas. No quería que llegáramos a tal extremo, porque ¿acaso no era una de mis prioridades que nuestra gente fuese de nuevo libre y tuviera la capacidad de tomar sus propias decisiones? Pero volvernos los unos contra los otros… Eso no.

Con un suspiro hondo, utilizo ambas manos para enterrar la espada en el suelo a mis pies.

«PARAD ESTO. DEPONED LAS ARMAS».

Mi grito mental reverbera a lo largo y ancho del vínculo, con tanto poder que me palpitan los oídos.

La arena parece sumirse en la quietud, paulatinamente silenciosa. Siento el peso de la mente de cientos de lobos al tiempo que esta antigua magia ancestral se afianza.

Funciona. Gracias a la Diosa. Los lobos detendrán a sus jinetes, obedecerán a la llamada.

Lo superaremos… juntos, como vinculados.

Entonces, el brazalete de mi muñeca empieza a calentarse, tanto que poco le falta para quemar. Las sombras oscurecen su rutilante rubí.

Y, de pronto, lo sé. Simplemente lo sé.

Fuese cual fuese la magia que usó para obligar a los lobos huargo a permanecer sometidos a esta espada, fuese cual fuese la magia que nos une a todos, se encuentra corrompida, adulterada: ultrajada. Puedo notarlo, como una enfermedad que amenazara con apoderarse de mí desde los márgenes de mi mente. Siento náuseas.

Mis poderes no son míos; él ha cercenado buena parte de ellos. Y lo ha hecho por medio de su maldita magia de sangre. El sifón que tiempo atrás gobernó esta tierra todavía tiene sus condenados colmillos clavados en este reino.

No va a ser suficiente.

En cuanto lo pienso, el calor que emana del brazalete se propaga por mi muñeca, por mis dedos… y hasta la propia espada. Unas estelas rojas descienden por Acero Feroz. Con un chirrido agudo y afilado, la hoja se parte en mil pedazos relucientes y plateados.

¡No!

Contemplo los fragmentos, anonadada.

Esa espada… Ese objeto tan increíble y antiguo que ayudó a conectar a huargos y humanos, que abrió la puerta al control…, acaba de desintegrarse.

«Muévete, Meryn», me urge Anassa y, como si el tiempo se hubiera ralentizado, las imágenes a mi alrededor recobran nitidez y sentido.

Los guerreros de Daemos se están acercando.

Las esquirlas del Acero Feroz me rodean, apagadas e inútiles sobre la tierra.

Asteio se yergue para clavar sus afiladas zarpas en el rostro de un guerrero vinculado que se aproxima a pie, cuyo semblante acaba siendo un amasijo de carne sanguinolenta cuando cae desplomado.

Mis dedos siguen aferrados a la empuñadura del Acero Feroz, pero el arma es ya un objeto inservible, pues lo que queda de la hoja no es más que un hierro irregular a pocos centímetros de la guarda.

Un grito de dolor me desgarra la garganta. Todo esto es culpa suya.

Me encaramo a lomos de Anassa con la mente cada vez más despejada y envaino lo que queda del arma. El recuerdo del torrente de poder que me imbuyó la corona se muestra nítido en mi memoria. Si quiero tener alguna posibilidad de éxito, necesito ceñírmela de nuevo.

«Vamos», le digo a Anassa, que no necesita hacer preguntas; echa a correr hacia Stark y Cratos y esa zorra Kryptos.

El alfa de Daemos y su lobo están en medio de la arena, en el centro de un círculo conformado por varios lobos. Los mantiene a raya él solo. Sus movimientos son tan veloces que me cuesta seguirlos. Bloquea y asesta golpes de tal modo que cinco atacantes vinculados y sus respectivas bestias tienen que luchar por su vida.

Esa refriega es la que impide que la mujer Kryptos acceda a una de las salidas. Miro su reluciente silueta aún escudada en las sombras mientras procura no soltar su preciado trofeo: mi corona; el símbolo de lo legítima que es mi autoridad.

La ira arde en mis adentros y, una vez más, trato de asir la magia de sombras que antes ha fluido por mis venas con tanta facilidad, pero es una magia escurridiza y esquiva que no consigo atrapar.

Doy un grito de frustración. Casi hemos llegado hasta Stark cuando Anassa, de pronto, frena en seco.

—¿Qué…? —empiezo, pero entonces reparo en que Jonah y un puñado de sus seguidores nos cortan el camino.

—Maldito seas, Jonah —murmuro, y extraigo dos de mis cuchillos arrojadizos para hacer uso de ellos con cautela, pero sin perder tiempo.

El que iba destinado a la garganta de Jonah se estampa contra un muro de su magia Daemos. La daga cae inservible al suelo mientras Anassa y yo nos enfrentamos al brutal empuje de su magia.

Intento desviarlo, echar su poder a un lado, pero no sucede nada.

Chasqueo la lengua, irritada. ¿Qué está pasando aquí? Stark intentó usar sus poderes Daemos contra Killian la otra noche y él consiguió neutralizarlos; dijo que era porque los poderes de Daemos bebían directamente de los míos. Entonces ¿por qué Jonah sí puede atacarme con ellos? ¿Y por qué su poder es tan fuerte? ¿Se debe a que, al no llevar la corona, mi propia magia se ve… mermada?

La ira que siento crece, pero, aun así, no obtengo nada de las sombras. Me vendrían de perlas ahora mismo, la verdad.

Lanzo mi segunda daga, que da en el blanco y, con un repugnante sonido viscoso, se hunde en las costillas de una mujer que está a la izquierda de Jonah. Al caer de su lobo, el compañero de detrás la pisotea. Sus estridentes alaridos irradian agonía.

Me invade un orgullo brutal procedente de Anassa, pero lo ignoro… Todo esto es un desperdicio enorme.

Jonah baja el ritmo para mirar a su camarada derribada, y después retoma el avance hacia mí con una mirada centelleante.

—Me muero de ganas de romperte ese cuello esmirriado que tienes —escupe.

Yo río, haciéndome con otra daga.

—Ya estás tardando.

Ignoro la sacudida de mis músculos fruto del cansancio. Jonah está flanqueado por tres vinculados más que se separan para cercarme.

«Tenemos que acabar ya con esto», pienso para Anassa de mal humor. Ella responde con un aullido.

«Aguanta, Meryn», me pide la voz de Izabel con una nota de desesperación. Recibo un destello mental de su posición: continúa atrapada, enfrentándose a otro grupo. Incluso con suerte harán falta varios minutos para que pueda respaldarme.

El tipo a la derecha de Jonah acelera en mi dirección, y su lobo trata de morder el costado de Anassa mientras él, veloz, desenvaina su espada. Apenas consigo bloquear su estocada antes de que Anassa gire con seguridad sobre sí misma para poner distancia de por medio y evitar que mis endebles brazos cedan.

Tras ese brusco movimiento, me veo obligada a inclinarme para no caer. A una velocidad vertiginosa, una flecha corta el aire justo a mis espaldas, tan cerca que el asta me roza el pelo.

Anassa gira a la izquierda y da una vuelta, lo que me otorga un segundo para recuperarme antes de atacar de nuevo. Me esfuerzo cuanto puedo con la intención, una vez más, de invocar mi magia de sombras, pero en esta ocasión no hallo nada, ni siquiera un resquicio.

Un estruendo brutal reclama nuestra atención allá donde está peleando Stark. Pero resulta que… no está allí. O, al menos, yo no lo localizo. Me embiste una ola de pánico.

Una nube de polvo ha estallado e inunda la zona donde lo he visto por última vez. La tierra se esparce por la arena hasta envolvernos. Me pican los ojos. Con un pitido en los tímpanos, agudizo la vista para distinguir algo en mitad de ese torbellino polvoriento.

«Por favor, que esté ahí. Por favor, por favor…».

El aire se despeja y yo ahogo una exclamación. De algún modo, Stark ha utilizado su poder Daemos para destruir el arco de la puerta por completo y derribarlo sobre los oponentes que quedaban. Apenas los distingo bajo los escombros.

Sabía que era poderoso, pero ¿esto…?

Por un momento, la lucha se interrumpe por completo. Todos están mirando boquiabiertos.

La piel bronceada de Stark está pálida por el esfuerzo de ejercer tanto poder y, sin embargo, ya está en marcha de nuevo, dispuesto a alcanzar a la mujer Kryptos. Ahora sí que puedo verla del todo, ya que el terror le ha hecho perder el control de su magia.

En un abrir y cerrar de ojos, la derriba; su maltrecho cuerpo cae al suelo con un golpe sordo y húmedo. Stark conduce a Cratos hasta ella y le arrebata la corona lobuna que todavía sostiene en la mano.

—¡Meryn! —me llama, y yo alzo la daga para que me ubique rápido—. ¡Cógela!

Lanza la corona por los aires. Su ópalo central desprende brillos aquí y allá a medida que se precipita hacia mí. Anassa y yo damos un salto, impulsadas por la fuerza de sus patas traseras. Por un momento, me asalta una desconcertante sensación de déjà vu que me retrotrae a la Prueba de la Voz y a ese primer salto de fe que realizamos juntas.

Cuántas cosas han sucedido desde entonces.

Estiro la mano libre para atrapar la corona al vuelo y me la ciño en la cabeza sin pensar. La magia se apodera de mí en un instante. Trae cierta oscuridad consigo, por lo que mi visión se resiente: el mundo pierde todo su color; las manchas de sangre se vuelven negras, y, por todas partes a mi alrededor, se alzan las sombras.

La penumbra que impera en la arena parece la de una tormenta que se hubiera formado sobre nuestras cabezas. Todas y cada una de las sombras que hay en este vasto lugar se estiran y se distorsionan en mi dirección. Avanzan de forma extraña, reptando hacia mi interior, envolviéndose las unas con las otras y enroscándose en mis extremidades como si fueran enredaderas.

«Ten cuidado —advierte Anassa—. Este no es un poder que sepas controlar. No sabes dónde comienza ni dónde acaba».

El fondo de mi oscuridad es interminable. Eso sí lo noto. O podría serlo, si tuviera lo que hay que tener para aceptarlo con los brazos abiertos. Pero ahora mismo… Ahora mismo sé exactamente dónde acaba. Hay un punto preciso en el que la influencia de Killian ahoga y limita mis poderes. Aun así, tengo acceso a mucho más de lo que nunca imaginé.

Al extender una mano envuelta en sombras, me quedo mirándola boquiabierta y fascinada. Percibo una palpitación en el pecho, como si la magia me impeliera a utilizarla, a asirla y liberarla.

—¡Cuidado! —vocifera alguien.

Yo me giro justo a tiempo de ver a tres de los camaradas de Jonah precipitarse sobre mí.

—¡Usa tu poder, Meryn! —urge Stark.

La ira se adueña de mis entrañas y, por primera vez desde que me quitaron la corona, las sombras obedecen. Alzo las manos en un instintivo gesto de protección.

«Parad», pienso.

«Parad», ordeno.

La fuerza estalla en las palmas de mis manos en forma de una inmensa e implacable ola de sombras. Arrasa con los jinetes que tengo delante antes de desviarse en grandes círculos para engullir a más aliados de Jonah desperdigados por la arena. Al principio, por cómo se solidifica el aire, me recuerda a las explosiones Daemos, aunque en esta ocasión ocurre a mayor escala y plantea una imagen bastante más perturbadora.

Yo disfruto del momento mientras la oscuridad de mi interior asciende con violencia hasta la superficie.

«Detenedlos», vuelvo a exigirles a las sombras.

Reaccionan obedientes, aunque guiadas por su propia voluntad; una que nace de mí pero, al mismo tiempo, existe más allá también. Las sombras se repliegan junto a los lobos y sus jinetes, cuyos cuerpos empiezan a contorsionarse y a volar por los aires. Una sinfonía de gritos retumba por la arena, lo que me ayuda a dejar atrás mi estupor de satisfacción.

«No». Yo no soy así. Tengo que ponerle fin a esto…

La presión que se agolpa en mi pecho, a medida que las tenebrosas sombras se ciernen más y más sobre ellos, resulta sofocante. Han llegado a envolverles el cuello; se cuelan en sus bocas entreabiertas y enmudecen sus súplicas vociferantes.

«Parad, parad, PARAD».

Después, se oye el eco de un potente chasquido.

Los jinetes y sus lobos caen inertes en el suelo del estadio. No solo los tres que venían a por mí, sino también muchos de sus aliados. Una docena, por lo menos; muertos.

Las sombras se retiran y la realidad de lo sucedido cae inmisericorde sobre mí, haciendo que se me revuelva el estómago. Creo que voy a vomitar. Empiezan a temblarme las manos contra el pelaje de Anassa al ser testigo de tanto horror… Un horror del que yo soy autora.

La arena se sume en la quietud. Todo combate queda interrumpido por las miradas que la gente, perpleja, dirige a los lobos y jinetes deformados. Contemplo sus cadáveres como si esperara que fueran a ponerse en pie de un momento a otro. Sus miembros retorcidos en contraste con la inmensidad de la arena los hacen parecer más pequeños y vulnerables.

La oscuridad se desliza por mis brazos, fresca contra mi piel, a modo de recordatorio de lo que soy capaz de hacer. Un recordatorio visceral. Porque yo he matado a todos estos vinculados. Y lo he hecho con un simple movimiento de muñeca. Puede que no estuvieran listos para aceptarme como su reina, pero eso no quita que fueran mi gente.

—¡Ya veis lo que es! —La voz de Jonah destierra el silencio.

Me estremezco. Con toda la

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