Esta última semana de mayo, en una tienda de París especializada en artículos de montañismo, me he comprado una cama de camping, un saco de dormir y una linterna.
Al día siguiente facturé mi equipaje, bastante pesado, aun habiendo tomado ciertas previsiones, para que fuera cargado en el vientre de un avión que despegó mucho antes del amanecer. Unas horas más tarde instalaba mi equipo de alpinista sobre el frío pavimento del Museo de la Acrópolis de Atenas, donde pasé una noche de luna menguante completamente sola.
«Es que es algo inaudito, una cosa que no se ha visto nunca», me han repetido decenas de veces los guardias mientras, con dificultad, intentaba montar las patas de aluminio de mi catrecillo: en toda la historia no ha habido nadie que haya pasado la noche en el Museo de la Acrópolis.
Estos griegos ahí, estupefactos, me decía a mí misma, no saben que mi incredulidad es mayor que la suya.
Mejor dicho, estoy patidifusa, encuentro verdaderamente surrealista y casi espantoso no ya que, al cabo de casi un año de peroratas con mi editor, el director del museo más importante de Atenas, el epicentro cultural de nuestra civilización, como suele decirse, haya autorizado por fin, totalmente agotado, una aventura literaria tan excepcional.
No. Lo que me escandaliza es el hecho de que entre tantas personas, entre todos aquellos que durante los últimos dos mil quinientos años se han visto seducidos por la Grecia eterna, esta oportunidad me la hayan concedido precisamente a mí.
Desde que tengo memoria, no he pasado nunca ni una sola noche fuera de una cama propiamente dicha.
Nunca he montado precarias tiendas de campaña ni nunca me he metido, como una momia, en un saco de dormir que huele a plástico y a sudor.
Mi cuerpo, mimado e ignorante, no conoce el contacto con la tierra desnuda ni sabe reconocer la vibración de los pasos ajenos, como la ondulación viscosa de una serpiente.
Poco antes del atardecer, con mucho cuidado y con esa manía que tengo de controlarlo todo, he colocado junto al aparato de climatización de la sala, que esta noche se convertirá en mi mesilla, los pocos objetos personales que he traído conmigo: un plátano, una botella de agua, un cuaderno de notas y un cepillo de dientes.
La vida sabe resultar desconcertante a veces: ¿quién me habría dicho que mi primera experiencia de acampada iba a ser una noche a solas en el Museo de la Acrópolis de Atenas?
«Debe de ser una actriz», comenta un guardián, que justamente no se explica por qué me encuentro aquí esta noche.
Lo que me extraña no es la asociación mecánica de la fama mediática con el honor, la visibilidad como moneda capaz de abrir todas las puertas, incluidas las del Museo de la Acrópolis, una noche de finales de la primavera.
Antes bien, lo que me extraña es el reconocimiento íntimo de que, en el fondo, el guardián tiene razón: si estoy aquí es porque he sabido hacer bien mi papel.
«Héroïne grecque», decía el titular de Le Monde cuando fue publicado en Francia mi primer libro dedicado al griego antiguo. Esta noche, ante mi incapacidad de articular una sola frase que tenga sentido completo en griego moderno, los guardianes del Museo de la Acrópolis extrañamente no han sospechado nada, y han pasado enseguida a hablarme en inglés.
Menuda heroína —pienso ahora, mientras mascullo cualquier banalidad en inglés, la koiné contemporánea—, una que en apariencia está llamada a defender contra la barbarie un mundo cuya lengua no conoce.
De esta afasia mía en griego me he avergonzado desde mi primer día de presunta filhelena. De esta y de mil lagunas más que tengo; de esta y otras mil imperfecciones mías.
Esta noche, la frontera entre heroína y mentirosa me parece delgadísima.
Las instrucciones han sido rápidas; las prohibiciones, pocas. Excepto vandalizar los mármoles esculpidos por Fidias o robarlos para revenderlos, esta noche puedo hacer de todo o casi de todo.
Desde la asistente del director del museo y la responsable del Centre Culturel Hellénique de París que me recibieron a la entrada hasta los guardianes sonrientes, todos han sido enormemente cordiales y amables. Nadie se ha atrevido a hacerme advertencia alguna, ni mucho menos a dudar de mi buena fe y de mi conducta irreprensible.
Con gestos elegantes, como en los restaurantes de lujo, me han enseñado el cuarto de baño a la salida de la sala, del que podré disponer a mi antojo. Con una delicadeza totalmente mediterránea, los responsables del museo se han asegurado de que ya hubiera cenado, ofreciéndose en cualquier caso a traerme algo de comer si me entrara hambre durante la noche.
Temía que me registraran, como ocurre en las fronteras de algunos países cuando el mundo deja de ser Europa, pero lo cierto es que nadie se ha tomado la molestia de comprobar lo que llevaba en el bolso ni de que ese paralelepípedo tan pesado de tela azul contuviera efectivamente una cama de camping y no un hacha o un kalashnikov.
No sé ni siquiera si habrá una alarma. Me figuro que sí. De todos modos, no tengo intención de tocar nada; antes bien, pienso tener mucho cuidado y mantendré cierta distancia entre los mármoles y yo, para evitar cualquier tipo de incidente. En mi torpeza podría tropezar, caerme y arrastrar conmigo estas piedras eternas hasta el círculo infernal de los mortales condenados al olvido, como yo.
O, por el contrario, podrían ser ellos, los testigos de mármol, los que desenmascararan mi impostura.
Y los que se vengaran.
Cuando el último guardián nocturno se va a controlar el piso de abajo, dejándome por fin sola delante de los frisos y las metopas encargados por Pericles, las manos me pican de ganas de sacar de mi bolso de flores el único libro que he decidido traer conmigo esta noche. Y que, si lo descubren, me empujaría a matarme de remordimiento.
Conmigo no están Homero ni Platón, como cabría prever de mi papel de impecable filhelena.
Por el contrario, el único libro que he tenido ganas de traer para dormirme frente a lo poco que queda en Atenas de los mármoles del Partenón es la biografía de lord Elgin.
Qué máquina tan extraña es el ser humano. Le dan pan, agua, a veces vino, y de ese carburante extrae lágrimas, risas, sueños.
A menudo también mentiras.
En ese paraíso perdido y totalmente imaginario que para nosotros, los europeos occidentales, es la Grecia clásica, no existe nada más antiguo que la Acrópolis de Atenas. Sin embargo, yo soy más vieja que este museo en el que me dispongo a pasar la noche acostada en una cama de camping.
Cuando entro, el Museo de la Acrópolis está a punto de festejar su décimo tercer aniversario. Es un museo niño, adolescente apenas, pero para construirlo se han necesitado más de cuarenta años. El primer concurso público data de 1976. El edificio, moderno e inmenso, no fue inaugurado hasta 2009, con diseño del arquitecto suizo Bernard Tschumi y del griego Michalis Photiadis, después de años y años de trabajo y de proyectos desechados porque en Atenas el pasado aflora del subsuelo como si fuera lava en forma de restos arqueológicos.
Debe de ser este uno de los motivos por los que siempre me ha parecido vislumbrar en los ojos de los griegos un velo de melancolía: son un pueblo que tiene prohibido olvidar.
Como Sísifo, están obligados desde hace milenios a recordar.
Solo que la piedra que con tanto sudor deben mover no se dirige a la cima de una montaña, sino que surge eternamente de ella.
Dionysíou Areopagitou 15, por Dioniso Areopagita, el santo patrono de Atenas: tal es la dirección exacta del Museo de la Acrópolis, si esta noche me llegara algún correo. En el caso de que la remitente fuera yo, ya me he fijado en un buzón situado justo al lado de la entrada. Ha reforzado mi confianza en el mundo, como esos buzones para el correo que hay delante de las puertas correderas de los aeropuertos, monolitos de hierro rojo, levantados en tiempos de Maricastaña y olvidados junto a las modernas máquinas para empaquetar las maletas con celofán.
Pienso en quienes, después de haber visitado el Museo de la Acrópolis y haber comprado en la tienda de souvenirs de la planta baja una postal con la efigie de las Cariátides o del Moscóforo, de repente son presa de la urgencia de enviarla sin poder aguantarse ni siquiera el tiempo necesario para encontrar una oficina de correos. Como si toda la vida equivaliera al valor de un único sello pegado con la lengua.
Conozco esa sensación de premura irresistible. Fuera de este museo tengo a alguien a quien escribo desde hace años una postal todas las semanas.
Por eso esta noche, antes de llegar aquí, he comprado una.
Porque la cuestión no es tanto proteger el pasado. La cuestión es cómo salvar del futuro el momento presente.
La cita con la asistente del director del museo había sido fijada para las ocho, poco antes del atardecer. He venido a pie; mi hotel no está muy lejos, se encuentra en el caleidoscopio turístico blanco y azul de Plaka. Su nombre, Hotel Byron, me pareció una especie de señal, un presagio de la historia que deseo contar, casi lo mismo que la ausencia del título de «lord» referido al poeta inglés, padre del filhelenismo, como si de ese modo se quisiera subrayar la categoría bastante modesta del hotel.
Sonriente, Anna me esperaba a la entrada, en lo alto de la escalinata que, descendiendo como una cávea, conduce al yacimiento arqueológico situado al pie del museo, que por ese motivo se levanta sobre unas pilastras enormes. En alguna parte he leído que se adentran como colmillos de cemento armado en el sustrato rocoso del terreno de Atenas, protegiendo todo lo que queda de la Acrópolis de los terremotos incluso de magnitud diez en la escala de Richter.
Estas precauciones de orden geológico son indudablemente obligatorias, pero no estoy muy segura de que la amenaza más grave para el mundo clásico provenga un día de la tierra misma que lo ha producido; más bien me temo que sea la incuria de los hombres y de las mujeres que han heredado ese mundo clásico lo que no tardará en provocar el terremoto definitivo que convierta en escombros los restos de la Grecia antigua.
Habremos destruido así tantas cosas que las ruinas seremos nosotros mismos.
Las presentaciones han sido rápidas, como si tuviéramos prisa para una cita con una noche distinta de todas las demás y por ello destinada a pasar más deprisa.
Ni siquiera me han pedido el pasaporte. Ni un documento, ni una foto que demuestre que esta carita pálida que llevo encima es la mía.
Si se hubiera presentado otra en mi lugar afirmando que llevaba mi nombre, habría dado lo mismo.
En el fondo la única protagonista de esta noche, como de todas las noches de Atenas, es la Acrópolis. Lo mismo que todos los mortales que, minúsculos y turulatos, han caminado a sus pies levantando la vista, yo soy solo una comparsa destinada a desaparecer.
Se fían de mí, estos griegos. Lo han hecho desde el primer momento, desde mi primer libro. Nunca han hecho preguntas.
Y habrían debido hacerlas.
Ya sabemos todos cómo fueron las cosas la última vez que un extranjero se presentó con una gran sonrisa y buenas intenciones delante del Partenón.
Se lo llevó. Se lo llevó a Londres.
Para revenderlo.
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