Torres de Malory 6 - Último curso

Enid Blyton

Fragmento

Índice

Índice

1. El primer día

2. Llegan todas las alumnas

3. Planes futuros

4. En el despacho de la señorita Grayling

5. En la clase de la señorita Oakes

6. En la piscina

7. Darrell y Gwen

8. La broma del imán

9. Amanda hace una sugerencia sorprendente

10. Amanda y June

11. June se entrena

12. Los días van pasando

13. Un susto… y un fantástico plan

14. Amanda tiene problemas

15. Mitad de trimestre

16. Una pelea… y una broma

17. Jo y Deirdre

18. La escapada

19. Una mañana espantosa para Jo

20. Amanda se va a nadar

21. Amanda hace planes

22. Una broma redonda

23. Gwen lo pasa mal

24. El último día

1. El primer día

El primer día

“¡El último curso! —pensó Darrell, mientras se disponía a bajar las escaleras de su casa—. ¡El último curso! ¡Estoy a punto de cumplir dieciocho años! ¡Ya casi soy mayor de edad!”.

—¡Darrell! —Felicity, su hermana pequeña, la llamaba a voces desde el pie de la escalera—. ¿Vienes o no? ¡Papá pregunta si es para hoy!

—¡Ya voy! —respondió la muchacha a voz en cuello—.

Cogió la raqueta de tenis y la bolsa de viaje, y corrió escaleras abajo, saltando los escalones de dos en dos, como de costumbre.

Felicity la estaba esperando, impaciente. Ambas llevaban el uniforme de Torres de Malory: abrigo y falda marrones, blusa blanca, corbata naranja y sombrero de paja con cinta naranja.

—Es la última vez que nos marchamos juntas vestidas con el mismo uniforme —observó Darrell solemnemente—. El próximo curso irás sola, Felicity. ¿Crees que estarás bien?

—No te preocupes —dijo la niña alegremente—. Además, seguro que tú te lo pasarás en grande en la universidad. Vamos, no pongas esa cara tan seria.

—Es horrible saber que estás haciendo algo por última vez —afirmó Darrell.

Las dos hermanas salieron de la casa para subir al coche. Su padre estaba a punto de hacer sonar el claxon. Pero bueno, ¿por qué siempre le hacían esperar? ¿Acaso no veían que ya era hora de irse?

—¡Vaya! ¡Por fin! —les dijo al verlas aparecer—. Subid al coche. ¿Y ahora dónde se ha metido vuestra madre? Francamente, ¡esta familia es como un rebaño de ovejas sin pastor! ¡No hay modo de reuniros a todas! Ah, ahí está.

Pero en cuanto la señora Rivers se metió en el coche, Felicity volvió a bajarse. Su padre, sin embargo, no se dio cuenta y puso en marcha el motor.

—¡Papá! ¡Papá! ¡Espera! ¡Felicity no está! —se apresuró a gritar Darrell.

El hombre miró a su alrededor con expresión de sorpresa.

—¡Pero si la he visto aquí hace un momento! —exclamó—. ¿Adónde demonios ha ido?

—Supongo que se habrá olvidado de despedirse del gato —aclaró Darrell con una sonrisa—. Ya sabes que tiene que decirle adiós a todo, incluso a los peces del estanque. Yo también lo hacía, sin embargo nunca me puse a llorar como ella.

Felicity apareció a la carrera y se metió en el coche jadeando.

—Me había olvidado de decirle adiós al jardinero —explicó—. Me ha prometido que me cuidará los esquejes y que contara cuántas fresas dan. ¡Oh, es terrible tener que despedirse de todo!

—Entonces no lo hagas —le aconsejó Darrell.

—¡Pero es que me gusta! —repuso Felicity—. Hasta que no doy la ronda completa de despedidas no puedo concentrarme en la escuela. ¡Por cierto, me pregunto si este año volverá esa odiosa de Josephine! No paraba de repetir que se trasladaría a Estados Unidos con su horrible familia. ¡Espero que lo haya hecho!

—Yo también —coincidió Darrell recordando la voz chillona y los modales deplorables de Josephine Jones—. No encaja en Torres de Malory. No entiendo por qué la admitió la directora.

—Bueno, supongo que pensó que Torres de Malory podía moldearle un poco el carácter —opinó Felicity—. Son pocas las niñas a las que la escuela no ayuda a ser mejores personas. ¡Incluso yo me he reformado!

—¡Vaya! ¿En serio? —dijo Darrell fingiendo sorpresa—. Me alegro de saberlo. ¡Oh, cuánto me gustaría que no fuese mi último curso! Oh, tengo la sensación de que ayer mismo salía por primera vez hacia Torres de Malory, cuando era una renacuaja de doce años.

—¡Ya estamos otra vez! ¡Ya vuelves a poner cara triste! —protestó Felicity alegremente—. Deberías estar contenta y orgullosa: has sido capitana de lacrosse una o dos veces, responsable de curso en varias ocasiones, y ahora serás responsable de toda la escuela ¡por segunda vez! Yo nunca lo seré.

—Seguro que sí —repuso Darrell—. De todos modos, estoy contenta de que Sally y yo hayamos escogido la misma universidad. Podremos seguir compartiéndolo todo. Papá, recuerda que tenemos que recogerla.

—Descuida, no me había olvidado —repuso su padre tomando la carretera que conducía a casa de Sally Hope. No tardaron en llegar al camino de entrada y allí, delante de la escalinata, vieron a Sally y a su hermanita de seis años, de pie, esperando.

—¡Hola Darrell, hola Felicity! —saludó Sally—. Ya estoy lista. Mamá, ¿dónde estás? ¡Los Rivers ya han llegado!

La hermana pequeña de Sally gritó con todas sus fuerzas:

—¡Algún día yo también iré a Torres de Malory! ¡Dentro de seis años!

—¡Qué suerte, Daffy! —exclamó Felicity—. ¡Es la mejor escuela del mundo!

Sally entró en el coche y, tras acomodarse entre Felicity y Darrell, agitó la mano para despedirse efusivamente de sus padres y de su hermana mientras el vehículo se alejaba por el camino.

—Esta es la última vez, Darrell —dijo Sally—. ¡Ojalá fuera la primera!

—Oh, ahora no empieces tú también —gimió Felicity—. Darrell no ha parado de lamentarse desde que hemos salido de casa.

—¡Eso no te lo consiento, Felicity Rivers! —le espetó Sally—. ¡No olvides que no eres más que una alumna de segundo!

—El próximo trimestre estaré en tercero —puntualizó Felicity—. Voy avanzando, aunque se hace mucho más largo de lo que creía.

—Al principio parece que los cursos duran una eternidad —observó Sally—, pero cuando llegas al último, tienes la sensación de que han pasado volando.

Hablaron sin parar durante prácticamente todo el viaje, pero cuando estuvieron cerca de Torres de Malory, Sally y Darrell se quedaron en silencio. Les encantaba disfrutar de la primera visión de la escuela y sus cuatro torres.

El coche circulaba por la carretera y en cuanto dobló la curva, apareció ante los ojos de las tres niñas un enorme edificio de piedra gris y base cuadrada que se levantaba imponente en lo alto de un precipicio sobre el mar. En cada esquina de la magnífica construcción había una torre: la Torre Norte, la Este, la Oeste y la Sur. La escuela parecía un castillo antiguo recortado sobre el azul profundo del mar de Cornualles.

—¡Ya casi hemos llegado! —suspiró Felicity—. ¡Papá, acelera! ¡A ver si pillamos ese coche de delante! Creo que es el de los padres de Susan.

Justo entonces oyeron el ronquido de un motor, y un coche adelantó a ambos vehículos a toda velocidad. El señor Rivers apretó el freno bruscamente para evitar salirse de la carretera.

—¡Es el coche de los padres de Josephine! —exclamó Felicity—. ¿Habíais visto alguna vez a alguien tan animal?

—Animal es exactamente la palabra que lo define—coincidió su padre, visiblemente enfadado—. ¡Un poco más y nos saca de la carretera! ¿Qué se habrá creído? ¿A quién se le ocurre conducir tan rápido por un camino vecinal como este?

—Oh, siempre conduce así —explicó Felicity—. El padre de Jo no soporta ir a menos de ciento cuarenta kilómetros por hora. Tiene cuatro coches, y todos son tan grandes como ese.

—Pues ya puede metérselos donde le quepan —gruñó el señor Rivers, rojo de ira. Tenía el mismo genio que Darrell—. Pienso decirle cuatro cosas si me lo encuentro en la escuela. ¡Menudo cerdo!

Felicity soltó una carcajada.

—Oh, papá, has acertado, es justo lo que parece: tiene la misma pinta que un cerdo, gordo y con los ojos diminutos. Y Jo es calcada a él.

—Entonces espero que no sea amiga tuya —dijo su padre.

—¡Qué va! —saltó Felicity—. Mi amiga es Susan. ¡Oh, ya hemos llegado! ¡Esta es la verja de entrada! ¡Mira, esa es June! Y Julie y Pam. Pam, ¡Pam!

—¡Me vas a dejar sorda! —protestó la señora Rivers entre risas. Y, volviéndose hacia su marido, añadió—: Creo que hoy no vas a poder aparcar ante la escalinata: hay demasiados coches, y además ya están aquí los autocares que traen a las niñas que han venido en tren.

El camino de entrada estaba realmente abarrotado.

—¡Vaya jaleo! ¡Es peor que estar en un partido! —exclamó el señor Darrell con una sonrisa—. Siempre me deja asombrado que un grupo de niñas pueda armar tanto escándalo.

Darrell, Felicity y Sally bajaron del coche de un salto, cargadas con sus raquetas y sus bolsas de viaje, y enseguida las rodeó un enjambre de niñas alborotadas.

—¡Darrell! ¡No me has escrito ni una sola vez!

—Felicity, ¿has visto a Julie? ¡Le han dejado que se trajera a Jack Horner, su pony! ¡Es genial!

—¡Hola, Sally! ¡Qué morena estás!

—¡Ahí está Alicia! ¡Alicia, Alicia! ¡Betty! Vaya, ¡todo el mundo llega a la vez!

Un hombre de voz ensordecedora, acompañado por una mujer demasiado emperifollada, se abría paso entre la multitud hacia el enorme coche que había estado a punto de sacar al señor Rivers de la carretera.

—Bueno, adiós, Jo —gritaba—. ¡No te preocupes si eres la última de la clase! ¡Yo también lo era! Y no les hagas demasiado caso a las profesoras. Tú diviértete y olvídate de todo lo demás.

Darrell y Sally se miraron la una a la otra con expresión de disgusto. Era natural que Jo fuera tan desagradable si esos eran los consejos que le daba su padre. ¡Y menudo vozarrón!

No cabía duda de que el padre de Jo Jones estaba muy orgulloso de sí mismo. Avanzó entre las niñas con una sonrisa satisfecha en los labios, sacó pecho y, dándole a su obesa hija una palmada en la espalda, exclamó:

—¡Bueno, hasta la vista, Jo! Y si quieres que te enviemos más comida, nos lo dices y la recibirás de inmediato.

Se fijó en el señor Rivers, que no le quitaba los ojos de encima, e inclinando la cabeza a modo de saludo, le preguntó con aire jovial:

—¿Tiene usted también una hija aquí?

—Tengo dos —repuso el señor Rivers con aplomo—. Pero deje que le diga algo, señor Jones: si no hubiera frenado a tiempo hace solo unos instantes, cuando usted se me ha echado encima con el coche en la carretera, probablemente ahora no tendría ninguna. ¡Es usted un peligro al volante!

El señor Jones se quedó de piedra. Miró a su alrededor para cerciorarse de que no había nadie escuchando, y, al comprobar que un buen número de niñas estaban pendientes de la conversación, se limitó a clavar los ojos en el rostro severo del señor Rivers sin decir una palabra.

—¡Bien hecho, papá! —gritó Felicity, que lo había visto todo—. Estoy convencida de que nadie le había puesto nunca en su sitio, ¡y tú lo has hecho con una sola frase! Jo es como él. Mira, ahí está.

Jo miraba a Felicity y al señor Rivers con el ceño fruncido. Por supuesto, no había oído lo que la niña había dicho sobre ella, pero sí las palabras que el señor Rivers le había dedicado a su padre, y no le habían gustado nada. Tanto daba: iba a hacer todo lo posible por hacérselo pagar a Felicity durante el curso.

—Tenemos que marcharnos ya —anunció la señora Rivers asomándose por la ventanilla del coche—. ¿Lo habéis cogido todo? Adiós Darrell, cariño. Adiós, Felicity. Hasta la vista, Sally. ¡Que vaya bien el curso! ¡El trimestre de verano es siempre el mejor!

El coche se alejó y Felicity se mezcló entre la muchedumbre de niñas y desapareció. Sally y Darrell se lo tomaron con más calma, como correspondía a unas alumnas de sexto.

—Me gusta estar en la cima —confesó Darrell—. Pero no puedo evitar sentir algo de envidia de esas niñas inquietas de los primeros cursos. Míralas. ¡Son un caso!

2. Llegan todas las alumnas

Llegan todas las alumnas

Darrell y Sally subieron la escalinata de la entrada a la carrera y entraron en el gran vestíbulo.

—¡Vayamos a nuestro estudio! —propuso Darrell—. Así dejamos nuestras cosas allí y luego damos una vuelta por la escuela.

Las dos subieron a la pequeña y acogedora habitación que compartían. Las alumnas de sexto tenían derecho a disponer de estudios, uno para cada dos muchachas, y tanto Sally como Darrell estaban encantadas con el suyo.

Habían colocado en el suelo una alfombra que la señora Rivers les había regalado y habían colgado en la pared algunas de sus pinturas preferidas. También habían puesto un par de cojines que les habían dado sus madres y unas pocas figuras que adornaban la repisa de la chimenea: la mayoría perros y caballos, de porcelana o de madera.

—Me pregunto quién ocupará este estudio el próximo curso —dijo Darrell acercándose a la ventana para echar un vistazo—. Es uno de los más bonitos.

—Es el más bonito —precisó Sally dejándose caer en una de las pequeñas butacas—. Supongo que se lo asignarán a alguna de las de quinto. ¡Qué envidia me dan!

Además de los estudios, las de sexto disponían también de una sala comunitaria. Allí, por supuesto, tenían una radio, una biblioteca y varios armarios y estanterías para su uso exclusivo. La sala daba al mar, y el sol y la brisa marina entraban a raudales por los grandes ventanales. A todas les encantaba.

—Será mejor que bajemos y vayamos a ver a la gobernanta —dijo Darrell después de deshacer las bolsas de mano, colocar sus relojes en su sitio y disponer tres o cuatro adornos nuevos en el tocador; Darrell, además, guardó un mantel en uno de los cajones de la cómoda: pensó que estaría bien usarlo en alguna de las meriendas que acostumbraban a organizar.

—¿Tienes el certificado médico? —le preguntó Sally—. Me gustaría saber si Irene se habrá acordado del suyo. La última vez lo trajo sin problemas. Ojalá que este curso se lo vuelva a olvidar.

Darrell se echó a reír. El certificado médico de Irene era el eterno motivo de mofa de cada año.

—Yo tengo el mío y el de Felicity. Será mejor que los entregue ya. Vamos, Sally.

Bajaron las escaleras y encontraron a la gobernanta, que estaba de pie en medio de una multitud de niñas. Todas le entregaban el certificado médico y las niñas de los primeros cursos le confiaban además su dinero de bolsillo.

—¡Hola a las dos! ¡Ya volvemos a estar por aquí! —exclamó de pronto una voz conocida.

—¡Irene! —dijeron a coro Darrell y Sally.

La muchacha les ofreció una sonrisa. No era muy distinta a la niña que Darrell recordaba haber visto por primera vez hacía ya seis años. Había madurado y era mucho más alta, pero seguía tan despistada como siempre. Su aspecto atolondrado, sin embargo, no le hacía justicia: Irene era brillante en matemáticas y un auténtico genio con la música… Solo era distraída con las cosas más mundanas.

—¡Irene! —gritó la gobernanta, que había tenido problemas para conseguir el certificado médico de la muchacha prácticamente cada trimestre—. ¿Tendré que castigarte o esta vez te has dignado acordarte de traer el certificado médico?

—¡Aquí lo tiene, gobernanta! —dijo Irene entregándole un sobre mientras les guiñaba el ojo a Darrell y a Sally.

La gobernanta lo abrió… ¡y extrajo de su interior una fotografía de Irene en bañador!

—¡Irene! ¡Esto es una fotografía! —exclamó la gobernanta, exasperada.

—Oh, lo siento, gobernanta. Me habré confundido de sobre —se excusó Irene entregándole otro. La gobernanta lo abrió.

—¡Ya está bien! —gritó soltando chispas por los ojos—. ¡Esto es la cartilla de vacunación de un perro!

—¡Vaya! —soltó Irene—. ¡Así que ahí estaba la cartilla del viejo Rover! Lo siento, gobernanta. Este tiene que ser el sobre correcto.

Todas se reían con ganas. Alicia se había unido al grupo de niñas que rodeaban a la gobernanta, y se desternillaba de risa. La gobernanta abrió el tercer sobre y soltó una sonora carcajada.

En esta ocasión se trataba de un dibujo en el que la propia gobernanta miraba enfadada a Irene por haber olvidado el certificado médico. Belinda, la mejor amiga de

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