índice
Cubierta
Portadilla
Agradecimientos
Prefacio
Introducción
Primera parte. AUGE
1. Los límites del imperio americano
2. El antiimperialismo imperial
3. La civilización de los choques
4. Espléndido multilateralismo
Segunda parte. ¿CAÍDA?
5. El argumento a favor de un imperio liberal
6. O repliegue o hipocresía organizada
7. Europa entre Bruselas y Bizancio
8. La puerta que se cierra
Conclusión: Mirando hacia casa
Apéndice estadístico
Notas
Bibliografía
Créditos
Para John y Diana Herzog
La vieja Europa tendrá que apoyarse en nuestros hombros, y renguear a nuestro paso, con las trabas monacales de reyes y sacerdotes, como pueda. Qué coloso seremos.
THOMAS JEFFERSON, 1816
… para mí mi fuerza es mi ruina,
y ha mostrado ser la fuente de todas mis miserias,
tantas y tan grandes, que cada una de por sí
necesitaría una vida para lamentarla, pero, sobre todo,
¡oh, pérdida de la vista, de ti me quejo más!
Ciego entre los enemigos, ¡oh, es peor que las cadenas,
el calabozo, o la miseria o la edad decrépita!
MILTON, Sansón agonista
Agradecimientos
Este libro no habría sido escrito si yo no hubiera ido a vivir a Estados Unidos en enero de 2003. Es el primer fruto de la que ha acabado por ser una revitalizadora migración transatlántica. Llegué a Nueva York con una hipótesis sobre el «imperio americano» en el equipaje. Trabajar en la metrópoli mundial me ha obligado a hacer algo más que deshacer ese equipaje. El resultado es una síntesis no solo de las obras publicadas e inéditas citadas en la bibliografía, sino también de innumerables conversaciones sobre el tema del poder de Estados Unidos en el pasado, el presente y el futuro. Por supuesto, el pasado es el territorio propio del historiador. Sin embargo, lo que tengo que decir sobre los acontecimientos recientes y los posibles futuros espero que se beneficie de estar incluido en lo que en principio es una obra de historia. Mi propósito principal es simplemente alentar a los estadounidenses a relacionar la situación actual de su país con las experiencias de los imperios del pasado. No escribo como un quejumbroso crítico de Estados Unidos, sino como un rendido admirador que desea que triunfe en sus empresas imperiales y teme las consecuencias de que fracase.
Más que en cualquiera de mis libros anteriores, este es el resultado del intercambio con personas e instituciones así como de la lectura de textos publicados e inéditos. Mi deuda más grande y principal es con New York University, y en particular con la Escuela de Negocios Leornard N. Stern. Cuando el entonces decano, George Daly, sugirió que me podría gustar viajar y enseñar en NYU, al comienzo me pareció una idea fantástica, y luego resultó ser una idea fantásticamente buena. Estoy muy agradecido no solo a él sino también a su sucesor, Tom Cooley, así como a todo el profesorado y el personal administrativo de Stern. Tengo una deuda especial con Dick Sylla, cuya amistad y compañerismo intelectual fueron los argumentos más fuertes para trasladarme a la calle Cuarta Oeste, y a Luis Cabral, su sucesor como decano del Departamento de Economía. Mencionar nombres cuando toda una institución ha sido tan receptiva suele ser una muestra de ingratitud, pero algunos de mis colegas en Stern y en NYU merecen un agradecimiento especial, porque me brindaron sus comentarios a trabajos de seminario y otros textos que finalmente se transformaron en capítulos de este libro. Por tanto doy gracias a David Backus, Tom Bender, Adam Brandenburger, Bill Easterly, Nicholas Economides, Shepard Forman, Tony Judt, Fabrizio Perri, Tom Sargent, Bill Silber, George Smith, Larry White y Bernard Yeung. Gracias por su apoyo administrativo y secretarial a Kathleen Collins, Melissa Felci y Janine Lanzisera (en Nueva York), Katia Pisvin (en Oxford) y Maria Sanchez (en Stanford).
Después de casi quince años de ofrecer tutoría a los estudiantes de licenciatura y supervisiones individuales en Oxford y Cambridge, me enfrenté con preocupación al desafío de enseñar a numerosos estudiantes en las clases de doctorado en Estados Unidos. Fue un alivio descubrir que la experiencia no era meramente inocua sino placentera. Sergio Fonseca y Gopal Tampi realizaron un trabajo excelente como mis asistentes en Stern. Pero con estudiantes tan excelentes mis tareas no eran nada pesadas. Me gustaría dar las gracias a los que asistieron a mis clases; aprendí de ellos tanto como ellos aprendieron de mí. Es este el lugar apropiado también para expresar mi gratitud al presidente John Sexton, un pedagogo verdaderamente carismático.
Algo que he llegado a comprender sobre las instituciones académicas estadounidenses es que deben mucho de su vitalidad a la continua participación de ex alumnos en sus asuntos. Dos en particular me brindaron un apoyo y amistad generosos durante mi estadía en Nueva York: William Berkley y John Herzog. A ellos y a sus esposas, Marjorie y Diana, les estaré siempre agradecido. Fueron John y Diana quienes fundaron la cátedra de historia financiera de la que fui el primer titular. A ellos dedico este libro.
Doy gracias también a muchas personas que me hicieron sentir bienvenido en mi condición de nuevo en Nueva York; en particular, Martha Bayona, Mike Campisi, Jimmy Casella, Cesar Coronado, Joseph Giordano, Phil Greene, Jorge Lujo, Saleh Muhammed, Hector Rivera, Neville Rodriguez y Giovanni di Salvo.
El último año también tuve la suerte de asociarme a uno de los grandes centros de investigación histórica de Estados Unidos: la Institución Hoover en la Universidad de Stanford. Me gustaría agradecer al director y a los socios de la Institución Hoover que me eligieran para una beca de profesor. Ellos y el personal de Hoover me dieron una cálida bienvenida en California el pasado otoño (el primero, confío, de muchos).
Asimismo estoy en deuda de gratitud con otra institución, mi alma máter, la Universidad de Oxford, que me hizo profesor visitante, de modo que el último año no he desaparecido completamente de mis antiguos lares.También debo dar las gracias al director y a los miembros del Jesus College, Oxford, por escogerme para una beca de investigación avanzada, y al director y a los miembros del Oriel College, por brindarme un estudio durante mis visitas a Oxford. Tengo una deuda particular con Jeremy Carro. También he tenido mucha suerte de tener un asistente de investigación de Oxford, el magnífico Ameet Gill.
Algunos de los materiales de este libro proceden del periodismo. Entre los directores de periódicos que me mostraron el funcionamiento de la escritura periodística estadounidense, debo dar las gracias a Anne Burrowclough, Erich Eichman, Tony Emerson, Nikolas Gvosdev, Darnjan de Krnjevic-Miskovic, Dean Robinson, Gideon Rose, Allison Silver, Robert Silvers, Zofia Smardz, Tunku Varadarajan, Michael Young y Fareed Zakaria. Gracias también a George Ames, Ric Burns, Peter Kavanagh, Brian Lehrer, Kevin Lucey, Tom Moroney, Peter Robinson y Geoffrey Wawro por algunas memorables conversaciones en directo.
Algunas secciones del capítulo 3 aparecieron primero con el título de «Clashing Civilizations or Mad Mullahs: The United States Between Informal and Formal Empire» en The Age of Terror, compilado por Strobe Talbott (Basic Books, 2001); partes del capítulo 5 se publicaron con el título de «The British Empire and Globalization» en Historically Speaking. Partes del capítulo 6 se publicaron primero con el título de «The Empire Slinks Back» en The New York Times Magazine y «True Lies» en The New Republic. Finalmente, algunas partes del capítulo 8 fueron escritas con Laurence Kotlikoff y aparecieron con el título de «Going Critical: The Consequences of American Fiscal Overstretch» en el número de otoño de 2003 de The National Interest. Agradezco a todas estas revistas el haberme permitido publicar los pasajes en cuestión.
Otras partes del libro mejoraron a partir de la lectura de sus versiones en borrador por otras personas. Richard Cooper detectó numerosos defectos en un borrador de la introducción. Eric Rauchway amablemente leyó los primeros capítulos y me ayudó a mejorar mi nivel básico de conocimientos sobre la historia de Estados Unidos; el capítulo 4 debe mucho a la amistad y los consejos de Diego Arria. Judith Brown hizo invalorables sugerencias para el capítulo 6. Un borrador del capítulo 7 fue leído por mis amigos Timothy Garton Ash del St. Antony’s College, Oxford, y Martin Thomas del Banco de Inglaterra, quienes lo mejoraron considerablemente. El capítulo 8 fue modificado significativamente a partir de los comentarios que David Hale y Deirdre McCloskey hicieron a una versión anterior presentada como conferencia en el Festival de las Humanidades de Chicago, así como las conversaciones con Ronald McKinnon en Stanford.
Muchas otras personas merecen mi agradecimiento por haber leído y comentado distintas versiones de los textos, por haber escuchado y reaccionado a los trabajos de seminarios o por haberme ofrecido su hospitalidad mientras escribía el libro. Mi gratitud a Graham Allison, Anne Applebaum, Chris Bassford, Max Boot, Arny Chua, Gordon Cravitz, Larry Diamond, Gerald Dorfman, Maureen Dowd, Michael Edelstein, Frank y Ronita Egger, Gerry y Norma Feldman, Marc Flandreau, Ben y Barbara Friedman, Andrew y Barbara Gundlach, John Hall, Patrick Hatcher, Paul Heinbecker, Michael Ignatieff, Harold James, Robert Kagan, Harry Kreisler, Melvyn Leffier, Peter Lindert, Eileen Mackevich, Charles Maier, Norman Naimark, Joseph Nye, Patrick O’Brien, Kevin O’Rourke, Lynn y Evelyn de Rothschild, Simon Schama, Moritz Schularick, Peter Schwartz, Zach Shore, Radek Sikorski, Lawrence Surnmers, Giuseppe Tattara, Alan M. Taylor, Mike Tornz, Marc Weidenmier, Barry Weingast, James Wolfensohn, Ngaire Woods y Minky Worden.
El incomparable Andrew Wylie y su excelente equipo de la agencia Wylie han gestionado hábilmente mi travesía transatlántica como autor. En The Penguin Press en Nueva York, me gustaría dar las gracias a Ann Godoff y a mi editor, Scott Moyers, cuya lectura crítica de versiones previas ha mejorado mucho el artículo acabado. Igualmente sagaces han sido las sugerencias de supresiones y adiciones realizadas por su colega de Penguin en Londres, Simon Winder.
Un autor no podría desear mejores correctores. Debo dar las gracias a Anthony Forbes-Watson, Helen Fraser y Stefan McGrath, sin olvidar a mi correctora, Pearl Hanig, a Chloe Campbell, Sarah Christie, Sophie Fels, Rosie Glaisher, Rachel Rokicki y a muchos otros indispensables empleados de Penguin a quienes el autor de un libro nunca llega a conocer, pero en los cuales confía.
Desde el inicio Coloso se planeó como complemento de un documental televisivo y me gustaría agradecer a Janice Hadlow y Hamish Mykura de Canal 4 el aliento brindado; así como a Denys Blakeway y al maravilloso equipo de producción reunido por Blakeway Associates: Russell Barnes, Tim Cragg, Melanie Fall, Kate Macky y Ali Schilling. Gracias también a Kassem Derghan, Reyath Elibrahim, Mathias Haentjes y Nguyen Hu Cuong.
Pero la mayor deuda la he contraído con mi esposa, Susan, y con nuestros hijos, Felix, Freya y Lachlan, a quienes he descuidado de modo imperdonable para escribir este libro, aunque son su principal fuente de inspiración.
Prefacio
El asesor me dijo que los tipos como yo estábamos en lo que ellos llamaban «la comunidad basada en la realidad», que definía como las personas que «creían que las soluciones surgían de estudios acertados de la realidad discernible». Asentí y murmuré algo sobre los principios de la ilustración y el empirismo. Me interrumpió y continuó diciendo: «El mundo ya no funciona de esa manera. Ahora somos un imperio y al actuar creamos nuestra realidad. Y mientras usted está estudiando esa realidad, con todo el criterio que se quiera, actuamos otra vez, creando nuevas realidades, que usted puede estudiar también, y es así como las cosas están dispuestas. Somos actores de la historia, y usted, todos ustedes, estarán ahí solo para estudiar lo que nosotros hacemos».
RON SUSKIND, citando a un «asesor del presidente Bush»1
La historia —dijo encogiéndose de hombros, sacando las manos de los bolsillos, abriendo los brazos como para sugerir con el gesto que era algo muy lejano—, no llegaremos a saberla. Todos estaremos muertos.
BOB WOODWARD, citando al presidente Bush2
Me puse a escribir este libro pensando que el papel de Estados Unidos en el mundo actual puede entenderse mejor en comparación con los imperios del pasado. Sabía muy bien que la mayoría de los estadounidenses se sentían incómodos con la idea de aplicar la palabra imperio a su país, aunque una importante minoría (como lo confirma el primer epígrafe) no se sienten tan inhibidos. Pero lo que no había comprendido completamente hasta que apareció la primera edición de Coloso era el carácter preciso de este rechazo al imperio como una condición nacional. Descubrí que para muchos liberales estadounidenses es aceptable decir que Estados Unidos es un imperio, siempre y cuando uno lamente este hecho. También está permitido decir, entre los conservadores, que el poder de Estados Unidos es potencialmente benéfico, siempre y cuando uno no lo considere imperial. Lo que no está permitido decir es que Estados Unidos es un imperio y que esto podría no ser completamente malo. Coloso lo planteó y se ganó el antagonismo tanto de los críticos liberales como de los conservadores. Los conservadores rechazaron mi afirmación de que Estados Unidos es y, de hecho, siempre ha sido un imperio. Los liberales quedaron consternados por mi sugerencia de que el imperio americano podría tener atributos negativos así como positivos.
Como en Iolanthe de Gilbert y Sullivan, hoy se espera en Estados Unidos que «todo ser, hombre o mujer, / que viene al mundo / o es un poco liberal, /o, de lo contrario, un poco conservador». Pero me temo que este libro no se atiene a esta regla. Lo que dice de forma sintética es lo siguiente:
1. que Estados Unidos ha sido siempre, si no en la práctica, al menos inconscientemente, un imperio;
2. que un imperialismo estadounidense consciente podría ser preferible a las alternativas existentes;
3. que las limitaciones financieras, humanas y culturales hacen dicha conciencia muy improbable, y
4. por tanto, el imperio americano, mientras continúe existiendo, será una entidad disfuncional en cierta medida.
El argumento a favor de un imperio americano que se desarrolla en esta obra tiene por tanto dos aspectos: primero, tenemos el argumento en pro de su existencia práctica; segundo, el argumento a favor de las ventajas potenciales de un imperialismo estadounidense consciente. Debo subrayar que por imperialismo consciente nunca he querido decir que Estados Unidos debería proclamarse imperio y su presidente coronarse emperador (¡Dios nos libre!). Simplemente quiero decir que los estadounidenses deben reconocer las características imperiales de su propio poder actual, y si es posible aprender de los aciertos y errores de los imperios del pasado. Ya no es sensato persistir en la ficción de que hay algo completamente inédito en las relaciones exteriores de Estados Unidos. Los dilemas ante los que se encuentra Estados Unidos tienen más en común con los de los últimos césares que con los de los padres fundadores.3
Sin embargo, al mismo tiempo, el libro deja claro los peligros que implica ser un imperio que niega su carácter de tal. Los estadounidenses no son completamente inconscientes del papel imperial que su país desempeña en el mundo. Pero les desagrada. «Creo que estamos tratando de meternos demasiado en los asuntos mundiales… —le dijo un agricultor de Kansas al autor británico Timothy Garton Ash en 2003—, como hacían los romanos.»4 A ese sentimiento de desasosiego responden los políticos americanos con una afirmación categórica: «No somos una potencia imperial —declaró el presidente Bush el 13 de abril de 2004—. Somos una potencia liberadora».5
De todas las falsas nociones que hay que desvanecer aquí, esta es quizá la más evidente: que simplemente porque los estadounidenses digan que no «practican» el imperio, no existe tal imperialismo estadounidense. Mientras escribo, las tropas estadounidenses se ocupan de defender gobiernos instalados por la fuerza por parte de Estados Unidos en dos países distantes: Afganistán e Irak. Es probable que sigan allí durante algún tiempo más; incluso el rival demócrata del presidente Bush, John Kerry, dio a entender en el primero de los debates que sostuvo el último año que, si era elegido, solo «comenzaría a retirar las tropas después de seis meses».6 Sin embargo, Irak es solo la vanguardia de un imperium estadounidense que, como todos los grandes imperios universales de la historia, aspira a mucho más que a la dominación militar de una vasta y heterogénea frontera estratégica.7 Imperio significa también predominio económico, cultural y político dentro (y a veces fuera) de esa frontera. El 6 de noviembre de 2003, en su discurso para conmemorar el vigésimo aniversario del Legado Nacional para la Democracia, el presidente Bush planteó una visión de la política exterior que, pese a su lenguaje wilsoniano, proponía la clase de misión civilizadora universal que ha sido el rasgo dominante de todos los grandes imperios:
Estados Unidos ha adoptado una nueva política, una estrategia de vanguardia para la libertad en Oriente Medio. […] El establecimiento de un Irak libre en el corazón de Oriente Medio será el hito de la revolución democrática global. […] El avance de la libertad es la vocación de nuestra época; es la vocación de nuestro país. […] Creemos que la libertad es el designio de la naturaleza; y que es la meta de la historia. Creemos que la realización y la excelencia humanas provienen del ejercicio responsable de la libertad. Y creemos que la libertad, aquella que valoramos, no es solo para nosotros, es el derecho y el atributo de toda la humanidad.8
Volvió a formular su credo mesiánico en la convención del partido republicano en septiembre de 2004:
La historia de Estados Unidos es la historia de la expansión de la libertad; un círculo siempre creciente, para llegar más lejos y abarcar más. El compromiso fundamental de nuestra nación es todavía nuestro más profundo compromiso: en nuestro mundo, y aquí en el país, ampliaremos las fronteras de la libertad. […] Estamos trabajando para fomentar la libertad en todo Oriente Medio porque la libertad traerá el futuro de esperanza y paz que todos deseamos. […] La libertad está avanzando. Creo en el poder transformador de la libertad: el uso más sensato de la fuerza de Estados Unidos es el fomento de la libertad.9
Ese mismo mes empleó palabras parecidas en el primer debate presidencial.10
Para la mayoría de los estadounidenses no hay contradicción entre los fines de democratización global y los medios del poder militar estadounidense. Tal como es definida por su presidente, la misión democratizadora de Estados Unidos es tan altruista como distinta de las ambiciones de los imperios anteriores, que (se cree generalmente) buscaban imponer su propio dominio a pueblos extranjeros. El ideal de libertad del presidente Bush como aspiración universal tiene un problema que se parece mucho al del ideal victoriano de «civilización». Bien mirado, la «libertad» significa el modelo estadounidense de democracia y capitalismo; cuando los estadounidenses hablan de «construir la nación» quieren decir en realidad «hacer una réplica del Estado», en el sentido de que buscan crear instituciones políticas y económicas que sean fundamentalmente similares, aunque no idénticas, a las suyas. Quizá no aspiran a dominar, pero sí desean que los demás se gobiernen a la manera estadounidense.11
No obstante, el mismo acto de imponer la libertad, la sabotea. Al igual que los victorianos parecían hipócritas cuando expandían la civilización a punta de pistolas Maxims, hay algo que resulta sospechoso en aquellos que democratizan Faluya con tanques Abrams. La distinción hecha por el presidente Bush entre conquista y liberación habría sido de lo más familiar a los imperialistas liberales de comienzos del siglo XX, quienes de modo parecido consideraban que las lejanas legiones de Gran Bretaña eran agentes civilizadores (y particularmente en Oriente Próximo durante la Primera Guerra Mundial y después de esta). La impaciencia de los oficiales estadounidenses por entregar la soberanía a un gobierno iraquí lo antes posible también habría resultado familiar a esa generación. El dominio indirecto —que instalaba gobernantes nativos nominalmente independientes mientras dejaba a los funcionarios civiles y a las fuerzas militares británicas el control práctico de los asuntos financieros y la seguridad militar— era el modelo favorito de expansión colonial británica en muchas partes de Asia, África y Oriente Próximo. Irak mismo es un ejemplo de dominio indirecto después de que la dinastía hachemita fuera establecida allí en la década de 1920. La cuestión crucial hoy es si Estados Unidos tiene o no la capacidad, tanto material como moral, para lograr el éxito con su versión de dominio indirecto. El peligro reside en la inclinación de los políticos estadounidenses, ansiosos de hacer honor a su retórica emancipadora así como de traer a «los chicos de vuelta», a descartar sus compromisos en el exterior prematuramente; en suma, a optar por una prematura descolonización antes que por un dominio indirecto sostenido. Desgraciadamente, la historia muestra que la época más violenta de la evolución de un imperio se da en el momento de su disolución, precisamente debido a que, tan pronto es anunciada, la retirada de las fuerzas imperiales desata una lucha entre las élites locales rivales por el control de las fuerzas armadas nativas.
Pero ¿es el concepto de imperio un anacronismo en sí mismo? Varios críticos han objetado que el imperialismo es un fenómeno histórico concreto que alcanzó su apogeo a finales del siglo XIX, y ha fenecido a partir de la década de 1950. «La era del imperio ha terminado», declaró el New York Times cuando L. Paul Bremer III dejó Bagdad:
La experiencia de Irak ha demostrado […] que cuando Estados Unidos no disfraza su fuerza imperial, cuando un procónsul dirige una «potencia ocupante», corre el riesgo de encontrarse en una situación insostenible muy rápidamente. Hay tres razones: el pueblo gobernado de este modo no acepta esta forma de dominio; el resto del mundo no la acepta, y los estadounidenses tampoco.12
Como se lee en una reseña de Coloso: «El nacionalismo es una fuerza mucho más poderosa que durante el apogeo de la época victoriana».13 Según otra, «el libro no logra incorporar los cambios tectónicos producidos por los movimientos de independencia y la política religiosa y étnica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial».14 Un argumento favorito de los periodistas —lo cual no es quizá sorprendente— consiste en que el poder de los medios de comunicación de masas modernos hace imposible que los imperios operen del mismo modo que en el pasado, porque sus fechorías inmediatamente son divulgadas y provocan la indignación mundial.
Esos argumentos dejan traslucir una conmovedora ingenuidad en relación con el pasado y con el presente. Primero, como trato de sustentar en la introducción, los imperios no son una cosa temporal limitada a la época victoriana. Se remontan a los inicios de la misma historia; en realidad, la historia es básicamente la historia de los imperios, precisamente porque estos saben cómo documentar, reproducir y transmitir sus propias palabras y hechos. Es el Estadonación (esencialmente un tipo ideal del siglo XIX) el que constituye una novedad histórica, y aún podría acabar siendo una entidad más efímera. Dada la heterogeneidad étnica y la incansable movilidad de la humanidad, eso apenas resulta sorprendente. De hecho, muchos de los estados-nación más exitosos actualmente comenzaron su existencia como imperios; ¿qué es el moderno Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte sino el heredero del antiguo imperio inglés? Segundo, es una fantasía rooseveltiana creer que la época del imperio finalizó en 1945 en una especie de primavera global de los pueblos. Por el contrario, la Segunda Guerra Mundial significó la derrota de tres imperios en ciernes (el alemán, el japonés y el italiano) por obra de una alianza de antiguos imperios europeos (principalmente el británico, ya que los demás habían sido rápidamente derrotados) con dos nuevos imperios (el de la Unión Soviética y el de Estados Unidos). La guerra fría también tuvo el carácter de choque de imperios.
Aunque Estados Unidos asumió, sobre todo, un imperio «por invitación» donde sus tropas estaban desplegadas, y en otras partes fue más bien una potencia hegemónica (en el sentido de encabezar una alianza) que un imperio, la Unión Soviética fue y siguió siendo un verdadero imperio hasta el momento de su precipitada decadencia y caída. Además, la otra gran potencia comunista que surgió en la década de 1940, la República Popular China, sigue siendo en muchos aspectos un imperio hasta hoy. Sus tres provincias más extensas (Mongolia Interior, Tíbet y Sinkiang) fueron adquiridas como resultado de una expansión imperial, y China continúa reivindicando Taiwan así como numerosas islas más pequeñas, por no hablar de algunos territorios en la Siberia rusa y Kazajstán.
En síntesis, los imperios han estado siempre con nosotros. Tampoco es obvio por qué los medios de comunicación de masas modernos habrían de hacer peligrar su supervivencia. El aumento de la prensa de difusión popular no sirvió en absoluto para debilitar el imperio británico a finales del siglo XIX y principios del xx; por el contrario, los periódicos de circulación masiva tendieron a promover la legitimidad popular del imperio. Cualquiera que haya visto cómo las cadenas de televisión estadounidenses cubrieron la invasión de Irak debe comprender que los medios de comunicación de masas no necesariamente actúan como disolventes del poder imperial. En cuanto al nacionalismo, es una especie de mito creer que fue aquel lo que derribó a los antiguos imperios de Europa occidental. Mucho más letal para su longevidad fue el coste de la lucha contra imperios rivales, los cuales despreciaban aún más el principio de autodeterminación.15
Otra noción errónea consiste en creer que si no hay imperio, siempre habrá menos violencia, y que por tanto Estados Unidos hará del mundo un lugar más seguro si repatría a sus tropas de Oriente Próximo. Una manera de comprobar estos argumentos es plantearse una pregunta contrafáctica: ¿Habría sido la política exterior estadounidense más efectiva en los últimos cuatro años, o, si se prefiere, habría sido el mundo un lugar más seguro si Irak y Afganistán no hubieran sido invadidos? En el caso de Afganistán, no hay duda de que el llamado «poder blando» no habría bastado para expulsar a los patrocinadores de al-Qaeda de su bastión en Kabul. No habría habido elecciones en Afganistán en 2004 si no hubiera sido por el poder duro de las fuerzas militares de Estados Unidos. En el caso de Irak, es mucho mejor que Sadam Husein sea el prisionero de un gobierno interino iraquí que esté gobernando en Bagdad. Una «contención» indefinida —que era lo que de hecho defendía el gobierno francés en 2003— habría sido a fin de cuentas una política peor. Vigilar Irak desde el aire, y a la vez lanzar misiles contra las instalaciones sospechosas de forma periódica, costaba dinero y no resolvía el problema planteado por Sadam. Mantener indefinidamente a las tropas estadounidenses en Arabia Saudí no era una alternativa. Las sanciones podrían haber desarmado a Sadam (en ese momento por supuesto no podíamos estar seguros), pero también estaban perjudicando a los iraquíes en general. En cualquier caso, el régimen de sanciones estaba a punto de hundirse gracias a la sistemática campaña del gobierno de Sadam de comprar votos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas —una campaña de corrupción sistemática facilitada por el programa de petróleo por alimentos de las Naciones Unidas—. En síntesis, la política del cambio de régimen era correcta; se puede sustentar que el principal defecto de la política estadounidense hacia Irak fue que la tarea no se hubiera hecho doce años atrás. Aquellos que se inquietan con la doctrina de la guerra preventiva enunciada en la estrategia de Seguridad Nacional por el presidente Bush, deberían tener en cuenta que el derrocamiento de Sadam fue preventivo, pero también que se produjo cuando este ya había cometido todas las fechorías de las que era capaz antes de marzo de 2003.
Sin embargo, sería absurdo negar que mucho de lo que ha ocurrido a lo largo del último año —por no hablar de las revelaciones sobre los acontecimientos previos— ha tendido a arruinar la legitimidad de la política del gobierno de Bush. Para decirlo sin miramientos: ¿qué ha ido mal? ¿Los fallos en la ejecución han desacreditado para siempre la noción misma de una estrategia imperial estadounidense?
La primera semilla de los males futuros fue la decisión del gobierno de tratar a los sospechosos de al-Qaeda capturados en Afganistán y otras partes como «combatientes enemigos ilegales», ajenos tanto al derecho estadounidense como al internacional. Los prisioneros fueron retenidos incomunicados indefinidamente en la bahía de Guantánamo en Cuba. Como las reglas de interrogatorio eran recortadas y cambiadas, muchos de estos prisioneros fueron sometidos a formas de intimidación física y mental que en algunos casos equivalían a tortura.16 En efecto, los memorandos del Departamento de Justicia fueron escritos con el objetivo de racionalizar el uso de la tortura como un asunto sujeto a la discreción del presidente en momentos de guerra. Evidentemente, algunos miembros del gobierno creyeron que las medidas extremas estaban justificadas por la impenetrabilidad del enemigo a que se enfrentaban, y al mismo tiempo legitimadas por la sed de venganza del pueblo a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Todo esto el Tribunal Supremo lo denunció acertadamente en un severo fallo, pronunciado en junio de 2004. Como dicen los jueces, ni siquiera el imperativo de resistir «el ataque de las fuerzas de la tiranía» puede justificar el uso de los «instrumentos de los tiranos por parte de un presidente de Estados Unidos». Pero el poder corrompe, e incluso un pequeño grado de poder puede corromper mucho. Es posible que desacatar abiertamente la convención de Ginebra en Irak no formara parte de la política oficial, pero los mandos del ejército no velaron lo suficiente para proteger a los prisioneros retenidos en Abu Ghraib de recibir malos tratos —lo que la investigación dirigida por James Schlesinger llamó «las actividades particulares de los del turno de noche»—.17 Más que otras cosas, las pruebas fotográficas de estas actividades han cuestionado la afirmación de Estados Unidos y sus aliados de defender no solo una libertad abstracta sino el efectivo imperio de la ley.
Segundo, era más que una mera exageración por parte del vicepresidente Cheney, del anterior jefe de la CIA, George Tenet, y, por último, del propio presidente Bush (por no referirnos al primer ministro Tony Blair) afirmar que ellos sabían con seguridad que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva. Ahora sabemos que se trató de una mentira descarada, que iba más allá de lo que indicaba la información disponible de los servicios de inteligencia. Lo que ellos podrían haber dicho legítimamente era lo siguiente: «Después de todas sus evasivas, simplemente no podemos estar seguros de si Sadam Husein dispone o no de armas de destrucción masiva. De modo que, ateniéndonos a un principio de cautela, no podemos dejarlo en el poder indefinidamente. Más vale prevenir que curar». Pero esto no era suficiente para Dick Cheney, que se sintió obligado a afirmar simplemente: «Sadam Husein posee armas de destrucción masiva». El propio Bush tenía sus dudas, pero Tenet le dio garantías de que era un caso «seguro».18 Pronto otros escépticos mostraron su conformidad. Todavía más equívoca fue la afirmación del gobierno de que Sadam estaba en «connivencia con al-Qaeda». Se emplearon pruebas superficiales para insinuar responsabilidad iraquí en los atentados del 11 de septiembre, a pesar de que no existía ningún vínculo sólido.
Tercero, el hecho de que la responsabilidad de la ocupación de posguerra de Irak fuera asumida por el Departamento de Defensa, tal como estaban sus directores de exaltados con la emoción de la guerra relámpago, fue un verdadero desastre. El Departamento de Estado había pasado muchas horas organizando un plan para después de una invasión exitosa, plan que simplemente fue lanzado a la basura por el secretario Rumsfeld y sus asesores más cercanos, convencidos de que una vez que desapareciera Sadam, Irak se reconstruiría por arte de magia (después de un período adecuado de celebración extática por la llegada de la libertad). Como dijo un funcionario al Financial Times, el subsecretario Douglas Feld dirigió
un grupo del Pentágono que creía que esto iba a ser pan comido, que duraría solo entre sesenta y noventa días, que sería dar una voltereta, hacer un pase, pase lateral o como fuera […] al CNI (Congreso Nacional Iraquí). El Departamento de Defensa podría entonces lavarse las manos y salir tranquila e inmediatamente. Y a su partida habría un Irak democrático que sería dócil con nuestros deseos y aspiraciones. Y eso sería todo.19
Cuando el general Chinseki, el jefe del Estado Mayor del ejército, declaró en febrero de 2003 que «se necesitarían varios cientos de miles de soldados» para estabilizar Irak después de la guerra, fue abruptamente desautorizado por el subsecretario Wolfowitz por estar «totalmente equivocado». Wolfowitz afirmaba estar «razonablemente seguro» de que el pueblo iraquí los recibiría «como libertadores». Debería recordarse que tales ilusiones no estaban limitadas a los neoconservadores del Pentágono. Incluso el general Tommy Franks tenía la impresión de que era posible reducir el número de tropas a solo cincuenta mil en apenas dieciocho meses. Colin Powell tuvo que señalar al presidente que el «cambio de régimen» tenía consecuencias serias, por no decir imperiales. Le sugirió que la regla de Pottery Barn (una cadena que vende vajillas y otros objetos de menaje doméstico) debía aplicarse a Irak: «Lo que usted rompe es suyo».20
Cuarto, la diplomacia estadounidense era como Pushmepullyou, el animal con dos cabezas que miraban en direcciones opuestas en Dr. Doolittle. Por una parte estaba Cheney, que descartaba a las Naciones Unidas considerándolas un factor sin importancia. Por otra parte Powell, que insistía en que cualquier acción requería algún tipo de autorización de la ONU para ser legítima. Es posible que uno solo de estos enfoques hubiera funcionado, pero probar los dos a la vez fue un error. En efecto, a consecuencia de una intimidación diplomática bastante exitosa, Europa estaba recuperándose. Dieciocho gobiernos europeos firmaron cartas de apoyo a la guerra inminente contra Sadam. Sin embargo, la decisión de buscar una segunda resolución de la ONU —con el fundamento de que el lenguaje de la resolución 1441 no era suficientemente fuerte como para justificar una guerra total— fue un error garrafal que permitió al gobierno francés, gracias a su asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, recuperar la iniciativa diplomática.
Pese al hecho de que más de cuarenta países declararon su apoyo a la invasión de Irak, y tres (Gran Bretaña, Polonia y Australia) enviaron un número significativo de tropas, la amenaza del veto francés, pronunciada con floritura gala, creó la impresión imborrable de que Estados Unidos estaba actuando unilateralmente, y quizá incluso ilegalmente.21
Todos estos errores tienen algo en común. Surgen de la dificultad de aprender de la historia, pues una de sus lecciones más obvias es que un imperio no puede regirse solo por medio de la coerción. Necesita sobre todo legitimidad, ante los ojos de los pueblos sometidos, ante los de las grandes potencias y, sobre todo, a los ojos de su propio pueblo. ¿Lo saben los directamente implicados en la historia? Nos dicen que el presidente Bush leía Theodore Rex de Edward Morris cuando se estaba planeando la guerra de Irak; es probable que no hubiera llegado a la parte en que la ocupación estadounidense desató la insurrección filipina. Antes de la invasión de Irak, se oyó al asesor adjunto de Seguridad Nacional, Stephen Hadley, referirse a una invasión unilateral de Estados Unidos como «la opción imperial». ¿Es que nadie más comprendió que ocupar Irak y tratar de transformarlo (con o sin aliados) era esencialmente una empresa imperial y que no solo costaría dinero sino que llevaría muchos años alcanzar el éxito?
Si los encargados de formular políticas se hubieran preocupado de tomar en cuenta la última ocupación anglófona de Irak, se habrían sorprendido posiblemente menos de la persistente resistencia que encontraron en ciertas partes del país durante 2004. Pues en mayo de 1920 hubo allí una importante sublevación antibritánica, que ocurrió seis meses después de un referéndum (en la práctica, una ronda de consultas con los jefes tribales) sobre el futuro del país, y justamente después de que se anunciara que Irak sería un «mandato» de la Liga de Naciones bajo el fideicomiso británico, en vez de seguir con el dominio imperial. Es sorprendente que ni la consulta con los iraquíes, ni la promesa de internacionalización bastaran para conjurar el levantamiento.
En 1920, como en 2004, los orígenes y los jefes de la insurrección eran religiosos, pero esta pronto superó las antiguas divisiones étnicas y sectarias del país. Las primeras manifestaciones antibritánicas tuvieron lugar en las mezquitas de Bagdad, pero la violencia rápidamente se extendió a la ciudad santa shií de Karbala, donde la dominación británica era condenada por el ayatolá Muhammad Taqui-al-Shirazi, el predecesor histórico del agitador shií actual, Moktada al-Sadr. En su apogeo, la revuelta se extendió por el norte hasta la ciudad kurda de Kirkuk, y por el sur hasta Samara. Entonces, como en 2004, buena parte de la violencia era simbólica antes que estratégicamente importante, los cuerpos de los británicos eran mutilados, igual que ocurre con los de los estadounidenses en Faluya. Pero había una amenaza real a la posición de los británicos. Los rebeldes trataban sistemáticamente de arruinar la infraestructura de los ocupantes, atacando ferrocarriles y telégrafos. En algunas partes, los soldados y civiles británicos estaban aislados y sitiados. Hacia agosto de 1920 la situación en Irak era tan desesperada que el general al mando solicitó a Londres no solo refuerzos sino armas químicas (bombas y obuses de gas mostaza), aunque, contrariamente a la leyenda histórica, resultó que no estaban disponibles, de modo que no fueron usadas.22
Esto nos lleva a la segunda lección que Estados Unidos podría haber aprendido de la experiencia británica: restablecer el orden no es una tarea fácil. En 1920 finalmente los británicos aplastaron la rebelión combinando los bombardeos aéreos con incursiones punitivas para incendiar los pueblos. Incluso Winston Churchill, entonces el responsable de la Royal Air Force (RAF), se sintió consternado por las acciones de algunos pilotos demasiado prestos a disparar y por la actitud vengativa de las tropas de tierra. Y pese a su superioridad tecnológica, las fuerzas británicas aún tuvieron más de dos mil muertos y heridos. Además, los británicos debieron mantener tropas en Irak mucho después de que el país recuperara la «soberanía plena». Aunque Irak fue declarado formalmente independiente en 1932, las tropas británicas permanecieron allí hasta la década de 1950 (véase el capítulo 6).
¿Se está repitiendo la historia? Pese a todo lo que se ha dicho en 2004 sobre devolver la «plena soberanía» a un gobierno iraquí provisional, el presidente Bush dejó claro que tenía la intención de «mantener el nivel de tropas […] tanto tiempo como sea necesario» y que las tropas de Estados Unidos continuarían operando bajo «el mando estadounidense», lo cual distaba mucho de una verdadera soberanía plena. Pues si el nuevo gobierno provisional iraquí no tenía el control de un ejército bien armado en su propio territorio, entonces carecía de una de las características definitorias de un Estado soberano: un monopolio sobre el uso legítimo de la violencia. Este fue precisamente el punto señalado en abril de 2004 por Marc Grossman, secretario de Estado para asuntos políticos, durante la audiencia ante el Congreso sobre el futuro de Irak, en que dijo: «El arreglo sería, creo, como el que tenemos ahora: haríamos lo posible para dialogar con el gobierno provisional y tomar sus puntos de vista en cuenta», pero los comandantes estadounidenses todavía «tendrían el derecho, la facultad y la obligación» de decidir sobre el papel apropiado para las tropas.23
En principio, no hay ningún error inherente a la «soberanía limitada»; como muestra el capítulo 2, tanto en Alemania Occidental como en Japón la soberanía estuvo limitada durante unos años después de 1945. La soberanía no es un concepto absoluto, sino limitado. En efecto, una característica común de los imperios es que consisten en múltiples niveles de soberanía. En «la geometría fractal del imperio» —expresión creada por Charles Meier—, la jerarquía global de poder contiene múltiples versiones a menor escala de sí mismo, ninguna de ellas completamente soberana. Sin embargo, también existe la necesidad de que los encargados de formular políticas y los votantes estadounidenses comprendan el negocio del imperio en que están metidos ahora, pues este negocio puede tener costosos gastos indirectos.
El problema es que para que el dominio indirecto (la «soberanía limitada») sea exitoso en Irak, los estadounidenses deben estar dispuestos a asumir un gasto importante por la ocupación y la reconstrucción del país. Desgraciadamente, en ausencia de un cambio radical de la política fiscal de Estados Unidos, su capacidad para hacerlo está destinada a disminuir, si no a desaparecer (este es esencialmente el argumento del capítulo 8).
Desde la elección del presidente Bush, se estima que el total del desembolso federal ha aumentado hasta 530.000 millones de dólares, un aumento de casi un tercio. Ese aumento solo puede atribuirse de modo parcial a las guerras que el gobierno ha emprendido; los gastos más elevados en defensa representan solo el 30 por ciento del aumento total, mientras que el gasto mayor en sanidad representa el 17 por ciento, el de la Seguridad Social y el de la seguridad del ingreso, un 16 por ciento cada uno, y el de Medicare* un 14 por ciento.24 La realidad es que bajo el gobierno de Bush ha aumentado más el gasto en el bienestar que en la guerra. Mientras aumentaba el gasto, ha habido una pronunciada reducción de los ingresos del gobierno federal, que han bajado del 21 por ciento del producto interior bruto en 2000 a menos del 16 por ciento en 2004.25 La recesión de 2001 solo tuvo un papel secundario en esta reducción de entradas. Más importantes han sido los tres recortes de impuestos promulgados por el gobierno con el apoyo del Congreso dominado por los republicanos, que comenzaron con el recorte inicial de 1,35 billones de dólares durante diez años y los 38.000 millones de dólares de la ley de conciliación de reforma fiscal y crecimiento económico de 2002, prosiguieron con la ley de creación de empleo y asistencia a los trabajadores en 2002, y culminó con la reforma de la doble imposición a los ingresos por dividendos en 2003. Con un valor combinado de 188.000 millones, equivalentes a cerca de un 2 por ciento del ingreso nacional de 2003, estos recortes de impuestos eran significativamente superiores a los aprobados por la ley fiscal de recuperación económica de 1981 por el gobierno de Reagan.26 El efecto combinado de este aumento del gasto y la reducción de ingresos ha sido un crecimiento espectacular del déficit federal. Bush heredó un excedente de unos 236.000 millones del año fiscal de 2000. Para 2004 se había previsto un déficit de 521.000 millones, lo que representaba pasar abruptamente de los números negros a los rojos con tres cuartos de un billón de dólares.27
A veces, los portavoces del gobierno han defendido este derroche de préstamos diciendo que son un estímulo para la actividad económica. Sin embargo, hay buenas razones para ser escéptico, sobre todo porque los principales beneficiarios de los recortes impositivos han sido claramente los muy ricos. (El vicepresidente Cheney desmintió el argumento macroeconómico cuando justificó abiertamente la tercera reducción de impuestos en los siguientes términos: «Hemos ganado las elecciones del Congreso. Nos lo merecemos».)28 Otro de los aforismos de Cheney que será citado por futuros historiadores es su afirmación de que «Reagan probó que el déficit no importa».29 Pero Reagan no hizo nada de eso. La necesidad de subir los impuestos para mantener el déficit bajo control fue uno de los factores clave por el que George H.W. Bush fue derrotado en 1992; en cambio, la sistemática reducción del déficit bajo Bill Clinton fue una de las razones por las que los tipos de interés a largo plazo bajaron y la economía floreció a finales de la década de 1990. La única razón por la que bajo el gobierno de Bush hijo el déficit parece no importar es la persistencia de un tipo de interés bajo en los últimos cuatro años, que ha permitido a Bush (como a muchas familias estadounidenses) contraer más préstamos mientras paga menos por sus deudas. El pago de interés neto de la deuda federal llega solo al 1,4 por ciento del PIB en 2003, mientras que fue del 2,3 por ciento en 2003 y 3,2 en 1995.30
Sin embargo, esta persistencia de un tipo de interés bajo a largo plazo no es resultado de la inventiva del Tesoro de Estados Unidos. En parte es consecuencia de la disposición de los bancos centrales asiáticos a comprar grandes cantidades de valores en dólares tales como los bonos del tesoro a diez años, con la principal motivación de mantener sus monedas atadas al dólar, y la consecuencia secundaria de financiar el déficit de Bush.31 No es casual que poco menos de la mitad de la deuda federal en manos del público esté ahora en poder de extranjeros, más del doble de la proporción existente hace diez años.32 Desde los días de la Rusia de los zares no ha habido un gran imperio que dependiera hasta tal punto de préstamos contraídos en el extranjero. El problema es que no se puede confiar en que estos flujos de capital extranjero duren eternamente, sobre todo si existe la posibilidad de un creciente déficit en el futuro. Y es por eso que el fracaso del gobierno de Bush al abordar la cuestión fundamental de la reforma fiscal es tan importante. La realidad es que las cifras oficiales tanto para el déficit como para la deuda federal acumulada no reflejan la magnitud de los problemas fiscales inminentes del país, porque dejan sin explicar los enormes pasivos sin respaldo de los sistemas de Medicare y de Seguridad Social.33 Estados Unidos obtiene un beneficio significativo de la posición del dólar como principal divisa; es una razón por la que los inversores extranjeros están dispuestos a conservar tal volumen de activos en dólares. Pero la posición de divisa no está divinamente predestinada. Puede verse debilitada si los mercados internacionales se asustan ante la magnitud de la crisis fiscal estadounidense aún latente.34 No hay duda de que un declive del dólar perjudicaría más a los extranjeros en posesión de moneda estadounidense que a los propios estadounidenses. Pero una variación de las expectativas internacionales sobre las finanzas de Estados Unidos podría traer también una abrupta subida de los tipos de interés a largo plazo, que tendría efectos negativos e inmediatos y repercutiría en el déficit federal al impulsar al alza el pago de intereses de la deuda.35 También perjudicaría a las familias estadounidenses, especialmente a la creciente proporción de ellas con hipotecas de tasa variable.36
Los imperios no deben ser una carga para los contribuyentes de la metrópoli; de hecho, muchos imperios han surgido precisamente para trasladar los
