INTRODUCCIÓN
Un paseo de la mano por la Historia
Los hechos y las fechas son el esqueleto de
la Historia; las costumbres, las ideas y los
intereses son su carne y su vida.
VOLTAIRE
Viajar por la Historia nos lleva a descubrir todavía un sinfín de túneles y pasadizos secretos donde se esconden personajes, hechos y anécdotas, por increíble que parezca. A estas alturas, demasiados recovecos del imponente archivo de esta ciencia milenaria siguen aún inexplorados. ¿Acaso un neurocirujano conoce a fondo el portentoso cerebro humano que ni la más perfeccionada computadora sería capaz de imitar jamás? ¿Acaso un astrónomo posee el mapa completo del universo?
Tampoco el historiador, pese a ser un profeta del pasado, está en condiciones de explicar todo lo acontecido desde que el ser humano existe. ¿A qué cronista de los hechos que se precie de serlo no le apasiona indagar en los archivos documentales en busca del pequeño-gran hallazgo? ¡Y con qué emoción se encaja luego en su lugar correspondiente cada pieza dispersa del gran puzle de la Historia!
Las páginas secretas de la Historia es precisamente eso: un esfuerzo detectivesco —o si me lo permite el lector, tintinesco— para desentrañar los más increíbles enigmas de todas las épocas. Recuerdo lo que a este propósito señala, sobre un servidor, el Premio Nacional de Poesía Luis Alberto de Cuenca, uno de los mayores forofos que conozco del inmortal personaje de cómic creado por el autor belga Georges Remi (Hergé): «Zavala es un grandísimo investigador, tipo Tintín, capaz de viajar a cualquier parte para hallar un archivo desconocido», atestigua.
Cada una de estas «páginas secretas» constituye así un pasaje de ida y vuelta a los tiempos del mítico gángster Al Capone, del pirata Barbanegra, del primer y único emperador en la historia de Estados Unidos (Norton I), del verdadero detective Sherlock Holmes, o de Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, el matemático que hacía soñar despiertos a los niños.
La conocida novelista Julia Navarro atina también al advertir el verdadero propósito de quien esto escribe a la hora de relatar cualquier episodio del pasado: «Zavala nos da un inolvidable paseo de la mano por la Historia», constata. Ésta es, en efecto, la intención que me mueve a recopilar ahora los artículos publicados en el diario La Razón entre julio de 2015 y julio de 2016, cuyo germen supo sembrar, inspirado como casi siempre, mi amigo e impar comunicador Iker Jiménez mientras desarrollábamos juntos en el plató de Cuarto Milenio la sección titulada precisamente «Páginas secretas de la Historia».
«José María, tienes que hacer un libro sobre estas historias tan alucinantes como desconocidas», me animó Iker, con su generosidad acostumbrada, al constatar el gran éxito de audiencia cosechado por la primera entrega sobre la muerte de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. Durante toda esa noche fui incapaz de conciliar el sueño tratando de responder a la avalancha de mensajes de los telespectadores milenarios, deslumbrados por un personaje al que apenas conocían o del que habían recibido una versión tergiversada.
Jamás olvidaré los programas que siguieron al de José Antonio, durante los cuales volvió a dispararse la audiencia de Cuarto Milenio: Los exorcismos de Carlos II «el Hechizado», el conde de Montecristo español; la posesión diabólica de Juana «la Loca»; el ¿accidente?, que costó la vida al aviador Ramón Franco, el hermano maldito del Caudillo; la terrible ejecución del cura Martín Merino, o la maldición de los Canalejas.
Desfilan ahora por estas «páginas secretas» otros muchos personajes de todos los tiempos tanto o más conocidos que aquéllos, como Molière, Stalin, Sócrates, Hitler, Oscar Wilde, Victor Hugo, Marlene Dietrich, Jules Verne, Cervantes, Juan Carlos I, Renoir, María Estuardo, María Antonieta, Agatha Christie, y hasta el jefe apache Cochise. De todos ellos descubrirá el lector facetas insospechadas; igual que sobre los numerosos hechos que aquí se relatan, como el increíble caso del carnero embrujado, el pacto del violinista Paganini con el diablo, los cuatro ataúdes que escondían los nazis, el bombero converso de la Sábana Santa, las andanzas del duque de Alba o el día en que Estados Unidos atacó… ¡Pearl Harbor!
Adentrémonos ya, sin más preámbulos, en las más fascinantes galerías ocultas de la Historia…
EL AUTOR
Madrid, 15 de julio de 2016
1
FECHA: 28/10/1938. Al filo de las seis de la mañana, el hidroavión de Ramón Franco despegó con la misión de bombardear el puerto de Valencia, en plena Guerra Civil.
LUGAR: MALLORCA. El aparato que pilotaba el hermano maldito del Caudillo cayó en picado poco después en aguas de Mallorca, donde Ramón estaba al frente de la aviación nacional.
ANÉCDOTA: Le apodaban “Chacal“ por su temeridad, más que valor, en la guerra de África, donde todos sus compañeros querían batirse junto a él a cuchilladas y culatazos.
RAMÓN FRANCO: ¿ACCIDENTE O ASESINATO?
El hidroavión Cant 506 como el que pilotó por última vez Ramón Franco, el hermano masón y republicano del Caudillo, la madrugada del 28 de octubre de 1938, era un trimotor de fabricación italiana con una increíble particularidad: su estructura era toda de madera, lo cual da idea al lector de lo vulnerable que resultaba el avión ante el menor impacto.
La carlinga era estrecha y tenía dos alturas: una más elevada, donde iban los puestos de mando del primer y segundo piloto, con ventanillas laterales por las que veían y podían ser vistos desde el exterior; y otra inferior, donde viajaban el observador y el mecánico, seguidos un poco más atrás por el radiotelegrafista. El pasillo era tan angosto, que resultaba casi imposible que dos personas pudieran cruzarse al mismo tiempo por él.
Al filo de las seis de la mañana, los Cant 506 de Ramón Franco y Rodolfo Bay despegaron de la base de Pollensa (Mallorca) con un tiempo de perros, volando juntos a la vista el uno del otro. Poco a poco, remontaron la nubosidad y ganaron altura.
Ramón, igual que su segundo piloto, Joaquín Domínguez, se había puesto los guantes y el sobrecuello de piel antes de despegar. Como el ataque al puerto de Valencia, en plena Guerra Civil, iba a efectuarse a 4.000 metros de altura, era fácil predecir el intenso frío a bordo del avión.
Todo parecía así controlado. Pero, al aproximarse a un cumulonimbo, tanto Ramón como Bay, que le seguía a escasa distancia, sintieron de repente que sus aviones empezaban a perder potencia y velocidad.
Bay pulsó enseguida el mando de los flaps (dispositivos de hipersustentación) para evitar perder el control de la nave. Entonces, observó cómo el avión de Ramón realizaba un brusco picado para meterse de lleno en la nube. Fue la última vez que lo vio.
Bay sorteó el cumulonimbo y siguió volando unos minutos en espera de que el aparato de su jefe saliese de la nube. Intentó contactar por radio con éste, pero fue imposible. Poco después, sobrevoló el mar sin hallar el menor rastro del avión desaparecido. Abrumado, decidió regresar a la base para informar cuanto antes de todo lo sucedido.
Una vez allí, Bay relató que cuando ambos aviones se acercaron al cumulonimbo, le pareció observar una inusitada agitación en la cabina de Ramón; distinguió un continuo ir y venir de las cabezas del observador, el mecánico y el radiotelegrafista, cuyo puesto estaba en el pasillo inferior de la cabina, lo cual evidenciaba que se habían puesto en pie. Los tres parecían comentar alguna incidencia importante con Ramón y el teniente Sangro.
Bay no fue capaz ya de precisar si aquella supuesta alteración se debía a un estado de alarma real o si, por el contrario, obedecía al normal intercambio de rápidas comunicaciones sobre la disminución de velocidad o el empleo de los flaps.
El cuerpo de Ramón Franco, hallado finalmente en el Mediterráneo, presentaba una herida en la sien izquierda, en forma de circunferencia de un centímetro de diámetro. El agujero era limpio, con los bordes algo negruzcos y sin restos de sangre, debido al lavado del agua de mar.
A simple vista, al cuerpo del héroe del Plus Ultra, el mismo que había atravesado el Atlántico Sur en 1926 a bordo de una cafetera volante, le faltaba parte de una pierna, desde más abajo de la rodilla. Pero el oficial reparó luego en que en realidad estaba fracturada; era la misma pierna que Ramón se había roto al derrumbarse el estrado mientras arengaba a la multitud en un mitin republicano.
Respecto a la herida en la frente, el teniente Fernández barajó al principio que pudiera tratarse de un impacto de bala a causa de un suicidio o de un asesinato.
Pero, tras reflexionar luego, se convenció de que ambas hipótesis carecían de sentido, tratándose de un avión que se precipitaba al vacío desde una altura de 3.000 metros, zarandeado dentro de un cumulonimbo, mientras los pilotos pugnaban desesperados por hacerle volar para que los sacara de la maldita nube.
Más inaudito le parecía que el presunto suicidio o asesinato se hubiese producido en el agua, pues nadie hubiera sobrevivido a un impacto tan brutal.
Al final, llegó a la conclusión de que la incisión era consecuencia del choque de Ramón contra alguna superficie saliente de la cabina.
¿Realidad o fantasía? ¿Accidente o asesinato?
A falta de una investigación oficial, en la tarjeta personal de Ramón Franco se hizo constar simplemente: «Fallecido en accidente de aviación a causa del mal tiempo».
«FUE LA MASONERÍA INTERNACIONAL»
Pilar Franco expuso años después su inquietante teoría en sus memorias: «A él lo mataron los masones, porque mi hermano Ramón recibía amenazas de muerte de esa gente».
Y añadió: «Ramón estaba escribiendo una obra en la que se mofaba del célebre grado 33. Porque él había sido del grado 33 […] Fue la masonería internacional. La prueba está, además, en que mi hermano Paco dio órdenes enseguida de que la policía sellara la casa de Ramón. Lo hicieron así. Pero cuando la sellaron ya habían desaparecido los folios del libro que estaba escribiendo».
En otra ocasión, Pilar aseguró que las «ruedas» del hidroavión de su hermano fueron rajadas por un saboteador y que, como en la base carecían de neumáticos de repuesto, Ramón tuvo que despegar en otro aparato cargado con una bomba homicida. Pero ella no cayó en la cuenta de que los hidroaviones carecen de «ruedas».
2
FECHA: 21/10/1827. Fray Juan de Almaraz, confesor de la reina María Luisa de Parma, fue confinado en una miserable mazmorra por orden del ladino Fernando VII, sin juicio previo.
LUGAR: CASTELLÓN. En el castillo de Peñíscola permaneció incomunicado el confesor de la reina madre durante casi siete largos años hasta que, muerto el monarca, lo liberó su viuda.
ANÉCDOTA: María Luisa de Parma excluyó a sus catorce hijos de la sucesión universal de todos sus bienes en beneficio de su presunto amante, Manuel Godoy, en 1815.
¿QUIÉN FUE EL CONDE DE MONTECRISTO ESPAÑOL?
No es historia-ficción sino Historia real, con mayúscula. De haberla conocido, lo cual fue posible pues aconteció en vida de él, habría inspirado tal vez al príncipe de las letras Alexandre Dumas su celebérrima obra El conde de Montecristo.
Entre los papeles privados de fray Juan de Almaraz, confesor de la reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV y madre, al menos oficial, de Fernando VII, localicé un increíble documento en el Registro del Ministerio de Justicia, en mayo de 2009.
Antes de nada, leí una inquietante palabra en el sobre lacrado: «Reservadísimo».
Justo debajo, con la misma caligrafía, se indicaba: «Reservado a mi confesor si muero sin ella [sin confesión], nadie lo podrá abrir ni ver más que el confesor».
Pero yo abrí, trémulo, el sobre y quedé pasmado al leer esta asombrosa revelación:
Como confesor que he sido de la Reyna Madre de España (q. e. p. d.) Doña María Luisa de Borbón. Juro imberbum sacerdotis cómo en su última confesión que hizo el 2 de enero de 1819 dijo que ninguno, ninguno [se repite en el original] de sus hijos y [sic] hijas, ninguno [de los catorce que tuvo] era del legítimo Matrimonio; y así que la Dinastía Borbón de España era concluida, lo que declaraba por cierto para descanso de su Alma, y que el Señor la perdonase.
Lo que no manifiesto por tanto Amor que tengo a mi Rey el Señor Don Fernando 7.º por quien tanto he padecido con su difunta Madre. Si muero sin confesión, se le entregará a mi Confesor cerrado como está, para descanso de mi Alma. Por todo lo dicho pongo de testigo a mi Redentor Jesús para que me perdone mi omisión.
Roma, 8 de enero de 1819
Firmado JUAN DE ALMARAZ
Si lo que el sacerdote sostenía era cierto, los Borbones de España no estaban en condiciones de exigir sangres absolutamente puras a sus herederos al trono en el momento de desposarse.
Cuando juzgué concluida mi tarea, tras localizar la increíble confesión manuscrita del sacerdote, volví a toparme con otro documento inédito no menos sobrecogedor: una carta secreta del gobernador de Peñíscola.
Fechada en la localidad castellonense el 13 de febrero de 1834, la carta del principal mandatario de Peñíscola produce aún hoy escalofríos al leerla.
Dice así:
El gobernador de aquella Plaza
Dice que al tomar posesión del Gobierno de la misma [Peñíscola] ha encontrado en un encierro al sacerdote D. Juan de Almaraz, que fue conducido a ella a consecuencia de una Real Orden de que acompaña copia, expedida por este Ministerio en 21 [de] octubre de 1827, en la cual se califica de reo de alta traición al referido Almaraz y se encargaba fuese incomunicado vigorosamente y vigilado bajo la responsabilidad personal del gobernador, y como desde aquella fecha no haya podido alcanzar aquel desgraciado ningún alivio en su dura prisión, a pesar de los beneficios decretos dictados por el magnánimo corazón de V. M. en bien de todos los españoles, cree su deber hacer presente que la conducta observada en la prisión por este reo ha sido la correspondiente a su respetable carácter que su edad de sesenta y siete años, sus enfermedades dimanadas de su senectud y sus padecimientos de seis años y medio de encierro sin comunicación, le hacen inepto para el mal como para el bien: y que todo lo que puede formar la felicidad de este respetable anciano es que V. M., tendiéndole su mano, beneficie para que no muera en su encierro, le permita volver a Extremadura, su patria, y acabar sus días en el seno de su familia.
El máximo funcionario de la prisión quedó horrorizado al abrir la mazmorra y contemplar a un anciano de largos y enmarañados cabellos y barba blanca crecida hasta la cintura, que se le arrojó sollozando a sus pies. Aquel espectro viviente dijo ser el fraile Juan de Almaraz, incapaz ya casi de articular palabra tras su larga incomunicación.
Muerto Fernando VII en 1833, le sucedió como regente su cuarta esposa, María Cristina de Borbón, reina gobernadora durante la minoría de edad de su hija Isabel II.
Al régimen absolutista sucedió así el régimen liberal, una de cuyas medidas fue la concesión de una amnistía para delitos políticos mediante el decreto de 16 de enero de 1834.
La reina María Cristina otorgó finalmente el perdón al inocente fray Juan de Almaraz, a quien sólo se había condenado en virtud de la sentencia dictada y ejecutada por el poder absoluto de un rey.
SECUESTRADO EN ROMA
El siniestro Fernando VII ideó la forma de traer a fray Juan de Almaraz por la fuerza desde Roma, donde había acompañado en su exilio a los reyes padres, Carlos IV y María Luisa.
Cierta noche, en plena via Condotti, el padre Almaraz fue secuestrado mientras dormía en su habitación; poco después se le embarcó en la fragata Manzanares, anclada en Civitavecchia, que arribó finalmente al puerto de Barcelona, donde se hallaba Fernando VII con motivo de la sublevación de Cataluña, en 1827.
Nada más desembarcar, el responsable de la expedición, José Pérez Navarro, oficial de la Secretaría de Marina, comunicó al rey que el apresado se hallaba a buen recaudo en la bodega del barco, añadiendo que poco le había faltado para morirse de miedo durante la travesía.
El monarca ordenó que condujesen enseguida al fraile hasta el castillo de Peñíscola para que jamás pudiese revelar su secreto.
3
FECHA: MAYO DE 1554. El jesuita y futuro santo Francisco de Borja rubricó de su puño y letra una carta estremecedora al entonces príncipe Felipe, recomendando exorcismos a su abuela enferma.
LUGAR: TORDESILLAS. Muerto Felipe el Hermoso, doña Juana acabó sus días confinada en su palacio, en el mismo torreón donde cada siglo había estado encerrada una reina de Castilla.
ANÉCDOTA: Pérez Galdós dejó escrito sobre Juana, como epitafio: “Había amado sin que nadie la amara; había padecido humillaciones, desvíos e ingratitudes, sin que nadie endulzara sus amarguras“.
¿ESTABA POSEÍDA JUANA LA LOCA?
Mientras investigaba en su día entre el inmenso arsenal de documentos inéditos del proceso de beatificación (Positio) de Isabel la Católica para componer mi libro Isabel íntima (Planeta), me topé con un legajo excepcional: una carta del jesuita Francisco de Borja, ex duque de Gandía y futuro santo de la Iglesia católica, dirigida al también futuro rey Felipe II.
La carta es de las que quitan el hipo. Fechada en mayo de 1554, el clérigo describe al entonces príncipe Felipe la enfermedad de su abuela y propone varios remedios; entre ellos, que se impida a las mujeres al servicio de la reina entrar en sus habitaciones, que se coloquen crucifijos en todas las estancias del palacio, y que la propia infeliz oiga misa diaria y, a ser posible, se le lean los Santos Evangelios.
¿Qué tenían que ver todas esas recetas espirituales con la presunta enfermedad mental que hizo pasar a la Historia a la hija de los Reyes Católicos con el popular sobrenombre de Juana «la Loca»?
Don Felipe accedió gustoso a todo eso… ¡menos a los exorcismos para curar a su abuela enferma!
La reina Juana I de Castilla llegaría a estar loca, en efecto, de amor y de celos.
Había nacido el 6 de noviembre de 1479, «a las tres horas después de la salida del sol», en el palacio toledano del conde de Cifuentes. El embajador Gutierre Gómez de Fuensalida, desde Bruselas, escribió a Juana, cuando era ya esposa y madre, que la había encontrado «hermosa a maravilla». Y no era un exceso de diplomacia, pues la joven Juana tenía una resplandeciente melena negra, la piel morena y los ojos de un verdemar que parecían clonados de los de su madre. Aunque, en honor a la verdad, la infanta era la otra cara de su abuela paterna, la bellísima Juana Enríquez, por lo que su madre solía llamarla, en broma, «mi suegra».
Sus desposorios por poderes con Felipe el Hermoso, duque de Borgoña entre otros títulos, se celebraron en Malinas, el 5 de noviembre de 1495.
Celosa de su esposo, como decimos, ante quien quedó deslumbrada nada más conocerle («el día que nació, debieron alegrarse el Cielo y la Tierra», dijo ella, rendida a sus encantos), Juana —en avanzado estado de gestación— se levantó de la cama una noche en Gante para acompañarle a un baile que se les ofrecía. Poco después, sobre la una de la madrugada, sintiéndose indispuesta, fue conducida a las letrinas del palacio en que se daba la fiesta y allí, en tan indecoroso lugar, alumbró a su hijo Carlos, que había de ser el soberano de medio mundo como Carlos I de España y V emperador de Alemania. Corría el 24 de febrero de 1500.
Tras la muerte de su infiel marido Felipe el Hermoso, la pobre Juana acabó sus días confinada en la fortaleza de Tordesillas. Desde aquel gélido torreón podía ver el ataúd de su esposo por una ventana que daba a la iglesia del antiguo convento de Santa Clara. Allí malvivió la desdichada durante cuarenta y siete años, en el mismo torreón donde cada siglo había estado encerrada una reina de Castilla.
El obispo de Málaga describió su horrible cautiverio sin pelos en la lengua, en otro documento que descubrí, estupefacto, entre la vorágine de legajos de la Positio:
La reina duerme en el suelo, como antes. No se cambia de ropa interior, ni se peina ni se lava la cara. Su falta de higiene es grande, tanto en su rostro como, según dicen, en las demás partes de su cuerpo. Y come en el suelo, en platos de barro, que luego esconde debajo de los muebles. Su vestir es tal que casi no es permitido nombrarlo así. Y todo semejante… Pierde muchas veces la Misa, porque suele almorzar a la hora en que se celebra y no encuentra ocasión de oírla en el resto del día.
¿Podía imaginarse en semejante estado de abandono a toda una reina de España, madre de Carlos I y abuela de Felipe II, los dos Austrias mayores de la dinastía eclipsada por el nefasto monarca Carlos II «el Hechizado»?
Desde la Semana Santa de 1552 hasta la de 1554, Francisco de Borja visitó varias veces a doña Juana; el único que le llevó consuelo y asistió espiritualmente en el lecho de muerte. ¿Sospechaba él acaso que la reina podía ser víctima en realidad de alguna afectación diabólica? A juzgar por la terrible carta que legó a la posteridad sin saberlo, parece ser que sí.
LA LOBA HERIDA
En Flandes no marcharon las cosas como Juana esperaba. Encontró a Felipe el Hermoso frío con ella y no tardó en saber el motivo de su distanciamiento: su marido la engañaba con una dama rubia de la corte.
Desde entonces, ella empezó a rumiar la venganza; esperó, impasible como una psicópata, el momento propicio para el desquite. Guardó unas tijeras en la escarcela que colgaba de su ceñidor y buscó a su rival. La sorprendió leyendo una carta, que aquélla guardó, apresurada, en el secreto de su escote. Se entabló entonces entre ellas un intenso forcejeo, durante el cual Juana le arrebató la carta. La dama recobró el papel y se lo llevó a la boca, tragándoselo enseguida. Durante la lucha, la amante de Felipe perdió la toca, dejando caer sus doradas trenzas. Juana las seccionó con las tijeras y marcó luego con ellas el pálido rostro de su enemiga.
4
FECHA: 25/12/1936. Las autoridades republicanas aprobaron el Decreto de “terminación artificial“ del embarazo, inspirado por la ministra de Sanidad anarquista, Federica Montseny, primera mujer ministra de la Europa occidental.
LUGAR: BARCELONA. Los abortos sólo podían practicarse allí en la Casa de la Maternidad, en el Hospital General de Cataluña (de Sant Pau), en el Clínico y en el Cardenal.
ANÉCDOTA: Pese a oponerse al aborto, el ginecólogo José Roig y Gilabert fue expulsado de la provincia de Lérida durante el franquismo por “practicar numerosas interrupciones del embarazo“.
¿HUBO ABORTOS LEGALES EN LA GUERRA CIVIL?
El pabellón de maternidad del hospital Cardenal de Barcelona fue escenario del primer aborto legal practicado durante la Guerra Civil española.
Una mujer casada, de veinticinco años, yacía tendida sobre una de las cuatro camas, a punto de poner fin a su embarazo al amparo del Decreto de «terminación artificial» (tal fue el eufemismo empleado entonces por las autoridades republicanas) de 25 de diciembre de 1936, publicado el 9 de enero de 1937 en el Diari Oficial de la Generalitat.
El documento había sido rubricado por el conseller en cap (primer ministro) Josep Tarradellas, y por los consellers de Sanidad y Asistencia Social y de Justicia, Pere Herrera, de la CNT, y Rafael Vidiella, de UGT.
Su inspiración se debía, en última instancia, a la ministra de Sanidad anarquista, Federica Montseny, primera mujer ministra de la Europa occidental.
A sus treinta y dos años, Montseny se enorgullecía de sus ideas avanzadas, inculcadas por sus padres, Juan Montseny y Teresa Mañé, procesados en varias ocasiones por editar La Revista Blanca, buque insignia del pensamiento libertario español durante el primer tercio del siglo XX.
La paciente estaba nerviosa al principio, incapaz de seguir las indicaciones de los médicos, pues era sorda. Dos enfermeras la ayudaron a recostarse sobre la camilla antes de administrarle unos sedantes.
Su historial médico era pavoroso: padre sifilítico y canceroso, madre fallecida de una afección cardíaca, dos hermanos muertos de pulmonía y una hermana escrofulosa.
Era madre de dos hijos ilegítimos que habían heredado la sífilis y, por si fuera poco, eran subnormales. Su marido luchaba entonces por los ideales republicanos en el frente de Madrid.
En cuanto solicitó la intervención quirúrgica, a la paciente se le abrió una ficha médica, psicológica, eugenésica y social, sometiéndola a un exhaustivo reconocimiento para garantizar que podría resistir la operación.
En Barcelona, los abortos sólo podían practicarse en la Casa de la Maternidad, en el Hospital General de Cataluña (como se denominaba al de Sant Pau), en el Hospital Clínico y en el Cardenal.
Fuera de la ciudad, existían otros centros autorizados en Lérida, Puig Alt de Ter (nombre que se le dio en 1937 a Sant Joan de les Abadesses), Badalona, Berga, Granollers, Gerona, Villafranca, Reus, Igualada, Olot y Vic.
El aborto consistía entonces en el viejo procedimiento de dilatación y raspado. La cucharilla, utilizada para legrar y limpiar las heridas, se había empleado ya por primera vez para raspar el útero en Francia, en 1842.
La dilatación del cuello tenía una historia aún más larga. Entonces se inducía mediante laminarias, generalmente algas secas comprimidas, las cuales se hinchaban tras la inserción y eran conservadas celosamente en tubos esterilizados antes de su utilización. Si existía algún peligro de infección, se aplicaban a la paciente bolsas de hielo en el abdomen.
Pero aun así, el cumplimiento de la ley tropezaba con la resistencia de otros médicos como el doctor José Roig y Gilabert.
El propio doctor Félix Martí Ibáñez, director general de Sanidad del Gobierno catalán, durante una visita de inspección a la Casa de Maternidad de Lérida, escuchó de labios del doctor Roig que si no había practicado abortos hasta entonces era porque no había recibido ninguna autorización oficial para hacerlo.
Martí dispuso entonces que se anunciara el nuevo servicio médico en la prensa. Días después, acudieron las primeras mujeres dispuestas a someterse a la intervención. Pero el doctor Roig hizo cuanto estuvo en su mano para desalentarlas. Ordenó al farmacéutico del hospital que no repusiera el suministro de laminarias. Incluso el director del laboratorio accedió a falsear los resultados de las pruebas clínicas para hacer creer a las mujeres que se les negaba la operación por malas condiciones de salud. Y para acabar de disuadirlas, el doctor Roig proclamó que para someterse a un aborto era necesaria una hospitalización mínima de seis días.
Algunas mujeres reaccionaron comprando sus propias laminarias antes de acudir al hospital. Una de ellas, esposa de un guardia de asalto, llegó incluso a intimidar al doctor Roig con una pistola cuando éste le negó la intervención. Pero sólo cuando la policía amenazó al facultativo con arrestarle, por fin accedió a practicar el aborto.
Aun así, podía estimarse entre 1.200 y 2.000 el número total de abortos legales registrados durante la contienda.
Un número ciertamente elevado teniendo en cuenta que, el 30 de julio de 1937, el Gobierno retiró su decreto ante las presiones de los médicos, que obtuvieron así una gran victoria en su guerra particular contra el aborto, dentro de otra guerra más sangrienta todavía.
PALADÍN DEL DECRETO
El doctor Félix Martí se sentía orgulloso de haber participado en el alumbramiento de un decreto abortivo inédito en España.
Para justificarlo, Martí se amparaba en que la República Federal Suiza había incorporado el aborto a su legislación en 1916; igual que lo hizo luego Checoslovaquia, en 1925, también para restringir la maternidad.
Martí alardeaba de que incluso el Japón imperialista lo había autorizado en 1929 como medida eficaz contra el excesivo aumento de la natalidad; así como la Unión Soviética, en el Código de 1926.
En el decreto de 25 de diciembre, los abortos se clasificaban en cuatro categorías: «terapéuticos», si paliaban la mala salud física o mental de la madre; «eugenésicos», si se pretendía evitar la transmisión de enfermedades mentales o defectos físicos; «neo-maltusianos», para aplicar un control voluntario y eficaz de la natalidad, y «personales», si por razones sentimentales se quería acabar con el embarazo no deseado.
5
FECHA: JULIO DE 1800. Goya empezó a pintar entonces la versión definitiva de La familia de Carlos IV, un retrato colectivo llevado al Museo del Prado por orden de Fernando VII.
LUGAR: ARANJUEZ. El genial artista aprovechó la estancia de la Familia Real en aquel palacio para elaborar por separado todos los bocetos del natural desde el mes de mayo.
ANÉCDOTA: El frenético historial obstétrico de la reina María Luisa se reflejó en su físico: en 1789, con treinta y un años, era ya vieja según el embajador ruso Zinóviev.
¿QUÉ SECRETO ENCIERRA LA FAMILIA DE CARLOS IV?
Existen obras de arte, como el soberbio y célebre lienzo de Goya La familia de Carlos IV, que, sin ser tan concluyentes como una prueba de ADN, ofrecen en cambio sugestivos indicios de paternidad.
El protagonista de este célebre óleo conservado en el Museo del Prado no es, como sugiere el título, el mismo monarca, sino un niño de seis años vestido de rojo, que aparece en el centro de la imagen con el cuerpecito adornado por la banda de Carlos III cruzándole el pecho. Es el infante Francisco de Paula, a quien ya entonces los rumores de la corte señalaban como hijo adulterino de la reina María Luisa de Parma y de su favorito Manuel Godoy, a quienes ya aludimos al abordar el apasionante enigma del «conde de Montecristo español».
Los personajes de este cuadro del entonces pintor de cámara del monarca, realizado en el Palacio Real de Aranjuez en 1800, parecen mirar a un testigo invisible, posiblemente el propio Manuel Godoy, Príncipe de la Paz.
Se cuenta que el mismo pintor francés impresionista Pierre-Auguste Renoir, al visitar el Museo del Prado, comentó sobre esta primera obra de Goya incorporada a la pinacoteca: «El rey parece un tabernero y la reina, una mesonera… o algo peor; pero ¡qué diamantes le pintó Goya!».
Entre tanta fealdad parece refulgir, en efecto, como un lucero, la belleza más llamativa del infante Francisco de Paula, embutido en su ropaje encarnado. Para algunos bastó comparar el perfil del niño y el de su hermana, la infanta María Isabel, retratada también por Goya, para dudar de su paternidad. Sus narices respingonas, un calco de la de Godoy, contrastaban con el resto de apéndices genuinamente borbónicos.
Las fechas también coinciden. Francisco de Paula nació en 1794, en pleno apogeo del romance de la reina con Godoy; su hermana María Isabel lo había hecho en julio de 1789, apenas un año después de que el impetuoso guardia de corps irrumpiese en el corazón ardiente de la reina.
No era extraño así que lady Holland, esposa de un diplomático británico, aludiese en sus memorias al «indecente parecido» entre Francisco de Paula y Godoy; rumor, por cierto, que muy pronto se extendió por las distintas legaciones extranjeras.
La infanta María Isabel, casada luego con el futuro Francisco I de las Dos Sicilias, tendría que aguantar también que su propia suegra, la reina María Carolina de Nápoles, cuestionase su paternidad.
En una carta a su ministro Gallo, la soberana napolitana no dudaba así en llamar «pequeña bastarda» a su nuera, «a quien —escribía— quiero mucho porque es muy buena y no es culpa suya haber sido procreada por el crimen y la maldad».
Más tarde, los partidarios de Carlos María Isidro —los carlistas— se aferrarían a la presunta bastardía del infante Francisco de Paula para invalidarle como continuador de la dinastía de los Borbones en España, pues su hijo, Francisco de Asís, se casaría con la futura Isabel II.
Por eso, cuando las Cortes de Cádiz decretaron en marzo de 1812 que Francisco de Paula quedase desprovisto de todo derecho de sucesión a la Corona, así como sus futuros descendientes, los carlistas se apresuraron a esgrimir este documento como prueba fehaciente de que los rumores sobre la paternidad de Godoy eran ciertos.
Sin embargo, en julio de 1820 otro decreto de las Cortes invalidó el anterior con este argumento ante el que ya nada pudieron alegar los carlistas:
Se ha examinado la proposición relativa a que por haber cesado las circunstancias políticas que obligaron a excluir al infante, se revoque aquella disposición, que se fundó en la necesidad de precaver una nueva perfidia de Bonaparte.
¿Cuáles eran esas «circunstancias políticas» que aconsejaron despojar al infante de sus derechos? Ni más ni menos que el riesgo de que un niño, como era entonces Francisco de Paula, pudiese ser utilizado en su provecho por el mismo Napoleón Bonaparte. Exactamente igual que hizo éste, aunque fuesen ya adultos, con Carlos IV y Fernando VII.
Recordemos que España había sido invadida por las tropas de Napoleón Bonaparte en 1812; un niño como Francisco de Paula podía haber caído entonces bajo la tutela e influencia de Napoleón, convirtiéndose en su marioneta.
Significaba eso que, en contra de lo que ansiaban los carlistas, la exclusión temporal de Francisco de Paula como sucesor al trono no tuvo como base el «indecente parecido» con Godoy al que aludía lady Holland, sino la necesaria prudencia en aquellos críticos momentos para la nación. Contemplen si no el lienzo de Goya.
LA CARTA CONFIDENCIAL
Mi amigo Juan Balansó, Q.E.P.D., uno de los mejores expertos en Casas Reales europeas, me mostró en cierta ocasión la copia de una carta de Manuel Godoy a la reina María Luisa de Parma, fechada en Calzada de Oropesa el 17 de julio de 1801, en la que el favorito decía a su regia amada: «He visto las graciosas cartas del infante don Francisco [de Paula] y ciertamente encantan, pues se distinguen de los demás hermanos los sentimientos de Su Alteza».
¿Era acaso distinto nuestro infante protagonista del resto de sus trece hermanos, como advertía Godoy en confidencia a la reina María Luisa?
Sea como fuere, Francisco de Paula (1794-1865) contrajo matrimonio con la princesa Luisa Carlota de las Dos Sicilias y más tarde, tras enviudar, con Teresa Arredondo. Era, como ya sabe el lector, padre del rey consorte Francisco de Asís, desposado con su prima la reina Isabel II.
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FECHA: 16/3/1930. El general Miguel Primo de Rivera falleció con sesenta años en su habitación del hotel Pont-Royal, situado en la calle du Bac del barrio de Saint Germain.
LUGAR: PARÍS. Horas antes, el general bromeaba: “Casi creo que estoy en casa“, decía al advertir que las iniciales del hotel bordadas en las toallas coincidían con las suyas.
ANÉCDOTA: José Antonio declaró: “Lo han matado… Ha muerto por mano artera… No ha podido resistir que su conciencia limpia se vea envuelta injustificadamente en campaña de responsabilidades“.
¿MURIÓ ENVENENADO EL GENERAL PRIMO DE RIVERA?
He aquí otro gran enigma: ¿murió envenenado el dictador Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, padre del fundador de Falange Española, o lo hizo por causa natural, a raíz de la diabetes que padecía, complicada a última hora por un fuerte resfriado?
Entre sus principales biógrafos, Eduardo Aunós, ministro de Trabajo durante la dictadura y luego de Justicia con Franco, recordaba que «la víspera de su muerte asistió en París a una representación de Cyrano de Bergerac, de Rostand».
Pero ¿acaso un hombre al borde de la muerte estaba en condiciones de presenciar, como cualquier otro espectador, una función teatral seguida de una suculenta cena en el exilio? ¿No resulta extraño que el biógrafo Aunós incurriese en una palmaria contradicción, añadiendo que entonces «se observó una caída vertical, tanto en su estado de ánimo como en su aspecto exterior»? ¿Cómo era posible que aquella mañana, el hombre que horas después asistió al teatro y cenó acompañado, hubiese manifestado al periodista Mariano Daranás, del diario El Debate, sentir «un ahogo; una asfixia de un extremo a otro del pecho, como una especie de cuerda tirante debajo de la garganta», concluyendo que tenía «el presentimiento de que es una angina de pecho; algo grave»?
Sabemos que el general, de sesenta años, asistió a un almuerzo ofrecido por el embajador español José Quiñones de León. El secretario de la embajada, Luis Soler Puchol, estuvo también allí y anotó: «Pese al régimen impuesto, el general comió con excelente apetito y ya a los postres, charlando con su hija Pilar, que estaba a mi lado, me dijo que añoraba la comida casera, fatigada de la del hotel. Le evoqué el cocido madrileño. “¡Ay, qué rico!”…».
El mismo día del fallecimiento, el domingo 16 de marzo de 1930, Eduardo Aunós recordaba que aquella mañana, cuando sus hijos entraron a verle en el hotel Pont-Royal antes de ir a misa, le hallaron más animado que el día anterior.
A juzgar por los testimonios de quienes acompañaron al general entonces, no cabía esperar una muerte tan repentina, a no ser que alguien la hubiese provocado tal vez…
La carta del embajador Quiñones de León al presidente del Gobierno, Dámaso Berenguer, tres días después del fatal desenlace, arroja algo de luz:
¿Qué puedo decirte de la muerte del pobre Miguel, que en paz descanse? […] Cuidado por un médico que tiene muy poco de médico, persona muy poco apreciable en todos los conceptos, no se sujetó al estricto régimen que su estado de salud requería.
El mismo doctor Bandelac, a quien Quiñones consideraba mal médico y peor persona, firmó el certificado de defunción esgrimiendo como mortis causa una «embolia»; pese a lo cual, Aunós daba fe de la sorprendente paradoja en que incurrió luego el galeno en su propia presencia y en la de Calvo Sotelo: «Meses más tarde, ante nosotros [el propio Bandelac] dijo que creía, no obstante, en la tesis del envenenamiento».
Alberto Bandelac era un judío sefardita, nacido en Tánger en 1870 y nacionalizado español. Formado en la Alianza israelita, estudió medicina en París, donde trabajó como doctor en la Embajada de España y fue luego director del Hospital Español.
El propio Ernesto Giménez Caballero, camarada de José Antonio, escribía en la revista La joven Europa, en febrero de 1942, que el general falleció en París «probablemente envenenado momentos antes de irse a refugiar en Alemania, en 1930».
Sancho Dávila, primo de José Antonio, aseguraba: «Me contó Miguel que la policía internacional, recién fallecido su padre, le llamó para comunicarle que había sido envenenado».
El abogado y escritor José Luis Jerez Riesco se ha mostrado aún más rotundo, al afirmar: «La masonería acabó con la Dictadura del General Primo de Rivera y con su vida».
Pero José Antonio y sus hermanos se negaron a creer en el envenenamiento de su padre, víctima de un complot masónico internacional, como sostenía el falangista Julián Mauricio Carlavilla en su libro El enemigo, publicado con el seudónimo de Mauricio Karl.
Felipe Ximénez de Sandoval refería lo que le comentó su jefe José Antonio sobre la tesis de Carlavilla: «A mí nadie me ha traído pruebas de todo ello y yo soy incapaz de acusar sin pruebas. Esas denuncias de Mauricio Karl son por su cuenta y riesgo».
Sandoval añadía, ya a título particular: «José Antonio no quiso prestar oídos a esos rumores, no sé si por convencimiento de su inexactitud o por no querer pasear el nombre de su padre en campañas de agitación política». Quién sabe…
SOMBRAS DE SOSPECHA
El mismo Mauricio Carlavilla, que protagonizó, en septiembre de 1936, el intento pionero de rescatar a José Antonio de la cárcel de Alicante, escribió sobre el fallecimiento del dictador: «No presintió [el general Primo de Rivera] que en París le esperaba la muerte más extraña. Una muerte estúpida, incomprensible, llena de misterios. Primo de Rivera no estaba enfermo. La diabetes que padecía era una cosa insignificante, que soportaba con entereza. Apenas le causaba trastornos».
Carlavilla cernía a continuación, sobre el doctor Alberto Bandelac, toda sombra de sospecha: «Bandelac de Pariente, médico de la embajada, que había atendido al general, efectúa con presteza el embalsamamiento del cadáver por un método que impide en absoluto una investigación visceral posterior. De este modo no hay manera de encontrar un indicio criminal, y faltando este indicio no se puede personalizar al autor material del hecho. Nadie ve nada. Ni se sospecha ni se investiga».
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FECHA: 26/6/1878. A las 12.15 del mediodía falleció la reina María de las Mercedes de Orleáns y Borbón, esposa de Alfonso XII, a causa de “una fiebre gástrica nerviosa“.
LUGAR: MADRID. El Palacio Real se vistió de luto tras la muerte de la reina más efímera desde la época de los Reyes Católicos: sólo 154 días de reinado.
ANÉCDOTA: “Mercedes apareció ante mis ojos como la imagen perfecta de la felicidad y la virtud“, escribió el rey Alfonso XII, embelesado, tras visitar a su futura esposa.
¿POR QUÉ SE MINTIÓ SOBRE LA MUERTE DE LA REINA MERCEDES
