Cuentos a tumba abierta

Abel Amutxategi

Fragmento

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Textos dE AbEl mutxaegiIlustracione dh Jri VlavedE
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Hamburges tanh rLdioLctvaSol s jut qedaránHéroes dh la mzorDelicosLa invsó erdEEl médico e farLónMis adorLble vhcinosEl espantájro Una moed E platL Juega conmiLa mno de Un precio dhmas ltoLa hor núme 13Diversón fhalSíguemh y dalE L likeLa muñec dE porElanL10243852680941081213615016417819220620ÍNDICEBienvenidos a mi cementerio6Una advertencia para viajeros incautos23
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¿Se puede saber cómo has entrado en el cementerio a estas horas de la noche?Bueno, no importa. Ven y refúgiate en mi garita,no tengas miedo. El cementerio no es el mejor lugarpara los vivos durante la noche... A menos que seas unguardia de seguridad como yo, claro. Me llamo Funesto. Funesto MrimE. Y este de aquíes Ermelindo, mi ratón de compañía. ¿Quieres hacerel favor de saludar, Ermelindo? ¡Tienes que ser máseducado con las visitas!Te puedo servir un vaso de leche con cacao, si es lo quenecesitas, pero, por mucho cacao que le echemos, lanoche aquí, en el cementerio, va a seguir siendo larga.Y hay poco con lo que distraerse.Lo único que se me ocurre para pasar el rato es contarhistorias, ¿te apetece?Durante los años que llevo trabajando aquí he vistocosas que difícilmente creerías. Acomódate y pasa lapágina… si te arEvE.
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Ya sbe quE n hselhto sano y fuertE cmo hl í s se coniguE  a dietL equilbradL. Cinco piezas de fruta y verdura al día, legumbres una vez por semana, algo de pasta… Pero, por rica que sea esa comida tan saludable, tampoco está de más darse algún que otro capricho de vez en cuando. Unas patatas fritas, pizza, hamburguesa… Ya sabes a lo que me refiero. Lo que sí es importante es que recojamos bien y lo dejemos todo limpio una vez terminado el banquete. Si no, podría pasarnos lo mismo que a Carlos. Y es que su afición a las hamburguesas y su alergia a la limpieza tuvieron consecuencias terroríficas...
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E
stás acabado, mequetrefe!Carlos estaba jugando con sus muñecos a la guerra es-pacial. Las alianzas se formaban y destruían en un caos delicioso, y los soldados parecían dispuestos a echar mano de cualquier artimaña con tal de vencer.Lo mismo se tiraban pelotas de tenis, que sembraban arenas movedizas hechas de slime casero o desataban llu-vias de clips con las que trataban de desestabilizar el equi-librio electromagnético de sus rivales.Aquellos ataques podrían haber desbaratado el orden de cualquier otra habitación, pero en el dormitorio de Carlos no había ningún orden que desbaratar. Los libros del colegio se amontonaban bajo la mesa con las tapas descuajaringadas, la ropa de la última semana seguía ti-rada por el suelo y los trastos ocupaban hasta el último centímetro disponible.Lo único que podía encontrarse con relativa facilidad era la consola. Y eso porque sus luces de colores revelaban su posición tan bien como si fueran las luces de navega-ción de una nave espacial llegada del futuro…, que es pre-cisamente lo que Carlos pensó que podría ser en medio de aquella improvisada batalla.—¡Nunca me atraparéis vivo! —exclamó.Y metió al cadete espacial William Gardiner dentro de una playera con aroma a queso añejo y lo arrojó por los aires para hacerle cruzar el espacio a la velocidad de la
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14luz. La zapatilla derribó un juego de química a medio guar-dar, y formó un charco que Carlos pensó que podría ser el temible mar de ácido del planeta de los malvados Zuds.El charco se fue extendiendo hasta llegar debajo de la cama, donde también había quedado atrapado el cadete espacial William Gardiner, aunque a Carlos no le importó demasiado.La puerta de la habitación de Carlos se abrió no sin esfuerzo.—¿Has visto cómo tienes el cuarto? —le dijo su padre desde allí—. ¡Algún día te devorará toda esta basura!—Ahora estaba a punto de ordenarlo todo.—Ya, seguro... —refunfuñó su padre—. Lo que quería decirte es que esta noche vamos a salir tu madre y yo. No será demasiado tiempo, pero si quieres puedo pedirle a tu tío Luis que venga a cuidarte.El tío Luis era un fanático del orden. Lo alteraba tanto tener que venir a cuidar de Carlos que, cuando lo hacía, se limitaba a extender un pañuelo sobre el sofá y a sentarse en él con buen cuidado de que su trasero no sobresaliera de la tela ni un nanomicromilímetro.—¿Puedo pedir una hamburguesa extragrande de Pla-neta Carne?—Claro.—¿Con explosión de patatas fritas?—Vaaaale.—¿Y un batido de chocolate triplemente cósmico?—¡Bueno, vale! —cortó el padre de Carlos—. Pero no le abras la puerta a nadie. Quiero que eches el cerrojo en
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15cuanto se marche el repartidor y que no te vayas a la cama demasiado tarde. ¿De acuerdo?—Claro, papá.—Y ponte una camiseta limpia, por lo que más quieras.La negociación había salido a pedir de boca.Carlos cogió una de las camisetas que había tiradas por el suelo, la olisqueó un poco y se la puso sin pensarlo dos veces. Ya echaría a lavar la que había llevado puesta hasta entonces cuando le viniera bien.La tarde pasó sin mayor novedad para Carlos, hasta que llegó la hora de que sus padres salieran. Entonces fue cuando surgieron las dudas.—¿Seguro que estarás bien?—Aún estamos a tiempo de llamar a tu tío Luis.
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16Carlos tuvo que conducirlos hasta la puerta y darles un último empujón para que terminaran de decidirse a salir. No sabía por qué les costaba tanto dejarlo solo en casa, con lo bien que sabía cuidar de sí mismo.Encendió la consola y, cuando llegó la hora de cenar, llamó para pedir una hamburguesa con todos los extras que encontró en la carta… y alguno más que el chico de Planeta Carne solo aceptó añadir bajo la firme promesa de que Carlos iba a pagarle todo aquello.Devoró la hamburguesa sentado en la cama, mientras trataba de pasar el último nivel de Invasores de la Galaxia.—¡No seáis malos! —gritaba desesperado, al ver que había cada vez más invasores y menos galaxia en la pan-talla—. Solo un poco más. Venga. Ya casi os tengo acorra-lados. ¡SÍÍÍÍ!Pero al final fue que no. Una gran nave enemiga descar-gó varias unidades de combate antes de que Carlos pudie-ra reaccionar y, ¡PUF!, su cohete desapareció y la partida terminó de un modo tan brusco como poco satisfactorio.Carlos se revolvió y saltó sobre la cama de pura frustración. Ninguno de sus amigos se creería lo CERA, lo CERQUÍSIMA que había estado de ganar.Pero con tanto golpe y tanto salto, terminó tirando al suelo los últimos restos de la hamburguesa. Un trozo de carne rodó y se deslizó bajo la cama de Carlos. Y ahí se-guía cuando se acostó.Los padres de Carlos salían muy pocas veces sin él. Y, cuando lo hacían, eran tan sigilosos al volver que cualquie-ra diría que hubieran estudiado en una escuela de ninjas.
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17Por eso le extrañó tanto escuchar aquellos ruidos en medio de la noche. Eran como un zumbido cuyo volu-men subía y bajaba de forma aparentemente aleatoria, y en cuyo interior parecían resonar otros ruidos más pe-queños: la voz de un hombre que intentaba comunicar-se por algún tipo de radio, el timbre de un patín o una bicicleta…, pero sobre todo un montón de susurros que se entrelazaban hasta convertirse en algo muy cercano al ruido blanco.Carlos abrió los ojos y se incorporó en la cama. Tal vez se había dejado la televisión encendida; pero la luz verde que vio que bañaba la habitación no provenía de aquella pantalla, sino de otro lugar que solo descubrió al arrodi-llarse en el suelo y mirar debajo del somier.La luz salía de debajo de la cama e iluminaba el suelo por sus cuatro costados. ¿Qué podría producir aquella luz?Estaba haciendo un inventario de todas las cosas que podría haber bajo la cama, cuando vio crecer una sombra en el suelo. A medida que la sombra fue haciéndose más grande, el zumbido también fue subiendo de volumen y los pequeños ruidos que antes parecían resonar queda-mente fueron distinguiéndose cada vez mejor.La sombra ocupaba ya casi todo el suelo de la habita-ción cuando el niño reparó en algo bastante evidente. Si había una sombra, tenía que crearla ALGUIEN. Así que Carlos se volvió en busca de ese ALGUIEN.Lo que vio le heló el pelo, le erizó la piel y le puso la sangre de gallina, todo a la vez. Un monstruo informe lo
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19observaba con cara de pocos amigos. Una criatura forma-da por pelos, pelusas, ruedas de coche, pinturas, botones, una zapatilla, tornillos… y el cadete espacial William Gar-diner, entre otras muchas cosas.¡ERA L BSU DE AJO  L CMA!Un trozo de hamburguesa estaba en el lugar en el que el monstruo debería tener el cerebro. Y latía empapado en un líquido verduzco que Carlos no tardó en identificar como parte de su juego de química.—¿Me esperabas? —preguntó el monstruo, y acto se-guido trató de engullir a Carlos.El niño pudo esquivar el abrazo mortal por apenas unos centímetros. ¡POR C! Intentó echar a correr, pero lo único que consiguió fue caer de la cama y enre-darse con la ropa que había tirada por el suelo.Carlos agitó las piernas hasta deshacerse de aquel re-voltijo de ropa. Luego cogió al azar algunos cacharros con los que poder defenderse en su huida, y echó a correr por el pasillo.Mientras corría, le fue arrojando al monstruo todo lo que había cogido, con la esperanza de obstaculizar su avance. Le tiró el libro de matemáticas, un ukelele de plás-tico con dos cuerdas rotas e incluso uno de aquellos juegos de consola a los que tanto aprecio tenía. Pero el monstruo fue engulléndolo todo con un sonoro GLUP, como si nada.—Gracias por alimentarme —dijo.El monstruo reptó por las paredes del pasillo y siguió al niño hasta la cocina. ¿Qué mejor lugar para disfrutar de una buena cena?
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20—Ya estoy aquíííí —canturreó desde la puerta, con su voz rasposa.Carlos abrió el cajón de los cubiertos y cogió un gran cuchillo de cocina. Comprobó que estuviera lo suficiente-mente afilado, y se preparó para acabar con aquel mons-truo de una vez y para siempre.—Te estaba esperando —masculló.¡Y luego lanzó el cuchillo con todas sus fuerzas! El arma dio varias vueltas en el aire y terminó por hundirse en el cuerpo del monstruo con otro sonoro GLUP, igual que se habían hundido en él el resto de los objetos con los que Carlos había tratado de defenderse.—Delicioso —se relamió la criatura, provocándolo.Carlos miró a su alrededor y vio que solo le quedaba una opción: encerrarse en la pequeña despensa que usa-ban como cuarto de la limpieza. Así que se metió allí y cerró la puerta para evitar que nadie lo siguiera. Aunque, por lo visto, el monstruo tenía sus propios métodos. La bestia se pegó al suelo, se deslizó por el hue-co de debajo de la puerta y se irguió ante Carlos en todo su esplendor.¡Ahora sí que no había escapatoria!Carlos se apretó contra la estantería que había en la despensa y notó que todos los cacharros de los estantes más altos chocaban unos con otros. Se apretó más y más fuerte, como si tratara de atravesar el mueble para llegar a algún lugar en el que pudiera estar a salvo de la amena-za de aquel monstruo. Hasta que, de repente, uno de los botes de lavavajillas que había allí almacenados cayó y se derramó en el suelo.
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21El monstruo resbaló con un gesto de terror dibujado en la cara y cayó en medio del charco de jabón.—¡NO!El grito se pudo oír a kilómetros de distancia.Carlos se incorporó y vació en el suelo todos los ma-teriales de limpieza que fue encontrando en la despensa: lejía, desinfectante, quitagrasas… ¡Todo valía!El monstruo de disolvió en aquel charco jabonoso como un guerrero galáctico se hubiera disuelto en el te-mible mar de ácido del planeta de los malvados Zuds.Cuando los padres de Carlos llegaron a casa y entra-ron en el cuarto de su hijo para ver cómo se encontraba se quedaron de piedra. Carlos no solo había tirado a la basura todos sus trastos viejos, sino que había ordenado la habi-tación y la había limpiado a fondo con agua y jabón.—¿Qué ha pasado, hijo?—Nada —le restó importancia Carlos—. He decido que, a partir de ahora, seré un poco más limpio.
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