Prólogo
En los últimos años, el nombre de Carlos Barea (Granada, 1987) ha despuntado como uno de los referentes ineludibles del panorama cultural y artístico en nuestro país. Desde un inquebrantable compromiso con las memorias y el presente de las personas LGTBIQ+, Barea atesora ya una admirable obra en la que confluyen la pulsión creativa, el activismo, la docencia y la divulgación. Si el carácter de una persona es su destino —según el pensamiento de Heráclito de Éfeso que aparece en este libro en la refección poética de Luis Cernuda—, la bondad de Barea es la brújula que orienta toda su actividad. En efecto, los que contamos con la fortuna de su trato sabemos que Carlos es alguien decididamente «bueno» en el sentido machadiano del término. Y me permito esta nota personal porque comprendo que en nuestra época el ejercicio de la bondad es una decisión valiente. Ahora que el matonismo y la chulería han llegado a los parlamentos y a los despachos presidenciales, ahora que imperan la insolidaridad y el narcisismo más individualista, ahora que se cuestionan sin escrúpulo las libertades y derechos conquistados en las últimas décadas, debemos apreciar y celebrar a las mujeres y a los hombres que persisten en el lado de lo común.
Nuestro autor ha consagrado gran parte de vida y de su obra al estudio, recuperación y reivindicación de una genealogía LGTBIQ+ y lo ha hecho con libertad y entusiasmo infatigables. Ha escrito, dirigido y participado en obras sobre Pepe Espaliú, Ocaña, Eloy de la Iglesia, Lola Flores, John Waters o Gloria Fuertes. Su mirada no se ha detenido ante taxonomías caducadas o prejuicios estériles, sino que se ha adentrado en manifestaciones artísticas a menudo denostadas para descubrirnos, aun en sus contradicciones, gestos transcendentales de resistencia y de visibilidad.
En Rebeldes del deseo, Barea prosigue esta labor de recuperación y nos entrega veinte retratos vibrantes de artistas gais, lesbianas y bisexuales del siglo XX. En efecto, esta obra forma parte de la reivindicación de una genealogía hasta ahora silenciada, ocultada, dispersada o velada por los eufemismos. El silencio y el olvido son formas de seguir ejerciendo violencia sobre vidas ya concluidas; la presencia de Federico García Lorca, cuyo cuerpo sigue desaparecido tras su asesinato, en la cubierta nos lo recuerda, aunque por la profusión de estudios sobre su vida no sea uno de los artistas seleccionados. Este libro se alza, humilde pero decidido, frente a esa maquinaria de la invisibilización.
Los que vivimos adolescencias LGTBIQ+ —sin que tuvieran entonces esas siglas ni ningún otro nombre— todavía sentimos la soledad de aquellos años fundacionales. Nuestra existencia, en el mejor de los casos, contaba con la complicidad y amor de nuestras familias y de algunas amistades, pero el silencio, la vergüenza, el desprecio y la burla eran la norma en la esfera pública. Casi siempre las ficciones mostraban el triste destino de quienes entre nosotros se atrevían a «decir la verdad de sí mismos». Con todo y pese a todo, aprendimos a leer en el interlineado y a sondear la ambigüedad, a reconocer los indicios, las huellas, la supervivencia de nuestros «semejantes», a buscar en el pasado los nombres de las mujeres y de los hombres que nos precedieron para encontrar también ejemplos de dignidad y de alegría. Y lo hicimos no solo porque todos ansiamos referentes y necesitamos pertenecer a comunidades reales y simbólicas sino porque es nuestra tarea devolver a aquellas existencias algo de su dignidad arrebatada con el recuerdo de los tormentos que atravesaron, pero también con la celebración de su resistencia y de las obras que su talento nos entregó.
La veintena de biografías que componen Rebeldes del deseo conforman una reivindicación luminosa de nuestras propias vidas, porque las mujeres y hombres que integran este álbum nos miran desde el siglo XX para recordarnos que, aun separados por las décadas, son nuestros semejantes, nuestros familiares, nuestros amigos; son nosotros antes de nosotros. Ojalá haber contado con un libro así en mi adolescencia. Siento, no obstante, la alegría de saber que los jóvenes de ahora sí podrán acudir a sus páginas para descubrir y descubrirse, pare reconocer en esas vocaciones la propia, y, ante todo, para saber que formar parte de una comunidad valiosa que ha contribuido decisivamente a los logros culturales de la Humanidad.
Uno de los muchos aciertos de este libro es situar el deseo como núcleo de la disidencia, con independencia de los nombres, formas o instituciones que puedan contenerlo después. En su lúcido ensayo Butes, Pascal Quignard nos recuerda que, en su étimo, los disidentes son aquellos que se atreven a levantarse del asiento común para seguir el deseo propio. Creo que uno de los párrafos de este ensayo describe con exactitud la voluntad de Carlos Barea con este libro:
Hay que abrir un instante la puerta de un libro a estos héroes de la vida legendaria o a estos fantasmas de la vida histórica que han sido abandonados, bien porque sus ejemplos eran contarios a la reproducción social, bien porque sus proezas despreciaban las elecciones estéticas más populares, bien porque su determinación contravenía los mandamientos religiosos que reúnen a las naciones en el vínculo poderoso de la guerra. Hay que dejar una silla vacía para los que han sido injustamente condenados al ostracismo.
En sintonía con esta idea, Carlos Barea ha dispuesto veinte sillas para veinte rebeldes del deseo, ampliando la nómina con coprotagonistas excepcionales como Álvaro Retana, Vicente Aleixandre, el ya citado Federico García Lorca, Sergei Diáguilev, Pepe Ocaña, Nazario Luque, Ralf König, Robert Mapplethorpe, Gloria Fuertes, Ventura Pons, Pedro Almodóvar, Alaska, etc. Entre los veinte seleccionados, algunos nombres son conocidos por el gran público; otros, como los de Victorina Durán o Pepito Zamora, constituirán un gran descubrimiento. En cualquier caso, Barea sabe y declara la subjetividad de la selección. No quiero adelantar aquí los criterios que el propio autor declarará en las páginas que siguen. Todos atesoramos devocionarios, altares y mitomanías. Considero que lo más pertinente es descubrir los nombres compartidos, los inesperados y también comprender aquellos que nos resultan más ajenos.
Es admirable la capacidad de síntesis de Barea para contener cada vida en unas pocas páginas. Nuestro autor ha sabido seleccionar los rasgos, gestos y acciones significantes de cada protagonista —los biografemas, en el neologismo de Barthes— para abrir una puerta de entrada a esas existencias. Nos corresponde a nosotros cruzarla.
En griego clásico, un mártir es el testigo de un acontecimiento excepcional; muchas veces su propio cuerpo es el testimonio de esa herida. Este libro nos presenta, en sus cinco secciones, veinte testimonios de una batalla siempre inacabada por el respeto y la dignidad. Son nombres seleccionados entre las filas de la creación artística del siglo XX. Tienen el raro privilegio de alumbrar las innumerables vidas anónimas que se reconocieron en sus poemas, canciones, películas, cuadros, etc. Quisiera asimismo que este libro llegara también a las personas que no forman parte del «colectivo»: no sólo porque las vidas aquí contenidas son apasionantes y valiosas sino porque su destino nos atañe a todos. Más allá de su condición histórica y de referentes, se alza la humanidad de los protagonistas de Rebeldes del deseo; a todos, con independencia de nuestras biografías, nos interpelan estas vidas que dan testimonio de nuestra condición humana.
Hay, sí, silencios y dolor en estos perfiles; también alegría, placeres y luminosas victorias entre las filas de estos rebeldes. Los más valientes pusieron el cuerpo para defender su dignidad y sufrieron la cárcel, el exilio, las violencias físicas y simbólicas. Gracias a su valentía, en algunos lugares del mundo se dieron pasos fundamentales para que pudiéramos vivir con mayor igualdad. Hemos aprendido que esos derechos conquistados son frágiles y que cualquier crisis —económica, de salud, de seguridad— es el pretexto para cuestionarlos y arrebatarlos.
La memoria es siempre una lectura ética y responsable de la Historia porque nos señala cuántos de nuestros derechos y de nuestras heridas nacen de la pervivencia de hechos pasados. El pasado, en efecto, es lo único que podemos mirar de frente. Si lo hacemos con cuidado y atención, quizá el futuro no nos sorprenda tan desarmados. La memoria es, en efecto, un lugar en el que permanecer vigilantes ante las nuevas andanadas del odio; se trata entonces de una cuestión de futuro. Este libro, por tanto, no sólo habla de nuestro pasado sino de la disputa presente por nuestros futuros.
Como bien indica el propio autor en su introducción, el libro que hoy nos ocupa hubiera sido imposible hace unas décadas. No ignoramos que hoy, en 2025, éste será un libro sospechoso y hasta amenazado en algunos despachos, instituciones y grupos. No obstante, la veintena de vidas que salvaguardan sus páginas son el ejemplo vivo de nuestra resistencia. Nos toca, como siempre, perseguir nuestra dignidad y nuestra alegría porque tal como indica Carlos: «Si hay algo claro en todo esto es que estuvimos, estamos y estaremos».
ALBERTO CONEJERO
Dramaturgo y poeta
Nota del autor
Antes de iniciar la lectura de Rebeldes del deseo, querido lector, considero necesario hacer un par de puntualizaciones con respecto a su contenido.
En primer lugar, es de recibo aclarar el motivo por el que en esta obra no aparecen personas trans, algo que ya queda en evidencia desde el propio subtítulo del libro. Esta ha sido una cuestión que he ido cavilando a lo largo del proceso de escritura y que, como tantas cosas en esta vida, nunca sabré a ciencia cierta si la decisión tomada ha sido la acertada. En este caso concreto, y tras meditarlo mucho, la razón de no incluir a personas trans viene dada por la existencia de otra obra que ya ha presentado a un magnífico elenco de artistas no cisexuales que se dedicaron al mundo del arte, el espectáculo en su mayoría, en el siglo XX. Incidir en estos nombres, que tan bien ha tratado Valeria Vegas en su Libérate. La cultura LGTBQ que abrió camino en España (Dos Bigotes, 2020), me resultaba un tanto redundante y, a mi parecer, poco aportaba a esta obra si ya había otras fuentes recientes a las que acudir. Desgraciadamente, me ha sido imposible encontrar ejemplos de otras personas trans en el mundo artístico español del siglo XX fuera del cine o los escenarios que encajara en el espíritu del libro y que ya Valeria no hubiera recogido. Eso sí, otro gallo nos hubiera cantado si me hubiera adentrado en el siglo XXI, ya que, por suerte, la presencia de personas trans en diferentes campos artísticos ha ido creciendo de forma exponencial.
En segundo lugar, también me gustaría aclarar que he optado por no usar el término «LGTBIQ+», así como todas sus variantes. A mi parecer, referirse a personajes del siglo XX con esta etiqueta resulta anacrónico, ya que es una denominación que surge en los años noventa. Además, su uso se me antoja un tanto injusto cuando hay, como acabo de señalar, una ausencia de la letra T en esta obra. Estoy seguro de que a lo largo del libro aparecerán otros anacronismos, pero este es el más grande que pretendía evitar.
Por último, querría subrayar que mi pretensión con este libro no ha sido otra que la de darle un lugar a una serie de artistas que tuvieron que esconderse debido a su disidencia sexual o, por el contrario, arriesgarse a sufrir las consecuencias de vivirla en libertad. Todo ello sin ningún tipo de sesgo deliberado, más allá de la propia selección de los nombres propios, que ha sido un duro trabajo. Quizá es importante aclarar esto cuando nos estamos encontrando, cada vez más a menudo, ataques hacia nuestras hermanas trans y no binarias que se salvaguardan bajo el paraguas de la etiqueta queer o el + de nuestras siglas y a las que constantemente intentan expulsar de unos y otros espacios.
Así que ojalá, querido/a/e lector/a/e, consideres este libro lo más parecido a un espacio seguro. Con todas sus imperfecciones, opiniones y valoraciones subjetivas. Con quizá alguna que otra metedura de pata, aseveraciones inconscientes o juicios de valor. Ya se sabe que oprimir a través del lenguaje es tan fácil que muchas veces lo hacemos sin tan siquiera darnos cuenta, incluso los que pretendemos tener el máximo cuidado con ello. Eso sí, quiero que quede claro que todo lo que viene a continuación tiene la mejor de las intenciones y su único fin es el de honrar a los artistas que aquí aparecen, así como a un colectivo, al cual pertenezco, que ha tenido que ingeniárselas de mil millones de formas para mantenerse presente en la historia. Todo lo que se escape de ahí es, simple y llanamente, producto del espíritu errático de este que aquí escribe. Espero que, por favor, sepáis perdonármelo.
LA RAZA DE LOS MALDITOS
La obra que tienes entre las manos no hubiera podido ver la luz hace cincuenta años. Ni siquiera hace treinta. Incluso en la actualidad habrá algunas voces que se alcen contra ella o contra su contenido, algo que no es de extrañar, puesto que este libro trata precisamente de eso: de la imposibilidad de la existencia. O, mejor dicho, de los obstáculos que nos han puesto a las personas que habitamos los márgenes sociales para desarrollarnos de forma pública, para ser visibles, para gritar al mundo quienes realmente somos.
Decían que la homosexualidad era contagiosa, un mal que había que erradicar si no se quería contaminar al resto de las manzanas. Tanto era así que no se han escatimado esfuerzos para conseguirlo, desarrollando mecanismos que hicieran de pantalla para ocultarnos de los demás. Ejemplo de ello fue, sin ir más lejos, el cine español de la dictadura, que solo toleraba a los personajes homosexuales si eran asesinos, enfermos, psicópatas, acababan muertos o todo a la vez. Era como poner una cabeza cortada en la pica a la entrada de la aldea: «Esto es lo que te pasará si no sigues el camino marcado».
Pero esta práctica no solo se daba en países donde la dictadura y la represión eran la forma de gobierno habitual, sino también en estados presumiblemente avanzados. En Estados Unidos el código Hays, el sistema de autorregulación que determinó de lo que se podía hablar y de lo que no en el Hollywood de mediados del siglo XX, prohibía, entre otras cosas, la homosexualidad en las tramas argumentales. Esta decisión, más política que artística, tenía como único fin proteger el puritanismo americano de aquellos que pretendían destruir la familia. De esta manera, la invisibilidad por parte de uno de los estudios más importantes del mundo se convirtió en otra forma de opresión, además de un intento desesperado por crear un cortafuegos a la autodeterminación sexual.
Tiempo después, cuando la libertad llegó a nuestro país —aunque no de la misma forma para todos los sectores sociales—, la cosa no cambió demasiado. Y es que el personaje disidente sexual que se presentaba en el cine de la Transición era, si no enfermo, caricaturesco: el mariquita peluquero, el que hacía reír, el que se intentaba ligar al marido de las señoras o el que alardeaba de una excesiva pluma —que era, cómo no, motivo de risas y ridículo.
Por tanto, podemos comprobar que a lo largo de nuestras vidas nos han estado diciendo lo que no debíamos ser ni hacer bajo ningún concepto si no queríamos convertirnos en el hazmerreír de nuestros coetáneos. Y del mismo modo, nos mostraban, a través de los juegos de la ficción, lo que nos podría pasar si, contra viento y marea, decidíamos desafiar las leyes «naturales» para vivir nuestra identidad tal y como realmente la sentíamos.
De esta manera, no parece difícil aseverar que la cultura siempre ha sido una herramienta útil para reforzar el mensaje de odio o, cuando menos, rechazo hacia nuestras identidades. El cine, la literatura, el teatro o la pintura como creadores de imaginarios que condenaban la diversidad sexogenérica a las llamas del infierno, incluso desde nuestra más tierna infancia. Porque no olvidemos que los malos de Disney siempre presentaban amaneramiento o rasgos de homosexualidad —Jafar, Úrsula, Gastón o Scar son tan solo algunos ejemplos de esos antagonistas un tanto «especiales»—. Este fenómeno, que se ha venido a denominar queer coding, reforzaba, de forma inconsciente, la idea negativa de la homosexualidad, asociándola con villanos y/o personajes infelices.
Y cuando parecía que la cosa iba mejorando, tras arduos años de lucha por alcanzar la igualdad, la crisis del sida dio al traste con lo conseguido hasta el momento. De nuevo, los apestados, los enfermos, el peligro social. Los castigados por Dios. De hecho, no podemos olvidar que en su primera etapa el VIH/sida fue denominado «cáncer rosa» o «cáncer gay», ya que afectó, en su mayoría, a varones homosexuales. Por este motivo, Ronald Reagan, el presidente de Estados Unidos en los inicios de la pandemia, no fue capaz de pronunciar la palabra «sida» —aids en inglés— hasta varios años después del surgimiento de los primeros casos.
A raíz de esto, la representación cultural se volcó en visibilizar la enfermedad y en denunciar el abandono institucional y social al que se vieron sometidas las víctimas del sida. Por tanto, esta fue una de
