COMISIÓN INTERACADÉMICA DE PUBLICACIONES DE LA ASALE
Santiago Muñoz Machado
Presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española
Director de la Real Academia Española
Francisco Javier Pérez
Secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española
Academia Venezolana de la Lengua
Gonzalo Celorio
Director de la Academia Mexicana de la Lengua
Guillermo Soto Vergara
Director de la Academia Chilena de la Lengua
Eduardo Hopkins Rodríguez
Presidente de la Academia Peruana de la Lengua
Jorge Fornet Gil
Director de la Academia Cubana de la Lengua
Wilfredo Penco
Primer vicepresidente de la Academia Nacional de Letras de Uruguay
José Luis Vega
Director de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española
La Comisión Interacadémica de Publicaciones de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) había acordado que, con motivo del IX Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), inicialmente previsto en Arequipa (Perú), se publicaría una edición conmemorativa de Los ríos profundos, de José María Arguedas. Sin embargo, la inestabilidad social y política impidió que el congreso se realizara en dicha ciudad, por lo que la sede fue trasladada a Cádiz (España), donde finalmente se presentó la edición. Ahora, con el regreso del X CILE a Arequipa, la Comisión, con el respaldo del pleno de directores y presidentes de todas las Academias, ha impulsado una nueva obra conmemorativa: una antología poética de César Vallejo, uno de los más grandes poetas peruanos e hispanoamericanos.
Las ediciones conmemorativas se iniciaron con Don Quijote de la Mancha, edición del IV Centenario (2004; reeditada en 2015), y continuaron con Cien años de soledad (2007), La región más transparente (2008), Pablo Neruda. Antología general (2010), Gabriela Mistral en verso y prosa (2010), La ciudad y los perros (2012), Rubén Darío. Del símbolo a la realidad (2016), La colmena (2016), Borges esencial (2017), Yo el Supremo (2017), Rayuela (2019), El Señor Presidente (2020), Martí en su universo. Una antología (2021) y Los ríos profundos (2023). En 2024 se sumaron Corrientes alternas. Antología de verso y prosa, de Octavio Paz, y La vida breve, de Juan Carlos Onetti. Se presenta en 2025 la antología Poesía reunida, de César Vallejo.
La obra poética de César Vallejo (1892-1938), aunque no muy extensa en volumen, es de una densidad y originalidad excepcionales, que la han convertido en una referencia imprescindible de la poesía del siglo XX. Su valoración ha ido creciendo con el tiempo, hasta consolidar al poeta como una de las voces fundamentales de la literatura hispanoamericana.
Sus dos primeros libros, Los heraldos negros (1918) y Trilce (1922), publicados en Lima, marcan el inicio de una trayectoria poética única. En Los heraldos negros ya se percibe una sensibilidad especial y una visión trágica de la existencia. Aunque pasó inicialmente desapercibida, se ha convertido en una obra clave para entender la modernidad poética en lengua española. Trilce, en cambio, representó una ruptura aún más audaz: Vallejo experimenta libremente con la forma, la sintaxis y el lenguaje, desafiando toda convención lírica. Este libro, incomprendido en su tiempo, se considera hoy una de las cumbres de la vanguardia hispanoamericana. Ambas obras, muy distintas en forma, comparten una misma inquietud: la exploración del dolor, el sentido del ser humano y el lenguaje como herramienta límite.
En sus años en Europa, y especialmente durante su última etapa vital, Vallejo escribió una serie de poemas que no llegaron a publicarse en vida. Tras su muerte en París, su viuda Georgette Philippart se encargó de custodiar y difundir esta obra póstuma, que incluye los libros Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz (ambos publicados en 1939). En ellos, su poesía se vuelve más directa y comprometida. Poemas humanos ofrece una actitud más solidaria y combativa, profundamente preocupada por el sufrimiento colectivo, sin perder nunca el tono ético, íntimo que atraviesa toda su obra. España, aparta de mí este cáliz, escrito también durante la guerra civil española, es una de las grandes obras de la poesía comprometida, en la que Vallejo alza su voz contra la injusticia y a favor del pueblo, sin renunciar a la intensidad lírica ni a la emoción personal. El lenguaje se convierte aquí en un instrumento de resistencia y esperanza.
A lo largo de su evolución poética, Vallejo pasa de la reflexión y desesperanza de Los heraldos negros, a la experimentación vanguardista de Trilce, para culminar en una poesía humanista, solidaria y ética, como se aprecia en sus obras finales. Aunque en vida fue un autor poco comprendido, su reconocimiento se consolidó a partir de los años cincuenta y sesenta, cuando escritores como Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti o Enrique Lihn lo consagraron como una voz fundamental de la poesía hispánica. Hoy, se lee a César Vallejo en todo el mundo y ocupa un lugar central en el canon de la poesía universal.
La presente edición, coordinada por Marco Martos Carrera, académico de la Academia Peruana de la Lengua, se acompaña, como el resto de los títulos de la colección, de un conjunto de estudios monográficos y breves ensayos. Abre la serie de artículos un trabajo recuperado de Antenor Orrego, destacado filósofo, periodista, ensayista y político peruano, que fue el primero en reconocer el genio poético de César Vallejo, en su prólogo a la edición de Trilce en 1922 del que hemos extraído el fragmento que publicamos. Sigue la colaboración, también recuperada, del poeta y narrador uruguayo Mario Benedetti, profundo admirador de César Vallejo, que subrayó la influencia vallejiana en la poesía latinoamericana posterior y lo consideró un referente indispensable para la poesía comprometida y humana. Rescatamos, también, del poeta chileno y Nobel de Literatura, Pablo Neruda, la oda que dedico a César Vallejo, testimonio de respeto entre dos de los más grandes poetas de Hispanoamérica.
Al final del volumen y bajo el título «César Vallejo, tradición e innovación», se recogen las colaboraciones de los académicos de la Academia Peruana de la Lengua Marco Martos Carrera, coordinador de la edición y uno de los más considerados críticos de la obra de Vallejo, que realiza un profundo repaso por la poesía esencial de Vallejo; y Alonso Cueto, destacado narrador y ensayista peruano, que diserta sobre los aspectos más humanos del autor. El reconocido hispanista británico Stephen M. Hart, uno de los grandes vallejistas actuales, combina en su colaboración el análisis literario, histórico y político. Carlos Fernández, investigador postdoctoral en la Universidad Autónoma de Madrid, y Valentino Gianuzzi, profesor de Estudios Culturales Latinoamericanos en la Universidad de Mánchester, abordan en su estudio el modo en que la obra del poeta peruano se relaciona con los principales movimientos estéticos del siglo XX. Ángel Esteban, catedrático de la Universidad de Granada, especializado en literatura hispanoamericana, estudia las relaciones entre la vida y la obra de Vallejo. Por último, la escritora y docente peruana Ana Luisa Ríos González, especialista en la difusión de la literatura amazónica, aborda el tema de la presencia de la mujer y la poesía intercultural en la obra vallejiana. Completan la edición una bibliografía y un glosario de voces utilizadas por el autor en esta obra.
La Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española expresan su agradecimiento a todos los que han contribuido a la publicación de esta obra. En especial, desean reconocer a la Academia Peruana de la Lengua, y muy particularmente a don Marco Martos Carrera, coordinador de la edición, así como a su equipo, responsable de la elaboración del glosario que la acompaña, con quienes ha colaborado estrechamente Carlos Domínguez, responsable de publicaciones de la Real Academia Española.


César Vallejo
ANTENOR ORREGO
CONOCIMIENTO
PRÓLOGO A TRILCE (1922)
Bien quisiera yo, con harto y ubérrimo corazón, que estas palabras mías al frente del gran libro de César Vallejo, que marca una superación estética en la gesta mental de América, fueran nada más que lírico grito de amor, tenue vibración del torbellino musical que ha suscitado siempre en mí la vida y la obra de este hermano genial. Así debería ser, pero mi amor no puede eludir el conocimiento. Pienso que solo quien comprende es el que con más veracidad ama, y que solo quien ama es el que más entrañablemente comprende. Hay, pues, una mayor o menor veracidad en el amor, tanto o más que en el conocimiento que extrae para sí el máximum de comprensión que necesita para su amor.
Una áurea mañana el niño se llena de estupor ante el sutil juego dinámico, ante los gritos inarticulados de su muñeco. Su asombrada puerilidad toca por primera vez las puertas del misterio. Espera que el milagro que se produce en sí mismo, el milagro de la vida, le pueda ser revelado por esta criatura mecánica que tiene en sus manos. El futuro hombre esgrime sus nervios, su corazón, su cerebro y su valor para lanzarse en su primera aventura de conocimiento. ¿Por qué? —gritan sus entrañas desde lo más acendrado de su ser—. Y este primer «por qué» rompe, con dolorida angustia, el desfile innumerable de «porqués» que signan los escalones virales del hombre, hasta el último, el de la muerte. El niño decide destripar su muñeco. Lo destripa.
Tras de haber vaciado las entrañas de trapo y de aserrín, tras de haber examinado atentamente la arquitectura de su juguete, tras de haber apartado pieza por pieza todo el montaje interior, tras de haber eliminado todo lo puramente formal en busca de las esencias, el investigador se encuentra ante el primer cadáver de ilusión, ante el primer conocimiento. Un tenue alambrillo arrollado en espiral; he aquí donde residía, íntegramente, el secreto de la maravilla dinámica del muñeco. Esto no es la vida; esto es una mixtificación de la vida.
El niño acaba de descubrir las técnicas, que, a su vez, no son sino los instrumentos para expresar los estilos. El muñeco no es vida, pero puede ser un estilo de la vida.
He aquí, a mi juicio, la posición fundamental de César Vallejo con respecto a la poesía. Niño de prodigiosa virginidad, busca el secreto de la vida en sí misma. Ha tenido sus muñecos en los cuales creía encontrar el principio primordial del gran arcano. Ha descubierto que las artes no son sino versiones parciales, versiones escuetas, estilizadas del universo. Ha descubierto los estilos y los instrumentos para expresarlos: las técnicas.
César Vallejo está destripando los muñecos de la retórica. Los ha destripado ya.
El poeta quiere dar una versión más directa, más caliente y cercana de la vida. El poeta ha hecho pedazos todos los alambritos convencionales y mecánicos. Quiere encontrar otra técnica que le permita expresar con más veracidad y lealtad su estilo de la vida.
La América Latina —creo yo— no asistió jamás a un caso de tal virginidad poética. Es preciso ascender hasta Walt Whitman para sugerir, por comparación de actitudes vitales, la puerilidad genial del poeta peruano. De esta labor ya se encargará la crítica inteligente; si no hoy, mañana.

MARIO BENEDETTI
VALLEJO Y NERUDA: DOS MODOS DE INFLUIR
Hoy en día parece bastante claro que, en la actual poesía hispanoamericana, las dos presencias tutelares se llaman Pablo Neruda y César Vallejo. No pienso meterme aquí en el atolladero de decidir qué vale más: si el caudal incesante, avasallador, abundante en plenitudes, del chileno, o el lenguaje seco a veces, irregular, entrañable y estallante, vital hasta el sufrimiento, del peruano. Más allá de discutibles o gratuitos cotejos, creo sin embargo que es posible relevar una esencial diferencia en cuanto tiene relación con las influencias que uno y otro ejercieron y ejercen en las generaciones posteriores, que inevitablemente reconocen su magisterio.
En tanto que Neruda ha sido una influencia más bien paralizante, casi diría frustránea, como si la riqueza de su torrente verbal solo permitiera una imitación sin escapatoria, Vallejo, en cambio, se ha constituido en motor y estímulo de los nombres más auténticamente creadores de la actual poesía hispanoamericana. No en balde la obra de Nicanor Parra, Sebastián Salazar Bondy, Gonzalo Rojas, Ernesto Cardenal, Roberto Fernández Retamar y Juan Gelman revela, ya sea por vía directa, ya por influencia interpósita, la marca vallejiana; no en balde, cada uno de ellos tiene, pese a ese entronque común, una voz propia e inconfundible. (A esa nómina habría que agregar otros nombres como Idea Vilariño, Pablo Armando Fernández, Enrique Lihn, Claribel Alegría, Humberto Megget o Joaquín Pasos, que, aunque situados a mayor distancia de Vallejo que los antes mencionados, de todos modos, están en sus respectivas actitudes frente al hecho poético más cerca del autor de Poemas humanos que del de Residencia en la tierra).
Es bastante difícil hallar una explicación verosímil a ese hecho que me parece innegable. Sin perjuicio de reconocer que, en poesía, las afinidades eligen por sí mismas las vías más imprevisibles o los nexos más esotéricos, y unas y otros suelen tener poco que ver con lo verosímil, quiero arriesgar sobre el mencionado fenómeno una interpretación personal.
La poesía de Neruda es, antes que nada, palabra. Pocas obras se han escrito, o se escribirán, en nuestra lengua, con un lujo verbal tan asombroso como las primeras Residencias o como algunos pasajes del Canto general. Nadie como Neruda para lograr un insólito centelleo poético mediante el simple acoplamiento de un sustantivo y un adjetivo que antes jamás habían sido aproximados. Claro que en la obra de Neruda hay también sensibilidad, actitudes, compromiso, emoción, pero (aun cuando el poeta no siempre lo quiera así) todo parece estar al noble servicio de su verbo. La sensibilidad humana, por amplia que sea, pasa en su poesía casi inadvertida ante la más angosta sensibilidad del lenguaje; las actitudes y compromisos políticos, por detonantes que parezcan, ceden en importancia frente a la actitud y el compromiso artísticos que el poeta asume frente a cada palabra, frente a cada uno de sus encuentros y desencuentros. Y así con la emoción y con el resto. A esta altura, yo no sé qué es más creador en los divulgadísimos Veinte poemas: si las distintas estancias de amor que le sirven de contexto o la formidable capacidad para hallar un original lenguaje destinado a cantar ese amor. Semejante poder verbal puede llegar a ser tan hipnotizante para cualquier poeta, lector de Neruda, que si bien, como todo paradigma, lo empuja a la imitación, por otra parte, dado el carácter del deslumbramiento, lo constriñe a una zona tan específica que hace casi imposible el renacimiento de la originalidad. El modo metaforizador de Neruda tiene tanto poder, que a través de incontables acólitos o seguidores o epígonos, reaparece como un gen imborrable, inextinguible.
El legado de Vallejo, en cambio, llega a sus destinatarios por otras vías y moviendo quizás otros resortes. Nunca, ni siquiera en sus mejores momentos, la poesía del peruano da la impresión de una espontaneidad torrencial. Es evidente que Valle (como Unamuno) lucha denodadamente con el lenguaje, y muchas veces, cuando consigue al fin someter la indómita palabra, no puede evitar que aparezcan en esta las cicatrices del combate. Si Neruda posee morosamente a la palabra, con pleno consentimiento de esta, Vallejo en cambio la posee violentándola, haciéndole decir y aceptar por la fuerza un nuevo y desacostumbrado sentido. Neruda rodea a la palabra de vecindades insólitas, pero no violenta su significado esencial; Vallejo, en cambio, obliga a la palabra a ser y decir algo que no figuraba en su sentido estricto. Neruda se evade pocas veces del diccionario; Vallejo, en cambio, lo contradice de continuo.
El combate que Vallejo libra con la palabra tiene la extraña armonía de su temperamento anárquico, disentidor, pero no posee obligatoriamente una armonía literaria, dicho sea esto en el más ortodoxo de sus sentidos. Es como espectáculo humano (y no solo como ejercicio puramente artístico) que la poesía de Vallejo fascina a su lector, pero una vez que tiene lugar ese primer asombro, todo el resto pasa a ser algo subsidiario, por valioso e ineludible que ese resto resulte como intermediación.
Desde el momento que el lenguaje de Vallejo no es lujo sino disputada necesidad, el poeta-lector no se detiene allí, no es encandilado. Ya que cada poema es un campo de batalla, es preciso ir más allá, buscar el fondo humano, encontrar al hombre, y entonces sí, apoyar su actitud, participar en su emoción, asistirlo en su compromiso, sufrir con su sufrimiento. Para sus respectivos poetas-lectores, vale decir para sus influidos, Neruda funciona sobre todo como un paradigma literario; Vallejo, en cambio, así sea a través de sus poemas, como un paradigma humano.
Es tal vez por eso que su influencia, cada día mayor, no crea sin embargo meros imitadores. En el caso de Neruda lo más importante es el poema en sí; en el caso de Vallejo, lo más importante suele ser lo que está antes (o detrás) del poema. En Vallejo hay un fondo de honestidad, de inocencia, de tristeza, de rebelión, de desgarramiento, de algo que podríamos llamar soledad fraternal, y es en ese fondo donde hay que buscar las hondas raíces, las no siempre claras motivaciones de su influencia.
A partir de un estilo poderosamente personal, pero de clara estirpe literaria, como el de Neruda, cabe encontrar seguidores sobre todo literarios que no consiguen llegar a su propia originalidad, o que llegarán más tarde a ella por otros afluentes, por otros atajos. A partir de un estilo como el de Vallejo, construido poco menos que a contrapelo de lo literario, y que es siempre el resultado de una agitada combustión vital, cabe encontrar, ya no meros epígonos o imitadores, sino más bien auténticos discípulos, para quienes el magisterio de Vallejo comienza antes de su aventura literaria, la atraviesa plenamente y se proyecta hasta la hora actual.
Se me ocurre que de todos los libros de Neruda, solo hay uno, Plenos poderes, en que su vida personal liga entrañablemente a su expresión poética. (Curiosamente, es quizá el título menos apreciado por la crítica, habituada a celebrar otros destellos en la obra del poeta; para mi gusto, ese libro austero, sin concesiones, de ajuste consigo mismo, es de lo más auténtico y valioso que ha escrito Neruda en los últimos años. Someto al juicio del lector esta inesperada confirmación de mi tesis: de todos los libros del gran poeta chileno, Plenos poderes es, a mi juicio, el único en que son reconocibles ciertas legítimas resonancias de Vallejo). En los otros libros, los vericuetos de la vida personal importan mucho menos, o aparecen tan transfigurados, que la nitidez metafórica hace olvidar por completo la validez autobiográfica. En Vallejo, la metáfora nunca impide ver la vida; antes bien, se pone a su servicio. Quizá habría que concluir que en la influencia de Vallejo se inscribe una irradiación de actitudes, o sea, después de todo, un contexto moral. Ya sé que sobre esta palabra caen todos los días varias paladas de indignación científica. Afortunadamente, los poetas no siempre están al día con las últimas noticias. No obstante, es un hecho a tener en cuenta: Vallejo, que luchó a brazo partido con la palabra pero extrajo de sí mismo una actitud deincanjeable calidad humana, está milagrosamente afirmado en nuestro presente, y no creo que haya crítica, o esnobismo, o mala conciencia, que sean capaces de desalojarlo.
1967

PABLO NERUDA
ODA A CÉSAR VALLEJO
ODAS ELEMENTALES (1952-1954)
A la piedra en tu rostro,
Vallejo,
a las arrugas
de las áridas sierras
yo recuerdo en mi canto,
tu frente
gigantesca
sobre tu cuerpo frágil,
el crepúsculo negro
en tus ojos
recién desencerrados,
días aquellos,
bruscos,
desiguales,
cada hora tenía
ácidos diferentes
o ternuras
remotas,
las llaves
de la vida
temblaban
en la luz polvorienta
de la calle,
tú volvías
de un viaje
lento, bajo la tierra,
y en la altura
de las cicatrizadas cordilleras
yo golpeaba la puertas,
que se abrieran
los muros,
que se desenrollaran
los caminos,
recién llegado de Valparaíso
me embarcaba en Marsella,
la tierra
se cortaba
como un limón fragante
en frescos hemisferios amarillos,
te quedabas
tú
allí, sujeto
a nada,
con tu vida
y tu muerte,
con tu arena
cayendo,
midiéndote
y vaciándote,
en el aire,
en el humo,
en las callejas rotas
del invierno.
Era en París, vivías
en los descalabrados
hoteles de los pobres.
España
se desangraba.
Acudíamos.
Y luego
te quedaste
otra vez en el humo
y así cuando
ya no fuiste, de pronto,
no fue la tierra
de las cicatrices,
no fue
la piedra andina
la que tuvo tus huesos,
sino el humo,
la escarcha
de París en invierno.
Dos veces desterrado,
hermano mío,
de la tierra y el aire,
de la vida y la muerte,
desterrado
del Perú, de tus ríos,
ausente
de tu arcilla.
No me faltaste en vida,
sino en muerte.
Te busco
gota a gota,
polvo a polvo,
en tu tierra,
amarillo
es tu rostro,
escarpado
es tu rostro,
estás lleno
de viejas pedrerías,
de vasijas
quebradas,
subo
las antiguas
escalinatas,
tal vez
estés perdido,
enredado
entre los hilos de oro,
cubierto
de turquesas,
silencioso,
o tal vez
en tu pueblo,
en tu raza,
grano
de maíz extendido,
semilla
de bandera.
Tal vez, tal vez ahora
transmigres
y regreses,
vienes
al fin
de viaje,
de manera
que un día
te verás en el centro
de tu patria,
insurrecto,
viviente,
cristal de tu cristal, fuego en tu fuego,
rayo de piedra púrpura.
NOTA AL TEXTO
Los poemas de César Vallejo que ahora publicamos son los que han aparecido en sus libros. Respetamos la decisión final de Georgette Vallejo que se conoce a partir de la edición de Francisco Moncloa de 1966 y que nombra las siguientes colecciones de versos: Los heraldos negros, Trilce, Poemas humanos, España, aparta de mí este cáliz. Hemos prescindido de los textos que están fuera de estos volúmenes, por considerar que poco aportan al conjunto de la obra, en especial los poemas juveniles que se conocieron en revistas y periódicos del Perú entre 1912 y 1918.
Para realizar la edición que ofrecemos hemos tenido a la vista reproducciones confiables de las primeras ediciones, Los heraldos negros de 1918, Trilce de 1922, Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz de 1939. Naturalmente, hemos consultado las ediciones que firman Ricardo González Vigil, Ricardo Silva Santisteban, Raúl Hernández Novás y Américo Ferrari. Se ha respetado en todo lo posible la ortografía del poeta, por ejemplo, en el uso de los signos de puntuación y en la utilización de peruanismos.
Resulta interesante conocer algunos detalles: el primer libro de Vallejo, aunque fechado en 1918 circuló a partir de 1919, pues el autor estaba esperando un prólogo de Abraham Valdelomar que nunca llegó.
Buena parte de Trilce fue escrita en la cárcel de Trujillo, y tiene la marca de ese sufrimiento. Después de pasar ciento doce días en prisión. Vallejo ganó un premio literario y pudo tener dinero para editar su libro de poemas, que al principio quiso llamar Cráneos de bronce y firmarlo como César Perú. Sus amigos lo disuadieron de tal propósito. No obstante, ya habían sido impresas las primeras tres páginas del libro y el impresor le dijo al poeta que la reposición de las hojas con los cambios costaría treinta soles de oro más o tres libras peruanas de aquel momento. Según el testimonio de Francisco Xandóval, un amigo cercano de César Vallejo, el nombre Trilce se le ocurrió en ese momento debido a la deformación y alargamiento de la palabra «tres».
Sin embargo, en una entrevista hecha en España en 1931, Vallejo respondió que la palabra «trilce» no quiere decir nada y simplemente la había inventado. Otros estudiosos afirman que este título es la unión de las palabras «triste» y «dulce».
El título Poemas humanos tiene origen en una libreta que dejó César Vallejo en la que aparecía una lista de nombres posibles, uno de los cuales era Libro de poemas humanos. Conjeturamos que Vallejo conoció el libro de Gerardo Diego de 1925 Versos divinos. En todo caso, Poemas humanos es el título que la gran mayoría de lectores y críticos acepta, con la excepción de Américo Ferrari, quien prefiere llamar a todos los poemas posteriores a 1922 Poemas de París, y de Ricardo Silva Santisteban, quien opta por llamar Poemas póstumos a todos los publicados después de 1938. Recordamos que Roberto Paoli ha dicho que la fuerza de la tradición tiene un papel que jugar en la denominación de los libros, como ocurre con el libro más importante de Dante, que el autor llamó Comedia y que la posteridad lo reconoce como Divina comedia.
España, aparta de mí este cáliz fue un libro impreso en 1939 por los propios soldados de la República y trasciende las circunstancias políticas en que fue escrito para transformarse en canto a la justicia y la libertad válido para todo momento histórico.
En el mes de octubre de 2025 se desarrollará en Arequipa un Congreso de la Lengua Española que reunirá a académicos, escritores, críticos literarios, estudiantes, que llegarán a esa magnífica ciudad para intercambiar con los pobladores la alegría de una lengua compartida, un mismo sistema, distintas normas y múltiples hablas. El español del Perú está enriquecido por el contacto con las lenguas originarias, quechua, aimara, mochica, tallán, sec, y unas cuarenta que se hablan en la selva, como el awajún, el shipibo, el bora, el eseeja.
Con ocasión de esta reunión, la más importante para asuntos del español, la Asociación de Academias de la Lengua Española, que abarca a veintitrés países, ha decidido rendir homenaje a César Vallejo publicando su poesía reunida con esta edición que llevará los versos del genial poeta peruano a todos los rincones del orbe hispano. A los versos reunidos se sumará un manojo de ensayos, algunos conocidos, como las páginas iniciales de Trilce que escribió Antenor Orrego, o la comparación que hizo Mario Benedetti de la poesía de Vallejo con la de Neruda, y otros textos escritos especialmente para esta ocasión por Ángel Esteban, Alonso Cueto, Ana Luisa Ríos González, Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, Marco Martos Carrera y Stephen M. Hart.
En pocas palabras, César Vallejo alcanzó, desde sus inicios, una calidad no vista en la poesía hispanoamericana como se prueba con el poema inicial de Los heraldos negros, se atrevió como nadie a explorar dentro del propio lenguaje como lo hizo en Trilce, alcanzó niveles absolutamente originales en su fase europea, con poemas que tienen eficacia en español y en cualquiera de los idiomas que se les traduzca. Vallejo es ciudadano, poeta y político. Es el poeta del dolor, cierto, pero también, el adalid de la esperanza.

Retrato póstumo de César Vallejo, fechado el 9 de junio de 1938, realizado por Pablo Picasso para la primera edición de España, aparta de mí este cáliz.
La primera edición de España, aparta de mí este cáliz se imprimió en el monasterio de Montserrat, Barcelona, en 1939. La edición, con prólogo de Juan Larrea e ilustrada por Pablo Picasso, estuvo al cuidado de Manuel Altolaguirre. En el colofón se indicaba que «Soldados de la República fabricaron el papel, compusieron el texto y movieron las máquinas. Ediciones Literarias del Comisariado. Ejército del Este, guerra de Independencia. Año de 1939». Juan Larrea encargó a Pablo Picasso el retrato de César Vallejo y el pintor accedió a dibujarlo: «Picasso no conocía a Vallejo. Apenas se produjo la muerte de César, me reuní, una larga tarde, con el pintor y le leí un buen puñado de versos vallejianos. Picasso, profunda y visiblemente emocionado, exclamó: “A este sí que le hago el retrato”. Y dicho y h
