Moderaditos (Serie ENDEBATE)

Diego S. Garrocho

Fragmento

Introducción

Introducción

Este libro no es una apología de las buenas maneras ni un alegato en favor de la cortesía política. Este ensayo es una defensa de la valentía. La educación, la amabilidad o el buen tono son rasgos tan deseables que no necesitan una justificación explícita ni ninguna teoría compleja para legitimarse. Y, aunque pueda parecer sorprendente, la moderación no tiene tanto que ver con esas expresiones mínimas de respeto. O, al menos, en su dimensión más urgente, no puede agotarse ahí. Nuestra conversación pública está destruida, pero el ruido atronador que nos rodea no lo alimentan solo las redes sociales o unos perversos magnates tecnológicos. Los medios de comunicación de prestigio y gran parte de nuestros representantes han decidido elevar el volumen de sus alegatos y rebajar sus estándares de autoexigencia. A veces lo hemos hecho incluso nosotros. Esta circunstancia es grave y aun así no exige una intervención demasiado ambiciosa en lo intelectual para repararla. De hecho, ni siquiera estamos peor que en muchos otros momentos de la historia. Basta echar un ojo a las Filípicas de Cicerón para constatar que espíritus tan sofisticados como el pensador de Arpino también podían ser perfectamente faltosos o soeces en su uso de la palabra pública en la República romana.

Cualquier persona sabe que el insulto, la banalización del disenso o la demonización de quienes no piensan como nosotros encarnan un fracaso personal. Mostrar una agresividad desmedida en una columna de periódico o en sede parlamentaria es un gesto elocuente en el que se desvelan los malos hábitos propios y los de aquellos que nos educaron. Quien quiera y decida hablar así puede, y hasta debe, seguir haciéndolo. Lo único que trataré de justificar en este texto es que quienes optan por obrar de esa manera jamás podrán decirse valientes. Es más, la belicosidad verbal, el uso de un lenguaje insolente o malsonante y el arraigo fundamentalista a credos ideológicos extremos no es más que una forma de cobardía melancólica.

La valentía es relevante en clave política por muchos motivos. De hecho, ya desde antiguo se distinguió como una de las virtudes esenciales del ciudadano. Para Tucídides, Platón o Aristóteles, el valor era una disposición del ánimo indispensable para poder ejercer responsablemente muchas otras virtudes. Es consustancial a la vida lograda el adecuar la percepción del peligro, y la toma de posición política en muchas ocasiones exige asumir riesgos. De alguna manera, pensar en serio y hasta las últimas consecuencias es una forma de desafío. La filosofía, de hecho, puede definirse como un bello peligro. Este riesgo razonable se olvida en demasiadas ocasiones y, entre los simulacros morales en los que vivimos, la valentía artificial y fingida es una de las ficciones políticas más decepcionantes. La polarización ha construido refugios identitarios en los que sentirnos a salvo. E incluso en las universidades, lugares concebidos desde su origen medieval para la disputa y la confrontación intelectual, se han creado espacios seguros para que podamos seguir tratando a los estudiantes como si fueran menores de edad. Las ideas impopulares o las propuestas que desafían los paquetes ideológicos cerrados y preconcebidos corren el riesgo de ser sospechosas por cuanto desestabilizan la ordenación contemporánea del disenso político. Quien corre hacia un extremo ideológico suele ser víctima de un pánico inconfeso con el que además se intenta impugnar la realidad.

No hay que ser especialmente hobbesiano para conceder que todos los sistemas políticos descansan sobre una economía del miedo. Las democracias contemporáneas no son una excepción, y el ansioso paradigma securitista se ha trasladado, también, al modo en que hablamos, pensamos y debatimos. Los suscriptores de los periódicos no quieren leer a autores que desafían sus prejuicios y los padres de familia son capaces de entrar en X bajo pseudónimo para linchar o criticar de manera desaforada a quien pone en riesgo sus creencias. Detrás de estas conductas solo hay miedo e inseguridad. Miedo a que nuestras ideas puedan demostrarse fallidas. Miedo a que las ideologías que despreciamos puedan tener una cuota de razón. Miedo a que tengamos que despedirnos

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos