El reino sobre el mar

Zohra Nabi

Fragmento

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Prólogo

Una oscuridad extraña había descendido aquella noche sobre Zehaira. Una oscuridad profunda y misteriosa, toda cielos atronadores y lluvia torrencial. Una oscuridad que cualquier hechicero digno de ese nombre sabría que significaba que una gran magia se cernía sobre la ciudad.

Por supuesto, la magia siempre había caído sobre Zehaira como la luz de las estrellas, pero durante cientos de años había quedado incrustada en las piedras labradas, amortiguada por el alboroto de los mercaderes y anegada bajo el humo generado por los alquimistas que trabajaban en el palacio del sultán. En Zehaira, los genios salvajes se veían obligados a merodear por el exterior de las murallas de la ciudad, enfurruñados, acechando a los transeúntes desde las sombras.

La magia de esa noche era diferente. Era feroz, inabarcable en el sigilo con el que se movía por la ciudad ocultando la línea argentina de la luna nueva. Y, dado que los hechiceros de Zehaira sí eran dignos de su nombre, y de mucho más, habían convocado un consejo para debatir la gravedad de este presagio. Luciendo una capa y una expresión sombría, todos ellos se encaminaron hacia los pasajes subterráneos que conectaban sus respectivos hogares con la Gran Biblioteca, donde se agruparían bajo la cúpula ambarina. En el barrio de los Hechiceros, las calles estaban vacías, sólo se oía el batir de la lluvia sobre los tejados.

Estaban vacías, salvo por una joven que llevaba un fardo apretado contra el pecho y avanzaba a toda velocidad, tan deprisa que resbalaba sobre los adoquines. Fuera del barrio se oían voces de hombres, distantes pero cada vez más altas: se acercaban.

No parecían amistosas.

Llegó a una puerta, la antepenúltima de la calle. Cuando se detuvo ante ella, adoptó una expresión decidida: frunció el ceño y cerró la boca con obstinación. Levantó el puño y aporreó la madera.

Abrieron una rendija entre la puerta y el marco. Un par de ojos de color ámbar se asomaron por ella y a la mujer se le escapó un sollozo de alivio.

—Asilo —jadeó.

—¿Perdona?

—Déjame entrar, por favor. Necesito que me ayudes.

La persona abrió la puerta un poco más. A la luz de la casa se distinguía su enorme túnica de alumna, un rostro joven bajo el turbante.

—Perdona —volvió a decir la estudiante—. No puedo permitir que entren extraños; la puerta está encantada.

Escudriñó la noche que reinaba más allá de la mujer. De repente, el ruido de los hombres que se acercaban quedó ahogado por el redoble de las campanas, las murallas de la ciudad vibraban con cada tañido ensordecedor. La joven que estaba en la calle empezó a temblar de miedo.

—Son por ti —dijo la estudiante muy despacio mientras recorría a su interlocutora con la mirada—. Eres una fugitiva.

—No he hecho nada malo —insistió la mujer, que apretó el fardo aún con más fuerza—. Al contrario, todo esto es porque he intentado hacer lo correcto.

Al ver que la estudiante dudaba, estiró un brazo y la agarró de la muñeca.

—Por favor. Tienes que ayudarme. Si me echas, me encontrarán y me matarán. La matarán.

—¿La matarán?

En ese momento, el fardo comenzó a retorcerse y a rezongar, hasta que al final soltó un agudo alarido sollozante.

A la estudiante casi se le sale el corazón por la boca.

—Eso que llevas ahí es un bebé.

—Sí, es un bebé. Aunque ninguna de las dos seguiremos siendo nada mucho tiempo si no nos dejas entrar.

La estudiante se mordió el labio con más fuerza y se cruzó de brazos, debatiéndose en la duda. Finalmente, murmuró:

—Pronuncia las palabras. Entonces no tendré más remedio que ofrecerte asilo.

—¿Qué palabras?

—¡No puedo decírtelas! —exclamó, agitada—. Estoy segura de que te las enseñaron cuando eras pequeña.

La mujer la miró. Estaba claro que las letrillas infantiles no ocupaban un lugar destacado en su mente en ese momento, pero cerró los ojos y frunció el ceño con fuerza. La criatura, ajena al esfuerzo de la joven, se limitó a gritar más fuerte.

—Un segundo. Mañana… No… ¡Uf, ¿te quieres callar?!

Del negro de la noche al rosa de la mañana,

te ordeno que nos guardes hasta la alborada.

La estudiante suspiró, aliviada, y abrió la puerta del todo.

—Venga, entra, rápido.

Después, guió a la joven por un pasillo largo, dejó atrás paredes pintadas con intrincados patrones geométricos y mosaicos que trazaban mapas de las constelaciones, y llegó a un cuartito situado al fondo de la casa. Era un espacio acogedor, con las paredes revestidas de estanterías que se adivinaban, a simple vista, amadas y cuidadas. Hay que reconocerle a la pequeña que respondió bien a ese entorno y sustituyó los gritos por un bufido de satisfacción.

—Todos los criados se han ido a casa y el profesor Al Qamar no volverá hasta por la mañana —explicó la estudiante—. Aquí estarás a salvo.

—¿El profesor no está? Tengo que hablar con él.

—Volverá al amanecer, estoy segura.

—Demasiado tarde; tenemos que marcharnos esta misma noche. He venido porque necesitamos un hechizo de salvoconducto.

La estudiante, sorprendida, escrutó a la mujer con más atención.

—Eso es magia antigua. Por las siete esferas, ¿cómo te has enterado siquiera de que existe?

La mujer no respondió. Ahora tenía el rostro sumido en la desesperación.

—Bueno… —La estudiante tragó saliva con dificultad y se armó de valor—. Supongo que… Yo me sé la teoría. A lo mejor puedo ayudarte. Necesitaría algo tuyo, claro.

—Te pagaré bien. —La mujer metió la mano en el pañuelo del bebé y sacó una gema que brillaba y resplandecía incluso bajo el tenue titileo de la luz artificial—. Es un rubí. No está mal por un hechizo pequeñito, ¿no?

La estudiante torció el gesto. La mujer no iba en absoluto desaliñada, pero todo lo que llevaba —desde el salwar hasta el pañuelo— tenía el aspecto ligeramente harapiento de las cosas que ya se han zurcido al menos dos veces. La piedra preciosa, por el contrario, refulgía como si alguien hubiera encendido una fogata diminuta en su interior.

Por fin dijo:

—Lo has robado.

—No. —La mujer entornó los ojos—. La persona a la que pertenecía habría querido que lo tuviera yo.

—Pero no te lo dio. —La mujer guardó silencio—. Así que no puedo aceptarlo.

—¿Por qué no? —gruñó la joven—. Sin un hechizo, no tenemos ni la más mínima posibilidad. ¿De verdad importa que no pueda pagarte?

—No es por el pago —replicó la estudiante—. Es porque un hechizo así requiere poder, y el poder no puede provenir de algo que no significa nada para ti. ¿No tienes…? No sé, ¿un collar de tu madre o un anillo de tu abuela?

La mujer miró a su alrededor. Estaba tan claro que había huido sin nada que la estudiante se arrepintió incluso de haberle hecho la pregunta. Pero entonces la joven bajó la mirada hacia el bebé, que ahora dormía en sus brazos.

—¿Qué me dices de ella? —preguntó.

La estudiante frunció el ceño una vez más, como si no entendiera muy bien lo que la otra le estaba diciendo, pero luego abrió los ojos de forma casi cómica.

—¿Perdona?

—Ella me pertenece, por así decirlo. ¿Y si prometo que te la daré?

La estudiante se crispó.

—No sabes lo que estás diciendo —dijo con la voz tensa—. Retíralo. Retíralo ahora mismo.

—Sé muy bien lo que digo —insistió la mujer—. Te prometo que te daré a la niña a cambio de tu ayuda.

La estudiante cerró los ojos, horrorizada, y enterró la cara entre las manos.

—Madre mía, por las nueve estrellas —murmuró—. Esto no puede estar pasando. —Se volvió hacia la mujer—. ¿Qué quieres que haga yo con una niña? ¿Qué pasará con mi vida, con mis planes? Tengo dieciocho años, soy la mejor de mi clase… Podría llegar a ser la gran hechicera superior algún día. ¿Quieres que renuncie a todo eso para criar a una niña?

—Bueno, no nos precipitemos —dijo la mujer—. ¿Quién ha dicho nada de criarla?

La estudiante separó un poco los dedos para mirarla.

—¿Qué quieres decir?

—El hechizo exige que prometa que te daré a la niña. No hay razón alguna para que tengas que educarla, ¿no?, mientras esté claro que es tuya. Tú haces el hechizo y yo te doy a la niña, pero a continuación me la prestas.

La mujer soltó el rubí con el aire triunfal de quien acaba de resolver un acertijo difícil.

—Puedes quedártelo hasta que vuelva a traerte a la niña.

La estudiante se quitó las manos de la cabeza, con la frente aún fruncida.

—Supongo que… A lo mejor funciona —dijo despacio—. Aunque a este tipo de magia no le gusta que la engañen. El destino podría actuar de maneras terribles para traerme a la niña… Es posible que te estés poniendo en peligro.

La mujer dudó y miró a la pequeña durante un largo momento, como si fuera la primera vez que la veía. Luego se le suavizó la mirada, levantó a la niña para apoyarla contra su hombro y le dio un beso rápido y desafiante en la cabeza.

—Bueno, cielo, no hay forma de saberlo hasta que lo intentemos. —Le tendió a la estudiante la mano que le quedaba libre, y ésta, con un último mohín de reticencia en la boca, se la estrechó—. Entrego a esta niña a cambio de un salvoconducto desde Zehaira, con la condición de que se me permita criarla mientras esté viva. Así, prometo dársela a…

—Leila —dijo la estudiante a regañadientes—. Leila Jatun.

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Doce años más tarde

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1

Yara mía:

Espero que nunca llegues a leer esta carta.

Me gustaría poder explicártelo todo en persona, pero si estás leyendo estas líneas es que ha ocurrido algo terrible y te has quedado sola. Hay muchas cosas que no te he contado, tantas que ni siquiera sé por dónde empezar. Lo que sí puedo contarte es cómo volver a la ciudad en la que naciste y a quién puedes recurrir para que te ayude. Ojalá fuera tan fácil como decirte que te subas a un avión y que habrá alguien esperándote en el aeropuerto, pero será algo mucho más complicado y mucho más aterrador. Aun así, debes emprender ese viaje forzosamente.

Para volver a la ciudad de Zehaira tienes que coger el autobús número 63 hasta Poole Harbour, caminar hasta el final de Ferry Way y leer las palabras del reverso de esta carta con la firmeza y la confianza que sé que posees. Convence a la persona que aparezca de que te lleve con ella, debes dejarle claro que no aceptarás un «no» por respuesta. Lleva comida, ropa de abrigo y un impermeable. Cuando llegues a tu destino, debes preguntar por la hechicera Leila Jatun en la antepenúltima casa de Istehar Way, en el barrio de los Hechiceros. Sé que ella te proporcionará la ayuda que yo no he podido darte.

Te quiero mucho, muchísimo, más que a la luna, más que a las estrellas, más que a mi propio corazón.

Buena suerte, mi niña valiente.

Mamá

Yara Sulimaya recorrió con la mirada por segunda vez la letra puntiaguda de su madre agarrando la carta con tanta fuerza que tenía los nudillos pálidos y el papel estaba tenso. Se apartó de un manotazo el flequillo oscuro que le caía sobre los ojos como si le hubiera causado una ofensa personal. Estaba leyendo la carta a cincuenta metros del suelo, aunque ello no se debía a ninguna hazaña mágica o acrobática, sino a que vivía en la sexta planta de un bloque de pisos desde que, siendo un bebé, había llegado a Inglaterra, de donde no había salido en los doce años siguientes.

Yara leyó la carta de su madre por tercera vez; cada palabra le resultaba más confusa que la anterior. Se detuvo en una de ellas, «hechicera», y el corazón comenzó a acelerársele en el pecho.

—¿Yara?

Se volvió al mismo tiempo que se metía la carta en el bolsillo. Stephanie, su asistenta social, estaba de pie junto a la puerta; apoyaba la palma de la mano en el papel de la pared, algo que habría sacado a mamá de sus casillas, y tras los cristales de las gafas sus ojos cálidos destilaban preocupación.

—¿Has encontrado algo?

Yara se tranquilizó.

—Nada importante. Sólo su pasaporte y esas cosas.

—Ah, vale. ¿Quieres alguna cosa más de tu madre? ¿Un pañuelo, quizá?

Mientras hablaba, Stephanie desvió la mirada hacia el cajón abierto en el que la madre de Yara guardaba los velos con los que se cubría la cabeza, pulcramente doblados. Yara se puso en pie y acarició las suaves telas de seda, gasa y crepé.

—Éste es bonito.

Stephanie entró en la habitación y señaló con la mano una gran tela verde oscuro con flores rosas y rojas bordadas.

Yara negó con la cabeza.

—Nunca se lo ponía. Lo guardaba para una ocasión especial.

Posó la mano en un velo azul descolorido cuyos bordados dorados parecían diminutas estrellas deshilachadas. Cuando era pequeña, su madre se lo quitaba y lo extendía sobre la mesa para simular que las muñecas de Yara viajaban por el cielo nocturno. Tras sacarlo del cajón, la muchacha se lo acercó a la cara e inhaló el aroma a aceite de ricino y agua de rosas que impregnaba la tela.

Hacía casi dos semanas que su madre no había vuelto de su turno en el hospital. Ese día había encontrado a la puerta del instituto a Stephanie, que le había explicado que su madre había sufrido un accidente en la carretera principal. Luego había llevado a Yara a la casa de una familia de acogida y más tarde la había acompañado a un funeral. Ahora la había traído aquí, a su piso, para que recogiera sus cosas. Para que se despidiese.

Casi dos semanas. Era como si los días se hubieran fundido en un único y terrible momento, como si se hubiera tropezado y aún estuviera cayendo en picado, con el corazón encogido. Nunca había pasado tanto tiempo sin su madre. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Ay, cielo. —Stephanie le apretó el hombro—. Lo siento mucho.

Yara se puso rígida al sentir el contacto, dejó caer el pañuelo en el cajón y parpadeó exasperada. Era menuda para tener doce años, pero lo compensaba con unos ojos oscuros y fieros y unas cejas gruesas que fruncía con rabia. Por lo general, su mirada ceñuda frenaba en seco a los adultos, pero Stephanie, que seguía echándole un vistazo al piso, no pareció inmutarse.

—¿Estás segura de que tu madre no guardaba cosas en ningún otro sitio?

—No. Este cajón era su último escondite.

—¿Y no hay nada de ningún familiar? Postales, fotografías…

La carta de mamá le ardía en el bolsillo. Sus palabras: «Debes emprender ese viaje forzosamente.»

—Mi madre siempre decía que no había nadie más. Que estábamos las dos solas. —Cogió la mochila y, antes de que la asistente social pudiera decir algo más, añadió—: Bueno, ¿está todo recogido?

—Tus cosas sí, ya están. Los de la mudanza vendrán por los muebles esta tarde. —Stephanie miró la pantalla del móvil—. Vale, son las ocho, hora de irse. ¿Estás segura de que quieres ir al instituto? Si llamamos a secretaría y les explicamos…

—Oye… —dijo Yara, despacio—, ¿podrías dejarme un momento a solas? —Al ver que la asistente social titubeaba, intentó adoptar una expresión desconsolada—. Necesito… Necesito despedirme.

El rostro de Stephanie se suavizó. Le dio otro apretón en el hombro a Yara.

—Claro. Sé que es difícil, pero los Brown cuidarán de ti, te lo prometo.

La muchacha asintió y entonces sí que se le formó un nudo en la garganta. Parpadeó y tragó saliva con irritación.

Stephanie consultó el reloj que llevaba en la muñeca.

—Vale. Te espero fuera.

Yara se acercó al alféizar de la ventana y miró hacia abajo para ocultarle el rostro a la asistenta social. Esperó, fingiendo estar perdida en sus pensamientos, mientras oía a Stephanie coger el bolso y el abrigo, detenerse una vez más para observarla en el piso vacío y, después, salir al pasillo cerrando la puerta tras ella.

Yara se puso en movimiento de inmediato. Se sacó la carta del bolsillo y volvió a leer las palabras de su madre en silencio. Hechiceras, invocaciones misteriosas que debían hacerse junto al mar… Si la carta no resultara tan inconfundiblemente típica de su madre, incluida la orden de no aceptar un «no» por respuesta, habría pensado que la había escrito una extraña. Tal vez fuera una especie de juego, como los mapas del tesoro que mamá preparaba para las aventuras que compartían cuando Yara era mucho más pequeña. A lo mejor la había dejado entre sus documentos por error.

Pero olvidarse de algo así no era propio de su madre, que siempre estaba ojo avizor y tenía un don para la precisión, que sabía al instante si Yara se había olvidado de poner los deberes en el aparador o si no había doblado bien la ropa.

Levantó la mirada y examinó la sala de estar con la esperanza de encontrar algo que le abriera una ventana hacia la mente de su madre. Sin embargo, las cosas que vio —la lata de galletas en la que mamá guardaba sus enseres de costura, la caja de té en la que escondía su alijo secreto de galletas rellenas de crema, la bata de hospital colgada con pulcritud de una percha— no parecían sino resaltar lo normal que había sido su madre.

Además, ¿cuál era la alternativa? ¿Que mamá hablara en serio y de verdad esperase que cogiera el autobús hasta Poole Harbour y viajara a un país sirviéndose sólo de unas cuantas palabras y de su determinación? ¿Que las «hechiceras» existieran realmente y ella necesitase la ayuda de una? Estaba claro que no era cierto. No podía ser cierto.

Aunque…

Aunque mamá siempre se había mostrado vaga respecto a su procedencia. En sus documentos ponía Iraq, pero ella le había explicado que no sabía con exactitud dónde vivían antes y que había tenido que conjeturar de qué país se trataba. Yara se moría de ganas de saberlo, había suplicado, había discutido y se había enfadado para que le contara la historia de su viaje al Reino Unido; no obstante, siempre que preguntaba, la voz de su madre se tensaba y el dolor le contraía el rostro.

«Te la contaré cuando seas mayor.» Al principio, era una promesa. Últimamente, parecía una súplica para conseguir más tiempo. Pero ahora ya nunca lo tendrían.

Yara observó las palabras que su madre había subrayado con tanta fuerza que el bolígrafo casi había atravesado el papel, y el sordo malestar de la ausencia de su madre se transformó de nuevo en un dolor agudo. Se mordió el labio hasta hacerse daño. Fuera cual fuese el motivo que mamá había tenido para mencionar la magia y a las hechiceras, estaba claro que con esa carta había intentado responder a las preguntas que llevaban años quemándole por dentro a Yara. No podía pasarlo por alto, no si existía la más mínima posibilidad de descubrir algo.

—Vale —dijo en voz alta con la intención de prepararse para lo absurdo de lo que estaba a punto de hacer—. Supongo que tendré que recoger mis cosas.

No le quedaba mucho tiempo. Si de verdad iba a seguir las instrucciones de su madre, tenía que hacer las maletas y estar muy lejos del piso antes de que Stephanie se diera cuenta de que había desaparecido. Cualquier otra niña de doce años se habría sentido intimidada ante un cometido así, pero Yara, que llevaba colaborando en la organización de campañas de protesta desde que tenía edad suficiente para entender que en el mundo había gente que quería cerrar las bibliotecas, se puso manos a la obra.

Volvió a echarle un vistazo a la carta: «Lleva comida, ropa de abrigo y un impermeable.» Ahora vestía el jersey y los pantalones del instituto y la mayor parte de su ropa de calle estaba dentro de una maleta en su casa de acogida temporal. En el piso sólo quedaban sus salwar qamis, y ni siquiera los dos que había elegido llevarse, los más bonitos, sino los sosos cuya tela su madre se había empeñado en comprar a pesar de las quejas de Yara. Los embutió en su mochila y se puso un impermeable azul. No había mucha comida en el piso, pero Yara sabía que no le daría tiempo a ir al supermercado. Abrió el congelador y rebuscó hasta que encontró los sambusak que había hecho con su madre antes del accidente. Sólo quedaba una empanadita, pero tendría que bastarle.

¿Qué más? Cosas para lavar, un libro llamado La historia del mundo que mamá le había regalado por su cumpleaños y que todavía no se había leído. Una foto de su madre, y de ella y de una amiga sosteniendo una pancarta juntas delante de la biblioteca. Cuando vio sus sonrisas idénticas, a Yara se le oprimió la garganta y se quedó sin aire. Rehema había intentado ponerse en contacto con ella hacía más de una semana, pero, sumida en una bruma de dolor, Yara se había visto incapaz de responder a sus mensajes. Pensó en cómo le explicaría a su amiga lo que iba a hacer si estuviera allí con ella.

Le pareció que no tenía mucho sentido cargar con nada más, aparte de un atlas de bolsillo que se llevó, sobre todo, a modo de recordatorio de que los lugares a los que sólo se llegaba mediante invocaciones mágicas no existían. Luego, cuando ya estaba lista para marcharse, cambió de opinión. Volvió corriendo al cajón, cogió el pañuelo azul de su madre y se lo enrolló al cuello.

Ya no le quedaba nada que hacer, salvo despedirse del piso en el que había vivido desde que apenas tenía un mes.

—¿Yara?

La voz de Stephanie le llegó a través de la abertura del buzón. Se le había acabado el tiempo.

—Sólo un par de minutos más —contestó, y miró a su alrededor.

Con una lucidez repentina, se dio cuenta de que se hallaba en un lugar vacío, entre las paredes contra las que su madre la había medido y a las que había pegado sus trabajos del colegio, en una cocina sobre cuya encimera Yara se había sentado a pelar verduras y hablar con mamá sobre la última injusticia que había descubierto en el mundo. Y ahora ya se había convertido en un lugar en el que habían vivido una vez.

—Adiós —dijo la niña en voz baja, como si emplear un tono más alto fuera a turbar el poco rastro que quedaba de ellas.

Lo más sigilosamente que pudo, se dirigió hacia la cocina, salió por la puerta de atrás y bajó los peldaños de hierro de la escalera de incendios.

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2

El autobús 63 ya bramaba doblando la esquina cuando Yara llegó a la calle, así que tuvo que correr para que no se le escapara. Se subió, ocupó un asiento junto a la ventanilla e intentó no pensar en su estómago revuelto. Había viajado sola en autobús en innumerables ocasiones, pero nunca hasta Poole Harbour. Unas cuantas paradas más tarde, empezó a vibrarle el móvil y, cuando se lo sacó del bolsillo para silenciarlo, vio que en su pantalla parpadeaban varios mensajes frenéticos. La invadió el pánico. Todos los coches que pasaban la hacían sobresaltarse; todas las sirenas lejanas le decían que tenía a la policía pisándole los talones.

Se detuvieron delante de la biblioteca y, a través de la ventana, Yara vio a Rehema ayudando a su madre a colocar libros en las estanterías. La madre de Rehema era bibliotecaria, y cualquier otro miércoles por la mañana, antes de ir al instituto, Yara habría entrado a ayudar y quizá a charlar de algún nuevo proyecto para la biblioteca o de los temas que podrían surgir en la reunión de Acción Local del viernes. Esta vez, se encogió en su asiento y se tapó aún más los ojos con la capucha del impermeable. Al hacerlo le ardieron las mejillas de vergüenza y se planteó volver y olvidarse de todo aquello.

Para distraerse, Yara sacó la carta y la repasó una vez más. Tenía que «leer las palabras del reverso de esta carta con la firmeza y la confianza que sé que posees», le había dicho su madre. Pero, cuando le dio la vuelta a la hoja, se quedó tan desconcertada que soltó el papel y se puso a observar a los escasos pasajeros del autobús.

Había una familia en la plataforma central: la más pequeña iba dormida en el cochecito; un niño de unos dos o tres años se había sentado sobre una maleta enorme; una niña algo mayor iba agarrada de la mano de su padre y lucía una expresión de seriedad y cansancio en el rostro, demasiado bien educada o demasiado agotada como para ponerse a gritar y correr por el autobús. Su madre se agarraba al poste con fuerza, el nicab que le cubría la cabeza destacaba la aprensión de su mirada.

Cuando captó su atención, Yara le dirigió a la mujer una sonrisa vacilante. Ella le devolvió el gesto y le habló con sílabas rápidas; la muchacha negó con la cabeza.

—Lo siento, no la entiendo.

El padre volvió la cabeza y las miró con el ceño fruncido.

—¿De dónde eres? —le preguntó el hombre.

—De Iraq, creo.

La pareja sonrió, al hombre se le relajó la frente y la mujer entornó los párpados.

—Nosotros también. ¿Qué idioma hablas?

Yara dudó. Luego probó las notas cantarinas de la lengua que sólo hablaba con su madre.

—Mi madre no sabía muy bien de dónde éramos. Decía que vivíamos cerca de un puerto.

El hombre y la mujer se miraron desconcertados.

—Hemos vivido en Iraq toda la vida —dijo al fin la mujer—, pero nunca he conocido a nadie que hablara como tú.

Yara asintió y desvió la mirada. No era la primera vez que le ocurría algo así: que alguien intentase averiguar de dónde era y se quedara mirándola con cara de confusión al oír su respuesta. Tras renunciar a que su madre le dijera la verdad, se había pasado horas conectada a internet consultando diccionarios y tratando de entender largos artículos sobre dialectos, pero era como si su idioma no existiese. Ahora que su madre ya no estaba, creía que no volvería a hablarlo jamás.

—Bueno, da igual. —La renovada alegría del hombre interrumpió sus pensamientos—. Me alegro de conocerte, en cualquier caso.

Yara también le sonrió, pero oyó un bufido a su espalda, una voz femenina que mascullaba tan bajo que sólo ella oyó sus palabras.

—Dichosos inmigrantes. Volveos a vuestro país si no queréis hablar inglés.

Yara notó que se ponía blanca y luego roja. Intentó obligarse a contar hasta diez, pero la indignación creció en su interior. Volvió la cabeza de golpe.

—Pues en este país se considera de mala educación interrumpir las conversaciones de los demás —le espetó—. Y si lo único que tiene que decir es algo tan desagradable y estúpido como eso, mejor no hable.

La mujer abrió mucho los ojos y la boca, pero no dijo nada y se llevó las manos a la garganta. Yara se levantó de un salto del asiento y pulsó el timbre a toda prisa, aunque estaba a tres paradas de donde pretendía bajarse.

—Buena suerte —les dijo con urgencia al hombre y a la mujer, que afortunadamente parecían no haber oído nada.

—Ma’a

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