PRESENTACIÓN
El 11 de noviembre de 1918, en un vagón de ferrocarril situado en Le Francport, cerca de la ciudad francesa de Compiègne, el conde Alfred von Oberndorff, ministro de Asuntos Exteriores de Alemania; el mariscal francés Ferdinand Foch, comandante supremo aliado, y el británico Rosslyn Wemyss, primer lord del almirantazgo, firmaron las capitulaciones del armisticio que, con la rendición del Imperio alemán, ponía fin a la Primera Guerra Mundial. Un conflicto tan brutal y generalizado que sus contemporáneos, desconocedores de que enseguida vendría la segunda, lo bautizaron escuetamente como la Gran Guerra. La victoria total de los vencedores y la derrota absoluta de los vencidos parecían garantizar un nuevo, duradero y pacífico orden internacional asimétrico, al que habría abocado la que se inició alegremente en la creencia de que sería «la guerra que pondrá fin a las guerras». ¡Qué inmenso error!
La Conferencia de Paz, inaugurada en París en enero de 1919, consolidó un directorio mundial de estados representado por «los Cuatro Grandes», el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson; el jefe del Gobierno francés, Georges Clemenceau; el del británico, David Lloyd George, y el del italiano, Vittorio Emanuele Orlando. De sus trabajos iniciales al frente de sus comités de expertos, y de los más detallados de la Conferencia de Embajadores y otros organismos conjuntos de los países contendientes en el bando aliado, salieron diversos tratados individuales de la Paz de París que se impusieron a los vencidos. Desaparecieron los viejos imperios derrotados, se sancionó la aparición de sus estados sucesores, se diseñaron las nuevas fronteras sobre el mapa, alterando radicalmente la vida de millones de personas y creando nuevos contenciosos sobre los que luego hablarían las armas, y se acordó el pago de ruinosas reparaciones de guerra a los vencedores por parte de los vencidos, a quienes se hacía únicos responsables del estallido de la guerra.
Se esperaba que la Paz de París creara las condiciones de un sistema de seguridad internacional, la «paz perpetua», cuya custodia se encomendó a la Sociedad de Naciones (SDN), un organismo mundial al que podían adherirse todos los países dispuestos a someterse al cumplimiento de su Pacto, que establecía medidas de arbitraje en conflictos bélicos y preveía sanciones para los agresores, conforme a los principios del derecho internacional.
Esta apuesta de paz perpetua tuvo un recorrido muy corto. Al firmarse los tratados de paz, el antiguo comandante en jefe aliado, el mariscal Ferdinand Foch, profetizó: «Esto no es la paz. Es un armisticio por veinte años», y Winston Churchill compendió el período 1914-1945 como «la otra Guerra de los Treinta Años». Sobre las ruinas de los imperios, sus herederos se lanzaron a crear estados-nación, reivindicando territorios en función de pretendidos derechos históricos o de la presencia de una población identificable, desde una perspectiva etnolingüística, como parte de su comunidad nacional. La primera mitad de los años veinte conoció, pues, una serie de conflictos localizados, enfrentamientos entre los nuevos estados europeos para fijar sus límites territoriales, guerras civiles en diversos escenarios planetarios o resistencias anticoloniales en África y Asia. En general, se consolidó el papel mediador y de pacificación de la SDN y se puso a prueba la capacidad de las tres principales potencias europeas del momento —Reino Unido, Francia e Italia— para construir y salvaguardar un nuevo orden internacional, una vez que los Estados Unidos asumieron una postura aislacionista con respecto a contenciosos que no afectaran al ámbito continental americano.
Durante los años veinte, pues, se dio una amplia conflictividad bélica a lo largo y ancho del planeta. En muchos casos se trataba de guerras civiles de muy diferente intensidad y duración, como las de los señores de la guerra en China (1915-1927), la rebelión cristera en México (1926-1929), la de Afganistán (1928-1929) o la sandinista en Nicaragua (1927-1933). Destacó por su virulencia la rusa (1917-1920), entre rojos y blancos, que tuvo una marcada vertiente internacional, con la intervención militar de los Aliados en la Rusia europea y en Siberia oriental para combatir a los bolcheviques. En cuanto a los conflictos creados por la resistencia al colonialismo, se pueden señalar, entre otros, la guerra del Rif, en el norte de Marruecos, contra el protectorado español (1921-1926), la guerra de la independencia irlandesa (1919-1921), la rebelión sanusí, en la Libia italiana (1923-1931), la tercera guerra anglo-afgana (1919), el Movimiento Primero de Marzo contra la ocupación japonesa en Corea (1919) o las rebeliones en Iraq, Kurdistán y Siria contra el nuevo orden franco-británico en el Próximo Oriente, que había sucedido al desaparecido dominio del Imperio otomano.
Las conflagraciones internacionales de los años veinte crearon nuevos agravios entre vencedores y vencidos y, como no tardaría en demostrarse, cerraron muchas veces en falso las disputas territoriales derivadas del final de la Gran Guerra —nuevos estados, enclaves y límites fronterizos, irredentismos etnicistas— que la aplicación de los tratados de la Paz de París y luego la mediación de la SDN no lograron resolver.
La aparición de los estados sucesores en la Europa centrooriental implicó, entre 1919 y 1923, diversos conflictos localizados, pero que se sumaron en el tiempo para presentar un panorama bélico generalizado. En buena medida, la causa de estas guerras respondía a los propósitos de consolidación territorial de dos nuevos estados, la Rusia bolchevique y la República polaca. La primera, en busca de recuperar las enormes pérdidas que le impusieran las Potencias Centrales en la Paz de Brest-Litovsk (marzo de 1918), reincorporando los países bálticos, Bielorrusia, Ucrania y la Polonia del Congreso a la nueva Rusia federal y socialista. La segunda, necesitada de expandir su pequeño núcleo territorial constituyente —la Polonia del Congreso y la Galicia occidental— en pugna con todos sus vecinos.
Las sucesivas fases de la guerra en el este (1919-1923) trajeron enfrentamientos que implicaron, en diferentes momentos, a polacos, rusos, ucranianos y lituanos, sin que las potencias aliadas o la SDN tuvieran capacidad para detener la sucesión de ofensivas y de contraofensivas en un espacio inmenso ni de imponer la paz mediante su propuesta de una frontera estable, la denominada línea Curzon. En el oeste, los polacos de Silesia y Posnania se enfrentaron con las armas a la recién creada República alemana, aunque aquí la mediación internacional pudo imponer acuerdos de división de los territorios en disputa. Y, en el sur, polacos y checoslovacos se disputaron la posesión del rico enclave minero de Teschen (1919-1920). Victorias militares y acuerdos diplomáticos garantizaron las fronteras de la Segunda República polaca frente a todos sus vecinos agraviados. Pero solo por dos décadas, las que duró la vida misma de la Polonia independiente.
La dinámica vencedores-vencidos causó otras dos guerras de conquista territorial. Por un lado, la que enfrentó a húngaros con rumanos y checoslovacos en 1919, que redujo en dos tercios la Hungría de preguerra, posibilitó la creación de la Gran Rumanía y puso fin a la breve experiencia comunista de la República de los Consejos magiar. Por otro, la guerra greco-turca de 1919-1923, un conflicto largo y muy sangriento en el que las tropas helenas intentaron culminar el proyecto de la Megali Idea («la Gran Idea»), incorporando al Estado nacional los territorios de Tracia oriental y Asia Menor (Anatolia) habitados por minorías griegas. La reacción de los nacionalistas turcos frustró el propósito de los conquistadores con una dura derrota militar y llevó, en el Tratado de Lausana, a una primera revisión de los acuerdos territoriales de la Paz de París.
Un conflicto localizado, pero de gran trascendencia para la futura historia mundial, tuvo lugar en la península arábiga. A comienzos del pasado siglo, en el corazón de la desértica región interior del Néyez, el emir Ibn Saúd había fundado un pequeño Estado. El desarrollo de la Primera Guerra Mundial en el Oriente Próximo, que acarreó la desaparición del Imperio otomano, otorgó a los saudíes la posibilidad de expandir sus dominios y difundir el wahabismo, la interpretación del islam que constituía su base doctrinal. Entre 1918 y 1934, el emirato del Néyez fue extendiéndose por la península, desde el golfo Pérsico al mar Rojo, derrotando a rivales como el reino hachemita del Hiyaz, el emirato rashidí de la Arabia septentrional o el imanato del Yemen, solo limitado en sus conquistas por la cadena de protectorados británicos costeros que iba desde Kuwait hasta Adén.
A diferencia de la fase anterior, el escenario global de los conflictos internacionales durante los años treinta, fundamentalmente europeo en los veinte, se desplazó en gran medida a lugares de América, África y Asia. Ya no se solventaban cuestiones concernientes a la liquidación de la Gran Guerra, sino que comenzaba la anulación del orden mundial surgido de ella. Mientras que en los años veinte la SDN había funcionado como un eficaz mecanismo diplomático de solución de conflictos, en la década siguiente la escalada de agresiones al sistema internacional a cargo de Alemania, Italia y Japón implicó la pérdida paulatina de esa función mediadora y un desprestigio creciente para la organización, que fue abandonando numerosos países cuyos gobiernos rechazaban el sometimiento a los términos pacifistas de su Pacto.
Entre 1929 y 1939, el mundo vivió una amplia gama de enfrentamientos bélicos en sus tres vertientes fundamentales: guerras civiles, levantamientos anticoloniales y conflictos internacionales. En el primer rango destacó la guerra civil española (1936-1939), con unas derivaciones externas que anunciaban la crisis de la SDN y la quiebra del sistema de seguridad mundial que amparaba, y que sirvió de preludio al estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Otros rincones del planeta conocieron conflictos civiles, como el que libraron en China comunistas y nacionalistas (1927-1937) o la rebelión paulista, en Brasil (1932). Levantamientos de los pueblos sometidos a explotación colonial fueron el de la población árabe de Palestina (1936-1939) contra el dominio británico y el colonialismo judío, la rebelión de Saya San en Birmania contra los británicos (1930-1932) o la sublevación campesina en el Vietnam francés (1930-1931).
Tras un lustro sin conflictos internacionales, en 1929, el año de inicio de la Gran Depresión de la economía mundial, reapareció la serie. Se originó en la República de China, a través de una serie de enfrentamientos con sus vecinos que llegarían hasta 1945. La breve guerra fronteriza con la Unión Soviética de ese mismo 1929, la conquista japonesa de Manchuria, en 1931, y la Segunda Guerra Chino-Japonesa (1937-1945) jalonaron la agitada historia militar de una República china que se enfrentaba, además, a reiterados conflictos internos.
La Italia fascista se lanzó por la senda de la guerra, una vez que sus dirigentes comprobaron que la comunidad internacional se mostraba incapaz de contener la política de revisionismo territorial y de rearme del Tercer Reich alemán. La conquista de Etiopía (Abisinia) en 1935-1936, un Estado miembro de la Sociedad de Naciones, sacudió intensamente la opinión pública mundial, pero el fracaso de las presiones diplomáticas y de las sanciones económicas impuestas por la SDN al agresor marcó un auténtico punto de inflexión negativa en su trayectoria de defensa de la paz. De modo que cuando, en vísperas del estallido de la Guerra Mundial en Europa, el Regio Esercito acabó con la independencia del reino de Albania (abril de 1939), nadie movió un dedo para acudir en defensa del pequeño país balcánico y detener la agresión italiana.
Un cuarto escenario bélico se dio en América del Sur, con la prolongada guerra que enfrentó a Bolivia y Paraguay por la posesión del Chaco Boreal (1932-1936) y que otorgó la victoria a los paraguayos. Supuso otro fracaso de la SDN, cuyos esfuerzos de pacificación fueron desoídos no solo por los contendientes sino por el conjunto de los países del continente, que, conforme a los ideales del panamericanismo que orquestaban los Estados Unidos, alcanzaron una solución diplomática por sí mismos cuando el conflicto ya se había resuelto por la vía militar.
Si las guerras son, en su origen y sus consecuencias, fenómenos de índole básicamente política, su estudio debe abordarse desde una perspectiva temática más compleja. Se trata, desde luego, de los aspectos militares —estrategias, tácticas, logística— que definen el desarrollo y la resolución de los conflictos. El análisis de estas cuestiones es básico en los estudios polemológicos. Pero también resulta fundamental el de las causas y efectos económicos de la guerra sobre los países contendientes, el de su impacto en la estructura de las sociedades civiles movilizadas para el combate, el de las racionalizaciones justificativas y su propaganda en esos procesos de movilización y el de las consecuencias del castigo a los vencidos en el orden interno e internacional. Así como el de los desarrollos científicos y armamentísticos vinculados al conflicto, el de su impacto en las relaciones internacionales y en los sistemas de seguridad colectiva o el de su herencia social mediante la creación y modificación del imaginario colectivo de cada guerra y su valor como recurso político en los pueblos que la han librado.
Hace más de dos milenios, en El arte de la guerra, Sun Tzu escribió: «La acción militar es de importancia vital para un país; constituye la base de su nacimiento y de su muerte, el camino de la supervivencia o de la aniquilación; por ello, es absolutamente indispensable estudiarla». Tal es el propósito del libro que aquí se inicia.
PRIMERA PARTE
Liquidando el pasado: las guerras
de la posguerra (1919-1926)
1
UNA HERENCIA DISPUTADA
LA GUERRA HÚNGARO-RUMANA (1919)
El armisticio de Compiègne, firmado el 11 de noviembre de 1918, puso fin a la Primera Guerra Mundial en el oeste de Europa y en los ámbitos extraeuropeos. Sin embargo, en las regiones occidentales del desaparecido Imperio ruso y en los territorios de la también extinta Austria-Hungría, la formación de los estados sucesores y la fijación de sus fronteras mantuvieron viva la conflictividad a lo largo de un trienio más. Fueron convulsiones revolucionarias internas y disputas territoriales de diversa envergadura, que prolongaron las devastaciones de la Gran Guerra y crearon agravios y rivalidades que acabarían sirviendo de espoleta para el estallido de la Segunda Guerra Mundial en el Viejo Continente.[1] Uno de los primeros y más virulentos conflictos de esta índole, la guerra húngaro-rumana, se produjo en el área central danubiana, en el conjunto de los territorios que históricamente constituían la Corona de San Esteban, lo que genéricamente se denominaba el Reino de Hungría.
DE TRANSLEITANIA A HUNGRÍA
Incorporada al patrimonio de los emperadores Habsburgo en 1526, Hungría había experimentado a lo largo del siglo XVIII una recuperación de sus extensas fronteras medievales a costa del Imperio otomano, desde el mar Adriático hasta el amplio arco de la cordillera de los Cárpatos. Con la creación, en 1867, del Imperio austro-húngaro bajo una fórmula confederal (el Imperio dual), este conjunto de territorios, que abarcaba los reinos de Hungría y de Croacia-Eslavonia, pasó a denominarse Transleitania, mientras que los territorios del patrimonio austríaco de los Habsburgo formaban la Cisleitania (por el río Leitha, que les servía de frontera en un trecho). La primera era un mosaico de etnias y religiones en el que, a lo largo del siglo XIX, fueron apareciendo movimientos de carácter nacionalista, reivindicadores primero de tradiciones culturales diferenciales y luego de proyectos confederales, o abiertamente separatistas, con respecto a la Corona húngara de los Habsburgo. El censo imperial de 1910 señalaba siete nacionalidades con base territorial en Transleitania (il. 1 del cuadernillo). Los húngaros o magiares suponían el 48 por ciento de la población, concentrados en la Gran Llanura Húngara, a ambos lados del Danubio central, y en el este de Transilvania; la población rumana, el 14,1 por ciento del total, era mayoritaria en el resto de Transilvania (Erdély en magiar, Ardeal en rumano), así como en el meridional Banato de Temesvár (la actual Timișoara), un multiétnico cuadrilátero entre los ríos Maros (Mureș) y Sava. Los germanos, un 9,8 por ciento, constituían grupos compactos, pero muy repartidos, en la zona del Sopron, fronteriza con Austria, en el Banato y en Transilvania. Los eslovacos del norte de Hungría, los rutenos o ucranianos occidentales, en el triángulo nororiental de la Rutenia Carpática, y los croatas y serbios de Croacia-Eslavonia y el Banato integraban las minorías eslavas, el 25,8 por ciento de la población. Los judíos, carentes de una base territorial concreta, suponían el 4,9 por ciento.[2]
Las tensiones centrífugas en Transleitania, impulsadas por los agravios creados en medio siglo de políticas de magiarización forzada de las minorías, estaban animadas por la existencia de dos estados nacionales que reivindicaban los territorios húngaros habitados por sus etnias: al sur, Serbia, y al este, Rumanía. Tanto el proyecto de creación de la Gran Serbia como el de la Gran Rumanía precisaban de una considerable reducción del tamaño de la Hungría habsbúrgica.
La doble oportunidad se presentó con la Primera Guerra Mundial, en la que serbios y rumanos combatieron contra Austria-Hungría y formaron en las filas de los Aliados vencedores. En el otoño de 1918 el imperio dual, enfrentado a una multifacética crisis interna y a la derrota militar en el frente balcánico, se derrumbó.[3] Tras el armisticio de Padua, que significaba su rendición incondicional y abría paso al final de la monarquía habsbúrgica, estalló el problema de las nacionalidades en forma de declaraciones de independencia y desaparición de las viejas estructuras estatales. Pero también dio paso a las acciones militares de sus vecinos, polacos, rumanos, yugoslavos e italianos, dispuestos a crear situaciones consumadas antes de que la Conferencia de Paz estableciera en París el nuevo marco internacional europeo y sancionara la delimitación de las fronteras de los estados sucesores de Austria-Hungría.
En un clima marcado por la derrota militar, por la agitación social y la creación de consejos obreros de tipo soviético en las fábricas de Budapest, en la noche del 30 de octubre de 1918 estalló en la capital un movimiento incruento que se conoció como Revolución de los Crisantemos. Los liberales de izquierda y los socialdemócratas formaron un Consejo Nacional que el 2 de noviembre proclamó la ruptura de la unión confederal con Austria y designó presidente del Gobierno provisional al conde Mihály Károlyi, un magnate liberal que había encabezado la oposición a la guerra. En principio, Károlyi asumió su nombramiento con la sanción del emperador Carlos I, que era constitucionalmente rey de Hungría, pero creía que la única forma de mantener la integridad territorial de Transleitania en el sistema de estados sucesores era finalizar la unión confederal con Austria. Impulsado por la presión popular a favor de la ruptura con los Habsburgo, proclamó la República el 16 de noviembre.[4] Tres días antes, una delegación magiar había firmado en Belgrado, con los representantes militares de Francia y Serbia, los términos de un armisticio que suponían la práctica desmilitarización del país, entregaban al control de los Aliados las tierras situadas al sur de los ríos Drave y Maros —Croacia y el Banato— y cuyo artículo 3.º otorgaba a los vencedores «el derecho de ocupar todas las localidades y puntos estratégicos que sean designados en cualquier momento por el comandante general de las tropas aliadas».[5]
Enfrentado a una gran inestabilidad social y a una situación económica ruinosa, Károlyi convocó elecciones a la Asamblea Constituyente y ofreció el derecho a la autodeterminación a las minorías étnicas territoriales —croatas, serbios, rumanos, eslovacos y rutenos—, con la esperanza de que aceptaran, mediante plebiscitos, permanecer en un nuevo Estado calificado de «la Suiza del este», la Confederación del Danubio que planteó el transilvano Oszkár Jászi, dirigente del Partido Radical y ministro de Asuntos de las Nacionalidades.[6]
El Gobierno Károlyi buscó aplicar un programa democratizador. Sus puntos fundamentales eran una reforma fiscal que gravase las fortunas nobiliarias y otra agraria que debía repartir las grandes fincas en pequeños lotes entre jornaleros y campesinos pobres. Pero los latifundistas cerraron filas en defensa de sus intereses, y la desmoralizada burocracia estatal fue incapaz de poner en práctica las medidas.[7] Al rechazo de la aristocracia y a la desilusión de los labradores se unía el descontento de la población urbana ante el desabastecimiento generalizado. La caótica situación se vio agravada por la rápida desmovilización de más de un millón de soldados —el Ejército quedaba reducido a 20.000 hombres— que intentaban retornar a la vida civil y no encontraban trabajo ni subsidios, y por la continua improvisación de un Gobierno revolucionario falto de recursos que «se enfrentaba a problemas irresolubles que incluso un régimen dictatorial habría tenido grandes dificultades para manejar».[8]
Mientras tanto, el ala izquierda de la socialdemocracia desplegaba una gran actividad. Al igual que en otros países, el Partido Socialdemócrata húngaro vivía una profunda división desde que su corriente mayoritaria había apoyado, en el verano de 1914, la política belicista del Gobierno de Budapest. La presencia de dirigentes del partido en el Gobierno de coalición de Károlyi provocó el rechazo del sector radical, que ahora buscaba encauzar el descontento popular reclamando el control obrero de las fábricas.
Esta situación, no muy distinta de la vivida en Rusia a lo largo de 1917, resultaba muy interesante para la recién estrenada estrategia del Partido Bolchevique ruso de favorecer la revolución en los países derrotados en la guerra. Durante la contienda se habían ido acumulando en los campos de concentración miles de soldados alemanes y austrohúngaros que, tras la Revolución de Octubre, fueron objeto de una intensa labor de captación ideológica. Muchos permanecieron en Rusia tras la paz de Brest-Litovsk y se unieron al movimiento bolchevique.
Entre ellos se encontraba Béla Kun (magiarización de su nombre judío, Béla Kohn), un periodista transilvano captado en un campo de prisioneros de guerra en Siberia. Sus dotes políticas quedaron pronto manifiestas y, en mayo de 1918, se le encomendó la presidencia de la Federación de Grupos Extranjeros del Partido Comunista de Rusia, lo que le facilitó las tareas de agitación y propaganda entre la numerosa comunidad de exprisioneros húngaros que permanecían en el país,[9] con algunos de los cuales comenzó en septiembre los trabajos para crear el Partido Comunista de Hungría. Tras la reunión, el 4 de noviembre en Moscú, de una «Conferencia de comunistas originarios de los territorios del antiguo Estado húngaro», en la que se planteó la creación de una Federación Internacional Socialista de Hungría en los estados sucesores,[10] Kun viajó a Budapest y con dos centenares de correligionarios constituyó formalmente el partido el día 24, con un Comité Central integrado por tres magiares, dos rumanos, dos eslovacos y dos croatas. Sus apoyos iniciales eran escasos: un grupo de jóvenes intelectuales judíos que dirigía Otto Korvin, los sindicalistas revolucionarios del Comité Inter-factorías o los prisioneros de guerra retornados, que habían constituido una sección húngara del Partido Bolchevique.[11]
Los comunistas iniciaron una eficaz labor de agitación en fábricas y cuarteles y de acoso a los socialdemócratas, favorecidos por el generalizado clima de descontento popular, lo que forzó al Gobierno de centroizquierda a reaccionar encarcelando a Kun y a otros 67 cuadros del partido el 20 de febrero de 1919.[12] Mientras tanto, en las capitales de provincia se formaban consejos revolucionarios de soldados, obreros y campesinos, que actuaban en consonancia con las directrices del Partido Comunista.
EL ULTIMÁTUM DE VIX
La república húngara se enfrentaba a la amenaza de la ocupación aliada y a los propósitos separatistas de sus minorías nacionales. El «plan Jászi» de un Estado confederal fue rechazado por los portavoces de las minorías étnicas, que exigían la aplicación del principio wilsoniano de autodeterminación de los pueblos, un principio que, en realidad, sirvió para justificar la anexión de la mayor parte del territorio húngaro a los estados vecinos. El 30 de octubre de 1918 el Consejo Nacional eslovaco aceptó que la zona septentrional de Hungría se incorporara a la república establecida 48 horas antes en Praga por los nacionalistas checos, que se constituyó como Checoslovaquia. Ese mismo día, los serbios del Banato proclamaron su adhesión al nuevo Estado yugoslavo, y el 24 de noviembre, el Consejo Nacional croata hizo lo mismo.
En el este, el día 13, el ministro Jászi encabezó la delegación húngara que negoció en Arad con representantes del Consejo Nacional rumano e intentó, sin éxito, lograr que los rumanos de Transilvania permanecieran en el Estado húngaro.[13] El 1 de diciembre, los representantes de la población rumana de Transilvania anunciaron, en la Asamblea Nacional de Gyulafehérvár (Alba Iulia), su separación de Hungría, camino a la unión con el Reino de Rumanía: «Para la conducción futura de los asuntos de la nación rumana en Transilvania, Banato y el país húngaro —decía el acuerdo—, la Asamblea Nacional decide establecer un Gran Consejo Nacional rumano, que tendrá todo el derecho de representar a la nación rumana, en cualquier momento y en todas partes ante todas las naciones del mundo y tomar todas las disposiciones que considere necesarias en interés de la nación».[14] La decisión fue respaldada por el Gobierno de Bucarest. El general francés Louis Franchet d’Espèrey, al mando del contingente militar aliado en el área del Danubio, amenazó a Károlyi: «Los eslovacos, los rumanos y los serbios son vuestros enemigos. Solo tengo que hacer una señal y seréis destruidos».[15]
El Ejecutivo húngaro, que, tras asumir Károlyi la presidencia de la República el 11 de enero de 1919, pasó a estar presidido por Dénes Berinkey, se veía incapaz de mantener la integridad de las fronteras. Apelando a la protección de las minorías, pero ejerciendo en la práctica el derecho de conquista, en las últimas semanas de 1918 un contingente de tropas francesas y serbias cruzó las fronteras húngaras y ocupó el Banato, y las tropas checas tomaron Eslovaquia. Los serbios incluso llegaron hasta la ciudad de Pécs, en el interior de la llanura húngara. Y en el este, Budapest tenía que hacer frente a un peligro mayor: la exigencia rumana, calurosamente apoyada por los franceses, de la incorporación a su Estado de la totalidad de Transilvania, más allá de la zona de ocupación militar establecida por el armisticio. El criterio básico era etnográfico: el último censo austrohúngaro en la zona, de 1910, señalaba un 55 por ciento de población rumana, un 34,3 de magiares y un 8,7 de suabos (germanos).[16]
Sin esperar la autorización del Alto Mando aliado, las tropas rumanas iniciaron la ocupación de la Transilvania oriental. El 25 de noviembre entraron en Marosvásárhely (Târgu Mureș); el 4 de diciembre en Beszterce (Bistrița); en Brassó (Brașov) el 7, y a mediados de mes alcanzaron la línea provisional establecida por Franchet d’Espèrey. Pero, justificándose en la decisión de la Asamblea de Alba Iulia y con el apoyo de Henri Mathias Berthelot, un general que había presidido la misión militar francesa en Rumanía en 1916-1917[17] y que mandaba ahora el Ejército del Danubio, que combatía a los bolcheviques rusos en Besarabia y el sur de Ucrania y era muy querido en Rumanía,[18] las tropas rumanas avanzaron más allá. El 24 de diciembre, «a pesar de la oposición del general d’Espèrey y del jefe del Gobierno francés, Clemenceau», ocuparon Kolozsvár (Cluj-Napoca) y Szamosújvár (Gherla) y se detuvieron en la línea Máramarossziget (Sighetu Marmației)-Zilah (Zalău)-Hunedoara (Zam).[19]
El día 31, Berthelot, que actuaba por su cuenta contra las instrucciones de Franchet d’Espèrey, acordó con István Apáthy, comisario general de la Hungría oriental, la retirada de las tropas magiares hasta más allá de una estrecha zona neutral en la Transilvania central, en torno al ferrocarril que pasaba por las ciudades de Szatmárnémeti (Satu Mare), Nagybánya (Baia Mare), Kolozsvár y Déva. Esta solución provisional, en realidad un hecho consumado, fue admitida por el Consejo Supremo aliado en enero de 1919 como límite de la ocupación militar rumana.[20]
Establecido en Bucarest, Berthelot se mostró como un decidido partidario de que Francia amparase la causa nacional rumana y, en sus informes a Clemenceau, «decía que los húngaros eran enemigos de Francia y afirmaba que una frontera en Transilvania desfavorable a Hungría posibilitaría una Rumanía profrancesa».[21] Clemenceau también era partidario de favorecer las demandas del Gobierno rumano, cuyas tropas combatían junto con las galas a los bolcheviques rusos en el sur de Ucrania. Una baza fundamental de la delegación rumana en París fue la reina María, «bella, carismática, con un halo de simpatía alimentado por su actitud en tiempo de guerra», que gozaba de gran popularidad en los países de la Entente. Realizó gestiones entre bambalinas con las delegaciones de la Conferencia de Paz, interesándolas en las reivindicaciones territoriales de su país, como en la entrevista que sostuvo el 8 de marzo con Edward M. House, asesor del presidente Wilson en las negociaciones de los tratados.[22]
En esta situación, a petición del Gobierno magiar, que deseaba conocer las condiciones de paz, y conforme a las instrucciones llegadas de París, el jefe de la misión militar aliada en Hungría, general Paul Joseph de Lobit, le presentó el 19 de marzo una nota, el conocido como Memorandum de Vix, llamada así por su portador, el teniente coronel Fernand Vix.[23] Este explicó a Károlyi, según cuenta el político magiar en sus memorias, «que el cambio de fronteras era simplemente un movimiento estratégico; pero después de veinticuatro horas, estos puntos “estratégicos” cayeron política, económica y administrativamente en manos de rumanos y checos, de modo que en poco tiempo tres quintas partes del país estaban en manos extranjeras».[24] En concreto, el memorándum exigía, bajo amenaza de inicio de las hostilidades, la inmediata aceptación de la práctica totalidad de las exigencias anexionistas rumanas en la Transilvania oriental y la creación de una ancha y alargada zona neutral entre los ríos Maros y Tisza, que incluía importantes núcleos urbanos y nudos ferroviarios como Debrezen, Nagyvárad (Oradea), Nagykároly (Carei), Szatmárnémeti y Arad, en la que ya no existiría la soberanía húngara a la espera de que se decidiera su futuro. Ello, unido a las secesiones que se produjeron en Eslovaquia, Croacia y el Banato, reduciría el territorio magiar a la cuarta parte de lo que abarcaba en 1914. Cuando Károlyi manifestó a Vix que aceptar el ultimátum supondría la caída del Gobierno de centroizquierda y podría traer la implantación de un régimen bolchevique, este respondió: «Para mí, es lo mismo».[25]
El texto del ultimátum, que exigía su aplicación inmediata, dejaba claro que no cabía negociar su contenido ni apelar a las autoridades superiores de la Entente. El 21 de marzo, Károlyi prefirió dimitir antes que aceptarlo, y el filocomunista Consejo de los Soldados de Budapest dio un golpe de Estado incruento y depuso al Gobierno. El Congreso de Consejos Obreros proclamó la República Soviética Húngara y Béla Kun y los otros dirigentes del Partido Comunista, recién liberados de la cárcel, se vieron inmediatamente en el trance de hacerse cargo del Estado con un partido relativamente pequeño —entre treinta y cuarenta mil afiliados, de los que solo había siete entre los 365 delegados del Consejo Obrero de la capital[26]— y clandestino. Además, «los [dirigentes] comunistas, con la excepción de Kun, eran desconocidos en el país, y el Gobierno necesitaba del prestigio que los viejos líderes laboristas poseían entre los trabajadores».[27] Ese mismo día pactaron con los socialdemócratas la confluencia en un Partido Socialista Unificado de Hungría y la formación de un Consejo Revolucionario de Gobierno presidido por el socialista Sándor Garbai, cuyos 34 comisarios actuaban en nombre de los consejos de obreros, soldados y campesinos. Béla Kun se hizo cargo de la cartera de Asuntos Exteriores, aunque, en la práctica, ejercía la presidencia del Gobierno.
UNA EXPERIENCIA COMUNISTA
Durante los siguientes cuatro meses, la República de los Consejos actuó estrictamente bajo la forma doctrinal de dictadura del proletariado y adoptando el modelo leninista del comunismo de guerra.[28] Inmediatamente, el nuevo régimen se embarcó en un proceso de «reformas drásticas y en gran medida inaplicables».[29] Se decretó la nacionalización de los bancos y las empresas con más de veinte trabajadores y la colocación de un comisario gubernamental al frente de cada una. Se prohibió el consumo de alcohol. El Gobierno otorgó el voto a las mujeres, legalizó el aborto y estudió un plan para multiplicar las escuelas primarias y luchar contra el analfabetismo en los adultos. Los sóviets municipales controlarían la producción y distribución de alimentos, poniendo fin al comercio privado. Se rebajaron los alquileres y se socializaron las viviendas de lujo, a fin de que accedieran a ellas los más desfavorecidos, y se anunció el inicio del proceso de colectivización de la propiedad agraria conforme al modelo bolchevique.
Pero esto último provocó el rechazo de los medianos y pequeños propietarios rurales y de los arrendatarios individuales. Favorables en un comienzo a los consejos, a lo largo del verano fueron cambiando su actitud hacia la hostilidad, «lo que se debió principalmente a los cambios en sus circunstancias materiales y sus oportunidades de crecimiento», pero también a la política anticlerical del Gobierno, que imponía «la ruptura de la influencia cultural de la Iglesia por la secularización de sus escuelas, la supresión del clero docente y la prohibición de impartir educación religiosa».[30] De modo que la población rural terminó, en una considerable proporción, apoyando a las fuerzas contrarrevolucionarias que se organizaban en el sur del país.
Siguiendo también las pautas de la Revolución bolchevique, los agentes del partido y los «tribunales populares» desarrollaron un terror rojo contra los acusados de ser enemigos de clase, en su mayoría aristócratas, empresarios, clérigos o profesionales liberales. Una testigo que había acogido favorablemente el cambio de régimen, la sufragista Rosika Schwimmer, escribió: «Ahorcamientos públicos en las grandes plazas de Budapest, a los que asisten decenas de miles de personas, registros domiciliarios, un militarismo lubricado con todos los ungüentos del viejo sistema, mujeres que se vuelven locas y obedecen sin cuestionarlo, y todo eso en nombre de los ¡nobles y hermosos axiomas de la Humanidad!».[31] En pocas semanas, se produjeron miles de detenciones y 587 víctimas mortales, ejecutadas muchas de ellas por los escuadrones volantes que recorrían el país, especialmente los llamados «chicos de Lenin» que acaudillaba Tibor Szamuely, un antiguo oficial del Ejército, formalmente comisario de Comercio y Producción Social del Consejo de Gobierno, que presidía el sistema de tribunales de excepción.[32] Hungría se sumaba así, con el colofón del terror blanco que seguiría al rojo, al proceso de «brutalización de la política» en las sociedades civiles, que desató una sanguinaria cadena de violencia en el seno de los estados sucesores durante el período de Entreguerras.[33]
Apenas llegado al poder, Béla Kun comunicó al Consejo Supremo aliado que Hungría aceptaba los términos del armisticio de noviembre de 1918 y defendía la autodeterminación de los pueblos, pero rechazaba las exigencias del Memorándum de Vix y pedía el envío de una misión del Consejo para negociar los términos de un acuerdo. Atendiendo la demanda, el general sudafricano Jan Smuts llegó a Budapest el 14 de abril «ostensiblemente para resolver la disputa territorial, pero en realidad para ver si Kun podía persuadir a los rusos, especialmente a Lenin, de que viajara a París».[34] Sin bajarse del tren, recibió allí a Kun y exigió perentoriamente el cumplimiento de cuatro condiciones: «1. El Gobierno húngaro retirará sus tropas a una línea más favorable que la fijada por la nota Vix; 2. Se prohíbe a las tropas rumanas avanzar más allá de sus posiciones actuales; 3. La zona neutral así formada será ocupada por unidades británicas, francesas, italianas y, si es posible, por unidades estadounidenses; 4. El Gobierno húngaro acepta y se adhiere a los acuerdos de armisticio celebrados los días 3 y 13 de noviembre».[35]
Kun rechazó la oferta con dos argumentos: «1. El área de la que la Entente exigió que se retiraran los húngaros era defendida fundamentalmente por tropas magiares de Transilvania, sobre las que su Gobierno apenas ejercía influencia. Sabía que una orden suya no sería obedecida. 2. Aunque el actual Gobierno no diera tanta importancia al tema de las fronteras como al progreso general del pueblo, si aceptaba las demandas presentadas por Vix caería en la misma forma en que este problema había derribado a Károlyi».[36] Por lo tanto, comunicó a Smuts que solicitaba a las delegaciones de los vencedores reunidas en París para la Conferencia de Paz cuatro actuaciones: «1. La Conferencia podría resolver la cuestión de las fronteras políticas [a esto agregó inmediatamente: “pero este no es el asunto más importante para nosotros”]; 2. La Conferencia tendría potestad para aclarar todos los problemas que puedan surgir en las relaciones económicas y diplomáticas de los estados implicados; 3. Tendría potestad para promover que se aseguren a los nuevos estados los derechos y una subsistencia más digna de la población. 4. La Conferencia puede contribuir a frustrar toda tendencia nacionalista y chovinista, así como todas las aspiraciones imperialistas».[37]
Los Aliados, implicados en la guerra civil rusa y alarmados por la proclamación de una República soviética en Baviera el 7 de abril, habían descartado el plan presentado por el mariscal Foch a finales de marzo de invadir Hungría para doblegar a los comunistas locales, mientras que el Gobierno de Belgrado, satisfecho con lo obtenido, tampoco quería participar en una campaña que favorecería especialmente a Rumanía.[38] Smuts, que «había llegado a la conclusión de que Kun tenía escasa influencia sobre sus jefes de Moscú»,[39] se dirigió a Viena y Praga, donde buscó convencer a sus gobiernos de que participaran en la lucha contra la República de los Consejos, de la que sospechaba una alianza con Moscú. El Gobierno socialista austríaco no se mostró dispuesto, pero encontró mayor receptividad en el checoslovaco, que acabaría pactando una operación militar conjunta con los rumanos.
Consciente del peligro, el 20 de mayo, József Pogány (alias, como también John Pepper, de József Schwartz), comisario de Defensa, decretó la formación de un Ejército Rojo de unos 80.000 hombres, en su mayoría batallones de obreros organizados por los sindicatos, que se esperaba pudiera actuar contra rumanos y checoslovacos en alianza con la Rusia soviética.[40] Como comandante en jefe del Ejército Rojo figuraba el sindicalista socialdemócrata Vilmos Böhm, antiguo ministro de Defensa con Károlyi, con una función básicamente política, de modo que era un militar profesional, el coronel Aurél Stromfeld, jefe del Estado Mayor, quien ejercía la auténtica dirección de las operaciones. Bajo su planificación, conocedoras de la inminencia de un ataque rumano, las tropas fortificaron apresuradamente sus posiciones en las vías de montaña transilvanas que conducían a la llanura húngara. Al nuevo Ejército magiar se unieron muchos oficiales de las antiguas fuerzas armadas austrohúngaras, conservadores que estaban lejos de profesar simpatías por el comunismo pero que, desde su visión nacionalista, actuaron convencidos de que «la defensa de su patria y la liberación de los territorios húngaros ocupados implicaban luchar por la autodefensa de la República soviética».[41] No era, desde luego, una garantía para el régimen de los consejos, al que el cuerpo de oficiales ofrecía un apoyo condicional basado en las necesidades del momento. Un ejemplo sería una unidad de élite, la División Székely, integrada por transilvanos de etnias magiar y székely, cuyo objetivo era evitar que la región fuera entregada a Rumanía.[42]
HACIA LA GRAN RUMANÍA
El Ejército rumano había tenido un papel complicado durante la guerra. Tras dos años de neutralidad, en agosto de 1916 el Gobierno firmó un tratado de alianza con la Entente, con la promesa de recibir Transilvania, el Banato y la Bucovina. Pero Rumanía fue conquistada rápidamente por los Imperios Centrales y se formó un Gobierno colaboracionista en Bucarest. Sin embargo, en Moldavia, en la zona lindante con el Imperio ruso, se habían mantenido varias divisiones leales al rey Fernando I y al Gobierno de Ioan Constantin Brătianu, que siguieron combatiendo a los austroalemanes hasta que la revolución bolchevique y la paz de Brest-Litovsk, en marzo de 1918, pusieron fin a su lucha y un nuevo Ejecutivo, presidido por el conservador Alexandru Marghiloman, firmó la paz con los Imperios Centrales.
Cuando en ese otoño los ejércitos aliados rompieron el frente balcánico en Macedonia y comenzaron a descender hacia Belgrado, el Gobierno francés envió a Bucarest al general Berthelot, quien, con tropas del Ejército del Danubio, penetró en territorio rumano desde Besarabia el 28 de octubre y solicitó la vuelta de Rumanía al bando de la Entente, a fin de que no pagase como una derrota su colaboración con los austroalemanes.[43] Era algo en lo que ya trabajaba el Gobierno rumano, y el rey Fernando declaró la guerra a los Imperios Centrales el 1 de noviembre, dos días antes de la rendición de Austria-Hungría, lo que permitió a su país figurar en las filas de los vencedores y, como tal, participar en la Conferencia de Paz y negociar grandes ganancias territoriales.
Las Fuerzas Armadas fueron reconstruidas rápidamente en las semanas finales de 1918 bajo la dirección del general Arthur Văitoianu, ministro de la Guerra, y rearmadas por una Francia que deseaba su colaboración en la lucha contra los bolcheviques rusos. Pero la prioridad para Bucarest era actuar en el oeste. Ya el 20 de noviembre la 7.ª División de Infantería y la 1.ª de Caballería cruzaron los Cárpatos y tomaron posiciones en la Transilvania oriental. El 13 de diciembre, el Cuartel General transmitió instrucciones: «para garantizar el orden, la vida y la propiedad de los habitantes, las tropas rumanas ocuparán todas las tierras rumanas que han formado parte hasta ahora de la Monarquía austrohúngara».[44] No obstante, a finales del invierno aún no disponían del suficiente material de guerra moderno, hasta el punto de que los tripulantes de los primeros 19 carros de asalto Renault FT-17, comprados a los franceses en la primavera de 1919, terminaron su formación el 10 de septiembre de ese año, cuando ya había concluido el conflicto con Hungría.[45]
Bajo la dirección del general Gheorghe Mărdărescu, las unidades desplegadas en Transilvania estaban organizadas en dos grandes formaciones: el Grupo Norte del general Traian Moșoiu y el Grupo Sur, que mandaba el propio Mărdărescu.[46] Al comienzo de las operaciones contaban con unos 95.000 hombres, repartidos en 64 regimientos de infantería, 28 de caballería, 44 baterías de artillería y el 5.º Grupo de Aviación, llamado Ardelean, porque la mayoría del personal era de Transilvania, con tres escuadrones de reconocimiento y bombardeo al mando del comandante Athanasie Enescu.[47] Un oficial del Estado Mayor, el teniente coronel Ion Antonescu, el futuro dictador, era autor de los planes tácticos de operaciones y dirigía el eficaz servicio de información militar tras las líneas húngaras.[48]
Para el Gobierno de Bucarest, presidido por Brătianu, líder del Partido Nacional Liberal, la guerra con Hungría suponía una gran ocasión de potenciar una histórica causa popular, el logro de la unión en una Gran Rumanía unitaria de todos los territorios que integraban el specificul national («espacio nacional»), la esencia de la nacionalidad.[49] Este empeño tenía uno de sus puntos fundamentales en la incorporación de la totalidad de Transilvania, que para los nacionalistas era parte integral de la nación rumana desde tiempos inmemoriales: «La región de Transilvania es el corazón de Rumanía […]. Sin Transilvania, Rumanía sería como Francia sin la Auvernia, sin la región de París o la Île-de-France; o como Rusia sin Moscú y sus alrededores».[50]
Pero los dirigentes rumanos eran conscientes de que la decisión de separarse de Hungría adoptada por los 1.228 delegados de la población rumana de Transilvania reunidos en la Gran Asamblea de Alba Iulia, el 1 de diciembre de 1918, serviría de poco a la hora de forzar el consentimiento de las grandes potencias que preparaban en París el tratado de paz con Budapest. Debía producirse antes el hecho consumado de una ocupación militar de la totalidad de la región y más allá. Además, esta acción tendría que ser justificada ante la opinión nacional y la europea presentando a la comunidad rumana de Transilvania «como una víctima de la agresión húngara, de la que tuvo que defenderse luchando simultáneamente contra el nacionalismo y el comunismo húngaros, y culminando su liberación mediante la ocupación de Budapest».[51] Tesis que el propio Brătianu defendió a partir del 31 de enero de 1919, al frente de la delegación de su país en la Conferencia de Paz, con el decidido apoyo de un Gobierno francés que apreciaba, en Rumanía y en su guerra contra la Hungría soviética, un elemento clave del cordón sanitario que quería construir para frenar militar y políticamente el avance del comunismo en la Europa centro-oriental.[52] Desde una perspectiva más amplia, el conflicto con la Hungría soviética se inscribía en la pretensión del político rumano de que se admitiera a su país en la Conferencia de Paz «como un socio en pie de igualdad con las grandes potencias», para lo que apelaba a la convención política que había definido la alianza entre Rumanía y la Entente en noviembre de 1918.[53]
Los británicos eran también sensibles a estos argumentos. El 25 de marzo, en una reunión del Consejo de los Cuatro en París, su primer ministro, Lloyd George, abogó por «concentrar todos nuestros medios en la defensa de Rumanía» a fin de «fortalecer nuestra barrera contra el bolchevismo». Esa noche, se entrevistó con Brătianu, quien «destacó la importancia del reconocimiento moral de las reclamaciones rumanas y la necesidad de solidaridad frente a la postura agresiva de Hungría». El premier británico le prometió proporcionar equipo militar para cien mil hombres.[54] Había, sin embargo, un punto de desencuentro. Los representantes aliados exigían que los estados sucesores de Austria-Hungría dieran garantías legales de respeto a los derechos culturales y políticos de sus minorías étnicas, lo que afectaría al desarrollo del proyecto nacional de la Gran Rumanía. Con las tropas rumanas combatiendo a las húngaras en Transilvania, el 2 de julio Brătianu abandonó París dispuesto a no volver a la Conferencia de Paz. «Me voy —dijo a la prensa— porque estoy convencido de que Rumanía no aceptará los términos referentes a las minorías que se van a incorporar al tratado, ya que limitarán su soberanía».[55]
LA LUCHA POR TRANSILVANIA Y ESLOVAQUIA
Enfrentada a la perspectiva de una guerra contra fuerzas militares muy superiores, la opinión pública magiar favorable al régimen de los consejos fiaba gran parte de sus posibilidades de supervivencia a la intervención de lo que recordaba como un inmenso Ejército ruso, que acudiría en su ayuda y derrotaría a Rumanía, «emparedada entre dos repúblicas soviéticas».[56] Kun extremaba su optimismo en ello: «Cada día vemos más y más señales de que la revolución proletaria internacional, la base que hemos construido de nuestro destino y futuro, no es una farsa, sino una realidad objetiva. Por lo tanto, tenemos que luchar hasta que la revolución proletaria internacional sea nuestra salvación».[57]
Pero los bolcheviques rusos se encontraban inmersos en una guerra contra los ejércitos blancos y contra una Polonia renacida, y nunca estuvieron en condiciones de actuar en apoyo de los comunistas húngaros, que quedaron a merced de la sola capacidad militar de su país. Esa capacidad para cubrir unas fronteras rodeadas de adversarios era muy limitada: 56.125 hombres encuadrados en siete divisiones y una brigada independiente, con 137 piezas de artillería, cinco trenes blindados y dos escuadrillas aéreas.
A comienzos de 1919, las divisiones rumanas destacadas en Transilvania tenían como misión la identificación y desarme de unidades aisladas del antiguo Ejército austrohúngaro y «la provisión del orden y la seguridad en las áreas de su responsabilidad».[58] Luego, pasaron al ataque. El 16 de abril, cuatro divisiones de infantería y una de caballería, con otras dos en la reserva y 176 piezas de artillería, iniciaron la ofensiva contra la alargada línea magiar, rompieron el centro de sus defensas en los pasos de montaña que se abrían a los valles de los ríos Sebes-Körös (Crișul-Repede) y Szamos (Someș) y después avanzaron por la llanura húngara. El día 20 tomaron Oradea, el 22 Satu Mare, el 24 entraron en Debrezen, destrozaron a la División Székely en Nyírbátor y obligaron a las restantes unidades magiares a retroceder rápidamente hacia el Tisza, que los rumanos alcanzaron el día 29. Allí contactaron con las tropas francesas y serbias que ocupaban Szeged y la orilla sur del río Maros.
Conforme al acuerdo de cooperación, el Ejército checoslovaco avanzó por el triángulo de la Rutenia carpática, ocupó la ciudad de Miskolc y, el 30 de abril, su vanguardia enlazó en Munkács (la actual Mukachevo) con el destacamento mixto del general Olteanu, que constituía el ala derecha del dispositivo rumano. El 2 de mayo, con sus tropas intentando evitar q
