El reino sobre el mar

Zohra Nabi

Fragmento

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Prólogo

Una oscuridad extraña había descendido aquella noche sobre Zehaira. Una oscuridad profunda y misteriosa, toda cielos atronadores y lluvia torrencial. Una oscuridad que cualquier hechicero digno de ese nombre sabría que significaba que una gran magia se cernía sobre la ciudad.

Por supuesto, la magia siempre había caído sobre Zehaira como la luz de las estrellas, pero durante cientos de años había quedado incrustada en las piedras labradas, amortiguada por el alboroto de los mercaderes y anegada bajo el humo generado por los alquimistas que trabajaban en el palacio del sultán. En Zehaira, los genios salvajes se veían obligados a merodear por el exterior de las murallas de la ciudad, enfurruñados, acechando a los transeúntes desde las sombras.

La magia de esa noche era diferente. Era feroz, inabarcable en el sigilo con el que se movía por la ciudad ocultando la línea argentina de la luna nueva. Y, dado que los hechiceros de Zehaira sí eran dignos de su nombre, y de mucho más, habían convocado un consejo para debatir la gravedad de este presagio. Luciendo una capa y una expresión sombría, todos ellos se encaminaron hacia los pasajes subterráneos que conectaban sus respectivos hogares con la Gran Biblioteca, donde se agruparían bajo la cúpula ambarina. En el barrio de los Hechiceros, las calles estaban vacías, sólo se oía el batir de la lluvia sobre los tejados.

Estaban vacías, salvo por una joven que llevaba un fardo apretado contra el pecho y avanzaba a toda velocidad, tan deprisa que resbalaba sobre los adoquines. Fuera del barrio se oían voces de hombres, distantes pero cada vez más altas: se acercaban.

No parecían amistosas.

Llegó a una puerta, la antepenúltima de la calle. Cuando se detuvo ante ella, adoptó una expresión decidida: frunció el ceño y cerró la boca con obstinación. Levantó el puño y aporreó la madera.

Abrieron una rendija entre la puerta y el marco. Un par de ojos de color ámbar se asomaron por ella y a la mujer se le escapó un sollozo de alivio.

—Asilo —jadeó.

—¿Perdona?

—Déjame entrar, por favor. Necesito que me ayudes.

La persona abrió la puerta un poco más. A la luz de la casa se distinguía su enorme túnica de alumna, un rostro joven bajo el turbante.

—Perdona —volvió a decir la estudiante—. No puedo permitir que entren extraños; la puerta está encantada.

Escudriñó la noche que reinaba más allá de la mujer. De repente, el ruido de los hombres que se acercaban quedó ahogado por el redoble de las campanas, las murallas de la ciudad vibraban con cada tañido ensordecedor. La joven que estaba en la calle empezó a temblar de miedo.

—Son por ti —dijo la estudiante muy despacio mientras recorría a su interlocutora con la mirada—. Eres una fugitiva.

—No he hecho nada malo —insistió la mujer, que apretó el fardo aún con más fuerza—. Al contrario, todo esto es porque he intentado hacer lo correcto.

Al ver que la estudiante dudaba, estiró un brazo y la agarró de la muñeca.

—Por favor. Tienes que ayudarme. Si me echas, me encontrarán y me matarán. La matarán.

—¿La matarán?

En ese momento, el fardo comenzó a retorcerse y a rezongar, hasta que al final soltó un agudo alarido sollozante.

A la estudiante casi se le sale el corazón por la boca.

—Eso que llevas ahí es un bebé.

—Sí, es un bebé. Aunque ninguna de las dos seguiremos siendo nada mucho tiempo si no nos dejas entrar.

La estudiante se mordió el labio con más fuerza y se cruzó de brazos, debatiéndose en la duda. Finalmente, murmuró:

—Pronuncia las palabras. Entonces no tendré más remedio que ofrecerte asilo.

—¿Qué palabras?

—¡No puedo decírtelas! —exclamó, agitada—. Estoy segura de que te las enseñaron cuando eras pequeña.

La mujer la miró. Estaba claro que las letrillas infantiles no ocupaban un lugar destacado en su mente en ese momento, pero cerró los ojos y frunció el ceño con fuerza. La criatura, ajena al esfuerzo de la joven, se limitó a gritar más fuerte.

—Un segundo. Mañana… No… ¡Uf, ¿te quieres callar?!

Del negro de la noche al rosa de la mañana,

te ordeno que nos guardes hasta la alborada.

La estudiante suspiró, aliviada, y abrió la puerta del todo.

—Venga, entra, rápido.

Después, guió a la joven por un pasillo largo, dejó atrás paredes pintadas con intrincados patrones geométricos y mosaicos que trazaban mapas de las constelaciones, y llegó a un cuartito situado al fondo de la casa. Era un espacio acogedor, con las paredes revestidas de estanterías que se adivinaban, a simple vista, amadas y cuidadas. Hay que reconocerle a la pequeña que respondió bien a ese entorno y sustituyó los gritos por un bufido de satisfacción.

—Todos los criados se han ido a casa y el profesor Al Qamar no volverá hasta por la mañana —explicó la estudiante—. Aquí estarás a salvo.

—¿El profesor no está? Tengo que hablar con él.

—Volverá al amanecer, estoy segura.

—Demasiado tarde; tenemos que marcharnos esta misma noche. He venido porque necesitamos un hechizo de salvoconducto.

La estudiante, sorprendida, escrutó a la mujer con más atención.

—Eso es magia antigua. Por las siete esferas, ¿cómo te has enterado siquiera de que existe?

La mujer no respondió. Ahora tenía el rostro sumido en la desesperación.

—Bueno… —La estudiante tragó saliva con dificultad y se armó de valor—. Supongo que… Yo me sé la teoría. A lo mejor puedo ayudarte. Necesitaría algo tuyo, claro.

—Te pagaré bien. —La mujer metió la mano en el pañuelo del bebé y sacó una gema que brillaba y resplandecía incluso bajo el tenue titileo de la luz artificial—. Es un rubí. No está mal por un hechizo pequeñito, ¿no?

La estudiante torció el gesto. La mujer no iba en absoluto desaliñada, pero todo lo que llevaba —desde el salwar hasta el pañuelo— tenía el aspecto ligeramente harapiento de las cosas que ya se han zurcido al menos dos veces. La piedra preciosa, por el contrario, refulgía como si alguien hubiera encendido una fogata diminuta en su interior.

Por fin dijo:

—Lo has robado.

—No. —La mujer entornó los ojos—. La persona a la que pertenecía habría querido que lo tuviera yo.

—Pero no te lo dio. —La mujer guardó silencio—. Así que no puedo aceptarlo.

—¿Por qué no? —gruñó la joven—. Sin un hechizo, no tenemos ni la más mínima posibilidad. ¿De verdad importa que no pueda pagarte?

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