Los cinco detectives 6 - Misterio en la casa escondida

Enid Blyton

Fragmento

1. El gordito de la estación

CAPÍTULO 1

El gordito de la estación

—Me parece que hoy regresa Fatty —le dijo Bets a Pip—. Me alegro muchísimo, ¿sabes?

—Es la sexta vez que dices eso durante la última hora —replicó Pip—. ¿Es que no se te ocurre nada más?

—No —contestó Bets—. Estoy tan contenta de pensar que pronto veremos a Fatty… —Fue hasta la ventana y miró fuera—. Oye, Pip, ahí vienen Larry y Daisy. Supongo que nos acompañarán a la estación para esperar a Fatty.

—Pues claro —dijo Pip—. ¡Y apuesto cualquier cosa a que nuestro querido Buster aparecerá también! ¡Imagínate si Fatty llega y no encuentra a su perro!

Larry y Daisy entraron en el cuarto de jugar de Pip.

—¡Hola! ¡Hola! —les dijo Larry, arrojando su gorra sobre una silla—. Es estupendo que vuelva Fatty, ¿verdad? Cuando él no está, casi nunca ocurre nada.

—Sin él no seríamos Los cinco detectives —declaró Bets—. ¡Solo cuatro, y sin nada que descubrir!

Larry, Daisy, Fatty, Pip y Bets se llamaban a sí mismos Los cinco detectives y el perro, por Buster. Y realmente habían demostrado una gran habilidad aclarando toda clase de extraños misterios durante anteriores vacaciones, cuando regresaban del internado. El señor Goon, el policía del pueblo, había hecho también todo lo posible por resolver aquellos casos, pero Los cinco detectives siempre se le adelantaban, cosa que le molestaba mucho.

—Tal vez surja algún misterio cuando llegue Fatty —aventuró Pip—. Es de esa clase de personas a quienes siempre les suceden cosas. No puede evitarlo.

—¡Mira que no haberlo tenido aquí estas Navidades! —exclamó Daisy—. Se me ha hecho muy raro. Yo le he guardado sus regalos.

—Yo también —añadió Bets—. Le hice un cuaderno de notas con su nombre completo en la cubierta con unas letras muy bonitas. Mirad, aquí está: Frederick Algernon Trotteville. Se pondrá contento, ¿no creéis?

—Pues no mucho —respondió Pip—. Lo has manchado todo llevándolo de un lado a otro.

—Yo le compré esto —explicó Daisy, sacándose una caja del bolsillo. La abrió y apareció una hermosa barba negra—. Le servirá para disfrazarse.

—Es una barba muy bonita —aseguró Pip, colocándosela en la barbilla y acariciándola—. ¿Qué tal estoy?

—Pareces un tonto —afirmó Bets al momento—. Pareces un niño con barba, en cambio, si se la pusiera Fatty, en seguida parecería un hombre mayor. Él sabe cómo arrugar el rostro y encorvar la espalda, y todo eso.

—Sí, la verdad es que es muy hábil cuando se trata de disfrazarse —comentó Daisy—. ¿Recordáis cuando se disfrazó de Napoleón Bonaparte en la exposición de figuras de cera durante las últimas vacaciones?

Todos se echaron a reír al recordar a Fatty de pie entre las figuras de cera con aire solemne, tan quieto que parecía una estatua más.

—El misterio que descubrimos las pasadas vacaciones fue estupendo —dijo Pip—. Espero que ahora también tengamos alguno que desentrañar. ¿Alguien ha visto últimamente al señor Goon?

—Sí, lo vi ayer montado en su bicicleta —contestó Bets—. Yo estaba atravesando la calle cuando él dobló la esquina. Casi me atropella.

—¿Y qué te dijo? ¿Lárgate? —preguntó Pip con una sonrisa de oreja a oreja.

El Ahuyentador era el apodo que los niños le habían puesto al señor Goon, el policía, porque siempre que los veía a ellos o a Buster, el perro de Fatty, les gritaba malhumorado: «¡Largaos!».

—Me frunció el ceño así —dijo Bets, arrugando la frente con una expresión tan fiera que todos se echaron a reír.

En aquel preciso instante la señora Hilton, la madre de Pip, asomó la cabeza por la puerta.

—¿Es que no vais a la estación a esperar a Frederick? —les dijo—. ¡El tren está a punto de llegar!

—¡Anda! ¡Sí, mirad la hora que es! —exclamó Larry, y todos se pusieron en pie de un salto—. Si no nos damos prisa, va a llegar antes que nosotros.

Pip y Bets cogieron sus sombreros y sus abrigos, y los cuatro bajaron la escalera como una avalancha, formando más estrépito que una manada de elefantes. Cerraron la puerta principal de golpe y la señora Hilton los vio correr por la calle a toda velocidad.

Llegaron a la estación en el momento en que entraba el tren. Bets estaba muy nerviosa y se apoyaba en uno y en otro pie, esperando ver asomar la cabeza de Fatty por la ventanilla de algún vagón. Sin embargo, no lo vio.

El tren se detuvo. Se abrieron las puertas y la gente fue bajando al andén cargada de maletas, un equipaje que los mozos se apresuraron a recoger, pero no había el menor rastro de Fatty.

—Tal vez haya venido disfrazado para ponernos a prueba —sugirió Larry de pronto—. ¡Me juego lo que queráis a que es eso! Se ha disfrazado y tenemos que descubrir quién es. Deprisa, mirad a ver cuál de los pasajeros puede ser.

—Ese hombre no creo que sea, demasiado alto. Ni tampoco ese niño, no es tan alto como Fatty. Ni esa niña, porque la conocemos. Ni esas dos mujeres, que son amigas de mi madre. Y ahí está la señorita Tembleque. Ella no es.

De repente Bets le dio un codazo a Larry.

—¡Mira, Larry, ahí está Fatty! Mira, es ese niño gordito que está bajando una maleta del último vagón.

Todos miraron al niño de rostro sonrosado que estaba al final del tren.

—¡Sí! ¡Ese es nuestro amigo Fatty! Aunque no se ha puesto un disfraz tan bueno como otras veces, quiero decir que esta vez lo hemos descubierto en seguida.

—¡Ya sé! Finjamos que no lo hemos visto —exclamó Daisy, emocionada—. Se molestará. Dejaremos que pase por nuestro lado sin decirle nada. Y una vez fuera de la estación, lo llamaremos.

—Sí, buena idea —dijo Larry—. Ahí viene. Haced como si no supieseis que es Fatty.

De manera que el niño avanzó por el andén hacia ellos, con su maleta y un impermeable colgado del brazo, y ni siquiera le dirigieron una sonrisa. Todos miraban a lo lejos, aunque Bets se moría de ganas de echar a correr y cogerlo del brazo con fuerza, porque apreciaba mucho a Fatty.

El niño no les hizo el menor caso y siguió adelante produciendo a cada paso un ruido metálico con sus botas sobre el andén de piedra. Entregó su billete al empleado y, antes de salir de la estación, dejó la maleta en el suelo, sacó un pañuelo con lunares rojos y se sonó ruidosamente.

—¡Así es como se suena el señor Goon! —susurró Bets, divertida—. ¿Verdad que a Fatty no se le escapa una? Está esperando para que lo alcancemos. ¡Que no se salga con la suya! Andaremos detrás de él y, cuando salgamos al camino, lo llamaremos.

El niño se guardó el pañuelo y, cogiendo de nuevo su maleta, reemprendió la marcha. Los cuatro amigos lo siguieron de cerca. El niño, al oír sus pasos, volvió la cabeza y, cuando los vio, frunció el ceño. Al llegar a lo alto de la colina dejó la maleta en el suelo para descansar el brazo.

Daisy, Bets, Pip y Larry se detuvieron en seco. Cuando el niño recogió su maleta y echó a andar de nuevo, Larry y los otros le siguieron una vez más pegados a sus talones.

El niño volvió a mirar hacia atrás y, encarándose con ellos, preguntó :

—¿Qué pretendéis? ¿Es que os habéis convertido en mi sombra, o qué?

Nadie dijo nada. Estaban un poco sorprendidos. Fatty parecía muy enfadado.

—Largaos —les soltó el niño, volviéndose otra vez para seguir caminando—. No quiero que me vaya siguiendo todo el día un atajo de niños bobos.

—¡Está mejor que nunca! —susurró Daisy, mientras los cuatro continuaban pegados a la espalda del muchacho—. ¡Por un momento ha logrado asustarme!

—Vamos a decirle que lo hemos reconocido —propuso Pip—. ¡Venga! ¡Así podremos ayudarle a llevar la maleta!

—¡Eh, Fatty! —gritó Larry.

—¡Fatty! ¡Hemos venido a esperarte! —exclamó Bets cogiéndolo del brazo.

— ¡Eh! ¡Hola, Fatty! ¿Has pasado unas buenas Navidades? —preguntaron Daisy y Pip al mismo tiempo.

El niño se volvió otra vez y dejó la maleta en el suelo.

—Escuchad, ¿a quién creéis que estáis llamando Fatty? Sois unos maleducados. Si no os largáis en seguida, se lo diré a mi tío. Y es policía, ¿entendéis?

Bets se echó a reír.

—¡Oh, Fatty! Deja de fingir. Sabemos que eres tú. Mira, te he traído una libreta de notas como regalo de Navidad. La hice yo.

El niño la cogió con asombro y paseó su mirada por los cuatro niños.

—¡Me gustaría saber de qué va esto! —dijo—. Me seguís, me llamáis nombres raros… ¡Estáis todos locos!

—Venga, Fatty, deja de hacer teatro, por favor —suplicó Bets—. La verdad es que es un disfraz estupendo, pero, sinceramente, te hemos descubierto en seguida. En cuanto bajaste del tren, todos dijimos: ¡ese es Fatty!

—¿Queréis saber lo que hago cuando la gente me insulta? —exclamó el niño volviéndose, irritado—. ¡Les pego! ¿Alguien quiere pegarse conmigo?

—No seas exagerado, Fatty —dijo Larry con una carcajada—. Esto ya dura demasiado. Vamos a buscar a Buster, apuesto a que se alegrará mucho de verte. Pensé que iría a esperarte a la estación con tu madre.

Y cogió del brazo al muchacho, que se soltó de un tirón.

—Estás chiflado —volvió a decir el niño cogiendo su maleta y alejándose con gesto altivo.

Entonces, ante la sorpresa de los demás, eligió un camino que no esperaban: el que conducía al pueblo y no a la casa de su madre.

Lo miraron asombrados e intrigados. Una pequeña duda iba tomando forma en su cerebro mientras seguían al niño a más distancia. Lo vieron llegar al pueblo, y allí, se quedaron pasmados al ver que entraba en el jardincito de la casa donde vivía el señor Goon, el policía.

Al volverse, el muchacho vio a los cuatro niños a lo lejos y, amenazándoles con el puño cerrado, fue a llamar a la puerta. Le abrieron y entró.

—Tiene que ser Fatty —aseguró Pip—. Así es como nos hubiera amenazado. Debe de estar tramando alguna broma muy complicada. Caramba, ¿qué estará haciendo en casa del señor Goon?

—Probablemente habrá querido gastarle también una broma al señor Goon —dijo Larry—. De todas formas, estoy un poco intrigado. Ni siquiera hemos conseguido que nos guiñara un ojo.

Estuvieron vigilando la casa del policía durante un rato y luego decidieron regresar. No habían llegado muy lejos cuando oyeron unos alegres ladridos y un perrito negro se abalanzó sobre ellos lamiéndoles, saltando y ladrando como si se hubiera vuelto loco de repente.

—¡Vaya, si es Buster! —exclamó Bets—. ¡Hola, Buster! No has visto a Fatty. ¡Qué lástima!

Una señora se acercaba por el camino y Pip y Larry se quitaron la gorra para saludarla. Era la madre de Fatty, la señora Trotteville, que sonrió afectuosamente a los cuatro amigos de su hijo.

—Me he imaginado que no andaríais muy lejos cuando Buster ha salido corriendo de repente a ¡setenta kilómetros por hora! —bromeó—. Voy a la estación a esperar a Frederick. ¿Venís vosotros también?

—Ya lo hemos visto —contestó Larry, sorprendido—. Iba muy bien disfrazado, señora Trotteville, pero le descubrimos en seguida. Ha ido a casa del señor Goon.

—¿A casa del señor Goon? —se extrañó la señora Trotteville—. Pero ¿para qué? Me llamó por teléfono para decirme que había perdido el tren, pero que cogería el que salía quince minutos después. Entonces ¿al final cogió el primero? ¡Ay, madre mía! Ojalá no empiece a disfrazarse otra vez, y espero que no volváis a complicaros en ningún misterio en cuanto Frederick llegue a casa. ¿Por qué ha ido a ver al señor Goon? ¿Es que ha ocurrido algo?

Aquello era una idea, y los niños se miraron unos a otros. Entonces oyeron el pitido de un tren.

—Tengo que marcharme —anunció la señora Trotteville—. ¡Si Frederick no llega en ese tren, después de llamarme para decir que había perdido el otro, me enfadaré muchísimo!

Y se fue a la estación seguida de los cuatro niños.

2. ¡Hola, Fatty!

CAPÍTULO 2

¡Hola, Fatty!

El tren llegó. Los pasajeros fueron bajando, y de pronto Bets lanzó un grito que asustó a sus compañeros.

—¡Ahí está Fatty! ¡Mirad, mirad! ¡Y no viene disfrazado! ¡Fatty, Fatty!

Fatty levantó del suelo a la pequeña Bets cuando ella y Buster se abalanzaron sobre él. Besó a su madre y saludó a todo el mundo, sonriendo con su rostro bonachón.

—Habéis sido muy amables al venir a esperarme. Caramba, Buster, me has hecho un agujero en el pantalón.

La señora Trotteville estaba muy contenta de ver a Fatty, pero no acababa de comprender qué había sucedido.

—Tus amigos me contaron que ya te habían venido a esperar y que llegaste disfrazado —le dijo.

Fatty estaba atónito, y se volvió hacia Larry.

—¿Qué queréis decir? ¡Yo no he llegado hasta ahora!

Los cuatro niños estaban confundidos, recordando lo que le habían dicho al otro niño. ¿Era posible que al final resultase que no era Fatty? Bueno, evidentemente, no podía ser él, porque estaba allí, en el andén, recién llegado en el siguiente tren. No podía haber tomado dos trenes al mismo tiempo.

—Hemos hecho el ridículo —admitió Larry poniéndose rojo—. Comprende…

—¿Os importaría que saliéramos de la estación, antes de que los mozos crean que estamos esperando otro tren? —preguntó la señora Trotteville—. Somos los únicos que quedamos en el andén.

—Vamos —dijo Fatty, y él y Larry echaron a andar, llevando la maleta entre los dos—. Podemos hablar por el camino.

Bets cogió el impermeable de su amigo; Pip, una maleta pequeña, y Daisy, un montón de revistas. Todos estaban encantados de ver al verdadero Fatty, de oír su voz firme y de contemplar su amplia sonrisa.

—Verás —volvió a explicar Larry—, nosotros no teníamos ni idea de que habías perdido el primer tren y por eso vinimos a esperarte. Se nos ocurrió que tal vez llegarías disfrazado, así que, cuando se bajó del tren un chico rellenito, pensamos que eras tú.

—Y al principio disimulamos y no dijimos nada pensando que te sentirías intrigado —continuó Pip—. Seguimos a ese muchacho fuera de la estación y se puso muy furioso con nosotros.

—Entonces lo llamamos y yo dije: «¡Fatty!» —continuó Bets—. Y verás, como él era gordito, se volvió para decirnos que solía pegar a la gente que lo insultaba.

—¡Toma! Pues ¡me sorprende que no os pegara a todos! —exclamó Fatty—. Deberíais haberos dado cuenta de que yo no os diría cosas así, ni siquiera yendo disfrazado. ¿Dónde vive?

—Fue a casa del señor Goon —contestó Daisy—. Dijo que el viejo Ahuyentador era su tío.

—¡Anda! ¡Sí que habéis metido bien la pata! —exclamó Fatty—. Goon tiene un sobrino, y parece ser que lo ha invitado a su casa. ¡Pues no se pondrá furioso ni nada cuando sepa cómo lo habéis recibido!

—Es una verdadera lástima —intervino la señora Trotteville, que lo había escuchado todo con asombro—. Ha debido de pensar que erais unos maleducados. Ahora probablemente el señor Goon volverá a quejarse de vuestro comportamiento.

—Pero, mamá, ¿no comprendes que…? —comenzó a decir Fatty.

—No empieces a discutir, Frederick, por favor —dijo la señora Trotteville—. Me parece que tendrás que ir a explicarle al señor Goon que los otros confundieron a su sobrino contigo.

—Sí, mamá —dijo Fatty, obediente.

—Y bajo ningún concepto comencéis a meteros con ese niño —prosiguió la señora Trotteville.

—No, mamá —respondió Fatty.

—Quiero que estas vacaciones os apartéis de los misterios y los problemas —añadió la señora Trotteville.

—Sí, mamá —contestó Fatty, y la señora Trotteville oyó la risa contenida de Bets y Daisy.

Sabían perfectamente que Fatty no hablaba en serio. ¿Había alguien capaz de apartarlo de un misterio, cuando olfateaba uno cerca? ¿Y quién podía creer que iría a dar explicaciones al señor Goon?

—No digas, «sí, mamá», y «no, mamá», a menos que seas sincero —lo reprendió su madre, lamentando tener que disgustarse con Fatty nada más

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