INTRODUCCIÓN
«Todos los caminos conducen a Roma». Se trata de un proverbio medieval: el primer testimonio que tenemos registrado se encuentra en las obras de un poeta francés, Alain de Lille. «Mil caminos conducen a los hombres por siempre a Roma», escribió, hace casi un milenio. Mille vie ducunt homines per secula Romam. Un siglo más tarde aparecería una versión inglesa en Chaucer: right as dyvers pathes leden dyvers folk the right wye to Rome [«del mismo modo que distintas sendas conducen a distintas gentes directamente a Roma»].[1] El proverbio tiene, naturalmente, un significado más amplio, pero para los antiguos romanos expresaba una verdad literal. En algún momento después de 20 a. e. v., el emperador Augusto inauguró en el Foro un monumento llamado el Miliario de Oro. Se trataba, según dice Plutarco, de una columna «hacia la que confluyen todos los caminos».[2] De un modo u otro, todos esos caminos, las vías o calzadas romanas, conducían a Roma.
El rey de esos caminos, por citar a otro autor antiguo, Estacio, era la Vía Apia, que conducía en dirección al sur y al este desde Roma hasta el puerto de Bríndisi, a orillas del Adriático, en el tacón de la bota que dibuja la península italiana.[3] Discurre actualmente entre ruinas gloriosas y famosos pinos, en medio de los restos de villas suburbanas y acueductos; sus pintorescos pavimentos se extienden sobre los pasillos de las catacumbas, sus nichos de memoria están llenos con los huesos de los muertos. Ante un telón de fondo de montañas, se distingue una vista de la ciudad; su colorido cambia según el tiempo que haga y oscila entre una bruma suave y un sol potente. Posee el tipo de belleza serena que cualquier viajero del Grand Tour habría dibujado o pintado. Reina aquí una luz especial, una neblina rosada que se disipa para revelar unas ruinas de ladrillo rojo, cuyas líneas interrumpen complicados dibujos, los secretos de su fabricación. A veces los árboles se mecen con la brisa y también sucede que los vientos dominantes les imponen una dirección permanente. Nunca hay mucha gente en los cuadros de este paisaje esencial, solo un viajero o dos, o un campesino trabajando su viña. Es un mundo de estratos, un palimpsesto de historia. Los viajeros han venido hasta aquí, caminando, a caballo o en vehículo, durante más de dos milenios. Y aquí estoy yo, tal vez piensen ustedes, con todos los que pisaron esta senda antes que yo, con sus huellas imaginadas sobre las losas. Hay fantasmas rondando en los bordes de estos caminos, en los monumentos y las tumbas. Ahí están los que se perdieron, los desaparecidos, los duendes de las encrucijadas. A lo largo del camino había altares dedicados a los que velaban por los viajeros: Hécate primero, san Cristóbal después. A pesar de la hermosura de la campiña romana, los caminos eran sitios peligrosos.
La Vía Apia tiene también una banda sonora. El poema sinfónico de Ottorino Respighi Pinos de Roma, escrito hace cien años, recuerda los árboles de los románticos entornos de Roma, desde los jardines de Villa Borghese hasta las catacumbas o la colina del Gianicolo. En su último movimiento, una legión triunfante marcha hacia la ciudad por la Vía Apia. En la novela de Robert Graves Claudio el dios y su esposa Mesalina, de 1934, se describe a este emperador de pie, en el exterior del templo de Júpiter Capitolino, señalando con el dedo hacia la Vía Apia. «¿Ves eso?», dice. «Eso es parte del máximo monumento que jamás se ha construido, y, aunque monarcas como Augusto y Tiberio lo han acrecentado y mantenido en buen estado, lo construyó un pueblo libre. Y no me cabe duda de que durará tanto tiempo como las pirámides, además de haber resultado infinitamente más útil para la humanidad». Y añade:
El Camino Romano es el mayor monumento que jamás se haya levantado a la libertad humana por un pueblo noble y generoso. Atraviesa montañas, ciénagas y ríos. Es ancho, recto y firme. Une ciudad con ciudad y nación con nación. Tiene decenas de miles de kilómetros de largo, y siempre está atestado de agradecidos viajeros.[4]
Varias décadas más tarde, cuando los personajes de la película de Monty Python La vida de Brian discutieran qué diablos habían hecho los romanos por nosotros, uno de los primeros lugares de la lista lo ocuparían las calzadas: «Bueno, sí, claro, los caminos […]. No hace falta ni mencionarlo». Muchos caminos, sin embargo, ni se mencionan. No son muy interesantes estéticamente. Son funcionales y profanos. Nos fijamos en los caminos cuando tienen problemas, por cualquier atasco o por algún accidente. Cuando el viaje es tranquilo no hace falta hacer referencia a ellos. (A lo largo de mis investigaciones me he fijado en que las palabras «camino» y «calzada» rara vez aparecen citadas en los índices analíticos). Sin embargo, durante siglos, las calzadas romanas han sido una fuente de fascinación.
Este libro trata de cómo surgió esa fascinación y de sus implicaciones en el pasado y en el presente. Aparte de sus evidentes usos prácticos, ¿por qué los caminos romanos han sido una presencia cultural tan persistente en tantos lugares de Europa? En parte, porque los propios romanos decidieron que así fuera. El Claudio de Graves tenía cierta razón cuando llamaba «monumentos» a los caminos: las piedras miliares situadas al borde de ellos mantienen todavía vivos los nombres de los patronos y emperadores que las pusieron mucho después de que los romanos desaparecieran. La longevidad de la red viaria es notable y sus asombrosas dimensiones expresan el poder de Roma a un nivel que ningún edificio aislado, por grandioso que sea, puede igualar. Recuerdo que de pequeña, entre partida y partida de veoveo, me fijé en aquellos caminos desde los pringosos asientos traseros del viejo Renault 12 de mis padres. Mientras recorríamos Inglaterra, cada vez que llegábamos a un tramo recto mi padre nos anunciaba que se trataba de una calzada romana. Había leído a los clásicos en Oxford y supongo que, como mínimo, eso es algo que te predispone a reconocer una via romana cuando pasas por ella. Una de esas vías se llamaba Watling Street, aunque más tarde me enteré de que se trataba de una ruta anterior a los romanos y de que estos se habían limitado a reformar un camino británico más antiguo. El nombre Watling Street no me sonaba muy romano, pero su carácter podía verificarse simplemente desplegando un mapa, memorizando el orden de los pliegues para luego cerrarlo debidamente y comprobando las letras mayúsculas en tipo Sans Serif que marcaban en las publicaciones del Ordnance Survey(1) cada ROMAN ROAD [«Calzada Romana»], a veces junto a su nombre propio. Esa tradición importaba mucho a los cartógrafos del Estado británico. Cuando Gran Bretaña conquistó su propio imperio, sus gobernantes intentaron cultivar algún tipo de vínculo con la antigua Roma y los caminos les proporcionaron la prueba física de esa relación.
Con el paso de los siglos, los caminos se han convertido en un modelo para más de un aspirante a gran potencia. Junto con las rutas fluviales y marítimas, la red original de calzadas permitió la existencia misma del Imperio romano y resultó esencial para su administración. El gobierno efectivo dependía de las comunicaciones. Tras sustituir las viejas sendas de tierra apisonada, las calzadas recubiertas con gravilla (o «empedradas») hicieron que viajar resultara una operación eficaz y fácil para los gobernadores y funcionarios romanos. Cambiando de caballo en cada casa de postas, los correos podían recorrer entre ochenta y cien kilómetros diarios. Marchando por una calzada empedrada, un ejército era capaz de avanzar cuarenta, incluso con mal tiempo. La distancia constituye un problema para la ejecución de una orden imperial si las tropas tardan un mes en llegar a un sitio, y del mismo modo saber que una fuerza imperial está solo a veinticuatro horas de distancia se convierte en un elemento disuasorio serio para unos potenciales rebeldes. Es evidente que «el mayor monumento que jamás se haya levantado a la libertad humana» del que habla Claudio necesita ciertos requisitos.
Resulta difícil determinar una cifra exacta de las dimensiones de la red viaria romana y todo ello depende de qué vías se computen. Parece que un cálculo bastante ajustado se situaría en torno a los cien mil kilómetros. Por supuesto, la red se extendía a lo largo y ancho de toda Europa, por Oriente Próximo y por todo el Mediterráneo, y tal vez tan importante como sus dimensiones exactas fuera la impresión que causaba a sus contemporáneos.[5 ]Junto con los acueductos y las cloacas, las calzadas fueron uno de los tres grandes rasgos del Imperio romano que, según Dionisio de Halicarnaso, historiador griego contemporáneo de Augusto, marcaron la extraordinaria «grandeza de su poder».[6] En los siglos VIII y VII a. e. v., los asirios llegaron a tener una importante red viaria, pero el precedente que resultaba más familiar para los romanos se encontraba en Persia y era el Camino Real construido en el siglo V a. e. v. por el rey Darío el Grande. Iba de Susa a Sardes y cruzaba una zona ocupada actualmente por Turquía, Irak e Irán.[7] También en China se llevaron a cabo grandes proyectos viarios en tiempos de la dinastía Han (desde ca. 200 a. e. v. hasta 200 e. v.), durante la cual probablemente se construyeron largos caminos rectilíneos. Sin embargo, no estaban pavimentados, por lo que quedan pocos testimonios arqueológicos que complementen las descripciones que se nos han conservado, según las cuales su anchura era quizá de unos cincuenta pies (15,2 metros), mucho mayor que la de las típicas calzadas romanas, que tenían entre ocho y dieciséis pies (2,4 y 4,8 metros) de ancho.[8]
El sistema romano sería más duradero que el de los Han. Iniciada en 312 a. e. v., la Vía Apia recorría en un principio las 132 millas romanas que la separaban de Capua, una colonia prerromana situada al norte de Nápoles, equivalentes a 196 kilómetros. (La milla romana tenía una longitud de 1.478 metros y sería por tanto un poco más corta que la actual milla británica, que tiene 1.609 metros). Los primeros noventa kilómetros de la Vía Apia, que llegaban hasta Terracina y tardaron entre cinco y seis años en construirse,[9] eran casi exactamente rectos. (El equivalente actual, la Strada Statale 7, sigue siéndolo). Como consecuencia de las ulteriores conquistas en el sur de Italia, alrededor de medio siglo después la Vía Apia sería ampliada y cruzaría la península desde Capua hasta Barletta, en la costa del Adriático, y continuaría hacia el sur a lo largo del litoral hasta Bríndisi, lo que haría que su longitud total llegara a las 385 millas romanas (569 kilómetros).[10] La Vía Apia es la primera de las calzadas romanas que lleva el nombre de su creador: a las anteriores carreteras romanas les habían dado el nombre de su destino o de la meta que perseguían. Apio Claudio, censor de Roma, es recordado como si fuera un rey macedonio.[11] Su sobrenombre, Caecus, el Ciego, indica que con el paso del tiempo perdió la vista y se cuenta la anécdota —aunque no está confirmada por las fuentes antiguas— de que él mismo comprobó la firmeza de su pavimento caminando descalzo sobre él.[12] Tanto si la noticia responde a la verdad como si no, este no fue su único proyecto de construcción de infraestructuras: también él fue el responsable de un acueducto, el Acueducto Apio o Aqua Appia. Sin embargo, tan significativa fue la iniciativa de su calzada que dio lugar a una de las primeras emisiones de moneda con el nombre del Estado romano —con el fin de sufragar su construcción—, mientras que Apio fue recompensado con una estatua en el Foro. El desarrollo de los caminos produjo un cambio en la mentalidad de los romanos: con ellos resultaba posible mover a las personas y las cosas con mayor celeridad y de nuevas formas. Las calzadas cambiaron la concepción del espacio y ampliaron los horizontes del Imperio. Poblaciones que en otro tiempo habían estado separadas ahora estaban conectadas. Una vez concluida, la Vía Apia consiguió que cualquiera que viajara a Roma desde el sur de Italia tuviera, antes de llegar a su destino, una idea de lo que era el poder de Roma.[13]
Incluso en aquellos primeros años, el simbolismo de los caminos fue importante para convertir en romanos los territorios recién conquistados,[14] y mucho después de que el Imperio hubiera desaparecido seguirían esculpidos en sus paisajes. A lo largo de miles de kilómetros, por toda Europa y por todo el Mediterráneo, las carreteras y autopistas modernas siguen sus rutas. También en el plano cultural su legado ha sido esencial durante siglos. En gran parte de Europa, del Mediterráneo oriental y del norte de África, no hace falta viajar al extranjero para encontrar un contacto físico con ese pasado remoto: sus piedras se encuentran enterradas en algún campo cercano o en alguna localidad situada en las inmediaciones. Una y otra vez, los escritores han utilizado los caminos romanos como metáfora para pergeñar relatos sobre el poderío imperial y la identidad europea, y han hecho que sus personajes de ficción caminen y paseen por ellos. Los pintores los han representado en sus obras. Los arqueólogos los han excavado, los han medido y han registrado sus inscripciones. Y los gobernantes han planificado sus propios caminos de modo que siguieran la gran tradición romana. Aunque el simbolismo de las calzadas se desvanece en los testimonios medievales, los viajeros continuaron a todas luces utilizándolas durante los mil años que separan las guerras góticas del Renacimiento, y desde el siglo XV, por lo menos, la Vía Apia ha encontrado su sitio en los circuitos de los viajeros. Al conducir, como efectivamente conducen, hasta los monumentos del Imperio que se han conservado y hasta las ruinas de sus ciudades, las calzadas romanas nos transportan al pasado, hasta la historia y la geografía de Roma.
Unos veintitantos años después de aquellos viajes con mi familia, tuve el dudoso privilegio de conducir el minibús un tanto destartalado de la British School de Roma. Hicimos el circuito del Grande Raccordo Anulare, el GRA, la circunvalación que rodea la ciudad, mientras enumerábamos los nombres de las antiguas calzadas por las que pasábamos: Vía Casia, Vía Salaria, Vía Nomentana, Vía Flaminia, Vía Tiburtina… Constituye una extraña experiencia ser claramente consciente de la historia de las rutas que tomamos, aunque lo hagamos a una velocidad inconcebible para sus constructores. (O a una velocidad perfectamente reconocible para ellos si por casualidad lo hiciéramos en hora punta). Por otra parte, a veces las antiguas vías han sido reconfiguradas y convertidas en un espacio para que las estresadas vidas modernas se relajen, para dar paseos de fin de semana por la Vía Apia peatonalizada los domingos hasta los carriles bici de su parque campestre, un espacio en el que recuperar el ocio y el placer, o para vivir la cautivadora experiencia de sus catacumbas, tan escalofriantes como una visita a cualquier aterrador parque temático. Antes incluso de pisar la Vía Apia, ya había oído yo hablar de su monumento más famoso, la tumba de Cecilia Metela. No recuerdo si a esta mujer, hija de un cónsul, la conocí por un libro de texto o por las historias de mi profesor de Latín, pero actualmente puedo visualizar perfectamente su tumba, un mausoleo circular revestido de mármol. Más de mil años después de su construcción, la noble familia romana de los Caetani construyó un castillo anexo al sepulcro, para controlar mejor quién pasaba por el camino. A finales del siglo XVI, el edificio hubo de hacer frente a algunas amenazas de demolición, pero las autoridades municipales intervinieron para salvarlo, y en 1808 el escultor Antonio Canova construyó su propio monumento con el fin de preservar los restos descubiertos en sus inmediaciones.[15] Puede que los caminos sean antiguos, pero no han cambiado.
Sin embargo, al tiempo que la piedra va erosionándose, los viajeros elaboran nuevos recuerdos cuando acuden a ver los lugares de interés o a comerciar, cuando emigran y van de un sitio a otro, cuando vienen a disfrutar de una pequeña escapada o a ilustrarse, deseosos de resistir y de conquistar. Los caminos dan cabida a gentes de todo tipo. Traen a turistas, a mercaderes y a funcionarios del gobierno; el propio hecho de caminar se convierte en un acto de piedad para los peregrinos. Algunos no viajan, sino que más bien trabajan a la vera del camino: los posaderos y las criadas, los mozos de cuadra, los cobradores de peaje, los operarios encargados de arreglar el firme, los salteadores de caminos, la policía de tráfico, los guías y los espías. Y así lo han hecho durante siglos. Los aviones y las autopistas llevan con nosotros menos de cien años; el ferrocarril solo doscientos. Durante gran parte de la historia de Europa, esta red viaria ha sido el medio por el que se llevaban a cabo los viajes nacionales e internacionales.
Yo también he viajado por las antiguas calzadas, fijándome en la forma en que se nos presentan sus restos en la actualidad. La Vía Augusta, la Via Militaris o Diagonalis, la Vía Egnacia, la Vía Apia, la Vía Flaminia y muchas otras, desde Mánchester hasta Cádiz, o hasta Estambul, y de nuevo hasta Roma. La red viaria romana se extendía más allá, por supuesto, pero el transporte público moderno —al menos el terrestre— no coincide con ella, y luego está la política actual. Para los romanos solo había que recorrer unos cuarenta y cinco kilómetros por la costa para ir de Tiro a Acre, pero hoy en día el paso entre Líbano e Israel está cerrado y los viajeros se ven obligados a desviarse por Siria y Jordania y recorrer más de diez veces esa distancia. Y tampoco encontré ningún turoperador que ofreciera ningún viaje por carretera por el norte de África al alcance de mi proyecto de estudio, lo que supuso eliminar uno de los capítulos que había esperado poder escribir. Este viaje ha sido mi forma de explorar los lazos físicos que unen pasado y presente y de ver por mí misma la presencia cultural continuada de las rutas antiguas.
En toda Europa ha habido acalorados debates públicos sobre cómo abordar los legados de los imperios modernos, desde el Informe Sarr-Savoy, publicado en Francia, sobre la devolución del patrimonio cultural africano, hasta las investigaciones llevadas a cabo en Gran Bretaña sobre las conexiones coloniales de las propiedades del National Trust,(2) o un proyecto elaborado en Italia que traza un mapa de los monumentos públicos que tengan lazos con el Imperio. Pero los caminos romanos también fueron obras de un imperio y, al examinar cómo los viajeros se relacionaron con ese imperio, podemos entender mejor cómo se relacionaron con otros, ya fuera el Sacro Imperio Romano Germánico, el Imperio francés, el británico o el italiano. Quizá retrocediendo un poco y adoptando una visión más amplia del imperio europeo fundacional, podríamos encontrar nuevas perspectivas.
A pesar de las dimensiones y de la longevidad de esta red viaria, cuando empecé a escribir el presente libro, descubrí que la investigación al respecto era menor de lo que me esperaba. Existe un número bastante grande de obras especializadas en las calzadas romanas durante la propia época antigua y algunos trabajos notables acerca de los proyectos de construcción de carreteras del periodo fascista. Sin embargo, para los siglos transcurridos entre una época y otra, las referencias suelen ser tangenciales. Encontré alusiones a los caminos como quien dice de pasada, en libros sobre el Renacimiento o el Grand Tour, en biografías de Napoleón y Garibaldi, y volví por mi cuenta a las fuentes para entender los detalles. Me he fijado en lo que esos viajeros dicen acerca de los caminos y también he incluido a algunos cuyo interés no radica en ellos. Las ausencias pueden ser tan significativas como las presencias. Ya que los caminos son algo evidente, las ideas sobre ellos a menudo se encuentran en los márgenes de un fenómeno cultural más amplio: el viaje a Roma. Las dos cosas se hallan tan entrelazadas que me ha resultado imposible contar la historia de los caminos sin considerar también cómo encaja esa historia en la experiencia más general del viaje.
Dado que los investigadores se sienten atraídos por toda clase de historias, vale la pena preguntarse por qué no se ha estudiado una parte tan grande de la historia de los caminos. Sospecho que se ha perdido, por un lado, en el hueco abierto entre los numerosos estudios arqueológicos acerca de sus rutas y su construcción, y, por otro, en el énfasis que han puesto las obras de siglos posteriores en el impacto de la gran cultura clásica, de su arte, su literatura y su filosofía.[16] Además, los caminos no se encuentran muy cómodos en el reino de los «estudios del recuerdo», que han solido centrarse en los recuerdos que tienen una genealogía reciente o continua. Son recuerdos colectivos vinculados con determinados lugares de los caminos romanos, a menudo por la importancia que hayan podido tener en el siglo XX, pero la significación cultural de la red viaria actúa también a un nivel más profundo, más mitologizado y visceral.
Para entender los caminos, recurrí a una idea expresada por dos autores de comienzos del siglo XIX. Uno de ellos es la escritora Germaine de Staël, cuya novela Corina o Italia (1807), inspirada en sus propios viajes, cuenta la historia de un idilio amoroso entre la protagonista, una poeta medio italiana, y Oswald, lord Nelvil. Corina es una personificación de Italia y la obra se interesa fundamentalmente por la política de la época y el pasado de Europa.[17] Mientras visita el Foro, Corina afirma:
Los ojos son omnipotentes para el alma: después de haber visto las ruinas romanas, creemos en los romanos antiguos como si hubiéramos vivido en su época. Los recuerdos del entendimiento se adquieren con el estudio; los recuerdos de la imaginación nacen de una impresión más inmediata y más íntima, que da vida al pensamiento y nos hace, por así decir, testigos de lo que aprendimos.[18]
Por otra parte, Samuel Rogers, que escribió un diario de sus viajes a Italia en 1814, hablaba de modo parecido acerca de la imaginación:
De la antigua Roma todavía nos quedan sus calzadas y sus acueductos, sus murallas y sus atalayas, sus siete colinas y su campiña y los montes que la bordean, el río que la cruza y el mar que se abre más allá de él. Muchas de esas cosas no solo no han cambiado, sino que son inmutables. La nieve en este momento resplandece en el monte Soracte, el Tíber serpentea desde los Apeninos hasta el mar Tirreno, y el sol sigue levantándose y poniéndose en los mismos lugares. ¿Qué materiales con los que trabajar le han quedado a la imaginación?[19]
El viaje a Roma puede deberse a un estudio histórico, pero los caminos son también un lugar para imaginar, quizá para soñar. Algunos escritores citarán las fuentes antiguas, pero son muchos más los que evocan unos espectros más confusos del pasado. Sin embargo, lo hacen con un repertorio común de referencias visuales. (El nevado monte Soracte de Rogers es una alusión al poeta latino Horacio). El viaje a Roma es una interpretación: tiene un guion. O, mejor dicho, tiene dos: uno se centra en los antiguos escenarios paganos y otro es una peregrinación cristiana. Muchos viajeros combinan ambos, aunque hacen mayor o menor hincapié en uno u otro en función de las circunstancias político-religiosas y de sus preferencias personales. En una época más moderna, esos guiones son adaptados. Cada generación da al viaje una vuelta de tuerca nueva. A medida que el mundo se hizo moderno, la presencia de los caminos se convirtió en una marca de civilización y de progreso. Pero, mientras que algunos relatos acerca de los caminos vinieron a respaldar proyectos imperiales, otros les opusieron resistencia. Aunque las piedras propiamente dichas sean inmutables (más allá de su lenta erosión), lo que cuentan no lo es. Eso no es precisamente historia, y tampoco son exactamente recuerdos. Podríamos llamarlo «imaginación histórica colectiva».[20]
Mil quinientos años después de que el último emperador de Roma fuera derrocado, los caminos siguen teniendo importancia. Prácticamente no pasa ni una semana sin que aparezca un informe acerca de una calzada romana recién descubierta. Quizá sea por el hecho de que los caminos estén tan omnipresentes en nuestra cultura por lo que pocas veces nos preguntamos a qué se debe que tengan un poder tan fuerte sobre nuestra imaginación. Muchos viajeros sencillamente miran hacia delante en busca de su destino. Aparte de los caminos que han sido seleccionados para su conservación (como el tramo de la Vía Apia situado inmediatamente al sur de Roma) o a los que se ha dado el carácter oficial de rutas culturales (la Vía Francígena), ninguno ofrece al turista un espectáculo como el Coliseo o el Muro de Adriano, la Arena de Nimes o el teatro romano de Cádiz. Sin embargo, nos sentimos intrigados. A medida que voy recorriendo los caminos de norte a sur y de este a oeste, y a través de más de dos mil años de historia, voy bajando la mirada y me pregunto cómo y por qué —a lo largo de los siglos— esas sencillas losas de piedra han conservado tanto poder. Meditando acerca de su paseo por la Vía Apia, Charles Dickens observaba que hay «una historia en cada piedra que siembra el terreno».[21] Tenía razón. El relato que nos ofrecen los caminos romanos es el relato que nos ofrecen Europa y sus vecinos, pero contado bajo nuestros pies.
PRIMERA PARTE
Un monumento imperecedero,
350 a. e. v.-500 e. v.
CAPÍTULO 1
LOS ROMANOS POR LOS CAMINOS
Para entender por qué las calzadas romanas llegaron a ser tan significativas, tenemos que empezar por lo básico: los aspectos prácticos de su construcción y su impronta sobre el paisaje natural y cultural. La primera vía romana que se sabe que fue pavimentada no era una ruta de larga distancia, sino un tramo más corto de calzada dentro de la ciudad, el Clivo de los Publicios, por el que todavía podemos pasear hoy en día. Debe su nombre a los hermanos Lucio y Marco Publicio Maléolo, los magistrados que lo instauraron en 238 a. e. v. (durante la época republicana, casi dos siglos antes de que Julio César ascendiera al poder), y sube hasta lo alto del monte Aventino desde el Circo Máximo, aunque el Clivo Publicio original continuaba y bajaba hasta el Foro Boario, el mercado de ganado de Roma.[1] El encargo de la construcción de un camino puso el nombre de estos dos personajes literalmente en el mapa. La vía moderna no es muy sugerente: las losas de piedra han desaparecido o han quedado soterradas y el denso tráfico de un cruce de calles cercano satura el aire con los humos de los tubos de escape. Se trata de uno de los sitios céntricos más baratos en los que aparcar y los coches se alinean a ambos lados de la calle: los minúsculos Smart de dos plazas se colocan en batería frente a lo que probablemente fueran las antiguas murallas de la ciudad. Se ha formado una cola de gente que espera su turno para mirar por el famoso ojo de la cerradura que enmarca un panorama singular de la basílica de San Pedro. Esta vista, no la calle, es el punto más destacado de esta parte de la ciudad. No hay nada que anuncie el interés de la vía.
El Circo Máximo está preparado para albergar un próximo concierto de rock. Acorto rodeando el monte Palatino para bajar al Foro, donde todo lo que queda del Miliario de Oro es un plinto marcado con una lápida. Los arqueólogos no están muy convencidos de que estos modestos fragmentos de piedra tengan nada que ver con el citado monumento: parecen demasiado grandes para un simple miliario, a menos que fuera absolutamente gigantesco. Tampoco están seguros de cuál era la inscripción que llevaba. La teoría que afirma que contenía los nombres de las diversas calzadas y de las distancias correspondientes es moderna. Una posibilidad es que contuviera una lista de los caminos que partían de Roma y de los curatores viarum responsables de su mantenimiento.[2]
Independientemente del aspecto que tuviera el Miliario de Oro, la Roma antigua dependía de una eficaz red viaria por la que llegaban a la ciudad los suministros procedentes de la zona circundante, desde los productos alimenticios hasta los materiales de construcción. La Vía Salaria proporcionaba, por un lado, una ruta hacia las marismas salinas de Ostia (el adjetivo salarius en latín significa «salinero») y, por el otro lado, conducía hasta los Apeninos, la cordillera que constituye la columna vertebral de Italia.[3] Algunos bienes esenciales podían ser transportados por vía fluvial, por ejemplo, a través del río Anio (actualmente Aniene) desde la ciudad de Tívoli, situada en lo alto de una colina, al este de Roma. Pero en 30 a. e. v. la calzada que llevaba a Tívoli, la Vía Tiburtina, fue ampliada, lo que indica que el río ya no era un medio de transporte adecuado para el travertino producido en sus canteras y utilizado en proyectos arquitectónicos como el Coliseo.[4]
A la hora de construir calzadas, los romanos no empezaron de la nada. En la península italiana ya existían importantes redes viarias y en algunos lugares, como el sur de Etruria, los ingenieros de caminos tenían un nivel de competencia equiparable al de los romanos primitivos. La ciudad etrusca de Marzabotto, por ejemplo, cerca de Bolonia, tiene un diseño urbanístico en cuadrícula (ortogonal) con alcantarillas a uno y otro lado de sus calles. En lo que los romanos se distinguieron de aquellos antecesores suyos fue en el desarrollo de rutas de larga distancia que unían Roma con sus territorios recientemente conquistados.[5] La Vía Latina, que iba en dirección sur hasta Benevento, conectaba esta ciudad con el Latium (el Lacio actual). Aunque la Vía Apia es más conocida, la Vía Latina —creada unos años antes— fue la primera calzada romana «planificada».[6] (Formaba parte de la que hoy en día se llama Vía Casilina). Los que más se beneficiaron de la red viaria en sus primeras etapas, correspondientes a los siglos VI-IV a. e. v., fueron las personas que viajaban a Roma por motivos políticos. La construcción de caminos permitió además redistribuir los recursos entre las regiones, pero las primeras conexiones importantes fueron las que unían los centros de la Italia occidental y central, en particular las ciudades ricas de la costa. Las rutas pavimentadas marcaban la mayor diferencia para los que utilizaban el tráfico rodado, esto es, las personas acaudaladas, y además garantizaban su seguridad gracias al papel administrativo desempeñado por el ejército en el mantenimiento de los caminos. En resumen, los caminos sirvieron para unir a las élites italianas.[7]
Los caminos eran también fundamentales para hacer la guerra, durante la cual se veía a mucha menos gente rica recorriendo largas distancias. Como deja perfectamente claro el relato que hace el historiador griego Polibio de las guerras púnicas que enfrentaron a Roma y a Cartago, los caminos fueron el medio imprescindible para trasladar a las masas de soldados a través de los territorios del Imperio en constante expansión (la cifra que se calcula para los participantes en la segunda guerra púnica, de 218-201 a. e. v., es de setecientos mil individuos). Durante el asedio de Érice, al oeste de Sicilia (244 a. e. v.), los cartagineses se vieron rodeados por dos ejércitos enemigos, pero, «batidos desde todas partes, resistían increíblemente, tanto más cuanto el aprovisionamiento no les llegaba con facilidad, ya que se comunicaban con el mar por un paraje únicamente, el cual disponía de una sola ruta».[8] Al hacer pasar a sus tropas por la Galia hasta el norte de Italia, el general cartaginés Aníbal frustró los intentos de la población local de bloquear los pasos alpinos gracias a las informaciones suministradas por sus espías, que le dijeron que los galos mantenían de día cuidadosamente el orden, pero de noche abandonaban sus puestos y se retiraban a una ciudad no lejana; fue así como consiguió hacer pasar a sus hombres por los desfiladeros. En un determinado momento, el ejército cartaginés construyó un nuevo camino que le facilitara el descenso de la cordillera. En un solo día, Aníbal logró abrir un paso suficiente para que las acémilas y los caballos cruzaran los Alpes; luego, con un trabajo muy arduo, sus hombres consiguieron abrir camino, pero «en poco menos de tres días» el general cartaginés hizo pasar por él a sus famosos elefantes.[9]
En tiempos de paz, los soldados trabajaban en la construcción de caminos y, de hecho, esta labor era en buena parte responsabilidad de los ejércitos, aunque a veces se empleaba también mano de obra esclava, especialmente después de las conquistas. La Vía Apia, construida originalmente por ciudadanos romanos y libertos, fue en este sentido un caso poco habitual, pero también tiene nexos de carácter militar: la ruta que seguía era la de los soldados que volvían de la primera guerra samnita (343-340 a. e. v.) y pasaba por la ciudad de Terracina, originalmente una colonia de veteranos del ejército romano situada en un lugar de paso importantísimo desde el punto de vista estratégico.[10] Además, aunque la Vía Apia comunicaba Roma con sus aliados, evitaba las ciudades potencialmente hostiles del Lacio.[11]
Salgo de Roma dando un paseo en dirección a la Vía Apia, caminando sobre los desgastados sampietrini, los adoquines lisos de forma cuadrangular que cubren las calles de Roma. Un doble arco se encarga de decirme adiós en las murallas de la ciudad; cruzo por debajo de unas imponentes torres de ladrillo rojo y entro en lo que ahora se llama la Via Appia Antica, la Vía Apia Antigua. (La Via Appia Nuova o Vía Apia Nueva es una carretera de dos carriles). A mi derecha, una columna adosada al muro. Se trata del primer miliario o, mejor dicho, una réplica del mismo, que marca la distancia de una milla a partir del Miliario de Oro del Foro y conmemora la restauración de la calzada a finales del siglo I e. v. Hay que dar un paseíto hasta llegar a la iglesia de Santa Maria in Palmis, situada en el cruce de la Vía Apia con la Vía Ardeatina. Aquí debes desviarte para visitar el monumento a las víctimas de la represalia llevada a cabo por los nazis en las Fosas Ardeatinas. La iglesia de Santa Maria in Palmis es más conocida con el apelativo de «Domine, Quo Vadis?» a partir de una leyenda apócrifa sobre san Pedro que evoca las negaciones del apóstol recogidas en la historia de la crucifixión de Jesús. Huyendo de la persecución de que era objeto en Roma, el apóstol se encuentra por el camino con Jesús. El santo formula la pregunta que da nombre a la iglesia citada: «Señor, ¿dónde vas?». Cristo responde que se dirige a Roma para ser crucificado de nuevo, lo que induce a Pedro a dar media vuelta y regresar a la ciudad para hacer frente a su destino. Una lastra de piedra que, según se dice, muestra las huellas de los pies de Cristo y se encuentra ahora en la vecina basílica de San Sebastián; lo más probable es que se trate de un exvoto primitivo y no de una reliquia cristiana.
Un poco más adelante, en un tramo peligroso de la calzada (no está pavimentado y a uno y otro lado hay unas paredes bastante altas) nos encontramos con esa mezcla de paganismo y cristianismo que son las catacumbas. Asociadas durante largo tiempo con la persecución de los cristianos, ahora se interpretan de un modo bastante distinto, como lugar de enterramiento usado para romanos de todas las religiones: paganos, cristianos y judíos. No obstante, son un importante centro de peregrinación: al menos catorce papas fueron enterrados en las catacumbas de San Calixto y hay autobuses turísticos que traen hasta ellas a numerosos grupos dispuestos a rendirles homenaje. Pero eso no quiere decir que la Vía Apia no tenga una historia sangrienta. En 73 a. e. v., tras la derrota del ejército de Espartaco, los seis mil hombres que sobrevivieron «fueron capturados y crucificados a lo largo de todo el camino que va desde Capua a Roma».[12]
Sin embargo, la Vía Apia no era solo, ni mucho menos, un lugar de muerte y de recuerdos. También era un lugar para el placer. No lejos de las catacumbas se encuentran los restos de la Villa de Majencio, el emperador pagano derrotado por el cristiano Constantino en la batalla del Puente Milvio. Junto a ellos hay un estadio que acogía a unos diez mil espectadores que acudían a disfrutar de las carreras de carros. (Su obelisco se encuentra hoy en día en la piazza Navona de Roma). Mide 310 pies romanos (92 metros) de anchura y más de tres veces esa misma cifra de longitud; su superficie está actualmente cubierta de hierba, en la que se mezclan tréboles, hongos y pequeñas ramitas que crujen bajo nuestros pies. Hay una alfombra de margaritas de tonos rosados, flores grandes, de unos dos centímetros y medio de ancho, interrumpida de vez en cuando por el montículo de alguna topera. Unas grajillas, grises y negras, parlotean a mi alrededor mientras doy la vuelta al perímetro del antiguo circo. Finalmente levantan el vuelo y se refugian en los árboles, donde permanecen encaramadas graznando mientras los aviones descienden en fila hacia el aeropuerto de Ciampino.
De nuevo en la calzada, no lejos de allí se encuentra la tumba de Cecilia Metela, y ahora los sampietrini ceden brevemente el paso a las antiguas losas al tiempo que me adentro en este paisaje icónico: una vieja calzada de piedra rodeada de pinos romanos y cipreses. Continúo por ella hasta el Parco Appia Antica, un gran parque que se extiende a uno y otro lado de la Vía Apia. Unos periquitos verdes salen chirriando de un árbol y se van revoloteando. Todo el terreno pasó en el siglo XVI a manos de la familia Caffarelli, que se construyó en él una gran casa de campo. Pero si estoy aquí no es por los Caffarelli, sino para ver el Ninfeo de Egeria, un edificio en ruinas que atrajo en otro tiempo a los viajeros, entre ellos a Goethe y a Byron. Este último describió en Las peregrinaciones de Childe Harold el manantial y el Ninfeo:
Los musgos de tu sagrada fuente aún son regados por tus elíseas gotas. La superficie del manantial que tu gruta protege no se ha visto afeada por los años, y refleja el genio de ojos mansos del lugar, cuyas verdes y agrestes riberas no son borradas por las obras del arte. Tus delicadas aguas no tienen ya que dormir en una prisión de mármol; brotan del pedestal de la estatua hendida y con un suave brinco forman un arroyuelo que serpentea aquí y allá, rodeado de helechos, de flores y de hiedra.[13]
La hiedra continúa trepando actualmente por las ruinas y el Ninfeo sigue siendo maravilloso, con el sonido del agua que corre recién brotada de su fuente y la ligera brisa que entre el dosel de árboles flota sobre el dibujo reticulado de sus muros de ladrillo, aunque a sus delicadas aguas quizá les cueste trabajo dormir bajo la ruta aérea de los aviones de Ciampino. Paso por otro miliario y llego a la Villa de los Quintilios (Villa Quintilia). Otrora lujoso hogar de una familia senatorial —dos de sus miembros fueron asesinados por conspirar supuestamente contra el emperador Cómodo—, ahora solo quedan en pie unas cuantas paredes.
Cuando una determinada zona era incorporada al Imperio romano, las calzadas pasaban a tener un uso más amplio,[14] prestando servicio para la gobernanza del territorio y facilitando el comercio y el desarrollo económico. Al tratarse de proyectos de obras públicas, daban empleo a la población. Esas calzadas de época más tardía que conectaban áreas sometidas recientemente con el centro del Imperio a menudo son denominadas «vías consulares», por el nombre de los magistrados responsables de su construcción. En el siglo Ii e. v., según el agrimensor Sículo Flaco, estaban «al cargo de administradores [curatores viarum]», que se ocupaban de los trabajos de reparación, y se exigía a los terratenientes locales contribuir a sufragar su mantenimiento. Junto a esas grandes vías había otras menores, construidas para acceder a las aldeas y mantenidas igualmente por los terratenientes de la zona, y vías privadas, utilizadas para llegar a las haciendas particulares y no destinadas al uso público.[15] Un miliario del siglo I a. e. v., conservado actualmente en los Museos Capitolinos, señala una vía privada propiedad de la tribu Camila.[16] Otros caminos, llamados calles publicae, eran utilizados principalmente para el traslado de rebaños de ovejas.[17] (Y calle sigue siendo el nombre que se da a las vías públicas en la ciudad de Venecia. Y por supuesto en España). De hecho, incluso algunas de las calzadas importantes estaban asociadas con el movimiento de los rebaños de ovejas. La Vía Tiburtina, que unía Tívoli y Roma, incorporaba un túnel por debajo del santuario de Hércules, a las afueras de Tívoli, en el que podían contarse las cabezas de ganado con fines fiscales.[18]
Un poema de Estacio, también del siglo I e. v., describe (aunque tal vez con cierta licencia poética) el esfuerzo que requería la construcción de los caminos:
¡Oh, cuántas manos a la par trabajan! Estos talan el bosque y desnudan los montes; aquellos, con el hierro, afinan los escollos y las vigas; otros unen las piedras y componen la trama con cal cocida y toba cenicienta; los otros, con sus manos, desecan los depósitos acuosos y hacen correr pequeños riachuelos.[19]
No existen cifras exactas de la cantidad de trabajadores que intervinieron en la construcción de la red viaria: un especialista en transportes ha calculado que se habría necesitado una mano de obra de entre veinticinco mil y treinta y seis mil hombres para llevar a cabo los 185 kilómetros iniciales de la Vía Apia en el plazo de cinco años del que tenemos testimonio.[20] A falta de equipos mecánicos, habría sido una hazaña asombrosa, que requeriría unas habilidades muy sofisticadas de topógrafos y albañiles, así como un trabajo sumamente duro. Los materiales empleados en las calzadas se adaptaban a las condiciones locales: toba volcánica en la Vía Apia, pero en otros lugares se usaba cualquier material del que se pudiera disponer. Es bien sabido que se preferían los caminos rectos y llanos, como en el tramo de la Vía Apia situado al sur de Roma, que atravesaba los empinados montes Albanos y las Lagunas Pontinas. Los caminos rectos tenían sentido desde el punto de vista militar, pues significaban marchas más cortas. Suponían un ahorro del coste de materiales y las labores de topografía resultaban más fáciles, pero planteaban también grandes retos técnicos. El estrato de roca natural proporcionaba a veces unos cimientos sólidos, pero en otros casos había que construirlos de forma artificial. En los terrenos pantanosos se construían terraplenes con maderos; en otros lugares, como en la Vía Apia, cerca de Terracina, fue necesario llevar a cabo desmontes para nivelar la ruta; las colinas se allanaban y los valles se rellenaban. Incluso los elementos más rutinarios de la ingeniería de caminos resultaban sumamente dificultosos. Unas veces podía conseguirse gravilla de los canales de desagüe que se abrían a uno y otro lado de la calzada, pero en otras la piedra debía ser transportada desde lugares situados a varios kilómetros de distancia.
La documentación sobre las primeras fases de la construcción de las calzadas es limitada. Nadie dejó tras de sí un manual de instrucciones de los ingenieros romanos, y la reconstrucción y el mantenimiento constantes de los caminos han complicado la labor de los arqueólogos encargados de su estudio. En su forma más simple, las calzadas no estaban pavimentadas, sino que consistían simplemente en una sección elevada (el agger) con zanjas de desagüe a uno y otro lado y dos capas de grava encima. La primera de esas capas estaba formada por piedras grandes y luego venía la glarea, la gravilla que el tráfico se encargaba de compactar y convertir en una superficie uniforme. Las alcantarillas situadas por debajo de las calzadas se utilizaban para evitar la formación de charcos.[21] Sigue siendo objeto de debate cómo los agrimensores romanos planificaban exactamente sus calzadas. Existen numerosas teorías que comportan el uso de diferentes instrumentos topográficos, incluida la dioptra, similar al moderno teodolito, así como la groma o gruma, un dispositivo muy sencillo consistente en dos brazos iguales que se cruzaban perpendicularmente en lo alto de una vara y de los que colgaban cuatro plomadas que permitían trazar con precisión líneas rectas. Las competencias geométricas estaban razonablemente extendidas gracias al sistema fiscal, que exigía medir con exactitud las parcelas de tierra. Puede que estos métodos de agrimensura dieran lugar a la preferencia por los caminos rectos, sencillamente porque (citando a Hugh Davies, ingeniero de caminos y especialista en historia del sistema viario) resultaban más «convenientes desde el punto de vista matemático».[22]
Diversos escritores antiguos posteriores a Apio Claudio a menudo le atribuyeron el proyecto de pavimentación de la Vía Apia. Un historiador griego, Diodoro Sículo, le concede ese mérito y, según dice, «construyó con una clase de piedra resistente la mayor parte de la Vía Apia —llamada así por él— desde Roma hasta Capua, cubriendo una distancia de más de mil estadios, excavando por lugares elevados y nivelando barrancos y valles con considerable material de relleno; y se gastó todos los ingresos del Estado, pero dejó un recuerdo inmortal de su persona, pues albergaba unas ambiciones que beneficiaban al pueblo».[23] Sin embargo, lo cierto es que los testimonios arqueológicos indican que, antes del siglo I e. v., la pavimentación de la Vía Apia era escasa.[24] Al principio (incluso todavía durante el reinado de Trajano, 98-117 e. v.), los tramos meridionales de la calzada estaban pavimentados con glarea.[25] La descripción que ofrece otro escritor griego, Plutarco, de las obras de Gayo Graco, en 123-121 a. e. v., es, de hecho, muy parecida a la opinión que tenía Diodoro sobre la obra realizada por Apio Claudio:
Se aplicó sobre todo a la construcción de vías, cuidando a la vez la utilidad, la elegancia y la belleza. Pues hacía que discurrieran rectas, derechas a través de las tierras, y las pavimentaba con piedra pulida compactada con montones de arena aplastada. Rellenando las zanjas y tendiendo puentes en cuantos puntos estaban cortados por torrentes o barrancos, dando una altura igual y paralela a los dos lados, la obra ofrecía por todas partes un aspecto llano y hermoso.[26]
Estas imágenes de las calzadas como un «monumento imperecedero» destinado al «beneficio del pueblo», incluso como obras «hermosas», estaban, pues, ya presentes en tiempos de los romanos, al menos para los observadores externos. Desde el primer momento, los caminos crearon contactos y forjaron reputaciones. Mucho después, se convertirían en un material importante para las imaginaciones modernas, cuando los escritores elaboraran sus reflexiones sobre el Imperio romano y los mundos de su época.
Tras la apertura de la Vía Apia se produjo un hiato de más de medio siglo en la construcción de calzadas de larga distancia, hasta que alrededor de 241 a. e. v. se empezaron las obras de la Vía Aurelia, que conducía desde Roma en dirección al norte siguiendo la costa. Alrededor de veinte años después vino el desarrollo de la Vía Flaminia, que cruzaba la península e iba de Roma a Ariminum (Rímini), colonia situada en la costa del Adriático.[27] Al igual que la Vía Apia, la Vía Flaminia unía Roma con colonias ya existentes: no solo Rímini, sino también una colonia anterior y más cercana, Narnia (Narni). (Se supone que C. S. Lewis, autor de libros juveniles sobre el país mítico de Narnia, tomó este nombre de un atlas del mundo clásico).[28] Algunos miliarios que posteriormente se erguirían junto a la Vía Flaminia o en sus inmediaciones pueden contemplarse hoy en día en el Museo de Fano. La antigua colonia de Fanum Fortunae, así llamada por su templo de la diosa Fortuna, se halla al sudeste de Rímini, a orillas del Adriático. Esas columnas sencillas pero inconfundibles tienen alturas distintas —unas apenas llegan a la cintura de una persona, otras hasta los hombros— y datan del siglo IV e. v. Una de ellas contiene la distancia de 179 millas hasta Roma y todas especifican el nombre del emperador de la época.[29] Para los viajeros resultaba tan importante saber quién estaba en el poder como conocer hasta dónde tenían que ir.
Con el paso de los siglos, a medida que la red viaria iba extendiéndose por el Imperio en constante expansión, se produjeron algunas hazañas notables en el terreno de la ingeniería. Cerca de Foggia, en Apulia, se construyó un viaducto de setecientos metros de longitud sobre el río Carapelle con diez arcos para cruzarlo. En Cumas, próximo a Nápoles, un túnel de mil metros llamado la gruta de Cocceio unía la ciudad con la base naval romana situada en el lago Averno. Las técnicas de agrimensura, incluidos teodolitos y relojes de sol, estaban ya lo bastante adelantadas como para permitir la apertura de túneles desde cada uno de sus extremos, aunque un túnel hídrico abierto en Saldae (la actual Bugía, en Argelia) tuvo que ser reconstruido porque sus extremos no coincidieron al primer intento.[30] Sin embargo, semejantes proyectos espectaculares no se veían en todas partes. En otros lugares, y especialmente fuera de Italia, la construcción de terrazas permitió bajar serpenteando por las laderas de las colinas, evitando los valles con los riesgos de inundaciones que comportaban, y los trabajos de desmonte se usaban con moderación.[31] En los siglos por venir, todos los turistas contemplarían fascinados en Narni el puente sobre el Nera, construido en tiempos de Augusto, para permitir que la Vía Flaminia cruzara el profundo valle del río. En otros sitios, las obras de la ingeniería antigua seguirían en uso durante milenios. El túnel de Furlo, de cuarenta metros de longitud, construido en tiempos de Vespasiano para permitir que la Vía Flaminia cruzara el profundo valle del río, siguió siendo utilizado de forma habitual hasta la década de 1980, cuando se construyó un desvío moderno.[32]
No soy ni mucho menos la primera turista que viaja por la garganta del Furlo. En el siglo XVI, el ensayista francés Michel de Montaigne la visitó en el curso de sus viajes a Italia y se fijó en una inscripción en honor de Vespasiano (oculta por una construcción posterior). «A lo largo de todo ese camino, que es la Vía Flaminia, por donde se va a Roma», decía Montaigne, «hay rastros de su gran pavimento, en su mayor parte enterrado, y la calzada, que tenía cuarenta pies de anchura, no tiene ya más que cuatro».[33] Por la estrecha garganta situada entre el monte Pietralata y el monte Paganuccio, a orillas del río Candigliano, discurre una carretera espectacular, aunque no siempre resulte fácil transitar por ella, especialmente si se cuenta con un GPS que no esté perfectamente programado. Se han colocado redes y alambradas para recoger las piedras caídas desde lo alto del barranco que se yergue por encima de la estrecha senda; las señales de tráfico avisan a los conductores de que deben llevar neumáticos para la nieve entre los meses de noviembre y abril. En septiembre, sin embargo, los montes están verdes y frondosos, y el agua que corre más abajo tiene una clarísima tonalidad aguamarina, aunque actualmente su nivel es mucho más alto que el que debió de tener cuando se perforó originalmente el túnel. Se construyó un embalse en el río entre 1919 y 1922, cuando se montó una central hidroeléctrica, cuyo muro de hormigón rodea todo el valle. Los carteles recuerdan a los visitantes que está
