Motín rojo. La verdadera historia del acorazado Potemkin

Neal Bascomb

Fragmento

primera parte

1

El río Neva atravesaba el centro de San Petersburgo, a modo de poderosa arteria de hielo. Surcaba su superficie una línea temporal de tranvía eléctrico, además de trineos con tiro de caballos. Los cocheros de esos trineos, envueltos en piel de borrego y con las barbas blanqueadas por los carámbanos que formaba su aliento, seguían carriles trazados con ramas de pino. Las patrullas de policía recorrían el río en busca de puntos delgados, que señalaban con banderas rojas, pero en la mayor parte de las zonas el hielo era ya lo bastante grueso para que los obreros recortaran bloques del tamaño de un piano que almacenarían para los calurosos meses del verano. El río estaba salpicado de pistas de patinaje, que disfrutaban aquellos lo bastante afortunados para disponer de tiempo libre. Por debajo de la superficie helada, el agua fluía inexorable hacia el golfo de Finlandia, pero eso era un concepto remoto para los habitantes de San Petersburgo que se habían congregado en el Neva y sus orillas para celebrar la Bendición de las Aguas. Era el 6 de enero de 1905.1

Nicolás II dio inicio a las ceremonias de la jornada con una revista de las tropas en uno de los muchos y espléndidos salones abovedados del palacio de Invierno.2 Con su uniforme azul oscuro con detalles dorados del afamado Regimiento Preobrazhenski de la Guardia, recorrió con elegancia las filas de hombres, parándose de vez en cuando con el saludo: «Buenos días, hijos míos», correspondido en el acto con un «Salud a Su Majestad». Hombre menudo de un metro sesenta y nueve de estatura, el emperador y autócrata de Todas las Rusias era conocido por su tierna sonrisa y sus ojos azules motín rojo compungidos. A sus treinta y seis años irradiaba poca de la autoridad que había derrochado su padre, Alejandro III, cuya sombra lo eclipsaba a todas horas. Aunque Nicolás estaba agobiado de preocupación por la guerra de Rusia con Japón, en curso ya desde hacía casi un año, podía esperar que las ceremonias del día, una mezcla de observancia religiosa y pompa militar, le levantaran el ánimo.

Después de pasar revista, siguió adelante por el palacio barroco de 1.054 habitaciones, un monumento de cuatrocientos metros de longitud a la riqueza, inmensa y ultrajantemente concentrada, de la nación. El trayecto a lo largo de los salones vastos y lujosamente decorados estaba atestado de gente deseosa de llevarse una mirada de refilón o un asentimiento de cabeza del zar: guardias imperiales con su uniforme blanco de gala y sus cascos de oro y plata con el emblema del águila bicéfala rusa, cosacos de largos ropajes azules con los sables desenvainados, senadores con brillantes capas encarnadas, diplomáticos y dignatarios con sus mejores galas, almirantes y generales a punto de sucumbir bajo el peso de sus medallas y damas de la corte con largos vestidos verde pálido y rosa.

Nicolás llevaba del brazo a su madre, la emperatriz viuda. Su tío, el gran duque Alexis, acompañaba a la zarina Alejandra, seguido por el resto de la familia real. Las emperatrices y grandes duquesas llevaban ropajes de terciopelo y centelleaban de diamantes, perlas y otras piedras preciosas. Encabezados por el gran mariscal de la corte, que caminaba de espaldas y llevaba un bastón de oro, desfilaban de salón en salón, al compás del himno nacional. Al final, cruzaron la Galería Militar de 1812, un largo pasillo con 332 retratos de oficiales rusos que combatieron contra Napoleón, y llegaron a la catedral del palacio. Los iconos de los santos patrones de la familia imperial decoraban las paredes de la nave dorada, y el sol radiante de la mañana resplandecía a través de las ventanas circulares de la cúpula.3

Con unas vestiduras cargadas de oro y plata, el metropolitano de San Petersburgo, cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa de la ciudad, empezó la misa al mediodía. Nicolás bajó la cabeza y rezó; un fuerte aroma a incienso de clavo y aceite de rosas impregnaba el aire. Rodeado por tantos símbolos de su poder y por las personas comprometidas en su continuidad, Nicolás podría haber creído que su pleprimera parte garia a Dios del 1 de enero, en la que dijo que «en el año que entra Él otorgará a Rusia un final victorioso en la guerra, una paz firme y una vida tranquila sin sobresaltos», pronto recibiría una respuesta favorable.4 Al fin y al cabo, el año anterior Dios por fin lo había bendecido con un hijo, Alexis.

Sin embargo, siglos de historia habían demostrado que era el pueblo de Rusia, y no Dios, quien había cumplido la mayoría de los deseos del zar. La ciudad de San Petersburgo, por ejemplo, erigida para conceder a Pedro el Grande su insensato «paraíso», se cobró la vida de decenas de miles de siervos que se ahogaron o murieron de cólera mientras cavaban los cimientos de sus primeros edificios en un pantanal hundido propenso a las inundaciones graves.5

En su vida privada, a Nicolás le gustaba adoptar el papel de ruso de a pie, vestirse con una blusa de campesino, comer borsch y ocupar habitaciones modestas de su magnífico palacio, pero entendía muy poco de la vida campesina.6 Existía otra San Petersburgo más allá de las imponentes cúpulas doradas, las mansiones elegantes y los edificios gubernamentales y militares mantenidos con esplendidez que jalonaban los muelles de granito del Neva. En esa San Petersburgo, como en otras ciudades rusas, los obreros caminaban con paso cansino por la nieve sucia para ir a trabajar a las fábricas, donde una jornada de catorce horas valía solo un exiguo salario. Los capataces no los trataban mejor que a esclavos, y los trabajadores vivían en barracones sin ventanas, hasta once personas por habitación, con bancos de madera a modo de camas, trapos por almohadas y paredes cubiertas de hollín de las lámparas de queroseno. Querían mejores sueldos y condiciones de vida, y desde hacía un tiempo empezaban a estar dispuestos a ir a la huelga por ello.7

A lo largo y ancho del Imperio ruso —que por entonces ocupaba una sexta parte de la superficie terrestre, desde el golfo de Finlandia al oeste hasta las cálidas aguas del Pacífico en el este tras atravesar Siberia, desde el helado mar Ártico en el norte hasta el mar Negro y las fronteras del Imperio otomano en el sur— vivían los ciento treinta y cinco millones de súbditos del zar, la mayoría de los cuales eran campesinos que trabajaban la tierra y nunca salían de sus aldeas, salvo quizá para servir de carne de cañón en las guerras de su zar.8

motín rojo

Ninguna de esas personas vería jamás al buen tsar batiushka («Padrecito zar») que presentaban los cuentos y tradiciones populares, aquel individuo escogido por el mismo Dios para cuidar de ellos. Lo único que sabían, con todo, era que muchos de sus hijos mandados a la guerra nunca regresaban, que la tierra que araban a duras penas los salvaba de morir de hambre aun en los mejores años y que el zar nunca parecía oír sus ruegos de socorro.9

A las 12.45 del mediodía el metropolitano terminó la misa y las grandes puertas de la catedral se abrieron de par en par. Nicolás se unió a otra procesión, esta encabezada por eclesiásticos que descendieron entre cánticos por la escalinata de mármol blanco de Carrara hasta salir al Neva para la Bendición de las Aguas. Con la cabeza descubierta y sin capa, como mandaba la tradición, Nicolás sintió el golpe del frío como una bofetada.

Mientras bajaba por la alfombra carmesí hasta el pabellón al aire libre situado sobre el Neva, erigido especialmente para la ceremonia con una cúpula azul tachonada de estrellas y rematada con una cruz, solo alcanzaba a ver la muchedumbre devota que lo rodeaba. Abarrotaba los muelles, el puente del palacio, las escaleras de la Bolsa y el propio río. Los soldados la mantenían a una distancia prudencial. Desde las ventanas color cereza del palacio de Invierno, miembros de la corte apretaban la nariz contra el cristal, observando con silenciosa reverencia.

Habían perforado un agujero en el hielo por debajo del pabellón. El agua que fluía por debajo, más caliente que el aire de fuera, hacía que surgiese vapor del orificio. Empezó la ceremonia. Nicolás besó la mano del metropolitano y las Sagradas Escrituras. Un coro entonó solemnes himnos litúrgicos, y entonces el metropolitano llevó una gran cruz de oro, enganchada a una cadena, hasta el agujero en el hielo. Después de bendecir el Neva sumergiendo la cruz tres veces en el agua, otorgó su bendición. Luego, al otro lado del río, un cañón de la fortaleza de Pedro y Pablo atronó en señal de saludo. Su eco sacudió las ventanas del palacio de Invierno. Un humo azul pasó flotando por encima del río. Al mismo tiempo, empezaron a repicar las campanas de las iglesias por toda la ciudad.

Entonces, desde el otro lado del río, casi al instante, llegaron otro fogonazo y otra detonación. En esa ocasión el cañonazo fue primera parte claramente distinto, «más retumbante y extrañamente bélico», en palabras de un testigo.10 Los cristales de las ventanas superiores del palacio de Invierno se resquebrajaron. Algunos de los cañones estaban disparando con fuego real en lugar de salvas. Nicolás se persignó, creyendo que alguien intentaba matarlo, pero no se movió para resguardarse. No dio ni un paso.

La falta de miedo de Nicolás a la muerte llegaba a extremos morbosos. Su hermana pequeña Olga comentó una vez que estaba resignado a perder la vida en el trono.11 El asesinato había sido el destino de su abuelo y de casi la mitad de los demás zares desde que Iván el Terrible reinara en Rusia.12 Al fin y al cabo, Nicolás nació el 6 de mayo, lo que le daba por patrón a san Job, que padeció pruebas escalofriantes de la mano de Dios. Nicolás creía en la relevancia de esas coincidencias.13

El cañoneo cesó. Un policía apostado en el borde del pabellón había caído; la nieve estaba manchada de sangre junto a su cabeza. La metralla había partido en dos un estandarte cercano. En el salón de Nicolás del palacio, las damas y sus acompañantes temblaban; varias estaban heridas de gravedad y muchas, cubiertas de esquirlas de cristal. El almirante Fiódor Avelan, ministro de la Marina, sangraba de un corte en la cara. Aun así, mientras de punta a punta del palacio resonaban los gritos de alarma y los guardias corrían a ver qué había pasado, el zar completó la ceremonia, recibió su bendición con el agua bendita y solo entonces regresó al palacio. Su séquito y la corte palaciega esperaban alguna reacción: ira, un temblor de miedo, un atisbo de alegría por haber sobrevivido, cualquier cosa. El monarca no los satisfizo. Volvió a entrar en palacio, con la cabeza gacha y sin pararse o volverse siquiera a inspeccionar los daños.

Doblaron la guardia alrededor del palacio y la policía acudió rápidamente a la fortaleza para investigar, pero, por lo demás, el suceso fue relegado al olvido con prontitud. Se celebró un banquete mientras el pabellón, acribillado de metralla, era desmontado. El frío no tardó en cerrar el agujero en el hielo. La investigación nunca desveló si la Guardia Imperial había cargado munición real por accidente, en lugar de salvas, en un cañón dirigido hacia el pabellón donde se apiñaba la familia Romanov.

motín rojo

A las cuatro de la tarde, Nicolás dejó el palacio de Invierno en su carruaje y se dirigió a su residencia de campo de Tsárskoye Seló, situada a una media hora de San Petersburgo.14 El suceso del día suponía un mal augurio para el año que empezaba. Una marea de descontento cundía entre el pueblo, y la guerra con Japón iba mal: con la rendición de Port Arthur, una base naval rusa estratégica en el mar Amarillo, en diciembre, y con la pérdida de numerosas batallas en el Extremo Oriente, Nicolás necesitaba un éxito militar para calmar al pueblo y restaurar las posibilidades de que Rusia lograse una victoria sobre Japón.

Su esperanza de apuntarse un éxito de ese tipo la tenía depositada en una escuadra de buques rusos, a las órdenes de Zinovi Petróvich Rozhestvenski, que estaba surcando dieciocho mil millas alrededor del mundo para aplastar a la marina japonesa.15

Ese mismo día, el almirante Rozhestvenski y los casi diez mil hombres a su mando estaban esperando en Hellville, una población situada en la isla de Nossi-Bé, ante la costa de Madagascar. Su Segunda Escuadra del Pacífico, una variopinta agrupación de ocho acorazados, siete cruceros acorazados, nueve contratorpederos y una serie de buques auxiliares (remolcadores, transportes, un barco encargado de condensar el agua, un buque hospital y un astillero flotante), aguardaba en el puerto.16

Las órdenes de San Petersburgo para Rozhestvenski eran que permaneciese anclado en Hellville y esperase refuerzos, en forma de la Tercera Escuadra del Pacífico. La Primera del Pacífico, la escuadra con la que debía enlazar el almirante en un principio, se había perdido con la caída de Port Arthur. Al enterarse de la noticia, dos semanas antes, de que debía quedarse en Hellville, Rozhestvenski le dijo a su jefe de Estado Mayor que mandara un cable al Ministerio de Marina: «Dígales que deseo que me releven del mando», ordenó. Luego cerró la puerta de su camarote, echó el cerrojo por si las moscas y se vino abajo.17

Según la mayoría de las fuentes, el almirante Rozhestvenski, de cincuenta y cinco años, era una de las mayores eminencias de la maprimera parte rina rusa. En la revista de su escuadra antes de que zarpara de Revel en septiembre de 1904, de pie junto a Nicolás II, desde luego lo parecía. Según la descripción de un asistente, «sus anchos hombros estaban decorados con charreteras que presentaban monogramas y águilas negras. En su pecho centelleaban medallas y estrellas ... Su figura robusta empequeñecía no solo al zar sino a todos los miembros de su séquito, y sus penetrantes ojos negros parecían indicativos de una voluntad a toda prueba ... Estaba recto como un palo y miraba a Nicolás con tanta decisión que se antojaba que nada podría detenerlo».18 Rozhestvenski había destacado en la Academia Naval, había demostrado su valía en la guerra ruso-turca de 1877-1878 y, a pesar de su reputación de franqueza y un genio voluble y en ocasiones cruel, había ido ascendiendo por el escalafón de la marina con su apego a la disciplina y la exactitud, además de su mano izquierda para la política palaciega.19

Al aceptar el mando de la Segunda Escuadra del Pacífico, un cometido que le exigiría viajar desde el Báltico hasta Extremo Oriente a lo largo de una ruta sin bases rusas y bajo riesgo inminente de ataque, para enfrentarse a la superior flota japonesa en sus aguas, se estaba lanzando sobre su propia espada, y él lo sabía. «Nos disponemos a hacer lo que debe hacerse, defender el honor de la bandera», dijo públicamente antes de partir.20 Era muy consciente de que su escuadra, o bien no llegaría nunca a su destino o bien, si lo hacía, afrontaría con toda probabilidad una masacre. Pese a todo, Nicolás estaba decidido a mandarla.

La conducción de la guerra con Japón por parte del zar era tan caprichosa como los motivos que la habían originado en un principio: supuestamente, afianzar el control territorial en Corea y Manchuria.21 A Nicolás sus ministros lo habían arrastrado hasta un conflicto fácil de evitar: algunos daban alas a sus ambiciones de ampliar el Imperio, otros velaban por sus propios intereses en Extremo Oriente y unos pocos creían que «una guerrecilla victoriosa» contendría una revolución. Esos ministros encontraron en Nicolás a un oyente agradecido. En 1890, cuando era el joven zarévich y realizaba una visita por Oriente, sobrevivió por los pelos a un intento de asesinato en Otsu, Japón, en el que un agresor se adelantó de un salmotín rojo to de entre la muchedumbre con una espada y le causó un tajo en la frente; pararon el segundo ataque del asesino, pero a Nicolás le quedó una cicatriz permanente. El incidente engendró una enconada aversión hacia los japoneses, a los que despreciaba como «monos». Su belicoso primo, el káiser Guillermo II, también lo espoleaba hacia la guerra; un telegrama enviado al zar desde el yate del káiser revela su actitud: «El almirante del Atlántico saluda al almirante del Pacífico».

Cuando estalló la guerra tras un ataque naval japonés por sorpresa a Port Arthur el 26 de enero de 1904, los rusos hicieron piña en torno al zar en un arrebato de patriotismo.22 «Nos bastará con lanzar las gorras hacia el enemigo para que salga corriendo» era una expresión común por las calles. Sin embargo, los desastres no tardaron en sucederse en el campo de batalla. La campaña militar se resintió de las deficiencias en financiación, equipo y mando. Los generales rusos dirigieron una campaña decimonónica, con sus cargas de bayoneta y todo, contra un enemigo bien posicionado y armado con artillería. «Corderos llevados al matadero», dijo de los soldados rusos un observador. Por su parte, Nicolás mandaba iconos a sus tropas para aumentar la moral. Ellos hubieran preferido armas más modernas y, a lo mejor, menos oficiales riñendo entre ellos o bebiendo champán en vísperas de la batalla.

Rozhestvenski sabía que su misión era otra más en una larga serie de errores del alto mando ruso, pero, si tenía que haber una escuadra, se creía el mejor capacitado para comandarla. No era el único abrumado por esa carga. Pocos de los marineros embarcados en la escuadra tenían una comprensión clara de por qué los mandaban a luchar contra los japoneses. Los habían enrolado en la marina procedentes de granjas de campesinos o destartaladas conejeras en los suburbios de las ciudades. Muchos no sabían leer, y veían aquellos acorazados como «monstruos de hierro».23 En la primera mitad de su travesía desde Libau, bajando por la costa occidental de África hasta doblar el cabo de Buena Esperanza y llegar a Madagascar, habían sufrido privaciones inimaginables. En las mejores de las circunstancias, la marina rusa era cruel con su marinería —los hombres se las veían con los abusos de los oficiales, una comida insípida, el hacinamienprimera parte to y un trabajo agotador—, pero aquel periplo descendió a todo un círculo más hondo del infierno.

Vedado de recalar en la mayoría de los puertos porque ayudar a los rusos constituiría una violación de la neutralidad del país en cuestión, Rozhestvenski se aseguró de que su escuadra cargara todo el combustible posible de los barcos carboneros alemanes que se iban encontrando.24 El repostaje de carbón en alta mar era peligroso de por sí, pero convivir con montones de él apilados en las cubiertas y camarotes, pasillos, baños, talleres —en todas partes—, mientras se surcaban a vapor los asfixiantes trópicos con sus 48 grados de temperatura, era un tormento cotidiano. La carbonilla irritaba los ojos y estrangulaba los pulmones. Los hombres se derrumbaban víctimas de un golpe de calor o enloquecían sin más por la tensión diaria. Entre los demás horrores estaban las famélicas ratas de a bordo, la disentería, las cubiertas tan calientes que ampollaban los pies descalzos y los huracanes, durante los cuales unas olas de doce metros se llevaban por la borda a marineros que nunca nadie volvería a ver.25

De algún modo, Rozhestvenski se las apañó para arribar a Madagascar con la mayor parte de sus tripulaciones, aunque sus órdenes de esperar en Hellville minaron la moral de la marinería más de lo que podrían haberlo hecho el calor y la carbonilla. Rozhestvenski estaba hundido.26 Durante las semanas siguientes, sus oficiales lo oyeron gemir en su camarote cerrado. Cuando después apareció, parecía veinte años más viejo, demacrado y apático. Una parte de su Estado Mayor se preguntó si habría padecido una apoplejía, puesto que arrastraba la pierna izquierda. De lo que estaban seguros, a medida que enero daba paso a febrero y luego a marzo, era de que su flota se descomponía.

Todos los días, torpederas negras se llevaban a alta mar a los caídos víctimas de la malaria, el tifus o su propia mano. Tras una única salva, los cadáveres, envueltos en una mortaja cosida, se dejaban caer por la borda. Los que aguantaban en el puerto padecían una retahíla de enfermedades, además de la comida podrida, el calor sofocante y la lluvia torrencial. Muchos contraían sudamina, se rascaban hasta sangrar y trataban sus arañazos supurantes con queroseno o colonia. Por la noche dormían desnudos sobre colchones tendidos en motín rojo las cubiertas. Los monos, pollos, vacas, liebres y cerdos subidos a bordo por los marineros invadían todos los buques. Su hedor resultaba insoportable. Las cucarachas y las ratas campaban a sus anchas por los camarotes. El musgo y las lapas se acumulaban sobre los cascos de los barcos, y los tiburones rondaban en torno a la flota ansiosos por devorar cualquier carne en mal estado que se lanzara por la borda.

La disciplina se vino abajo. Los hombres se emborrachaban hasta perder el norte, jugaban, robaban a los malgaches nativos y desobedecían a sus oficiales. Abundaban los indicios de motín, mas Rozhestvenski, del que se decía que le había hecho saltar los dientes de un puñetazo a un marinero por una falta leve, se desentendía. «¿Cómo voy a intimidar a unos hombres dispuestos a seguirme hasta la muerte condenándolos a ser colgados?», le preguntó a su jefe de Estado Mayor. El orden empeoró más aún cuando llegaron noticias de las huelgas masivas que sacudían Rusia y de la carnicería de su propio pueblo que había permitido el zar, sin perdonar a mujeres y niños, cuando este marchó hasta el palacio de Invierno para solicitar una vida mejor. La revolución parecía inminente. Es más, los editoriales de los periódicos se mostraban pesimistas a propósito de la misión de la escuadra, y escribían que la armada estaba condenada a correr la misma suerte que la que España mandó contra Inglaterra en 1588.

Por fin, el 4 de marzo Rozhestvenski, que a base de pura fuerza de voluntad había recobrado el mando de su estragada flota, decidió que ya tenía suficiente. No podía soportar más la espera de una escuadra de vetustos «cascarones que se hunden solos» —como llamaba él a la Tercera del Pacífico— que con toda probabilidad se demostraría una carga en un combate marítimo. Contraviniendo sus órdenes, el almirante zarpó de Hellville para cruzar el inmenso océano Índico. Sin que él lo supiera, ese mismo día millares de soldados de infantería rusos murieron en una derrota acabada en desbandada al sur de la ciudad manchú de Mukden. La batalla, en la que se enfrentaron más de medio millón de hombres, fue la más grande de la guerra ruso-japonesa y de la historia moderna. Los rusos sacrificaron en Mukden noventa mil hombres.27

primera parte

Avanzando a unos desesperantes seis nudos, entre averías de motor y otros graves contratiempos mecánicos como la pérdida del gobierno de un acorazado, la escuadra fue surcando el océano. Perdida de vista por las patrullas japonesas y el alto mando ruso durante tres semanas, la flota apareció por fin ante las costas de Singapur en cuatro columnas; varios días después fondeó en la bahía de Camranh, ante la Indochina francesa. Por orden directa, en esta ocasión de Nicolás en persona, Rozhestvenski esperó una vez más a la Tercera del Pacífico. Un mes más tarde llegó la escuadra. Al rayar el alba del 14 de mayo, la flota combinada zarpó rumbo a la base naval de Vladivostok, donde Rozhestvenski esperaba reparar sus acorazados y levantar el ánimo de sus marineros antes de vérselas con la flota japonesa. La escuadra siguió la ruta a través del estrecho de Corea, el angosto brazo de mar que separa la costa de Japón y la isla de Tsushima. Rozhestvenski rezaba por que esquivaran al enemigo en la niebla, pero su suerte, ya en manos del afamado almirante japonés Togo, no se plegaría a sus deseos.

«Escuadra enemiga cuadrante 203 ... aparente rumbo de paso al Este.» El mensaje de las 4.45 de la mañana procedente de una patrullera japonesa fue una noticia bienvenida a bordo del Mikasa, el buque insignia de la armada japonesa.28 El almirante Togo Heihachiro, que medía un metro cincuenta y ocho, y pesaba tan solo cincuenta y ocho kilos, llevaba meses esperando la aparición de los rusos. Al fin, ese héroe de la marina japonesa, responsable ya de varios triunfos brillantes sobre los rusos, podría rematar a su enemigo en una batalla decisiva. Con los prismáticos Zeiss al cuello, el uniforme negro abrochado hasta la barbilla y su querida espada en una funda de oro sobre la cadera izquierda, empezó a dictar con calma órdenes a sus oficiales del puente. Una llovizna de agua salada salpicó las cubiertas mientras su flota zarpaba en dirección sudeste desde su base. Un marinero solitario cantaba: «Y el furor de la tempestad expulsa el rocío de la mañana ... Así el triunfo cosechado por nuestro navío ... dispersará a los buques rusos y a toda su tripulación».

Entrada la mañana, de vuelta a bordo del Suvorov, Rozhestvensmotín rojo ki avistó a cuatro cruceros japoneses que seguían los movimientos de su escuadra como lobos acechando a su presa. Quedaba descartado escabullirse hasta Vladivostok. Los mensajes de radio interceptados indicaban que Togo estaba en camino. La noche anterior, el estado de ánimo imperante en la flota rusa había sido de nerviosa expectativa. Los marineros dormían junto a sus cañones o contemplaban el mar negro por encima de la barandilla; en las sombras proyectadas por la luna creían ver torpederas que no llegaban a materializarse, y compartían sus temores. «Ella nunca lo superará si me matan», dijo uno. «¡Uf! Allá al fondo es horrible», comentaba otro.29 Rozhestvenski se las había apañado para conciliar unas horitas de sueño en un sillón del puente de proa, pero llevaba encorvado sobre sus mapas desde la madrugada. Pese a la proximidad de la batalla, dio orden a todos los barcos de que conmemoraran el aniversario de la coronación del zar. Los sacerdotes elevaron sus plegarias sumariamente. Se brindó con copitas de vodka:

—¡A la salud de Su Majestad el emperador y Su Majestad la emperatriz! ¡Por Rusia!30

Antes de que acabara la ceremonia, recorrió toda la flota la orden de acudir a los puestos de combate. Después de persignarse, los marineros corrieron a sus respectivos lugares para esperar la batalla. Se despejó la neblina de la mañana y los acantilados de Tsushima se elevaron por encima de ellos al oeste.

A las 13.19 los almirantes de las dos flotas avistaron humo negro en el horizonte y, minutos más tarde, la armada enemiga. A diez millas de distancia los japoneses constituían una veta de gris uniforme sobre la mar gruesa y encrespada. Los rusos, con las chimeneas de sus acorazados pintadas de amarillo, eran fáciles de distinguir. Sobre el papel, las dos flotas estaban más o menos en igualdad de condiciones. Cada una presentaba doce buques de línea y, aunque los japoneses tenían más cañones, los rusos podían presumir de unas armas más pesadas. Togo ganaba en velocidad y en número de destructores y torpederos, pero ese desafío no era ni mucho menos insuperable si Rozhestvenski jugaba sus cartas adecuadamente. Sin embargo, el almirante ruso ya no era el oficial audaz y resuelto que había zarpado de Libau hacía ocho meses.31

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Desde el principio de la jornada, Rozhestvenski, que dirigía a la batalla un total de cuarenta y ocho navíos, lanzó piedras contra su tejado embarullando la cadena de mando y ofreciendo el más somero de los planes de batalla.32 A lo largo de todo el enfrentamiento dictó solo dos órdenes, ambas antes del primer disparo. Su primera orden, impartida antes incluso de avistar la flota japonesa, dispuso su escuadra en una formación en línea de frente (tal vez porque temía un ataque desde el este y no quería quedar expuesto). Su segunda orden, dictada al avistar los buques de Togo directamente a su proa, anuló la anterior al decretar que la flota retomase su formación en línea de fila por delante del almirante. Esa orden llegó demasiado tarde y no hizo sino aumentar la ventaja de los japoneses, que aprovecharon la confusión de los rusos ejecutando a la perfección una de las maniobras más audaces de la historia naval.

A las 13.55, mientras las dos flotas competían por alcanzar la posición dominante antes de abrir fuego, Togo levantó la mano derecha y trazó un semicírculo en el aire. El grito «¡Todo a babor!» se elevó en cada uno de sus buques. Por culpa de la mar gruesa y el humo, Togo había errado al evaluar el rumbo inicial de los rusos y se encontraba mal colocado para seguir su plan original de aislar a dos de las divisiones de su enemigo. Después de que sus buques se cruzaran de estribor a babor por delante de la flota de Rozhestvenski, que se dirigía en la dirección opuesta, dio la orden de contramarcha. Durante varios minutos su escuadra quedaría expuesta en un solo punto donde los rusos podrían concentrar su fuego. Era una apuesta arriesgada pero, si los buques sobrevivían al viraje, su flota podría tomar un rumbo paralelo y, entonces, con su velocidad superior, los japoneses podrían cruzarse por delante de la formación enemiga, una posición ventajosa ideal desde la que podría barrerla a cañonazos.

Durante la ejecución de la contramarcha atronaron los cañones del buque insignia Suvorov, pero la mayor parte de los obuses se quedaron cortos o erraron el blanco. Lo que es peor, el grueso de la flota de Rozhestvenski, que debería haber estado cubriendo de obuses el Mikasa, se hallaba sumido en el caos a causa de su contraorden de volver a la formación en línea. Los buques tenían que aminorar, motín rojo algunos hasta detenerse por completo, para no embestir a los de delante. Eso también los convertía en blancos fáciles para la devastadora precisión de los artilleros japoneses.

«¡Abran fuego! ¡Abran fuego!» Primero el Mikasa de Togo y luego cada buque que salía del viraje dirigieron salvas desde más de quinientos cañones hacia el buque insignia ruso y el Osliabia, que encabezaba la segunda columna de la flota y era uno de los buques que se habían quedado inmóviles. En cuestión de minutos los japoneses se pusieron a distancia de fuego.33 El Osliabia, un acorazado moderno pero de forma extraña, con un casco alto e inclinado y elevadas chimeneas, recibió un impacto de grueso calibre en la línea de flotación, cerca de la proa. El mar entró a borbotones en los compartimentos del buque, que pronto empezó a escorarse peligrosamente a babor, con la proa medio hundida. Los japoneses explotaron su ventaja machacando el Osliabia con proyectil tras proyectil. La torreta de proa se desprendió; decapitó a un marinero y dejó fuera de combate a los que había dentro. Mientras lo llevaban abajo en una camilla, un marinero con el pie arrancado gritó: «¡Monstruos! ¡Chupasangres! ¡Ya veis lo que habéis empezado! ¡Ojalá os barran de la faz de la Tierra!». Un oficial daba tumbos por ahí cerca, con el pecho destrozado. La mayor parte de los chillidos y gemidos de los moribundos se perdían bajo la cortina de fuego continuo que reducía el casco y la cubierta a un amasijo de acero retorcido. El fuego saltaba de un lado a otro del barco, y el ácido de los obuses japoneses se comía la pintura. El Osliabia se sacudía de proa a popa bajo los repetidos impactos. Al poco la mayoría de los cañones de a bordo quedaron silenciados. Un humo negro y denso se elevó desde toda su superficie, y el aire reverberaba bajo el intenso calor. Pedazos de carne salpicaban la cubierta allá donde antes había hombres. Mientras el segundo de a bordo corría de un lado para otro presa del pánico, la

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