Diez ideas falsas sobre la Edad Media

Martin Aurell
Martin Aurell

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

 

Por la pequeña pantalla pasan las imágenes de la derrota del ejército regular de Afganistán y sus aliados. Los caminos son polvorientos y el paisaje árido, como cabe esperar en un país arrasado por la guerra desde hace muchos años. Con voz monótona, el periodista menciona las atrocidades cometidas por los talibanes. Habla de las escuelas reemplazadas por madrasas, donde los barbudos fanáticos imponen a los chicos el aprendizaje del Corán de memoria. Se pisotean las libertades más elementales. La condición femenina se deteriora: exclusión del trabajo, matrimonio forzoso, velo integral, maltrato… Y de repente surge la falacia: «¡Es la vuelta a la Edad Media!». Aunque profundamente disgustado, el historiador medievalista no apaga el televisor. Admira los peligros que corren los periodistas en un terreno hostil y la agudeza de la mayoría de sus análisis. También sabe que, a fuerza de repetirla, la cantilena sobre la Edad Media oscurantista se ha vuelto tan manida que el público desconoce su verdadero sentido. De modo que toma la decisión de criticar el tópico.

 

 

«MEDIEVAL», EL ADJETIVO MAL EMPLEADO

 

Para muchos de nuestros contemporáneos la Edad Media es el peor periodo de la historia europea. En sus labios la palabra «medieval» suele tener un significado muy peyorativo, pocas veces neutro, compendio de las aberraciones más retrógradas. Todas las ignorancias, los fanatismos, las opresiones y las misoginias se condensan en él.

La propia expresión «Edad Media» es peyorativa desde su invención. La usa por primera vez san Buenaventura (c. 1220-1274), teólogo y ministro general de los franciscanos. En su orden, la pobreza es la virtud primordial. Buenaventura señala que esta ha quedado relegada en el «tiempo medio» o «intermedio» que le ha tocado vivir, entre la época austera de Cristo y los apóstoles, por un lado, y por otro una época muy próxima en la que, gracias a los religiosos mendicantes y en especial a los franciscanos, que viven austeramente en la ciudad, se restablecerá la pobreza de la Iglesia primitiva.[1] La palabra «medio», que solo sirve para unir dos periodos, devalúa para siempre el milenio entre los siglos V y XV, pues implica las nociones de «mediocre», «transitorio» o «sin envergadura».

Un siglo después el poeta Petrarca (1304-1374) retoma la expresión «tiempo medio» para designar otro paréntesis igual de negativo.[2] Critica la decadencia de las letras desde la Antigüedad grecolatina, a la espera de tiempos mejores. La melancolía de este toscano desterrado en Aviñón, donde a la sazón residían el papa y la curia, hundía sus raíces en un patriotismo que lamentaba la grandeza pasada de la Roma imperial y pontifical, y lo incitaba a quejarse de la «Edad Media» de incultura que veía a su alrededor.

En los siglos XV y XVI los humanistas italianos y alemanes hicieron suyo este ritmo ternario de la historia inventado por la autoflagelación de algunos medievales: plenitud antigua, decadencia del «tiempo intermedio» y Renacimiento en marcha.[3] Con arrogancia, pretendieron estar creando un mundo que dejara atrás la edad «mediocre» de sus antepasados. Se les unieron los protestantes, que preconizaban una vuelta a las fuentes vivificantes del cristianismo, pervertidas, según ellos, por la Edad Media; pero también por los defensores de la Contrarreforma católica, que trataban de purificar la Iglesia de su corrupción anterior.

En el siglo XVII la erudición se apoderó de la expresión «Edad Media» y su adjetivo «medieval» sin connotarla necesariamente de forma negativa. Por ejemplo, en 1678 Charles du Fresne du Cange publicó su Glossarium mediae et infimae latinitatis (Glosario del latín medio y más bajo), con las palabras del latín medieval. Aún hoy este diccionario sigue siendo una mina de valiosas informaciones. Pero el mundo de los eruditos, apasionados por el periodo, no era el de los filósofos de la Ilustración, que se hacían eco de los humanistas para identificar la Edad Media con las tinieblas. Aunque en el siglo XIX el romanticismo puso de moda este periodo, no consiguió borrar todos los prejuicios sobre él, los mismos que los medios nos repiten hoy machaconamente.

 

 

POR UNA EDAD MEDIA CON TODOS SUS MATICES

 

Un primer error es pensar que la Edad Media es uniforme. El largo milenio que abarca es de los más heteróclitos. El siglo V de la caída del Imperio romano de Occidente, el siglo XIII del florecimiento urbano y el siglo XV de los grandes descubrimientos marítimos tienen poco en común (véase el recuadro de la página 18). Pero siempre hay detractores que denigran todo el periodo en bloque. Las raíces de estos ataques son profundas, porque se hunden hasta los propios intelectuales de los siglos XIII y XIV, cuya autocrítica fue desviada de su intención primitiva por los modernos.

La denigración se amplificó en el Renacimiento y aún más en la época de la Ilustración. Los pensadores del siglo XVIII usaron el periodo medieval como un espantajo que les confirmaba, por contraste, la justeza de sus ideas. Bajo su pluma o en sus conversaciones de salón aparece como un compendio de todas las injusticias, opresiones y fanatismos. Debidamente deformada y rebajada, la Edad Media se convierte en el revulsivo ideal que, gracias a una comparación muy injusta, pone en evidencia su supuesta genialidad.

Entre las falacias que Voltaire despliega para sustentar la ideología de la ruptura, supuestamente radical, de la Ilustración con la tradición, está la firme creencia de los medievales en una tierra plana, más tarde desmentida por los grandes astrónomos y navegantes del siglo XVI —Copérnico y Galileo, Magallanes y Colón—. Sintiéndolo mucho por los ilustrados, la redondez del mundo era bien conocida desde la Antigüedad, y los maestros y enciclopedistas medievales conservaron esta idea hasta el Renacimiento.[4] Igual de despectiva era la afirmación de los pensadores de peluca empolvada sobre la colusión entre el trono y el altar, entre la realeza y el catolicismo, en detrimento del pueblo.[5] Estos sabios de salón, tan valientes para criticar a los medievales, bien habrían podido plantar cara a los «déspotas ilustrados» (según el oxímoron consagrado), a quienes prestaban su pluma de forma servil.

A finales del siglo XVIII la percepción oscura del Medioevo suscitada por los pensadores de la Ilustración se difundió gracias a la ficción. En 1764 Horace Walpole publicó El castillo de Otranto. Una historia gótica, primera novela «gótica», por alusión a la Edad Media, que empieza con la invasión de los «godos bárbaros». Con el trasfondo de una pasión amorosa por una mujer inalcanzable, este género literario combina lo macabro con lo fantástico. El terror es omnipresente en los castillos llenos de fantasmas, monstruos y autómatas. En estos edificios lúgubres las trampas llevan a mazmorras, las puertas se cierran solas con chirridos espantosos, las arañas tejen telas enormes y los retratos de antepasados siniestros se mueven solos. En una línea parecida, a finales de los años setenta del pasado siglo una moda gótica sucedió al punk. Al ritmo del heavy metal, la palidez, los labios violetas, las uñas rojo sangre y los ojos exageradamente maquillados dan aspecto de fantasma escapado de un castillo «medieval».

Dos siglos antes de la aparición de la moda gótica, la Revolución francesa se propuso abolir el «feudalismo», palabra carente de sentido porque no guarda ninguna relación aparente con el «feudo» del que deriva, que el señor entrega a su vasallo, un noble como él. A mediados del siglo XIX Jules Michelet, uno de los historiadores más influyentes, declaró: «Mi enemiga la Edad Media (yo que soy hijo de la revolución y la llevo en el corazón)». En efecto, despreciaba «el talante estrafalario y monstruoso, prodigiosamente artificial, propio de la Edad Media».[6] Sería ocioso citar a todos los autores que han perpetuado, después de él, estas ideas preconcebidas. Todavía hace unos veinte años un brillante ensayista titulaba La nueva Edad Media un libro en el que denunciaba la violencia, el desorden, los separatismos, la corrupción, las mafias, el tribalismo y la superstición fomentados por el hundimiento de la Unión Soviética.[7]

De forma paradójica, hay extremistas que reivindican una Edad Media violenta y recuperan a contrario sensu las imprecaciones de los pensadores del Renacimiento, los filósofos de la Ilustración y sus émulos actuales. En 2019 el asesino en masa de las dos mezquitas de Christchurch (Nueva Zelanda) escribió con letras cirílicas en su fusil automático los nombres de Pelayo, que según la leyenda detuvo el avance de los moros en Covadonga (722), Carlos Martel, a quien se atribuye la misma hazaña en Poitiers (732), y Miloš Obilić, quien mató al sultán turco en Kosovo Polje (1389). La islamofobia pretendía en este caso oponerse al avance del Estado Islámico. En el otro extremo del espectro ideológico, en 2014, en Mosul (Irak) surgió la añoranza de una Edad Media fantaseada: con la proclamación del califato, Al Bagdadi aspiraba a una vuelta al islam primitivo, tiempo heroico en el que supuestamente predominaron el compromiso religioso, el ardor en el combate y la austeridad de los nómadas del desierto.[8] Estos turbulentos regresos al Medioevo mitifican sus supuestos valores guerreros y viriles. Con su perversidad, la pasión de los terroristas por este periodo solo sirve para ensuciarla en la imaginación colectiva.

El historiador no es moralista. No le corresponde juzgar la época que estudia, y para él la Edad Media no es mejor ni peor que cualquier otra. Es un objeto de estudio y reflexión que debe abordar, si no con distanciamiento, sí al menos con matices. El peor enemigo del método histórico es el anacronismo, que consiste en trasplantar nuestros valores contemporáneos a un pasado tan «otro».

¿Tender a la objetividad impide la pasión? A fuerza de trabajar con su periodo, el medievalista acaba familiarizándose con los hombres y las mujeres que vivieron en los siglos V-XV. También aprende a quererlos. En las páginas que siguen, el tono un tanto polémico de su alegato obedece al entusiasmo generado por largos años de estudio dedicados a un milenio decisivo de nuestro pasado.

El historiador se viste aquí la toga del abogado para rechazar diez acusaciones que lanzan tan a menudo nuestros contemporáneos contra su época predilecta. Así espera borrar el ataque al honor de la Edad Media, su cliente, y devolverle el reconocimiento, el respeto y la admiración que merece.

 

 

UNA EDAD MEDIA PLURAL

 

No hay una sola, sino varias Edades Medias, que abarcan un largo milenio nada homogéneo, desde el siglo V hasta el XV. Los medievalistas, a su vez, la dividen en tres grandes épocas: Alta Edad Media, Plena Edad Media y Baja Edad Media. El primer periodo se extiende desde la caída del Imperio romano de Occidente, en 476, hasta el año mil. El adjetivo «Alta» es extraño, porque, en una excavación arqueológica, los estratos más viejos son los inferiores y hay que buscarlos debajo de los otros. En realidad, esta palabra es un germanismo derivado de alt, «antiguo».

El «principio» de la Edad Media suele situarse en el derrocamiento del último emperador romano, Rómulo Augústulo, cuyo nombre recuerda al del fundador de la Ciudad Eterna. La fecha de 476 es sobre todo simbólica, porque el Imperio de Occidente había dejado de estar pacificado y unificado hacía varias décadas; los pueblos germánicos se adentraban en él, como los visigodos en 410 y los vándalos en 455, cuando saquearon su capital. Los romanos los consideraban bá

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